Narices frías Capítulo 22: Certezas poco probables




El día domingo había sido tranquilo en la unidad, aunque Román había vivido cada hora como un auténtico suplicio; después de la experiencia con la niña y sus padres muertos estuvo durante horas resolviendo el papeleo y entregando toda la información correspondiente de ese caso, saliendo apenas por breves minutos para almorzar antes de volver al trabajo. El resto estaba poco ocupado, salvo por un caso del viernes que había sido reportado por un débil testigo: un hombre mayor dijo que un accidente no era tal, pero lo único que tenía en favor de esa teoría era su punto de vista; estaba diciendo que un hombre que tropezó y cayó bajo las ruedas de un vehículo había sido asesinado.
Nunca se había preguntado cual era el límite de esa expresión; como policía, había sido instruido para entender los crímenes como objetos dentro del trabajo, parte de un todo, elementos que podían ser medidos y listados de acuerdo con determinadas pautas. Pero luego de lo que había visto, de esa situación imposible pero cierta, le resultaba difícil establecer un margen específico; seguía entendiendo como muerte y asesinato lo mismo que siempre, pero después de esa escena, era más que meritorio cuestionar todo.
¿Era la niña una asesina? Estaba convencido de que un juez encontraría los argumentos necesarios para decir que no lo había hecho con una mala intención genuina, pero ¿solo por ser menor se le marginaba de toda sospecha? Y también había otro cuestionamiento ¿Había entrado en shock antes de la muerte de sus padres? Si se tratase de un adulto sería muy distinto, pero en ese caso el horror había sido causado por una niña que probablemente no comprendía ni lo que había hecho ni cómo eso influía en todo su entorno.
A menos que sí lo entendiera y no hubiese podido soportarlo.
El domingo no terminó bien; estaba en su casa, durmiendo algunas horas, cuando recibió el llamado de alerta de un suceso criminal y salió disparado en esa dirección.
Resultó ser que no era muy lejos de donde estaba viviendo: tras poco menos de cinco minutos llegó a la calle en cuestión, casi al mismo tiempo que el vehículo de emergencia que fue contactado en paralelo.
La escena era algo más habitual en comparación, aunque no dejaba de ser fuerte: en la sala de la casa, un hombre de aproximadamente su edad yacía en un charco de sangre; estaba desnudo y claramente se había arrastrado desde otro sitio, aunque para el momento en que entró no se movía. Mientras el equipo de emergencia se hacía cargo de él, Román revisó la casa, sin dar con otro ocupante ni el agresor, aunque pudo identificar con facilidad que el lugar del ataque había sido la habitación, en la cama. Los de emergencia no pudieron llevárselo de inmediato ya que estaba crítico, de modo que se abocaron a estabilizarlo mientras él y los demás se hacían cargo de investigar.
No fue difícil tampoco descubrir al culpable, aunque esto resultó de un modo por completo distinto a lo que se hubiese esperado; revisando el exterior de la casa, pudo localizar algunos rastros de sangre, y su primera reacción fue sentirse escéptico ante ese hecho ¿Podía ser que quien intentó cometer ese asesinato hubiese tenido el descuido de salir de ese lugar con un arma goteando sangre? Sin embargo, se trataba de sangre fresca, lo suficiente como para saber que podía ser la misma de la víctima; cuando continuó rastreando el lugar se encontró con otra pista, y por un segundo se dijo que no era posible, que no podía ser tan sencillo.
Pero lo era, y junto a la puerta de la casa contigua localizó otra muestra de sangre, ¿otra evidencia incontrarrestable? Nadie salió al momento de tocar la puerta, y por un instante se sintió en la misma situación que cuando descubrió el otro hecho, lo que lo congeló de un modo antinatural.
Pero quedarse quieto no estaba dentro de sus alternativas, ni por cargo ni por carácter, de modo que rodeó la casa y fue directo a la parte trasera, en donde una puerta sin llave no ofreció demasiada dificultad.
El interior de la casa parecía el anuncio de venta de propiedades de un canal de ese tipo: todo era perfecto, desde el aseo, hasta la posición de los objetos más intrascendentes en los muebles. A simple vista parecía que cada cosa había sido dispuesta a una distancia específica de la otra, para crear una simetría silenciosa, un coro de espectadores que aguardaban inmóviles a que los participantes del lugar descubrieran los secretos ocultos entre el aire que vagaba entre ellos. Esa limpieza extrema, ese orden imposible, todo era demasiado perfecto como para que una persona normal viviera ahí, como para que alguien se desplazara, comiera o viera la televisión.
En la sala no había nadie, y nadie respondió a sus llamadas; en una situación regular eso indicaría que estaba vacío; pero esa no era una situación regular: tres gotas de sangre en el suelo ya le habían indicado, a lo largo de la sala y camino a la escalera, que era muy probable que en el segundo piso encontrara una respuesta.
Con el arma en la izquierda y lista para disparar, Román puso un pie en el primer peldaño para comprobar si crujía, y de inmediato subió con sigilo hasta la segunda planta.
El cuchillo estaba sobre el suelo, y la puerta de una habitación a poca distancia estaba abierta. Quizás se debía a su reciente experiencia con otro caso de muerte, o tal vez solo un presentimiento, pero Román supo que en esa habitación había alguien, y que en ese lugar se encontraba la respuesta a las interrogantes que dejó ese hombre moribundo en la casa contigua.
Algunos policías viejos decían que la muerte tenía un olor; un aroma único que no tenía que ver con la sangre y el fuego, sino con algo que exudaba la persona que cometía ese acto. Independiente de si era de forma deliberada o no, en la estructura física de esa persona sucedía algo, una alquimia de hormonas, fluidos y secreciones internas que salía por los poros, en el aliento, incluso a través de la mirada; se trataba de algo inconsciente, pero que sucedía en cualquier persona. Era quizás debido a un cambio a lo salvaje, a regresar a ese instinto primario de muerte y caza, o tal vez solo porque al destruir otra vida, también se destruía parte de la propia. Román conocía estas historias, pero nunca les había prestado la suficiente atención, hasta que llegó a los últimos peldaños de esa escalera.
No era por la sangre impregnada en el cuchillo, ni por el maniático orden de todo en la casa, sino por algo que quizás no podría explicar. Así como en una morgue había un olor que ni todos los desinfectantes y aromatizantes del mundo podían quitar, del interior de ese cuarto salía un aroma que hizo que se le erizara el vello de la nuca; y el sonido de la respiración que llegó a sus oídos un momento después fue como una anticipación a lo que iba a suceder, el boceto de una imagen que todavía estaba vedada a sus ojos.
La persona estaba allí; no se había escondido, solo regresó a la casa después de intentar asesinar al vecino. Román reguló su propia respiración para no hacerla sonora, y obligando a sus sentidos a mantenerse al máximo, finalmente entró al cuarto y lo vio: se trataba de un hombre de poco más de treinta años, que estaba sentado en el suelo, con la espalda contra la pared y las piernas flectadas; sus brazos caían a los costados del cuerpo sin fuerza, con las manos reposando sobre la superficie, sangradas por fuera, pintadas de rojo. El pecho subía y bajaba a un ritmo regular, mientras el rostro mostraba una expresión de autosatisfacción y calma imposible para ese momento.
Román guardó el arma en la cartuchera bajo el brazo derecho y avanzó un paso, momento en el que el hombre volteó la cara hacia él, solo un poco para que sus ojos muy abiertos lo miraran de forma directa.

