Narices frías Capítulo 38: Peces





Pronto se hizo evidente que no podrían salir del distrito caminando, y por alguna razón no había movimiento alguno; parecía que las calles se hubiesen convertido en parte de un pueblo fantasma en donde nada excepto ellos deambulaban, solos al amparo de la luna.

—No hay vehículos pasando.
—No.

Carlos supo que lo que Tobías estaba diciendo no tenía tanto que ver con el hecho concreto del que hablaba, sino con el silencio y soledad alrededor; al no haber luz en el distrito, todo se hacía demasiado evidente y al mismo tiempo, amenazante.
En ese momento estaban caminando por una calle de edificios de departamentos, y el muchacho se preguntó si tal vez podrían hacer una parada.

—¿Necesitas ir al baño?

Tobías tardó un instante en responder, y cuando lo hizo, sonó suficientemente seguro de decir que no, pero Carlos comprendió que estaba intentando no causar problemas; eligió un edificio al azar y se acercó con cautela, esperando no encontrarse con algún animal en la puerta.

—Vamos a parar un poco ¿De acuerdo?
—Está bien.

La puerta del edificio era de doble hoja de vidrio; tuvo ganas de usar la linterna de su móvil, pero descartó la idea de inmediato. Había decidido que lo más sensato era no poner en peligro la batería de el único objeto que podía comunicarlo con el resto del mundo, incluso aunque en ese momento no le servía para más que para hacer peso en el bolsillo del pantalón. Había llamado a la policía mientras caminaban, pero no comunicaba, lo que podía significar que la red no estaba operativa, o algo mucho peor que no se atrevía a imaginar.
Al mirar de cerca vio que la recepción estaba vacía; al empujar una de las hojas de vidrio comprobó que estaba sin seguro, y se atrevió a entrar junto con Tobías. El silencio del interior del lugar era más frío que el del exterior porque no había viento, pero luchó por ignorar la sensación de inseguridad que lo estaba embargando y pensar que todo estaría bien, al menos de momento.
Se acercó al mesón de recepción y miró el panel de la pared; había sólo una llave y correspondía a un departamento en el segundo piso, de modo que era la única opción para entrar. No estaba seguro de que fuera una buena idea, pero ante el caso de encontrarse con alguien en el lugar, podía decir que estaban perdidos o algo por el estilo.
Subieron las escaleras de piedra en silencio, y ubicó el sentido de los departamentos para localizar el indicado; estaba nervioso de haber tomado esa decisión, y recién se le pasó por la mente que estaban en un sitio con una sola vía de salida.

—No hagas ruido.

Tobías asintió en silencio. Carlos acercó la llave a la cerradura y la introdujo, sintiendo que los dientes pasaban por cada uno de los topes indicados con un tintineo que sonaba a campanadas en sus oídos. Por supuesto, las luces en el interior también estaban apagadas, y no se escuchaban voces o ruidos que alertaran de alguna presencia; empujó la puerta con mucho cuidado, intentando descifrar las formas en el interior.

—No hay nadie.

El susurro de Tobías fue casi inaudible, pero hizo que el muchacho se sobresaltara; no desvió la vista del interior, intentando decidir si realmente estaba vacío. El destello cristalino del agua hizo que fijara la vista en cierto punto, en donde unas tenues luces metalizadas desafiaban a la negrura de la noche.

—No hay nadie.
—Espera.

Se trataba de un acuario; reposaba sobre un mueble junto a la pared que estaba en el extremo opuesto a la entrada, bajo un cuadro de bordes también metalizados cuya imagen no podía descifrar. Enfrentando al gran recipiente había una silla de respaldo alto, y estuvo casi seguro de que en ella había alguien sentado; contuvo la respiración sin moverse del umbral, y sin recordar a ciencia cierta había hecho mucho ruido al entrar. Pero ¿Por qué esa persona no se habría movido al sentir que alguien entraba? Incluso si se tratara de alguien a quien esperaba, debería tener alguna reacción.

—Espera aquí.

