Narices frías Capítulo 18: Eslabones




Dante no había tenido el sueño pesado toda la vida; de niño, vivió acostumbrado a despertar sobresaltado en cualquier momento de la noche, cualquier noche.
Toda la infancia la vivió dormitando y durmiendo apenas, pero cuando llegó a la adultez, aprendió a dormir en tranquilidad cuando era posible, y ese cambio fue muy bien recibido por su cuerpo. La sensación de arrojarse a la cama, cerrar los ojos y despertar hasta el día siguiente era como un regalo de incalculable valor, por lo que nunca se negó a dormir y desconectarse de todo, al menos por unas horas.
Pero las cosas que se han aprendido siendo niño nunca se van realmente, y él lo sabía; aquellas experiencias estaban marcadas a fuego, solo que a diferencia de otros, él había podido dejarlas guardadas en un lugar de su memoria.
Las noches eternas; los chillidos de su madre, y agresiones de su padre, entrando en el cuarto para golpearlo mientras gruñía. Aprendió, primero, a recibir golpes sin llorar, luego a esquivarlos, y finalmente, a defenderse; aquella noche maldita en que lo tomó por sorpresa y lo lanzó hacia el pasillo fue la última de todas, aquella en que supo que solo uno de los dos podía ganar.
Su madre, golpeada, humillada y débil, nunca lo defendió, y él decidió, en el momento en que su padre lo estaba arrastrando por el suelo, que iba a morir ahí, o devolver el golpe hasta que nunca se atreviera a golpear a alguien otra vez; corrió por el pasillo como poseído, logró tomar un martillo y con él le quebró ambos antebrazos. Habría dado un torcer golpe para terminar con todo eso, pero su madre se interpuso, defendiéndolo una vez más.
Fue necesario que las cosas llegaran hasta ese nivel para que las autoridades locales hicieran algo. Al padre maltratador lo enviaron a una urgencia y luego a la cárcel, a la madre agredida a un centro de ayuda a víctimas de violencia al interior de la familia, y él eligió emanciparse a los dieciséis, para dejar atrás todo el horror de esa vida.
Todo aquello había permanecido en un lugar apropiado de su recuerdo, sin pertenecer al presente ni interferir con su vida, hasta que sintió que alguien estaba en su cuarto.
No fue necesario siquiera abrir los ojos; tal vez estaba muy dormido y no pudo advertirlo antes, pero al momento de saberlo, todos los reflejos adquiridos durante años volvieron a estar en primer lugar, activando los músculos y los sentidos al máximo. Para el momento en que abrió los ojos, dio lo mismo la oscuridad, porque lo importante fue el hecho, la figura que se abalanzó sobre él y el metal incrustándose en su piel.
Se quedó inmóvil, estando en una posición de completa desventaja física; el arma con que lo hirieron no era grande, pero el filo del metal en el pecho le hizo perder la respiración; por una milésima de segundo entró en pánico y trató de forcejear, pero sintió el peso del cuerpo de esa persona, y el instinto se antepuso a la razón. Iba volver a hacerlo si luchaba, retiraría el brazo y volvería a embatir con todo el peso del cuerpo; quería pelear, pero se obligó a quedar quieto, a soltar el agarre de los brazos y mantener la respiración cortada.
Muerto, inmóvil, indefenso, a merced de su atacante. La sangre brotaba, se filtraba hacia la vía respiratoria, impidiéndole contener el aire por demasiado tiempo, mientras la silueta se elevaba por sobre él, apenas dibujado su contorno por un tenue rayo de luz que se filtraba desde el exterior.
Sintió que aguardaba minutos, horas y eternidades a que esa figura se moviera. La sangre continuaba manando, y Dante sintió el respiro de horror del final, como si esos segundos de inmovilidad y de dolor fueran la antesala del inesperado término. Pero el atacante estaba de pie, a un paso de la cama, evaluando sus acciones; no cerca como para atacarlo de vuelta, no lejos como para huir de él, lo que lo dejaba sin opciones más que esperar.
Y esperó por lo que le pareció un tiempo muy largo, hasta que la figura volteó y caminó hacia la puerta, lenta pero decididamente.
¿Había logrado engañarlo?
Se obligó a esperar segundos valiosos, hasta que creyó que estaba lo suficientemente lejos; intentando controlar la desesperación instintiva que recorría su cuerpo, se obligó a algo más y se llevó las manos al pecho.
La herida no era en el pecho, sino en el cuello, y estaba desangrándose.
Jaló la sabana y la enrolló en torno al cuello; estaba entrando en pánico, pero no podía permitirlo, tenían que mantener la cordura para salvarse. Invocó a todos esos recuerdos que había dejado atrás, a sus silenciosos llantos de niño y a la férrea resistencia de adolescente, porque en esos recuerdos de momentos dolorosos estaba la energía que necesitaba.
Necesitaba aguantar. Necesitaba oprimir la sábana contra el cuello, ignorar el dolor, la sensación de vacío y la sangre que escurría, y moverse con tranquilidad por su casa.
En ese momento, las sombras estaban jugándole una mala pasada, o a lo mejor fuese la fiebre que sin duda estaba llenándolo; pero se repitió que podía hacerlo que, si había resistido golpizas siendo un niño, podía soportar esa herida siendo un adulto. Con algo más de frialdad, comprendió que era una herida grave, pero no mortal ya que de ser en una arteria en el cuello, ya estaría muerto; pero estaba perdiendo mucha sangre y quedarse dentro no lo ayudaría ¿Dónde estaba su teléfono móvil?
Luchando por mantenerse tranquilo y no hacer ruido, llegó hasta la sala y recordó que el dispositivo estaba en el sofá, como casi todas las noches; sintiendo las piernas débiles e intentando no derrumbarse, logró encontrarlo, y marcó en él el número de emergencias, mientras la pantalla le devolvía el tétrico rostro pálido y manchado de rojo, que miraba con ojos muy abiertos y desesperados, en busca de la salvación.

