Por ti, eternamente Capítulo 28: Cuento para dormir




El disparo que Víctor recibió en la pierna derecha no le hizo un gran daño, fue lo que se llamaría una herida superficial, pero en el estado en que se encontraba en ese momento, en descampado, débil y exhausto, el efecto fue inmediato. El joven dio un grito de espanto, encogiéndose en si mismo para cubrir a Ariel.

Después de eso, todo se volvió confuso y extremo. De alguna manera logró entender que estaba bajo amenaza, y a pesar del miedo, supo que no podía seguir allí; se puso de pie, y cojeando comenzó a correr lo más rápido que le rendía el cuerpo, directo al pequeño pueblo que se veía a algunos metros de distancia. Entre sus propios jadeos de dolor, Víctor siguió caminando, tratando de correr, pero sin poder avanzar más rápido; faltaba tanto, el pueblo parecía estar tan  tan lejos, y no podía ver a nadie que lo ayudara. En ese momento notó que el bebé había comenzado a llorar por sus gritos, y de forma automática comenzó a tratar de calmarse, y de calmar los llantos del pequeño como lo había hecho antes; pero el miedo estaba apoderándose de él, y el dolor de la pierna confabulaba cruelmente junto con la extraña sensación de vacío en la cabeza, haciendo que todo se viera más grande y abrumador.

—Tranquilo bebé, todo va a estar bien, todo va a estar bien...

Pero su propia voz sonaba quebrada, no podía detener sus quejidos, todo parecía nublarse cada vez más, como si la ceguera del ojo izquierdo estuviera nublando también el otro ojo ¿Cuánto tiempo había pasado desde que dejara a los periodistas?

—Tengo que irme, tengo que irme...

Estaba delirando. Pero aún en su desesperación, en ningún momento soltó al bebé, que aunque había dejado de llorar, gemía lastimeramente, asustado por el movimiento y los gritos del hombre.

— ¡Oye!

Una voz lo alarmó. A cierta distancia había un hombre, un lugareño, caminando hacia él con el rostro compungido, tal vez angustiado, señalando algo con las manos. Pero no importaba lo que estuviera pasando, su aparición resultó más aterradora, una nueva amenaza, alguien más tratando de llevarse a Ariel o de hacerle daño.
Al límite de sus fuerzas, Víctor torció hacia un costado, había una construcción o alguna casa, tal vez allí podría esconderse, necesitaba poner distancia, no podía permitir de ninguna manera que le quitaran a Ariel.


2


Armendáriz conducía a toda velocidad junto al automóvil de los periodistas que le habían entregado la cámara, que estaba guardada en la guantera en una discreta caja de seguridad adaptada para proteger cualquier tipo de prueba que llegara a sus manos; en cierto punto le indicaron con las luces el punto en donde se habían separado de Víctor y el niño. Ambos vehículos se detuvieron tan solo un instante, los motores en marcha.

—Quédense aquí, es muy peligroso que sigan avanzando. Si mi gente llega a aparecer es probable que se los lleven, vayan con ellos, estarán mucho más seguros.
—Por favor, protégelo.

La misión de volver a encontrar a Víctor Segovia nunca antes había sido tan desesperada. El policía asintió mientras arrancaba de nuevo.

—Haré todo lo que pueda.

Volvió a presionar el acelerador, a toda velocidad, y arrancó por la tierra, directo a la siguiente zona poblada, esperando que lo que temía, no estuviera a punto de suceder.



3


Fernando de la Torre volvió a marcar un número en su teléfono sin obtener respuesta, mientras su esposa lo miraba ansiosamente a su lado.

— ¡Maldito sea ese Claudio!
—Cálmate mi amor.

El hombre, en un nuevo arranque de furia lanzó el teléfono contra el suelo.

—Le dije a ese imbécil que tenía que terminar con ese asunto hace tiempo, pero solo consiguió complicar las cosas. Ahora ese maldito tipo volvió a aparecer, y tiene el valor de amenazarme ¡A mi!

La mujer se mantuvo a la misma distancia, entendiendo que a lo que se refería Fernando iba mucho más allá de la aparición en la televisión de ese sujeto y el niño, iba hasta un punto en que la estabilidad de esa familia estaba en juego.

— ¿Dónde está tu asistente?
—Dijo que se encargaría, que ahora tenía un contacto que lo llevaría a Segovia, para evitar que sucediera alguna catástrofe.

Durante unos momentos sucedió un silencio tenso entre los dos. De la Torre sabía muy bien que si todos sus temores eran ciertos, escapar de su casa no sería suficiente.

—Fernando ¿Dónde está?
—Estoy seguro de que fue a matar a Segovia para eliminar cualquier prueba en mi contra que ese tipo pudiera tener. Pero ahora que salió en la televisión, ahora que está ahí toda esa gente que cree que es una especie de ángel, cualquier cosa que salga mal...maldita sea, si Claudio mata a ese tipo...todo el mundo estará mirando lo que pueda pasar alrededor.


4


Cojeando mientras avanzaba, Víctor estaba cada vez más cerca de una construcción en la que esperaba protegerse, pero otras voces aparecieron en sus oídos, nuevas amenazas ¿gente que trabajaba para la Familia De la Torre? ¿Más policías?
De pronto otro golpe, no en el cuerpo, pero muy cerca, otro disparo, a muy poca distancia, la tierra azotada, el silbido sordo en sus oídos.

— ¡Aahh!

Dio otro grito de horror. Era un disparo, era otro disparo, parecido al que había sucedido tanto tiempo atrás cuando el policía lo apuntaba, pero distinto a la vez, mucho menos estruendoso, más suave, quizás por lo mismo más amenazador.
No podía recordar con claridad los últimos acontecimientos, solo sabía que tenía adormecida la pierna, el dolor se expandía de manera miserable junto con el miedo por ese nuevo disparo que había pasado tan cerca de su cuerpo, y las imágenes se volvían a la vez borrosas y dolorosamente nítidas ante su lado derecho; el sol iluminaba sin piedad, solo sabía que tenía que seguir adelante, que tal vez conseguiría un poco de tranquilidad si se escondía de la luz, si lograba callar esas voces que empezaban a perseguirlo.

— ¡Oye espera, adonde vas!

Todo a su alrededor se estaba volviendo terrorífico, como pasajes que hubiera olvidado de su tiempo inconsciente. Veía tan cerca de sí, a tan poca distancia esos árboles, las siluetas largas y quebradas que se mecían en frío silencio, las mismas de aquella vez en el barranco, cuando despertara entre dolor y sufrimiento, pero ahora no había languidez, ahora no se sentía desfallecer de agotamiento, sino que sentía cada fibra de su ser rogando porque se detuviera, cada parte de sus sistema exigiendo descanso, en el punto en donde llegara al límite de sus energías. La gente seguía ahí, esas voces continuaban acercándose ¿Acaso ese iba a ser su destino, no poder encontrar nunca la tranquilidad?

—Oye niño, deja de correr, ven acá.

Las voces resultaban inútiles. Víctor no quería detenerse, sabía que seguía en peligro, que en cualquier momento alguien, alguna persona trataría de arrebatarle a Ariel, que nuevamente dirían algo horrible, o de la nada se presentaría una nueva amenaza, pero en lo más profundo de su ser, necesitaba seguir, necesitaba continuar sintiendo los latidos de ese pequeño corazón junto al suyo, la otra parte de su alma que sin saber había empezado a compartir por fuerza del destino, pero que ahora entregaba por voluntad. No se lo llevarían, no perdería esa batalla, no tan simplemente, no sin dar antes el último aliento, no sin luchar más allá de lo que su cuerpo pudiera resistir, porque ya no importaba nada más, solo necesitaba mantenerse, solo necesitaba luchar un poco más, hasta que el motivo de su vida estuviera a salvo. Los minutos podían durar horas, el dolor y la angustia podían muy bien envolverlo como un manto pesado y asfixiante, pero el hombre continuó avanzando, logrando traspasar la puerta, cerrando tras sí. Adentro un golpe de oscuridad, un poco de silencio y quietud para decirle una vez más que estaba más allá de sus límites.

—Ariel...Ariel...

Sostuvo frente a si al bebé, que lo miraba inquieto, jadeando temeroso por la agitación vivida durante los últimos minutos. Seguía a salvo, en ese momento no podía saber ni entender nada, pero a la vez, sabía muy bien que ese pequeño ser entendía lo que estaba pasando, igual como antes se había mantenido a su lado para darle fuerzas.

—Todo va a estar bien...

Estaba temblando casi de forma compulsiva; con las manos sudorosas y la vista aún nublada en esa media oscuridad, volvió a sobresaltarse al escuchar voces en el exterior, alguien del otro lado de la puerta gritaba o hablaba a voces, alguien que quería entrar.

—No voy a dejar que te lleven...

En la oscuridad que se filtraba de rayos de sol por distintas hendiduras, el hombre dejó al pequeño recostado sobre una especie de baúl plano, y buscó casi a tientas algo que pudiera servirle como arma, algo con lo que pudiera defenderse.

Estaba perdido ¿Acaso ese iba a ser el final? ¿Por qué se había metido en un sitio cerrado, como iba a poder poner distancia, como saldría de ese sitio si seguramente la puerta estaría cercada por esas personas?

— ¡Váyanse! —gritó con toda la fuerza que le quedaba— ¡Déjenme en paz!

El mismo grito dañaba sus entrañas, era como si en ese momento todos los golpes y heridas antiguas salieran a flote, y exigieran su espacio en su cuerpo, presionando aún más, aumentando la tortura. No, no podía terminar así, no podía quedarse de brazos cruzados, aún había algo más que hacer, mientras pudiera sostenerse en pie, aún no estaría derrotado.

— ¡Segovia!

El grito imponente se escuchó de nuevo, y de alguna manera logró reconocerlo. Era la misma voz que había oído antes, la misma amenaza, solo que en ese momento precedida por esas otras voces que lo acosaban, que lo llamaban con insistencia.

— ¡No se acerquen!

Su voz casi no salía por la boca, todo parecía un balbuceo gimoteante, mezcla de dolor y miedo, ahora la fiebre estaba entrando en todas partes de su cuerpo.

En ese momento la puerta se abrió, y junto con la luz, se dejó ver una sombra, poco a poco dibujada en el umbral, un hombre grande y fuerte, muy quieto, ese hombre otra vez, mirándolo.

—Segovia. Víctor.

Ignacio Armendáriz luchaba por calmar su respiración agitada en esos momentos, por aplicar los conocimientos que tenía y volver a su centro. Había visto el revuelo en el pequeño pueblo, pero antes de poder acercarse, tuvo que actuar sin pensarlo dos veces y disparar, antes que el hombre al servicio de Fernando de la Torre lograra asesinar a Víctor. El tipo tenía una puntería profesional, y el efecto del disparo logró, apenas por unos milímetros, desviar su curso mortal y evitar un impacto, aunque la forma en que cojeaba el joven demostraba que había recibido un impacto en una pierna. Y al fin, ahí estaba, el hombre al que había buscado por motivos tan diferentes, temblando de pies a cabeza a tan solo un par de metros de él, sosteniendo débilmente una vara en las manos, ofreciéndose como escudo vital ante el niño, demostrando con eso, quizás más que con las pruebas que tenía en el automóvil, que en realidad siempre se le había acusado de manera injusta. Pero también tenía la mirada perdida, el pobre apenas podía mantenerse de pie para enfrentarlo, pero si de él dependía, esa sería la última vez.

—Víctor.

Avanzó decididamente, solo un paso, y el otro lo atacó, golpeándolo con la vara en el pecho. El oficial no se movió, solo recibió el golpe, frunciendo el ceño para evitar un quejido; era lo menos que se merecía.

—Víctor. Escúchame por favor. No quiero hacerte daño, ni a ti, ni al bebé.

Por primera vez desde que tomara ese caso, el policía sentía que todas las piezas encajaban a la perfección, o al menos casi todas.

—Víctor...perdóname.

La sincera confesión del oficial consiguió alertar a Víctor, que retrocedió otra vez junto al bebé, aunque todavía mantenía la vara en alto. En ese momento, para el oficial, saber que había sido manipulado, como muchos otros, para inculpar a un inocente carecía de importancia, lo realmente importante no era su carrera ni su placa, en la vida nunca le había importado eso, lo que necesitaba era que las verdad siempre estuviera por delante, y que los inocentes, así fueran niños indefensos o adultos, estuvieran a resguardo.

—Sé que no tengo excusa. Sé que fui el primero en condenarte y perseguirte, y por lo mismo es que quiero...no, necesito ser el primero que te pida perdón.

Víctor escuchaba, y de un modo lejano entendía, pero nada de eso tenía sentido ¿Qué clase de artimaña era esa?

