Noticias del blog

Quiero comentar que, desde hace un tiempo, estoy haciendo notas de análisis de cómics para Canal freak. Pueden verlas en este enlace o directamente en el blog, en la pestaña ubicada a la derecha.

La cuenta de Wattpad está operativa, por supuesto, y pueden agregar historias a su biblioteca desde el enlace algunas palabras atrás, o también desde la pestaña a la derecha, en el mismo listado.

La sección "Libros completos" está en mantención. La idea de esta es que si alguien quiere leer todos los capítulos de una historia ya terminada, pueda hacerlo desde un mismo sitio sin tener que ir avanzando página a página en el blog; el listado de links redirige a la entrada original, por lo que puedes leer de forma directa o ir y volver por las páginas.

De momento eso es todo, no olviden que Sten mor Academia y Sten mor 7/5 están al aire ahora mismo, y vienen más proyectos.

 

Sten mor academia 1° Capítulo 23: Del cielo al infierno



Residencia de estudiantes. Miércoles 30 de junio.

Cuando se activó la alarma, no todos los estudiantes estaban en el mismo sitio, y ninguno de ellos estaba preparado, por lo que se creó una total confusión; no todos los estudiantes supieron de la señal de alarma en el mismo momento, y muchos no tenían el móvil consigo como para poder conocer el dato desde la primera fuente, lo que provocó que varios quedaran desorientados, o tuvieran que correr a sus cuartos o hacia otros para saber lo que estaba sucediendo. Naro estaba en su cuarto, terminando de vestirse para salir a la primera clase de la jornada cuando la escuchó, y de inmediato tomó el móvil.

—Priscilla...

La señal de alarma se activaba en un móvil sólo ante una acción de extrema urgencia; desde primaria, tanto en la educación familiar como en la escuela, se enseñaba que el dispositivo debía ser usado únicamente en situaciones en que la vida de la persona o de alguien más estuviera en riesgo, de ahí que estaba programada para dar un aviso que pudiese ser escuchado a distancia, y al mismo tiempo a personas que hubiesen sido agregadas a una lista especial de contactos. Sin embargo, que la alerta fuera activada podía tanto significar que el portador del móvil estaba en riesgo, como que había presenciado una situación de peligro para alguien más, y necesitara ayuda urgente; se trataba de un aviso inmediato, que de seguro cualquiera reconocería casi de inmediato, pero a la vez, incluía un elemento de incertidumbre, porque el terminal quedaba incomunicado mientras no se desactivara manualmente la alarma activada momentos antes, lo que significaba que podría estar ocurriendo cualquier cosa.
Itiel.
Marcó su enlace de contacto y esperó mientras se acercaba a la puerta, pero no recibió respuesta; a esa hora de la mañana, lo más probable es que estuviese en la ducha, exento de todo peligro, pero el hecho de no recibir respuesta lo hizo sentir nervioso al respecto. Para el momento en que salió al pasillo, vio a algunos caminando por el lugar, pero ni Amber ni Alej le eran de utilidad en esos momentos; caminó a toda velocidad hacia el cuarto de Itiel y entró sin avisar, chocando de bruces con él.

— ¡Naro!

El otro joven estaba en toalla y con una remera en los manos; claramente estaba en la ducha y salió apresuradamente al escucharla, lo que despejaba cualquier temor previo: Naro lo tomó por los hombros, en un gesto que era más de tranquilidad para él mismo que para el otro.

—Lo siento, me preocupé al ver la alarma.

Itiel desvió la vista hacia el soporte junto a la puerta, en donde estaba el móvil con su señal iluminando con fría intensidad.

—Por eso salí, me pongo algo y salgo enseguida ¿Viste a alguien más?
—A Amber, Alej y Mauren.

Itiel terminó de vestirse y ambos salieron rápido al pasillo, caminando a toda máquina hacia las escaleras; Naro notó que el otro chico estaba bastante tenso, y lo animó apoyando la mano en uno de sus hombros.

—Oye, estoy aquí para ti.
—Gracias — replicó Itiel rápidamente —. Hay que movilizarse, lo que sea que esté pasando, cada segundo es vital. ¿Por qué no vas a las instalaciones de la fuerza de seguridad?
—Pero ellos ya deben estar enterándose de esto.
—Por favor — había una nota de urgencia en su voz, no era por lo que estaba sucediendo, sino por los recuerdos que estaban apareciendo en su mente, los que Trataba de combatir de forma inconsciente, haciendo ahora lo que no pudo antes—. La señal viene del extremo contrario, cerca del antiguo estadio de tiro, me adelantaré.

