No vayas a casa Capítulo 19: Comencé a oír




Cuando apagó el teléfono, sintió que había cortado una cuerda que hasta ese momento lo había mantenido atado y seguro a la tierra; Iris y Benjamín, su relación con ambos, era lo que lo mantenía con los pies en la tierra, pero al mismo tiempo se trataba de un camino conductor del riesgo, algo que no podía permitirse. Recordó cuando golpeó a su esposa en medio de jugueteos sexuales, y se preguntó si quizás eso también tenía que ver con la voz que amenazaba su tranquilidad ¿Quién era, por qué hacía eso, cuál era su fin último, dónde estaba? Eran demasiadas preguntas sin respuesta, y para las que no tenía el tiempo suficiente, porque estaba seguro de que volvería a escucharla, y en tal caso, volvería a ser asediado por los horribles dolores. Se sentó, agotado, en el asiento del conductor, y buscó en el compartimiento hasta que encontró una botella con un poco de agua, la que estaría tibia y con mal sabor, pero de todas formas sería mejor que lo que sus papilas gustativas sentían en ese momento; se enjuagó la boca, y luego bebió un poco del líquido transparente, dejando que pasara por la garganta lacerada por sus gritos y los vómitos, hasta asentarse. La situación era surrealista, increíble desde todo punto de vista, pero él sabía que era así, que no estaba siendo víctima de ningún tipo de locura; resultaba extraño, entonces, sentir un miedo tan atroz ante el hecho de saberse cuerdo, pero era explicable porque significaba que estaba bajo el influjo de algo mucho más grande que él.
Estaba pensando con demasiada lentitud, tenía que hacer un esfuerzo por sobreponerse al cansancio y los dolores y ponerse en acción; jamás había sido supersticioso, pero llegado a esa instancia, lo único que se le ocurría era recurrir a alguien que pudiera ver algo que él no, con otros ojos.
Cuando se miró en el espejo retrovisor, no pudo evitar una exclamación de sorpresa: si se viera a sí mismo en ese momento, de seguro pensaría que había sido golpeado por una pandilla de delincuentes, teniendo las ojeras muy marcadas, los labios resecos con una lesión en el inferior, además de los golpes en la frente, que habían causado un hematoma y algunos cortes superficiales menores. No importaba, su apariencia era lo menos relevante en ese momento. Haciendo memoria, recordó que había una persona a quien podía recurrir por esos asuntos; al poner las manos en el volante vio que sus dedos temblaban, pero apretó con fuerza y se dispuso a conducir.


2


Los secretos eran parte de la vida de las personas, pero no de la suya; su vida, en realidad era un secreto ya que no existía voz con la que expresar sus sentimientos. Para el resto, para quienes estaban alrededor, sólo era una especie de cascarón vacío, alguien de quien compadecerse, a quien dedicar algo del tiempo sobrante, con quien divertirse o incluso usar de experimento. Pero nada más.

Tanto tiempo dentro del encierro, y a la vez dentro de esas paredes, en ese sitio cerrado, confabularon para que el sentimiento fuera creciendo más y más. En un principio, mucho tiempo atrás, todo fue silencio, y esa horrible oscuridad; cuando los rayos de luz penetraron esa barrera intocable, supo lo que era la voz, el sonido y todas las cosas, conoció, escuchó y en su interior quiso reír, hablar y contar, pero no fue posible. Algo había en su interior que evitaba que eso sucediera pero ¿Qué hacía esa diferencia? Desde luego que existía algo, pero no resultaba fácil interpretarlo, porque quedaba en falta un elemento, algo más que la voz que ya tenía conocimiento de su inexistencia.

Pero descubrió que aun en la cárcel en la que se encontraba, era posible hacer algo. Transmitía mensajes a través de los ojos, ojos suyos que eran como los de las personas a las que veía a su alrededor, ojos como los de él. Entonces, tras tiempo de luchar por comprender, entendió qué era lo que pasaba: nunca se había visto, porque las personas, todas ellas quienes estaban afuera, podían ver su reflejo en un espejo, un sencillo pero poderoso artefacto que les decía cómo eran. Así como ya sabía que las personas eran, en apariencia, distintas,   también supo que no podían verse por completo a sí mismas, sólo las extremidades, y recurrían a los espejos para identificar el resto ¿Cómo era en apariencia? Sabía cómo era por dentro, pero no en el exterior, y eso fue, poco a poco, haciendo mella en su interior, en todo lo que era; los otros tenían voz, movimiento, y además, la posibilidad de saber cómo eran por fuera ¿Hasta eso se le negaba? ¿Era una especie de ser de segunda categoría, sin la dignidad suficiente para que alguien le prodigara aunque fuese un poco de atención real?


