Las divas no van al infierno Capítulo 19 Un año sin lluvia

Conoce este capítulo al ritmo de esta canción: A year without rain


El sábado Márgara recibió una llamada muy temprano; saltó de la cama en silencio y sin despertar a Fernando. Sacó del armario un vestido básico color magenta, un bolero a juego, sandalias de tacón de un rosa pálido que se le antojó exquisito, y se miró en el espejo de cuerpo entero que tenía en el baño.
La imagen debía ser distinta para lo que iba a hacer en comparación con sus apariciones en el programa, pero era fundamental que la gente pudiera reconocerla de todos modos.
Tenía ganas de gritar de emoción, pero no lo iba a hacer; de hecho, no despertaría a Fernando. Sería una forma de castigarlo por haber sido tan indolente con ella la jornada anterior.

—Perfecto —dijo admirando la imagen en el espejo—, justo lo que quería.

Para combinar escogió una cadena de oro con un pendiente de cristal tornasol, y aretes de brillante; en el ultimo momento decidió cambiar el bolero por una gillete, retocó el iluminador de ojos y salió silenciosamente.
La llamada había sido desde la producción del programa, y la invitaban a participar en un pequeño espacio dentro de un programa misceláneo que se emitía los sábados desde las nueve treinta de la mañana; era conducido por dos chicos que habían iniciado su carrera en programas de talento algún tiempo atrás, y era de un estilo mucho más ligero que los programas de la semana.
Estaba feliz porque en ese pequeño espacio, que duraba cinco minutos dentro del programa, invitaban a una famosa para que mostrara sus secretos de belleza, lo que le daría una vitrina estupenda para la gente que no la conociera; armó un bolso pequeño con su set básico de maquillaje, algo elegante y nada ostentoso, y salió del departamento con la idea de brillar por todo lo alto en su primera aparición en televisión fuera del programa, la que además era un punto de mayor orgullo.
Era la primera de todas las participantes que era requerida por un programa, y ese triunfo era gigante para sus metas.

2


Sandra estaba llegando al canal cuando recibió una llamada de Verónica; la productora sonaba un poco sorprendida al hablar.

—¿Tienes un televisor cerca

Uno de los guardias abrió la puerta por ella para dejarla entrar; el hecho de haber estado tanto tiempo en el canal tenía beneficios, como que nadie le pedía identificación para entrar a las dependencias y generalmente la hacían sentir bien.

—No ahora ¿Qué pasa
—Márgara va a Sin edición.

Se quedó detenida en el pasillo, mirando a la nada. Márgara, la que había sido la primera en ser puesta en el foco por indicación de Kevin, la que había ido subiendo en las estimaciones del público e incluso ganado una inmunidad. ¿Por qué invitarla a ella en primer lugar a ese insulso programa de fin de semana ¿Por qué no la loca de Sussy, o Alma que era perfecta

—¿Averiguaste si hay más invitadas
—Sí, la semana que viene hay una solicitud sin nombre para espacio del matinal para todos los días.

Para generar falsa expectativa en las otras. Que estuviera sola, de improviso en ese programa generaría todo tipo de conjeturas en las demás, haciéndoles creer que el canal la evaluaba mejor que a ellas; esas miradas y susurros molestos tendrían lugar durante toda la clase del sábado, anidarían el domingo, y estarían a punto de estallar cuando, el lunes, cuatro chicas serían sacadas en pantalla en el matinal. Las intrigas que seguirían a eso estaban aseguradas.

Si convocaban a cuatro por día, eso completaba el cupo de las participantes menos la eliminada del próximo viernes; significaba que Kevin ya había decidido cuál era la siguiente, o al menos tenía todo programado según su parecer.

—¿Ya está al aire
—La anunciaron, entra después de la pausa comercial.
—Gracias.

Cortó y enfiló hacia el casino; necesitaba de forma urgente un café.
Valeria era su carta bajo la manga, y los bailarines sus ases para manipular y gestionar información, pero aun no tenía el nivel de control suficiente como para hacer lo que quisiera; como productor en jefe y director del proyecto, Kevin era el que seguía moviendo todos los hilos ¿Cómo anticipar esa jugada

—Sandra, buenos dios ¿Vas a querer tu café
—Sí, por favor —saludó a la encargada de la cafetería con una sonrisa—, lo necesito con locura.

Kevin se había reunido con Sarki el mismo día que con el esto del equipo involucrado en la gestión del programa; Sandra sabía muy bien que esa reunión no era por pura palabrería, sino que se trataba de un momento de confirmación de datos. En toda su larga trayectoria, Sarki nunca había participado como invitada en un programa que no fuera un suceso para el mercado.
Siempre divas estaba marcando y era comentario en redes, pero eso no garantizaba el éxito de forma permanente.
Estaba segura de que la eternamente joven Sarki le había exigido a Kevin algún tipo de seguridad acerca del suceso en el que se convertiría el programa, y él, necesitando de la venia de una estrella local tan relevante, sin duda se lo dijo. ¿Cuál era esa seguridad que garantizaba que el programa trascendería Desde luego que las pasiones del público ya se habían desatado, pero para perdurar, para que se hablara de ese programa por años y se convirtiera en un referente de la cultura popular de ese país debía haber algo más que tener a un grupo de guionistas organizando los sucesos, y el control sobre el resultado real de las votaciones cada día.
Tenía que averiguarlo, para poder blindar a su elegida; al final, todo iba a reducirse a un juego de probabilidades y a dos de las competidoras peleando por el trono.

3


Fernando se reunió con la madre de Márgara en una cafetería en el sector empresarial de la ciudad; se trataba de un barrio donde abundaban los edificios corporativos, y había multitud de tiendas costosas para el exigente público que transitaba por esos sitios. A él le pareció curioso que ella lo hubiera citado en un local pequeño, minimalista y sencillo, que contrastaba por completo con la ostentación de la mayoría de las instalaciones cercanas.

—Hola, Elena.
—Hola cariño.

Ella iba vestida con un traje casual de camisa y pantalón; dejó la cartera a un costado e hizo un gesto al garzón para que se acercara.

—Yo voy a tomar un té de frutas ¿Y tú
—No estoy seguro —comentó mirando con disimulo la carta—, la verdad no entiendo la mitad de lo que ofrecen aquí.

Elena no hizo gesto alguno que demostrara molestia por ese comentario, y en cambio, sonrió.

—Te gusta el café ¿Fuerte
—Sí.
—Entonces está decidido —y dirigiéndose al garzón—, por favor, un té de frutas del número cinco y un expreso doble con un toque de crema.

Un momento después les trajeron el pedido, y ella optó por hacerle las cosas más fáciles.

—La viste hace un rato en el programa ¿No es así
—Sí, lo dejé grabado para el archivo.

Elena sintió pena, pero no por él, sino por toda esa situación; pero no podía quedarse callada.

—Y bien ¿Qué fue lo que mi hija hizo

La mirada de él mostraba indecisión, como si incluso en ese momento estuviera a punto de cambiar de parecer; pero también mostraba a un chico inocente y honesto.

—Nada, no es que haya hecho algo.

Ella lo miró con amabilidad, dando a entender que no era necesario mentirle; al final él se rindió.

—¿Márgara siempre ha sido tan cambiante
—Cielo ¿Por qué mejor no me dices qué fue lo que pasó

Fernando suspiró.

—Ella no ha hablado contigo ¿No es así
—Si lo que me estás preguntando es si ella me ha dicho si tienen algún problema, por supuesto que la respuesta es no. Ella nunca le dirá a nadie tiene algo que resolver.
—Ya veo.

Elena supo que él no estaba juzgando si podía confiar en ella; estaba luchando contra un gran sentimiento de culpa por hablar de la mujer a la que amaba de un modo que consideraba incorrecto.

—A veces, la mayoría del tiempo —dijo en voz baja—, no sé cómo actuar o qué cosas hacer para agradarla. Sé que está bajo estrés por el programa, pero eso...
—Pero eso no justifica que tenga un mal comportamiento contigo —terminó la frase por él.

Se hizo un silencio en el que el hombre divagó en su mente, quizás intentando alcanzar el significado de lo que había tras las palabas de ella.

—Yo a veces no la reconozco.
—Pero estoy segura de que si haces memoria vas a comprobar que no se comporta como lo hace desde que empezó el programa, la única diferencia es que ahora, es más.

Él la miró con alarma en el rostro.

—¿Cómo...
—Porque la conozco —replicó ella, con tranquilidad—. Puede que yo no la haya criado de esa forma, pero Márgara sigue siendo mi hija; te voy a contar una historia, y puedo apostar todo a que ella nunca te lo ha dicho.
Cuando mi ex se fue de la casa, porque según él no podía cargar con el desafío de una mujer y una hija, me quedé sola y sin un veinte; era básicamente joven e inexperta, se me desarmó el cuento de la familia feliz y estaba sin hogar y con una hija de cinco años que dependía de mí.

Fernando nunca había preguntado acerca de esa etapa de la vida de su novia; cuando se conocieron, en determinado momento ella dio a entender que sus padres se habían separado y que no pretendía hablar al respecto, pero con el paso del tiempo dejó en claro a través de comentarios muy escuetos que de alguna forma la culpa era de su madre. Ahora, la historia que estaba escuchando era por completo distinta.

—Tuve que dejar una casa que no podía pagar, cambiarme a un departamento y asumir que fuera de la secundaria no tenía estudios ni experiencia. Supongo que por el peso de la exigencia encontré que tenía talento para los negocios, dicen que la oportunidad se crea con la necesidad.

Fernando notó que ella no lucía apesadumbrada por lo que estaba diciendo; se trataba de una historia superada.

—Bueno, tampoco voy a contar todos los capítulos de la novela —comentó ella tras un trago de su té—; yo me mataba trabajando mientras Márgara estaba en la escuela, llegaba agotada, pero a hacerme cargo, pensando que todo iba a mejorar eventualmente.
El punto es que un día llegué con las compras del supermercado, y ella me vio guardar las cosas en la alacena; por supuesto que había tenido que cambiar por marcas más baratas, y sucedió que serví la cena, y ella se quedó sentada a la mesa, mirándome después de mirar de reojo el plato. Y me dijo “No puedo comer eso, me va a hacer mal”
Reconozco que cuando sucedió, casi me eché a llorar —había un matiz irónico en su voz—, y a punto estuve de tener un ataque de histeria, pero tuve uno de esos maravillosos momentos de iluminación que uno tiene a veces. Me dije que, si dejaba pasar eso, después ya nada podría detenerla, y se me antojó muy injusto que una niña de siete años decidiera sobre mi vida.
Así que me quedé sentada frente a ella y le dije “No vas a pararte de ahí hasta que hayas comido la cena”

Fernando sintió ganas de reír; esa actitud de Márgara, de despreciar marcas menos conocidas era moneda corriente, aunque siempre iba acompañado de un discurso sobre lo sano de los alimentos y las normas sanitarias. Sí, sentía ganas de reír, pero no porque todo eso le hiciera gracia; era porque de pronto parecía estar quitando una serie de capas que dejaban a la vista a una chica que no estaba seguro de conocer.

