No vayas a casa Capítulo 30: No te sueltes



Algo no estaba funcionando bien. En un principio creyó que se trataba del efecto inicial, pero luego de determinado tiempo, no estaba seguro, y comenzaba a preocuparse.
Por supuesto que se trataba de algo sorpresivo, y esperó tener ciertas complicaciones al respecto; el plan original consistía en disponer de un espacio, en que nadie los interrumpiera, esa misma noche en el cuarto quizá, y hacer el mismo cambio que unas horas antes realizó con Vicente ¡Lo que podría lograr a partir de ahí era inimaginable! Cuando entró en la casa, vio que la mujer estaba alterada, y le pareció lógico por el tiempo que Vicente llevaba ausente, pero a poco andar comprendió que algo no estaba bien. ¿Por qué lo miraba de esa manera, que había de diferente en ese cuerpo? No se trataba sólo de las heridas, había algo más, como un tono de alarma en sus ojos, algo que no lograba identificar.
Y entonces ocurrió lo inesperado, y ella reaccionó como un animal rabioso, lanzándose contra él para atacarlo, para dañarlo ¿Qué clase de persona se atrevía a hacer algo como eso? Ella no era así, había visto a través de los ojos de Vicente que aunque era de carácter fuerte, no sería capaz de intentar dañar a alguien Y sin embargo, lo atacó de forma directa, dominada por una fuerza muy superior y que lo sorprendió. En ese momento comprendió que los planes tendrían que cambiar, y que era imprescindible apropiarse del pequeño antes que ella lo arruinara todo. Pero era él quien estaba en control de sí mismo, quien sabía lo que en realidad estaba pasando, y además tenía la fuerza necesaria para adelantarse los hechos. Hizo todo lo posible por librarse de ella, pero la mujer tenía una fuerza y determinación implacable; ese era un tipo de fuerza que él no conocía, y que hizo que las cosas fueran cuesta arriba. Cuando descubrió que ella lo que en realidad intentaba era apartar al niño de él, supo que era necesario poner fin a todo eso, antes que alguien más se interpusiera; de un momento a otro vio el cuchillo; y supo que el arma con que había sido atacado serviría también para dar término a una situación que se estaba volviendo en su contra. Gritó, y luchó por quitar del brazo el objeto, presa por un instante de un miedo que no podía explicar, y que iba más allá de lo que pasaba simplemente en el brazo: había una señal que se transmitía desde allí hacia la cabeza sin que pudiera hacer algo al respecto; luego, casi como de forma automática, se activó en él un nuevo sentimiento, algo que no había sentido jamás, pero que de alguna manera percibió en el propio Vicente cuando estuvo tan cerca de librarse de él. Se volvió todo de un color que no podía explicar, como si las cosas a su alrededor pasaran a segundo plano, y sólo pudo pensar en una cosa: que ella no podía llegar hasta el niño antes que él. Arrancó con furia el cuchillo del brazo, y sin tomar en cuenta el daño que pudiese hacerle esa herida, corrió tras ella, para disminuir la distancia; quería golpearla, quería hacerla sentir ese dolor y mucho más por atreverse a hacerle algo como eso, pero supo que si ella estaba dotada de esa energía tan desconocida, también sería un riesgo a tener en cuenta. Mientras subía las escaleras a toda velocidad, escuchó la voz del pequeño, y un instante después lo vio, pero no a tiempo para alcanzarlo antes que los brazos de esa mujer enloquecida ¡Pretendía quitárselo! Jamás iba a permitir eso, de forma que la golpeó y se lo arrebató, pero ella siguió luchando con él, lanzando golpes e interponiéndose, aunque solo hasta el momento en que pudo golpearla en la cara y quitarla del camino; estuvo tan cerca de lograrlo, faltó tan poco.
Y Sin embargo, ambos fallaron.
Por una milésima de segundo, a lo largo de una distancia casi imposible de estimar, lo tuvo al alcance de sus dedos, pero la caída y los descontrolados movimientos de ella confabularon para que el arma escapara de sus manos.
Después, vino un sentimiento de horror.