«No te duermas»

Intentó decirlo en voz alta, pero no estuvo seguro de haberlo hecho. Tenía que rechazar el pánico, concentrarse y tener fuerzas; después de lo que le pareció un tiempo muy largo, la voz de una mujer preguntó cuál era su emergencia.

—Alguien entró a mi casa.
—¿Señor?

No le entendía, pero escuchaba; luchó por aclarar la voz, y se dijo que no importaba sonar débil mientras pudiera transmitir el mensaje.

—Alguien entró…

Estaba de rodillas en el suelo, sin haber notado inclinarse. estaba perdiendo los sentidos, y supo que el tiempo que le quedaba era muy poco.

—Me hirieron —se esforzó por decir—, estoy sangrando… el cuello.

Necesitaba desesperadamente que esa mujer lo entendiera; se dio cuenta de que el móvil aparecía ya como algo borroso ante sus ojos, y que lentamente estaba dejando de importar. No lo hagas, se dijo, no aflojes, no permitas que gane.
La mujer le preguntó dónde vivía, y él pronunció el nombre de la calle y el número.
Se había desplomado sobre el suelo, apenas sosteniendo el teléfono en las manos; el suelo estaba tibio y parecía líquido, suave en contacto con la mejilla, haciendo resonar sordamente el sonido de su corazón.
Tal vez estaba bien, tal vez no era tan malo después de todo; la vida era como una larga cadena que tenía un final, pero que podía tener eslabones trizados que, con el tiempo, podían quebrarse en cualquier momento. Algunas cadenas eran sólidas, y otras como la de el estaban llenas de grietas y espacios, por lo que era más factible de romperse; estaba tendido boca abajo en el mullido suelo, sin fuerzas, sin poder encontrar en sus cuerdas vocales su voz o en su corazón los latidos, sabiendo que había sido suficientemente fuerte para resistir, pero incapaz de vislumbrar el resultado de esa acción.
Tal vez ya era el momento de que todos los golpes que había recibido de niño hicieran efecto, como si a lo largo de su vida se hubiesen quedado ahí, aguardando bajo la piel a que algún nuevo golpe desde el exterior trizara la cubierta y pudiera hacer colapso definitivo. Quizás el hierro del que se dijo estar hecho era delgado, casi transparente, y con un embate en el lugar correcto era suficiente para derribar toda la estructura. Quiso llorar y no pudo, quiso moverse y sus extremidades no le respondieron, quiso cerrar los ojos y no supo si lo hizo, porque todo se volvió negro.


Próximo capítulo: Encerrada

Narices frías Capítulo 17: Un susurro en la noche



—Papá, tengo miedo.

Esa era una de las oraciones más aterradoras para un padre; el miedo de un hijo despertaba muchos sentimientos, pero el primero de ellos era inequívocamente el miedo. Miedo irracional de que ese temor tenga un sustento, que no sea una simple imagen fantasiosa, pero aún mas que eso, que tenga el poder de calar en el espíritu de ese pequeño ser y quedarse ahí.
Si el miedo entra en el cuerpo y la mente de un adulto, eventualmente puede salir, pero cuando se trata de un niño, existe un peligro adicional: puede que ese miedo se adhiera a esa pequeña persona, y que su ser en construcción no pueda verlo, que se quede en su interior, creciendo milímetro a milímetro, acompañando cada día como el aire que respira, corriendo tibio y palpitante por las venas. ¿Quién puede sacar algo de la sangre sin causar la muerte parcial? ¿Cómo se puede quitar toda la sangre sin provocar la muerte absoluta?
Nadie, no se puede.
Hay pocas cosas claras en el mundo, pero una de ellas es que no es posible escapar de un miedo que ha crecido a la sombra lenta y silenciosa de los años; aquello que ha crecido contigo, seguirá ahí por siempre.

—¿Papá?