Susurró en voz baja, y se aventuró a soltarle la mano para entrar al lugar; avanzó con paso lento, muy suave, midiendo la distancia y procurando no tocar algo por accidente; en la oscuridad del departamento apenas se filtraba un poco de la claridad del exterior, que vagaba sobre la superficie traslúcida del agua, y emitía tenues reflejos que se desvanecían en el silencio. Cuando estuvo a dos pasos de la silla, pudo ver que el acuario no estaba vacío; en su interior había dos peces dorados, casi inmóviles, apenas moviendo un poco las aletas, mientras se mantenían sumergidos a un centímetro del cristal. Al momento de despegar la vista de los peces, Carlos tuvo que taparse la boca para no soltar un grito de horror; en la silla permanecía una persona, aunque no lo parecía en ese instante.
Se trataba de una mujer anciana, que estaba sentada erguida de un modo muy antinatural, con la vista fija en el acuario; sus ojos estaban abiertos, desorbitados, sin moverse ni pestañear, dirigidos hacia los peces como si hubiese una línea indisoluble entre ambos extremos. Pero su rostro no era el de una persona tranquila, y la oscuridad incrementaba la sensación de estar viendo algo fantástico e irreal, ya que hacía que las arrugas en su piel tuviesen un aspecto más profundo, y las ojeras parecían hundir los globos oculares más y más en las cuencas.
No estaba viva, no podía estarlo, porque sus ojos se veían desorbitados y secos, y de su boca ligeramente abierta no salía aire alguno.

—¿Carlos?

Petrificado, volteó el rostro hacia el umbral, en donde Tobías aún esperaba por él, de pie en el mismo sitio. Entonces la idea de que la anciana estaba muerta cobró más fuerza, cuando las palabras del pequeño resonaron en su mente.
Tobías tenía un problema a la vista, y no podía ver de la misma forma que las otras personas; sus ojos percibían colores, mientras que sus otros sentidos estaban mucho más desarrollados. Había dicho, en el momento exacto de abrir la puerta, que nadie había en ese lugar ¿Había tenido razón desde el principio? Pudo saber que el departamento estaba vacío, quizás porque de forma inconsciente detectó que no se sentían respiraciones en el interior, pero Carlos lo ignoró por estar confiando en sus propios sentidos.
La anciana en un lado, con una terrible expresión en el rostro, como una fantasmal aparición que había perdido la vida; del otro, dos peces mirando en su dirección, con los dorados ojos fijos en ella, reposando en el agua como si flotaran, demasiado atentos, absortos en su objetivo. Ignorantes de la verdad, o quizás no tanto.
Por fin tuvo la fuerza para reaccionar, y regresó sobre sus pasos hasta llegar a la puerta; estuvo a punto de decirle a Tobías que salieran de ahí, pero tuvo que admitir que, incluso con ese horrible panorama por delante, tenían la opción de usar el lugar, al menos por un momento.

—Tenías razón, no hay nadie aquí.
—¿Qué pasa?

Se había dado cuenta de su nerviosismo; de nada servía intentar ocultarlo, pero si sus sentidos le habían privado de ese horrible espectáculo, no tenía necesidad de decirle la verdad.

—Nada, no importa. Escucha, vamos a usar el baño y saldremos rápido ¿De acuerdo?
—Está bien.

Había pensado en pasar unas horas ahí, pero ese plan no podría fructificar; sin gente y sin vehículos moviéndose, la presencia de otros animales peligrosos era demasiado grande, y luego de ver el estado en el que estaba la anciana, temía que algo pudiese pasarles si se quedaban más tiempo ahí. Debía encontrar el modo de sacarlos del distrito antes del amanecer.