No había tenido oportunidad de conocer el dolor físico en el cuerpo de Vicente, y sabía que el suyo en el pasado era una dimensión diferente; pero pudo experimentar con las heridas que había en manos y piernas, palpando y reconociendo qué era lo que se producía en su ser al sentir algo como eso. No era agradable, y en realidad resultaba bastante molesto, pero era parte de las muchas cosas que tenía que saber para utilizar ese cuerpo al máximo. El ataque con el cuchillo fue otra cosa, algo que sintió como una explosión desde el centro mismo de ese cuerpo, una oleada que se expandió por el brazo, rodeando la herida con un mar de sensaciones críticas y confusas. Pero después, en el momento mismo de caer al suelo junto con ella, ambos con nada más en la mente y los sentidos que el arma que podía definir todo eso, fue él quien sintió la herida, y el dolor que experimentó fue mucho peor que el del brazo. Algo estaba saliendo terriblemente mal, porque sintió que el cuerpo dejaba de responder, y al mismo momento que la visión se le nublaba; su mente recordaba cosas acerca de las heridas, y supo que todo estaba en juego, que la apuesta mayor debía ser justo ahí, o jamás. Casi al límite de las fuerzas, logró tocar al pequeño, y se concentró al máximo, mirándolo con una intensidad inusitada y luchando por conseguir de forma repentina algo que lo era todo en ese momento ¡El cuerpo de Vicente estaba muriendo! Sintió la reacción física, la forma en que los miembros perdieron control, y el propio cuello se retorció intentando poner distancia en donde el niño clavaba con fuerza el cuchillo, casi con precisión quirúrgica; luchó y luchó, con más ahínco que la vez anterior, sabiendo que se trataba de la única oportunidad que tendría, que si el cuerpo de Vicente moría con él dentro, ya nunca podría escapar.
Perdió todo control y sentido de lo que estaba pasando, quiso gritar y escapar, pero no pudo hacer ninguna de estas cosas. Todo se volvió oscuro.
Y luego regresó a los sentidos y a ver, y vio el cuerpo de Vicente sobre el de la mujer, tendido boca abajo, y supo de inmediato que había muerto, de la misma manera que supo que el cuerpo en la casa de reposo, con Vicente dentro de él, lo había hecho en su momento; estaba otra vez en un nuevo sitio, y había salido victorioso de nuevo.
Pero no pudo moverse, ni reaccionar.
Su cuerpo, su nuevo cuerpo, estaba en la misma posición que lo recordaba de antes de realizar el cambio, con las manos sujetando el cuchillo cuya hoja casi no quedaba a la vista, penetrando en la piel y la carne del cuello. Aún existía algo que no podía definir, pero que podría ser un acto reflejo, en el que seguía presionando, de rodillas en el suelo, con la cabeza un poco ladeada, a tan sólo unos centímetros del cuerpo inerte, que ya jamás volvería a levantarse desde donde estaba. Si el cuchillo estaba en esas nuevas manos, no podía estar entonces clavado en la mujer, lo que significaba que seguía viva y siendo un peligro ¡Un momento! Todo eso se desencadenó, de seguro, porque ella sintió que su hijo estaba en peligro, porque percibió algo o tuvo un presentimiento acerca del regreso de Vicente, y decidió pasar a la acción. Pero ahora el Vicente que ella conocía estaba muerto de todas las formas posibles, y lo que le quedaba era, de hecho, la persona a quien había tratado de proteger y salvaguardar con todas sus fuerzas ¿Qué podía ser mejor que eso? Tendría la protección necesaria, y todas las sospechas caerían con fuerza sobre ese cuerpo inerte que había alcanzado a abandonar, dejándolo a él en un nuevo sitio de comodidad, bajo el mismo precepto indestructible del amor; porque eso era cierto, ella amaba a su hijo, al igual que Vicente en el pasado. Se dijo que seguramente, la dificultad para moverse tenía que ver con lo repentino del acto, y el nulo conocimiento de los recovecos de la mente de ese niño.