—Mi hijo tenía miedo.

Su voz era apenas un susurro, pero podía escucharse con claridad en el silencio del cuarto; Román quiso avanzar hacia él, pero en ese momento notó que la cama no solo estaba cubierta de cobijas revueltas.

—Un padre tiene que proteger a su hijo.

Sonaba orgulloso, mostrando la clase de satisfacción por hacer algo de forma perfecta; Román no se había detenido a averiguar su nombre, ni cuántas personas habían vivido en esa casa hasta ese día.

—Señor, póngase de pie.

Dio la orden con autoridad, pero el hombre no reaccionó; había seguido su movimiento mientras el oficial rodeaba la cama por el punto opuesto, conservando esa sonrisa satisfecha y orgullosa, los mismos ojos abiertos y sin pestañear que parecían estar vacíos.

—Había un monstruo, y mi hijo tenía miedo; un padre tiene que proteger a su hijo de los monstruos.

Román tuvo ese instante de terrorífica anticipación al momento de acercar la mano a la cobija, porque supo lo que iba a ver y no quería verlo. De pronto, todos los músculos de su cuerpo se tensaron cuando sintió algo rozando su pierna derecha; miró por el rabillo del ojo, y vio algo blanco que se desplazaba en el suelo y subía a la cama. Era un gato blanco, que dio un brinco casi como si flotara, para luego recostarse a los pies, enrollado en sí mismo mientras movía la cola quedamente.

—Todos estamos seguros.

Recién en ese momento el gato volteó hacia él, y el policía pudo ver su mirada atenta y reposada. Los ojos dorados parecieron evaluarlo por un instante, para luego perder la atención y voltear hacia el hombre, que seguía sonriendo impávido como antes.

—Todos estamos seguros –repitió.