Próximo capítulo: Susurros

Narices frías Capítulo 37: Pasos en el tejado





En cuanto su teléfono móvil dio el tono de notificación, Matías dio un salto de la cama y tocó la pared junto a su velador para presionar el interruptor de la luz, pero esta no se encendió.
El móvil había dado la señal de haber sido desconectado aún cuando él no lo había hecho.
Casi al mismo tiempo sintió gritos en el exterior de la casa, y se asomó a la ventana del cuarto, encontrándose con una escena que parecía sacada de una película de horror: unos perros perseguían a una mujer que huía despavorida de ellos. Los gritos se perdieron entre las sombras de una noche sin estrellas ni luna, al mismo tiempo que el silencio amenazaba con extenderse de forma absoluta.
Entonces la imagen de Greta apareció en su mente.
Miró en la pantalla del móvil y comprobó que solo había señal para mensajes de texto, lo que significaba que el apagón era general en el distrito; la electricidad se había ido al completo, y ella estaba sola al igual que él, pero con la diferencia de ser una persona mayor. Nunca le habían preocupado las personas, pero ella había generado algo en él, un movimiento que era inesperado, pero cálido al mismo tiempo; se puso un suéter y después de echar el móvil al bolsillo, salió corriendo de la casa.
No tenía tiempo para dar el rodeo hasta llegar a la otra calle, de modo que escogió hacer la ruta habitual y avanzar a través de los tejados; jamás lo había hecho de noche y menos sin otra luz que la natural a esa hora, pero confió en que sus recuerdos fuesen suficiente.
Avanzó de manera sigilosa, calculando cada paso conforme las formas y los relieves aparecían ante sus pies; fue más ligero en donde era necesario, más firme en donde el techo estaba inclinado, y tuvo la precaución de no dar pasos en falso. Cuando estuvo sobre el techo que había reparado escuchó un grito, y con la sangre helada bajó a toda velocidad; ver al perro enorme sobre el pecho de Greta quebró algo en su interior, y no supo cómo, pero alcanzó el cuchillo desde la mesada y corrió hacia él, sin respirar ni parpadear, con un solo objetivo en mente. Cortó el aire con un movimiento de abanico, y aunque no pudo dar en el blanco, su gesto hizo que el animal retrocediera.
La expresión en su rostro era por completo distinta a algo que hubiese visto alguna vez, y esa ferocidad le aterró, pero no dejó de blandir el cuchillo hacia la bestia, con Greta a solo unos centímetros de él, inmóvil en el suelo. El animal, por alguna razón, se quedó quieto observándolo, y después de unos segundos corrió, pero no hacia él, sino hacia la parte por donde él mismo había entrado momentos antes; escaló con facilidad por la pared y desapareció de vista mientras el muchacho se arrodillaba junto a ella, horrorizado. Apenas tuvo mente para marcar el número de emergencias, aunque no sabía si le contestarían.

—Greta.

Ella estaba tendida de espalda en el suelo, a muy poca distancia de uno de los sillones; el albornoz con el que cubría la pijama llegaba hasta su cuello, y el borde blanco estaba manchado de la sangre que brotaba de su boca.

—Matías.

No supo si escuchó su nombre o solo lo imaginó al ver que intentaba articular algo; sus ojos estaban vidriosos, y su respiración era muy débil e irregular, tanto que al escucharla sintió miedo incluso de tocarla.

—Greta… lo siento, lo siento.

Durante largos momentos ella no se movió, pero luego hizo un esfuerzo y trató de decir algo; el chico estaba arrodillado junto con ella, mirando impotente.

—Matías.

En esa ocasión sí pudo escuchar su nombre; en un agónico respiro, ella había conseguido murmurar unas palabras, y pareció entender que él estaba ahí. Matías tomó su mano derecha entre las suyas, sintiéndola lánguida y fría, con un pulso casi imposible de percibir.

—Le marqué a la ambulancia, ellos van a venir a ayudarte.

El rostro de ella se contrajo en una expresión de dolor; su pecho subió y bajó con dificultad, mientras intentaba pronunciar algunas palabras.

—Tenías razón. Vete. Son los animales, son ellos…

Un terrible dolor azotó su cuerpo, y la palpable sensación lo traspasó. No fue capaz de reconocérselo a sí mismo, pero supo que ella estaba muriendo, y nada podría salvarla de esa situación; ningún servicio de atención médica de urgencia tenía el poder de restaurar las heridas que ese animal le había hecho.

—Lo siento.
—Vete… —repitió ella—, sálvate.