3


Sofía Tisnados era una experta en terapias alternativas; su rango de conocimiento iba desde la fluoroterapia, hasta el dominio del reiki a la hora de regular el orden dentro de una casa para promover el buen flujo de energías. En su juventud había sido habitual en charlas motivacionales, encuentros de personas que buscan salidas a enfermedades dolorosas, y al mismo tiempo una conocedora de la personalidad humana en profundidad; Vicente la conocía, al menos de forma superficial, desde la época de la universidad, cuando ella dictaba algunas clases de auto superación, y él tuvo que asistir para validar ciertos trabajos no tan bien realizados por él y su grupo de trabajo. Nunca había creído en supersticiones, pero Sofía era una mujer mucho menos mística de lo que sus créditos pudieran anticipar, ella creía con firmeza que todas las terapias no oficiales o aceptadas por la ciencia tenían una base lógica, algo que las sustentaba y podía explicarse, más allá de la fe. Vicente tomó un gran respeto por ella, y se enfrascó en una serie de largos debates extra académicos, en donde contrarrestaban conocimientos y experiencia adquirida, los cuales fueron de gran beneficio para él. En la actualidad, vivía en una casa alejada de la ciudad, hacia la salida poniente, justo a cinco kilómetros del gran casino Marquise, propiedad del extinto conde del mismo nombre; se trataba de una finca pequeña, entre dos más grandes, delimitada por unas sencillas vallas alambradas. La casa estaba en el centro, rodeada de un jardín muy bien cuidado, con docenas de pequeños lotes de flores multicolores y árboles en los extremos; Vicente estacionó el auto en el límite entre esa finca y la siguiente, procurando que pasara desapercibido, muy cerca de un árbol que con su sombra podría ayudar a que la abolladura en el capó se notara menos; de camino había hecho una parada muy breve junto a una llave rural, y se lavó la cara y los brazos, cosa que no cambiaría mucho su aspecto general, pero ayudaba a neutralizar en algo su desgraciada apariencia. Estaba buscando algún timbre o método para llamar, cuando la vio; lucía exactamente igual que hace más de diez años, una mujer robusta, saludable, de largo cabello castaño ceniciento y piel blanca, aunque no pálida; ella vio que alguien estaba en la puerta y volteó hacia él un poco el cuerpo, las manos ocupadas con algo que Vicente no atinó a saber qué era.

— ¿Señora Sofía?

Se trataba de una mujer que inspiraba respeto, no admiración, era probable que supiera mucho más que la mayoría de las personas de su edad, pero era sabia también en la utilización de sus conocimientos, por lo que nunca parecía demasiado satisfecha de saber, y en cambio a menudo sencilla en el trato.

—Disculpe, creo que no...

Mientras hablaba, se había acercado algunos pasos, el ceño un poco fruncido; entonces lo reconoció, y su expresión cambió a una de genuina sorpresa.

—Eres...creo que te he visto antes.
—Soy Vicente, nos conocimos en la universidad hace tiempo.

La mujer dejó aquello que tenía en las manos en un mesón, y avanzó por el camino demarcado por pequeñas piedras ovaladas, hacia la puerta.

— ¿Vicente?

Lo dijo más bien como una confirmación que como un reconocimiento; llegó hasta la reja que separaba el exterior de su terreno, mirándolo de un modo que podría ser escrutador, o crítico.

—En ocasiones no reconozco a las personas después de un tiempo.

No era un inicio de charla, era una afirmación; detenida del otro lado de la reja, resultaba casi cómico que el juego de sombras de los árboles la dejara a ella iluminada mientras que a él, en sombras.

—Tuvimos una serie de charlas en la universidad, tal vez no me recuerde.
—Te recuerdo, Vicente. Tuvimos una serie de conversaciones muy constructivas; esos fueron años muy intensos para mí, fue gratificante hablar con tantas personas, distintas a mí en muchos sentidos. Te recuerdo porque insistías en cuestionar todo lo que sucedía con lo que no puedes demostrar de forma científica.