Román retiró con lentitud la cobija de color celeste, hasta descubrir lo que desde un principio se había ocultado bajo ella. Sintió su mandíbula tensarse, y los tendones del cuello rígidos como cuerdas mientras su vista no podía despegarse.
Había llegado tarde, porque eso había sucedido justo después del intento de asesinato en la casa contigua, o quizás antes.
El niño estaba rígido sobre la cama, tendido de espalda en una posición que en vida pudo ser cómoda, pero que en la muerte resultaba chocante y grotesca; su cabeza estaba levemente torcida hacia el hombro izquierdo, y mantenía los ojos muy abiertos, inyectados en sangre, dirigidas las dilatadas pupilas eternamente hacia el techo mientras lágrimas secas surcaban su rostro.
Producto del ahogamiento del que había sido víctima, la boca estaba abierta en un inútil gesto de intentar captar algo de aire, y la lengua estaba hinchada, cubriendo todo el espacio, rodeada por los labios amoratados y restos de espuma que había salido al momento de producirse el paro cardíaco. Las manos reposaban a los costados, con los dedos engarfiados, enredada en uno de ellos la sábana blanca, que como un último trozo de la realidad había quedado sujeto a su mano mientras una fuerza para él imposible de contrarrestar se encargaba de destruir todas sus opciones.

—Todos estamos a salvo.

Román levantó la vista hacia él, descompuesto, incapaz por un segundo de controlar lo que estaba sintiendo ante un acto de esa clase; era un niño de aproximadamente diez años, que nada podía hacer para evitar que un hombre adulto decidiera su destino.

—¿Qué hiciste?
—Un padre protege a su hijo —respondió el hombre mientras meneaba ligeramente la cabeza , sus ojos sin pestañear—, tenía miedo, y yo le dije que no debía temer. Le dije que no hiciera ruido, que si se quedaba muy quieto y muy callado yo podría hacerme cargo de todo. Y lo hice, yo terminé con todos los problemas.

Se quedó en silencio y su mandíbula se desencajó un poco hacia la derecha, mientras sus ojos parecían moverse en direcciones opuestas, como si de pronto su cuerpo ya no pudiera resistir más. Luego se quedó inmóvil .