El muchacho la acunó en su regazo, y la abrazó con el cuerpo atravesado por un dolor que nunca había sentido; Greta estaba muriendo en ese momento, y él no podía encontrar las palabras apropiadas para mitigar su sufrimiento o ayudarla con lo que estaba pasando. Hizo lo único que se le ocurrió, entrelazó ambas manos, comenzando a silbar a través de ellas; sintió el sonido débil y entrecortado, pero hizo un esfuerzo y pudo hacer que el sonido fuera estable, que sonara cercano a un arrullo, al viento sobre el mar para que pudiera oírlo antes de no volver a escuchar.
Por primera vez en su vida quiso ponerse en el lugar de alguien mas, para darle parte de la vida que el tenía de sobra, y que a ella le faltaba con desesperación; no le importó la sangre, ni el frío respirar de ella, solo la abrazó intentando hacer que sintiera su presencia, y se quedó quieto hasta que el corazón de Greta se hubo detenido.
Todavía se mantuvo así por unos instantes más, hasta que lo invadió una terrible sensación de desamparo ¿Qué debía hacer? ¿Dejarla ahí? ¿Intentar darle algún tipo de cobijo? No lo sabía, nunca había hablado de eso con sus padres, y en realidad ellos nunca hablaban con él de asunto alguno.
Se quedó arrodillado en el suelo junto a ella, aterrorizado de lo que acababa de suceder, sin saber cómo reaccionar o que hacer. Ese animal estaba ahí afuera, y aunque se había ido, de todos modos seguía en el exterior, y esa amenaza era tan palpable como el horror de saber que había visto la vida de Greta escurrirse entre sus dedos.

—Lo siento.

Sabía que no era su culpa, pero lo dijo de todos modos; rodeado por la oscuridad de la sala y una soledad tan inmensa y opresiva como nunca había creído posible, se puso de pie con miembros temblorosos, pero tuvo que afirmarse en la pared más cercana. Desde siempre había sentido de un modo distinto a las otras personas; sus padres estuvieron muy interesados en desentrañar los misterios de su forma de pensar y comunicarse, pero cuando tuvo cerca de nueve años y los médicos dijeron que en resumen no había algo malo en él, perdieron ese interés y lo dejaron por su cuenta, algo que el agradeció porque le permitía estar en su propia frecuencia. Creció solo y se acostumbró a ser tratado como un fenómeno por todos, hasta que Greta lo trató como si no le importara que él no fuera como los demás.
Se dio cuenta de que estaba llorando, y se sintió solo como nunca antes, porque esa soledad lo estaba hiriendo con una realidad que siempre le había parecido muy lejana a él. No supo qué hacer, y al mismo tiempo tuvo ganas de gritar y de correr, pero no hizo cosa alguna excepto quedarse en donde estaba, derramando lágrimas en silencio por algo que no era su culpa, pero que habría preferido que lo fuera, porque de ese modo quizás lo habría podido evitar.
Luego sintió sonidos en el techo, y las agónicas palabras de ella se hicieron más fuertes en su recuerdo; había dicho que eran los animales, y que él tenía razón ¿se refería a lo que estuvieron hablando antes? Cuando sucedió lo del hombre que trató de asesinar al vecino y mató a su hijo, Matías dijo que creía que había algo malo en algunas personas, y seguía pensando lo mismo. ¿Cómo era que eso se conectaba con los animales? Ese perro había entrado a su casa y la había atacado mientras todo estaba a oscuras luego de ese sorpresivo corte de luz.
¿Podía ser que aquello que él sospechó de las personas estuviese también en los animales? ¿Que, de alguna forma que no imaginaba, algo violento estuviese infectando a las personas? El sonido en el tejado de la casa se hizo más intenso, pero él no se pudo mover.