—Las denuncias en tu contra, todo era...—se detuvo, no estaba diciendo lo que sentía, debía ser, en ese momento más que en ningún otro, ser honesto—, todo apuntaba en tu contra, y ese es un error del que no tengo disculpa; sé que estás asustado, y que has sufrido mucho en el último tiempo, pero estoy aquí, pidiéndote humildemente que me perdones. Baja esa vara Víctor, nadie más va a hacerte daño.

El joven volteó, mirando a Ariel y de nuevo al policía, manteniendo la débil actitud defensiva. Seguía sin comprender.

—Mírame Víctor —dijo el policía en voz baja, rogando desde el interior porque sus sentimientos se tradujeran en palabras que ese muchacho herido y asustado pudiera entender. Dejó caer el arma al suelo—, no hay más armas, el hombre que te disparó en la pierna ya no volverá a hacerlo. Se terminó Víctor.

Sus palabras sonaban tan sinceras, parecía tan cierto, pero le habían mentido, lo habían traicionado antes...

—Entiendo, o creo entender por lo que estás pasando —prosiguió el oficial avanzando un paso más—, y puedo ver que estás sufriendo, pero se terminó. Tengo la información que me entregaron tus amigos, un juez revisará éstas pruebas, y el proceso en tu contra quedará anulado; desde ahora nadie va a perseguirte, y ni yo, ni Fernando de la Torre ni nadie en el mundo va a poder quitarte a tu hijo, eres su padre, ahora lo sé con toda claridad.

Mientras hablaba se desplazó un paso al costado, para dejar que pudiera ver el exterior.

—Sé que tienes miedo, y probablemente en éste momento te resulte confuso o increíble lo que te estoy diciendo, pero es la verdad, ya no tienes que huir ni esconderte. Tienes derecho a no confiar en mí, pero si no crees en lo que te digo, créeme cuando te digo que tienes a un ejército para protegerte.

Entre las personas que miraban con angustia y atención la escena, estaban Romina y Álvaro, pero fue una niña quien se desprendió del resto y se acercó unos pasos, sonriéndole y haciendo señas.

—Oye...todo está bien...ven, mi mamá te va a sanar...ven...

La mirada sincera y la sonrisa de la niña lograron al fin traspasar el mensaje, y la vara cayó de las manos de Víctor. Por fin la energía que estaba contenida en su cuerpo emergió, y después de tantas veces que se había obligado a ser fuerte y continuar avanzando, Víctor se quebró en llanto, un llanto desgarrador que conmovió a todos. Ignacio Armendáriz, desprovisto de armas, emocionado hasta las lágrimas por la demostración de valor del muchacho, lo contuvo en sus brazos, entregándole un abrazo para servirle de apoyo y de consuelo. El joven lloraba constantemente, por todo lo que no pudiera llorar antes, por la tan esquiva sensación de libertad que al fin, y en el momento más crítico, llegaba a su ser con fuerza devastadora, llevándose las últimas fuerzas a las que había requerido. Por primera vez en mucho tiempo no importó ser débil, y por primera vez, desde su interior supo que podía confiar en alguien, que el abrazo de ese policía, de ese hombre, no era una amenaza, sino un bastón en el que reposar su cuerpo cansado y dolorido. El policía cargó al pequeño en un brazo, llevándose casi en andas con el otro al muchacho, extenuado hasta el límite.

Dicen que la gente lloró.

Dicen que llegó prensa de todas partes, y que la noticia de la aparición y la reveladora verdad recorrió todo el país, con cada vez más gente aplaudiendo que la verdad se impusiera por sobre las mentiras.

Fernando de la Torre fue juzgado por diversos delitos, al igual que su asistente luego de salir de urgencias, y varios de sus aliados, en medio de juicios que siguieron captando la atención de mucha gente, que veía en el castigo de esas personas un modo de retribuir la injusticia que estuviese a un paso de cometerse.

—El oficial Armendáriz escoltó personalmente a Víctor y al pequeño Ariel Segovia hacia un centro de urgencias, y junto con Romina y Álvaro se mantuvieron a su lado en las siguientes horas en que fue necesario realizar los primeros tratamientos y curas. Poco después los cargos presentados en contra de Víctor, los periodistas y Tomás por encubrimiento fueron retirados, y el caso se cerró con una de las audiencias más grandes de la década. El pequeño Ariel Segovia estaba a seguro junto a su padre.
Aunque era necesario realizar una serie de tratamientos más profundos para enfrentar las heridas que había sufrido, el propio Víctor pidió permanecer la primera noche junto a su hijo, en paz, y aunque no tenía un lugar donde quedarse, le fue cedida una habitación de hotel custodiada por policías para que pudiera reposar en paz. Los días siguientes la prensa se mantuvo muy atenta de todo lo que sucediera, y el favor de la población se mostraba en innumerables formas de apoyo, en las redes sociales, a través de llamados telefónicos a los noticieros, celebrando que la verdad de un padre y su hijo fuera dada a conocer; Víctor fue recuperando la salud con el paso de las semanas, y aunque no pudo recuperar la vista del ojo izquierdo que resultara herido, se contentó de sobra con tener vista para contemplar la inquisitiva mirada de su pequeño hijo.
Con el pasar de las semanas el ardor noticioso fue decreciendo, y las cosas volvieron a quedarse en un sitio más tranquilo; sobraban muestras de apoyo, ofrecimientos de trabajo y hospedaje, pero con la salud en franca recuperación y la tranquilidad de saberse a salvo con su hijo a su lado, el hombre escogió con calma. Fue a vivir a una casa en un sector muy tranquilo, de vuelta en la ciudad, y encontró un trabajo que le permitía hacerse cargo del niño sin ningún tipo de complicaciones. Arturo, Gladys, Tomás, Ignacio, Romina, Álvaro y hasta Eva lo visitaron para felicitarlo, y con el paso del tiempo estableció fuertes lazos de amistad con ellos, pudiendo decir con confianza que se habían convertido en una familia inesperada pero muy apropiada para sentirse a gusto y acogido.

Víctor apagó la luz de la habitación. Era tarde, Ariel estaba quedándose dormido, pero el relato que estaba contándole tenía toda su atención. A su edad aún no podía comprender en toda su magnitud que la historia que se le estaba contando, era la suya propia, pero de cualquier manera miraba a su padre, desde la cama y bajo las cobijas, con la misma imperturbable atención que desde el primer día había demostrado por él.

—Magdalena no estuvo ausente de toda esa parte de la historia. Su ángel había protegido al pequeño cada día, manteniendo a raya el peligro, evitando que algo grave le pasara, y cuando por fin las cosas volvieron a su cauce, su presencia se mantuvo viva entre Víctor y su hijo. Ambos vivían solos en apariencia, pero con la permanente compañía de la madre de Ariel, que con su amor los mantendría unidos por siempre.
¿Y sabes qué? pasaron algunas cosas más después, pero lo importante es que aprendas desde ya cual es la enseñanza que todo esto deja. Lo importante aquí, hijo, no es el valor de enfrentar las adversidades ni cuántas veces la vida puede ponernos contra la pared. Siempre puede haber algo más allá de lo que crees ver, y a veces, cuando no sabes muy bien qué creer debes escuchar a tu corazón y ser honesto con lo que sientes y luchar por eso. La verdadera enseñanza de ésta historia es que para llegar a ser quien realmente eres hay muchos caminos, y como ves, aquí la forma fue que un tipo común y corriente se convirtiera en hombre, al ser padre. Buenas noches hijo, que duermas bien.



Fin



Agradecimientos del autor.


Quiero agradecer a todas y todos quienes han seguido esta novela a lo largo de todas sus emisiones. Ha sido un camino largo, difícil y en ocasiones complejo, pero a través de sus comentarios y lecturas, han hecho que valga la pena; espero haber podido hacerlos entrar en este mundo, y vivir junto a mí la historia de amor fraternal que evolucionó y dio muestras de tener un buen final.
Quiero invitaros además para conocer mis otras novelas, disponibles en este mismo blog a través del clásico formato de publicación semanal, y los nuevos formatos bisemanal y doble semanal. También pueden llevar estas letras a todas partes gracias a la aplicación Wattpad, en el siguiente link wattpad

Una vez más, gracias a todos y todas.



No traiciones a las hienas Capítulo 8: Con la ventaja en las manos



Cuando abrió los ojos, Steve ya se encontraba al interior del furgón blanco que lo había sacado de forma abrupta de la calle, a muy poca distancia de la casa de sus padres.

— ¿Cómo resultó todo?

Se incorporó del suelo. Le dolía el pecho, pero el chaleco antibalas que tan bien estaba disimulado bajo el suéter lo había protegido de forma efectiva; Marcus lo miraba con una expresión muy poco común en él: estaba serio.

—A la perfección, tal como lo ideaste.
—Excelente.
—Así que por eso no querías saber cuando sería, para que pareciera natural.

Steve se mantuvo sentado sobre el suelo del furgón, mientras este avanzaba a velocidad moderada, rumbo a las afueras de Gotham.

—Estupendo, entonces todo salió de acuerdo al plan. ¿Viste si alguien estaba mirando de cerca?
—Sí, bastante gente, esto debería correr como la pólvora, o al menos saberse pronto.

El vehículo estaba siendo conducido por un sujeto contratado por Steve, un don nadie de la periferia de la ciudad, lo suficientemente drogadicto para estar en un punto medio en donde su versión de cualquier hecho sería desestimada, pero aún podía conducir. El segundo, que estaba sentado a un costado y que ayudó a Marcus, de las mismas características.

—Escucha Steve…

Habían estado hablando esa tarde, en cuanto él tomó la decisión; Marcus no sólo no recordaba haber hecho esa llamada, su mente estaba borrada desde antes que se separaran la noche anterior a esa fallida comunicación.

—No es necesario que digas nada amigo.
—No puedo evitar sentirme responsable por eso.
—Es absurdo que pienses eso —replicó Steve con firmeza—. En primer lugar, esta es mi batalla, no la tuya, y en segundo, ninguno de los dos sabía con claridad qué era lo que podíamos encontrarnos, pero estoy seguro de que se trataba de algo dirigido a mí, no a ti. Alguien quiere eliminarme porque soy una molestia, porque estoy muy cerca de descubrir algo más grande que sólo el robo del dinero de mi padre.
—Por lo mismo es que…
—No, ni lo menciones; tu lugar no está aquí, no tiene sentido que te arriesgues, y además, con esto hiciste todo lo que necesitaba. Ahora que piensan que he muerto o me encuentro herido, puedo investigar por mi cuenta, y se supone que tú regresaste a tu vida habitual en Metrópolis hace poco, tu billete de avión dice eso.

El otro asintió.

—Sigo sin estar seguro de esto.

Steve estaba muy seguro de que tenía que deshacerse de Marcus; después de los últimos acontecimientos, era de vital importancia quitar de en medio a alguien que pudiese convertirse en un obstáculo en su camino, y Marcus lo sería si descubría todas las mentiras en las que estaba envuelto. Podía ser un vividor, pero tenía un sentido muy elevado de la honestidad y la familia; además, para que su “desaparición” resultara efectiva, era imprescindible que el amigo con quien probablemente lo hubiesen visto ya no estuviera en la ciudad, tal como lo indicaba su vuelo algunas horas antes. Más tarde cualquiera podría comprobar que estaba de llegada en la ciudad del hombre de la capa roja.

—Es la mejor solución, y ya te lo dije, no sabes cuánto me has ayudado.

Se dieron un abrazo; momentos después ya estaban en la periferia de la ciudad, y Steve descendió del vehículo con total sigilo y un bolso al hombro, en donde escondía el traje y las armas que recolectó con anterioridad.
Librarse de Marcus era un alivio, y le permitiría actuar con libertad. En otras circunstancias, podría iniciar con él un negocio propio, seguro que juntos elevarían el negocio nocturno en Metrópolis hasta niveles nunca antes vistos, pero en esos momentos, Steve no podía dejar que el traidor se quedara con el dinero que le pertenecía por derecho, esa era una posibilidad del todo fuera de sus planes. Cuando comenzó a caer la noche, se puso el traje entregado por Carnagge, dispuesto a utilizarlo en su máxima potencia. Esta vez, estaba decidido a dejar de ser una presa, tras la cual una hiena camina amenazante, esperando el momento de la caída; había una sola posibilidad en su mente, y esta era ganar, dar un golpe definitivo, y si no era de forma directa, provocaría el suficiente daño colateral como para que se removieran los nervios de los indicados.
El traidor era alguien cercano a Kronenberg, era la única explicación para que se tomara tantas molestias en ocultar sus rastros, y deshacerse de personas que pudiesen estar cerca de la verdad; en esto había logrado engañar incluso a otros delincuentes como el propio Carnagge, lo que aumentaba su importancia; podía ser un traidor y estar quedándose con sumas de dinero del negocio de otros, pero al mismo tiempo se estaba jugando algo muy grande, su sitio de seguridad en el bando de un criminal que trabajaba para máscara negra. ¿Por qué la urgencia, por qué el interés tan grande? Porque ahora que la batalla entre Red Hood, el murciélago y Máscara negra estaba en su apogeo, dejando noticias en la prensa como las explosiones de las que él había sido testigo, era cuando más podía tomar para su beneficio, eso lo supo cuando tomó las armas luego del enfrentamiento. El momento de actuar era precisamente ese, cuando quien fuese que lo estuviese siguiendo por orden del traidor, estaría pasando un informe errado, creyendo que era real.
Por la noche avanzó a paso sigiloso entre los edificios, traspasando portales y corriendo por sobre las casas; antes de medianoche ya se encontraba en el sitio al que había ido a buscar su destino, uno de los barrios rojos controlados por Kronenberg.