Pero el niño estaba acosado por un terror indescriptible, y al verse a riesgo, reaccionó como la mayoría de los seres en una situación similar, intentado defenderse de su agresor. ¿Quién podía decir en verdad que el amor era un sentimiento tan poderoso? Sólo se trataba de ideas con que las personas se engañaban de forma constante, usando sus palabras y sus habituales mentiras. No, el amor no era más que una palabra, cuyo significado era modificado según la conveniencia de cada quien; al final, en el momento decisivo, las personas siempre elegían defenderse a sí mismas cuando no les quedaba nada más, y en ese momento, lo más probable es que el hijo pensara que la madre estaba muerta, por lo que siguió el único camino que le quedaba. Nunca podría conocer con detalle el dolor y miedo experimentado por el niño, por lo que esa diversión le quedaría prohibida, pero se trataba de un precio justo a pagar a cambio de haber escapado de las garras de la muerte. Y el chiquillo, asustado y llorando, usó su fuerza para matar al que creía era su padre, cuando en realidad lo que hizo fue extinguir la llama de su vida la vida en el cuerpo que podría haberlo salvado. Mientras se concentraba de la forma apropiada para tomar control del nuevo cuerpo que tenía, se tomó un instante para divertirse ante la posibilidad de la escena que habría presenciado desde primera fila, viendo como la madre, presa de un ataque de histeria, intentaba alejarse de quien creía era su esposo completamente enloquecido, al tiempo que este sufrió una terrible conmoción. Se deleitó con la idea, de ver al chiquillo destruido desde el interior, enloquecido hasta el punto de no retorno; la cárcel para él, o una institución para enfermos mentales, la depresión total y el abandono para ella, dedicada a cuidar a un hijo impostor, a quien nunca podría atacar ni acusar de nada, porque ser su madre la ataría a él hasta el fin de sus días, condenándola a ser su guía y apoyo, su sirvienta, su amiga. ¿Qué respondería ella, cuál sería su expresión si él, su nuevo hijo, le solicitara un abrazo con los ojos brillosos? ¿Cómo reaccionaría si él le dijera, con voz temblorosa, que necesitaba del abrigo de su cuerpo, del tacto de su pecho como cuando era un bebé? Entonces ella lo miró; y empezó a hablarle, muy despacio y con cautela ¿Qué cosas pasarían por su mente al ver a su hijo sosteniendo el arma que había terminado con la vida del que creía su propio esposo? Jamás se libraría de esas pesadillas, pero aun así se mantendría junto con él, y haría todo lo posible por continuar su crianza, por hacerlo crecer libre de todo temor.
Entró ese hombre, al que reconoció por la voz, pero ella lo hizo salir con palabras determinantes ¿Acaso estaría pensando en quedarse a solas mientras llegaba la policía? Claro, de seguro tendría la intención de declarar en contra del hombre muerto, pero luego de permanecer el mayor tiempo posible escondida, a salvo de las miradas de lástima de cualquiera a su alrededor. El hombre salió, y ella se tomó un tiempo más, mientras él, divertido y más aliviado al poder controlar sus pensamientos y ver de forma clara, se dejó cuidar, como de seguro sería desde entonces.
En un principio pensó que ella lloraría, pero se sintió un poco decepcionado al ver que ella en realidad se ocupaba de separarse del cuerpo y luego tomarlo en brazos. Para ese instante ya había reaccionado mejor, y podía moverse, aunque con dificultad; tanto mejor, ella lo asociaría con el trauma de lo recién vivido y no se separaría de él.
Caminó con él en brazos hacia la escalera, sin mencionar palabra, y llegó junto con él hasta el segundo el piso, y hasta el baño, sin responder a sus preguntas.
Probablemente estaba muy golpeada por las emociones como para poder articular palabra con facilidad; de cualquier forma, no era difícil imaginar que estuviera atontada, ya que no sólo se trataba de lo que había vivido, sino también de lo experimentado en el cuerpo: el labio inferior tenía dos cortes con sangre, y además de zonas enrojecidas en la mejilla, tenía un par de cortes más en la frente, justo encima del ojo. Se veía realmente dañada, pero no era para tanto, después de todo seguía moviéndose.