Se trataba de un recuerdo muy específico; Vicente asintió ante la mirada de ella.

—Disculpe, sé que no nos hemos visto en años y que esto es extraño, pero necesito hablar con usted.
—Luces como si de verdad necesitaras hablar con alguien. Pasa.

Abrió la puerta e hizo ademán para que él entrara; recién en ese momento, al pasar el ficticio umbral del territorio de alguien más, es que el hombre se sintió como de seguro era visto por ella: maloliente, sucio, golpeado y cansado.

— ¿Por qué deja entrar a su propiedad a alguien a quien apenas conoce?

No supo por qué había hecho esa pregunta, pero sintió la necesidad de hacerlo, como si a través de la respuesta pudiera encontrar algo que hiciera que esa visita tuviera sentido. La respuesta de ella no se hizo esperar.

—Tal vez, aún después de todos estos años, no lo creas, pero hay cosas que se perciben más allá de lo que se ven. Siéntate ahí mientras sirvo un poco de agua, estoy segura de que te va a venir muy bien.

El lugar indicado era una sencilla mesa de madera rústica, rodeada por dos bancos del mismo material. Al sentarse, Vicente sintió el dolor en las articulaciones y los músculos, pero al mismo tiempo se percató del ambiente de paz que se vivía en ese sitio, a tan poco de la urbe, un ambiente del que se sentía por completo ajeno. Cuando recibió el vaso con agua, bebió con una cierta indiferencia, pero el líquido frío tenía algo en su interior, un sabor indefinible que hizo que se impregnara en su garganta al pasar y que generó una agradable sensación de tranquilidad. Esta pasó rápido, pero hizo cierto efecto.

—Ahora dime, qué es lo que necesitas de mí.
—Esperaba que usted pudiera decirme eso.

Lo dijo sin pensar, pero esas palabras no eran más que la verdad. Toda su vida se había ido por la borda ¿Qué es lo que esperaba salvar?

—Lo siento.
—No te disculpes —dijo ella sentándose frente a él—, es natural querer saber cosas, es parte de nuestra composición como seres pensantes.
—Es que... por un momento no supo qué decir. El riesgo de causar en otra persona algo que ya había sido hecho resultaba insoportable en esos momentos— Hay tantas cosas que quisiera resolver, pero estoy en el fondo de un pozo y no sé qué hacer.
—Tal vez podrías empezar por decir qué es lo que te está haciendo mal en este momento.

No podía decírselo; no podía seguir exponiendo a personas al influjo de ese agente.

— ¿Cómo puedo saber si hay algo malo en mí? Siento que hay algo horrible, una fuerza que me quiere destruir, y hacerle daño a los que más quiero, pero que no soy yo...
—Es alguien más.

La afirmación de ella, dicha con una voz calma pero segura, hizo que diera un respingo en el asiento. La miró, esperando encontrar una mirada de alerta, pero ella seguía impasible, como hace un instante.

— ¿Cómo...?
—Hay cosas que no son sencillas de explicar —repuso la mujer con tranquilidad; sus ojos oscuros se entornaron—, pero lo resumiré diciendo que la energía que emanamos como seres vivos puede sentirse, y en algunos casos verse. Estamos hechos de átomos, somos complejos sistemas nerviosos que transmiten energía, que funcionan con energía ¿recuerdas cuando estabas en la escuela y te llevaban al museo de ciencias? Todos alucinaban con esas esferas de plasma y cómo se veía la energía multicolor pegarse al borde del cristal cuando acercabas la mano ¿verdad? Pero que eso es algo fascinante para la mayoría es porque pueden verlo sin dificultad, no significa que sea lo único; y yo puedo ver algunas cosas, como la energía de las personas.

Sonaba al mismo tiempo tan místico y tan real; de labios de ella, la referencia a las energías que movían a las personas se escuchaba concreta, entendible. Era casi como lo que en su momento escuchó de Iris, cuando hablaban de cuánto era en verdad necesario desear algo para que se hiciera realidad.

