Narices frías Capítulo 34: Alguien en el interior





Greta no se había percatado del corte de luz hasta que sintió el sonido de una alarma cercana y esto la sacó del sueño; por instinto extendió el brazo hasta el velador y oprimió el interruptor, pero nada sucedió. Un poco más despierta, buscó el teléfono móvil y miró la hora: era más de medianoche.
La luz azulina de la pantalla le permitió ver lo suficiente para ponerse de pie y llegar hasta el interruptor en la pared, pero al oprimirlo sucedió lo mismo.

-Qué raro.

No podía recordar la última vez que se había cortado la luz. Una de las cosas que siempre valoró del distrito era su excelente sistema de alcantarillado y electricidad, por lo que no era algo común tener ese tipo de inconvenientes.
Recordó entonces que el refrigerador tenía un sistema de algún tipo que conservaba el frio durante más tiempo, y ya que estaba despierta, quiso ir a comprobarlo.
Las formas al interior de la casa eran distintas entre sombras absolutas; los ángulos se volvían antojadizos, y los colores se multiplicaban en infinitas combinaciones de gris, grafito y negro terciopelo, que danzaban por rincones inexistentes, creando figuras imposibles que merodeaban en las esquinas. El sonido, cómplice de la noche, deslizaba el sonido de garras raspando los contornos, voces ahogadas que sonaban como ecos distantes, y el susurro del viento entre los pliegues de una cortina jamás movida.
Telas colgantes en las paredes, ojos de tinta violácea y una respiración queda, atenta, vigilante.
La mujer llegó a la cocina caminando despacio y a tientas, iluminando a su paso con el débil brillo de la pantalla del móvil. Había pensado en usar la linterna de este, pero tenía poca carga y no quería gastarla; además, no sabía si el corte de luz duraría mucho tiempo o no.
Al abrir la puerta del refrigerador, una tenue luz blanca surgió y la iluminó; en efecto, estaba funcionando con ese sistema de respaldo, de modo que no tendría que preocuparse por ese asunto de forma inmediata. Por un instante palpó la escarcha en la nevera, y sus dedos sintieron el frío refrescante con un leve cosquilleo en las yemas.
Después de cerrar, la oscuridad volvió a llenar todo, y la mujer caminó de regreso a la sala, sintiéndose algo inquieta y sin sueño, a pesar de haber despertado bastante adormilada; cuando saliera el sol por la mañana, podría averiguar qué era lo que había pasado.
Siempre le pareció que su casa era un lugar muy agradable por la noche; conocía los pasillos y la distancia entre los muebles y las paredes, así como ese ambiente general de familiaridad que se había construido con los años. Después de vivir acompañada por mucho tiempo, y del dolor de la pérdida, había aprendido a sentirse en su hogar de nuevo, a conocer sus rincones y sentirse acogida, en un sitio que podría reconocer incluso con los ojos cerrados.
Pero todo ese sentimiento de normalidad se destrozó en mil pedazos cuando descubrió que había alguien allí.
Se quedó inmóvil en la sala, a dos pasos de lo más cercano a lo que pudiera sujetarse, una distancia enorme que la dejó completamente sola; de un momento a otro, había pasado a estar parada en una isla, un sitio inhóspito donde nada podía sujetarla, excepto sus débiles piernas que por azar no habían cedido. ¿O era tal el miedo que sus articulaciones estaban congeladas? Ya no estaba en su casa, estaba atrapada en un sitio que no conocía y que no podía darle cobijo ni apoyo.
No supo en qué momento el teléfono móvil cayó de sus manos, y ni siquiera escuchó el sonido del aparato contra el suelo; otro sonido había eclipsado todos los demás, incluso cualquier otro que pudiese ser más intenso. La respiración estaba ahí, escondida detrás de uno de los muebles, en un punto que no podía determinar con claridad pero que era tras el sofá o uno de los sillones; había estado siempre ahí, mientras ella se acercaba al refrigerador, ignorante todavía del intruso que había cambiado para siempre su percepción de las cosas.
De pronto le costó entender que su corazón seguía latiendo, pues no podía oírlo por el efecto hipnótico de esa respiración presente y atenta; estaba capturada por el horror de no saberse sola, y por el terrible sentimiento de anticipación que se formó en su interior al momento de descubrirlo. Sabía que esa respiración era a ritmo constante, y que esa constancia era la de la espera, la de alguien o algo que está ahí por una razón concreta, esperando; ella era la única a quien se podía acechar, y estaba sola por completo.
Fue así como, cual una débil presa, solo pudo quedarse inmóvil mientras emergía de entre las sombras otra de distinta naturaleza, una que podía moverse a voluntad, a diferencia de ella.