El susurro de un niño pequeño puede ser más aterrador que cualquier grito; ensordece más que un trueno, porque viene con el conocimiento de ese significado. Los niños son alegría y música, no una voz queda, casi imposible de identificar.
Gabriel tenía miedo de ese grito más que de cualquier otra cosa en el mundo; porque, aunque se escuchara como un susurro, él sabía que se trataba de un grito desesperado, que provenía de lo más profundo de su ser.
Era un guijarro golpeando el cristal, viento huracanado sobre su cabeza y rugidos insoportables; no podía dejar que sucediera, era por completo imposible dejar que eso llegara a ser real.
Real. Él, su casa, su hijo y su querida mascota era lo real, lo sólido, lo que había construido con esfuerzo y dedicación. Se trataba de su lugar en el mundo, y eso era algo que no estaba dispuesto a perder. Ni siquiera contra las sucias artimañas del destino.
Su espacio personal estaba en riesgo, y a pesar de no tener una prueba concreta de que así era, él lo sabía con total claridad.
No había palabras para expresar lo que estaba sintiendo, pero eso no era necesario; Antonio sabía todo acerca de lo que era su nueva misión; debía proteger a su familia, sin importar qué tan difícil fuera
Esa noche las luces eran suaves y tenues en el exterior; ojos sin rostro permanecían inmóviles, observando sin parpadear, atentos a lo que ocurría en todas partes, pero incapaces de hacer, indolentes de mover algo. Los titilantes testigos inundaban una ciudad desprovista de cantos de aves salvajes en las copas de los árboles, y de rasguños intempestivos en la madera de las puertas, y miraban una y otra vez, incansables, eternos en su vigilia que por orden de los elementos reemplazaba el color del sol por millares de lunas diminutas, astros muertos y remplazables.

—¿Papá?

Había mantenido apagadas las luces para que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad; en ese momento, el cobijo de las sombras no solo sería para quien era la amenaza, sino también para él.

—No hables.
—Papá...

Entendía a la perfección el miedo de su hijo. Habría dado cualquier cosa por evitar que lo invadiera ese sentimiento, pero ya estaba hecho y no lo podía evitar; se obligó a respirar con calma, a contar los tiempos y actuar como se lo había propuesto. No había más opciones.

—No hables, no tienes que hablar. Todo va a estar bien.
—Papá, tengo miedo.
—Antonio, no tengas miedo. No, no tengas miedo —intervino, evitando que el pequeño siguiera hablando—, no debes tener miedo, porque papá está aquí ¿De acuerdo? Papá lo va a solucionar todo, y las cosas van a estar bien.
Solo quédate quieto, y no hables, no hagas ningún ruido. No hables y estarás seguro.