—Pero fue después de decir eso que tuve la real revelación —agregó ella—, porque Márgara, una niña de siete años, me miró con rencor, con rabia; no había miedo a un castigo ni frustración como en la mayoría de los niños cuando no consiguen lo que quieren, ella me estaba mirando como a una rival.
Se quedó ahí mucho rato, y yo estaba tan cansada; de pronto me dijo que iría al baño, pero la atajé y dije que no iría hasta que hiciera lo que tenía pendiente. Creo que fue la primera vez que la vi alarmada, porque si se hacía en la ropa, estropearía su atuendo, y el atuendo era demasiado importante para ella.
Entonces se rindió, pero no dejó de pelear conmigo; desde ese momento me concentré en no dejar que me manipulara, y aunque lo logré, también logré una enemiga. Márgara mantiene contacto formal conmigo porque es lo que una chica de bien hace, porque eso ayuda a cuidar su imagen, pero nada más. Márgara es incapaz de sentir empatía por ninguna persona que no sea ella misma.

Fernando sintió que le temblaba la barbilla, pero hizo un esfuerzo por reponerse.

—Eres muy dura cuando hablas de ella.
—Soy sincera —corrigió Elena con tranquilidad—, si se puede hablar de fracasos y éxitos en la vida, puedo decir que fracasé en educar a mi hija de la forma que debiera, pero no podía cometer otro error siendo ciega y desconociendo quién es en realidad.

Fernando tenía la vista clavada en la taza, y en un acto intempestivo bebió todo el contenido casi en un trago; aunque lo que necesitaba en realidad era un whisky o algo fuerte, al menos la sensación de ingerir la cafeína servía para que sintiera que no estaba sonando.

—No sé qué hacer.
—Por desgracia no te puedo aconsejar sobre tu relación de pareja —comentó Elena con sinceridad—, en principio, no me corresponde, pero más que eso, yo creo que tú sabes lo que tienes que hacer; eres un muchacho inteligente, capaz y con muchas cualidades, no puedo creer que estés demasiado ciego como para no ver el futuro que tienes delante.

3



Los ánimos en la sala de ensayos estaban divididos; para el momento en que Márgara llego, con un poco de retraso, ya todas sabían que había estado en el programa de televisión, pero sólo algunas la felicitaron, mientras que el resto ignoró el tema de un modo cordial, pero sin tomar el tiempo para atender, como si se tratara de un asunto que carecía de la importancia necesaria.

Valeria estaba auténticamente sorprendida; Márgara apareció en el programa en la sección de recomendaciones y secretos de belleza, caracterizada como el prototipo de la mujer joven, fuerte e independiente. Se notaba que había planificado lucir suave, juvenil y elegante, seguramente para contrarrestar las apariciones sensuales en la noche, y con ello captar a un tipo de público distinto para subir en las votaciones.
Su participación había sido correcta, pero al menos a ella no le parecía sobresaliente; hablaba bien, se veía bien en cámara y sabía cómo moverse, pero era como una modelo genérica, no como alguien a destacar. Desde luego que estaba hinchada de orgullo por ser la primera de ellas a quien requerían en un programa, pero fingiendo que estaba más sorprendida que contenta por lo que había sucedido.

—Bien señoritas, ahora van a trabajar un aspecto que es muy importante para sus presentaciones.

Marcos había traído una serie de elementos de trabajo de arte, y sostenía en ese momento un trofeo similar a una estatuilla entre las manos; Valeria había descubierto que los consejos de él para pulir y mejorar el trabajo de producción escondían mensajes acerca de cómo enfrentar los desafíos en esa competencia.

—Como pueden ver, esto es un trofeo; las personas estamos condicionados casi de forma natural para asociar los dorados y plateados con el éxito ¿Por qué Porque las joyas están hechas de esos materiales.
Pero si ustedes ven este trofeo muy de cerca —le pasó el objeto a una de las chicas—, podrán descubrir que tiene marcas y defectos; el color dorado puede ayudar a disimular, y aunque no esconde las fallas, hace que estas queden en segundo plano, al menos por el momento. Ahora voy a darles unos consejos útiles para que cuando estén en el escenario puedan disimular y salir del paso; recuerden que su presentación tiene que estar bien trabajada desde el comienzo, pero si sucede algo inesperado, la idea es que tengan la rapidez, pero también los elementos para solucionarlo con dignidad.

Para Lisandra, la noticia del llamado a Márgara desde el programa no era importante, aunque de cierto modo no se lo esperaba; a la hora de sacar cuentas, habría pensado que Alma sería la primera en ser convocada, pero de todos modos no quitaba tanto de su atención en esos momentos.
Esa mañana había tomado una decisión definitiva, y era eso lo que ocupaba casi por completo su mente durante esas clases.
Después de la discusión con sus padres y salir atropelladamente de su casa, se reunió con Sam; estuvieron hablando largo rato, y él se mostró en todo momento atento y amable con ella. Fueron al departamento de él, y aunque todo podría haber sugerido que Sam aprovecharía la ocasión para un acercamiento más íntimo con ella, tuvo la genial actitud de no insinuar nada al respecto, y le indicó que podía ocupar su cuarto mientras él dormía en el sofá.
La conversación entonces emigró hacia otras zonas, y aunque no se lo esperaba, de pronto se encontró charlando con él con ánimo y buena energía, encantada de sentirse apreciada y escuchada en un momento como ese; Sam era listo, agradable y simpático, y era honesto en la conversación con ella no disimulaba que se sentía atraído, pero era educado y galante, comportándose en todo momento de la forma adecuada.
Dentro de todo lo que hablaron, él nunca la cuestionó acerca del programa ni la discusión con sus padres; de ese modo, el contacto fue libre y sincero, lo que la hizo sentir ánimos para el día siguiente, y a la vez le dio tiempo de pensar con calma y claridad.
Había estado quejándose demasiado tiempo, llorando por las cosas que estaban mal, protestando internamente por aquello que no se podía corregir o que estaba fuera de su control; poniendo en riesgo su estadía en el programa una y otra vez. Había estado perdiendo tiempo cuestionando en su interior las acciones de las demás, midiendo con su vara el rendimiento y actitud de las otras, y esperando que su esfuerzo y trabajo duro valiese la pena.
Se había equivocado.
Había decidido que todo eso quedaba atrás; desde ese momento, comenzaría desde cero, como si esa fuera la primera y gran oportunidad que tenía, como si apenas estuviera comenzando. Había decidido que ese era el fin de la Lisandra que esperaba lo mejor, y el inicio de la que iría a buscarlo; no más lágrimas ni sentimentalismos, lo que haría sería buscar todo lo que pudiera hacerla más fuerte y ponerlo en práctica, tanto si para eso tenía que jugar limpio como si no.
Y se sintió bien con esa nueva perspectiva de la vida, porque la alejaba de la posibilidad de ser una víctima ¿Por qué tenía que sufrir cuando ella quería triunfar Otras ya lo estaban haciendo, pero la diferencia era que ella era inteligente, no solo una cáscara vacía; e iba a usar esa inteligencia como su mejor alma.
También había otro asunto que había cambiado en su interior, y tenía que ver con Sam; no sabía si podría surgir algo o no, pero la cercanía y las palabras de él le hacían bien.
No supo si era un espejismo, pero le parecía ver su cara ¿estaría comenzando a sentir ese delicioso cosquilleo del enamoramiento Durante la noche las estrellas estuvieron ardiendo, mientras ella escuchaba su voz en su mente y hasta cuando creyó llamarlo en la oscuridad; cuando el suelo estaba cayendo bajo sus pies, se preguntó si alguien la salvaría, y él llegó a hacerlo. Tal vez podía agradecerle por encontrarla, tal vez el mundo podría ser maravilloso con él en su vida.
Tal vez.


Próximo capítulo No puedo ser domada

Contracorazón Capítulo 20: Una clave incierta




Es un regalo, para ti.

Un regalo hecho en la intimidad del cuarto tenía un significado muy distinto a que si era realizado en otras circunstancias; las oportunidades de estar juntos de forma libre eran reducidas, por lo que cuando esto sucedía, sabía que era necesario aprovechar y atesorar cada segundo al máximo.

-Gracias, me gusta mucho.
-Me alegra eso. Yo también tengo un regalo -su voz estaba cargada de emoción-, no estaba seguro de si te iba a gustar.

Pero sí le gustaba; ese intercambio de regalos no solo era un hecho en sí, también era una muestra de amor entre ellos, una forma de decir de otro modo que se entendían y se conocían bien. A menudo los intereses de ambos tenían puntos en común, pero seguían siendo dos individuos con puntos de vista particulares, con deseos y esperanzas, y que evolucionaban y aprendían a conocer al otro y su entorno.
Desde un principio había tanto que no sabían, como aquel lejano primer beso, torpe, inocente y al mismo tiempo lleno de miedo; no un miedo por ellos mismos, sino por todo aquello con lo que habían crecido. Durante toda su vida habían escuchado al mundo alrededor decir que ser como ellos era anti natura, que lo que sintieran personas como ellos era un delito por el cual se pagaban las peores culpas, y eso de forma inevitable se marcaba en sus mentes.
Quizás el primer paso había sido dado por instinto puro, pero después, lo que surgió fue pensado, y se vieron en la necesidad de enfrentar el secreto, la imposibilitad de hablarlo o de llevar esa relación de forma pública. Por lo tanto, al tener un momento de intimidad como ese, no solo se trataba de entregar un obsequio, era un instante de conexión profundo y la oportunidad de conocerse más.
De mirarse en el alma del otro, mirándose a los ojos con total honestidad.

Rafael despertó temprano la mañana del sábado, con un malestar generalizado, pero que en esa ocasión era fruto de un acto premeditado por su parte.
Aunque haber impulsado todo eso no quitaba los malestares que sentía al despertar, al menos permitía que tuviera mayor claridad al despertar y pudiera concentrarse en lo que tenía en mente.

Durante la fiesta por el matrimonio de Magdalena y Mariano tomó la decisión definitiva: tenía que saber que era lo que había en esos recuerdos y sueños, y descubrir de qué forma podía ayudar a Martín. Había un sentimiento de anticipación en su interior, como si el tomar la decisión fuera un primer paso para hacer lo correcto; de seguro esa ansiedad no era algo bueno, pero de todos modos era el único camino que se le ocurría.

-Miguel ¿Qué fue lo que pasó?

Era una pregunta en vano, y de todos modos se estaba adelantando; necesitaba saber qué había llevado a la muerte a ese hombre y su pareja, pero antes de eso, era vital descubrir el camino que conducía a eso, porque estaba seguro de que todo tenía que ver con el trayecto, y que ahí encontraría la clave para ayudar a su amigo.
En un principio, justo antes de ir a dormir, sintió temor ante lo que pudiera pasar, y a punto estuvo de posponer todo para empezar en otro momento, pero tuvo que armarse de valor y enfrentar la decisión que había tomado de forma adulta. Por lo general no tenía mayores problemas para quedarse dormido, de modo que lo que hizo, mientras cerraba los ojos y sentía el silencio a su alrededor, fue concentrarse en los recuerdos que ya había en su mente, tratando de entregarse a ellos con honestidad y sintiendo alguna clase de conexión con ese hombre ahora ausente pero que se manifestaba a través de aquellos vívidos recuerdos.
Tenía un trozo más, una fracción de vida, de los pensamientos de ese hombre, pero aun no era suficiente; tendría que seguir en ese proceso hasta que pudiera dar con una pista concreta. Si partía de la base fe hechos repitiéndose en el presente, a todas luces el haber conocido a Martín era un punto de partida innegable, salvo por la diferencia del nexo entre los dos.