—Los seres humanos generamos energía, no sólo con nuestro cuerpo al hacer cualquier tipo de actividad física, sino también con nuestra mente.
—Como cuando tienes tantos deseos de conseguir algo que te obligas a hacerlo —reflexionó él.
—Así es. La energía de las personas, lo que algunos llaman aura, es de ciertos colores, incluso inventaron unos anteojos que hacen que puedas verla con claridad, como un vapor alrededor de tu cuerpo. Puede ser de diferentes colores, pero siempre sigue un único patrón para cada persona.
—Disculpe, pero no entiendo adónde quiere llegar.
—Creo que sí lo sabes, pero no lo has entendido en toda su magnitud —sentenció ella serenamente—. Al verte parado fuera de mi finca, lo primero que noté, es que hay un quiebre en la energía que emana de ti, y no me refiero al estado en el que te encuentras; es que hay alguien más.

Era lo mismo a lo que había llegado él; resultaba aterrador vislumbrar la posibilidad de que, al fin, todo lo que pensó en término era la realidad.

—La pregunta es ¿quién?
—No soy la indicada para responder esa pregunta.
— ¿Entonces quién?
— ¿Cómo saberlo? —replicó ella de manera retórica— Si lo que esperas es que te diga quién está...ejerciendo una fuerza sobre ti, estás en el sitio incorrecto; y una bruja, déjame decirte que es improbable que te pueda prestar ayuda en este caso.

¿Por qué, no era un caso de tipo sobrenatural? La perspectiva de estar siendo acosado por algo que no podía comprobar resultaba tan amenazadora desde un punto de vista humano, como sobre humano.

—No sé qué hacer, siento que soy un peligro para quien sea a quien me acerque.
—Haces bien en pensar de esa forma —explicó ella con calma—, porque lo que te está ocurriendo no es algo normal. Y es peligroso.
—Pero necesito saber de qué se trata —exclamó con angustia—, algo está actuando en mi contra y no puedo hacer nada ¿es eso? ¿Dejar que la gente crea que soy un demente peligroso, sin hacer nada?

La mujer, tan calmada como hasta ese momento, se puso de pie con calma; no estaba poniendo distancia con él, sólo cambiando de postura.

—La inacción ante la acción sólo sirve en determinados casos, y este no parece ser uno de ellos. Pero, es importante que pienses en esto ¿Quién puede entrar en tu vida?
—Creo que no entiendo.
—Las personas que no están cerca de nosotros no pueden entrar en nuestra vida.
—No puedo imaginar que todo esto sea culpa de alguien a quien conozco.
—No siempre conocemos a las personas; alguien está interfiriendo contigo, y puedo asegurar que no es con buenas intenciones. Escucha, esa persona, no tiene por qué estar a tu alrededor ahora mismo, pero tiene acceso a ti porque se lo has permitido, y porque te conoce. La mayoría del tiempo esperamos que nuestra relación con una persona, sea esta filial, romántica o amistosa, sea del mismo tipo del otro lado, que del nuestro; pero lo cierto es que construimos un ideal de relación, amoldamos la idea de la persona a nuestros propios deseos, dejando en tierra de nadie una porción de esa historia, la que corresponde a lo que el otro piensa o siente de uno como persona.

Vicente se llevó las manos a la cabeza; tuvo la absurda idea de preguntarle qué era lo que contenía el agua, pero en realidad eso carecía de importancia.

— ¿Cómo puede ser que alguien me odie tanto como para hacer esto?

Notó que la mujer, en ningún momento había preguntado el por qué de su estado, ni de los golpes o las manchas de sangre; levantó la vista muy despacio.

—Usted no me ha preguntado qué fue lo que me pasó.
 —No es importante lo que yo pueda preguntar, lo que sí es relevante es que tú te hagas las preguntas, que dejes de sentir miedo al respecto.
—Es que de verdad no sé quién puede haber sentido tanto odio hacia mí, no comprendo por qué es que está pasando todo esto.

La mujer le dedicó una larga mirada, que podría ser analítica, o tal vez comprensiva.

—Vicente, no eres una mala persona. Hay amor en ti, y sentimientos de protección hacia las personas que amas, pero eso no te exime de haber cometido errores en algún momento de tu vida. Hay algo, oculto en el interior de tu ser, que es la respuesta a esa pregunta que te estás haciendo.
— ¿Está tratando de decir que yo sé a quién le hice daño?
—No, digo que el hombre que eres ahora no es la misma persona que era hace, digamos cinco años. O diez, o veinte; los seres humanos cambiamos con el tiempo, no de forma absoluta, pero existen facetas de nosotros que van mutando, o desapareciendo conforme nos hacemos más experimentados. Y en ese tránsito, hay algo que debes encontrar, un suceso o un recuerdo que puede llevarte a descubrir cuál es la clave de lo que ocurre.