Próximo capítulo: Peces


Narices frías Capítulo 36: Perseguido




Román tuvo ganas de gritar de horror al ver lo que había sucedido, pero su entrenamiento prevaleció, y se mantuvo firme sobre sus pies, aunque sus manos apenas pudieron sostener el revólver.
Era imposible negar que ese animal había sido el causante de la muerte de esa mujer y las heridas del hombre; a pesar de estar muerto, aún conservaba la fiera expresión, y sus ojos tan abiertos fijos en lo que debe haber sido su potencial segunda víctima. Lo que no tenía sentido era por qué se había detenido, por qué su actuar había quedado congelado momentos antes.
Al mismo tiempo que se apagaron las luces.
Era una idea absurda, pero al mismo tiempo agregaba algo de sentido a todo lo que había visto hasta ese momento; ese chico con el cuerpo destrozado por meterse en ese sitio de peligro mortal, la ausencia de aves y perros callejeros, el inexplicable silencio del distrito en medio de ese corte de luz, y luego ese animal.
O tal vez solo tenía hambre y cansancio.
Pero por otro lado, no se había sacado de la cabeza las terribles imágenes de lo que había pasado antes; no era casual, no podía ser casual que todo eso estuviera ocurriendo en secuencia. De pronto, gritos en el exterior lo sacaron de sus atropelladas cavilaciones y lo obligaron a salir.
Con el corazón aún oprimido por la escena que ocurría en la casa, vio que el anciano estaba siendo atacado por un grupo de perros; sin esperar más hizo un disparo al aire, pero se quedó helado al ver que los animales no parecieron prestar atención, como si el potente sonido del arma no hubiese llegado hasta sus oídos.
Puso el seguro en el arma y corrió hacia el lugar. Cinco perros grandes estaban mordiendo al anciano, que gemía lastimero entre ellos, apenas pudiendo defenderse; Román se acercó y lanzó una patada a uno de los animales, mientras con el revolver hizo amplios movimientos para alejar al resto. Durante unos tensos segundos los cinco se mantuvieron a distancia, rodeando, y el policía pudo ver con asombro que en todos ellos estaba la misma mirada feroz y la actitud salvaje que en el de la casa.
No iba a poder lidiar con los cinco y rescatar al anciano al mismo tiempo; en una milésima de segundo supo que eso sería imposible, ya que el hombre tenía heridas en los brazos y piernas, lo que junto a su estado de shock lo convertiría en una carga. La única opción que tenía era matar a los perros.
Quitó el seguro y apuntó, pero en ese mismo momento, uno de ellos se lanzó en carrera hacia él, y eso pareció activar en los otros el mismo instinto; el policía descerrajó un tiro que dio en el blanco y derribó al animal, sin embargo le quitó tiempo para reaccionar ante los otros. Sintió los colmillos de uno presionando el muslo izquierdo, mientras otro se arrojaba enloquecido contra su cuerpo; tenía que evitar distraerse y aprovechar la adrenalina para moverse lo más rápido que pudiera, de modo que ignoró el dolor y los desquiciados gruñidos y se concentró en el movimiento.
Rodeado por los cuatro, solo era cosa de segundos para que algún mordisco lo lesionara de forma grave; hizo caso omiso de todo y se movió hacia uno, disparando en la cabeza.
El segundo disparo dio en el costado del que le había clavado los colmillos en el muslo, el tercero en el cuello, y cuando se disponía a hacer el cuarto disparo, el perro se impulsó con gran fuerza y logró derribarlo. Román sintió el impacto del peso del animal en el pecho y trató de apuntar, pero no fue lo suficientemente rápido y la enloquecida bestia consiguió capturar entre sus fauces su muñeca y el arma; durante eternos segundos resistió el agarre de la mandíbula contra los huesos de la mano, hasta que logró asestar un puñetazo con la que tenía libre y disparar, aprovechando la momentánea distracción. El perro soltó un par de gruñidos ahogados que lo salpicaron de sangre, hasta que se derrumbó hacia un costado.