¿Podían estar ellos destinados de algún modo a reconocerse o reencontrarse en el presente, para evitar que se repitiera una historia del pasado? No sabía cómo, pero tenía total claridad acerca de que todo estaba conectado a través de ellos, y que en el presente tenía que localizar aquello que era necesario.

Después de levantarse y dar una ducha rápida, fue a la cocina para preparar algo de desayuno; era poco más de las nueve treinta de la mañana y no tenía hambre, pero de todos modos preparó café y unas tostadas y se sentó a desayunar. Su mente, en cualquier caso, estaba en otro sitio, ocupada en no perder detalle de ese sueño aun sabiendo que en esos momentos no era necesario; por alguna razón, esos recuerdos estaban muy claros en su mente, sabía lo que sentía al respecto y no era necesario tomar nota de forma alguna.
Pero esos recuerdos no eran suyos.
No dejaba de repetirse que esos no eran sus recuerdos, y aunque lo sabía, sentía que tenía que tener muy clara esa diferencia; por otro lado, estaba entrando voluntariamente en una zona que no le pertenecía, de modo que, aún teniendo esa suerte de permiso para conectar, era necesario no apropiarse de ello. No era su vida, era la de otro hombre que ya no estaba y no Tenia otra oportunidad, a diferencia de él.

Estaba pensando en todas esas cosas cuando recibió una llamada de su madre; en principio le pareció un poco extraño, ya que se habían visto el día anterior.

-Mamá, hola.
-Hola hijo.

El saludo directo y energético de ella siempre lograba hacer un efecto positivo en él; de alguna forma era como tener nuevamente con él aquel llamado a almorzar o a levantarse a la hora exacta un día de escuela.

-Qué sorpresa que me llames ¿Todo está bien?
-Oh, sí, todo está bien –replicó ella-, bueno, tu padre tiene algo de dolor de cabeza por todo el licor que bebió ayer, pero está bien fuera de eso. ¿Cómo estás tú?

Rafael conocía demasiado bien el tono de voz de su madre como para no entender lo que estaba sucediendo; ella había descubierto que durante la reunión él no estaba en las mejores condiciones, y así como antes le había dado espacio para hablar a su tiempo, ahora estaba manifestando un nivel más arriba de preocupación por su estado.

-Estoy bien, mamá.

Ella no respondió, y ese silencio fue elocuente para él; sin embargo, no era momento para mentir, y al mismo tiempo sentía que el secreto sobre esos sueños era algo que no tenía que compartir, ni siquiera con ella.

-Pasa que estuve pensando mucho en lo que le sucedió a Mariano.

Su madre esperó. No estaba mintiendo en todo el sentido de la palabra, pero sí estaba modificando sus percepciones, asignando parte de los pensamientos que lo aquejaban por un tema a otro, aunque de todos modos había un elemento en común en la raíz de ambos eventos: la preocupación por los suyos.

-Todo lo que ocurrió me hizo pensar en muchas cosas; la sensación de que en cualquier momento puede haber un elemento extorno, algo que no podamos controlar, que ingrese en nuestras vidas, es algo que no me ha dejado en paz. Sé que la vida es así, que siempre hay cosas que no podemos controlar, pero es distinto cuando ocurre algo como eso.

Fue curioso cómo se sintió ante el silencio de ella; a pesar de no estar juntos en ese momento, fue igual que si estuviera frente a ella, y su madre lo mirara de esa forma única, que era aceptación y comprensión a la vez. Ella podía ser quien estuviera escuchando, pero en realidad era él quien estaba siendo leído.

-Estaba ahí en esa reunión con todos ustedes; ahí estaba casi toda la gente que me importa, y me sentía tan contento de verlos, reunidos, celebrando de buena manera que yo… yo sólo quisiera saber que existe una forma de protegerlos a todos, que puedo hacer algo realmente para asegurarme de que estarán bien.

Eso no era una mentira; en el fondo, todo lo que había dicho no era un invento, se trataba de la realidad de sus sentimientos, y la forma en que se preocupaba por las personas a quienes quería. Todo eso era tan real como sus miedos.

-Mi niño –dijo ella en cuanto él terminó de hablar-, esos sentimientos son muy lindos, de verdad son muy bonitos, pero no hay forma de poder anticiparse al futuro. No puedes controlar ni evitar lo que va a pasar.

Pero ¿Y si existiera una forma? ¿Si de verdad tuviera una oportunidad única de hacer algo extraordinario, no valdría la pena al menos intentarlo?

-¿Alguna vez te sentiste así?
-Todo el tiempo desde que naciste, cariño _replicó ella con voz tierna-, y cuando nació tu hermana, por supuesto; recuerdo que cuando eran muy pequeños y estaban durmiendo, me quedaba largo rato mirándolos muy de cerca, cuidando su respiración. Los miraba como si pudiera contar el aire que estaban respirando, como si de alguna forma pudiera asegurar que estriar bien durante el sueño y que nada podría hacerles daño.
Pero la vida no funciona de esa manera; incluso cuando yo sentía que moriría de dolor si les pasaba algo, estar tratando de controlar todo alrededor no iba a mejorar nada. Tuve que aprender que las cosas son así, y que lo importante es ser honesto con lo que uno siente, enfrentar la vida con valor; si sabes que hiciste tu mejor esfuerzo, entonces puedes estar tranquilo.

Escuchar a su madre era siempre refrescante y beneficioso; ella hablaba de todo con fuerza y determinación, pero especialmente cuando se trataba de las personas a quienes quería, sus palabras estaban impregnadas de amor y preocupación. Nada de lo que le decía a él o a Magdalena era fruto de palabras dichas al azar.

-Gracias, mamá.
-No tienes nada que agradecer -apuntó ella-, sólo quiero ayudar en lo que pueda; pero necesito saber que estás bien, que ahora mismo todo estará en orden si es así, y si no, también necesito saberlo.

Esa sería la parte dolorosa de esa conversación, porque no podría modificar, sino que tendría que mentir directamente; de cierto modo podía decir que todo en su vida estaba bien, excepto por el asunto relacionado con Martín, que estaba desestabilizando todo en su vida.

-Sí, mamá, estoy bien. Es sólo que, en ese momento, vi las cosas de un modo muy concreto, y de verdad es algo que me gustaría poder tener bajo control. Pero tienes razón, si pienso demasiado en eso no podré estar tranquilo. Gracias por escucharme.

Por supuesto, ella siempre tenía algo mas que agregar, una forma de estar presente, aunque sin entrometerse; sabía que los espacios de ambos estaban conectados, pero cada uno se metía por sus propios tiempos.

-Gracias a ti. Y ya sabes que aquí estoy para lo que necesites, solo tienes que decirlo; puedo decir que soy muy afortunada porque mi hijo quiere conversar de lo que le pasa, aunque sea un hombre adulto.

La ultima frase añadía un toque de picardía propio de ella, y que hacía referencia a la reticencia común de muchos hijos crecidos a compartir lo que les ocurría con sus padres.

-Me gustó mucho tu amigo Martín -añadió ella-, es un muchacho muy educado y tiene un gran sentido del humor, me gusta que ahora sea parte de tu circulo cercano.
-Sí, es un gran amigo -replicó él-, aunque me parece curioso que todo el mundo mencione que tengo un nuevo amigo, me hacen sentir como si fuese una especie de ermitaño que no conoce ni habla con nadie.

Era cierto que todos le habían hecho un comentario similar, pero en ese momento lo había dicho para salir un poco del tema anterior; al menos en apariencia había logrado convencer a su madre de que todo estaba en orden.

-No es por eso -aclaró ella_, es porque con él es diferente, hay algo que es distinto.
-¿A qué te refieres?
-Tal vez ustedes mismos no se han dado cuenta -explicó ella con intensidad; al parecer ya había analizado ese asunto con anterioridad-, pero yo lo vi claramente: entre ustedes dos hay un lazo especial, es algo que no se ve muy a menudo, de eso estoy segura

¿Un lazo? Su madre no era una persona supersticiosa, pero tenía una muy buena capacidad para conocer a las personas en general; así como sabia desde un tiempo atrás que algo no andaba bien con él, también podía identificar ciertos hechos que podrían pasar desapercibidos para otras personas.

-¿Un lazo especial?
-Sí, es como si ustedes se conocieran de toda la vida; no es por las cosas que dicen, es un tema de cómo se tratan. Como si estuvieran acostumbrados a hablar, con ese lenguaje que va más allá de las palabras; si supiera que no es así, podría pensar que son hermanos, que han estado siempre juntos.

A Rafael le resultaba curioso que las palabras de su madre coincidieran tanto con lo que él mismo había pensado en un principio, tras conocer a Martín; mucho antes de tener esos sueños, ya había pensado que nunca le había pasado algo como eso. A muy poco tiempo de conocerse, ya sentía a Martín como alguien en quien podía confiar a plenitud.

-Eso que dijiste suena muy parecido a cómo nos llevamos -observó el-; incluso en algún momento nosotros mismos hablamos de eso, nos llamaba la atención que existiera una confianza de ese tipo.
-Sobre todo porque tú eres reservado -comentó ella.
-Sí, eso es cierto.

La Forma en que Martín le había confiado el asunto tan delicado de la enfermedad de su hermano, cómo él se dejó apoyar por el cuando fue el asalto a Mariano, esas eran muestras de una amistad verdadera entre los dos; existía un tipo de conexión, que quinas tenía que ver con el pasado, pero que había sido construida en el presente, a base de confianza, respeto y solidaridad.
Era una verdadera amistad.

La conversación con su madre hizo un buen efecto en su ánimo; se dijo que un vínculo como el que existía entre él y Martín no podía ser falso, por lo que tenía que hacer lo posible por cuidar esa amistad, incluso si con eso debía continuar con su plan de sumergirse más y más en ese océano de recuerdos. Pero lo haría por un buen motivo, por el bien de alguien y luchando por no caer ante las sensaciones dolorosas que causaban en él aquellos recuerdos.

Más tarde le envió un mensaje a Martín para saludarlo.

«¿Cómo va el día?»
«Bien –respondió el trigueño -, es decir, yo bien, no todo.»

Aunque de forma corriente Rafael habría esperado a que Martín le contara, en ese momento decidió dejarse llevar por un presentimiento y optó por llamarlo.

-Hola ¿Qué sucedió?
-Hola –replicó Martín un poco divertido-, nada malo en realidad.
-Pero ocurre algo -insistió él.
-Sí, bueno, no es algo oficial ¿entiendes? Pero el correo de las brujas me hizo llegar una información sobre mi trabajo.

Generalmente, Rafael no prestaría demasiada atención a rumores en un ambiente de trabajo, pero se dijo que si Martín estaba haciéndolo era por alguna buena causa.

-¿Qué supiste?
-Que el sujeto al que estoy reemplazando va a volver; la verdad no me había ocupado de averiguar por qué no estaba, pero supe que se había tomado una licencia por enfermedad, y luego pretendía cambiar de rubro o algo por el estilo. Ahora dicen que no le fue bien en lo que tenía pensado hacer y que por eso va a regresar.

Entonces las proyecciones de quedarse a trabajar ahí se diluían; de tobos modos, de acuerdo con el comportamiento de Martín, Rafael no se sorprendió de escuchar que no estaba angustiado por esa situación.

-Martín, lo lamento.
-No, no lo lamentes, está bien -intervino el otro-; de todos modos, esto aún no está confirmado, y aunque sea así, no me causa ningún problema. De todos modos, voy a tratar de ir dentro de la próxima semana a ver lo de ese dato que me dio tu amigo.