Próximo capítulo: Un extraño visitante

Narices frías Capítulo 21: Manos de luz



Cuando Darío entendió que todo lo que necesitaba estaba al alcance de sus manos, tuvo ganas de reír, aunque no pudo hacerlo; sin embargo, se quedó quieto en el lugar en donde estaba, riendo en su interior, haciendo un escándalo de risas y gritos más allá de toda imaginación, celebrando haber descubierto lo que iba a suceder.
Su trabajo era la clave de todo. ¿Cuánto había pasado desde que había eliminado al monstruo? Dos días completos, y no lo olvidaba, todo seguía frente a sus ojos como en el primer momento: el leve empujón con la pierna, la forma en que perdía el equilibrio y su cuerpo se inclinaba hacia adelante, guiado por una fuerza inesperada y que no podía controlar; el maletín cayendo al suelo, el monstruo intentando con desesperación recuperar el agarre del suelo.
El vehículo demasiado cerca como para detenerse, la bocina atronando en la calle, y ese instante, ínfimo pero inolvidable, en que todo el mundo se quedó congelado. Habría querido ver su expresión de horror cuando sucedió, pero no fue posible, solo pudo quedarse ahí, viendo cómo el vehículo embestía y el monstruo desaparecía bajo las ruedas con un sonido similar a un crujido. Gritos entre la multitud.
Pero a pesar de estar feliz con su logro, descubrió que en realidad eso sería por causa de la suerte, que en esa ocasión había estado de su lado; no podía creer que el resto de las oportunidades aparecieran por si solas ante él en un corto plazo. Así que pensó y pensó, y ese día lo descubrió, claro como las constelaciones doradas sobre su cama; su trabajo era la solución a todos los problemas, y era el sitio en donde podría encontrar esa clave tan necesaria.  Estaba ahí, la conexión entre sus deseos y la forma de conseguirlos se escondía tras los pasillos de la prisión diaria, el sitio en donde pasaba tan desapercibido como siempre.
Su situación era ventajosa, se dijo esa mañana, porque le permitiría llegar hasta donde era necesario; desde un principio le explicaron con detalle sus ocupaciones, las que él había entendido, pero no podía replicar haberlo hecho. Tenía que llegar por el acceso posterior, cuya puerta estaba custodiada por un guardia que lo dejaría entrar al ver la tarjeta de identificación colgada de su cuello, y luego caminar por el pasillo hasta el pequeño baño en donde se cambiaría de ropa; él sabía que todos lo hacían en un recinto común, pero no le importaba que lo dejaran aparte, incluso se sentía recompensado, aunque ese lugar fuera algo incómodo. En el otro lugar tendría imágenes demasiado claras que podrían hacerlo recordar el pasado, y esa exposición sería innecesaria y dolorosa.
En cambio, lo que hacia todos los días era llegar y entrar a ese baño, en donde había un casillero metálico pequeño que contenía su ropa de trabajo: un pantalón de una tela gruesa, zapatos resistentes, una camisa y chamarra del mismo material que el pantalón. Se colgaba la tarjeta al cuello otra vez, guardaba su ropa y salía, para recorrer un par de pasillos más y llegar hasta un gabinete grande en donde se guardaba útiles de aseo de todo tipo.
Su ocupación iniciaba cuando tomaba el carrito de color amarillo y la escoba, y ponía una cantidad apropiada de un líquido para limpiar pisos que tenía olor a vainilla. No sabía si le gustaba el olor a vainilla, solo sabía que duraba muy poco en el aire y le parecía que era un desperdicio, pero no podía decirlo y en realidad tampoco quería hacerlo; con el carro, el escobillón y el trapo para limpiar el piso iba hasta la escalera del fondo, y bajaba por el largo declive hecho para ese tipo de objetos. En realidad él podría cargarlo y llevarlo por las escaleras, pero le dijeron que era un asunto de seguridad no hacerlo, y con el tiempo se sintió agradecido de esa decisión, ya que le permitía sentir que el inicio y el fin de la jornada como la llegada y salida de una mazmorra: al llegar se hundía en el subterráneo, al irse podía emerger por fin y regresar a la luz, el aire y lo que fuera que hubiese en el exterior.
El subterráneo de la estación era grande, mucho más grande que lo que parecía el edificio desde el exterior; había poco movimiento y muchas máquinas, siempre ronroneando al ritmo del trabajo que realizaban. Ocasionalmente pasaba alguien por ahí, siempre personas ocupadas, eficientes y capacitadas para realizar su labor y que hablaban en términos complejos, o bromeaban acera de sus vidas y amistades. Todos pasaban a su lado sin prestarle atención, sin mirarlo, como si su presencia fuera lo mismo que un mueble en medio del camino; era posible que les hubiesen dicho desde un principio que no le hablaran para importunarlo, pero a menudo él pensaba que era porque era invisible para ellos. No en el sentido práctico, sino de un modo mental, algo parecido a lo que le pasaba a él, pero en el caso de ellos era algo voluntario, que hacían por gusto o por desinterés; ellos decidían ignorar a una persona y lo hacían así sin más, convirtiendo a aquel en aquello y, por lo tanto, indigno de la suficiente atención.
Pero la invisibilidad, así como su mascarilla, era un tipo de poder, una cualidad especial que le permitía conseguir cosas, aunque con cierta dificultad; tenía que ser cuidadoso, moverse con la misma velocidad, manteniendo el paso y los gestos, y la mirada baja como si siguiera concentrado solo en la acción monótona que realizaba durante horas cada día.
Pero Darío sabía que ser invisible ante las mentes de las personas no lo hacía invisible a sus ojos; aunque estuviera siempre ahí como un mueble, la realidad era que, si hacía algo inapropiado, todos lo verían. Por lo tanto, tenía que ser cuidadoso y actuar de un modo sigiloso; como los gatos cuando caminaban sin hacer ruido, debía ser insonoro y no llamar la atención, para poder desplazarse a voluntad.
Su cuerpo era un arma, sus manos eran luces distantes convertidas en una herramienta del presente, e iluminaban el camino que era necesario recorrer para llegar a su destino; desde esa jornada el tiempo ya no existía, solo tenía que encontrar el momento apropiado. ¿Y si el momento era ese mismo día? Desplazaba con movimientos quedos el escobillón, sin prestar atención a lo que estaba haciendo, absorto en sus pensamientos; toda su vida había sido decidida por otros, pero no se trataba solo de eso, porque también, sus intereses o sueños habían sido pospuestos.
El mismo había dejado de lado sus intenciones por fuerza de las circunstancias; había crecido siempre esperando, siempre dejando todo a merced del tiempo una y otra vez, aguardando a que las gotas rellenaran el espacio disponible como granos de arena atrapados en un reloj. Pero, enfrentado a esa situación, a esa red de pasillos subterráneos que eran parte de una estructura enorme que controlaba toda la ciudad, se dijo que tal vez no tenía que esperar, que sus manos, ahora iluminadas, eternas e indestructibles le habían proveído de una capacidad superior, la de adelantarse al paso de los días y las horas y lograr lo que quería.
Nunca más esperar, nunca más quedarse detrás de otros o de las decisiones de otros, solo caminar y llegar a la meta.