En el silencio de la habitación, supo que ya era el momento de hacerlo; salió de la casa en total sigilo y llegó hasta el patio de atrás, el mismo en donde había tenido el infortunio de conocer el peligro que amenazaba su casa.
Todo iba a estar bien.
Sabía lo que tenía que hacer, y de acuerdo con lo que había planeado, tomó la escalera que usualmente servía para acercarse a las ramas del árbol, y la puso junto al muro divisorio entre las dos propiedades. Después de calcular las distancias, subió por ella con mucho cuidado, procurando no hacer ruido; el ruido en ese momento sería un enemigo, y por eso era que se había obligado a callar, presionando también a Antonio para que callara, para que entendiera que debía dejar de hablar, que su silencio sería un arma tan poderosa como las suyas. Hasta que lo consiguió, no entendió la magnitud del peligro, la doble amenaza que se cernía sobre él y su hogar.
Una vez en el patio de la casa vecina, supo también y con inusitada claridad, que había tomado la decisión correcta; caminó con cuidado por sobre el pasto y llegó hasta la puerta, encontrándola sin pestillo como había imaginado en primer lugar que estaría. Solo tuvo que girar el pomo, y la entrada estuvo libre para que él, como un justiciero amenazante, pudiera ingresar y cumplir con su misión.
Luchó de forma férrea por alejar de sí la danza de imágenes fantasmales que aparecieron ante sus ojos al entrar en esa casa que desconocía; se repitió paso a paso que no eran espectros amenazantes, sino simples objetos comunes que, gracias al abrigo de la noche y el desconocimiento, parecían moverse por voluntad propia, acechando al intruso. Solo eran objetos, cosas inútiles que intentaban amedrentarlo.
Consiguió encontrar el cuarto con facilidad; dedujo su ubicación al entrar, y eso le hizo sentir más seguridad. Encontró la puerta del cuarto abierta, y se le antojó que eso era un regalo, una señal de que estaba haciendo lo correcto, que su vía de acción estaba, de algún modo, bendecida por una luz que quitaba impedimentos de su trayectoria. En medio del silencio de la noche, que en esos momentos le pareció consolador y amigable, avanzó sin hacer ruido, rodeando la cama, hasta que pudo verlo con más detención, ayudado por un tenue rayo de luna que se filtraba entre las cortinas.
Estaba ahí, tendido de espalda sobre la cama, ignorante de lo que estaba pasando en ese mismo momento, pero a la vez siendo tan peligroso para él, para todo lo que Gabriel amaba. Esa respiración acompasada y el rítmico latido del corazón en el pecho no podían engañarlo, solo eran la cubierta de una amenaza monstruosa, que sería insoslayable a menos que él hiciera algo. El destino lo había llevado hasta ese lugar, a una oportunidad única que no iba a desperdiciar.
Se inclinó sobre el monstruo dormido, y empuñando el cuchillo con manos firmes, se abalanzó sobre él, clavándolo en la base del cuello.
El silencio fue quebrado por el sonido gutural que emergió de él; por tensos momentos, extendió las manos y trató de apartar a Gabriel, pero este no se detuvo, siguió presionando mientras percibía el líquido caliente emerger desde la garganta. Habría deseado luz en ese momento, para poder mirarlo a los ojos, decirle con su mirada que no había ganado, que su acción no había tenido repercusión duradera, y que la amenaza que representaba nunca alcanzaría a traspasar las paredes de su casa.
Pero no hubo tiempo ni posibilidad para la luz; tuvo que conformarse con el sordo sonido de la voz cortada y ahogada en rojo, y con la sensación de las convulsiones cada vez más sosegadas. Un último intento, un gesto desesperado, y después ya nada.
Estaba hecho, había purgado el peligro y terror con sus propias manos, y desde ese momento podría comenzar a recuperar la tranquilidad. Otra vez sus días serían agradables, y las tardes, jornadas de juego y diversión, buena voluntad y risas rodeando la casa, sin espacio para amenazas ni movimientos indeseados. Nunca más tendría que sentirse abandonado, porque sus propias manos habían forjado lo que necesitaba para alcanzar la paz.
Salió de la habitación sintiéndose tranquilo, agradeciendo que la sensación de bruma y oscuridad que lo había amenazado hasta ese momento se disipaba con la misma rapidez que el líquido carmesí había brotado desde el cuerpo. Las gotas en el cuchillo escurrirían y terminarían por desaparecer, dejando el metal brillante y puro, libre de peligros como lo estaba él desde ese momento; lleno de una nueva energía libre que se expandía desde el pecho y hasta la punta de los dedos.
Cuando llegó al exterior, volvió a escuchar el silencio del mundo, y se regocijó de esa ausencia total de sonidos alrededor; tan solo el viento que mecía las hojas con suave indiferencia estaba allí, y nadie se movía como un sigiloso cazador salvaje. Nada ni nadie volvería a poner jamás en peligro su hogar.
Se sintió contento también de poder subir el muro divisorio y volver a su casa, porque lo sintió como la forma de cerrar ese ciclo y dejar atrás todo lo malo que había puesto a su familia en riesgo; bajó las escaleras y miró hacia su casa, encontrando la mirada de Dina en el umbral de la puerta. En contraste con la luz negra de la noche, aparecía como una nube blanca impoluta, un destello de pureza que representaba parte de lo más importante en su vida, y la conexión directa con todo lo que amaba. Sus grandes ojos dorados, resplandecientes como faros vivos de orientación para quien quisiera mirarlos, lo contemplaban de forma directa y honesta, transmitiendo algo que él no podría explicar con claridad pero que entendía en su totalidad.
Había una aceptación, una felicitación silenciosa por haberse atrevido, por ser fuerte y tener la claridad mental para enfrentar ese desafío; en una oportunidad donde todo estuvo en su contra, logró lo necesario.
Podía ver en sus ojos el brillante y dorado resplandor de la complicidad, el modo en que ella sabía lo que estaba sucediendo, y lo veía desde su mismo punto de vista, sin críticas ni cuestionamientos. Ella guardaba silencio, al igual que él como hombre al momento de realizar su misión sagrada, al igual que él como padre había empujado a su hijo a la ausencia total de sonido por su bien y seguridad. Todo estaba en orden, y el alegre ruido de risas y movimiento podría volver.