Greta quiso moverse, quiso gritar o protegerse, pero cualquier esfuerzo fue inútil; estaba congelada por el terror, paralizada por su presencia y esos ojos dorados que eran absolutos. No importaba si era un perro u otro animal, porque en realidad era una bestia pura, un ser sir ser que tenía un objetivo demasiado claro como para que algún nombre fuese capaz de asimilarlo. Era un monstruo puro, la salvaje expresión física de lo que no puede ser explicado, porque solo quien le mira a los ojos puede comprenderlo; pasaron segundos, o quizás años mientras se acercaba a ella, y luego un instante ínfimo para que se lanzara con toda su fuerza en contra de su débil cuerpo. Greta quiso gritar, pero solo escuchó de sí un leve jadeo, antes que sus garras y el poder de sus extremidades impactara contra su torso; se sintió arrancada de lo sólido del suelo, y por un horrible momento fue como si hubiese sido levantada, como si el monstruo tuviese alas que le permitieran elevarla hasta un cielo donde nunca más brillarían las estrellas. Pero entonces cayó, y el golpe fue múltiple a un mismo tiempo; sintió cómo su espalda se azotaba contra la superficie, y cómo retumbaba el impacto dentro de su cabeza, al tiempo que la bestia caía sobre ella y algo en su interior se rompía de forma inevitable. Ese crujido le produjo un dolor que opacó los otros, y sacó de ella un gemido lastimero de dolor, que a la vez cortó el aire como una lanza atravesando su costado; sus ojos habían visto todo revolverse por causa del violento movimiento, pero al impactar contra el suelo las sombras dejaron de moverse y otra vez se concentraron en aquella figura que la había destruido. Y mirada y respiración se unieron en un solo foco, dos globos dorados a milímetros de su rostro, el aliento gélido llegando a ella como una bruma que le impedía respirar; se quedó así, observando, hasta que algo distrajo su atención y se retiró, volviendo a fundirse con las sombras con las que se había mezclado en un principio.
Greta sintió el tibio surco de las lágrimas brotando desde sus ojos y yendo a mezclarse con sus canos cabellos; todo el dolor se había concentrado en la terrible puntada en el costado, que volvió su respiración rasposa e hizo que los latidos de su corazón lucharan por sostener un ritmo que parecía imposible.
Todo se estaba apagando con lentitud, con un miedo que se volvió negro y frío, y una ausencia de todo que la oprimió dolorosamente; sus miembros no respondían, o quizás era el golpe en la cabeza lo que había dejado su mente inútil para dar esas ordenes. Hizo un intento por hablar, pero la exhalación se convirtió en rojo, y percibió el tibio líquido brotando y escurriendo por las comisuras.
Todo era nieblas y la oscuridad del techo sobre ella; ya los ojos dorados se habían ido, ya no podía oír esa respiración que antes se apoderó de su voluntad, o quizás era que ya no podía escuchar otra cosa más que a su corazón debatiéndose, manteniendo la batalla a pesar de todo. Pero todo estaba perdido; supo qué significaba esa horrenda sensación lacerante al respirar, y aunque las palabras específicas no aparecieron en su mente por causa de un absurdo miedo a formularlas, la realidad era demasiado clara como para ignorarla: su cuerpo, viejo y cansado, no podría resistir un ataque como ese, y lo que estaba viviendo solo era la extensión más allá de lo razonable de una línea que había sido cortada quizás en el mismo momento en que las luces se esfumaron. Pensó en su Jonás, y en cómo lo había llorado cuando él se apagó tras esa fulminante enfermedad; él le había dicho que la quería, y sus ojos perdieron la luz un momento antes de cerrarse para siempre. Pensó muchas veces en la idea de reunirse con él, de pasar a formar parte del mismo estado en el que él se encontraba, y aunque nunca lo vio como un acto de incitación a destruir la vida, desde el momento de perderlo abrió la puerta a ese entendimiento sutil del dejar de estar. Comprendió que ella también dejaría de estar, eventualmente.
Eso ya daba lo mismo; las consideraciones al respecto eran inútiles, y solo le quedaba esperar a que el colapso fuera definitivo para ella. Pero de pronto apareció en su mente la imagen de Matías, y eso hizo que aumentara el dolor en el costado y la presión en el pecho; ese chico estaba solo al igual que ella, y quizás rodeado por el mismo tipo de peligro ¿Cómo podría librarse? Quiso hacer algo y rogó por un poco de movimiento, pero su cuerpo estaba cada vez más adormecido y no pudo hacer gesto alguno; se iba a sumergir definitivamente en las sombras.