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Narices frías Capítulo 20: Soledad




El fin de semana había transcurrido con una tranquilidad que resultaba aterradora; Carlos había hecho el paseo del perro del domingo e intentado estar oculto en su habitación, mientras sus padres discutían sus asuntos tradicionales, pero atento para bajar por aparente casualidad cuando fuese necesario. Llegó el lunes y salió hacia la secundaria, sin dejar de dar una mirada rápida a la casa de Tobías, aunque a esa hora de la mañana no lo vio; desde luego, no había motivo para que estuviera fuera, por lo que no se preocupó mayormente.
Debería haber algún resultado pronto, de eso estaba convencido, aunque en realidad ese convencimiento obedecía mas a sus intenciones que a un hecho concreto ¿Cómo saberlo? Su plan era endeble, pero al menos tenía algo entre manos y eso lo ayudaba a concentrarse en sus quehaceres, para evitar que sus padres se entrometieran otra vez en sus estudios, lo que le causaría problemas otra vez.
Durante la mañana, las cosas en la secundaria siguieron el rumbo que esperaba, con un sentimiento general de celebración y sorpresa por su cambio; se dijo que, en el fondo, a todos les gustaba la mentira, porque permitía quedarse con la parte sencilla de la vida, esa en donde todo encajaba con un molde preestablecido.
Sin pensar, sin analizar, solo viviendo en un teatro constante, preguntas políticamente correctas, respuestas predecibles.
Cerca de las dos de la tarde recibió un alarmado mensaje de su madre, en donde le decía que había tenido que llevar a su amado perro con el veterinario, ya que aparentemente estaba enfermo; tendría que quedarse con él hasta que lo revisaran. Suspiró, aliviado de lo que acababa de leer; lo estaba consiguiendo, estaba avanzando un paso en la dirección correcta, aunque por desgracia no podía creer que fuese lo suficiente.
¿Sospecharían algo?
Había tenido poco tiempo para confirmarlo, pero estaba casi seguro de haber encontrado la semilla perfecta, y no era difícil de encontrar en alguno de los poblados jardines de casas cercanas; era necesario que el narciso estuviera lo suficientemente cerca para que todo sonara accidental, tal como esperaba que sucediera. Casi daban las tres y media cuando estaba llegando a su calle y recibió una llamada de su madre.

—Cariño, recién vamos a salir de aquí.

Su tono era angustiado pero triunfante, lo que quería decir que se había recuperado; decepcionado, pero no sorprendido, respiró profundo para no demostrar lo que de verdad estaba sucediendo en su mente.

—¿Sí? —dijo Con voz neutra.
—Sí, el pobre de Kor estaba casi intoxicado ¿Puedes creerlo? Y con todo lo que nos preocupamos por él, es increíble.
—Sí, increíble, —repitió él.
—Pero ya está mejor.

Lo siguiente era lo importante: saber cómo habían identificado el agente que le hizo daño.

—Estaba con el alma en un hilo —estaba diciendo ella—, desde la mañana me pareció que estaba un poco decaído, pero me dije que quizás solo era un poco de sueño, ya sabes.
—Claro.
—Pero al medio día estaba mal, podías verlo —agregó con aflicción—, así que llamé a la veterinaria de Narices frías y me dijeron que enviarían de inmediato el transporte para llevarlo. Son tan amables, ellos se hacen cargo de todo y son tan profesionales, te hacen sentir que todo estará bajo control. Tu padre estaba tan preocupado cuando lo llamé para decirle.
—Me imagino.

Realmente podría estar horas respondiendo en modo automático, pero en ese caso necesitaba saber lo que había pasado; necesitaba saber que todo iba a quedar como un accidente.

—El veterinario me dijo que todo era por culpa de una planta ¿Puedes creerlo? Bueno, dijo que el narciso, que es una planta con unas flores amarillas puede ser tóxico, y que seguramente era eso.
—¿Y cómo lo supo? —preguntó él, lívido.
—Porque lo revisó y le encontró un resto de unos pétalos entre los dientes ¿Cómo puede haber pasado?

Por un lado tenía algo que celebrar, pero por otro, no podría estar tranquilo hasta que supiera cada detalle.

—¿Lo habrá tirado alguien?
—¿A qué te refieres? —preguntó ella, confundida.
—A veces hay niños que juegan a tirar semillas a los techos —replicó él, controlando la pronunciación para sonar escéptico ante su propia declaración—, porque cuando sale, tú sabes que no puede morder cosas al pasar.

Con eso se aseguraba de no quedar expuesto a que le dijeran que podía ser responsable de eso pero, ¿Sería suficiente?