—El baño es un rito.

 Su voz se escuchaba muy ronca, incluso ahora más que cuando intentaba, según ella, hacerlo reaccionar. Lo había dejado a en el suelo, y se quedó de pie, con la vista perdida, cansada y destrozada.

—Es algo que no solamente trata de limpiar el cuerpo; de otra manera, también ayuda a despejar la mente, para entender mejor las cosas, calmarse y poder estar mejor. No podemos estar así.

Accionó el control de agua, y mientras esperaba a que el espacio hasta el borde de forma silenciosa se llenara, se quedó muy quieta, sólo con un ligero temblor en los labios ¿Iría a llorar entonces? Sabía que todas las personas reaccionaban diferente, que algunas tardaban más en llorar o desesperarse, y ella de seguro era una de ellas. Recordó las veces en que escuchó con tanta atención lo que esas mujeres le decían, los libros sobre sicología y comportamiento humano que leían después de los cuentos, y la forma en que memorizaba cada palabra, hasta entender la mente humana mucho más allá de lo que jamás había esperado; todo eso servía de mucho, tanto como sirvió para confundir y manipular a Vicente, como serviría para controlarla y quizás, si quería, volverla loca a ella.

— ¿Nos vamos a bañar?

Se tardó en responder, pero él no hizo nada; se dijo a sí mismo que era muy importante mantener el papel, y un niño en esas circunstancias, en las que se supone que había pasado por un trauma, no hablaría, ni se pondría a correr o jugar. No, estaría muy quieto, asustado, esperando a que mamá se hiciera cargo y lo pusiera a salvo; quizás sería más divertido hacer alguna cosa, pero de momento, no tenía otra opción más que esperar.
Ella se puso de cuclillas, mirándolo a los ojos, mientras por su mente de seguro pasaban una y otra vez las imágenes de lo sucedido hace tan poco; de cerca, los golpes y la hinchazón en determinadas zonas de la cara eran mucho más evidentes, de forma que se dijo que quizás también quería poner algo de control en eso, mojarse la cara o tomar un analgésico ¿Y si le decía, con su tono más amoroso, que se recostara a dormir? No, era muy pronto para hacer algo así, tenía que controlarse y esperar, ya tendría muchas oportunidades de hacer todo lo que quisiera ¡Tenía toda la vida por delante! Lo que había pensado en un inicio como un plan a futuro, por acción de ella y del chiquillo se había precipitado, dejando todo bajo su control; podía tener lo que siempre había sido  su derecho: ser un niño, crecer y conocer todo lo que debía, no como un espectador, sino como el que lo viviría, muy de a poco. La diferencia con los niños es que él ya sabía todo lo que era necesario, el resto sería experimentar en cuerpo propio, poder sentir la libertad de correr, de saborear, de perseguir o torturar a los niños con su intelecto superior. De conocer el cuerpo de las mujeres, de entrar en ellas, de acosarlas y perseguirlas incluso siendo un niño, o convertirse en una víctima por el sólo gusto de tener el poder de otra forma. No había límites.

—Vicente —dijo en voz muy baja, casi como un susurro—, te amé con todas mis fuerzas.

Entonces era eso, iba a hacer reflexiones acerca de la vida. Estaba tratando de canalizar su impacto y tristeza a través de las palabras, expresando lo que no podía solucionar o asimilar para evitar enloquecer. Si es que no estaba enloqueciendo ya.

—Vicente, te amé tanto…pero sabes que…

Ahora que ya estaba muerto, Jacobo sintió una inexplicable satisfacción, viéndola a ella convertida prácticamente en un despojo, que aun así intentaba servir de algo, hacer algo que tuviera utilidad. Había hablado del baño, lo que significaba que intentaría limpiarse, quitar de su cuerpo la sangre de él, y a él mismo limpiarlo. Sería entonces, mucho más pronto de lo que pensaba, tendría en sus manos, al alcance de esos nuevos dedos que podía mover y a través de los que podía sentir, que la tendría a ella. Sería la forma más inmediata de verla, de apropiarse de esa imagen para siempre. Se quedó muy quieto, mirándola mientras forzaba una expresión de indefensión ¿Quién más que él sabría la forma perfecta de hacer esos gestos?

—Pero a Benjamín lo amé más que a mi vida. Benjamín —añadió con la vista perdida, sin ver—, te amo más que a mi propia vida.

Entonces enfocó la vista, y lo miró de forma directa. Jacobo sentía que estaba a punto de suceder, que en cualquier momento ella se desnudaría, y podría verla de forma real, completamente real. No era como las mujeres con las que había estado Vicente en el pasado, esto se trataba de verlo en primera persona, de tenerla a tan sólo un aliento de distancia. La mirada de ella era directa, pero escondía una expresión que en su emoción no alcanzaba a identificar.

—Pero tú…no eres mi hijo.

No dio tiempo a nada más, y tomándolo por los hombros, lo sumergió de espalda en la tina, sintiéndose inmune a las salpicaduras; durante un eterno segundo no hizo nada más que mantenerlo en el fondo, ignorando los débiles forcejeos, pero no lo mantuvo así más que un instante ¿Qué estaba sucediendo? Intentó moverse, pero al estar dentro del agua, fue como si no tuviera control de lo que su cuerpo era capaz de hacer ¿Por qué estaba debajo del agua, por qué no se había desprendido de la ropa? Después lo levantó, manteniendo el cuerpo dentro del agua, pero con el torso por fuera. La miró de nuevo, y vio que la expresión antes indescifrable era ahora dura y casi violenta. ¿Acaso lo había descubierto?

—Mamá, soy yo.