Próximo capítulo: Camino a ninguna parte

Narices frías Capítulo 33: No digas nada



El distrito dormía. Entre sombras absolutas y silencio extendido como un manto, las personas estaban siendo arrulladas por un canto que era imposible de escuchar, y flotaban en sueños tibios y acogedores de los que no podrían salir hasta que un gran designio lo decidiera. Un manto de negro terciopelo y seda de canto nocturno, sin silbido ni aleteo en las copas de los árboles, solo unas hojas cayendo de cuando en cuando.
Apenas habían encontrado al hombre muy pocos minutos atrás; la llamada que lo reportaba provenía de la empresa en donde trabajaba y llegaba con bastante retraso. Cuando la unidad recibió el aviso, el jefe dijo que no se había dado cuenta de su ausencia porque asumió que había realizado sus funciones como todos los días; se trataba de un hombre que  padecía un trastorno mental sumamente poco común que Román no pudo memorizar ni entender bien, pero que en resumen le impedía comunicarse por cualquier medio. En teoría él no debería haber estado metido en ese caso, pero estando atenazado por la preocupación que le causó el descubrimiento que hizo con respecto a los animales, decidió inmiscuirse de todos modos en el asunto.
Cuando llegaron al edificio en donde vivía no consiguieron avance alguno: la dueña, quien también vivía ahí, les dijo que nunca se comunicaba con nadie por razones obvias, y que todos los asuntos de dinero habían sido resueltos con la intermediación de los doctores del centro de estudios y tratamiento de enfermedades mentales Osman Buenaventura, quieres habían hecho los diagnósticos y el seguimiento de ese joven llamado Darío. Solo sabía que entraba y salía regularmente, que nunca rompía nada y parecía alguien muy correcto; palabras de buena crianza para decir que no tenían la más remota idea de su vida y no querían inmiscuirse en eso.
Mientras un grupo se comunicaba con el representante de ese centro de estudios, con la baja posibilidad de que fuese posible siendo tan tarde, el equipo en el que estaba Román fue hacia el trabajo en donde el desaparecido se desempeñaba: una central de control de electricidad.
Eso era algo que Román también desconocía: en el distrito, no muy lejos del centro, un edificio que parecía ser una simple industria albergaba una central de control eléctrico, de la que dependía casi todo el suministro; en pocas palabra, y según el encargado, tenía que funcionar bien porque cualquier desperfecto podía afectar a todo el lugar.
Y justo cuando estaban en las instalaciones, revisando la ruta de trabajo que Darío realizaba todos los días, la luz se fue. En pocos segundos se activaron las luces de emergencia, y por altavoz se dio un mensaje en clave que hizo que el encargado, quien hasta ese momento estaba bastante desinteresado, palideciera.
Lo siguieron a toda velocidad por pasillos hasta el subterráneo, y en ese momento quedó a la vista la terrible realidad; el joven nunca había salido de ese edificio, había conseguido la llave que daba acceso a unos paneles de control altos como paredes, y ahí había ocurrido la tragedia. Román se sintió sobrecogido al verlo en el suelo, tendido de espalda en medio de un charco de sangre. Aparentemente había introducido un cuchillo en un peligroso sitio, y el golpe eléctrico sobre el metal lo hizo rebotar, arrancándole casi de cuajo la mano izquierda, que parecía conectada con el brazo apenas por tendones y el hueso, dejando todo lo demás a la vista. La otra mano también tenía una herida, aunque parecía ser una quemadura o algo parecido, y en ella había sangre igual que la que manaba de su boca; increíblemente estaba vivo, de modo que solicitaron un vehículo de emergencia de inmediato mientras hacían lo necesario para contener el derramamiento de sangre y mantener despejada la vía aérea. Tuvieron que usar la radio del auto porque al no haber luz, tampoco había señal en los móviles.
El vehículo de emergencia no tardó en llegar, y mientras los profesionales se hacían cargo de ese difícil caso, el encargado de la central estaba a manos llenas con el corte de energía; explicó, con un tono que iba desde la frustración a la sorpresa, que el punto que había sido atacado no era uno cualquiera, sino una conexión vital para la reposición del servicio. Entre una serie de términos técnicos que el policía no entendió, explicó que no era posible restablecer la electricidad antes de una hora, ya que era necesario convocar al personal entendido y conseguir una serie de dispositivos de reemplazo que no estaban en ese edificio, y probablemente no en el distrito. Dado que Román no estaba oficialmente en ese caso y no era necesario después de encontrar al infortunado joven, se dijo que podría dedicar su atención a otro asunto, pero nuevamente las cosas cambiaron por completo.
Al volver al exterior parecía que el mundo se había puesto de cabeza en tan solo unos minutos; todo estaba en una oscuridad absoluta, y el silencio en todas partes era total, como si de pronto alguna fuerza misteriosa congelara todo. El sonido de las ruedas de la ambulancia y del otro vehículo policial rasgaron el aire vacío y se alejaron con demasiada prontitud, haciendo que el silencio volviera a extenderse; Román se quedó de pie junto a su auto, envuelto en la noche y en las dudas, viendo una ciudad que parecía desierta pero que latía segundo a segundo en cada calle, en cada esquina por donde nadie pasaba.
Decidió no volver a la unidad ni ir a su departamento; la comida se había enfriado en el asiento trasero del vehículo, y él en vez de apetito tenía un mar de incertidumbres que no podía soslayar. Una persona casi había muerto en ese lugar, por una acción que era evidentemente premeditada, y eso había dejado al descubierto algo que era desconcertante y fascinante a partes iguales: él había encontrado la ausencia de animales, y con el corte de energía resultaba claro que todos parecían seguir durmiendo sin interrupciones ¿Nadie se despertó, nadie estaba hasta tarde en ese distrito?
Entonces se le ocurrió una idea macabra, que apareció en su mente representada por un par de ojos dorados que lo miraban en la unidad; y recordó la fría escultura viva entre cadáveres, y todo eso cobró un sentido que lo asustó. Él no era de ahí, no llevaba más de unos cuantos días en el distrito, y quizás por eso podía ver algo que los otros no. Él había podido ver cómo ese perro permanecía frío y sereno mientras dos personas estaban muertas en medio de la sala de la casa, y frente a una niña que lloraba sin parar, desgarrada por el horror de una visión que nunca debió haber presenciado. Él pudo ver la actitud de absoluta tranquilidad del gato en la unidad luego de presenciar el asesinato de un niño y la demencial actitud de su padre, mientras que los demás no.
Algo había en ese distrito que cambiaba a las personas y hacía que perdieran el sentido de la realidad, poniendo en primer lugar la estabilidad de los animales que un caso de asesinato; él entendía con absoluta claridad cómo sentirse ante un animal indefenso, pero al mirar en retrospectiva, tanto la gente de los alrededores de ambas casas como sus propios compañeros de unidad consideraban esas muertes como algo normal dentro de todo, pero estaban mucho más preocupados del estado de salud y cuidado de mascotas que no estaban heridas o en problemas, e incluso que se mostraban excepcionalmente tranquilas para haber estado en presencia de muertes violentas.
No entendía lo que pasaba, intuía el centro de todo eso y le asustaba, pero no podía dejar de intentar encontrar un punto de lógica en lo que estaba pasando; no importaba qué fuese, tenía que haber una base sólida, algo que tuviera sentido y explicara lo que estaba sucediendo. Podía haber llegado a ese punto por medio de una intuición, pero de todos modos tenía que encontrar qué era lo que se encontraba bajo todo eso.
Se animó a subir a su automóvil e inició un viaje rumbo a las dependencias centrales de Narices Frías, esperando que en ese lugar pudiese hallar algo que completara el mapa que hasta ese momento era un puzle sin forma ni final.
Algunas cuadras después tuvo que detenerse abruptamente cuando una persona se atravesó en la calle; frenó con precisión, a tiempo para evitar una desgracia, y bajó de inmediato, intentando no pensar en la cantidad de cosas extrañas que estaban sucediendo una tras otra. La persona era un hombre de poco más de cincuenta años que estaba descalzo y en pijama, con evidentes heridas en la cara y antebrazos; tropezó al cruzar la calle y cayó de bruces, quedando en suelo, gimiendo mientras el policía se acercaba.