—Oh, en ocasiones he sentido algunos golpes en el techo ¿Será eso? Ay, pero cómo fue a tomar justo algo que le hiciera daño, es una coincidencia terrible.
—Es cierto.
—Pero en fin —declaró ella—, lo importante es que se actuó a tiempo y no pasó de un susto.
—Eso es lo importante.
—Sí. Bueno, el caso es que ya vamos de regreso, el muchacho que nos ayudó es tan encantador; tiene que descansar, y hay que estar pendiente, aunque el veterinario de Narices frías dijo que todo estaría bien sin duda. Solo me dijo que por precaución revisara el cuenco del agua para descartar cualquier cosa.

El cuenco del agua. Carlos apuró el paso hacia la casa al escuchar eso; por suerte su madre terminó la conversación y pudo guardar el móvil en el bolsillo y entrar rápido ¿Por qué no le había preguntado cuánto le faltaba para llegar? Después de entrar a la casa y dejar la mochila, corrió hacia espacio donde estaba el cuenco de agua, pero se detuvo.

«¿Qué hago?»

Había aprovechado un instante de descuido para bajar y aparentar entrar en la cocina mientras sus padres reían y jugueteaban con el perro al interior de la sala; era una jugada arriesgada, pero la única forma de hacerlo sin llamar la atención sobre él.
Con el corazón en la mano y casi aguantando la respiración, entró apenas en el lugar, sin dejar de mirar en dirección a la puerta cristalera que podía delatarlo, y dejó en el cuenco de agua el líquido que había extraído de las flores que consiguió antes. Pudo salir y disimular a la perfección, pero no había tenido oportunidad de retirar los restos que pudiesen delatarlo en el agua; se suponía que no había intervenido, por lo que no tenía que dejar evidencia y el tiempo se estaba agotando.
Procuró calmarse, tomó unos guantes, volcó el agua en el fregadero, limpió el cuenco con una toalla desechable y se dispuso a dejarlo con agua nueva, pero entonces se dio cuenta de que no debería estar fría, sino a temperatura ambiente.

«Rayos»

Por suerte había tenido la precaución de tomar una foto del cuenco al entrar, de modo que calentó un poco de agua, la mezcló con agua fría y dejó el cuenco con la cantidad exacta de agua en el mismo lugar y corrió al segundo piso para dejar sus cosas en el cuarto y meterse a la ducha, aparentando que había llegado directo a eso. Sin atreverse a abrir la ventana para confirmar, tuvo que conformarse con el sonido del motor del vehículo que se estacionó segundos después, y la voz de su madre hablando con él, pero con ese usual tono cariñoso.

—Ya estamos de regreso ¿Ves? Debes estar cansado, vas a recostarte un momento o toda la tarde ¿Bien?

Carlos cerró el paso del agua y se secó distraídamente. Ya estaba hecho, ya había dado el primer paso, con miedo y prisas, pero lo había conseguido y sabía del efecto que eso causaría en el perro a partir de ese momento; era obvio para él que lo entendería, que sabría que todo eso no era casual, sino una acción por parte de él.
Era una curiosa paradoja que a Carlos no le sirviera hablar, pero al mismo tiempo esa fuera un arma en su favor, porque el enemigo que estaba instalado en su casa tampoco podía hacerlo, y desde aquel suceso en la calle se estaba comportando con cautela.
Era un enfrentamiento silencioso, una lucha de intenciones que tenía dos caras; no lo diría, ya que eso molestaría a sus padres, pero había empezado a echar el pestillo en la puerta antes de irse a dormir, esperando que en las noches siguientes solo la oscuridad se colara por las hendijas.


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Narices frías Capítulo 19: Encerrada




Esa mañana de lunes Greta se sentía apática y agotada; el sol no hacía en ella el mismo efecto que antes, por mucho que estuviera iluminado el interior de su casa, seguía sintiéndose como si fuera estuviera lloviendo a cántaros.

—Ahora vamos con nuestro consultorio de medicina, el día de hoy conversaremos acerca de cómo prevenir las alergias.