Sin esperar más, volvió a sumergirlo en el agua. En ese momento, sintió pánico por lo que estaba ocurriendo ¿Cómo podía saberlo? Era imposible, ella no podía saber algo como eso con sólo mirarlo, nadie jamás lo sabría; no había aire, no podía respirar, y el cristalino líquido a su alrededor se volvió una cárcel, un sitio suave y que no podía sujetar, pero que al mismo tiempo lo estaba presionando. Las manos de ella sobre él, y el agua tocando los ojos, filtrándose por las ventanas de la nariz, y esa sensación de ahogo, de no poder hacer nada ¡Era un niño! Se dio cuenta con pánico que ya no tenía la fuerza de antes, que no podía sólo golpearla como antes en la escalera, que no podía librarse; ella era la dueña de la situación en ese momento, y él estaba por completo desvalido. Cuando volvió a sacarlo, sentir otra vez que podía respirar se hizo al mismo tiempo agradable y terrible, porque hizo que tuviera pleno entendimiento de lo que estaba pasando. Una acción tan sencilla como moverlo tan sólo unos centímetros, podía poner en riesgo todo lo que tenía, y todo lo que era. El agarre de las manos de ella en él era como garras de las que no sabía cómo librarse.

—Mami, soy yo, soy tu hijo.

La mirada de ella hizo que se sintiera auténticamente asustado; no era dolor, tristeza ni angustia, sino una decisión que iba más allá de saber o querer algo. La mirada lo fulminaba, y sintió por primera vez como si esos ojos, tan fijos en los suyos, pudieran traspasar las barreras del iris y entrar en él ¡Pero ella no podía entrar en su mente!

— ¿Qué hiciste con mi hijo?

Estaba asustándose, pero tenía que mantener el control de la situación ¡Un momento! Recordaba que algunos estados de miedo causaban agresividad, lo que significaba que ella podía estar en uno de esos estados: destrozada por la muerte de su hombre, aterrorizada por saber que lo había hecho su propio hijo, ahora no sabía cómo reaccionar. Lo que tenía que hacer era quebrarla, llegar hasta ella y provocar el momento específico en que ya no volvería a ser la misma, en que el dolor de ella sería demasiado. Intentó soltarse de su agarre.

—Quiero que me digas en este momento qué fue lo que hiciste con mi hijo.

Hubo un momento de inmovilidad y silencio, y trató de soltarse con más fuerza, pero ella reaccionó primero y volvió a sumergirlo. Sin pensar, abrió la boca para intentar decir su nombre, pero el agua entró a raudales, llenando todo de una forma mucho más violenta que antes; cerró los ojos, poseído por una sensación de alarma que estaba un paso más allá de lo sucedido tan sólo un momento antes. No se trataba de un estado de miedo, estaba perdiendo el control de sí misma, estaba enloqueciendo a más velocidad de la que él mismo habría creído. Necesitaba mantener la calma, y liberarse de ella.

—Responde.
—Mami.

Ella cortó sus palabras con una bofetada. El golpe hizo que se quedara sin voz, y sin el poco aire que había recuperado desde que botara el agua; se le llenaron los ojos de lágrimas, y por primera vez sintió lo que era el llanto, que venía a él sin llamarlo, como una sensación abrumadora, algo que no podía controlar. Pero era mejor así, apelaría a su amor de madre, a ese sentimiento que minutos atrás la hizo poner en riesgo su vida para protegerlo, y la controlaría a través de ello. Lloraría lo que fuera necesario.

—Mami, tengo miedo.
—Mírame a los ojos.

Lo apretó más; no podía soltarse, estaba por completo prisionero de sus manos, y en ese momento echó de menos la fuerza de Vicente, de ese cuerpo adulto que le habría permitido alejarla tan sólo con un bofetón. Cuando ella trató de sujetarlo en la escalera, debió haber seguido golpeándola, hasta que la sangre inundara su garganta, hasta que los ojos se salieran de las órbitas, hasta que no respirara más.

—No sé si lo entiendes, pero yo tuve a Benjamín dentro de mí. Es mi hijo, y sé qué cosas hace, sé cómo habla, y sé cómo me mira. No trates de engañarme porque no puedes hacerlo.

No estaba enloqueciendo ¡Lo sabía! Sintió una oleada de miedo al comprobar, mirándola a los ojos, que ella en realidad no derramaba ni una lágrima, y que no estaba ya tiritando, ni dudando con respecto a nada. Lo sabía, sabía toda la verdad, y en ese preciso momento, esa mujer que debería cuidarlo y protegerlo como su hijo, sabía que él no lo era.

— ¿Qué hiciste con mi hijo?

Ambos quedaron enfrentados, ella mirando con un una determinación superior a cualquier otra cosa, él aparentando sorpresa y desamparo aun cuando veía en claridad que eso no estaba dado resultado.

— No voy a darte otra oportunidad.

Estaba hablando es serio. Pero incluso llegados a ese momento, ella no podía saber toda la verdad; tal vez la intuía, o creía entender algo, pero nunca podría saber con claridad lo que estaba pasando.

—No me hagas daño.