—Señor ¿Puede oírme?

Se arrodilló junto a él preparado para auxiliarlo o hacer las preguntas pertinentes, pero el hombre se percató de su presencia y se giró en su dirección, mirándolo con desesperación.

—¡No deje que se acerque!
—Señor, voy a ayudarlo, pero tiene que decirme quién le hizo esto.
—¡La mató, la mató! —repitió, con voz chillona, llorando y resoplando a la vez— No la pude salvar, yo no sabía ¡Por favor!

¿Qué estaba sucediendo en esa ocasión? Por un instante, el policía miró en todas direcciones, buscando un indicio, pero todas las casas lucían iguales con las luces apagadas.

—Dígame que sucedió.
—La mató, lo siento.
—¿Dónde sucedió?

El hombre levantó una temblorosa mano e indicó una casa del lado opuesto.

—Ayúdeme ¡Tuve que correr! Él ya la había matado, no podía hacer nada ¡No podía!

Román no tenía tiempo para devolverse al auto y pedir ayuda por radio; decidió dejar al hombre en el suelo, desenfundó el arma y corrió hacia la casa, encontrando la puerta abierta. No esperó más y entró, apuntando con la linterna y esperando no encontrarse con otra horrible escena; pero sucedió, y lo que vio estaba demasiado relacionado con lo que había estado rondando su mente en las últimas horas. El cuerpo de la mujer estaba tendido boca abajo en el suelo, sobre muchísima sangre que evidenciaba la gravedad de los mordiscos que habían hecho brotar el rojo líquido desde el rostro y cuello, hasta terminar con su vida; no podía ver su cara desde la entrada, y en el fondo lo agradeció, porque no necesitaba ver la expresión de terror y agonía, ni el contraste de esta con la extraña satisfacción en el muchacho unos minutos atrás. Los mordiscos en los antebrazos, que de seguro había sufrido intentando defenderse, eran inequívocamente los causantes de su muerte, lo que significaba que un perro grande y peligroso andaba suelto.
Cuando hizo un paneo con la luz de la linterna, un rostro lo hizo retroceder. Reaccionó con rapidez y apuntó, pero se dio cuenta de que la figura no se estaba moviendo; era un perro muy grande, congelado en una posición que parecía de carrera, con los ojos desorbitados y el hocico abierto. Habría podido pensar que se trataba de una figura embalsamaba, pero la sangre que goteaba de sus fauces hacía imposible esta idea ¿Por qué estaba inmóvil? Durante un momento que se le antojó muy largo no supo qué hacer, hasta que el animal hizo una especie de movimiento estertóreo, y eso lo hizo disparar.
A lo largo de extensos segundos, el animal siguió moviéndose, hasta que su estabilidad se quebró y cayó hacia un costado, babeando sangre que también se derramaba por el pecho. Sus ojos blancos y sin vida apuntaban a ninguna parte.