La librería que estaba a poca distancia de su trabajo.

-Si quieres puedo preguntar el lunes, no me queda lejos del trabajo.
-No, cómo crees -replicó Martín con tono ligero-, no vas a estar gastando tu tiempo en eso; además todo está bajo control, todavía tengo tiempo suficiente. Y hablando de otra cosa, te cuento que estoy casi de salida; decidí aprovechar que aún tengo el auto conmigo y haré un viaje corto con Carlos.

El optimismo de su amigo era palpable, y Rafael decidió dejar ese asunto por su cuenta, aunque de todos modos se recordó estar alerta por si descubría alguna oferta de empleo de la que pudiera avisarle.

-¿En serio? Suena como un panorama bastante interesante.
-Sí, lo hablamos hace poco, era tener un tiempo a solas, como hermanos; llevaremos cosas para almorzar porque si no, mamá me asesina, y saldremos en un rato.
-Me alegra mucho que tengan ese panorama –comentó Rafael -, además está haciendo un día bonito y es una buena oportunidad.
-Es lo mismo que le dije a mi hermano -dijo el trigueño-, que era el día perfecto.

El día anterior durante la reunión olvidó preguntar al respecto, aunque se imaginaba lo que le iba a responder.

-A todo esto ¿Tu hermano no quiso venir ayer?
-Eso era lo que te iba a decir ayer –se escuchó cómo tronaba los dedos-, suerte que preguntaste. Sí, él te manda muchos saludos y gracias por la invitación, pero no se sentía cómodo con la idea de estar en un grupo tan grande.
-Lo supuse. Bueno, de todos modos, espero que no se lo haya tomado a mal.
-Para nada, dijo que era un gran gesto de tu parte, pero que pasaba.

Era algo que esperaba de parte del muchacho, pero no estaba de más asegurarse de no haber hecho algo mal.

-Entiendo. Dale mis saludos a tu hermano y a tus padres, y que lo pasen muy bien en ese paseo.
-Gracias.

Después de cortar, se quedó pensando en esa noticia del viaje; había pasado por alto peguntar cual era el destino, pero sea cual sea, no pensaría en ese desplazamiento como una posibilidad negativa. Todo tenía que estar bien.

2


Hacía un día luminoso y cálido cuando el automóvil conducido por Martín se estacionó en una zona apropiada para ello.

-Creo que este es un buen lugar.

No se lo había dicho a Rafael, pero lo de adelantar el viaje en el auto era precisamente porque tenía el presentimiento de no seguir en ese trabajo; era algo que no le molestaba, pero ya que había contado con la buena voluntad de su jefe en dejarle usar el vehículo, le pareció mejor hacer esa salida de una vez, ya que era más cómodo desplazarse de esa manera. Carlos no tenía problemas para desplazarse, pero en caso de sufrir un episodio de dolor, podrían parar a un costado del camino hasta que este parara, y además de no importunar a los demás, podrían resguardar la privacidad de un momento como ese.

-¿Cómo te sientes?

Carlos le dedicó una mirada un poco divertida; Martín se había puesto la remera con el dibujo del ornitorrinco que su hermano le regaló poco tiempo atrás, pero solo había revelado eso al momento de llegar y quitarse la camisa que llevaba encima.

-Bien –replicó el muchacho-, oye, pero no era necesario que te pusieras esa remera.

Martín puso los brazos en jarras y lo miró con una falsa expresión de molestia.

-Oye, puedo hacer lo que yo quiera ¿De acuerdo? Tú no me des órdenes, jovencito.

Los dos rieron ante la broma; en el lugar en el que estaban era luminoso y tranquilo, y se podía ver un molino de viento en el horizonte.

-¿Por qué será que te gustan tanto?
-No lo sé –respondió Martín-; a veces me digo que es como si eso viniera de otro tiempo. Tal vez en una vida anterior fui trabajador de un molino o algo parecido ¿No lo crees?


Próximo capítulo: Quiebre

Las divas no van al infierno Capítulo 18: Freak


Conoce este capítulo al ritmo de: https://youtu.be/jq30l5-vBbo

La eliminación del viernes y todo el asunto entre Charlene y Lisandra no había ayudado con el ánimo de Valeria después de todo lo que había pasado.
Apenas había pasado un día y ya se estaba arrepintiendo de haber aceptado hacer un trato con Sandra, la productora del programa; llegó al departamento y se quitó los zapatos, y se tendió de espalda en el sofá, intentando convencerse de que había tomado la decisión correcta.
Había salido indemne de una nueva semana de eliminación, y sin embargo se sentía mal, cansada y sin ganas de hacer cosa alguna; desde luego que debería alegrarse por no haber sido denunciada, y poder mantener su falsa identidad, pero en el fondo sentía que, a partir de ese momento, lo que había trabajado para estar allí ya no le pertenecía. ¿Qué otra cosa podía hacer? Sandra ya tenía todas las pruebas, por lo que, aunque ella lo hubiera negado, no habría logrado nada más que precipitar las cosas; probablemente habría hecho que la sacaran del programa, y demandado o algo parecido ¡No habría tenido escapatoria! El resto fue un montaje para conseguir una declaración suya con la que fuera posible chantajearla, pero en el fondo no habría cambiado mucho; fue elegir ser una espía dentro del programa o enfrentar un proceso judicial sin recursos para un abogado, y se quedó con lo primero.
También tenía que ser honesta consigo misma y admitir que había una cuota de ambición en aceptar ese trato, porque permitía que su sueño se mantuviera aún como algo posible; si seguía en televisión, tendría más dinero y distintas cosas, y si era lista, en algún momento podría firmar algún contrato que le permitiera alejarse de todo eso. Sandra estaba utilizándola para averiguar algo en el programa, pero una vez que terminara, las cosas podrían cambiar mucho.
Era tarde poro no tenía sueño, y vio la hora en el móvil; sentía ganas de hablar con Jorge, pero se le antojó imposible decirle lo que estaba sucediendo y la decisión que había tomado. Él se lo recriminaría, le diría que había tomado la peor decisión y que por supuesto debería haber enfrentado las consecuencias con dignidad en vez de meterse en otro embrollo, y ella lo que menos necesitaba en ese momento era que alguien, incluso él, la estuviera criticando; estaba en una situación imposible y tomó la decisión que le pareció menos mala de las únicas dos posibles, y eso era todo por el momento.
De pronto llegó un mensaje de Harris, el bailarín del programa; durante las pasadas emisiones no habían hablado, pero para ella era evidente que de parte de él existía un coqueteo disimulado, una forma de buscar su mirada y dedicarle una sonrisa.

—¿Aún despierta?

Leyó el mensaje en la vista previa pero no entró al chat ¿En qué estaba pensando?

—Hoy te veías preciosa, pero parecías cansada ¿Todo está bien?

No pudo evitar sentir una oleada de ternura por el mensaje; eso era lo que necesitaba, alguien que se preocupara por ella, no un juez que cuestionara sus actitudes.

—Estoy bien, gracias por preguntar.

Inmediatamente vio que el estaba escribiendo; le envió un emoticón de sonrisa para empezar.

—Me alegra saber que estás bien.

Le envió una foto, que era una selfie en donde estaba en la cama, con sombra de ojos embarrada en un lado de la cara.

—Olvidé quitar el maquillaje cuando me vine a casa. Ahora soy un mapache.

Valeria no pudo evitar sonreír. Recordó que ese día él y otros bailarines llevaban un sobrecargado maquillaje para la última presentación.

—Se ve bien —escribió en respuesta.
—No bromees —replicó él, agregando un emoticón de risa.

Ella iba a escribir algo, pero él hizo una video llamada; sin pensarlo, se arregló un poco cabello y se sentó para estar en una posición más digna. Luego aceptó la llamada y lo vio a él, que estaba de espalda y aparentemente sostenía el móvil en alto; estaba sobre la cama y sin remera, y a pesar de ya haberlo visto en bañador en persona, al tener esa perspectiva de él en aquel ambiente se le hizo algo muy privado, como una muestra de confianza, y eso la hizo sentir bien.

—Hola —dijo sonriendo e indicando el ojo sombreado— ¿ves? Soy mitad mapache.

Valeria no pudo reprimir una risa ante el comentario; Harris lucía tan natural y transparente que le resultaba adorable.

—¿Y te vas a dormir así? —Sonrió ante la cámara—, mancharás la almohada.
—No tengo desmaquillante ni nada de eso —repuso él, con sencillez—, no importa, lo quitaré con lavalozas mañana; ahora prefiero descansar.

Aunque la expresión en su rostro no decía descanso; sin embargo, ella optó por hacer como que no se daba cuenta de eso.

—¿Muy cansado?
—No tanto —susurró, luego hizo una mueca divertida y rectificó—, un poco, supongo; pero me gusta mucho bailar, me siento vivo en el escenario.

Eso era algo que ella podía entender muy bien; incluso después del terrible momento en que Sandra había descubierto todo, seguía sintiendo la misma emoción y pasión ante la idea de estar en el escenario, presentándose y causando todo tipo de impresiones en el público. Era como una droga a la que no quería negarse.

—Y lo haces muy bien.
—Podríamos bailar juntos un día —la sonrisa de él se hizo más amplia—, no en el programa, me refiero a algo distinto.

Mientras hablaba, había alejado un poco la cámara, mostrando de forma involuntaria más de su tonificado torso: lucía tan guapo, tan desinteresado y confidente que resultaba muy difícil ignorar su atractivo.

—No tengo mucho tiempo —Se estaba excusando con debilidad y lo sabía—, el programa y las clases exigen mucho.
—Siempre podemos encontrar el momento —replicó él, casi en un susurro—, si tú quieres, yo estaré disponible.

No habló durante un momento, y ella no supo si agradecerlo o no, porque por un lado la eximía de tener que dar una respuesta concreta, y por otro daba más tiempo para que él la mirara de ese modo tan intenso.

—Te dejo tranquila —dijo el al cabo de un momento—, que duermas muy bien.
—Tú también —replicó ella—, que descanses.

Mientras ella finalizaba la videollamada, Harris dejó el móvil a un costado de la cama y se sentó.

—¿Cómo lo hice?

En la habitación también estaban Sam y Nick; este último tenía el móvil en la mano, apuntando con la cámara hacia él.

—Me emocioné —dijo ahogando una risa—, de verdad parecía que estabas hablando en serio con Valentina.
—Eso quiere decir que lo estoy haciendo muy bien —comentó, también riendo—, si me cree, será más fácil que suelte cualquier información que le sirva a Sandra.

Se acercó al velador y extrajo un poco de loción y un pañuelo desechable para quitarse el maquillaje del ojo; Sam le dedicó una mirada curiosa con sus oscuros ojos almendrados.

—Te gusta.
—No digas tonterías.
—Pero te acostarías con ella —apuntó el otro, divertido.

Harris se puso de pie y tomó la sudadera que se había quitado para hacer esa puesta en escena.

—Claro que me acostaría con ella; igual que tú con Lisandra o Nick con Nubia. Oh, lo siento, ella ya no está con nosotros.

Nick se encogió de hombros ante el comentario.

—Si no es ella, será otra, eso no es importante. Quedan varias en el programa, y tú no te rías tanto, a Lisandra la tienen en la cuerda floja.