—Hola muchacho.

Descendió sobre un guardia en la parte trasera de una discoteque. Sin mediar más de treinta segundos, consiguió someterlo  tenerlo a su merced.

—Ahora, no grites ni hagas algo estúpido, creo que podrías necesitar este brazo —dijo en voz susurrante, aplicando más presión—. Encárgate de decirle a Kronenberg que hay un traidor en sus filas, que alguien muy cercano a él muerde la ano que le da de comer.
—Maldito hijo de…
—No sigas con eso —lo cortó aplicando más presión en el brazo que estaba torciendo—. No eres importante, sólo eres un perro faldero, haz algo bien y dale mi mensaje.

El otro hombre emitió un gruñido, pero de forma inesperada, un disparo silbó en el aire y pasó rozando el hombro de Steve.

—Diablos.

En el breve lapso de ataque, dos guardias habían salido del lugar y se aprestaban a disparar de nuevo; Steve dio un salto hacia atrás y sacó de uno de los bolsillos laterales una pistola.

— ¿No es una linda noche para disparar un poco?

El primer disparo vino del otro lado; con gran habilidad, Steve saltó hacia la escalera de incendios por la que había descendido a la trastienda, y subió por ella a toda velocidad. A media distancia hizo un certero disparo, que derribó a uno de ellos. Sin más tiempo para tomar posición, saltó de la escalera entre los sonidos de los disparos, y volvió a atacar, aunque falló; sin embargo, su enemigo tuvo que retroceder ante la sorpresa de la forma de actuar de su enemigo, lo que le dejó un instante de ventaja y le dio tiempo de terminar la pelea. Cuando el silencio se hizo, los tres delincuentes estaban en el suelo, heridos, uno atontado, los otros dos inconscientes; tomando un guante auxiliar, se inclinó por sobre uno de ellos y con la sangre de la herida que manaba por su costado, escribió en la pared: “Hay un traidor cerca de ti Kronenberg”
Dejó pasar más de una hora, a fin de que los guardias del mafioso en otros sitios ya hubieran recibido la noticia, y decidió ir a en otro sitio, con dos guardias y menos problemas; dio cuenta de ellos con relativa facilidad, y volvió a escribir en la pared tras de sus cuerpos heridos el mensaje que esperaba, llegara a oídos, o mejor aún, a ojos, del mismo Kronenberg a la brevedad. Después de un segundo descanso, estaba punto de ir en busca de un tercer sitio, casi a las cuatro de la mañana, cuando se percató que tenía una alerta repetida en el teléfono móvil.

— ¿Qué?

Se trataba de un mensaje de correo directo. El texto, como los anteriores, era muy sencillo y breve, pero en esta ocasión el sentido era por completo opuesto.
“Ganaste. Ya no es necesario que continúes.”
Adjunto al mensaje escrito, figuraba un número de cuenta en un banco; incomodado por la extrañeza del mensaje, Steve se refugió en un callejón abandonado y revisó la referencia del número de cuenta: se trataba de un banco de New York, y el número correspondía a una cuenta a su nombre, en donde figuraba como saldo el total del avalúo de la empresa de su padre según las estimaciones de la cámara de comercio de la ciudad: casi ochenta mil dólares.

2

New York. Ocho horas después.

La mañana había sido ajetreada para Steve; después de acudir a la entidad bancaria a retirar el total del dinero que había sido puesto a su nombre, dedicó algo de tiempo a dividirlo entre varias cuentas seguras en Suiza, dejando una importante suma resguardada de otro modo. Sin tiempo que perder, adquirió un departamento en una zona residencial alejada de donde tenía su antiguo hogar, y ordenó que instalaran en él las pertenencias que poseía y que quedaron guardadas poco después de ser expulsado de su trabajo. Instalado y con un poco más de tranquilidad, se dio el tiempo de servir en un vaso alto un poco de licor y analizar los hechos que estaban sucediéndose tan rápido: era obvio que el primer ataque perpretado por él la noche anterior había surtido el efecto deseado, e incluso más del esperado. Entonces su visión de los hechos era la correcta, el traidor estaba al servicio de Kronenberg, y al ver el mensaje escrito de forma tan explícita, decidió dar por terminado el asunto. Bien decían que quien traicionaba a su jefe en Gotham, no la contaba dos veces.
Lo que lo llevaba de manera directa a otro hecho: ¿cuánto dinero estaría en juego en realidad? Si el traidor se había tomado la molestia de devolver esa suma nada despreciable, quería decir que en su poder, o quizás al alcance de sus manos, había algo mucho mayor, muchos más ceros de los que se atrevía a poner en riesgo. Cualquier otro habría aprovechado esa oportunidad para presionar y conseguir más y más pero ¿acaso él iba a demostrar esa clase de temeridad inocente? Si el traidor había asesinado a El amuleto, atacado a su padre y logrado drogar a Marcus, el hecho de no intentar matarlo a él no se debía a falta de intención, sino más bien a que él se había adelantado a los hechos, convirtiéndose en un fantasma que no podría ver notas escritas sobre los cuerpos de animales y reaccionar de acuerdo a ello. Había creído que bastaba con dar una impresión de normalidad mientras se cubría el rostro por las noches, pero así como él subestimó a su enemigo, el contrincante hizo lo mismo, y de los dos, el traidor era el que más tenía que perder.

—Hola.
—Soy yo —dijo a través del teléfono la enérgica voz de Marcus—, no entendí ese mensaje ¿cómo es eso que las cosas se están resolviendo?

Era importante sellar esa amistad con algo más de sinceridad, aunque aún debería callar varias cosas; poner a Marcus al tanto de la parte que le interesaba era primordial para sus objetivos futuros.

—Hasta este momento te puedo decir que la situación está mejorando: por lo que se ve, el responsable del ataque a mi padre es, tal como dijiste, un mediocre, y también un cobarde.
— ¿A qué te refieres?
—Envió a alguien a dejar una nota en la casa de mis padres —replicó mientras caminaba con tranquilidad por su nuevo departamento—, diciendo que quiere hacer un trato para que lo deje en paz; está asustado de no poder localizarme.

La voz de otro lado de la línea aún no parecía convencida.
—Amigo, ¿estás seguro de eso? Podría ser una trampa.
—No lo será, puse una amenaza muy clara en su territorio, estoy seguro de que prefiere vérselas conmigo que enfrentar a su líder. Confía en mí, te aseguro que pronto todo estará resuelto.
—Está bien, voy a confiar en ti, sólo mantenme informado de lo que pase ¿de acuerdo?
— ¿Informado? —dijo Steve con una risa—No me hables como un viejo. Escucha, lo primero que quiero hacer cuando todo esto se resuelva es volar a Metrópolis, y espero que de verdad conozcas los lugares donde van las mejores mujeres.

El otro soltó una risa también.

—Está bien, ya sabes dónde estoy, así que sólo date prisa.

Cortó y se terminó el trago. ¿Qué estaría pasando con Miranda? Si bien era cierto que ahora no le preocupaba lo que pudieran pensar de él en esa ciudad a la que no pensaba regresar, aún seguía pensando en ella, en la forma tan extraña en la que se había comportado desde que se volvieron a ver. Pero no, era demasiado riesgo regresar a cara descubierta cuando existía la posibilidad de que el traidor estuviera al acecho, esperando la más mínima posibilidad de vengarse en contra de quien lo había puesto contra las cuerdas. Tenía dinero suficiente para hacer las cosas que quisiera, inclusive comenzar un negocio ¿qué tal si se aliaba con Marcus? Tal vez no se trataba del estilo de vida que le gustaba para ocuparse de manera permanente, pero no por eso iba a dejar la oportunidad: esos ochenta mil dólares debía aprovecharse, invertirse de modo de rendir numerosos frutos, y si en el camino tenía que hacer un alto para luego, por ejemplo, instaurar su propia agencia de diseño, bien podía esperar.

3

Steve se quitó la bata y entró desnudo en el jacuzzi; la chica de largo cabello castaño oscuro estaba ya sentada en el otro extremo, sus pechos asomaban al nivel del agua, meciéndose al compás de las burbujas que subían de forma acompasada.

—Estás hermosa.
—Y tú no estás nada de mal —replicó ella dando una mirada apreciativa—. Parece que vamos a entretenernos bastante por aquí.
—No espero menos de esta situación.

Se acercó a la chica y la abrazó, mientras se besaban apasionadamente; las manos de ella recorrieron su espalda y lo sujetaron con firmeza por las nalgas “entonces a esta chica le gusta jugar fuerte” se dijo mientras acariciaba los pechos con suavidad, dedicando cada gesto con el máximo de atención. Poco a poco pasó los besos de los carnosos labios al cuello, y desde ahí fue bajando, dejándose llevar por la pasión y el sentimiento de libertad que ahora lo embargaba; perder todo o que tenía había sido un golpe, pero recuperarlo, y más aún tener más que antes, era un golpe de adrenalina, y estaba procurando que en esa reunión pudiese descargar todas las energías que tenía resguardadas. La chica lo tomó del cuello mientras hablaba con un susurro ahogado, intenso como el sentimiento que a él lo embargaba.

—Deja esas sutilezas para más tarde.

Lo empujó hacia abajo, obligándolo a sumergirse del todo. Buceó y se concentró en la ingle de ella, produciendo espasmos de placer que confirmaron que ella estaba por completo dispuesta a entregar el máximo de placer; mientras se deleitaba con el juego bajo el agua, sentía las manos de la mujer acariciando su espalda, y decidió emerger y tomarla con fuerza controlada, haciendo que se montara a horcajadas sobre él.
En ese momento sonó su teléfono móvil.

—Contesta.
—No es importante —replicó besando su cuello.
—Pero es molesto —dijo ella apartándolo un poco— ¿quieres que me concentre o no? No voy a estar con ese tipo de música de fondo.
—Está bien, está bien.

Salió del jacuzzi y se envolvió en la bata; al alcanzar el móvil, notó que era una llamada de un número que no conocía, que había alcanzado a cortar tres veces en los escasos segundos. Contestó sin mucho ánimo.

— ¿Hola?
— ¿Steve?

Era Marcus.

—Escucha Marcus, no es buen momento en realidad.
—No tengo tiempo de explicarlo —dijo el otro sin un ápice de alegría en la voz—. Sucedió algo y no sé qué hacer.
— ¿Por qué me llamas de este número?
—Escucha, La señora Miscoe acaba de llamarme desde Gotham, dice que todo es un caos allá.
—Marcus…
—La noticia de tu desaparición ya corrió por los alrededores de la casa de tus padres; no sé cómo me contactó, tal vez como tiene alma de periodista terminó por enterarse que yo estaba en la ciudad, no lo sé. Pero me acaba de decir que tu padre falleció.

Se quedó un momento sin contestar ¿por qué tenía que ser justo en un momento como ese? Debió haber borrado su número tan pronto como regresó a New york, pero ahora que habían dado con él, tendría que mantener la farsa hasta el final.

—Steve ¿estás ahí?
—Sí. ¿Sabes qué sucedió?
—Lo único que sé es que fue un infarto —replicó el otro—. Le dije a la señora Miscoe que no sabía nada de ti, e hice toda la farsa de sorprenderme por lo del rumor de tu ataque; no puedes seguir desaparecido.

Suspiró. Un problema menor si lo consideraba en términos generales, ya tenía tomada la decisión de no regresar, ahora tendría que volver a terminar con el papeleo. Pero quizás resultara mejor así, de paso podría averiguar qué pasaba con Miranda sin llamar mucho la atención, y al mismo tiempo dejar todo sellado para siempre.

—Tienes razón amigo. Escucha, no digas nada si esa mujer vuelve a llamar, iré para allá.
—Escucha, yo…lo siento.
—Lo sé, gracias.



Próximo capítulo: En el principio, está el final

La última herida Capítulo 7: Algunos días soleados. Primera parte - Capítulo 8: Algunos días soleados. Segunda parte




— ¿Que hiciste qué?

La reacción de Patricia fue casi exactamente como lo que Matilde había supuesto mientras se desplazaba hacia su departamento; la expresión asombrada de ambos padres no ayudaba mucho, y eso que aún no hablaban con Soria.