"Soy tu conciencia" "No soy tu conciencia" Dos expresiones, contradictorias entre sí, pero que hacían referencia a su propio ser; alguien que pretendió, y durante un tiempo indeterminado consiguió, controlarlo, y que al quedar al descubierto o perder el control, había decidido dar término a su vida de la peor manera, y con la mayor rapidez.

—No sé dónde buscar —admitió con sinceridad—, pero desde un principio pensé que todo esto era algo que estaba pasando en mi mente, una enfermedad o algún factor degenerativo que me hacía... diferente. Ahora sé que no es así, lo sabía desde antes de llegar aquí. Es real.
—Desde luego que lo es —repuso ella—. Entiendo que hayas tenido dudas al respecto, pero como te he dicho, tú puedes encontrar el camino para hallar la clave; es sólo que debes dejar de tener miedo a enfrentar esa parte de ti, la que permitió todo esto.
—No entiendo por qué permitiría que alguien me haga daño de esta manera.
— ¿Porque pensaste que no era alguien que pudiera dañarte en realidad, porque no dimensionaste el grado de tus actos, o de los suyos? Vicente, tienes que entender que la persona que eres ahora, no es la misma que eras hace determinada cantidad de tiempo. Si ves las cosas con tu óptica actual, es probable que no entiendas qué fue lo que pasó antes; tienes que abstraerte de tu juicio actual, y revisar lo que ha pasado con tu vida, a lo largo de tu vida, para poder descubrirlo.

"Siempre tuviste todo, y no te lo mereces" ¿Eran esas las palabras exactas? No lo recordaba bien, pero a eso se refería ¿quién podría haber sido perjudicado a tal nivel por su acción u omisión, como para querer vengarse de esa manera? Y lo más importante de todo ¿Por qué en ese momento y no antes?

Porque había tomado muchísimo tiempo conseguirlo.

3


Dos momentos marcaban toda la existencia. Al principio, todo era silencio y oscuridad, pero apareció el ruido a través de esa voz, y gracias a ella pudo aprender a escuchar, y a ver.

Había sido el mejor momento de todos.

Pero no duró para siempre, más bien se convirtió en una horrible agonía; fue como si, en su villanía, quisiera hacerle comprender lo hermoso de los sonidos, y lo valioso de los sentimientos, para luego destrozar todo con sus propias manos, ignorando el dolor que provocaba, la angustia infinita que causaba ¡Tendría que saberlo! No importaba que no pudiera escuchar su voz, se suponía que existía una conexión, un modo de entender que iba más allá de las palabras. Entonces comprendió que sí, que lo comprendía, que siempre lo había sabido muy bien, de modo que su actuar fue premeditado, pensado para tener determinados resultados. Lo hizo para hacerle daño. Lo hizo porque, más allá de lo que quisiera demostrar en el exterior, la verdad de su ser era que disfrutaba dañando al resto, destruyendo a quien pudiera.

—Pienso que hoy estás de muy buen humor.

Siempre estaba de buen humor, a juzgar por esas dos personas. Siempre pensaban lo mismo, porque en realidad no querían ver lo que sus ojos encarcelados expresaban; les resultaba cómodo tener un juguete ahí, algo que les reportaba un beneficio, que expresaba, a sus ciegos ojos, un interés por algo, pero que en realidad no era más que la excusa que se planteaban a sí mismas para que el pasar fuera más cómodo. La verdad de ellas es que no querían estar ahí, que habría otras personas, ruidos y acciones mucho más importantes, de forma que su honestidad quedaba en secreto, oculta tras las palabras falsas que decían día tras día.

— ¿Qué te gustaría hacer hoy?

"Encontrar a Vicente"

—Vamos a seguir leyendo ¿De acuerdo? Aquí tenemos nuevo material para revisar ¿Qué te parece si leemos algo de estos trastornos? Te gusta esto, se nota que te causa mucho interés, aunque a mí no me resulta tan llamativo, se enreda el texto. A fin de cuentas, no es como que yo vaya a necesitar saber de esto en el futuro, pero como ya se ve que te interesa, aquí vamos: Es sobre trastornos mentales, y el primero en este listado se llama trastorno de despersonalización. Mira, es cuando una persona pasa por determinados periodos en que siente que es alguien más, o como si estuviera fuera de su cuerpo ¿Te imaginas lo que sería poder salir de tu cuerpo, y entrar en el de alguien más?