Román empujó al perro a un lado y se incorporó, exhausto; el panorama a su alrededor era devastador, con cinco animales baleados alrededor y un anciano y él heridos. Se dio cuenta de que dos de los perros aún vivían, y por un instante eterno no supo si tenía que hacer algo para terminar o no; acababa de luchar con todo en contra de un grupo de animales probablemente rabiosos, y sus pensamientos estaban atravesados por el velo de la adrenalina y la incertidumbre, y no tuvo el valor de actuar sobre seguro.
Cuando se puso de pie, sintió todo el peso de los golpes y las mordidas en el cuerpo, pero algo más causó un impacto en él; al mirar en dirección al anciano, vio que este estaba inmóvil sobre el suelo, demasiado inmóvil como para no hacer una relación directa. Cojeando se acercó a él, y comprobó que estaba muerto.
Había fallado; había actuado creyendo que era lo correcto, pero se trataba de un error imperdonable dejar al anciano a su suerte mientras él iba en persecución de algo desconocido. El cuerpo del hombre estaba tendido de espalda, congelado para siempre en una mueca de horror que la sangre en su cuello evidenciaba con la misma claridad que sus desorbitados ojos; había cometido un error que le costó la vida a una persona, y contra eso no había solución.
Pero no tuvo tiempo de lamentarse, porque algo se removió y llamó su atención; volteó a la izquierda, y dio un paso atrás cuando un gato saltó desde la pared más
cercana y se acercó hacia él. Tenía la misma expresión salvaje que los perros ¿Acaso toda esa locura era por causa de alguna especie de brote de rabia en el distrito? ¿Podía ser que una cosa así llegara al límite de infectar a las personas o a todos los animales a su paso? La pregunta quedó vagando, porque al mismo tiempo algo lo atacó; sintió los colmillos clavándose en su tobillo derecho, y cuando por instinto trató de retirar la pierna, la brutal presión hizo que soltara un grito de dolor.
El perro que había sobrevivido estaba aún preparado, y desde el suelo forcejeó con él; Román apuntó con la pistola pero se topó con que estaba sin balas, y eso le hizo perder un tiempo demasiado importante. El gato se arrojó contra él y clavó en su brazo sus garras afiladas como agujas, al mismo tiempo que otro perro aparecía en el lugar.
Se trataba de una emboscada, y si no lograba soltarse, correría el mismo destino que el anciano; Román no supo cómo, pero descubrió que eso era así, y supo también que de un momento a otro se había quedado sin tiempo.
Dio un mal paso, cayó y pudo sentir cómo su cuerpo chocaba contra la masa inerte de uno de los animales; se forzó a mantener la escasa concentración que le quedaba, y con el arma golpeó al perro que lo estaba mordiendo. Lo soltó lo suficiente como para liberar la pierna, y lo hizo con un movimiento que desgarró la piel, esparciendo sangre en todas direcciones.
Haciendo caso omiso al gato aferrado a su brazo se contorneó y pudo ponerse de pie; se liberó de él con un golpe que dejó largos cortes en el antebrazo izquierdo, y con espanto vio que había dos gatos y tres perros más acercándose. Avanzó rengueando hacia el auto y consiguió abrir la puerta y entrar, tras lo cual procuró mirar en el asiento trasero y confirmar que ninguna de esas bestias estaba en el interior. No había podido salvar a ese anciano, y en medio de una calle que parecía por completo ignorante a todo lo que estaba pasando, no tuvo más opción que abandonar todo aquello en lo que creía hasta unas horas atrás; lo que estaba pasando no podía ser controlado por él, y si sus temores eran acertados, esa especie de cólera imposible en los animales estaba causando estragos en muchos sitios al mismo tiempo.
Presionó el acelerador y se alejó, elaborando una nueva idea en su mente.