—Sé que puede sonar a una locura pero...
—Es que no suena a una locura, es una locura —sentenció su hermana fulminándola con la mirada—, cuarenta y cinco mil dólares, es demencial.

Como sucedía en ocasiones, su padre intervino para dar un poco de calma a la escena, aunque se le notaba en la voz que se le había secado la garganta.

— ¿Matilde, hay alguna forma de que te aseguren lo que estás diciendo?
—Papá, sabes que no haría nada que perjudicara a Patricia, mamá, tú también lo sabes.

Recurrir a su madre podía ser un acto desesperado después de lo que pasó en el centro de urgencias el día del accidente, pero al mirarla directamente estaba apelando a su corazón de madre, eso tenía que servir de algo.

—Todos tenemos buenas intenciones hija, pero quiero decir, nunca habíamos escuchado de algo como eso, suena demasiado increíble para ser verdad.
—Escuchen —intervino para ganar tiempo—, lo que estipula el documento es que solo van a cobrar el dinero en caso de que el tratamiento resulte efectivo, eso quiere decir que garantizan que va a funcionar —y directo a su hermana—, tendrías que haber visto, Patricia, los resultados son increíbles.

Patricia se había puesto de pie y caminó hacia la ventana. Llegar y decirles que tenía una importante noticia que darles probablemente los había predispuesto, pero después de leer y firmar el contrato se había sentido presionada por hablar en primer lugar, como si Carlos Soria o alguien de Cuerpos imposibles pudiera adelantarse y hablar antes que ella y eso estropeara todo; en vista de lo que estaba pasando no veía mucha diferencia.

—No se trata de eso Matilde, no puedes disponer de las propiedades de nuestros padres sin consultarlo con ellos.
—No he dispuesto de nada ¿Puedes simplemente pensar en lo que te estoy diciendo? Existe una posibilidad de que te recuperes, de volver a ser la de siempre, de no perder tu vida como la tienes.

Su madre se interpuso entre ambas, y aunque no dijo nada, ambas la miraron expectantes, igual como cuando eran niñas y estaban discutiendo.

—No discutan ahora. Matilde, ¿dijiste que llamaste a Carlos y él te dijo que podía hipotecarse la casa Verdad?
—Sí.

No les dijo de sus aprensiones, aunque ambos lo conocían lo suficiente como para saber más o menos lo que estaría pensando en ese momento y de seguro querrían hablar con él o tener algún tipo de asistencia legal antes de dar el siguiente paso. Pero ninguno de los dos se había mostrado tan alterado como la principal involucrada.

—Creo que podemos hacerlo si hay una buena posibilidad —dijo en voz baja dirigiéndose a su esposo— ¿Qué crees tú?

Su padre estaba muy quieto, mirando a las tres de hito en hito. Al final habló también en voz baja.

—Siempre hemos dicho que esa propiedad es para las emergencias, y me parece que es una ocasión apropiada.
—Papá...
—Patricia —la interrumpió frunciendo el ceño— ¿Qué sucede contigo? Tú deberías estar feliz por esto.

El siguiente silencio dejó en evidencia los temores de la mujer de 28 años; por primera vez estaban hablando de ella y de lo que sentía, y no le gustaba la combinación.

—No están entendiendo nada ustedes tres. No pueden simplemente hipotecar la casa para ese objetivo. ¿Qué van a hacer después, vender Río Dulce?

Río dulce era el nombre de la hacienda sobre la que sus padres habían construido la mayor parte de sus vidas, y que llevaba ese nombre en honor a un sitio visitado por ellos en su juventud. A veces Matilde sentía que esa hacienda era la mitad de la vida de ellos.

—No estamos hablando de Río dulce —replicó su padre sin alterarse—, y no has respondido mi pregunta.
—Lo que me sucede —respondió ella con tono desafiante—, es que no quiero ser una carga para nadie, mucho menos para ustedes, no después de ser una mujer independiente hasta esta edad. Se supone que ustedes deberían encargarse de vivir tranquilamente después de todo lo que se han esforzado toda su vida, tener ese dinero para viajar o hacer cualquier cosa que quieran, no para un tratamiento que supuestamente va a quitarme esto.

Era muy dura consigo misma, pero de alguna manera la propia Matilde había pensado en lo mismo, que ellas tendrían que ser independientes para que sus padres pudieran disfrutar la vejez.

—Patricia, siempre vamos a ser tus padres, no puedes evitar que nos preocupemos por ti y que queramos ayudarte. No quiero viajar por el mundo si a cambio puedo ayudarte con esas heridas.
—No se trata de eso ¿Cómo crees que voy a pagar la hipoteca?
—Basta —la voz de su madre sorprendió a los tres—, hija, este no es un asunto de dinero y lo sabes, quiero que me digas ahora qué es lo que está pasando.

La capacidad sobrehumana de saber qué es lo que le pasa a un hijo puede alcanzar límites insondables. Patricia sufrió un estremecimiento, pero se mantuvo firme y contestó aún cuando su voz temblaba ligeramente.

—No quiero ilusionarme —respondió con lentitud—, no quiero que mi hermana llegue aquí y diga que de pronto todo lo que pasó puede quedar en el pasado así sin más, que basta con hacer algo que nadie conoce y santo remedio. ¿No entienden que es difícil para mí? Recién estoy tratando de acostumbrarme al hecho de tener que empezar desde cero mi vida, no puedes esperar que me comporte como si no hubiera ninguna novedad, como si esto fuera lo más normal del mundo.

Sin darse cuenta su voz se había tornado en un chillido muy poco usual en ella. Su madre, con la sabiduría que solo puede dar el sentimiento, se acercó a ella y la acogió en sus brazos, acunándola  con cariño, hasta que la mujer rompió a llorar; probablemente era la primera vez que lloraba de esa manera desde que tuviera el accidente, antes siempre había estado conteniéndose, y sin embargo verla así, tan frágil, hizo que todo rastro de arrepentimiento por firmar el contrato de confidencialidad desapareciera de la mente de Matilde.


2


Carlos Soria no podía acompañarlos al lugar en donde Matilde había firmado dos horas antes el contrato de confidencialidad, pero había dejado a la familia a cargo de Benjamín Larios, un joven abogado que trabajaba en su estudio. Cuando caía la tarde la familia llegó junto con él ante la misma puerta y fueron recibidos por la misma recepcionista, quien diligentemente los llevó hacia una sala distinta de la anterior, en una puerta contigua a la de antes; no había mucha diferencia, sillones y una mesa central, una pantalla en ese momento apagada y dos puertas además de la entrada.

—Patricia, me alegra mucho que esté aquí, espero que esté contenta.

Patricia estaba muy callada, era probable que contenida ante la posibilidad que se le presentaba pero sin querer ser demasiado efusiva.

—Mi hermana me dijo que tenían un tratamiento nuevo.
—Es importante que entiendan que se trata de algo completamente seguro —replicó la mujer sonriendo—, y que según nuestro protocolo nunca van a tener de qué preocuparse.
—Buenas tardes —saludó Larios—, me gustaría hablar con usted sobre el contrato que firmó mi cliente y lo que tenga que firmar en el futuro.
—Por supuesto, si gusta puede acompañarme, le explicaré todo. Mientras tanto ustedes podrían esperar aquí, por favor.

Todos se sentían inquietos y nerviosos. Su madre le dedicó una mirada que podría ser de agradecimiento, debido a que Matilde le pidió a todos que se vistieran de forma elegante antes de salir, lo que llegado el caso parecía lógico por el tipo de barrio en el que estaba, aunque a decir verdad  hasta ese momento ella había evitado todos los detalles que apuntaban a la modelo que le entregara la nota y a lo que tal vez sería una confusión de parte de la recepcionista sobre su estatus social porque eso habría quitado veracidad a sus esfuerzos. Durante un par de minutos nadie dijo nada, hasta que se interrumpió el silencio por parte de  Adriana regresando con el abogado, que para sorpresa de Matilde, parecía bastante satisfecho.

—Los dejaré solos un momento mientras traigo algo importante.

Esa fue una excelente ocasión para quedarse a solas con Larios, quien se sentó frente a ellos mucho más calmado de lo que la joven preveía.

—La verdad continúo diciendo que no hay que firmar nada sin antes consultarlo, pero en este caso el contrato es muy sencillo aunque tiene un punto fuerte.
— ¿A qué se refiere?
—Es un contrato de confidencialidad que en este país no se ve mucho, pero es corriente en otras partes en matrimonios y acuerdos empresariales, jamás lo había visto en un caso así. Al firmar el contrato te obligas a no revelar ningún detalle relacionado con el centro en donde será realizado el tratamiento, así como nombres de medicamentos, profesionales involucrados, lugares físicos, fechas, episodios, reacciones y cualquier otro tema relacionado con la recuperación de tu hermana, y es extendido sin fecha de caducidad, lo que significa que tienes que adherir de manera permanente, comprometiendo en ello el importe total del pago entregado a cambio del tratamiento ya terminado, es decir cuarenta y cinco mil dólares exactamente.

Eso quería decir que si revelaba algún detalle y alguien de la clínica lo descubría, la exhortarían a ella a pagar otros cuarenta y cinco mil dólares. Se entendía por qué no había en internet ninguna referencia a esa clínica, nadie, ni siquiera un personaje del mundo del espectáculo querría poner en riesgo esa suma de dinero, fuera de que no podía saber si para otros casos la suma de dinero tal vez sería mucho mayor. Quizás había tenido suerte que la creyeran "tan solo" una empresaria de recursos.

—No creo que sea tan difícil —dijo tratando de quitarle importancia al tema—, es decir, es lógico que habrá preguntas, pero podemos mantener el secreto tal y como es necesario.
—Es verdad —concordó el abogado, al parecer estaba un poco molesto de no ser tan necesario como seguramente las advertencias de Soria le habían hecho ver—. También tienen que saber que hay otro contrato, el que habla de forma específica del pago; es bastante sencillo, la organización se compromete a cobrar la suma indicada sólo cuando termine el tratamiento especificado en una hoja cronograma, y aclara también que en caso de no conseguirse los resultados esperados, la organización declina de realizar cualquier tipo de cobro a la paciente, a ti que eres quien firma o a cualquiera de sus relacionados en cualquier fecha, es decir te garantizan éxito o te dejan en paz.

Lo mismo que había dicho Adriana. Éxito en un noventa y ocho por ciento o no tocaban su dinero, podría haber sido un perfecto eslogan para la televisión si no hubiera tanto famoso perseguido por los medios de comunicación exigiendo secreto y más secreto.

—También es importante que tengan en cuenta algo: el segundo contrato es independiente del primero, lo que significa que aun si el tratamiento falla y por ende no tengas ningún cobro, debes mantener en estricto secreto todo lo que explica el primer documento. Eso es todo.

Pensando las palabras del abogado, las cosas parecían un poco más fáciles y menos riesgosas. Sí, tendría que firmar un contrato y sus padres ya habían solicitado la transferencia de dinero a su cuenta en el banco luego de pedir un estimado por la hipoteca, una excepción en toda regla que la entidad realizó solamente en honor a los cuarenta años que tenía el matrimonio como clientes y luego de asegurar que la hipoteca cubriría todo. Adriana volvió a aparecer haciendo gala de toda su simpatía.

—Espero que todo esté bien.
—Sí, desde luego.

Mientras iban hacia el edificio, y mucho más mientras escuchaba las palabras del abogado, Matilde había llegado a la conclusión de que era mucho más conveniente que sus padres supieran lo menos posible de Cuerpos imposibles y del tratamiento, así habría menos riesgo de que la información llegara a oídos de cualquier persona; no creía que sus padres fueran a estar contando algo que sabían debía ser un secreto, pero la misma euforia o frustración, cualquiera de las dos, podía ser igual de peligrosa si se manejaba mal y todos tendrían mucho menos de que preocuparse si había menos en riesgo. El problema es que no había alcanzado a decirles eso antes de la llegada de Adriana, y si quería evitar un conflicto bochornoso era mejor evitar el contacto.

— ¿Matilde, me acompañaría a firmar el contrato? Mientras tanto me gustaría que Patricia pasara a realizar un breve diagnostico con nuestro especialista.

En la iluminada sala entró un hombre joven con un delantal blanco sobre el cuerpo y saludó de forma escueta. Patricia lo acompañó hasta  la puerta de la derecha mientras Matilde entraba en la de la izquierda detrás de la recepcionista; alcanzó a ver por el rabillo del ojo como sus padres les sonreían a ambas.


