Narices frías Capítulo 31: Sonrisa eterna





—Muchas gracias por su tiempo.
—Gracias a usted por venir, señorita, fue usted muy amable.
—Y de esta forma terminarnos la conversación de hoy para radio Mágica. Hoy estuvimos conversando entre velas con Elías Restrepo, rostro oficial y ejemplar cuidador del primer hijo de Narices frías. Recuerden que este programa estará disponible en nuestro sitio web a solo un clic de distancia para que puedan escucharlo cuando quieran.

Elías Restrepo se puso de pie, mientras la periodista desconectaba el micrófono y su asistente comenzaba a guardar los elementos usados para realizar la transmisión para la radio; la jovial mujer le dedicó una sonrisa amable al hombre mayor.

—Hay muchos mensajes en las redes sociales saludándolo, la gente lo quiere mucho.
—Pues muchas gracias por eso. Es un gusto cuando personas jóvenes se interesan por hablar con un viejo.
—No diga eso, usted es tan vital —replicó ella—, tengo que reconocer que creí que no me daría la entrevista por empezarla a las diez treinta, pero me equivoqué por completo ¡Y fue tan interesante escucharlo!

El hombre mayor se pasó una mano por su raleado cabello cano, agradecido por el halago.

—No tengo la costumbre de dormir tan temprano, y me gusta mucho la radio, así que dije ¿Por qué no?
—Estoy segura de que la gente va a estar encantada. Además, hasta tuvimos unas palabras de Bobby ¿No es así?

Ambos voltearon en dirección al punto de la sala en donde el perro reposaba; levantó la cabeza al escuchar su nombre y movió quedamente la cola, mientras con sus ojos oscuros miraba con suma atención.

—Es tan despierto.
—Usted también tiene —apuntó el hombre mayor.
—¿Un hijo de Narices frías? Sí, mis cotorras, son adorables —la mujer se encogió de hombros—. Nunca creí que tendría mascotas al ser adulta, y ahora no me imagino sin ellas; es cierto eso, uno los ve y sabe que son los indicados, es algo que se puede ver en la mirada.
—Sí, en la mirada.

El asistente se despidió y caminó hacia la puerta mientras la mujer se despedía.

—Una vez más, muchas gracias por su tiempo, y buenas noches. Que descanse.
—Usted también, señorita —repuso él, sonriendo.

Y sonrió hasta que ella hubo cerrado la puerta y se quedó a solas en la casa; pero luego, abatido, se sentó, echando la cabeza hacia atrás.

—Ya se fueron.

En la soledad de la sala, su sonrisa había desaparecido y ya no sonaba animado ni lleno de vida; sonaba vacío y desierto, resquebrajado como una cáscara vacía, solo una apariencia dispuesta para que todos pudieran ver.

—Ya se fueron.

El perro se había puesto de pie y esperaba atento frente a la silla, mirando con insistencia; el anciano se revolvió, llevándose las manos a la cabeza y restregando sus ojos repetidamente.

—Por favor, hice todo lo que tenía que hacer.

El miedo estaba en sus venas, circulando helado y cortante por el interior de su cuerpo, hiriendo lo que quedaba de la humanidad que tanto tiempo atrás había perdido; el pánico de no ser dueño de sus propios pensamientos y estar siempre bajo control era un yugo que no podía cargar, pero del que era prisionero por cadenas irrompibles, fundidas en sangre y gritos de una era pasada en la que aún podía intentar resistirse.

—Por favor.

Su voz lastimera surgía como un gemido desprovisto de fuerza; luchó inútilmente por unos momentos más, hasta que tuvo que rendirse y bajar la cabeza, para devolverle la mirada con sus ojos agotados y opacos.

—Por favor. Déjame morir.