Próximo capítulo: Eslabones

Narices frías Capítulo 16: Letrero de advertencia




Más tarde, Román se arrepentiría de no haber reaccionado a tiempo, y de seguro se arrepentiría durante mucho. Cuando vio al perro entrar en la sala, la actitud del animal lo descolocó, y casi de forma involuntaria miró hacia la mesa de la sala, en donde estaba localizado aquello que era el centro de todo; este movimiento de él, o quizás su expresión desconcertada, hicieron que la pequeña volteara en esa dirección y viera, por primera vez, lo que hasta entonces su mente infantil se había esforzado por disfrazar.
Su cuerpo experimentó una especie de convulsión, tras lo cual la niña retrocedió, tropezando con sus talones y cayendo sentada en el suelo, patéticamente como una muñeca sin control de sus movimientos. Horrorizada mas allá de su propio entendimiento, se llevó las manos al cuello, como si intentara sacar algo de su garganta, y abrió mucho la boca, al tiempo que sus ojos, secos y desorbitados, miraban hacia ningún destino, y de ella emergía un sonido gutural, algo como un grito animalesco primigenio, un llanto sin lágrimas que era apenas la superficie de la dimensión de horror que estaba comenzando a vivir.
Román se acercó a ella y la tomó, abrazándola contra su cuerpo, luchando por ignorar el sonido lastimoso que emergía de ella, las convulsiones del cuerpo y la tensión de las extremidades, que parecía haberla convertido en una estatua viva, una momia de dolor sordo y grito eterno. Nunca nada en el mundo podría borrar eso de su ser, la marca de ese horror infinito quedaría impregnada en ella hasta el día de su muerte, persiguiéndola con una culpa indescriptible.
En la mesa de la sala, dos sillas resumían el espantoso espectáculo que había tenido lugar al interior de esa casa. El cadáver de la madre estaba en una de las dos sillas, con el torso, ahora rígido por el tiempo transcurrido, sobre la mesa, y ambos brazos sobre la superficie, los dedos, secos y engarfiados, como si en un último acto de desesperación absoluta, hubiesen intentado sujetarse a algo, aferrarse a una vida que, desde el interior, ya había abandonado de forma definitiva.
La piel del rostro evidenciaba el paso de las horas, pues había perdido el aspecto saludable que sin duda tuvo en vida; el ojo izquierdo asomaba bajo el párpado que no se cerró por completo, y miraba muy fijo a la nada, acuoso, inundado de una sustancia lechosa que nublaba el color desvanecido, mientras la boca se había convertido en un túnel, guía para un camino interminable de hormigas que habían encontrado en ese sitio una fuente de interés; deambulaban, silenciosas y organizadas, por entre los dedos como arcos, ascendían por la mejilla y se deslizaban alrededor de los efluvios que habían salido por la vía oral, incapaces de comprender lo que estaba sucediendo, o quizás demasiado conscientes para ignorarlo, quizás conocedoras de la verdad ancestral que dictaba que los cuerpos eventualmente se descomponían, y que sus partes se degradarían capa por capa, hasta volver a convertirse en partículas que la tierra utilizaría como parte de su ciclo interminable. Quizás, en las oscuras cavernas de sus nidos, ellas habían visto espectáculos más aterradores que ese, y habían entendido que nada podían hacer para cambiarlo, excepto estar ahí y cumplir con su función, desmembrando partícula a partícula.
El cuerpo del hombre había quedado congelado en una posición que, incluso más que la de ella, había destruido toda posibilidad de dignidad en la muerte; la rigidez lo había mantenido erguido en la silla, con la espalda hacia el respaldo, pero la cabeza había caído hacia atrás al no tener soporte ni resistencia de los músculos. La mandíbula había cedido al peso, dejando el rostro con una grotesca y desencajada mueca, como si de alguna forma, el horror de su propia muerte hubiese desfigurado sus rasgos hasta la eternidad, pintando un grito mudo y fluidos resecos en las comisuras; los ojos, blancos, lucían la desnudez absoluta de la muerte, permaneciendo eternamente inmóviles en su órbitas, como globos surcados por líneas de resequedad, anticipo de lo que con el tiempo, si nada lo impedía, terminaría por suceder, cuando los tejidos colapsaran y la materia escurriera, líquida y putrefacta.
El insoportable olor a muerte y descomposición parecía estar impregnado en todo; había sido como una ráfaga de viento que, encerrada sin poder escapar, había inundado cada rincón, buscando en cada resquicio y en cada esquina la forma de salir, volviendo una y otra vez por los mismos lugares, hasta mancharlos con la huella invisible de la destrucción de la que era, en últimas palabras, único testigo. Seguramente, cuando él abrió la puerta para salir de allí, el olor de la muerte, tan eterno y sabio como ella, había encontrado una vía de escape, desplazándose al fin hacia el exterior que hasta ese momento le había sido negado. Y ya sin paredes ni puertas cerradas, sería libre de viajar y esparcirse, llegando a los más cercanos con su marca indeleble de degradación perpetua, y extendiendo su manto a la orden del viento. Muchos creerían que terminaría por desaparecer, pero ignoraban el poder de su acción; confundirían el anonimato de su aroma desvanecido con la anulación, desconociendo que esa sutil presencia siempre estaría ahí, disimulada junto al perfume de las rosas, oculta entre los pétalos de un clavel, perenne en los aleteos de cualquier insecto viajero, abrazada a la memoria primitiva de cualquier juego de niños.