Harris salió del cuarto y le indicó a los demás que lo siguieran; en seguida sacó cervezas para los tres y se sentó ante el mesón largo del bar acondicionado en la sala.

—¿No te estresa un poco?
—¿Con su actitud? —Sam se sonrió—, un poco, le falta relajarse.
—Y tú estás esperando con los brazos abiertos —apuntó Nick.
—Tengo todas las partes de mi cuerpo listas —dijo flexionando los brazos—, sólo es cosa de tiempo.
—A todo esto —Sam bebió un trago largo antes de continuar—, estaba pensando que, si al programa le sigue yendo bien, esto podría ser un buen negocio a futuro.

Harris se cruzó de brazos y le dedicó una mirada entre divertida y curiosa.

—¿Te refieres a hacerse el novio de una de ellas de verdad para cuando sean famosas y ganen dinero?
—¿Por qué no? —Preguntó con total sinceridad—, la diversión está garantizada. Y nadie de la producción tiene que saberlo.

2


—Fernando, no me éstas prestando atención.

El aludido estaba sentado ante el escritorio, luchando por terminar un informe en el laptop antes que el sueño lo venciera; Márgara pausó la transmisión en la pantalla y se puso de pie, contrariada.

—Te estoy hablando.
—Sí, cariño —replicó él sin quitar la vista de la pantalla, continuando con su labor—, si me dieras solo un minuto.

Ella se paró junto a él con los brazos cruzados; la respuesta no le era suficiente en absoluto.

—Tal vez no escuchaste nada de lo que dije.
—Te he estado escuchando —El hombre pronunció estas palabras con total calma—, me estabas hablando de ese inconveniente cuando Valentina te comentó que en un programa habían transmitido un par de mensajes de algunos usuarios que no te evaluaban bien.
—¡No fue un inconveniente! —La chica exclamó estas palabras con molestia—. Incluso si ella no lo hubiera hecho con una mala intención, de todos modos, me perjudica, eso salió al aire en el programa, y está teniendo mucha pantalla, es un segmento que va en ascenso ¿Te das cuenta?

Esperó en silencio, expectante; Fernando guardó el avance en el documento y la miró, con cariño.

—¿Qué ocurre?
—¿Cómo que qué ocurre? —chilló ella, enfadada—. Te dije que no me estabas escuchando.

Fernando estaba cansado; en su trabajo en la tienda había sido realizado un cambio de sistema y tenía que ingresar muchos cambios.

—Cariño, no estoy preguntando eso; lo que sucedió es algo que puede pasar en el mundo de la televisión, siempre habrá alguien que no le agrade tu trabajo, y está bien.
—No, no está bien —Márgara hizo un gesto de molestia con las manos, impotente ante lo que estaba sucediendo—, tú no lo estás entendiendo, no le estás tomando el peso que corresponde.
—Le estoy dando la importancia que merece —él se acercó y tomó con suavidad sus manos—. ¿Por qué te angustia tanto que una o dos personas tengan esa opinión?

Márgara se soltó de él y se alejó algunos pasos, haciendo gestos de protesta por lo que él había dicho.

—No son una o dos personas ¿Por qué no lo entiendes? ¿No te importa lo que hago, me estás subestimando?

Fernando se llevó las manos a la cara y se restregó los ojos, agotado.

—Amor, estás demasiado alterada.
—Oh, entonces esto es un problema mío —chilló ella—, supongo que lo estoy imaginando.
—¡No fue eso lo que dije! —estalló él. Al momento resopló e intentó calmarse—. No fue eso lo que dije; amor, sé que estás sometida a un estrés por el programa., lo entiendo, pero tienes que ver que estás muy alterada por algo que no es tan importante. Es un dato, es un par de personas y eso es todo, mira las estadísticas del programa ¿No las ves todo el tiempo?

Ella lo miró con expresión desconcertada.

—No estoy obsesionada con eso ¿Por qué lo estás mencionando?

Él estuvo a punto de decirle que tampoco había dicho que estuviera obsesionada, pero optó por saltar esa parte.

—Porque tú sabes que tus estadísticas van bien; cariño, tienes buenas votaciones, y lo sabes, pero nadie puede tener el favor de todo el mundo, siempre habrá alguien que no esté de acuerdo. Tienes que estar tranquila y seguir con lo que sabes hacer, y el tiempo demostrará lo que vales.

Ella se quedó un momento muy largo mirándolo en silencio, con una expresión que rayaba en una mueca infantil de rabia; después de eso habló en voz más baja, y aparentemente más calmada.

—Pues espero que sea así. Tengo que aplicarme la crema de tratamiento en el cabello ¿Hasta qué hora vas a seguir con eso?
—Voy a terminar tan pronto como pueda —explicó el con voz dulce—, ¿Todo está bien?
—Sí.

Ella fue al baño, y el hombre se sentó frente al escritorio, abatido; después de un instante tomó el móvil y entró al chat de la madre de Márgara.

«¿Podemos hablar?»

Se sorprendió de ver que ella contestaba de inmediato; su respuesta fue breve, pero muy contundente.

«Por supuesto que podemos. ¿Problemas en el paraíso?»

3


Charlene y Harry estaban muy concentrados en reparar los adornos de pedrería de un vestido verde esmeralda; en ese momento ella estaba ocupado toda la mesa, en donde tenía el vestido, y él estaba a un costado con un costurero, hilvanando hilo plástico transparente para coser las piedras.

—¿Es necesario terminar esto ahora? —rezongó él—, ya te salvaste hoy y el siguiente programa es hasta el martes.
—Sí, es necesario —replicó ella, Sin despegar la vista delo que estaba haciendo—, porque mañana yo tengo que ir a clases, tú tienes que conseguir más votos por si acaso, y el domingo ya no podremos porque tendré que estar haciendo el espectáculo en ese hogar de niñas.

Harry sonrió; desde que Charlene entró en el programa, él creó algunas cuentas en redes sociales y las cargó con toneladas de tonterías para hacerlas pasar por cuentas reales, y desde el minuto uno del programa las mantuvo activas, pero sin seguir o hacerle barra a ella. La idea era poder usar esas cuentas en el momento más adecuado.

—Salvamos por los pelos cuando Lisandra te encaró en el programa —comentó mientras enhebraba una aguja—, por suerte no dijiste nada concreto frente a las cámaras y eso me dio tiempo.
—Es que estoy preparada para todo —apuntó ella con tono profesional—; tengo que reconocer que me tomó por sorpresa.

Harry le alcanzó una red de cuatro piedras y siguió con otro juego.

—La próxima vez que se te ocurra un vestido, que no sea algo que se desarme solo; ah, y escucha bien esto, la próxima vez escoge bien la canción, porque incluso con tu teatro de princesa lastimada tus votaciones bajaron.

Charlene revoleó los ojos.

—Cómo me iba a imaginar que en todo el mundo una canción como esa era de un tema así? —Se encogió de hombros—. Y no te pongas como ella, tú eres mi aliado.
—No te estoy criticando moralmente, ni más faltaba —meneó la cabeza, divertido—, no nos probemos el zapato de taco entre modelos; solo digo que podrías haber usado el buscador de internet, viene incluido en el precio.
—Sí, bueno, como sea —repuso la rubia—, ahora lo importante es brillar en ese hogar para que esas chiquillas me ayuden a ser lo que quiero ser.
—La Barbie solidaria.

Ella ignoró el comentario; en el caso del vestido no podía culparlo de la falla del traje, porque fue ella quien no pudo notar que todo el conjunto de pedrería estaba conectado, por lo que el accidente que cortó una de ellas cuanto había basado del escenario terminó por desarmar casi todo lo demás. En apariencia nadie había notado esa falla y pretendía mantenerse de la misma forma.

—Estoy segura de que lo del hogar va a ser solo primer paso; ahora comienza la subida al estrellato.

Habían acordado una serie de claves para coordinarse; de momento, él seguía siendo invisible, de modo que era muy importante que ella pudiera contar con su ayuda, como en el momento de conflicto con Lisandra; acorralada y con pocas opciones, el gesto de tocase la oreja de una forma específica de decirle que tenía que darle sentido a sus palabras, aunque no estaba diciendo algo concreto. A Harry lo único que se le ocurrió fue usar la cuenta de una anciana y publicar un escueto "Gracias señorita Charlene" con el hashtag mal escrito; hasta ese momento, no tenía visualizaciones, y era lo mejor que podía pasar, ya que durante el sábado tendría que conseguir que esa información tuviera una conexión directa con la directora del hogar de niñas a quien Charlene iba a visitar.

—Gracias a mi brillante plan —El hombre ahogó una risa—, soy brillante ¿Quién diría que lograría que tú te convirtieras en hada madrina de ese hogar?
—Sólo espero que el esfuerzo valga la pena y esa anciana se trague el cuento —repuso ella—, porque no va a ser fácil estar compartiendo con esas chiquillas como si fuera una fiesta.
—Qué miedo, son pobres, te podrían recordar tu pasado.
—Cállate.
—Y a todo esto —Harry entornó los ojos—, hay algo que me parece muy raro, y es que no hayas llegado echando fuego por los ojos por tu pelea con Lisandra.

En realidad, se había sentido bastante molesta con eso, pero no tanto como para iniciar una pelea; además, por mucho que quisiera, no podía iniciar un pleito como si estuviera en una novela venezolana.

—Mira, para empezar, eso tonta de Lisandra es una escandalosa; se estaba tomando las cosas como si fuera la cura para el cáncer o algo parecido; esa actitud la puso mal con todas, quiero ver cuando lleguemos a clases mañana y trate de hacerse la inocente mientras todas la miren mal. Y estoy segura de que ella se va la otra semana ¡La tercera es la vencida!
—Ah, entonces lo que quieres es ver cómo la humillan las demás.
—Claro, así yo no me quemo —comentó ella con alegría—. Incluso había pensado hacer algo mucho mejor y seguir el camino de la paz ¿Entiendes? No quiero hacerme su amiga, pero tal vez podría ponerme en plan heroína y meterme en medio con algo como “Esperen, no le hablen así, ella solo cometió un error”

Harry la miró con desconfianza.

—¿Estás pensando hacerlo o ya lo decidiste?

Charlene levantó la vista de lo que estaba haciendo y lo miró sin hablar durante un momento; después entornó los ojos y soltó una carcajada.

—No, realmente ya está decidido; esa mosca muerta se llevará mi saludo justo antes de irse, será como su forma de pagar lo que me hizo —y agregó con tono dramático—. Su humillación será mi mayor triunfo.

4



Lisandra llegó tarde a su casa y sin ganas de hacer cosa alguna; todo había terminado mal en esa jornada, y a pesar de no haber sido eliminada, se sentía casi peor que si eso hubiera sucedido. De camino vio algunos comentarios en redes sociales, y por increíble que le pareciera, a la gente le llamaba más la atención su actitud que el bochornoso espectáculo de Charlene; no quería saber más por el momento, solo quería dormir y poder prepararse para el sábado, que de seguro sería una jornada terrible, con todas las demás tratándola como si ella fuera la incitadora al odio, y de seguro con esa rubia aparentando que era una inocente víctima.
Pero al entrar se encontró con sus pobres mirándola con algo de severidad.

—Lisandra, cariño, queremos hablar contigo.

¿Iban a regañarla? Se sintió demasiado pasada de época para algo así.

—Mamá, estoy muy cansada, podemos hablar en otro momento.

Dio un paso en dirección a la escalera que conducía a su cuarto, tirando de la maleta, pero la voz de su padre la detuvo.