3


El diagnostico de Patricia no duró más de cinco minutos, y según ella consistió en que el doctor simplemente levantó un poco los vendajes, y revisó las heridas, apuntando en un bloc los detalles como tipo y extensión de las heridas, tiempo y otra información, muy similar a lo que le realizaban en el Centro de tratamiento de heridas. Al reunirse, el hombre le indicó a todos que tendrían que retirarse, y que Patricia debía presentarse al día siguiente para comenzar con el tratamiento. Adriana estaba tan feliz que cualquiera habría dicho que era parte de la familia.
Llegaron al departamento casi a las nueve de la noche después de tomar una once bastante ligera en una cafetería y el cansancio en los rostros de los padres era evidente, ya que eran personas acostumbradas a la vida campestre y por ende se acostaban temprano; Patricia estaba bastante silenciosa, pero eso era mejor que tenerla discutiendo por todo.

—Nosotros vamos a dormir, buenas noches.

Las hermanas se quedaron solas en la sala y en silencio durante unos momentos hasta que finalmente fue Patricia quien rompió el hielo.

—Lamento haberte tratado como lo hice.
—No te preocupes —replicó Matilde—, no tiene importancia.
—Es que sí la tiene —dijo su hermana con su habitual intensidad—, desde que ocurrió todo esto tú has estado junto a mí siempre y yo solo te he contestado con desdén y eso no es justo. Ni siquiera te pregunté cómo es que te fue en la entrevista de trabajo.

Eso parecía devolver a ambas el nexo que había desde siempre, aunque claramente las condiciones no eran las mismas y las dos lo sabían.

—Me fue increíblemente bien —respondió sentándose junto a ella—, de hecho mucho mejor de lo que esperaba, estoy contratada.
—Eso es excelente, pero dime algo más de lo que estás haciendo, de qué se trata.

Por extraño que le sonaba a ella misma pensarlo, hasta el momento nadie le había preguntado de dónde sacó la información de Cuerpos imposibles, pero sabía que en algún momento pasaría, de modo que mientras tanto era bueno hablar de otra cosa para distraer la atención.

—La verdad es que no me esperaba tantas buenas atenciones, porque el gerente de proyecto me trató como si me conociera, es decir, estaba encantado conmigo, comenzamos a planificar casi de inmediato. Se trata de una empresa que realiza asesorías comunicacionales, así que para incorporarme voy a tener que trabajar bastante.
— ¿Por qué dices que no te esperabas eso?
—Porque postulé a ese trabajo hace  semanas, y ya había pasado el tiempo que me indicaron; de hecho tuve que hacer un esfuerzo por recordar de qué se trataba, para no parecer una tonta en la entrevista. Pero usé la vieja estrategia de ser lo suficientemente retórica para no parecer sonsa y hacer hablar a la otra parte.

Patricia de verdad estaba demostrando interés, o se esforzaba mucho porque así pareciera, pero de todos modos persistía en su ser la incertidumbre y eso era lógico, sobre todo considerando sus propias palabras más temprano, había pasado de tener que resignarse a una nueva vida que no le iba nada de bien, a la posibilidad de recuperar todo lo perdido. La verdad, todos estaban expectantes, incluso ella, aunque insistía en creer, en decirse que nada de eso era casual, que a pesar de la tragedia y las lágrimas, la coincidencia de encontrarse con esa modelo el mismo día del accidente le había dado un regalo que nadie en el mundo habría podido darle; de algún modo tenía a la mano, casi por gracia del destino, un trozo de las exquisiteces y exclusividades que los personajes famosos y los adinerados podían tomar en cualquier momento, en esos instantes cobraban sentido todas esas especulaciones absurdas que hacían en los programas misceláneos de la televisión sobre la edad de las actrices o los cuerpos de los cantantes, y de cómo algunos parecían haberle doblado la mano al tiempo. La mayoría de esas personas sobre las cuales se teorizaba tanto eran personajes conocidos, pero muchos otros no, los que eran ricos y a veces llamados excéntricos y que podían comprar un yate para recorrer el mundo solo por estar aburridos, los mismos que podían disponer de lo que quisieran y cuando lo quisieran.



4


El día Martes comenzó muy agitado para la familia; por primera vez en mucho tiempo resultaba gratificante tener la compañía de los padres, ya que ellos se encargaron de dar la cuota de humanidad a las agitadas vidas de ambas y además permitieron que Matilde se hiciera cargo de su trabajo ya que insistieron en acompañar a Patricia a su primer día de tratamiento. Al momento de despedirse, las cosas entre las hermanas fueron casi como antes.

—Que tengas buen día.
—Y que a ti te vaya bien y tómalo todo con calma.

Patricia estaba muy sencilla con una camisa y pantalones, bastante distinto de Matilde que había tomado un vestido azul oscuro y una chaqueta a juego con los tacones para su primer día oficial. Matilde se sentía pésima por no acompañarla, pero muy temprano la había llamado Roberto para decirle que tenían una nueva reunión, y el ánimo del hombre no menguaba ni un poco sobre el futuro trabajo.

—Promete que vas a estar tranquila y que vas a colaborar en todo lo que te digan.
—Te lo prometo.
— ¿Decidiste si vas a avisar de inmediato o no al Centro de tratamiento?

Habían hablado de eso bastante entrada la noche, pero sin llegar a una conclusión: el contrato les impedía hablar de los motivos por los cuales tendría que dejar de asistir a atenderse y era obvio que allí querrían saber por qué, pero decirle a un profesional de la medicina algo semejante y esperar secreto era absurdo, aunque por otro lado en la clínica le habían dicho que mientras se atendiera con ellos era necesario que no lo hiciera con otro centro.

—No, lo pensaré durante el día. Suerte.

Matilde salió con el corazón dividido entre la responsabilidad y el sentimiento, pero no tenía opción, ya que el mes estaba por terminar y además de tener apuros económicos, no podía estar haciendo exigencias de ese tipo en su primer día, por mucho que su jefe la adorara.

— ¿Hola?
— ¿Cómo va todo amiga?

Soraya dispuesta a ayudar como siempre; no se habían visto mucho en los últimos días, pero siempre contaba con su llamada para verificar como iban las cosas.

—Voy directo a mi primer día.
— ¿Nerviosa?
—Aunque te parezca extraño, no, supongo que es porque mi jefe se comporta como si trabajáramos hace años juntos.

Su amiga soltó una risita.

—Es que eres encantadora. Tengo que dejarte, te llamo después para saber cómo va tu primer día, no me dejes con la duda de tu hermana.

Las preguntas por Patricia iban a comenzar a ser preocupantes dentro de poco, pero mientras tanto podía irse con evasivas.

—Está en tratamiento, ya sabes que estas cosas toman tiempo.
—Lo harán increíble, estoy convencida que todo va a mejorar. Te dejo.

Y cortó. Sí, si las cosas eran como se le había prometido, realmente iban a cambiar mucho desde ese día en adelante.
Pero lo que esperaba fuera un día de trabajo se convirtió en una nueva tanda de sorpresas. A las siete de la tarde y después de una jornada extensa aunque sumamente productiva donde nadie se dignó a llamarla para darle algún tipo de noticia, la joven recibió un mensaje en su teléfono a través de la red. Era de Patricia.






Capítulo 8: Algunos días soleados. Segunda parte


Recibir un mensaje de su hermana asegurando que las cosas iban a volver a ser como antes para ella resultó al mismo tiempo emocionante y un poco angustiante; lo primero desde luego porque significaba que realmente existía una luz de esperanza, lo segundo porque en lo más íntimo nunca esperó que hubiera algún tipo de reacción tan pronto, solo el primer día de tratamiento. El primer impulso fue de llamarla, pero decidió que era mejor dejar eso para después y esperar a llegar al departamento, aunque estaba bastante cansada.

—Gracias Dios mío...

Guardó el celular y continuó su viaje hacia el departamento. Necesitaba ducharse y cambiarse ropa antes de ir a ver qué buenas nuevas tenía su hermana.


2


Sólo podía pensar en que le parecía increíble. Tan pronto llegó al departamento de Patricia, Matilde fue recibida por su madre, quien no podía evitar que la alegría y la esperanza inundaran su rostro; en la sala estaba su hermana sentada esperando por ella.

—Hermana, tienes que ver esto.

Aún tenía puestas las vendas, pero descubrió un poco el borde de las que tenía en el hombro izquierdo para demostrar los efectos que anticipara un rato antes: increíblemente los bordes de la quemadura estaban suavizados como se ve en una quemadura que tiene varios días de tratamiento, con la piel más suave y un color más opaco que el rojo encendido de los primeros días. Matilde estaba siguiendo los avances desde el principio, y aunque todo el tiempo animaba a su hermana haciendo que viera como evolucionaba, sabía que el proceso era lento y que un avance como ese solo podría esperarse después de varias semanas de tratamiento.

—No puedo creerlo...

Patricia estaba sinceramente entusiasmada con lo que estaba experimentando y se veía con claridad que el mismo buen ánimo se estaba transmitiendo a sus padres.

—No sabes lo que fue, es realmente impresionante.

En ese momento apareció su padre con una bandeja con tazones con chocolate caliente para todos y un sobre en las manos.

—Hija, qué bueno que ya estés aquí, mira las fotos mientras dejo los chocolates por aquí.

Su madre tomó el sobre en sus manos sacó las fotos; en ellas había primeros planos de las quemaduras, las que por supuesto seguían siendo profundas como se vieran desde antes, pero las diferencias entre el inicio y el término de la sesión eran impresionantes no por la extensión sino por lo dramático del cambio.

—Esto es increíble.

Al parecer la primera sesión solo se había centrado en el hombro, pero a decir verdad bastaba para hacerse una idea de lo que iba a conseguirse: el borde de las quemaduras parecía haberse trasladado al menos veinte días en el tiempo.

—Esto es lo que me dijeron —dijo su hermana tomando en sus manos uno de los tazones—, el tratamiento comienza en los bordes para que la piel comience a acostumbrarse, y al reaccionar, se sigue hacia el centro poco a poco; te prometo que no podía creer cuando vi en el espejo la diferencia.

Matilde estaba contagiándose de la misma emoción, pero a diferencia de ellos no estuvo presente, por lo que tenía bastantes dudas.

—Espera un poco, antes dime qué pasó, cómo es la clínica.
—Es bastante discreta para ser lo que es, debe tener seis pisos máximo, pero todo parece funcionar como un reloj.
—Es lo mínimo para el precio que van a cobrar —comentó livianamente su madre—, pero todo me parece perfecto si es por éste motivo.
— ¿Y dónde está la clínica?
—No lo tengo muy claro.

Eso sonó realmente extraño. ¿Cómo no iban a saberlo? Sin embargo a la única a la que le parecía raro era a ella misma.

— ¿A qué te refieres con que no lo tienes claro?
—Mira, como nos habían anunciado un vehículo vino a buscarme y cuando llegamos a esa oficina, confirmaron los datos, y después me dijeron que el vehículo estaba listo para el traslado; era una ambulancia grande y moderna, con un asistente que fue preparándome durante el trayecto, y reconozco que estaba bastante nerviosa al principio.

La joven de 24 años desplazó la mirada hacia sus padres que contemplaban a su hija mayor atentamente.

—Nosotros la acompañamos —dijo su madre ante la mirada interrogadora—, y nos ofrecieron quedar ahí o acercarnos a algún lugar donde pudiéramos pasar el rato, así que fuimos a un centro comercial.

Que se hubieran llevado a Patricia sola en una ambulancia podía sonar escandaloso, pero por otro lado tenía mucho sentido de acuerdo con lo que antes se les dejó claro respecto de  confidencialidad del tratamiento, las instalaciones y todo lo demás. Patricia fue a ese punto.

—Al principio me pareció extraño que no pudieran acompañarme, pero me dijeron que solo se realizaría el tratamiento y que al ser ambulatorio no tenían instalaciones como cafetería y esas cosas, y a juzgar por como es el lugar tenían razón, allí cada persona está trabajando en algo.

Seguir haciendo preguntas sobre eso no tenía sentido en ese momento, pero de todos modos Matilde tomó nota mental; de todas maneras estaba demasiado contenta de ver a su hermana tan animada como para preocuparse por eso.

— ¿Y qué hicieron, es decir cómo es el tratamiento?

Patricia tomó un sorbo de chocolate.

—Lo primero que hicieron fue llevarme a una sala donde usaron una especie de scanner en mi piel, con lo que hicieron una imagen digital de las quemaduras; después tomaron varias muestras de sangre, pelo y piel, y me dejaron en espera mientras hacía algunos test de reflejos.
—Parece que trabajan muy intensamente.
—Es verdad. Cuando terminé los testeos de reflejos tenían lista una parte del tratamiento, que según me explicó el doctor Rosales es un medicamento nuevo y muy avanzado.

Se notaba que estaba interesada en el asunto y a juzgar por lo que se veía, no era para menos; Matilde estaba cada vez más alegre.

— ¿Te inyectaron o algo?
—Sí, me aplicaron una serie de inyecciones y una terapia con luces especiales, y además me dieron un preparado con vitaminas para mantenerme en buenas condiciones.
— ¿Y tienes que hacer algún cuidado especial?
—Sí, estos vendajes son distintos a los anteriores, casi no se sienten y son bastante ligeros.