Próximo capitulo: Alguien en el interior

Narices frías Capítulo 32: Espacio vacío





Cuando escuchó el crujido, Carlos sintió que algo se quebraba dentro de su ser; era algo desconocido y oculto, muy oculto en su interior, que desconocía o no recordaba, y que causó una terrible sensación. No supo qué fue, pero sucedió y eso nubló su vista y sus sentidos; desesperado, volteó en todas direcciones, hasta que vio en el suelo una pequeña pala para hacer trabajos en el jardín, que tomó entre sus manos con asombrosa precisión, sin que temblaran los dedos. Ahogando un grito, se lanzó en contra del animal, que por un momento pareció dudar, como si no creyera que él podía hacerlo.
Pero claro que podía; ya no le importaba nada, encontraría la forma de detenerlo, o ninguno de los dos saldría de ese lugar. Empuñó la pala como un cuchillo, e ignorando el movimiento con el que el animal sacudió al pequeño, lanzó un golpe que consiguió rasgar la piel del cuello, arrancándole un gemido y logrando que soltara su presa; mientras el pequeño caía a peso muerto sobre el concreto, el perro, con una herida en el costado izquierdo del cuello, tensó los músculos del cuerpo y gruñó con furia, preparando todo el cuerpo para atacar y al fin mostrando su verdadera cara.
No pensó en que una vez, no mucho tiempo atrás, ese animal lo había arrastrado sin dificultad por la calle, ni en la fuerza que había demostrado al saltar la reja del jardín en dos ocasiones, mucho menos en el poder de esos colmillos que por primera vez lo amenazaban de forma evidente. Su mente estaba en blanco, y solo sintió rabia y rencor por todo lo que le había pasado, y porque ese monstruo era la representación de todo lo que lo había torturado, un poder invisible e invencible que le quitó cualquier cosa que pudiese haber querido antes.
El animal se lanzó contra él con decisión, y en ese momento Carlos atacó de vuelta, intentando asestar el golpe en el mismo punto en donde había herido antes; la noche había desaparecido, y en esa oscuridad nada había más que él y aquello que quería destruir antes que lo extinguiera en réplica. Falló en el golpe, sintiendo el choque de la mandíbula contra el metal; los dientes capturaron su improvisada arma, y el joven trató de moverla, pero el movimiento del otro torció su muñeca y lo hizo perder el equilibrio.
Pero el perro no tenía dos brazos libres para pelear.
Sin soltar la pala, Carlos lanzó un golpe a la cabeza del animal y alcanzó a golpearlo en la oreja; aprovechando la sorpresa tiró de la pala y consiguió arrebatársela, con un horrible sonido metálico de por medio. El animal, encolerizado, apenas perdió unas milésimas de segundo y se recuperó, arrojándose contra él con una dentellada espantosa que lo hizo retroceder; era tan rápido y fuerte, tan feroz que parecía imposible detenerlo. Carlos lo esquivó por milímetros, hizo un rodeo tan rápido como pudo y lo vio revolverse para atacar otra vez, y supo que no iba a tener muchas opciones más; el perro lograría alcanzarlo en algún momento, y si capturaba su brazo o su pierna, se la rompería sin duda.
Como si le hubiese leído la mente, el animal corrió hacia él lanzando mordiscos con toda su fuerza, directo a las piernas; Carlos intentó esquivarlo de nuevo pero perdió el equilibrio y cayó hacia adelante. Sintió cómo su cuerpo chocaba con el del animal, y por un segundo la mirada colérica estuvo demasiado cerca, demasiado furiosa como para poder evadirla, abarcándolo todo y consumiendo su fuerza y determinación; por un instante pareció perderse en esos ojos llameantes a los que nunca debió mirar, pero logró girar sobre sí mismo en el suelo, sujetó la pala con ambas manos y atacó, casi a ciegas, rogando que el golpe fuera efectivo.