—Lisandra, por favor.

Se detuvo y miró a ambos; no, no necesitaba a sus padres sentados en la sala de su casa, pasada la medianoche, actuando como si ella fuese una niña malcriada.

—Papá, estoy cansada.
—Yo estoy preocupado —repuso él, con voz neutra—; hija, lo que pasó con esa niña no estuvo bien.
—Papá, ella hizo algo espantoso.
—Eso no justifica que hayas actuado de esa forma, fuiste injusta con ella.

Escuchar eso fue la gota que derramó el vaso; por un momento, Lisandra casi pensó en dejar todo por la paz, pero lo desechó al instante; no necesitaba escuchar otra vez que alguien la criticaba.

—¿Injusta? Papá, tú ni siquiera la conoces.
—No hablo de ella —intervino él—, estoy preocupado por ti.
—En ese caso deberías apoyarme —exclamó ella, perpleja—, no criticarme.
—Hija —su madre habló con tono calmo, aunque estaba un tanto nerviosa—, tu padre está hablando de tu comportamiento; no es correcto que agredas a una persona y que le grites, eso es mala educación.

Lisandra soltó el bolso que llevaba al hombro y se cruzó de brazos, con un mal gesto en la cara.

—Mala educación es que ella haya hecho ese espectáculo ¿Sabes qué fue lo que hizo con la canción que estaba interpretando?
—Sí, lo sabemos, la buscamos en internet cuando vimos lo que pasó.

La calma respuesta la descolocó; sin embargo, tras un segundo había vuelto a su punto.

—¿Y se supone que eso no me importe, que deje pasar su falta de respeto por un tema como ese?
—Se supone que actúes mejor que ella, si piensas que hizo algo mal.
—¿Si pienso que hizo algo mal? —parafraseó, estupefacta—. Mamá, esto no es un asunto de puntos de vista ¿Saben algo? No estoy de humor para esto, ya tuve suficiente con lo que pasó en el programa. Me voy a dormir.

Volteó hacia la escalera, pero su padre se puso de pie; vio en él un enojo que no había visto antes, y se sintió profundamente dolida de ver que esa expresión iba dirigida a ella. Después de todo lo que había pasado, sintió que era injusto y desmedido.

—Lisandra, no hemos terminado de hablar.
—Yo sí terminé —sintió su voz algo débil, pero no quiso darse por vencida—, de verdad, esperaba que me apoyaran, que estuvieran de mi lado, no que hicieran como si yo fuera una adolescente.

Les dio la espalda y tomó el bolso y la manija de la maleta, pero otra vez la voz de su padre la detuvo.

—Lisandra; no vas a ir a tu cuarto hasta que terminemos esta conversación.

La chica se dio vuelta hacia él y lo miró, estupefacta. Nunca lo había visto así.

—¿Me estás amenazando?
—No —respondió su padre, su voz era grave y se escuchaba tensa al pronunciar las palabras—, lo que quiero es que nos entendamos, que comprendas que lo que hiciste no está bien.
—No me voy a disculpar —sentenció, en voz baja—, en serio, no sigas con eso.
—Entonces no dormirás en esta casa.

La madre de Lisandra dio un respingo y se puso de pie, tratando le intervenir en una escena que se había ido de las manos.

—¿Qué? Cariño, espera, están exagerando; esto se puede solucionar conversando.
—No, mamá —la interrumpió la joven, decidida—, está bien, es cierto. Supongo que nada ha cambiado, son tus reglas; pero no me voy a disculpar.
—Pero qué piensas hacer —exclamó su progenitora, alarmada.
—Me quedaré donde una amiga.

Ignoró la expresión de dolor de su madre y la de decepción de su padre, y salió con toda la decisión que pudo; una vez fuera, marcó el número de Sam y esperó, aunque sin saber con exactitud qué esperaba.

—Hola — saludó él.

La voz animada del bailarín la hizo sentir mejor; se dio cuenta que, a pesar de lo que creía, no sentía ganas de llorar después de esa discusión con sus padres. En vez de eso, sólo quería a alguien que la apoyara sin restricciones.

—¿Estás ocupado ahora?

Minutos después se reunieron en un bar donde sonaba una agradable melodía; él iba vestido de cuero negro, con los ojos reflejando las luces del lugar como si fuera el sol en la mañana. Mirándolo mientras él se acercaba a la barra, ella se dijo que él se veía como un motoquero, frío como el hielo, pero que en las ocasiones que habían hablado, casi a escondidas, era distinto y tierno. Había sido diferente cuando la instó a sobreponerse a un percance, pero ella veía en él ahora al chico de fuego y calma que necesitaba ver.

—No me quisiste decir por teléfono que fue lo que pasó —dijo a modo de saludo—, pensé que estabas enojada.

Ella se encogió de hombros.

—Para nada, no estoy enojada contigo; es sólo que, bueno, sé que sonará tonto, pero no quiero llegar a mi casa hoy, mis papás no me están apoyando en esto, se volvieron en mi contra por lo que pasó con Charlene.

Había un halo de fuego en torno a él; parecía que estaba ahí en cuerpo y alma, y sentir que estaba así por ella hizo que su mente se alzara más y más.

—No me suena tonto —replicó él—. ¿Quieres contarme cómo te sientes?

Eso era lo que necesitaba; alguien que se preocupara por ella, que intentara ponerse en su lugar y no tratara de contradecirla. Le contó lo que sintió en el área de trabajo cuando Charlene hizo la presentación, y aunque varios hechos de seguro podrían haber sido vistos por él, Sam en ningún momento actuó como si estuviera cansado o aburrido de escucharla.
Cuando terminó, notó que él se había acercado más y la miraba muy fijo, mientras mantenía tomadas sus manos entre las suyas.
Estaba sonando una canción lenta de rock; la mirada de él era una invitación a bailar suave a ese ritmo, a disfrutar en cámara lenta mientras disfrutaban al máximo ese momento. Si tuviera que capturar un instante eterno, sería ese, y lo estiraría por la eternidad.


Próximo capítulo: Un año sin lluvia







Contracorazón Capítulo 19: Decisión sin vuelta atrás




El miércoles llegó para Rafael como si hubiera estado separado del lunes por muchos días; se sentía cansado física y mentalmente, como si todo lo sucedido desde que descubrió el sentido total de sus sueños estuviera tomando parte de su energía; había disminuido el contacto social, no por no parecerle interesante, sino porque sentía que debía saber con claridad qué hacer antes de retomar el curso normal de su vida.
Con el matrimonio de su hermana a la vuelta de la esquina se sintió acorralado, pero al llegar a su departamento después de una agotadora jornada descubrió que en realidad la decisión ya la había tomado de forma involuntaria: tenía que intentar descubrir qué era lo que amenazaba a Martín, y encontrar una forma de ayudarlo.
El matrimonio de su hermana y Mariano era a las dos de la tarde, así que solicitó un permiso a Recursos humanos y salió a las doce del día, para ir a arreglarse al departamento; el traje era de corte clásico, de color gris pizarra, con una camisa azul cielo y corbata a juego, que iba sujeta con la pinza plateada que su madre le había pedido que usara.
En un principio no tenía pensado hacer algo especial con su aspecto, ya que el cabello lo tenía corto y le crecía lento, pero decidió dejarse una barba recortada en candado para refrescar un poco su apariencia. En el servicio civil estaban los novios y los testigos, entre los que él se encontraba, así como los padres de ambos; probablemente fue el momento en que pudo sentirse más a gusto, casi como de costumbre, rodeado de personas a quienes quería y que se preocupaban de él de la misma manera. Mariano estaba tan nervioso que apenas podía contener las lágrimas de emoción, pero se veía tan feliz que irradiaba, junto con Magdalena, una energía que era imposible de ignorar.
Tras volver al trabajo y terminar su jornada sin mayores contratiempos, regresó rápido al departamento para cambiarse otra vez y regresar a la tenida con que había asistido a la ceremonia civil; estaba aplicándose un poco de perfume cuando su móvil anunció una llamada de Martín. Había hecho el esfuerzo por mostrarse amable y cercano como siempre, pero en los pasados dos días había rehuido, de cierta forma, el intentar comunicarse con él; sin embargo, ya no podía seguir de ese modo, era fundamental controlarse y repetir una y otra vez que las cosas seguían el ritmo acostumbrado; Martín era su amigo y ambos estarían en una reunión social, para acompañar a los recién casados en su momento de alegría.

—Rafael, qué gusto —Lo saludó alegremente—, parece que no hablamos hace un siglo.
-Hola Martín —replicó el moreno—; estoy listo ¿Y tú?
-Preparado como figura de torta de novios, quizás hasta salgo casado ¿Nos encontramos abajo?

Rafael se repitió que todo estaba en orden, aunque no pudo evitar una punzada de nerviosismo mientras bajaba las escaleras hacia el primer piso.

—Y, ¿cómo me veo?

Martín había elegido un traje bastante clásico de un color beige listado, pero dando un toque sofisticado con una camisa blanca perlada y una corbata color terracota.

—Te ves muy bien, de verdad.
—Como me dijiste que era una reunión formal pero en tono de celebración, pensé que podía ir un poco más colorido ¿No es mucho?
—No, estás perfecto —Confirmó Rafael—, además tanto Mariano como mi hermana eligieron colores vibrantes para la ocasión.
—¿Cómo estuvo la ceremonia civil?
—Bien, fue algo breve —Explicó—; esas ceremonias son cortas y además los dos quieren hacer algo especial ahora. ¿Trajiste el auto?

El automóvil en el que habían ido hasta el lugar donde hirieron a Mariano algunos días atrás los esperaba en la calle; Martín desactivó la alarma y le hizo un gesto para que subiera.

—Fue una petición a medias, en realidad estaba hablando con mi jefe y le dije que tenía este evento y empecé a bromear con que iría en el transporte público con estas fachas, y una cosa llevó a la otra.

No era de extrañar; con el carácter afable que tenia, resultaba muy posible que lo hubiera logrado casi sin proponérselo. Rafael ocupó el asiento del copiloto y se ajustó el cinturón de seguridad mientras el trigueño ponía en marcha el vehículo.

—Estoy sorprendido: te iba a decir que fuéramos en un taxi.
—Con esto nos ahorramos esa carrera, el combustible es más barato, en cualquier caso; además, dejamos ese dinero para nuestra salida pendiente.

¿Qué evento podía estar en su futuro como una amenaza en las sombras? Rafael pensó por un momento en el asalto que sufrieron Magdalena y su ahora esposo, y sintió un estremecimiento ante una posibilidad sorpresiva e inesperada como esa.

—¿Salida pendiente? —preguntó algo ido.
—Claro, lo que sucedió —Explicó Martín—, tenemos que hacerlo, ya sabes, dos chicos jóvenes y solteros sueltos en la ciudad.

Lo había olvidado ¿Qué se suponía que debía hacer? No podía estar todo el día pendiente de él sin llamar la atención, y ante la posibilidad que había desterrado de decirle todo sobre ese asunto, no le quedaba otra alternativa que pretender que todo iba como de costumbre y hacer lo que estuviera en sus manos.

—Tienes razón, casi lo paso por alto. Pero ¿Para cuándo?
—Veamos después de fin de mes —comentó Martín con tono ligero—. Así puedo saber si va a ser una salida de celebración porque me quedo o de despedida porque me voy del trabajo.