"Sí"


4


La visita había sido de utilidad más de lo que parecía: tal vez se debía al estado en que estaba, pero tener una confirmación de parte de alguien neutral de que lo que pensaba era de esa manera, hizo que Vicente sintiera un poco más tranquilo, aunque no por eso más aliviado; se trataba de alguien, no era sólo una ilusión creada por su mente. Sin embargo, el peligro seguía ahí, incluso más presente que antes, como una cuenta regresiva constante, esperando el momento de volver a atacar. La decisión de desaparecer del mapa era, sin duda, muy difícil de llevar a cabo, pero no tenía otra alternativa ¿cómo si no iba a mantener a salvo a su familia? El recuerdo del sueño acerca de Benjamín estaba más presente que nunca, y la pregunta persistente ¿y si hubiera sucedido de verdad? Pensar en que la voz podría haber arruinado todo a través de él era insoportable, mucho más allá de lo que hasta ese momento estaba hecho.

"¿Adónde vas?"

La voz lo sorprendió, con su tono neutral y casi dulce, mientras conducía por la carretera, de regreso a la ciudad.

-Voy a descubrir quién eres.

"No puedes"

Apretó el volante hasta que sus nudillos ser pusieron blancos; tenía ganas de gritarle que no iba a poder con él, pero un instante antes de verbalizar, tomó conciencia de lo que estaba a punto de suceder: superaba los cien kilómetros por hora en una vía apta para ciento cincuenta era una sentencia de muerte, si la voz otra vez hacía que experimentara esos dolores. Saber que eso podía suceder de un momento a otro hizo que se asustara, pero se obligó a mantener el control de sí mismo y del auto. Según el indicador luminoso arriba, colgando de la estructura metálica, faltaban tres minutos para llegar a la siguiente salida. Presionó el acelerador.

"No sabrás quién soy, si yo no quiero"

Se obligó a callar. Tenía que mantener el silencio, hacer lo posible por lo provocar, al menos hasta que estuviera en una zona mejor riesgosa; de pronto los automóviles que pasaban a su lado parecían más amenazadores.

"No puedes hacer nada contra mí"

Se concentró en la pista: dos minutos, sólo eso y podría salir de la trampa mortal en la que estaba.

"No importa que hayas descubierto que estoy aquí. Es tarde"

Un camión pasó a su lado, y la vibración producida por el pesado vehículo resultó estremecedora; pero se mantuvo firme, en realidad no pasó demasiado cerca, sólo era él que tenía los sentidos muy sensibles en ese momento.

"Cuando aceptaste que querías mi ayuda, abriste la puerta, y permitiste que yo actuara en tu lugar. Me diste poder sobre ti"

Menos de un minuto; no pienses en nada, no escuches.

"Ahora que tengo poder sobre ti, puedo destruirte desde dentro"

Los dolores de la mañana, el dolor de la noche anterior. No escuches, sólo está tratando de hacerte enfadar.

"En un principio pensé que sería perder todo el que me descubrieras, pero no fue así. Cambié la estrategia y, si no podía controlarte, entonces te destruiría, desde el interior"

El dolor apareció por el costado derecho, como un aguijón traspasando las costillas.

— ¡No!

El sorpresivo dolor hizo que soltara el volante de la mano derecha, y la velocidad ayudó a que perdiera el control del vehículo; en una fracción de segundo, vio que el horizonte delante del auto se volvía borroso, y que el curso cambiaba hacia el carril derecho, directo a las barreras de contención. Hizo un esfuerzo por controlar el vehículo a pesar del dolor que le había quitado la movilidad y la respiración, y consiguió enderezar el torso; con un bocinazo de telón de fondo, logró devolver el auto a su curso, y de forma instintiva aceleró a fondo, para poder alcanzar la vía de salida.