Las garras rozaron su piel, las patas pasaron por encima de él, y perdió por completo el control de la herramienta; sin saber lo que estaba pasando, se revolvió en sí mismo y se arrastró hacia la pared lateral. De pronto solo estaban sus jadeos nerviosos en medio de la noche, y el violento golpeteo de su corazón en el pecho; pudo incorporarse a medias y miró en todas direcciones, encontrándose con el animal inmóvil, detenido como si algo lo hubiese congelado por completo. Vio la sangre sobre el pasto a su alrededor y se animó a acercarse un poco, intentando ignorar la debilidad que sentía en las piernas; el perro estaba inmóvil, de pie en actitud de ataque, con el hocico abierto y la pala clavada en el cuello, goteando saliva roja mientras sus ojos permanecían detenidos mirando a la nada.
No se detuvo en eso y volteó hacia el pequeño, en quien por primera vez había podido recaer en esos eternos segundos desde que comenzó toda esa pesadilla; recién en ese momento supo qué era lo que había sentido crujir entre las fauces del animal, y no era lo que pensaba: se trataba de unos audífonos que, destrozados ahora, habían amortiguado el ataque y reducido las heridas en gran medida. Impactado e incrédulo, se arrodilló junto a él, pero no supo qué hacer en un principio; no había tenido tiempo de pensar ¿Estaba muerto? Muchas otras preguntas surgieron en su mente, cómo por qué nadie había salido ante sus gritos o qué debería hacer a continuación; intentó respirar profundo y el aire raspó sus vías respiratorias, pero se obligó a hacerlo, se obligó a funcionar y ser quien debía ser.
No sabía si el animal estaba muerto, pero parecía improbable, ya que no tenía sentido que estuviese de pie; quizás era un shock o algo por el estilo. Se había cortado la luz y eso tampoco parecía haber despertado a la gente, como si por un extraño arte todos se sintieran arrullados por el silencio y las sombras, excepto él.
Por fin se atrevió a tocarlo, y comprobó que estaba respirando ¡Estaba vivo! Sintió una oleada de energía y alivio, que fue como un calor que llenó su pecho, pero al mismo tiempo hizo que sintiera la urgencia de hacer algo al respecto. Tomó a Tobías en sus brazos, y con él abrazado entró en la puerta lateral, que al igual que en su casa daba a la cocina; lo que se encontró a pocos pasos en la sala respondió sus preguntas acerca de por qué nadie había salido ante sus gritos, y lo hizo decidir salir y regresar a su casa, apenas dándose un segundo para mirar de reojo y comprobar que el animal seguía en el mismo sitio.
No le resultó extraño ver que en su casa las cosas estaban en calma; por alguna razón esperaba que sus padres no se hubiesen movido de su cuarto, y en cierto modo lo agradecía, porque no tendría que dar explicaciones ni responder preguntas.
Pero cuando estuvo en la sala, se dio cuenta de que no sería necesario dar explicaciones, porque había nuevas preguntas en ese mismo lugar. Sus padres estaban sentados en el sofá de la sala, ambos en pijama, muy cerca uno del otro y con el cuerpo rígido, como si estuvieran mirando una inexistente pantalla frente a ellos; con el corazón oprimido y casi aguantando la respiración, Carlos abrazó más fuerte a Tobías y se acercó a ellos, contando cada paso y temiendo encontrar algo que al mismo tiempo anticipaba por la rigidez antinatural de sus cuerpos y su inmovilidad total. Sus ojos estaban fijos al frente, mirando sin ver, muy abiertos mientras sus respiraciones parecían reducidas a un leve susurro que apenas movía sus pechos; no había movimiento de sus cuerpos más que la respiración, y al verlos en ese estado, creyó entender.
El corte de luz, la repentina agresividad explícita del perro y el silencio absoluto en el lugar; no supo por qué, pero entendió que todo eso estaba relacionado de alguna forma. Luces y mentes apagadas, ojos abiertos y ciegos, y un niño en sus brazos que tal vez no podría sobrevivir.
Retrocedió, mirándolos por una última vez, y con Tobías apretado contra su pecho caminó rápido hacia las escaleras; lo dejó con suavidad en medio de la cama, y al arrodillarse junto a él sintió un enorme peso en el cuerpo, algo doloroso y terrible que amenazó con derribarlo. Pero lo resistió y se puso de pie, mirando en derredor, intentando decidir qué hacer a partir de ese momento, sabiendo que Tobías y él estaban completamente solos en el mundo.