Naro asintió; y una vez estuvieron en el exterior, se separaron.

—Si ves a Sebastián o a Omar, avísales, son los más necesarios en ese momento.
—De acuerdo.

Naro echó correr hacia la explanada inicial, tratando de no pensar en lo que podría estar ocurriendo en ese momento; siendo temprano en la mañana, era improbable que muchas personas estuvieron en el exterior, probablemente Miraz meditando o haciendo algo de ejercicio, Amber o León, quizás alguno más. Esteban había cambiado bastante en los días más recientes, por lo que era improbable verlo a primera hora realizando algún ejercicio; por instantes, la distancia entre la explanada y la zona desde donde provenía la alarma parecía muy grande. Itiel tenía un gran sentido de la responsabilidad por experiencias pasadas, y en un caso como ese, necesitaba ponerse a trabajar, hacer todo lo que fuera posible para ayudar a quien fuera que estuviera en peligro, y Naro lo supo a ciencia cierta desde que vio su expresión. No podía hacer nada por él, excepto ayudar en lo que fuera necesario, pero más tarde tendrían que hablar de eso. 

— ¡Naro!

La voz de León lo detuvo; este venía desde el extremo poniente, también corriendo; venía desde el costado de la Torre de problemas de conducta, por lo que probablemente se interrumpió en su movimiento al verlo salir apresurado de la residencia.

— ¿Sabes lo que está pasando?
—Todavía nada, parece que Priscilla no tiene el móvil desde de activó la alarma. Itiel va para allá. ¿Viste a Sebastián?

León hizo una mueca al escuchar la pregunta.

—Rayos, por la hora, debe estar en la torre física, voy por él, llama si sabes algo.

Mientras Naro corría hacia el sur, León apuró la carrera hacia el edificio en cuestión; Sebastián había mencionado algo acerca de un complemento la tarde anterior, lo que quería decir que, como era costumbre, pasaría antes de iniciar la jornada y así estar preparado para el día. De pronto, con la confusión y angustia de estar en medio de una señal de alarma, sintió que usaría demasiado tiempo en entrar y encontrarlo, así que marcó su enlace y gritó de inmediato su nombre, con la esperanza que la urgencia de su llamado fuera suficiente.

Dentro de la instalación, Sebastián escuchó el tono directo y vio el mensaje de alarma, todo al mismo tiempo: había dejado el móvil en un salón vacío junto con una botella de agua y otras cosas mientras hablaba con Claudel, por lo que se percató de todo con algo de retraso; como deportista, había estado familiarizado con las alarmas desde muy temprana edad, e incluso, todo lo relacionado con eso era parte importante del entrenamiento no físico de todos los corredores. Tanto en prácticas, como en pruebas previas y en la competencia misma, la rivalidad y los puntos de clasificación quedaban de lado cuando uno de los participantes se lesionaba, llegando a suspender una carrera en caso de un accidente en la pista. Sabía a la perfección que si alguien activaba la señal de alarma, era por estar en riesgo, por un accidente o un malestar que le impidiera moverse o llamar a alguien en particular mientras estaba sucediendo el hecho; podía ser una conmoción, un infarto, o muchos otros escenarios impredecibles, por lo que llegar lo más pronto posible y asistir a quien pasaba por esa situación era primordial, todo lo demás estaba después. En una milésima de segundo supo que se trataba de Priscilla, su mente voló al sitio en donde se originaba la alarma, y reviviendo la mente de corredor que por años activó de forma automática antes de cada competencia, visualizó todas las posibles rutas y obstáculos, y el tiempo que tardaría en llegar desde donde estaba. El segundo piso en el que se encontraba no era tan alto, después de todo, se dijo. Dejó todo en el mesón y tomó el móvil, escuchando en él el grito angustioso de León.

— ¿Qué sucede? — exclamó Claudel entrando en el salón un instante después que él.
—Lo siento, pero tengo que hacer esto.