Román jamás olvidaría esa escena de horror y destrucción humana, y lo sabía porque esa muerte doble y ese testigo eran distintos de otros que habían visto, porque en ese caso una de las víctimas era también culpable; el pequeño envase de veneno para insectos permanecía sobre la mesa, junto al colorido juego de comida infantil, a simple vista mezclado con los otros recipientes, pero destacando en él el ahora inútil sello de la muerte, el recuadro rojo con la silueta de una calavera, que podría haber sido la diferencia entre el horror desatado y un día como cualquier otro. El policía no tuvo dificultad para comprender que el contenido micro granulado del recipiente se había mezclado con la base de masa del juego infantil, y que probablemente las dulces esencias de los jarabes con brillantes colores habían disimulado con éxito el verdadero contenido de aquellos bocadillos, que debieron ser inocentes e inocuos. No entendería, sin embargo, qué era lo que había impedido que ambos adultos reaccionaran de alguna manera, qué los había mantenido allí como encadenados, mudos e impotentes ante un desenlace espantoso que se sobrevenía de forma inevitable. Pero cuando salió de esa casa al jardín, y este hecho coincidió con la llegada de los oficiales que había pedido en calidad de urgencia, se obligó a dejar de pensar en eso, a abandonar conjeturas que se le antojaban imposibles, y ocuparse de aquello que era su prioridad, el deber que lo había llevado allí en primer lugar.
Se ocupó de entregar a la niña a uno de sus compañeros especializados en contención de personas expuestas a un trauma, y entregó todos los datos al jefe de su unidad, procurando lucir concentrado, para entregar la información de forma coherente y clara.
Se preocupó de entregar la información con el máximo de detalle, para que sus compañeros pudieran conformar el mapa de su hallazgo y ayudar con eso a completar una imagen más acabada de los hechos; habló de la llamada telefónica que contestó, su entrevista con la anciana de la casa del otro lado de la calle, y de cómo sospechó de algo extraño al momento de acercarse a la puerta y ver que esta estaba obstaculizada de algún modo. Habló de cómo la niña estaba en shock, y de cómo trató de sacarla de ahí lo más rápido que pudo, pese a no poder contenerla del modo apropiado, debido el extenso tiempo que ella estuvo expuesta a esa situación límite.
Pero, omitió dos puntos; uno de ellos fue el relacionado con el veneno, ya que, aunque en su mente consideraba obvio cuál era el papel que había jugado en esa terrible historia, no sabía con certeza total que, en efecto, ese fuera el causante de ambas muertes. No le correspondía a él dar un veredicto al respeto, ni juzgar si se trataba de una situación con un determinado tenor, incluso si en su mente la historia corría en retrospectiva con terrible claridad.
Dejaría que los expertos forenses analizaran los cuerpos, que se los llevaran a una mesa de mármol impoluta y realizaran todos los procedimientos que escarbarían en su pasado a través de los restos del presente.
Pero, hubo algo más que omitió decir, algo que incluso quitó del relato que hizo a su superior; no habló del perro que estaba en esa casa, ni mencionó palabra acerca de lo que había visto en esa sala. Sabía que sería imposible que alguien le creyera, e incluso él mismo sabía que, en el caso de verbalizar lo que tuvo oportunidad de presenciar unos minutos atrás, se trataría de algo que sonaría como una historia imposible, el relato de una mente demasiado débil e impresionable.
De seguro, alguien diría que esas palabras no eran acordes con un hombre adulto y entrenado como él; hablar de eso pondría en duda su capacidad como policía y sus cualidades como persona, desplazándolo hasta el mismo nivel que se le asignaba a un niño en una situación como esa. Se diría que había sido afectado por la escena, y que había construido una imagen fantástica como un modo de evadir la realidad.
Sin embargo, y a pesar de entender que no podría decirlo, él sabía que lo que presenció no era un juego de su mente, ni una forma de engañarse o buscar un medio de escape. Era real, tanto como la muerte y el olor destrucción de los tejidos.
El perro sabía todo, había estado ahí desde el principio, desplazándose como amo y señor en una casa de títeres putrefactos, y en ningún momento había hecho algo al respecto. Se había quedado ahí, inmune al olor y a la imagen, manteniendo una calma fría, la misma con la que al interior de esa casa lo había mirado a los ojos.