Próximo capitulo: No digas nada

Narices frías Capítulo 31: Sonrisa eterna





—Muchas gracias por su tiempo.
—Gracias a usted por venir, señorita, fue usted muy amable.
—Y de esta forma terminarnos la conversación de hoy para radio Mágica. Hoy estuvimos conversando entre velas con Elías Restrepo, rostro oficial y ejemplar cuidador del primer hijo de Narices frías. Recuerden que este programa estará disponible en nuestro sitio web a solo un clic de distancia para que puedan escucharlo cuando quieran.

Elías Restrepo se puso de pie, mientras la periodista desconectaba el micrófono y su asistente comenzaba a guardar los elementos usados para realizar la transmisión para la radio; la jovial mujer le dedicó una sonrisa amable al hombre mayor.

—Hay muchos mensajes en las redes sociales saludándolo, la gente lo quiere mucho.
—Pues muchas gracias por eso. Es un gusto cuando personas jóvenes se interesan por hablar con un viejo.
—No diga eso, usted es tan vital —replicó ella—, tengo que reconocer que creí que no me daría la entrevista por empezarla a las diez treinta, pero me equivoqué por completo ¡Y fue tan interesante escucharlo!

El hombre mayor se pasó una mano por su raleado cabello cano, agradecido por el halago.

—No tengo la costumbre de dormir tan temprano, y me gusta mucho la radio, así que dije ¿Por qué no?
—Estoy segura de que la gente va a estar encantada. Además, hasta tuvimos unas palabras de Bobby ¿No es así?

Ambos voltearon en dirección al punto de la sala en donde el perro reposaba; levantó la cabeza al escuchar su nombre y movió quedamente la cola, mientras con sus ojos oscuros miraba con suma atención.

—Es tan despierto.
—Usted también tiene —apuntó el hombre mayor.
—¿Un hijo de Narices frías? Sí, mis cotorras, son adorables —la mujer se encogió de hombros—. Nunca creí que tendría mascotas al ser adulta, y ahora no me imagino sin ellas; es cierto eso, uno los ve y sabe que son los indicados, es algo que se puede ver en la mirada.
—Sí, en la mirada.

El asistente se despidió y caminó hacia la puerta mientras la mujer se despedía.

—Una vez más, muchas gracias por su tiempo, y buenas noches. Que descanse.
—Usted también, señorita —repuso él, sonriendo.

Y sonrió hasta que ella hubo cerrado la puerta y se quedó a solas en la casa; pero luego, abatido, se sentó, echando la cabeza hacia atrás.

—Ya se fueron.

En la soledad de la sala, su sonrisa había desaparecido y ya no sonaba animado ni lleno de vida; sonaba vacío y desierto, resquebrajado como una cáscara vacía, solo una apariencia dispuesta para que todos pudieran ver.

—Ya se fueron.

El perro se había puesto de pie y esperaba atento frente a la silla, mirando con insistencia; el anciano se revolvió, llevándose las manos a la cabeza y restregando sus ojos repetidamente.

—Por favor, hice todo lo que tenía que hacer.

El miedo estaba en sus venas, circulando helado y cortante por el interior de su cuerpo, hiriendo lo que quedaba de la humanidad que tanto tiempo atrás había perdido; el pánico de no ser dueño de sus propios pensamientos y estar siempre bajo control era un yugo que no podía cargar, pero del que era prisionero por cadenas irrompibles, fundidas en sangre y gritos de una era pasada en la que aún podía intentar resistirse.

—Por favor.

Su voz lastimera surgía como un gemido desprovisto de fuerza; luchó inútilmente por unos momentos más, hasta que tuvo que rendirse y bajar la cabeza, para devolverle la mirada con sus ojos agotados y opacos.

—Por favor. Déjame morir.