Sin dar explicaciones, usó su habilidad, y corrió a toda velocidad, dejando apenas una milésima de segundo disponible para abrir la ventana, y arrojarse por ella, ante la atónita mirada del encargado de medicamentos y provisiones. Usando nuevamente la habilidad y un valor a toda prueba, consiguió caer dando una voltereta, llegando donde León apenas unas milésimas de segundo después de la llamada; sintió un tirón en una pierna, pero se obligó a ignorar eso y concentrar toda su energía en lo que era más importante.

— ¿Qué ocurre?
—Algo le pasa a Priscilla, o a alguien más — León hizo un esfuerzo por evadir la sorpresa que le causó la forma de aparición de su amigo — rápido, necesitamos encontrar a Omar, o a uno de los maestros, no hay tiempo que perder.
—Dalo por hecho.

Antes de terminar la frase, Sebastián ya había vuelto a usar su habilidad, y corrió a toda velocidad hacia la Torre blanca, convertido casi en una figura borrosa. Un instante después, ya llegaba a la puerta del edificio, en donde Jael, con la vista preparada para las habilidades de cualquiera de los estudiantes, lo detenía con un gesto.

—Espera.
—Jael — dijo atropelladamente, deteniéndose —. Es una emergencia...
—Ya lo sé, Omar fue a la Torre del personal a buscar ayudantes médicos — y con determinación —, es más importante que hagas otra cosa: no dejes que nadie se acerque al lugar.
—Pero...
—Mientras no sepamos lo que ocurrió —replicó la maestra, con determinación—, es lo mejor; si es un accidente o algo grave, podría afectar mucho a personas sensibles, o alguien más podría quedar en riesgo.

Esa era una parte muy importante, que omitió al momento de iniciar la carrera; tratándose de un lugar abierto cono las cercanías del estadio de tiro, o incluso dentro de él, era necesario mantener a todos lejos hasta que se tuviera claridad de lo que ocurría, ya que si se trataba. de algo peligroso, acercarse provocaría más problemas.

—Cielos, vi a Ferrán, León y Febo corriendo para allá.
—Intenta detenerlos ¡Ve!

Mientras el chico iba en la dirección indicada, la maestra salió a paso rápido, marcando en el móvil el contacto grupal de los demás maestros, para establecer la comunicación de inmediato.

—Estoy dando instrucciones a la fuerza de seguridad — dijo Gabriela, saltándose todos los protocolos — ¿Alguien ya llegó al lugar?
—Omar está en eso — replicó Jael — ¿Dónde está Aziare?

La maestra aludida se integró a la conversación, su voz se escuchaba agitada y con la respiración entrecortada; estaba corriendo.

—Acabo de ver pasar a Omar con un equipo de ayuda — inspiró sonoramente — me estoy encargando de un grupo de chicos que iban hacia ese punto.
— ¿Quiénes son?
—Alana, Edsel y Serene, pero Ferrán y Febo van más adelante, no atendieron a mis gritos. Espera, Sebastián acaba de pasar, está un poco más adelante de ellos, creo que quiere detenerlos.

Jael maldijo la falta de guardias en las instalaciones, aunque sabía que no sólo era inútil preocuparse por eso, sino que no cambiaría; una de las normas de las instituciones que funcionaban en modalidad de internado era operar con seguridad que mantuviera protegido y en paz el perímetro, pero que fuera invisible para los estudiantes, permitiendo que estos desarrollaran sus labores sin sentirse vigilados. Comenzó a correr mientras escuchaba.

—Aún estoy muy lejos del sitio — la voz de Flavio se dejó oír con la misma serenidad acostumbrada, pero tenía un ligero matiz de seriedad en ella —; pero tengo un punto de vista ligeramente superior desde donde me encuentro, puedo ver a Priscilla, ella está en el suelo, de cúbito dorsal, orientada hacia la entrada del antiguo estadio de tiro. Aparentemente dos o tres metros de distancia de la puerta, no se mueve, no hay nadie más en el lugar. No puedo identificar si tiene algún tipo de herida, o si está consciente.
— ¿Omar ya llegó?

Jael desvió la vista al escuchar dos veces al mismo tiempo la voz de Darius; el maestro pasó a muy poca distancia de ella, pero la ignoró por completo: su rostro mientras corría estaba contraído por el nerviosismo, y como nunca, su mirada estaba fija en el objetivo.