La televisión al menos agregaba algo de vida a su casa; no veía noticias, pero en la televisión por cable daban programas de distintos temas y eso era mejor que nada. Greta no salía mucho en general, más que otra cosa para hacer la compra o si debía hacer algún trámite, los que eran pocos ya que por suerte un par de meses antes habían instalado uno de esos sistemas automáticos de pago, se le descontaba de la mensualidad de su pensión y le quitaba problemas.
Siempre tomaba desayuno temprano, antes de las ocho, como costumbre arraigada por todos los años en que se levantaba al alba junto a su marido antes que él saliera a trabajar. De alguna manera sabía que podía dejarlo cuando quisiera, pero no quería romper ese vínculo generado a lo largo de toda la vida, pues sería como perderlo por completo.
Una vez desayunada en la pequeña cocina de su casa, encendía el televisor para tener algo de ruido, y sacudía un poco los muebles y las repisas, por mucho que Marta le dijera una vez a la semana al hacer aseo que eso no era necesario; sí que lo era, pero aunque tuviera que delegar el aseo pesado por ya no poder hacerlo, no iba a ser como esas mujeres mayores que usan su dinero para pagar por que hagan todo por ella, no mientras pudiera hacerse cargo en persona.
Las salidas a comprar o hacer algún trámite las dejaba justo para el día en que iba Marta a hacer el aseo de su casa, por lo tanto su nivel de sociabilidad era bajo, como decía su doctor. Pero no le importaba; no era maleducada, saludaba si la saludaban, pero era escueta en sus comentarios y nunca invitaba a nadie, eso la mantenía con la salud de una persona treinta años menor y evitaba los chismes que solo provocaban problemas falsos e innecesarios.
Se sentó ante la mesa que había en la sala y abrió la caja de reliquias, como le decía ella.

—¿Qué voy a hacer hoy?

La caja de reliquias era una de varias "herencias" que tenía en su poder desde la muerte de su esposo; en particular esta era su principal actividad a diario, además de una fuente de ingresos extra: contenía una serie de figurillas de plomo representando soldados y armas antiguos, y tenían un valor importante para las casas de anticuarios y coleccionistas.
Cuando enviudó decidió vender cosas que no iba a usar nunca más y que no contaban como recuerdos como la camioneta y algunas otras cosas, pero por casualidad del destino, cuando se disponía a vender todas aquellas figuras, se enteró por un programa que tenían mucho más valor del que estimaba desde antes, ya que Jonás nunca mencionó detalles de dinero de ese tipo de cosas. Nunca hablaron de dinero en muchos aspectos.

—Creo que hoy voy a trabajar contigo.

No tenía muchas ganas de hacerlo, pero tenía el firme propósito de hacer al menos cinco a la semana y no quería faltar, una buena disciplina la había llevado por bastante buen camino en general.
Cuando vendió la primera figura, ya varios años atrás, pagó por ser inocente e inexperta, ya que le informaron que una figura como esa, al ser objeto de coleccionistas, tenía más valor si estaba bien conservada, es decir brillante y lustrosa, y desde luego que con los años de guardado en una bodega estaban a mal traer.
Ya no era una jovencita y limpiar manualmente una sola figura, dejando brillantes los recovecos y esos pequeños pliegues le tomaba días y la dejaba exhausta, así que fue a una tienda departamental y compró un aparato que hacía girar un rodillo, a juego con varias brochas de distinto tipo: el resultado fue excederse en la primera y arruinarla por borrar algunas marcas características y sellos, pero le sirvió de aprendizaje y después fue perfeccionando la técnica; ahora dejaba una figura polvorienta y opaca en perfectas condiciones en dos días, incluso en uno si era de las más sencillas.
Iba a conectar la maquinita para trabajar con ella cuando escuchó voces y algo como una algarabía afuera ¿Qué estarían celebrando? Por un momento pensó en ignorarlo como lo hacía a menudo con los juegos de los niños en la calle o los vehículos pesados que no eran muchos en el distrito, pero después algo le dijo que no era una celebración; además era lunes por la mañana, y en la semana esas calles eran silenciosas. Oído de vieja, se dijo.
Titubeó un momento, ya que detestaba salir a husmear cuando pasaba algo, pero el ruido era constante y parecía estar cerca, por lo que su persistencia la inquietó. No tenía ninguna excusa para salir, pero a su juicio vendría mejor salir que asomarse simplemente, de modo que dejó el trabajo y salió decidida, procurando aparentar normalidad.

—Señora Greta.

La sorprendió una voz joven en la calle cuando salió. Era uno de los vecinos de la cuadra, pero no recordaba su nombre, aunque sí podía decir que habitualmente no se veía tan excitado como en ese momento.

—Disculpe, pero creo que sería mejor que se entrara.

Eso se escuchó realmente extraño.

—¿Por qué lo haría, qué es ese ruido?

El hombre se debatió un momento entre decirle y no hacerlo. De acuerdo, sí estaba pasando algo.

—Mire...
—Vamos muchacho —dijo intentando sonar agradable—, no me va a dar un infarto, no puede ser tan grave.
—Si usted lo dice —replicó él mirándola lentamente—, pero de todos modos es probable que no se sienta muy bien. Parece que murió alguien.

Con la edad que ella tenía había visto suficientes muertes en su vida, pensó en decirle, pero de todos modos no podía sonar descortés, al fin que se suponía que la gente mayor era más impresionable. Asintió.