Ella no mostró reacción alguna, y siguió mirándolo muy fijo; se sintió acosado por un sentimiento que no sabía cómo definir, algo profundo y que venía desde dentro. Era como hace un momento ¿Cómo podía ella entrar en su mente? Era imposible, las personas no hacían eso; recordó las veces que estuvo ahí, dentro de la mente de Vicente como un visitante silencioso, y vio a través de sus ojos cómo éstos se enfocaban en los de ella ¡Él  habría descubierto si ella fuera capaz de algo así! No, eso no sucedió, estaba seguro de eso y, sin embargo, sentía que esa mirada penetraba en su ser, que se adentraba más y más allá de donde debería, como un cuerpo sólido que era capaz de ir incluso del otro lado de los ojos, adentrándose en la oscuridad y en el territorio que era sólo de sus pensamientos, sólo de su propiedad. Quiso gritar, y se dio cuenta de que no podía ¿Qué era ese dolor camuflado de otra sensación en su interior?

—Responde.

¡No debía caer en la desesperación! Más allá de lo que estuviera haciendo, y de lo inexplicable que pudiese parecer, él tenía la ventaja. Quizás ahora no podía entrar en la mente de ella como antes lo hizo con Vicente, pero mantenía la rapidez, y el control sobre las emociones; sabía qué decir y qué no, y lo más importante de todo, aunque el chiquillo no estuviera ya más, eso era algo que sólo él podía saber, de forma que era un arma en verdad poderosa. Puso las manos sobre los antebrazos de ella, y se percató de cómo la mujer experimentaba un ligero estremecimiento, pese a lo cual se mantenía firme en su acto de sujetarlo por la fuerza. Pero eso no duraría mucho.

— ¿Lo extrañas?
—No juegues conmigo. Te he dicho que es tu última oportunidad.

Por un instante quiso hablar y no pudo, atenazado por la presión en los hombros que de alguna forma era más que sólo eso; aún sentía los ojos llenos de lágrimas ¿Cómo se hacía para llorar? Era algo que no había pensado aprender, pero saber que era posible, sentir que estaba a un momento de pasar y hacerlo de forma consciente eran tres cosas diferentes, y no sabía cómo manejarlas. Pero el llanto era una forma de expresar dolor, tristeza, soledad, cualquier sentimiento que resultara en un daño para la persona, lo que significaba que tenía que potenciar esos sentimientos para que las lágrimas fluyeran; estaba entonces en medio de un conflicto, ya que se hacía necesario sentirse débil y vulnerable para poder llamar a la acción a esa capacidad, mientras que lo que necesitaba era ser fuerte y concentrarse más que nunca.
Decidió por lo segundo; en ese momento ya estaba establecido el contacto con ella, y sabiendo que ella amaba a su hijo con tanta fuerza como para ponerse en riesgo, sólo debía empujarla un poco más hacia el abismo en donde él tomaría nuevamente el control.

—Puedo traerlo de vuelta, si tú me lo pides.

El agarre de las manos de ella se aflojó, pero sólo por un instante que pasó tan rápido que casi creyó que se trataba de una percepción; seguía sujeto por ella de la misma forma que antes, preso tanto de sus manos como de sus ojos; pero, a en contraposición, ella no había dicho nada, estaba como petrificada, una estatua de piedra que, por muy fuerte y resistente que pareciera, no tenía la voluntad de moverse. Y además, podría quebrarse.

—Si tú me lo pides, puedo traerlo, y se quedará contigo para siempre. Nunca lo perderás.
—Nunca lo perderé.

La voz tuvo un ligero tinte de duda: perfecto, estaba tocando justo el punto que tenía que tocar, atacando de la forma correcta para hacerla quebrarse. Nada había cambiado, y el cuerpo que tenía ahora era la mejor arma visual para conseguir sus objetivos de forma definitiva.

—Lo traeré de vuelta, si me dejas ir.