"No puedes huir de mí"

El dolor se hizo más intenso; en el límite de las fuerzas, Vicente consiguió salir de la vía rápida y se internó en una de las laterales, pero perdió la energía para mantener aún más el volante, con lo que el auto fue a estrellarse de costado, aunque a baja velocidad, contra una de las barreras laterales. Casi sin poder respirar, con el cuerpo torcido hacia el asiento del copiloto, intentó relajarse ante la constante embestida de dolor, pero al instante recordó que si se quedaba ahí, después del estrépito causado, de seguro se acercaría un vehículo de asistencia en la ruta, o quizás incluso un civil sorprendido por el hecho. Se incorporó a duras penas, y volvió a tomar el volante, tras lo cual miró en todas direcciones: un par de vehículos estaban disminuyendo la velocidad, pero con la vista nublada como la tenía en ese momento, no podía identificar si los conductores lo miraban o no. Sujetó el volante firmemente con la izquierda e hizo apoyo con la derecha, tras lo cual volvió a la pista y siguió avanzando a alta velocidad; al fin reconoció el lugar en el que estaba, se trataba de una zona urbana en el sector poniente de la ciudad, a no mucha distancia de uno de los primeros trabajos que tuvo. Eso significaba que conocía bastante bien el sitio, y si era así, entonces había un terreno abandonado a no mucha distancia; al fin salió de la vía lateral y se internó en un sector residencial, conduciendo a más baja velocidad mientras el dolor persistía en clavarse entre las costillas, como si quisiera llegar al corazón.

"No hay sitio adónde ir"



Con la visión borrosa y el dolor obligándolo a torcerse, Vicente siguió conduciendo, hasta que llegó a la zona que recordaba, y que estaba casi igual que varios años atrás: la valla de alambre entre tejido con varias partes faltantes, los escombros y la basura en el contorno exterior, y los matorrales altos, además de las partes en donde la tierra desnuda era como parte de un paraje de otro mundo; detuvo el auto a tan sólo unos metros de haber sobrepasado el límite, ya sin energías, y se derrumbó de costado, entre el asiento del copiloto y el que estaba usando en ese momento. Sudaba de forma copiosa, ya no estaba sintiendo el brazo derecho, y aunque lo intentaba, no lograba fijar la vista, todo eran sombras de colores.

"Voy a hacer que supliques por tu muerte"

Una pequeña parte de él le dijo que tal vez era lo mejor, aprovechar el haber llegado hasta ese sitio, y dejar que la voz hiciera con él lo que se le antojara; pero, a la vez, la parte más combativa de él dijo que no, que no podía abandonar a su familia aún. Tal vez terminara en la cárcel por lo que hizo, y la imposibilidad de demostrar quién en realidad causaba todo eso, pero aún estaría ahí, aún podría pedirle perdón a Iris, y ver crecer a su hijo, al menos en la lejanía.

—Quieres hacerme daño, pero no puedes hacerlo para siempre. En algún momento tienes que parar.

"¿Por qué pararía? Rogar no te servirá"

En ese momento pensó que, a pesar de todo, quizás sí tenía un arma en contra de los efectos de la voz; hacerlo hablar. Recordó cómo se escuchó con ese tono de satisfacción al hablar antes de las cosas que hacía, y se dijo que tendría que soportar, pero enfrentarse a eso, para descubrir lo que le faltaba en esa historia.

—Ya no tienes el poder que tenías antes.

"Tengo todo el poder contra ti"

—No —logró incorporarse, hasta quedar sentado en el asiento del piloto, jadeó por el esfuerzo, pero siguió presionando para lograr luchar contra esa fuerza invisible—. Me obligaste. Me usaste para —sintió la garganta apretada, tuvo temor de verbalizarlo, pero si pretendía llegar hasta el fondo de eso, era necesario desprenderse de todo. Ya lo había hecho de su familia, al menos hasta que fuera posible, ahora no tenía sentido negar hechos que eran indesmentibles—, para asesinar a Renata, para atacar a Nadia ¿qué vas a hacer ahora? Reconociste que no puedes hacer más eso.

"Puedo destruirte desde dentro"

— ¿Y después qué? —de pronto, lo embargó una furia y determinación que lo sorprendió. Quizás en ese momento tomó conciencia total de que, en realidad, no tenía nada que perder—. Quieres hacerme daño, entonces hazlo, tu juguete no te va a durar mucho.



No pudo contener un grito cuando el dolor arreció; se revolvió en el asiento, gimiendo pero al mismo tiempo tratando de soltar una carcajada; le había dolido a él en el cuerpo, pero al parecer también a la voz, en sus intenciones.

— ¿Qué vas a hacer, me vas a matar?