—¿Quién fue?
—No sé como se llama, es el sujeto de la calle siguiente, llegó hace poco por estos lados.

Greta hizo un poco de memoria; recordaba vagamente a un hombre joven vestido de negro, que por alguna razón le recordó a James Dean.

—¿El que estaba en la casa donde vivían los Rovira?
—Sí, él. Parece que alguien entró en la noche y lo atacaron.

Esforzando un poco la vista, notó que en la cuadra siguiente había autos de policía y de emergencias ¿Alguien entrando a robar en una de esas casas? Parecía algo muy extraño porque en los últimos años la seguridad en el distrito era buena, o eso le parecía.

—Es una pena.

Realmente lo era, pero se le hizo extraño decirlo frente a alguien que parecía más interesado en el chisme que en la vida de alguien; iba a devolverse a la casa cuando se le ocurrió una idea, y sorprendiéndose a sí misma, decidió seguir ese impulso y caminar en esa dirección.
El último funeral al que había ido y por lo tanto la ultima conexión con la muerte era el de su esposo, y de eso bastantes años atrás; el cementerio no dejaba de ser el mismo, pero ahora se usaban los prados verdes y las lozas más que las grandes tumbas o los mausoleos familiares, efecto de las necesidades económicas y de la modernidad. Parecía un parque, quizás para que la gente no se sintiera intimidada; que manera de engañarse, porque a la hora de la verdad, el final era siempre el mismo para todos.
Poco después llegó al lugar. Dos autos de policía, un vehículo de emergencias y una camioneta negra rodeaban la entrada de la casa, y en ese momento unos enfermeros sacaban a alguien en una camilla; estaba pálido, con un respirador artificial, pero no parecía muerto. Miró en derredor, sin estar muy segura de lo que estaba haciendo ahí; había un par de curiosos en el lugar y entre ellos reconoció a alguien que había visto antes.

—Buenos días, Sebastián.

El policía se volteó claramente sorprendido; estaba de civil y en un lugar en donde nadie sabía quién era, ni siquiera los oficiales que trabajaban en la casa, de seguro. Al verla sonrió, entre incómodo y confuso; era nieto de una conocida del distrito, y ella lo había visto de niño y adolescente, quedando siempre marcada su imagen en su mente por ese cabello rojo encendido y las pecas en sus mejillas.

—Señora Greta.
—Pensé que te ibas a sorprender —dijo ella acercándose—, a lo mejor pensabas que ya me había muerto.

Estaba más musculoso que antes; ya era un hombre de más de treinta años, con esos rasgos endurecidos y los ojos con la típica mirada de policía.

—No es eso, es solo que no estoy acostumbrado a que me llamen por mi nombre, menos en un lugar que no es habitual. ¿Como está?
—Vieja —respondió ella simplemente—, y fijona, me parece extraño que estés aquí. ¿Te mandaron a investigar?

Señaló la casa, pero él negó con gentileza.

—No estoy de servicio en este momento; estaba pasando cuanto vi lo que pasó y me bajé a ver si podía ayudar, pero los oficiales tienen todo bajo control.
—¿Y qué fue lo que pasó?

El hombre le dedicó una mirada de duda, pero ella lo miró con expresión que intentó ser de complicidad; a fin de cuentas, él acababa de decir que no estaba de servicio.

—Alguien entró a su casa y lo atacó con un cuchillo mientras dormía; logró resistir y se arrastró hasta un teléfono y pidió ayuda. Lo encontraron hace casi dos horas, pero tuvieron que estabilizarlo aquí antes de llevarlo a un centro asistencial.

Ella asistió.

—Me pregunto quién lo habrá hecho.
—Eso tendrá que investigarlo la fiscalía.
—Es curioso, no recuerdo algo como esto en estos lados, todos estos barrios parecen tan tranquilos como siempre —reflexionó ella—, es como si todo cambiara de repente.

El policía no respondió, y eso le hizo entender que estaba equivocada en su juicio; las cosas sí habían cambiado, solo que ella no lo sabía porque estaba demasiado aislada para saberlo. Veía algunos programas de televisión extranjera, pero no frecuentaba los noticieros; desde la muerte de su esposo se había quedado sola en más de una forma, sin darse cuenta del cambio que eso había hecho en ella misma.
Como cuando alguien lanza una piedra a tu ventana y los vidrios no se pueden arreglar; tienes que poner otro vidrio. Y los pedazos que recoges del suelo, tratando de no pincharte los dedos nunca arman toda la estructura, siempre hay un trozo muy pequeño que jamás encuentras.

Próximo capítulo: Soledad