Próximo capitulo: Pasos en el tejado

Narices frías Capítulo 35: Camino a ninguna parte




De pronto, Tobías abrió los ojos, y eso hizo que Carlos sintiera un escalofrío, e inmediatamente, pánico.
La reacción instintiva fue brutal, porque al mismo tiempo una parte de él le dijo que tenía que salir de ahí y desprenderse de la responsabilidad, y la otra le dijo que no podía dejarlo, que si después de lo que había visto lo abandonaba, se convertiría en lo mismo de lo que estaba tratando de huir.

—¿Puedes escucharme?

El pequeño, aún recostado de espalda en la cama, volteó lentamente la cabeza en su dirección.

—Carlos. Reconocí tu voz.

Sonaba algo débil, pero que pudiera hablar era señal de que estaba menos mal de lo que se había imaginado desde un principio; se arrodilló junto a la cama, mirándolo con una combinación de sorpresa y emoción.

—Sí, soy yo. ¿Te duele mucho la cabeza?
—No —replicó el pequeño—, un poco, creo. Debe ser un traumatismo.
—Sí, probablemente —dijo Carlos—, estaba tan...

No terminó la frase. ¿Qué le iba a decir? ¿Lo enfrentaría con la terrible realidad cuando ni siquiera sabía si tenía heridas graves?

—Carlos.

El pequeño se incorporó en la cama y se enfocó en él; resultaba increíble que pudiera estar bien después de lo que había sucedido.

—Esa cosa ¿los mató?

Esa pregunta era algo que un niño tan pequeño nunca debería pronunciar; Carlos sintió que el estómago se contraía, pero la náusea no alcanzó a llegar. Estaba demasiado conmocionado como para sentir algo así.

—Sí. Lo siento.

El silencio que siguió no fue interrumpido más que por las respiraciones de ambos; en la penumbra de su habitación, en el interior de una casa que nunca podría pertenecerle, Carlos había comprendido que existía una sola forma de evitar que el horror que estaba vedado a los ojos de Tobías llegara hasta su mente.

—Entonces ellos me protegieron.
—Hicieron todo lo que pudieron.
—Eso no es justo —exclamó el pequeño, con mas fuerza en la voz—, porque ellos eran buenos, y me compraban cosas y nunca se quejaron porque yo no era como los otros niños, no es justo.

Carlos no supo qué decir, y solo atinó a acercarse a él y abrazarlo; y el pequeño se abrazó a él y sollozó, mientras temblaba de miedo y de soledad. El adolescente quiso llorar, pero no podía, al menos no hasta que consiguiera realizar el débil plan que tenía en mente.

—¿Está ahí afuera?

Carlos se separó de él y lo miró a la cara; ese pequeño era prácticamente un desconocido, pero al mismo tiempo era la persona más importante en su vida, y tenía que hacer por él lo que estuviera a su alcance.

—Escúchame; tenemos que irnos.
—¿Está aquí?
—Creo que sí —repuso, con voz entrecortada—, no hay luz, y no sé si hay más en alguna parte, pero creo que sí.
—¿Le hicieron daño a tus papás también?
—Ellos van a estar bien —Carlos sabia que eso era una mentira, pero no quiso focalizarse en la horrible imagen de ellos en la sala—, pero tendremos que irnos; es la única forma.

Tobías asintió en silencio; otra vez en la mente de Carlos apareció el miedo y la incertidumbre, pero desterró esos sentimientos y se obligó a ser fuerte.

—Tengo que sacarnos del distrito.
—Estoy asustado.
—Yo también —admitió, bajando la vista—, pero tenemos una oportunidad. Sé que todo es muy difícil de entender ahora, pero las cosas no se van a poner mejor; hay algo en el distrito, algo muy malo, y la única forma de escapar es irnos.
—Está bien —Tobías asintió con más energía, aunque su voz seguía siendo débil—, entiendo. Eso es lo que mis papás querían, siempre dijeron que querían lo mejor para mí; y yo confío en ti porque fuiste a salvarme cuando esa cosa entró en nuestra casa.

Carlos quiso decirle que estaba depositando su confianza en la persona equivocada, pero no lo hizo; en cambio, se puso de pie y abrió el armario para buscar algunas cosas.

—No puedes quedarte en pijama; tengo algunas cosas de antes que te podrían servir ¿Te parece?

Encontró una remera, unos pantalones y una chamarra y lo ayudó a vestirse; se sorprendió de ver que la ropa y zapatillas le quedaban bastante bien. En seguida sacó una mochila que supuestamente era para salir de campamento, aunque nunca la había usado; puso ropa y algunas otras cosas, y de inmediato corrió al cuarto de sus padres mientras se ponía unos guantes. Sin detenerse a mirar, buscó en el armario hasta que encontró las billeteras de ambos y se hizo con las tarjetas para el cajero, procurando dejar todo lo más ordenado posible. De vuelta en la habitación, se quedó un momento detenido, mirando alrededor, al lugar que creyó era su sitio para refugiarse.