—Lo estoy viendo pasar en este instante, por favor concentrarse en evitar que los estudiantes se acerquen a la zona.

Darius no esperó a contestar, colgó y se echó el móvil al bolsillo, continuando con su carrera; atravesó la distancia que separaba los edificios de la explanada grande, llegando al sitio del suceso prácticamente al mismo tiempo que Omar con quienes traía, y los chicos. Sebastián seguramente no pudo detener a los otros dos, y junto a ellos se acercó a la chica que permanecía inmóvil en el suelo.

—Priscilla.
— ¡Priscilla!

Febo y Ferrán llegaron al fin al lugar, un instante después de Itiel, quien corriendo a toda máquina desde un ángulo distinto se les había adelantado, casi sin percatarse de su presencia;  ambos se arrodillaron junto a ellos, mientras la chica sollozaba en voz muy baja, sin reaccionar.

—Priscilla ¿Estás herida? Dime qué fue lo que pasó.
—Priscilla por favor, háblanos.

Darius estaba llegando en ese preciso momento al lugar, y su paso por sobre los montículos le dio un punto de vista un poco más claro de lo que estaba pasando; percibió a Omar llegando junto a un equipo médico conformado por tres especialistas, transportados a velocidad junto con él, y supo que disponía tan sólo de un par de segundos antes que los que estaban llegando descubrieran lo mismo que había visto al momento de llegar. El estómago se le había contraído al pensar en lo que estaba pasando, pero se negó por completo a dejar que su cerebro trabajara en los por qué, y sobre todo, en los quién; era imposible evitar pensar que se trataba de un estudiante, considerando que tuvo el tiempo suficiente para ver el cuerpo tendido en el suelo, pero en esos momentos era un maestro, y tenía que demostrar un control superior al de los estudiantes. Más tarde tendría tiempo para torturarse, con una imagen que de seguro lo perseguiría por un largo tiempo.

— ¡Omar!

El musculoso maestro soltó de su agarre a los especialistas, y de inmediato miró en la dirección de Darius; le bastó ver el impacto surcando su rostro para comprender que lo que ocurrido era mucho más grave que lo que parecía en un principio, y ver que su mirada y posición corporal apuntaban a una dirección distinta al punto específico donde la chica y los demás se encontraban. Por un instante sintió un terrible estremecimiento, pero recuperó la compostura y asistió, enviando con ello un claro mensaje; Darius estaba resistiendo, pero no podría hacerse cargo de algo como quedarse en ese lugar, por lo que lo tomaría él.

Itiel había llegado tan solo unos instantes antes que los demás, pero no notó que estaban ahí en un principio. Por un instante tuvo deseos de gritar, y rogar que no estuviera pastando lo que temía, pero dominó la desesperación y se concentró en ella, confirmando que estaba despierta, lo que decía que aún tenía que saber si tenía algún golpe o herida que no pudiera verse con facilidad. Arrodillado junto a la chica, tomándola en sus brazos, percibió de inmediato el temblor de su cuerpo, y cómo parecía estar en shock por lo que fuera que le hubiera ocurrido. Pero como no estaba herida en apariencia, de inmediato pensó que se trataba de un impacto por un agente que no conseguía identificar; sin embargo, lo que se le antojó más importante fue acogerla, hacer que ella de algún modo se sintiera apoyada y comprendida.

—Soy yo, pequeña —dijo con ternura—, estoy aquí, ya no te preocupes por nada.

Al decir esto, se produjo una reacción en la chica, que rompió a llorar, aferrándose violentamente al hombre que la estaba acompañando; este, la acogió en sus brazos, y gentilmente la acunó, de la misma forma en que lo haría alguien que fuese parte de su familia, tomando en sus manos la situación y controlando todo, sin hacer preguntas.

—Niños — exclamó Darius —, el personal encargado ya está aquí, dejen que se hagan cargo.
—Pero Darius —protestó Ferrán—, algo le ocurre a Priscilla...
— ¡Pónganse de pie y vengan aquí ahora!

Todos, excepto Itiel, levantaron la vista hacia él, atónitos al escucharlo hablar con ese tono, por completo distinto al que usaba de diario, ahora cargado de autoridad. Los especialistas rodearon a Priscilla, y uno de ellos le habló con suavidad.