Soltó una risa transparente, aunque a Rafael no se le hizo muy gracioso el comentario.

—No te veo preocupado.
—Estoy bien evaluado, eso es todo lo que puedo hacer además de ser responsable —respondió el trigueño, encogiéndose de hombros—, más que eso no hay, y tampoco me sirve angustiarme por ese asunto, al menos de momento puedo pasar este mes sin problema.
—¿Y en el trabajo no te han dicho algo al respecto? —preguntó Rafael.
—Nada de momento, solo queda esperar.

Llegaron al centro de eventos en donde estaban citados poco después de las siete y media; Mariano estaba en la puerta del lugar y los saludó alegremente; en ese momento llevaba vaqueros y una camisa, distinto del traje oscuro con que estaba en la ceremonia civil.

—Rafael, qué bueno que llegaron.
—Ya estamos aquí —replicó el moreno—, déjenme presentarlos.

Después de las presentaciones, Mariano estrechó con fuerza y calidez la mano de Martín.

—Con todo lo que pasó y el matrimonio encima no tuve tiempo de darte las gracias por tu ayuda cuando nos asaltaron; de verdad, muchas gracias.

Martín le sonrió amablemente, aunque un poco incómodo.

—No hay nada que agradecer, de verdad; solo ayudé en lo que pude y no fue mucho.
—Yo digo que sí —apuntó Mariano—, estoy agradecido por eso, y también muy contento de que seas amigo de mi cuñado.

El hombre se veía relajado y contento; hizo un gesto hacia el interior a ambos.

—Pasen y tomen una copa; yo me voy a retocar el maquillaje y vuelvo para la ceremonia ¡No me tardo!

Se alejó riendo por un pasillo lateral; el lugar era una casa antigua que había sido modificada para que la mayor parte de la primera planta y el jardín, techado, fueran utilizables para realizar eventos, mientras que la cocina y segunda planta eran salones para desarrollar labores acordes al evento como montaje de platillos y similares.
El ambiente estaba siendo animado por una agradable música ambiental; amigos de Magdalena, los padres de ambos novios, amigos y familiares de Mariano conformaban el grupo de alrededor de treinta personas que estaban compartiendo en esos momentos. Abigaíl y Benjamín se acercaron a Rafael.

—Al fin llegaste —comentó ella—, te estábamos esperando.

—Se saludaron y el moreno hizo las presentaciones correspondientes.

—Un gusto —dijo ella—, Rafael nos ha hablado de ti, dice que eres un amigo muy importante para él.
—Él también me habló de ustedes —replicó el trigueño—, los quiere mucho.
—Julio dejó grabado un saludo para cuando llegaran ustedes —comentó Benjamín con una sonrisa algo torcida—, dijo que estaba seguro de que llegarían juntos.

Rafael sintió una punzada de nerviosismo al pensar en que su amigo podría hacer algún comentario inadecuado, pero mantuvo la calma el recordar que les había dicho que su nexo con Martín era una amistad y no otra cosa; en la pantalla del móvil de apareció Julio, cuyo sonriente rostro estaba cubierto en parte por grandes anteojos oscuros, al parecer por estar al aire libre.

—Hola Rafael, estoy seguro de que te ves guapo como te aconsejé; ah, y tú debes ser Martín, ya tuviste el gusto de conocerme, luego tendré que devolverte la mano.

Rafael sonrió; a pesar de parecer una toma casual, la experiencia de su amigo hacía que se notara que cada detalle había sido considerado, desde el ángulo hasta el volumen del sonido ambiente.

—Ahora no lloren por mí, estoy filmando en exteriores y solo Dios sabe hasta qué hora; disfruten, bailen, beban y no conduzcan. Nos vemos.

Se despedía con una radiante sonrisa antes de que el video se fuera a negro.

—Bueno, ese fue el cinematográfico saludo de nuestro amigo —comentó Abigaíl con una sonrisa—, grabó otro para Magdalena, se lo mostraremos más tarde.

El grupo siguió conversando, y Rafael fue a saludar al resto de los asistentes; poco después regresó Mariano, ya vestido con el traje que había comprado para la ocasión, el que tenía algunas modificaciones que hacían que le quedara muy elegante y ajustado a su talla.

—Te ves genial —Le dijo Rafael, acercándose—, escogiste muy bien el traje, te lo dije.
—Gracias —apuntó Mariano—, ahora que lo estoy usando me siento más seguro y no es muy llamativo.

La madre de Rafael tomó lugar a un lado de una mesa alta preparada para la ocasión comenzó a hablar.

—Gracias a todos por estar aquí y acompañarnos en este momento.

Hizo una pausa, algo emocionada por lo que estaba sucediendo; el padre de la novia y los padres del novio se acercaron a ella, quedando los cuatro de frente a todos.

—Nosotros ya estuvimos en la ceremonia civil —declaró, repuesta—, pero los chicos querían hacer algo especial ahora, unos votos personales, así que los vamos a acompañar. Magdalena, por favor.

La hermana menor de Rafael se había ausentado un poco antes para prepararse; el hombre miró a su lado a su cuñado y vio que estaba muy tenso, con los ojos inundados en lágrimas.

—No voy a llorar.

Su declaración en voz muy baja nada tenía que ver con lo que estaba pasándole; en ese momento, Magdalena apareció en escena, luciendo el vestido diseñado por ella algún tiempo atrás. Llevaba el cabello recogido en un medio moño que dejaba caer el resto en cascada del lado izquierdo del cuerpo; un único pendiente de cristal tornasol daba la nota de brillo a su atuendo, que destacaba el maquillaje en tonos rosa.

—Oh dios mío —susurró Mariano—, se ve tan hermosa.
—Tranquilo —Le dijo Rafael apoyando una mano en su hombro—, conserva la calma.

Magdalena lucía emocionada y contenta, y miró a todos con alegría al quedar quieta junto a sus padres; Mariano avanzó con paso nervioso y se quedó de pie, mirándola muy fijo.

—Ustedes se conocen hace años —pronunció la madre de ella, con voz firme y clara —. Se quieren y prometieron acompañarse el Uno al otro; hoy dieron un paso que es importante para su relación y ahora quieren hacer algo más, una promesa para su vida, un compromiso de cara a las personas que los quieren.
Magdalena ¿Qué Te gustaría decirle a Mariano?

La chica sonrió y respiró profundo; ya sabía muy bien lo que iba a decir.

—Nunca pensé que me iba a comprometer siendo tan joven —Reflexionó, inspirando después—, supongo que de alguna forma pensaba que un compromiso era algo que hacer a una cierta edad. Pero contigo entendí que no es algo de edad: comprometerse y querer vivir con una persona es un asunto de amor y de entenderse, y no tengo ninguna duda de que quiero estar contigo.

Martín se acercó a Rafael con dos copas en las manos y le alcanzó una de ellas.

—Es como un juramento de casados, pero sin sacerdote ¿No?
—Si, ellos querían hacerlo así —replicó Rafael—, y me parece lindo, es más honesto.
—Tu cuñado está muy emocionado.
—Sí, es algo muy importante para él.

El aludido respiraba con algo de dificultad, tratando de mantener la compostura en ese momento; inspiró y soltó una vez más, e intentó hablar con claridad.

—Yo —Hizo una pausa, superado por la emoción—, lo siento, dije que no iba a llorar. Yo sólo quiero decir que soy demasiado afortunado de haberte conocido y de poder estar con una mujer fuerte y con tantas cualidades como tú. Y que voy a hacer todo lo que pueda para que seas feliz.

Se tomaron de las manos y se dieron un tierno beso en los labios, tras lo cual él la abrazó con fervor, entre los aplausos de todos.
Rafael se tomó un momento para mirar a todos en el lugar, y también a ese esperado y emotivo momento de compromiso. Ahí estaba la mayoría de las personas que le importaban, y lo que estaba pasando era mucho más que una ceremonia; era la oportunidad de estar juntos, de apoyarse y compartir una forma de ver la vida, de amar y descubrir los sueños y proyectos para el futuro. Y eso era lo que quería preservar a toda costa.

2


Después de la ceremonia y algunas palabras de los recién casados, la reunión siguió en un ambiente relajado y ameno para todos; gracias a su cordialidad y buen trato, Martín se había mezclado sin problemas con los invitados, y al poco parecía uno más en el grupo.

—Y entonces le dice “No, pero podría ser más tarde”

Las risas salieron de forma espontánea ante el relato, mientras el trigueño imitaba los gestos; Rafael había escuchado ese chiste suyo, pero le seguía pareciendo divertido, además que le gustaba que él estuviera tan integrado con todos.

—¿Ya me olvidaron? —preguntó livianamente mientras se acercaba al grupo en donde estaba el trigueño y sus amigos del trabajo.
—Totalmente —replicó Abigaíl alzando una copa hacia él—. Te reemplazamos por tu amigo más joven y escultural que tú.
—Eso es maldad.
—¿Y en qué trabajas Martín?

El aludido hizo un encogimiento de hombros, como quitando algo de importancia al tema.

—Por ahora, en lo que sea; ventas, atención de público, pero no los voy a aburrir con eso.
—No es aburrimiento —comentó Benjamín—, pero me suena a que estás buscando.
—Un poco, sí. No me quiero quedar quieto, me gusta el dinamismo.
—Buero, si es así —Le replicó el otro hombre—, si necesitas un dato, están contratando personal en la librería Andes ¿la conoces?

Rafael había pasado por ahí en varias ocasiones; cerca de su trabajo, junto a una iglesia, estaba una sucursal muy antigua de esa librería, y no se le había ocurrido acercarse a mirar al tablero de anuncios que tenían en la pared junto a la puerta de entrada. Ese tipo de letrero era una costumbre muy antigua y esa librería lo había conservado probablemente para mantener la estética clásica que caracterizaba a la construcción en donde se ubicaba.

—Sí, en el centro comercial en donde trabajé había una, no se me ocurrió pasar a preguntar.
—La casa central es la que está al lado de la plaza de armas —explicó—, ahí reclutan gente.

Entonces la que él había recordado era la indicada para eso; le pareció curioso que esa información lo llevara tan cerca de donde él trabajaba, tan solo algunas cuadras hacia el norte caminando por el paseo peatonal.

—Muchas gracias —Estaba diciendo Martín—, iré a ver pronto.
—¿Alguien quiere más Martini?

De pronto, Rafael se sintió distinto, y dejó de escuchar la conversación; había algo familiar, una sensación que le era muy conocida pero que no conseguía entender del todo. Estaba sucediendo, era algo real.

Habían empezado a organizar su tiempo de acuerdo con los horarios de trabajo; él tenía turnos que podían cambiar de la mañana a la noche, y días de descanso que también podían rotar, lo que era algo complejo para poder verse, pero que decidieron tomar como una buena opción de refrescar el panorama y sentirse libres ante nuevas opciones.
Eran amigos a vista de los demás, pero su relación era la de una pareja formal cuando estaban solos.

—¿Rafael?

Dio un respingo en el asiento cuando notó que le estaban hablando; había perdido por completo el hilo de la conversación y la noción del tiempo.

—¿Qué, cómo?
—No recordaba que fueras tan sensible al alcohol —opinó Abigaíl con una media sonrisa.

No, no era el alcohol, pero prefería que pensaran eso a tener que decir la verdad de lo que estaba pasando; paseó la mirada por el grupo, y se preguntó qué tanto de ese desconcertante recuerdo se había reflejado en su cara. Optó por ponerse de pie, haciendo un gesto para quitar importancia a lo que sucedía, como si de verdad el suave brebaje hubiera hecho efecto en él.