—Nos iremos ahora.
—¿Qué pasa?

Era tan pequeño, y sin embargo entendía tan bien los cambios en la voz; Carlos se acercó a él y lo tomó de la mano.

—No pasa nada. Vamos.

¿Qué podía hacer? Por un momento pensó en desordenar su cuarto o romper las cosas, pero al final de cuentas, nada de eso tendría importancia; él no era esos objetos.

—Saldremos en silencio ¿Bien?
—Está bien.

Bajaron las escaleras, y salieron por la puerta principal, dejando abierta la reja del jardín; Carlos no quería acercarse a la casa de Tobías por motivo alguno, pero pensó que tal vez era justo mencionarlo.

—¿Hay algo que necesites de tu cuarto?
—No —el niño le apretó la mano—, no importa.

Si para él era difícil salir, no se imaginaba cómo sería para el pequeño; estaba haciendo un enorme esfuerzo por mantenerse estable, mucho más de lo que él mismo hacía, porque las cosas que sabía estaban ocultas tras un velo. Procuró pasar caminando rápido, pero no pudo dejar de mirar al animal en el jardín de esa casa, aún congelado en la misma posición; decidió volver a mirar al frente y sacar de su mente esa imagen, al menos de momento, pero antes de llegar a la esquina vio a otro perro en un jardín, también congelado en la misma posición.
Una vez fuera del perímetro, caminó hasta la estación de servicio y entró en el cubículo de cristal, agradeciendo que la tienda estuviera cerrada. Temía que el cajero no estuviera funcionando por el apagón, pero aparentemente la estación tenía algún tipo de batería de emergencia para casos como ese; fue una experiencia extraña tener tanto dinero en las manos y que no le importara, ya que en ese momento se trataba de un elemento necesario, no un lujo. Tras guardar el dinero en la mochila, miró cómo todo estaba a oscuras y en silencio, y se preguntó cuánto debería alejarse para encontrar un modo de salir del distrito.

—¿Tienes frío?
—No.

Quiso decir algo más, pero no pudo; por primera vez ese silencio le resultó estremecedor, y creyó tener una idea clara de qué tanto estaba sucediendo a su alrededor. No era solo ese perro, ni lo que ocurrió a sus padres; se trataba de algo que estaba por todas partes, y a menos que salieran de ahí lo más pronto posible, todo eso terminaría por alcanzarlos.
Caminaron largos minutos por desiertas calles, bajo el silencioso manto de la noche; Carlos pensó que debería haber llevado una linterna, pero ya era tarde para devolverse. Al menos, la noche estaba lo suficientemente iluminada para ver sin mayor dificultad, aunque al mismo tiempo, las calles vacías bajo un cielo igualmente desierto aumentaban la sensación de abandono.
Poco después, los dos siguieron por una calle en donde había edificios de varios pisos, dejando de lado las casas como en el lugar en donde vivía; Carlos se dio cuenta de que su idea original de salir del distrito topaba con obstáculos, como pedirle a un niño pequeño que se desplazara una gran distancia a pie. Pero tampoco podía quedarse, era demasiado peligroso para los dos.
Ambos aparentaron ignorar unos gritos a cierta distancia, pero Tobías se sujetó con más fuerza a su mano, caminando desde entonces mucho más cerca de él.
Quería saber qué había sido de la gente ¿Podía ser que todos estuvieran en la misma situación que sus padres? Aunque lo intentaba, no podía sacarse de la cabeza esa terrible imagen, la que inequívocamente sería la última de ellos: sentados en la sala, congelados por obra de un poder que no alcanzaba a comprender, con los ojos desorbitados y esa expresión vacía y sin vida que sin duda explicaba lo que había sucedido con ellos. Desde hacía mucho tiempo se sentía desconectado de ellos, en un estado donde no lo comprendían ni querían escucharlo, pero de todos modos eran sus padres; lo que había sucedido es que ellos eligieron mal a quien dedicarle su atención, y él los había perdido para siempre desde ese momento.
La noche se extendía amplia y abandonada frente a ellos.


Próximo capitulo: Perseguido