Iris contuvo la respiración por un momento, pero no hizo mayor aspaviento; recordó cierto día en que salieron de la ciudad y fueron juntos al campo, o para ser más precisa, a un centro de relajación natural a las afueras de la ciudad; se trataba de un hermoso sitio ubicado junto a un espeso bosque, algo parecido a un hotel pero sin las costumbres y métodos clásicos de uno: allí era como estar en casa, siguiendo las fórmulas propias, compartiendo y colaborando con los deberes de la cosa, aunque desde luego en menor medida que quieres trabajaba allí. Podías ayudar en la cocina, cortar leña o sacar la ropa sucia, todo dependiendo de tus capacidades y tiempo, pero también podías estar sólo el tiempo justo y necesario y dedicar el resto a hacer caminatas, ir al lago o tomar sol; Benjamín tenía cinco años, y fue para él su primera experiencia rodeado de la naturaleza, por lo que pudo pasar del conocimiento de los animales del zoológico a verlos de forma directa. En un momento, los tres se quedaron inmóviles en medio de un camino entre plantas, mirando una lagartija que estaba posada sobre el tronco de un árbol; fue algo muy sencillo y a la vez maravilloso, el hecho de ver como el hijo de ambos era capaz de sorprenderse y dedicar tiempo y atención a un pequeño ser vivo que no solo era llamativo, sino que además estaba a un ambiente propio. A ambos les llamó mucho la atención que no quiso acercarse al animal, y cundo cuando más tarde estaban conversado al respecto, su explicación fue breve pero muy concreta, explicando que la lagartija estaba muy quieta porque tenía frío y por eso debía asolearse; ninguno recordaba de manera específica si alguna vez le habían hablado de los animales de sangre fría, o si se trataba de algo aprendido en un documental, pero lo cierto es que el alcance de su razonamiento era enternecedor al tiempo que hablaba de lo mucho que le interesaban los demás. Miró por el rabillo del ojo, no para asegurarse de que no hubiera nadie cerca, sino como una forma de mirar más allá, y desplazarse hasta el primer piso, en donde había una escena, aun sucediendo, que no había terminado.

—Entonces eso es lo que hiciste.

Su mirada entonces fue distinta otra vez, y Jacobo vio con claridad que, en los ojos de ella, asomaba una terrible verdad.

—Tú eras  él.

No, no era posible; ella estaba mucho más cerca, en un instante, de lo que Vicente jamás había estado de descubrir nada acerca de él y sus intenciones, incluso conociendo su identidad y recordando desde el pasado. ¿Qué era lo que permitía que esa mujer llegara tan lejos?
Pero no importaba, tenía que concentrarse en lo importante, en entrar en ella, e incluso a ese respecto podía servir la conexión que sin sospechar realizaba, al querer entrar tan profundo en la mente de él.

No podía decir cómo, pero Iris había entendido todo. Por un momento fue como si, más allá del dolor físico, el miedo y la angustia, algo la llamara a ver los cosas con más claridad, como si de alguna forma el pasar por aquellas experiencias, una tras otra y sin descanso, hubieran hecho un espacio distinto en su mente, causando un cambio de enfoque, o quizás, una apertura visual. Quizás jamás podría explicarlo de una forma correcta, pero supo que el hombre que entró en su casa unos minutos atrás con aquellas perversas intenciones, no era Vicente más que en cáscara, que en el interior se trataba de alguien más, un ser con un apetito destructivo incontrolable y la suficiente sangre fría para tratar de hacerle daño a un niño inocente. No era un mal mental, no era un desorden que tuviera lugar en la mente de Vicente, porque ese ser no era Vicente, en ninguna forma. Así fue como concluyó que, cuando ambos se abalanzaron sobre el cuchillo, ella intentando poner fin a esa pesadilla y él luchando por acabar con ellos, de alguna manera esa fuerza malvada y tremenda se trasladó a Benjamín, metiéndose en su cuerpo, destrozando su mente y ocupado su lugar. ¡Oh por Dios, el cuchillo! Vicente, o quien hubiera sido en ese momento, estaba muerto, y la fuerza sobrehumana que lo destruyó hasta convertirlo en aquello que amenazó a ambos, se traspasó a Benjamín. Sintió que en el interior de su ser se abría un vacío muy grande, una especie de oscuridad profunda, que iba más allá del dolor porque allí no había nada. Había perdido a Vicente, y ahora entendía que también a Benjamín.

—Lo mataste.

Sintió la voz vacía, sin un ápice de sentimiento en ella, y se dijo que en ese preciso momento, algo había muerto también en su interior. Más allá de lo que nadie pudiera explicar, de lo que incluso alguna vez alguien pudiera entender, algo murió en ese mismo instante, y nada podría recuperarlo; había muerto su vida, su alegría, el amor y la compañía que conocía desde hacía tanto tiempo, incluyendo junto con ello las esperanzas y las posibilidades de futuro ¿Qué era lo que tenía sujeto entre sus manos? ¿Podía llamarse persona, podía ser considerado un ser humano a pesar de esconder en su interior la aberración que ella ya sabía era, al haber visto la verdad en sus ojos?
Pero eso era algo que sólo sabría ella en su interior porque ¿Quién podría creer algo como eso? ¿No la tildarían de loca al escuchar de sus labios semejante atrocidad?

—Lo extrañas ¿Verdad? Lo traeré para ti, sólo déjame ir, y todo volverá a ser como antes, lo tendrás de nuevo, sólo para ti.