Efectivamente el material sintético de los vendajes era de textura sedosa, no se parecía a nada que hubiera visto antes y se veía poroso para dejar respirar la piel pero a la vez era resistente al tacto.

—Parece cómodo.
—Lo es. La siguiente sesión que tengo es el viernes, te aseguro que no veo la hora de ir para ver los siguientes avances.
—Pero mientras tanto —intervino su madre con precaución—, tienes que guardar reposo, alimentarte bien y evitar el Sol todo lo posible, y tomar las píldoras.

Su madre tenía en las manos una caja metálica pequeña, dentro de la cual había una serie de pastillas en cápsulas transparentes.

— ¿Y éstas que son?
—Son un complejo vitamínico preparado de forma especial, lo hicieron después de hacer algunos exámenes. Tengo que tomar una diaria por la noche.

Hasta el momento la jornada no podía ir mejor.

—No sé qué decir, estoy tan contenta hermana, las cosas parece que están resultando como lo esperábamos.
—Es verdad, pero reconozco que desconfié de ti y no te he dado las gracias.
—No es necesario.
—Sí, lo es —dijo  su hermana muy seria—, aunque aún sigue dando vueltas en mi cabeza lo del dinero, ver que desde el primer paso están cumpliendo con lo que ofrecen es muy esperanzador. Gracias.


3


El trabajo con Roberto Santa María resultaba sencillo y bastante gratificante. El hombre tenía más de treinta y cinco pero lucía muy joven y actuaba como si cada persona con la que hablara fuera un conocido, lo que hacía reconfortante los primeros pasos en Asunto externo. Matilde estaba incorporándose al equipo creativo que iba a asesorar directamente a una famosa multinacional de telecomunicaciones en una nueva etapa.

—Escucha, lo del trato con los medios siempre es complejo porque de inmediato la competencia ataca con campañas parecidas o diciendo que nuestro cliente hace mal su trabajo ¿Qué crees que deberíamos hacer?

La tormenta de ideas era básica para comenzar a crear, y como nueva encargada del proyecto creativo, para Matilde era primordial saber tanto lo que quería el cliente como lo que pretendía la empresa.

— ¿Sabes lo que pienso? Que por lo general las empresas de telecomunicaciones basan sus nuevas campañas en decir lo buenas que son sus alternativas en comparación con las de los otros o que proveerán una experiencia inolvidable, pero pocas veces hablan de los aspectos negativos de sus productos.

Roberto la miró con el ceño fruncido.

—Creo que no sigo tu idea, ninguna empresa quiere decirle al mundo lo malo que tiene porque...ah...ya entiendo...
—Exacto —intervino la joven—, nadie dice las cosas malas, así que podemos empezar por ahí, por llamar la atención de todos con una primera etapa donde comentamos lo malo que es el servicio.
— ¿Y después?
—Después atacamos con una segunda etapa donde explicamos cómo esas cosas malas no son importantes en comparación con los nuevos beneficios.

Él sonrió satisfecho.

—Me gusta tu enfoque, ahora a lo tuyo, dime qué es lo que piensas hacer con la estética general.

La estética de cualquier compañía no se definía por lo que hiciera una empresa externa en una campaña específica, pero muchas veces servía de inspiración para la imagen final y si ese era el caso, tanto la empresa de asesoría como sus integrantes ganan muchos puntos en el mercado laboral. Matilde  se acercó a la pantalla del ordenador para enseñarle lo que había estado pensando.

—Estuve revisando algunos datos y me  cuenta de esto: las empresas están optando tanto por logos como por estéticas modernas, con mezcla de colores, apariencias en tres dimensiones, todo muy orientado a la era actual, pero creo que al final todo es similar.
—Y apuesto a que en ese punto también quieres hacer lo contrario.
—Sí, me gustaría revivir éste logo de la compañía, como puedes ver en la imagen es uno de los primeros, pero me parece que el tema está en ésta esquina, si te fijas es así, con ese quiebre; usemos ese punto como una puerta, y al pasar a la segunda etapa...

El hombre parecía divertirse auténticamente con el modo de trabajar, y eso la animaba mucho.

—Descubrimos el nuevo logo.
—No, descubrimos solamente esa esquina con un símbolo nuevo en tres dimensiones, así nos comprometemos con la nueva era pero sin desmerecer lo original.
—Me gusta, me gusta —celebró Roberto—, estoy completamente de acuerdo, vamos a llamar a los demás para empezar a trabajar en los primeros pasos, quiero que estemos preparados para todo.



4


Las siguientes dos semanas fueron algo totalmente distinto a lo antes vivido por Matilde y su familia; el tratamiento seguido en la clínica Cuerpos imposibles no podía ser mejor, y aunque a todas luces faltaba algún tiempo para que terminara, ya las quemaduras en el cuello y hombro estaban muy atenuadas, y las del brazo y rostro mostraban avances sorprendentes. Por recomendación del doctor, Patricia debía seguir guardando reposo, motivo por el cual siempre se estaba quejando de aburrimiento, y mantener la dieta recomendada, el consumo de las píldoras entregadas y evitar la exposición al Sol, pero a todos les parecía un precio bastante bajo a cambio de la increíble recuperación que día a día avanzaba a pasos agigantados. Mientras tanto Matilde estaba a tope con el trabajo, ya que su idea original para la campaña publicitaria había sido bien recibida y por lo tanto tenía a su cargo al equipo creativo muchas más horas de las que tenía prevista, pero todos en el equipo estaban dispuestos a sacar adelante el trabajo con el mejor resultado posible, y estaba claro que su jefe de proyecto sabía muy bien cómo elegir a su personal ya que todos estaban más o menos en sintonía y después de unos días era posible afirmar que ya estaban conformando un equipo de trabajo. Sin embargo y aunque se sentía contenta viendo como su vida y la de su hermana regresaba a la normalidad, el trabajo estaba absorbiendo gran parte de su tiempo y eso la mantenía bastante al margen del día a día, por lo que detalles como conocer el lugar en donde se realizaba el tratamiento o compartir más tiempo juntas estaba en un segundo plano.
Cerca de las nueve de la noche del Miércoles ocho de Junio la joven estaba llegando a su departamento bastante cansada, pero se encontró en la puerta con Romina Miranda, la doctora que se había hecho cargo del caso de su hermana en el Centro de tratamiento de heridas. La mujer le dedicó un asentimiento.

—Buenas noches Matilde.

Patricia había llamado al Centro para decir que no iba a seguir asistiendo de igual manera que lo hiciera con la consulta sicológica, y aunque se esperaban algunas preguntas, el tema parecía cerrado.

—Buenas noches doctora, es una sorpresa verla aquí.

La mujer tenía un carácter fuerte, justo lo que se necesitaba para su cargo, pero al verla, la joven imaginó que estaría preocupada por su hermana. ¿O acaso la había visto?

—A mí me sorprende lo que ha pasado en estos días Matilde ¿Qué ocurre con su hermana?

Llegados a ese punto tenía muy claro que no podía arriesgarse a decir nada que pudiera delatar lo del tratamiento, el constante recuerdo del contrato de confidencialidad pesaba demasiado en su memoria como para arriesgarse, por eso es que se lo recordaba todo el tiempo a sus padres y a la propia Patricia.

— ¿A qué se refiere?
—A que repentinamente dejó el tratamiento, y además en una etapa muy inicial. Matilde, es muy preocupante que pase algo como eso, además de dejar el tratamiento sicológico.
—Mi hermana decidió tomar un tratamiento alternativo doctora.
— ¿Qué clase de tratamiento? —la mujer percibió la reserva de Matilde, y cambió su estrategia—, escuche, seguramente se está preguntando por qué una doctora con muchos pacientes viene a su casa en la noche a hablar de un tratamiento de su hermana, y le voy a decir por qué: hace muchos años, cuando estaba en primer año de Universidad, un incendio afectó a un centro de estudios y varias amigas mías sufrieron quemaduras. Como se imaginará mis compañeros y yo estuvimos todo el tiempo con ellas prestando apoyo, pero al cabo de un tiempo descubrimos que algunas secuelas no estaban a la vista: una de ellas tenía una herida muy cerca de un seno,  y se sentía violentada de tratarse esa zona en particular, fue muy difícil convencerla de hacerlo, pero lo peor es que su familia no lo sabía, no estaban enterados de ese tema tan íntimo y creían que su problema estaba superado.

Matilde se sintió súbitamente acorralada, la doctora trataba de llegar a un punto mucho más personal de lo que se esperaba. Podía tener toda la buena intención del mundo, pero no era apropiado hablar con ella o podría decir algo inapropiado.

—Doctora —intervino esforzándose por sonar tranquila—, agradezco su preocupación y hablo también por mi hermana, pero de verdad que todo está bien, ella está en tratamiento, es solo que como familia decidimos seguir otro curso y tenemos excelentes referencias.
—Eso es lo mismo que me dijo su madre.
— ¿Estuvo en el departamento de mi hermana?
—Fui ahí en primer lugar porque es la dirección que me dejó su hermana, pero a ella no la he visto ¿Cree que podría verla?

Al menos no la había visto, en eso sus padres habían sido precavidos.

—Patricia está con reposo muy estricto, así que no creo que sea posible, pero le diré que vino.

La doctora se dio por vencida.

—Discúlpeme por haberme entrometido.
—No se disculpe, se lo agradezco mucho.
—No tiene nada que agradecer Matilde —repuso la mujer con una sombría expresión en el rostro—, lo hice porque sentí que estaba pasando algo grave y no quise dejarlo pasar.

Hizo ademán de irse, pero antes le pasó una tarjeta.

—Espero que no esté molesta, pero aunque lo esté, quiero que sepa que mi única intención fue ayudar. Si en algún momento le es de utilidad, guarde mi número, y llame si necesita cualquier cosa.

La doctora volteó y siguió por la calle sin despedirse. Matilde contempló con un enorme sentimiento de culpa la tarjeta y el lugar por donde se había ido la profesional, pero aunque experimentara esa sensación, la decisión había sido tomada y el tiempo estaba demostrando que era lo correcto.



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No traiciones a las hienas Capítulo 7: La hiena al acecho



Gotham. Ahora. A la mañana siguiente del avistamiento de la batalla entre red Hood y Batman

Doug fulminó a Steve con la mirada, mientras le echaba en cara lo que había estado ocultando sobre su identidad.

— ¿De qué estás hablando? Yo…

Las palabras del muchacho lo tomaron por sorpresa; se fijó en la expresión en su rostro y notó que estaba hablando en serio, sus ojos destilaban rencor dirigido a él.

—Ese es tu verdadero nombre ¿no es así? ¿no? Eres Steve, no eres el escritor que me dijiste en un principio, no estás de visita en esta ciudad, tú eres de aquí.

¿Cómo podía saber eso?

—Escucha, no sé de qué…

El muchacho se puso de pie como activado por un resorte, y lo enfrentó; sus ojos destellaban ira.

—No, escúchame tú; puedo ser un perdido de la calle. Puede que no tenga en dónde caerme muerto, pero no pienses ni por un minuto que soy tan estúpido como para creerme todas tus mentiras por segunda vez.

Alguien le había dicho toda la verdad sobre él, por eso es que no contestaba las llamadas. La pregunta era por qué eso lo impresionaba tanto y de ese modo.

—Doug, sólo dame un momento…
— ¿Un momento para qué? ¿para decirme que me has estado utilizando para investigar a un grupo de delincuentes que podrían haberme matado? Porque eso fue lo que hiciste, me vendiste una historia de niños sobre lo que estabas haciendo aquí, me ofreciste dinero y este estúpido teléfono para que investigara cosas dentro de la ciudad, y yo fui tan imbécil como para seguirte las ideas, e incluso cuando me metí a la morgue no me pareció sospechoso, creí que era algo divertido, no pensé que un pandillero muerto pudiera hacerme daño. Pero puede, claro que puede.

Arrojó el teléfono celular con fuerza hacia la calle, justo en el momento en que pasaba un vehículo, por lo que esté lo aplastó con las ruedas; enseguida se descubrió el antebrazo izquierdo y se lo enseñó con actitud desafiante. Lucía un corte que iba desde un lado al otro del antebrazo, era reciente y a simple vista se notaba que era bastante profundo; unos cuantos centímetros más cerca de la muñeca y ese corte podría haber sido fatal.

— ¿Quién te hizo eso?

El muchacho soltó una risa que sonó más como un gruñido, y miró en todas direcciones como si de alguna manera estuviera buscando una respuesta en el cielo, más arriba de sus cabezas.

—Eres tú el que está detrás de los secuaces de El amuleto ¿por qué no te respondes a ti mismo?
—Doug, enserio no sé quién pudo haberte hecho eso.
—No, claro que no lo sabes, y yo no voy a ser el que te ayude a desentrañar ese misterio ¿Y sabes por qué? porque puedo ser un pobre abandonado de la calle, pero no quiero morir, y eso es justo lo que va a pasar si me involucro en toda esta porquería.