El grito salió despedido, ronco a través de la garganta cerrada y seca, pero sintió una morbosa satisfacción en todo eso; parecía como si las costillas fueran a quebrarse en cualquier momento, pero no se detuvo, iba a pelear con la única arma que tenía, hasta donde resistiera.

"Pídeme perdón"

No lo hizo. Volvió a revolverse en sí mismo, empujó la puerta y salió a tropezones, estrellándose contra el suelo; su cara se arrastró por el suelo terroso, llenando de tierra otra vez las vías respiratorias.

— ¡No puedes hacer nada más, ya no me puedes obligar!

Estaba gritando, casi aullando, entre la euforia demente que lo apresaba y el dolor que estaba traspasando su torso; con los músculos del cuerpo apretados, sintió que estaba quedando inmóvil durante unos segundos, congelado por la falta de aire y la presión interna. Sin embargo, después de angustiantes segundos, el dolor comenzó a decrecer.

"Te enseñaré lo que es el verdadero dolor"

Estaba provocando un efecto; tal vez no con la suficiente fuerza, pero lo estaba causando. Tenía que hacerlo hablar, confesar algo más.

—Sé lo que es el dolor —murmuró. Esperó un momento, y continuó con más fuerza—. Estoy sintiendo el dolor de perder a mi familia, de haber sido el medio por el que mataste a una mujer inocente ¿Sabes tú lo que es el miedo?

El dolor desapareció, dejándolo con una nueva sensación de agotamiento interno; tendido en el suelo, abrazado a sí mismo por el dolor, aún tuvo algo de energía para hablar.

—No sabes lo que es el miedo, ni el dolor, por eso quieres que alguien más lo sienta.

"¡Nooo!"

El grito resonó en su cabeza como una fuerte descarga eléctrica; pero en esta ocasión no hubo un nuevo acceso de dolor.

—No lo sabes ¿Qué eres?

"Yo sé lo que es el dolor. Lo he vivido mil veces, cada día ¡Y es tu culpa! ¡Es por ti que he sufrido el infierno desde siempre, pero te haré pagar por cada sufrimiento!"

Esta vez, el dolor apareció en una nueva forma: sintió que la temperatura de su cuerpo subía de forma brusca, igual que cuando entraba a la sala de vapor; la respiración, agitada hasta entonces, se volvió pesada, y todo el sudor que había corrido por su piel se vio incrementado, mientras el vapor de este mismo emanaba por cada centímetro de su piel. En cuestión de segundos, sintió un horrible calor, que quemaba desde dentro hacia afuera; con los ojos desorbitados se miró las palmas de las manos, y contempló horrorizado cómo la piel se volvía a cada segundo más roja, resaltando las venas y los vasos capilares.

"Vas a quemarte"

La sentencia estaba haciéndose realidad en ese preciso instante. Vicente intentó hablar, pero se había quedado sin aire en los pulmones, lo que convirtió su voz en un ahogado e ininteligible gemido, apenas audible; los oídos se taparon y en seguida cambiaron de estado, haciendo que escuchara sólo un sonido similar a la interferencia de los aparatos electrónicos, como telón de fondo para la tortura que estaba viviendo. Siendo presa de terribles estertores, intentó con la escasa fuerza que tenía moverse, y se arrastró por el suelo, sintiendo que la piel de las piernas y las manos era lastimada con el solo toque de la superficie, debido a la extrema temperatura emanada por él mismo; de forma repentina, todo el calor fue arrancado de su cuerpo, dejándolo semi sentado en el suelo, seco, con los ojos desorbitados e incapaz de reaccionar. El efecto del inexplicable calor había convertido su mente en una masa que no era capaz de decidir ni pensar con claridad. De pronto, el calor volvió a aparecer, pero se concentró en la pierna izquierda, justo por encima de la rodilla; se desgarró la garganta en un nuevo y desesperado grito, al tiempo que jaló de la tela del pantalón hacia arriba, presa de la misma quemazón que produciría el contacto con el metal a alta temperatura.

La piel de la pierna estaba carcomiéndose por sí misma; pudo ver cómo se producían ampollas que estallaban en carne quemada, que dejaba una cicatriz de bordes humeantes. Las cenizas de la piel se arremolinaban con el viento, que hizo llegar el olor hasta su nariz.



Próximo capítulo: Comencé a oír