El contacto estaba establecido, y se sintió pleno de fuerzas y de concentración, listo para proceder; ella, presa del miedo y la indignación, acaso de la ofensa, no lo soltaba, y no lo soltaría hasta que fuera necesario. Estaba convencida de que manteniéndolo sujeto ejercía control,  y al escucharlo pedirle que lo soltara, más se aferraría a esa necesidad. No me sueltes, se dijo en su interior. Cuando todo termine, tú serás el niño en mis brazos.


2


Juan Miguel asintió de forma severa en cuanto el primer carro de policía llegó; de él descendió una pareja de oficiales que avanzaron hacia él con aire tenso, pero controlado.

— ¿Usted hizo la llamada?
—Sí, yo la hice.
— ¿Entró en la propiedad?

Al menos se trataba de oficiales con experiencia en situaciones violentas; los últimos minutos, si bien no habían sido muchos, resultaron tensos y agotadores. La visión que tuvo del interior era algo que de seguro no borraría de su ser en mucho tiempo.

—Entré, pero volví a salir, creí que era lo mejor no intervenir en el lugar; ya no hay nada que se pueda hacer de todas maneras.

La mujer asintió sin decir palabra, y poniéndose unos guantes con gesto profesional, abrió la puerta; el otro oficial y Juan Miguel entraron después de ella.

— ¿Dónde está ella?

La voz de la mujer era fuerte, inspiraba respeto, pero aún detrás de ella había un toque de nerviosismo; él reconoció la voz con la que habló por teléfono, a la que le contó lo sucedido, cuando tuvo que usar un lenguaje frío y decir que en la dirección citada había al menos una persona fallecida, pero probablemente dos. Eso significaba que, al menos de momento, no era necesario repetir toda la historia.
No estaba Iris, ni el niño. Juan Miguel no respondió, y de pronto se vio a sí mismo avanzando un paso, dos, tres, hacia el cuerpo de Vicente, que permanecía en el suelo, tendido boca abajo, en una posición que delataba lo que había sucedido, incluso más que la sangre que de forma inevitable era lo primero en llamar la atención en él. El policía lo sujetó de un brazo.

—No puede acercarse.

El cuchillo sobresalía del cuello inmóvil, pero lo que, desde un poco más cerca llamó su atención, fue la violenta expresión del rostro, y los ojos muy abiertos que parecían seguir mirando sin ver.

—Tiene los ojos abiertos, yo solo…

No pudo decir más, pero el hombre se compadeció y se inclinó junto al cuerpo, haciendo un delicado y calculado movimiento con el que bajó los parpados, hasta cerrar los ojos por completo; en tanto, la mujer se estaba acercando al pie de la escalera, e hizo un gesto imperceptible a su compañero, señalado unas diminutas manchas rojas en el suelo. Juan Miguel siguió los controlados movimientos de ambos y descubrió que había un inconstante pero notorio rastro de sangre. Entonces, en efecto, cuando él llegó, Iris le pidió que se quedara por fuera porque había sucedido.

—Arriba está el cuarto de Benjamín —dijo en voz baja. Se sorprendió de notar lo frágil que se escuchaba—, lo más seguro es que haya querido dejar…que descansara ahí.

No había pasado casi el tiempo, desde que se levantó y decidió llamar a Iris, hasta que llegó de forma atropellada a la casa y entró forzando la puerta de un empujón, y todo había cambiado del cielo a la tierra. Se dijo que la petición, casi la exigencia de Iris, había sido la correcta aún cuando se tratara de una exclamación en una situación desesperada: ninguno de ellos pertenecía ahí.

—Déjeme ir con ustedes, creo que puedo ayudar.
—Está bien, pero no toque nada y manténgase junto a nosotros en todo momento.

Mientras subía la escalera, precedido por la oficial, pudo dar un breve vistazo a los detalles que cambiaron el entorno y que habían pasado desapercibidos por la adrenalina: un cuadro roto en el suelo, unas marcas de sangre en la baranda de la escalera, y vidrio desperdigado por todos partes. Entonces el ataque tuvo un desplazamiento entre las dos plantas. Cuando llegaron al segundo piso, el hombre se fijó en que las puertas de los cuartos estaban abiertas, y el cuarto matrimonial asomaba, en el umbral, un pequeño mueble caído, probablemente durante lo que a todas luces fue un enfrentamiento.

Desvió la mirada hacia la puerta del baño, y la vio.

Iris.

Estaba sentada en el suelo, con el pequeño recostado junto a ella.



Próximo capítulo: Sé que me escuchas