Dio media vuelta para alejarse de él, pero Steve se adelantó y se interpuso en su camino.

—Mira, sé que te mentí, pero si de verdad hay peligro en esto, o te amenazaron, lo peor que puedes hacer es apartarte.
—Entonces vas a protegerme, es eso.
—Por supuesto, puedo hacerlo, por eso es que cuando nos conocimos estaba con el rostro cubierto, porque yo…

Pero el joven no lo dejó seguir hablando y con un fuerte empujón lo apartó de él. En este momento Steve se dio cuenta de que los estaban observando; alguien alrededor, o tal vez desde un edificio estaba siguiendo cada uno de los pasos del muchacho.

—Escucha…
— Sólo aléjate de mí, no quiero saber nada más de ti, no me importa que es lo que estés haciendo ni lo que te propongas para el futuro, no me importa por qué estás involucrado en este asunto de El amuleto, lo único que me importa es que me dejes en paz. Esto que tengo aquí —volvió a enseñarle el brazo—, es una advertencia; la gente que me atrapó en la madrugada me había estado siguiendo, sabían que yo estaba trabajando contigo, y no fue difícil que dieran a entender que yo no tenía que seguir cerca de ti ni ayudándote en tu investigación.

La desaparición de Marcus y la herida de Doug tenían el mismo objetivo: evitar que él descubriera lo que estaba pasando. Eso quería decir el traidor que había delatado a El amuleto estaba desesperado, era de vital importancia que tomara la delantera en esa carrera.

—Entonces no te involucres más —dijo hablando con cautela—. Sólo dime quién hizo esto, si tengo alguna pista puedo intervenir, tengo que detener a esa persona.

Durante un largo segundo el muchacho no respondió, lo quedó mirando inmóvil con la vista desenfocada; Steve no se movió, pero comprendió que la o las personas que estaban vigilándolo estaba en justo detrás de él. No sabía a cuánta distancia, pero apostaría todo lo poco que le quedaba en esos instantes a que era así ¿estarían haciéndole un simple gesto, o quizás en ese momento había un arma apuntando directo a su cabeza? ¿Por qué no matarlo, por qué no aprovechar esta oportunidad y deshacerse de quien estaba significando una amenaza para sus misteriosos planes? Entonces lo supo: esa persona lo que quería era anonimato, necesitaba por sobre todas las cosas seguir estando en las sombras eso quería decir que la traición El amuleto, su posterior muerte, la forma en que se habían esfumado sus secuaces, la desaparición de Marcus y las heridas propinadas a Doug eran actos realizados por la misma persona, ese sujeto que encontró en la traición un buen negocio, y desde entonces se había dedicado a borrar las pistas de su paradero, a cualquier costo. Desde ese punto de vista asesinar era comprensible, ya había sucedido una vez; sin embargo si lo que quería era pasar desapercibido, no lo lograría continuando con una secuencia de asesinatos, lo más probable era que se tratara de alguien muy cercano a Kronenberg, alguien a quien le importaba sobremanera mantener la faceta inocente que hasta entonces había cultivado.

No le vi la cara ni sé su nombre —dijo de pronto el muchacho—. Supongo que si eso hubiera pasado no estaría aquí hablando contigo; sólo voy a decirte una cosa, hay un mensaje para ti y si eres aunque sea un poco inteligente, entonces tal vez vas a hacer caso de esto: vete de la ciudad, sal ahora mismo, corre lo más rápido que puedas y nunca regreses, no mires hacia atrás ¿alguna vez pensaste que los que vivimos en la calle tenemos principios? Pues yo nunca le he deseado la muerte a nadie. Jamás había pensado en salir de esta ciudad y ahora no puedo porque sospecharían de mí; sólo voy a estar seguro mientras esté lejos de ti, y sólo podré recuperar mi vida de dos maneras: Si te vas para siempre, o si estás bajo tierra. Vete de la ciudad.

No dijo más y echó a andar a toda velocidad; tan sólo unos pasos después desapareció de su vista en las escaleras del subterráneo. En ese preciso instante sonó el celular de Steve, anunciando una llamada de Marcus.

—Demonios —contestó el teléfono—. Marcus ¿dónde diablos has estado todo este tiempo?

La Voz del otro lado de la conexión lo descolocó. Marcus sonaba exactamente como él mismo después de una gran noche de reventón.

—Steve amigo, veo que no estás aquí —dijo con voz ronca, hablando despacio—. Parece que fue una gran noche ¿no crees?
— ¿Dónde estás?
— ¿Dónde estás tú? —indicó la voz del otro lado de la conexión— Esperaba que al menos tuvieras la decencia de quedarte conmigo ¿O me vas a decir qué tuviste alguna propuesta mejor?

Estaba saliendo de una resaca, era evidente que no iba a escuchar sus palabras a través del teléfono.

—Dime en dónde estás.
—En un hotel, espera —se sintió ruido y quejidos—. Diablos… Levantarme de la cama es una tortura… es en el centro, sólo alcanzo a ver que justo al frente está la Posada del herrero. Si vas a venir que sea en silencio, trae antiácidos, no golpes. Y si ya estoy en coma, no molestes.

Steve sintió cómo su amigo soltaba el teléfono sobre el lecho; cortó la llamada y se dispuso a ir en esa dirección. Conocía el bar La posada y no estaba demasiado lejos; cuando llegó 15 minutos más tarde, no tuvo mayor dificultad en encontrarlo, la recepcionista le dijo en qué habitación estaba luego de escuchar una breve descripción de él y decirle que había llegado alrededor de las seis de la mañana, apenas siendo capaz de mantenerse en pie, pero sólo. Al entrar en la habitación lo encontró tendido boca abajo sobre la cama, desnudo, su ropa estaba desperdigada por el lugar, y definitivamente olía a alcohol.

— ¿Todavía estás despierto?

El otro murmuró algo ininteligible con el rostro hundido sobre el colchón y con un gran esfuerzo giró la cabeza hacia la izquierda, mirándolo con ojos entrecerrados.

—No sé si estoy dormido o no.
—Marcus, anoche te fuiste a tratar de conseguir algo de información…
—Espera, espera, más despacio —replicó el otro levantando apenas los dedos—, mira, nosotros realmente no nos veíamos hace mucho tiempo y fue genial que nos encontráramos aquí, pero la estábamos pasando muy bien yendo de un lugar a otro, no entiendo cómo es que tú estás tan bien y yo estoy tan mal.

Esa conversación no lo estaba llevando a ninguna parte.

—Sí, lo estábamos pasando bien.
— ¿Recuerdas? Ese centro nocturno donde bailaban las chicas que parecían gemelas…

Oh rayos, eso había sido poco antes de que se separaran.

—Sí.
—Pues te aseguro que lo que nos tomamos en el siguiente sitio que visitamos era de primera calidad, porque lo siguiente que recuerdo es que estaba en uno de esos moteles temáticos, esos donde las camas parecen instrumentos de circo, y que habían unas chicas muy lindas, y yo estaba como en las nubes —rió de forma ahogada, sin fuerzas—. Estaba en la parte más alta de la ola ¿sabes? perdóname sí fui un mal amigo y me fui sólo con ellas, por alguna razón estaba convencido de que estabas ahí o en la habitación contigua.

En este momento, Steve vio con claridad una marca en la espalda de su amigo; la señal de que había sido pinchado con una aguja estaba en el trapecio, justo en un punto que no podía verse por sí mismo en un espejo. Eso significaba que en algún momento  entre su separación y esa extraña llamada alguien lo había drogado; teniendo ya alcohol en el cuerpo no era de extrañar que con una dosis apropiada perdiera la noción del tiempo, o de manera directa no recordara algunos acontecimientos. Decidió no enseñarle la grabación de su propia llamada, no tenía sentido intentar hacerlo recordar lo sucedido en la noche cuando apenas habían pasado un par de horas, su mente estaría más despejada durante la tarde y tal vez en este momento tendría éxito. Dejó sobre el velador junto a la cama una botella, y le dio unas palmadas en el hombro.

—Toma ese tónico, es del mismo que yo uso para reponerme después de una noche de fiesta; en un minuto te sentirás bien.
— ¿Te vas? —dijo el otro en un murmullo.
—Sí, tengo algunos asuntos que arreglar, pero estoy seguro de que estarás bien; hablamos más tarde ¿de acuerdo?

Salió del Hotel pensando en su siguiente objetivo: aún tenía pendiente averiguar qué era lo que había pasado con Miranda después del accidente; volvió a llamar al número de la casa de sus padres que encontró con anterioridad, y otra vez no obtuvo respuesta. No recordaba en qué parte de Gotham vivían ellos, de modo que se acercó a una oficina de información turística y le dijo a la chica que lo atendió que estaba buscando a la familia de su amiga que iba a visitar; gracias a su encanto y saber el nombre de ella, la joven accedió a entregarle la información.

—Disculpe, usted dijo que venía a visitarla.
—Sí —respondió con una sonrisa—, es una sorpresa, estuve mucho tiempo fuera de Gotham y quiero visitarlos, pero la ciudad ha cambiado mucho y no puedo ubicarme por mí mismo.

La chica se mostró un tanto incómoda, dudó y al final habló en voz baja, con el mayor tacto posible.

—Señor lamento informarle esto, escuche… no debería decir esto, prométame que no le va a decir a nadie que lo escuchó de mí.
— ¿A qué se refiere?
—Por favor prométalo, no quiero arriesgar mi puesto de trabajo.
—Se lo prometo —respondió con una amable sonrisa—, usted está siendo gentil y magniífica conmigo— de ninguna manera la voy a perjudicar.
—Gracias señor; creo que es mejor que llame por teléfono a su amiga, no va a poder encontrar la casa de sus padres, porque ellos murieron.

La chica le indicó que no podía entregarle más información, y golpeado como estaba por la sorpresa, Steve decidió salir de ese lugar de inmediato y buscar información por su cuenta; un rápido registro en la red de obituarios de la ciudad confirmó el hecho: los padres de Miranda habían muerto ocho años atrás en un accidente automovilístico. En la cena, el coronel  Keyton había dicho “a visitar a tu familia y compartir con tus amigos” Por supuesto, no podía quedarse con su familia ni compartir con ellos porque estaban muertos, estaba tan concentrado en el descubrimiento de la ocupación de ella y todo lo que eso significaba que había pasado por alto este detalle tan sutil en la conversación; sin embargo no era fecha aniversario de su muerte ¿por qué motivo entonces se encontraba en la ciudad al mismo tiempo que él? ¿acaso eso tenía relación directa con los acontecimientos ocurridos en torno al ataque a su padre? ¿sería posible que la soldado de Afganistán estuviera involucrada de algún modo, y no se tratara de una casualidad? Tomó un taxi y se dirigió a toda velocidad al sitio en donde había ocurrido el accidente, y dedicó un tiempo a intentar averiguar si es que alguien sabía algo al respecto; los pocos que quisieron contestar preguntas no entregaron mucha información, sin embargo un muchacho del lugar le mostró una foto tomada con su teléfono celular: la captura era de cierta distancia y sólo se veía la ambulancia y un coche de policía. A pesar de que no era de buena calidad, Steve pudo identificar que en el parachoques trasero tenía un auto adhesivo de color verde cuyo diseño no podía identificar; por suerte el chico le dijo que pertenecía a una asociación llamada Verdes furiosos, que promulgaba la utilización de energías limpias. Después de una búsqueda en internet descubrió la nómina de la organización no gubernamental, y a través de ella la ubicación del servicio de urgencia en donde se desempeñaba el conductor de la ambulancia: se trataba de una pequeña urgencia local ubicada a treinta minutos del sitio del accidente. Pero la recepcionista del lugar no se rindió ante sus encantos.

—Entiendo que esté preocupado por su amiga, sin embargo no podemos permitir la entrada de nadie que no sea familiar.
—Sus padres murieron, ella no tiene familia.
—Te equivocas, ella sí la tiene.

La voz de un hombre lo interrumpió y sorprendió: se trataba de un sujeto de casi su misma edad, alto y fuerte, de rasgos endurecidos. Era sin lugar a dudas un militar, pero Miranda no tenía hermanos.

—Disculpa, no te conozco.
—Tampoco yo, pero te escuché preguntando por Miranda. Soy su esposo.

La declaración lo golpeó como un mazo en el rostro. ¿Esposo? ¿Por qué en el mundo alguien como ella estaría casada siendo tan joven, y aún más, por qué no se lo habría dicho?

— ¿Esposo?
—Sería mejor que en vez de hacer preguntas, me dijeras quién eres y por qué estás preguntando por ella.

La recepcionista los interrumpió en un tono poco amable, y les dijo que salieran; ya en el exterior, el hombre de cabeza rapada lo miró muy fijo; estaba alterado, a todas luces.