Pero sus ruegos estaban negados, y lo sabia desde antes de formularlos; esclavizado, no tenía otra función que representar el papel que se le había impuesto. Con ojos desorbitados por el dolor infinito miró en los del animal, y quiso gritar, pero le fue imposible porque estaba hundido en la marea incesante de la verdad que no podía decir, de la realidad que era imposible de evitar. Quiso gritar o arrancarse los ojos, pero solo se quedó sentado, viendo en esa mirada.
Hasta que se hizo la oscuridad.
Estaba despierto, y frente a él se hizo la oscuridad; y por primera vez desde una eternidad pudo encontrar una abertura.
El miedo le dijo que se quedara quieto, pero el horror de volver a lo mismo fue más fuerte y dio impulso a sus piernas para ponerse de pie y caminar hacia el único lugar en el que podía hacer algo, donde haría lo primero y si tenía suerte, lo último.
Sintió las patas del perro caminando cerca de él y el temblor de su proximidad, y quiso de nuevo gritar, pero supo que era imposible; en algún momento volvería la electricidad y su impensada libertad se iría junto con las sombras, o el pesado sueño de la señora Stevens se veía interrumpido y aparecería con una linterna. No podía exponerse a eso, tenía que ser fuerte por única vez, y luego el acero y el frío le darían la tranquilidad que por tanto tiempo le había sido negada; trató de hacer oídos sordos a los ladridos que intentaban llamar su atención, y que taladraban su mente vacía y destrozada por años de sonrisas y palabras huecas, por tanto tiempo de obedecer y jalar del yugo por terrenos pedregosos y desiertos.
¿Qué podía hacer? Era incapaz de volverse en su contra porque le tenía demasiado miedo, pero podía hacer algo de todos modos, aquello para lo que tenía al menos el valor necesario para cumplir hasta el final. Entró en la cocina a ciegas, y palpó la superficie de la mesada, hasta que encontró el portacuchillos, y con dedos frágiles logró tomar uno de ellos.
El perro tiraba de su pantalón para llevarlo fuera, y sintió el miedo corriendo por su piel, subiendo por la pierna como una serpiente que iría a apresarlo, pero no por el cuello sino por la mente, el lugar en donde podría asfixiarlo por completo.

—No, ya no más. Ya no puedo, no voy a volver. Me hicieron sonreír por tanto tiempo que estoy atrapado y a ustedes no les importa; háganme sonreír ahora.

Se estremeció de pensar en que no podría hacerlo, que en algún recóndito rincón de su ser quedara algo de instinto de supervivencia y eso lo detuviera, pero se obligó a mantener las manos firmes mientras sostenía el cuchillo por el mango, y a recordar que la última vez que había sido libre estaba distante por quince años, y que su tiempo se había terminado. El reloj estaba finalizado, y solo el artificio monstruoso lo mantendría ahí; si no actuaba en ese preciso momento, lo arrastrarían esos colmillos de nuevo a ese océano de podredumbre y horror.
Sintió los colmillos clavándose en su pierna y se permitió tener un instante de satisfacción al entender que estaba asustado y que, en la oscuridad de ese lugar, al menos por breves segundos no tenía la ventaja.
Ya no quiso pensar más, no quiso debatirse entre lo que podía pasar y lo que no, porque el peligro de caer era demasiado como para soportarlo; ignorando la fuerte mordida que jaló de él, apoyó el mango del cuchillo sobre la fría mesada y lo sujetó con ambas manos, apuntando hacia arriba. Miró sin ver hacia abajo, y cerró los ojos, rogando a la fuerza o existencia que hubiese controlado todo en el universo para que se diera esa oportunidad, que no se desperdiciara.
Cuando se dejó caer sobre la mesada, el cuchillo entró por la boca por la fuerza del impacto; mientras soltaba un agonizante sonido gutural, las extremidades se convulsionaron, y el cuerpo cayó a peso muerto sobre el suelo, mientras exhalaba un último gimoteo que sonaba a sangre y fluidos fuera de control.

El perro soltó la presa que había mantenido firmemente sujeta y retrocedió, revolviéndose mientras gemía lastimeramente, atenazado por un dolor que no podía controlar; desesperado, rugió y lloró de rabia y miedo por partes iguales, revolcándose en el suelo sin poderse controlar. Cuando las luces de la casa se encendieron y las primeras voces alertadas se dejaron oír, aun gemía, pero se había quedado inmóvil en una posición antinatural, con los ojos desorbitados y la mandíbula abierta, chorreando espuma mezclada con su propia sangre, mientras su torso subía y bajaba con la lentitud de un reloj de antiguo mecanismo que estuviese a punto de detenerse.


Próximo capitulo: Espacio vacío

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