Pero sus ruegos estaban negados, y lo sabia desde antes de formularlos; esclavizado, no tenía otra función que representar el papel que se le había impuesto. Con ojos desorbitados por el dolor infinito miró en los del animal, y quiso gritar, pero le fue imposible porque estaba hundido en la marea incesante de la verdad que no podía decir, de la realidad que era imposible de evitar. Quiso gritar o arrancarse los ojos, pero solo se quedó sentado, viendo en esa mirada.
Hasta que se hizo la oscuridad.
Estaba despierto, y frente a él se hizo la oscuridad; y por primera vez desde una eternidad pudo encontrar una abertura.
El miedo le dijo que se quedara quieto, pero el horror de volver a lo mismo fue más fuerte y dio impulso a sus piernas para ponerse de pie y caminar hacia el único lugar en el que podía hacer algo, donde haría lo primero y si tenía suerte, lo último.
Sintió las patas del perro caminando cerca de él y el temblor de su proximidad, y quiso de nuevo gritar, pero supo que era imposible; en algún momento volvería la electricidad y su impensada libertad se iría junto con las sombras, o el pesado sueño de la señora Stevens se veía interrumpido y aparecería con una linterna. No podía exponerse a eso, tenía que ser fuerte por única vez, y luego el acero y el frío le darían la tranquilidad que por tanto tiempo le había sido negada; trató de hacer oídos sordos a los ladridos que intentaban llamar su atención, y que taladraban su mente vacía y destrozada por años de sonrisas y palabras huecas, por tanto tiempo de obedecer y jalar del yugo por terrenos pedregosos y desiertos.
¿Qué podía hacer? Era incapaz de volverse en su contra porque le tenía demasiado miedo, pero podía hacer algo de todos modos, aquello para lo que tenía al menos el valor necesario para cumplir hasta el final. Entró en la cocina a ciegas, y palpó la superficie de la mesada, hasta que encontró el portacuchillos, y con dedos frágiles logró tomar uno de ellos.
El perro tiraba de su pantalón para llevarlo fuera, y sintió el miedo corriendo por su piel, subiendo por la pierna como una serpiente que iría a apresarlo, pero no por el cuello sino por la mente, el lugar en donde podría asfixiarlo por completo.

—No, ya no más. Ya no puedo, no voy a volver. Me hicieron sonreír por tanto tiempo que estoy atrapado y a ustedes no les importa; háganme sonreír ahora.

Se estremeció de pensar en que no podría hacerlo, que en algún recóndito rincón de su ser quedara algo de instinto de supervivencia y eso lo detuviera, pero se obligó a mantener las manos firmes mientras sostenía el cuchillo por el mango, y a recordar que la última vez que había sido libre estaba distante por quince años, y que su tiempo se había terminado. El reloj estaba finalizado, y solo el artificio monstruoso lo mantendría ahí; si no actuaba en ese preciso momento, lo arrastrarían esos colmillos de nuevo a ese océano de podredumbre y horror.
Sintió los colmillos clavándose en su pierna y se permitió tener un instante de satisfacción al entender que estaba asustado y que, en la oscuridad de ese lugar, al menos por breves segundos no tenía la ventaja.
Ya no quiso pensar más, no quiso debatirse entre lo que podía pasar y lo que no, porque el peligro de caer era demasiado como para soportarlo; ignorando la fuerte mordida que jaló de él, apoyó el mango del cuchillo sobre la fría mesada y lo sujetó con ambas manos, apuntando hacia arriba. Miró sin ver hacia abajo, y cerró los ojos, rogando a la fuerza o existencia que hubiese controlado todo en el universo para que se diera esa oportunidad, que no se desperdiciara.
Cuando se dejó caer sobre la mesada, el cuchillo entró por la boca por la fuerza del impacto; mientras soltaba un agonizante sonido gutural, las extremidades se convulsionaron, y el cuerpo cayó a peso muerto sobre el suelo, mientras exhalaba un último gimoteo que sonaba a sangre y fluidos fuera de control.

El perro soltó la presa que había mantenido firmemente sujeta y retrocedió, revolviéndose mientras gemía lastimeramente, atenazado por un dolor que no podía controlar; desesperado, rugió y lloró de rabia y miedo por partes iguales, revolcándose en el suelo sin poderse controlar. Cuando las luces de la casa se encendieron y las primeras voces alertadas se dejaron oír, aun gemía, pero se había quedado inmóvil en una posición antinatural, con los ojos desorbitados y la mandíbula abierta, chorreando espuma mezclada con su propia sangre, mientras su torso subía y bajaba con la lentitud de un reloj de antiguo mecanismo que estuviese a punto de detenerse.


Próximo capitulo: Espacio vacío