Próximo capítulo: Un susurro en la noche

Narices frías Capítulo 15: Estrellas en el techo




Darío habría querido que el día de descanso que tenía una vez por semana fuera algo que pudiera elegir, o al menos que se moviera dentro de la semana, pero en ningún momento le preguntaron acerca de eso, de modo que tuvo que conformarse con el horario que decidieron por él para el trabajo. De lunes a viernes, medio día el domingo y día libre el sábado; él sabía que lo ponían a trabajar más días que al resto porque era parte del acuerdo al que habían llegado para aceptarlo, y al mismo tiempo el modo de mantenerlo ocupado como se suponía que era lo mejor para él.
Le habían conseguido casa y trabajo para que se hiciera cargo como un adulto, pero no podía tener dos días de descanso a la semana como los otros adultos.
En alguna ocasión se había preguntado cómo sería si un día simplemente se fuera. Nadie lo extrañaría, por supuesto, pero le causaba curiosidad saber qué pasaría con el espacio que él ocupaba. ¿Echarían a la basura las cosas del departamento y pondrían ahí a otra persona al día siguiente, sin preguntar ni decir palabra? Sí, seguramente sería de ese modo, porque no habría alguien preguntando por él y sería mucho más sencillo.
De seguro, pasaba lo mismo con las personas cuando morían.
Pero no era probable que lo hiciera, incluso si tenía ganas de eso, porque era poco práctico; la dificultad para comunicarse era un límite para cualquier cosa que quisiera hacer, y si se iba de la casa y el trabajo, no tendría de qué vivir.
Así que su opción era seguir lo que estaba establecido para él, y esperar. Su costumbre era levantarse tarde el sábado, como una forma de sacar algún provecho y hacer algo distinto a los otros días; cuando despertaba a las ocho treinta, iba al baño, se enjuagaba la boca y volvía a acostarse, quedando de espalda, tapado por la sábana hasta la cintura, quieto, acompañado por el sonido de su respiración.
Le gustaba mirar los puntos del techo; en un principio, no había puesto atención en ellos, pero un día se encontró mirando y uniendo un punto con otro, igual que las constelaciones que mostraban en los documentales que veía en la televisión.
Por supuesto que esas no eran estrellas; la pintura del techo estaba desgastada, y en numerosos puntos tenía picaduras que estaban desordenabas como estrellas negras en un cielo distante. No importaba cuánto lo deseara, mientras estuviera atado al suelo, jamás alcanzaría esos diminutos puntos en la eternidad.
Como siempre estaba recostado de espalda, el punto de vista que tenía era siempre el mismo, y cada mañana que volvía a mirar, podía reconocer los puntos que, silenciosamente y con gran atención, había conectado, formando sobre su bóveda celestial privada una colección única y magnífica de criaturas que sólo él podía identificar. En su cielo, los seres eran inmortales, creaciones de su mente todopoderosa que flotaban para él, mirando benevolentes a quien les había dado vida, danzando entre polvo de estrellas sin abandonarlo jamás; nunca nadie sabría lo poderosos que eran, jamás nadie podría entender cuán importante para él era su mirada dorada, ni qué tanto de sus palabras había escuchado, hasta hacerlas suyas en su mente.
Cada uno de esos seres estaban ahí, ocultos en un cielo oscuro y descascarado hasta que él llegaba, y con el poder de sus ojos dibujaba las líneas de fuego que los traía de vuelta, que los hacía aparecer y estar visibles, retozando en paz en el campo celestial de un paraíso que nunca iba a terminarse. Ellos hablaban en una lengua que solo Darío podía comprender, y le decían qué hacer en el futuro cercano; él había memorizado sus formas y miradas de la misma forma que sus palabras, y sabía qué y cuándo hacer.
El mundo del mito ardía en las constelaciones, rodeando todo con un manto de oscuridad luminosa suave y perfecto, una conjunción de todos los elementos en uno, que cuando se hiciera real, traería el paraíso ante sus pies.
Darío había conocido los monstruos en su vida. Los primeros fueron aquellos seres invisibles que sellaron sus manos y su voz; con aquellos aprendió a vivir, los aceptó como parte de su existencia y entendió que siempre estarían ahí.
Pero no todos los monstruos eran intangibles.
Cuando pasó la etapa de la adolescencia y su cuerpo cambió, escuchó en muchas ocasiones voces de algunas personas a su alrededor que hablaban de él de una forma que, con el tiempo, aprendió podía ser tan monstruosa como sus acciones; en los lugares donde experimentaban y hacían pruebas para intentar determinar el mal que lo afectaba, su cuerpo siempre fue un objeto de investigación, terreno sin censura en donde las agujas o los ojos exploraban sin preguntar. Pero esas voces hablaban de su cuerpo con un tono de apreciación, algo que él sabía que existía, pero que no quería recibir en esas condiciones; no quería ser un objeto admirado sin permiso, pero no pudo hacer algo al respecto, del mismo modo que no pudo evitar que esas manos lo tocaran como si tuvieran el derecho de hacerlo.