—Creo que la anterior me la bebí muy rápido —Bromeó separándose del grupo—. Voy a mojarme la cara o tendrán que sacarme de aquí en una carretilla; ahora vengo.

Esperando que sus palabras hubiesen sido suficiente para distraer la atención, Rafael se alejó hacia uno de los baños habilitados en el lugar. Agradeció encontrarlo vacío, y se quedó un momento frente al gran espejo, apoyado en uno de los tres lavamanos mientras se miraba con un dejo de ansiedad.
No soy yo, no soy yo, se repitió mirando fijo en sus ojos; otro fragmento de sueño, un trozo de recuerdo que no era suyo, vagando frente a su mirada, casi como si pudiera tocarlo, como si de verdad hubiera en ello una clave que no conseguía descifrar.

—Muy fuerte el Martini ¿No?

Miró por el reflejo y vio a Martín apoyado en la pared, mirándolo de brazos cruzados; fantástico, no había conseguido engañarlo.

—Sólo fue algo leve, por la que me tomé antes.

Se estaba agarrando a un clavo ardiendo, y falló por completo; Martín le dedicó una mirada un poco preocupada.

—Si hay algo que te esté pasando, sólo dilo, aquí estoy.

La posibilitad de decirle que tenía unos extraños sueños en donde un hombre muy parecido a él moría resultaba absurda y por completo fuera de lugar; incluso si pudiera hilvanar todos esos trozos de historia en algo remotamente coherente, le resultaba imposible explicar con propiedad lo que sentía o la forma en que estaba seguro del origen real de aquellos recuerdos. No se trataba de creer, sino de saber, pero era más sencillo saberlo en su interior que transmitir ese mensaje.

—Gracias —replicó hablando con calma, controlando las emociones—, pero estoy bien, en serio.

Su mentira era tan débil que casi podía verse a través de ella; Martín lo miró un momento en silencio, sin cambiar la expresión en su rostro. Rafael quiso hacer algo normal como mojarse la cara, pero en cambio se quedó quieto, fingiendo normalidad mientras por dentro temía temblar y revelar su nerviosismo si se movía.

—Bien, como tú digas —replicó el trigueño al fin, volteando hacia la puerta—, en ese caso no tengo de qué preocuparme.

Estaba a punto de salir; Rafael se dijo que ya lo había logrado, que no tenia más que esperar  un momento más; pero Martín se detuvo justo antes de salir, y le habló con un tono casual, aunque sin mirarlo.

—Aunque tú y yo sabemos que no te hizo efecto el Martini, porque no te tomaste otra copa antes de esa.

No era una recriminación en regla, pero era evidente que Martín lo había dicho por una razón; había descubierto esa mentira desde un principio, y en vez de usar esa información de forma negativa, estaba dando la chance de estar ahí y escuchar si era necesario. Todo eso hacía que la mentira de Rafael, por superficial que fuera, sonara mucho peor, ya que daba la impresión de no estar teniéndole confianza.

—Voy a estar por ahí con los demás.

No esperó respuesta y salió, dejando la puerta cerrándose lentamente por el silencioso mecanismo que la sostenía.
Rafael se sentía mal por lo que acababa de pasar, pero se dijo que no tenía otra alternativa; decirle todo aquello que estaba pasando por su mente, incluso si no estuvieran en ese entorno, sería el comienzo de una bola de nieve imposible de detener. No conseguía imaginar la reacción exacta de Martín ante una situación como esa, pero si tomaba como referencia su propia experiencia al respecto, lo menos que podía suceder era que no creyera una sola palabra, o que creyese que estaba delirando.

Afuera, Martín deambuló por el amplio espacio en donde se desarrollaba la animada reunión; no estaba molesto por la repentina actitud tan reservada de Rafael, y de alguna forma no le sorprendía. Rafael era más introvertido que él, pero desde un principio sintió que él se encontraba en confianza cuando conversaban, de modo que fue natural pensar que, al verlo incómodo o en una situación donde las cosas no iban bien, se ofrecería para escucharlo.

—Martín.

La voz de Magdalena lo sacó de sus pensamientos; la flamante esposa se acercó a él radiante y sonriente.

—¿Cómo te sientes en nuestra reunión?
—Muy bien —respondió cordialmente—, todo está perfecto.
—¿Y mi hermano? —Preguntó ella mirando en todas direcciones—. No me digas que te dejó abandonado.
—Para nada —Hizo un gesto para apaciguar el comentario—, solo fue a mojarse la cara; se tomó una copa de un solo trago y se mareó un poco.
—Mi hermano tomando una copa de un solo trago —comentó ella, perpleja—, eso sí que es una sorpresa, Rafael bebe pero siempre de forma muy controlada.

Eso Martín ya lo sabía, pero decidió mantener la versión entregada por su amigo en primer lugar.

—Sí, creo que se dejó llevar por el sabor en realidad; pero no era algo grave.
—Me habría gustado ver eso, realmente —comentó ella con tono alegre— ¡Rafael! —agregó llamando a su hermano—. Ven acá ahora.

Rafael se demoró en acercarse a ambos, estudiando las expresiones de los dos; su hermana lucia contenta, mientras que Martín parecía igual que de costumbre.

—Martín me dice que pretendes emborracharte ¿En mi matrimonio? —Puso los brazos en jarras? — ¿Te das cuenta de cómo me siento con esa idea?

Martín se había ubicado un paso atrás, fuera de la vista de ella, y le hizo un gesto de complicidad, diciendo sin palabras que lo estaba apoyando en esa charada.

—No me estoy emborrachando, estaba exagerando —contestó tratando de sonar lo más natural posible—, sólo fue un trago un poco largo pero es temprano para ver doble.

Por suerte, ella estaba en la dinámica de bromas con él, de modo que podría esquivar cualquier probable sospecha.

—Espero que sea así, te lo advierto.
—Te prometo que no haré ningún espectáculo —Le sonrió e hizo la señal de promesa con la derecha—. No me verás bailando arriba de las mesas ni nada parecido.
—Más te vale.

Ella se alejó hacia unos amigos que la estaban saludando, y por un momento los dos hombres se miraron fijo, sin decir palabra; antes que uno de los dos hablara, el padre de Rafael se acercó a ellos con el móvil en las manos.

—Hasta que los veo juntos. Este muchacho —indicó a Martín—, es muy simpático y amable, te lo digo.
—Gracias —comentó el aludido, sonriendo ante el cumplido—, pero me está halagando mucho.

El hombre mayor le dedicó una mirada que Rafael reconoció como sus clásicos análisis humanos; conocía a las personas con facilidad y casi nunca se equivocaba.

—Ustedes dos se llevan muy bien, son buenos amigos.

No supo si fue a propósito o no, Martín no habló en primer lugar, dejando esa responsabilidad en Rafael; dudó una milésima de segundo, pero optó por decir lo que sentía y confiar en Martín.

—Es cierto —Se aventuró a decir—, Martín es un amigo genial y sé que puedo contar con él.
—Eso es bueno —reflexionó su padre—, tener personas en quien confiar; y ya que están juntos aquí, quiero una foto de los dos, espero que no me digan que no.

Se pararon uno al lado del otro, y para tranquilidad de Rafael, Martín lo abrazó pasando una mano por encima de su hombro; pareció cono si gracias a la foto todo se hubiera arreglado.

Por la noche, Rafael y Martín se despidieron de todos y salieron charlando animadamente; la reunión después de la ceremonia había sido amena para todos, en especial para los novios, quienes en todo momento se preocuparon de conversar y compartir con sus amigos y familiares. Por momentos parecía que todo estaba igual que antes entre ellos, pero se sintió en la necesidad de decir algo, aunque no fuera la verdad que había decidido callar.

—Martín, escucha, sobre lo que pasó en la tarde…
—No hay nada pendiente, tranquilo —dijo mientras sacaba las llaves del bolsillo.

Estaban cada uno a un lado del auto; Rafael vio en Martín la misma mirada honesta que se había ganado su confianza desde casi el primer momento.

—No quiero que parezca que no confío en ti.
—Entonces no mientas —Martín se encogió de hombros—. No hay que hacerse el fuerte, eso no es necesario; si quieres hablar de algo, dilo, y si no, dímelo también y eso es todo.

Tal vez podría haber aplicado ese sencillo razonamiento, de no ser porque su mente se encontraba aprisionada por todo tipo de complejos pensamientos; al menos podía decir que las cosas habían salido bien en la ceremonia, y que a pesar del malentendido, su amistad no había sido perjudicada.

—Tienes razón —Admitió mientras subían al auto—, sólo quiero decir que confío en ti, de verdad.

Poco después llegaron al edificio y se separaron; Rafael acababa de entrar en su departamento cuando recibió un mensaje de su padre.

«Para que tengas una copia por si no se sacaron una foto juntos.»

El breve mensaje estaba acompañado por la foto, que en el momento no había tenido la oportunidad de mirar con atención; ambos sonreían de forma muy relajada, distraídos y unidos de forma amistosa. Le gustó ver que esa cercanía entre ambos se transmitía incluso en la imagen, y que la preocupación que él sentía no había traspasado más allá de los muros de su mente. Estaba escribiendo un agradecimiento para su padre cuando este envió una segunda foto.

«Tu madre dice que con este filtro se ve muy bien, es estilo antiguo.»

Se trataba de la misma imagen, pero con un filtro en blanco y negro y un marco de efecto desgastado en los bordes; el hombre se quedó inmóvil a tan solo unos pasos de la puerta, contemplando el teléfono en su mano como si fuera algo ajeno a este mundo.

—No puede ser.

En ningún momento desde que tuvo ese revelador sueño se le pasó por la mente hacer algo tan sencillo, pero que podía cambiar tanto a la vez; la foto, en blanco y negro, era una especie de retrato irreal, una captura imposible en el presente, pero real en el pasado.

Los rasgos se desdibujaban un poco, y ciertas formas óseas tomaban un aspecto distinto; tan ligero como para no llamar demasiado la atención, pero tanto como para establecer una conexión más y más fuerte. Viendo esa foto de aquel modo, la imagen del hombre al que llamó Miguel y su pareja era parecida de un modo alarmante a Martín y él.
Como si fueran antepasados, personas de otro tiempo.
Se había repetido tantas veces que no era él, que ese recuerdo no era suyo, pero por momentos dudaba y se decía que quizás tenía otro significado, que ese parecido era algo de su imaginación; pero con esa foto modificada fue imposible equivocar el camino. Ellos dos habían existido algún tiempo atrás, existieron, fueron amados el uno por el otro, y de alguna forma, contraviniendo las leyes de la lógica, seguían en el presente, estaban ahí a través de ese sentimiento y esas fracciones de memoria, ajenas a él por completo, pero vívidas y palpables
Ya no había duda en su mente, todo lo que estaba sucediendo era una advertencia; antes había pasado algo que destruyó las vidas de dos personas, y por algún motivo que no podía comprender, de alguna forma las cosas estaban a punto de repetirse.
Martín estaba caminando sin saberlo por el borde del precipicio, y la única forma de descubrir cuándo iba a caer era tener en sus manos la mayor cantidad de información posible.
Tenía que sumergirse en esos sueños y buscar una clave para poder evitar que algo malo sucediera.


Próximo capítulo: Una clave incierta