—Estamos aquí, te vamos a ayudar: mi nombre es Verlo, voy a acompañarte ¿De acuerdo?

Ella no replicó a estas palabras, pero el profesional no se preocupó por esto; era parte de su trabajo y sabía el tipo de reacciones que se producían en las personas. Al mismo tiempo, los otros dos especialistas estaban verificando el ritmo cardíaco, la respiración, y otros signos primarios que evidenciaran un malestar de forma inmediata; Verlo ayudó a Priscilla a sentarse, aunque ante la nula reacción de ella, lo que en realidad hizo fue tomarla con suma delicadeza, apoyando la cabeza de ella en el brazo de Itiel, quien la sostenía sin dejar de mirarla.

—No es necesario que digas nada en este momento, si no quieres hablar, no es necesario que lo hagas; estoy aquí para apoyarte, por favor deja todo en mis manos.
—Mírame — siguió Itiel, con ternura —, estoy aquí, no te voy a soltar.

En ese preciso instante, Omar había tomado lugar delante de la puerta del centro de tiro, empujando la puerta hasta casi cerrarla y bloqueando con su cuerpo cualquier posible acceso; todo era un caos en las inmediaciones, principalmente porque había demasiado espacio, y por ende muchos puntos por los que las personas pudieran acercarse.

—Gabriela — Omar activó la comunicación directa con la maestra, hablan de en voz baja —. Deben darse prisa.
—Ya están llegando.
—Avísales — tuvo un momento de indecisión, pero el panorama estaba demasiado claro para negarse a la realidad —; diles que es de extrema urgencia, hay una persona muerta dentro del estadio de tiro.

Gabriela cortó la comunicación sin contestar, y miró a Dvorkia, quien la miraba con anticipación en la expresión.

—Que un equipo secundario entre por la puerta posterior al centro de tiro, tendrán que tomar control de las instalaciones. Todo indica que alguien murió en ese lugar.

La mirada del hombre se volvió de acero al escuchar esas palabras; bajo la luz blanca del pequeño vehículo en que se desplazaban por el límite de la instalación, su piel morena pareció más dura y los músculos de la cara, más marcados, y su actitud corporal, habitualmente relajada, se preparó para lo que iba a ocurrir; dio algunas instrucciones rápidas en clave, y como si hubiera calculado el tiempo exacto de viaje, abrió la puerta y bajó, antes que el vehículo terminara de estacionarse.
En ese momento, los demás maestros especialistas se estaban haciendo cargo de despejar la zona: Flavio acompañó a Sebastián, que además de asustado parecía tener algún tipo de lesión, y lo hizo avanzar junto con Silvia hacia la gran explanada, en donde Aziare, Rómulo y Samiré estaban reuniendo a Alana, Edsel y Serene con Luz y Mauren. Por otro lado, Darius había llevado a Febo y Ferrán junto a Amber y Alej, y en ese momento se veía tan compungido como al principio.

—La información está verificada; uno de los estudiantes ha muerto.