— ¿Y bien?
—Mi nombre es Steve, Steve Maori, soy amigo de infancia de Miranda.

Por un momento no supo qué estaba pasando por la mente del otro; se quedó muy quieto, hasta que soltó el aire contenido en los pulmones, muy despacio.

—Ah, el chico listo de la escuela, el que era demasiado importante
— ¿A qué te refieres?
—Miranda me habló de ti, de todo en realidad —dijo con cierto tono de orgullo. Estaba demostrando quién era el macho de la manada ahí—. No tenemos secretos.

Steve sabía que, si en efecto ella le había contado a ese hombre todo de su niñez, entonces él sabría mucho sobre sus acciones, algo que lo dejaba en desventaja y como un rival; necesitaba ganarse su confianza. Pero primero tenía que encontrar una excusa plausible para saber que ella estaba internada cuando en realidad no vivía ahí.

—Nos encontramos de casualidad hace muy poco —replicó evadiendo cualquier precisión—, y la verdad es que no alcanzamos a hablar mucho, estaba extraña, triste.

El otro se cruzó de brazos.

—Es extraño que se encontraran, ella creía que estabas en Atlanta.
—Vine por un tiempo a visitar a mis padres, están pasando por una situación muy complicada.

Se hizo un incómodo silencio entre los dos; necesitaba sortear ese obstáculo, tener a ese hombre ahí celando y protegiendo a Miranda era un impedimento ¿Estaría despierta? Supuso que no, o de lo contrario él le habría hecho algún tipo de recriminación.

—Entonces se encontraron por casualidad.
—Fue una gran sorpresa, yo también estoy triste, aunque por otros motivos ¿sabes? —en ese momento se le ocurrió la idea: era agarrarse de un clavo ardiendo, pero era lo único que podía funcionar—. Pasaron tantas cosas, tuve problemas en mi trabajo, descubrí que Carl me engañaba y estaba a punto de mandar todo al diablo, cuando supe que habían asaltado a mi padre, así que tuve que guardarme mis problemas y venir a hacerme cargo.

Notó que el otro levantaba ligeramente las cejas; un instante después su postura se relajó. Estaba funcionando.

—Debe haber sido doloroso saber que él te engañaba.

Steve hizo una breve pausa dramática.

—El muy desgraciado me juraba amor, pero lo eché a la calle; como sea —continuó carraspeando, como si quisiera evitar emocionarse—, vine de Atlanta hasta aquí para ocuparme de asuntos familiares, ya sabes que cuando uno es hijo único toda la responsabilidad cae en estos hombros. Y en eso me encontré con ella, hablamos muy poco, estaba evasiva, así que le dije que teníamos que desayunar hoy y luego tal vez ir de compras —el esposo de Miranda lo miraba casi con una sonrisa—, y cuando no me contestó el teléfono pensé que estaba pasando algo extraño. Entonces empecé a llamar a urgencias y me dijeron que estaba aquí ¿qué fue lo que le pasó?

La artimaña sirvió de forma increíble; Sam, así fue como se presentó, y le dijo que lo acompañara a la sala en donde estaba internada. Estaba sedada, tenía parches y vendas en el cuerpo, y todo el lado derecho de la cara estaba cubierto por los vendajes.

—Pobre ¿la atropellaron?
—Cayó de un tercer piso.
— ¿Qué? Pero ¿por qué, qué estaba haciendo en una azotea?
—A mí también me gustaría saberlo, me gustaría saber por qué estaba aquí y qué se proponía.

Si él tampoco lo sabía, sus sospechas y temores aumentaban; por un lado, si Sam no sabía nada al respecto, montaría en cólera al descubrir la mentira, y por otro, la información seguiría oculta a sus ojos, escondida en la mente de Miranda. Era seguro y a la vez peligroso que despertara.

—No lo entiendo, dijiste que no tenían secretos.
—Y no los tenemos —replicó perdido en la contemplación de ella—. Estábamos distanciados desde hace un mes ¿te dijo a lo que se dedica?
—Me dijo que estaba en el ejército y que era peligroso, pero no hablamos más de eso.
—Es comprensible que no te lo haya explicado, fue el origen de nuestros problemas; trabajamos en el ejército, realizamos misiones difíciles en distintos lugares, es lo que tú conocerías como agentes secretos, pero sin las fiestas y los automóviles. He visto a muchos amigos salir perjudicados, y le dije que ya era hora de que termináramos con eso, yo estaba con baja médica por un disparo pero Miranda insistía en que quería hacerlo, que era una forma de ayudar más activa que colaborar con dinero en una colecta. Supongo que de alguna manera quería evitar que otras personas sufrieran lo que ella cuando perdió a sus padres; algunas misiones son de reconocimiento o simplemente de escoltar a alguien importante, pero a veces intervenimos en secuestros, o rescatamos inocentes en zonas donde hay conflictos bélicos, de algún modo se volvió una droga para ella.
—Y entonces ella decidió venir a Gotham.
—No, eso sucedió después; primero tuvimos esa discusión, y luego me dijo que vendría hasta aquí, porque necesitaba pensar y estar apartada de todo para tomar una decisión, y ya sabes que uno puede ser muy orgulloso, pero al fin decidí venir tras ella y arreglar las cosas.

Entonces su presencia en esa ciudad seguía siendo una incógnita, y así se lo hizo saber Sam.

Asumí que quería visitar la tumba de sus padres, incluso mientras venía, me puse a pensar en que la sensación de pérdida de ellos podría ayudarla a entenderlo que yo le decía, pero no me esperaba encontrarla accidentada, y mucho menos con su ropa de exploración.

Desvió la vista hacia una silla que estaba a un costado, en donde, dentro de una bolsa plástica, estaba la ropa con la que él la había visto en su enfrentamiento en la noche.

 — ¿Ropa de exploración?
—Es un tipo de uniforme —explicó sin ánimos—. Si Miranda tenía puesto ese uniforme, significa que estaba siguiendo o investigando a alguien los doctores dijeron que tiene señas de golpes además de las de la caída, y son recientes; eso sólo puede significar que tuvo una pelea, o quizás esa misma persona la arrojó por el edificio.

Si llegaba a despertar y decirle que lo había visto, en efecto, pero en otras circunstancias, el asunto se saldría de control.

— ¿Y por qué no has hecho una denuncia a la policía?
—Porque eso podría poner en peligro a Miranda y a quien sea que esté investigando, puede ser un delincuente o también una víctima potencial, y si alguien la atacó, puede volver a intentarlo. Mientras no despierte, estoy de manos atadas.
— ¿Y qué dijeron los médicos?
—Las próximas 48 horas son vitales; tiene muchas heridas, fracturas y cortes, pero el principal es un golpe en el occipital derecho producto de la caída, si no evoluciona bien, podría no despertar.

Cuarenta y ocho horas era demasiado tiempo, las pistas se enfriarían demasiado rápido. En ese momento una nueva teoría apareció en su mente, y era la primera que tenía sentido y encajaba con todo lo demás. El sujeto que traicionó a El amuleto, es alguien de confianza de Kronenberg, quien de paso se queda con el dinero de la empresa de su padre; sin embargo no es cualquier cercano, es alguien que trabaja de intermediario, tal vez es un mensajero, o una especie de agente de enlace, por lo que conoce el trabajo que hacen los pequeños maleantes. Lleva tiempo investigando, quizás no es primera vez que hunde a uno de esos delincuentes, y de pronto ve que puede sacar más de una tajada del negocio, por lo que urde un plan y arruina el negocio paralelo de El amuleto y se encarga de ocultar su muerte el tiempo necesario para que el padre de Steve piense que las amenazas y el ataque vienen de él, de modo que cuando el delincuente muere de forma oficial, Kronenberg asume que el dinero se perdió junto con él y, como tiene otros problemas como el cambio de planes de Máscara negra, se desentiende de un asunto menor. Y en medio de todo eso, el padre de Steve no puede ser una amenaza porque prácticamente ha perdido la razón, los secuaces pueden haberse escondido o incluso seguir trabajando para el mismo jefe superior haciendo como si nada pasara, y cuando dos personas empiezan a hacer demasiadas preguntas, amenazan a una y drogan a la otra hasta hacerle olvidar. ¿Cómo encajaba Miranda en todo eso? A través de él. Ya sabía que quienes lo acechaban habían entrado a su casa, y ahora pensaba que era muy probable que siguieran los pasos de su padre desde hace tiempo, por lo que no resulta difícil establecer que ay una conexión con la chica. Averiguan que está en el ejército y, aprovechando que está en la ciudad, le envían alguna clase de informe ¿Qué Steve estaba siendo perseguido por un merodeador nocturno? Tal vez simplemente ese sujeto hizo encajar las piezas que estaban a su disposición de forma casual, y Steve, en vez de guardar silencio, hizo lo primero que se le vino a la mente, con lo que consiguió que ella creyera que él era un delincuente en vez de una víctima. Parecía la trama de una novela de suspenso, pero ordenado de esa forma, resultaba tan probable como ninguna otra cosa antes. Hasta ese momento había estado intentando descubrir quién era el soplón que había causado la caída de El amuleto y conseguido quedarse con el dinero de la empresa de su padre, pero sólo había seguido un juego planteado por alguien que tenía varios pasos de distancia y además, mucha más información que él; en cierto modo, el accidente de Miranda era el primer error que cometía el traidor, porque de seguro lo que esperaba era que ella lo denunciara, o incluso que lo entregara a las autoridades. No habían resultado las amenazas, de modo que, teniendo una opción caída del cielo, la utilizó y él, como un idiota, había caído.
Se aseguró de que Sam tuviera su número y le pidió que se comunicara con él ante cualquier cambio en el estado de Miranda, comprometiéndose, desde luego, a estar de regreso lo más pronto posible para ayudar al matrimonio en ese difícil momento. Para cuando salió de la urgencia, ya tenía la simpatía del hombre y un problema controlado; lo siguiente era dejar de ser la presa a la que una hiena esperaba ver moribunda, y convertirse en el cazador.

2

Por la tarde, Steve regresaba a la casa de sus padres; eligió llegar por la calle a pie, en vez de llegar por la lateral en que podía disminuir su tiempo de desplazamiento. Cinco cuadras lo separaban de la vivienda a la que se dirigía, de modo que en un negocio local compró una soda y la fue bebiendo por el camino, mientras caminaba a paso lento, sin mirar a ninguna parte en especial.

—Steve, querido, qué tal.
—Hola señora Miscoe.
—Vas de regreso a casa por lo que veo.
—Sí ¿y usted?
—Nada en especial —dijo la mujer sonriendo—, sólo a hacer unas compras ligeras, un sobrino estará de cumpleaños pronto y ya sabes que prefiero tener todo listo por anticipado.
—Es lo mejor.
—Nos vemos.

La mujer siguió su camino en sentido contrario al de Steve, mientras este se terminaba la soda y arrojaba la botella a un basurero; en esos momentos el clima amenazaba con dejar caer otra vez una lluvia, aunque de momento sólo estaba nublado y corría una brisa tibia, ajena a la hora en que el sol había abandonado casi por completo ese lado del horizonte.
En una casa a un costado había mucha luz y música, tal vez una familia que festejaba un cumpleaños o algo por el estilo; Steve subió el cuello de su suéter ante el aumento de viento, pero no apuró el paso. No daba la sensación de que fuera a comenzar a llover aún. A su lado pasaron dos perros corriendo y jugando, se distrajo un momento esquivándolos, pero luego continuó su caminata; desde siempre, esa calle no había sido muy transitada, además de los vehículos locales sólo pasaba algún que otro taxi, casi ningún vehículo pesado.
Por lo mismo volteó un poco extrañado al sentir el sonido de un motor pesado a su espalda; se trataba de un furgón grande, de color blanco, que avanzaba de forma penosa, como si le costara al conductor mantener el ritmo o tuviera algún desperfecto. Iba a poca velocidad pero hacía bastante ruido, y aunque era llamativo, no dejaba de ser un simple vehículo en mal estado, de modo que el hombre siguió caminando de forma despreocupada.
Cuando pasó a su lado, el vehículo disminuyó la marcha al mismo tiempo que la puerta lateral se abría.
Alguien desde el interior realizó un disparo.
El ataque fue directo, dio en el pecho e hizo caer de espalda al hombre, tomado por completo por sorpresa; antes que su cuerpo terminara de tocar el suelo, dos hombres descendieron del vehículo, con el rostro cubierto por gorros pasamontaña, y se abalanzaron sobre él. De inmediato y sin titubear, lo tomaron por los brazos, y lo arrastraron a peso muerto hacia el interior del vehículo, el que reinició su marcha, sólo que en esta ocasión a gran velocidad, dejando la calle vacía y a muchas personas asombradas detrás de las ventanas de las casas más próximas.



Próximo capítulo: Con la ventaja en las manos