Los monstruos habían estado ahí, disfrazando sus acciones con palabras sofisticadas y sus cuerpos con delantales blancos; habían actuado sobre seguro, sabiendo que Darío nunca podría decirle al mundo lo que sus manos y cuerpos habían hecho en él, sintiéndose libres de inmiscuirse en el territorio inexplorado que fue, impunes y jocosos de sus actos. Y era cierto, él jamás podría expresar lo que le habían hecho, o lo que le obligaron a hacer, sus lágrimas en ese entonces habían sido atribuidas a otros hechos por los mismos culpables, y nadie quiso saber si esa verdad impuesta era de ese modo o no; pero su mente no olvidaba, tenía marcado cada hecho, cada horrenda palabra, cada susurro mientras era sometido, cada acción a la que fue obligado. Cada una con una cara, cada una como la imagen que representaba todo lo que debería olvidar, pero ante lo que se negaba; todos los días, mientras estaba en el trabajo, dejaba un momento para recordar, para revivir el momento en que uno de esos monstruos lo había sometido al horror, y decirse una vez más que nunca iba a olvidar.
Esos recuerdos eran dolor de fuego para él, pero en jornadas como esa, el dorado elemento se convertía en cura y sanación, ya que no venía de monstruos, sino de sus constelaciones, sus amigos eternos con quienes se podía entender, a los que escuchaba cada susurro.
Los monstruos del presente eran distintos; esos hasta el momento no parecían querer acercarse, pero de todos modos estaban ahí, presentes en cualquier punto al que dirigiera la vista en todo momento.
Había descubierto, con algo de sorpresa, pero mucha satisfacción, que la mascarilla operaba como un traje de superhéroe de las películas; una vez que la usó, supo que en la mayoría de los sitios creerían que él estaba enfermo o algo parecido, y harían lo posible por disminuir las preguntas, llegando incluso a darle opciones de respuesta para que él pudiera limitarse a asentir o negar, a diferencia del resto de las personas.
Por primera vez supo que aquello que lo había hecho diferente, no tenía que ser símbolo solo de algo negativo, que también podía ser un arma.
Y la primera vez que había usado esa arma como tal había sido la jornada anterior; había sido inesperado, algo por completo fuera de norma y al mismo tiempo, la oportunidad perfecta.
Siempre traía la mascarilla en el bolsillo del pantalón, pero no la usaba cuando iba o volvía del trabajo; siendo eso parte de su identidad alterna, se dijo que debía tener cuidado y usarla solo cuando fuese necesario, pero fue imposible negarse.
Lo vio en una calle, y reconoció a uno de los monstruos que lo sometió en el pasado; era un monstruo triunfante bajo la apariencia de un ser común, sonriente a la vida y a los demás. Lo siguió a prudente distancia, hacia una de las calles más concurridas del distrito, y entonces supo que podría hacerlo.
Con su mascarilla puesta, caminó tras él, guardando cada vez menos distancia, observando sus movimientos con atención y a la vez queriendo huir de ahí; en el fondo, las heridas seguían presentes, aún lo podían lastimar con miedo y esa angustia de repetición que era la peor amenaza de todas. Su mente sabía que no le haría algo en un lugar público, pero el instinto recuperaba esos interminables momentos de dolor silencioso y le advertía de esa cercanía, gritando en su interior que eso podía repetirse.
Pero se obligó a quedar, se ordenó seguir caminando por esa calle como uno más entre todos, esperando el momento, pero sin saber si ocurriría. De pronto, cuando la luz del semáforo cambió de verde a rojo para los peatones y todo el gentío que avanzaba por esa vereda tuvo que detenerse, Darío entendió.
El monstruo estaba de pie al borde de la calle, y él justo detrás, tan cerca que parecía imposible, riesgo y oportunidad a un paso de tocarse; solo debía hacer una cosa, respirar profundo y hacerlo, sintiéndose indiferente del peligro. Confiando en que sería tan invisible para todos como siempre lo era.
Y entonces lo hizo. Fue un movimiento muy leve, que nadie alrededor pudo advertir, pero que tuvo el efecto esperado; el monstruo tropezó, y cuando sucedió el siguiente movimiento, ya era demasiado tarde para reaccionar.
Los gritos alrededor fueron un coro de ángeles en sus oídos; lo había logrado, había podido hacerlo sin titubear, y a partir de ese momento, todo el miedo y el dolor podría comenzar a sanar. Aún quedarían las siguientes heridas, pero una de ellas podría ser curada con el fuego pacifico de sus constelaciones; sus seres míticos estaban ahí, esperándolo, cuando la jornada anterior llegó y pudo sentirse a salvo un día más. Quería gritar por la emoción, deseaba poder decir largas palabras que explicaron todo lo que estaba sintiendo, pero supo que eso no sería posible, al igual que no lo fue en el pasado. Pero ¿Qué importaba? Había hecho algo con lo que soñó tanto tiempo, y la alegría y satisfacción eran algo tan real en su interior como las voces de sus criaturas; se había dormido con una sensación de paz, que poco a poco se abría paso entre el miedo y la tristeza de los sueños, y eso permanecía cuando despertó, y ante sus ojos las líneas doradas volvieron a dibujar a sus amados seres.
Lo miraban con agrado y con amor, orgullosos de su logro. En la distancia de esa habitación, su capacidad sobrenatural había alcanzado a ver sus actos, y eso los llenaba de dicha.
El camino hacia el futuro estaba claro, solo era necesario dar los pasos apropiados, y avanzar.


Próximo capítulo: Letrero de advertencia