La voz de Dvorkia resonó en los oídos de Omar, a través de la comunicación por el móvil, y el maestro sintió que todos los músculos de su cuerpo se tensaban; cuando se acercó a la puerta, en medio de la confusión del momento, tuvo que elegir entre ver y proteger el sitio, de forma que se negó a sí mismo la información de primera fuente, a cambio de preservar algo de lo que se estaba quebrando en ese instante: un estudiante, una persona tan joven, alguien que llevaba tan sólo un par de meses en la academia ¿ Había muerto? ¿Qué clase de suceso pudo provocar algo como eso, con una consecuencia tan trágica? Se obligó a mantener la calma, escuchó las palabras de Dvorkia como si no fuera él mismo quien las escuchara, y se mantuvo firme sobre las plantas, decidido a tener todo bajo control, al menos en lo que tenía que ver con él. Desvió la mirada hacia el sitio donde los especialistas en salud estaban trabajando, y concentró su mirada en Priscilla, desvanecida en brazos de Itiel, mientras los encargados se ocupaban de chequear que estuviera en buenas condiciones; por supuesto que estaría bien, al menos en el aspecto físico, pero en lo relativo a su estado mental, eso sería mucho más difícil de determinar. Considerando la hora que era en ese momento, no resultaba difícil imaginar lo que había sucedido, y el panorama se le antojó aterrador para la chica: era temprano, y ella estaba lista para una nueva jornada, o quizás salió a trotar como varios hacían; el centro de tiro no estaba vetado, sólo fuera de funcionamiento, por lo que no era un error ni una acción malintencionada estar por las inmediaciones, independiente de la hora o el día ; de momento, los encargados habían estado realizando tareas de traslado de elementos necesarios, desconexión y reconexión de cableado y retiro de objetos necesarios, mientras que la obra gruesa sería iniciada dentro de muy poco. Seguramente ella pasó por ahí sin percatarse de nada, y escuchó un grito o un golpe, y al intentar acercarse, se había topado con que su acción altruista terminaba en la peor de las escenas, una propia de una terrible pesadilla; sola, en un lugar donde no tenía en quien apoyarse, una chica joven se encontraba con un escenario fuera de cualquier imaginación, algo que sin duda superaba sus límites, y lo haría con los de la mayoría de las personas, porque una muerte violenta era algo que de ninguna manera era común o habitual. Por un momento, además, pensó en los demás estudiantes, y en cómo en esos casi tres meses de estadía habían generado rivalidades, amistades, compañerismo e incluso algunas relaciones más cercanas ¿Cuánto de eso quedaría dañado o interrumpido a partir de ese suceso? Y más aún ¿qué podían hacer ellos como institución, como maestros y personas, para ayudar a los familiares, y a los cercanos en la academia?

—Gabriela ¿qué es lo que está sucediendo?

La maestra estaba de pie a cierta distancia de donde estaba el centro de los hechos, rígida como una estatua mientras no quitaba los ojos del equipo médico; sin embargo, después de un instante, dirigió una mirada sorprendentemente calmada a León, quien la miraba con atención tras haberse escabullido de los grupos controlados por los maestros.

—Necesito que te reúnas con los otros líderes de grupo, y —por un momento su voz se apagó, pero siguió hablando con la misma intensidad, sin quebrarse—, los lleven a todos a la residencia, hablaremos con ustedes cuando estén todos reunidos y sepamos que la situación está bajo control.

Algo en su expresión hizo que León obedeciera sin protestar; el chico se alejó a paso rápido en dirección a la gran explanada, donde los otros maestros estaban reuniendo a la mayor cantidad posible de estudiantes. ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que ellos mismos notaran quién entre todos era la persona que faltaba? Vio a los maestros y estudiantes, y a cierta distancia, efectivos de la fuerza de seguridad, ataviados con vestimenta uniforme de colores oscuros, todos ellos vigilando atentamente cada movimiento. Algo había cambiado en la academia, algo que era más grande de lo que parecía.

Cuando levantaron a Priscilla en la camilla, Itiel se mantuvo a su lado, ya que la chica se aferró a él con fuerza desde un principio. Lucía tan desvalida, que los integrantes del servicio médico dejaron que él se mantuviera a su lado.

—Está…

La voz de ella sonó débil y temblorosa, pero él la escuchó con claridad; se acercó un poco más a ella, impidiendo que la camilla avanzara.

—Estoy aquí, no hables si no puedes.
—Está —su voz volvió a temblar, y con ello sus ojos se llenaron de lágrimas de nuevo—. Está ahí, yo vi…había sangre, tanta sangre….

Sin poderlo evitar, el chico desvió la mirada hacia el antiguo estadio de tiro; vio a Omar, plantado delante de la puerta como un guardia, luego a los hombres y mujeres en torno al lugar, y comprendió a lo que ella se estaba refiriendo; se dijo que no podía ser, que no era posible que aquello que pensó desterrado al verla viva y sin aparentes heridas graves, terminara por convertirse en realidad a través de alguien más. Sintiendo un sudor frío, quiso, y al mismo tiempo no quiso saber quién de entre todos, era la persona que faltaba; las manos de ella, muy frías, se aferraros a los suyas.

- Había tanta sangre… - su voz se volvió inaudible durante unos eternos instantes, hasta que al fin volvió a escucharse- Irene…

Itiel volteó de nuevo hacia ella, con la respiración cortada y el corazón paralizado por el nombre que acababa de oír. La voz de alguien se escuchó en ese momento.

Próximo capítulo: El último minuto en el paraíso