Las divas no van al infierno capítulo 01: El primer día de las estrellas



Primera parte: Lisandra



Lisandra  había estado trabajando como promotora de una marca de pastas en el supermercado Alianza, y aunque podía parecer algo muy sencillo, no era cómodo ni agradable estar parada seis horas sobre tacones, enfundada en un vestido ajustado que no era de la tela más suave, y poniendo cara de circunstancia, de acuerdo con la instructora "Es un producto familiar, por eso el vestido es hasta la rodilla, y nada de escote. No pueden lucir sexis ni poner caras sugerentes, tienen que aparecer como una amiga de la esposa, la amiga de la familia, pero nunca pasarse de confianza, nunca parecer la que le quiere quitar al marido".
Su único trabajo era estar ahí, para que las personas asumieran que se trataba de un producto totalmente revolucionario e innovador; así que cuando vio que su amigo venía por el pasillo, sonrió, contenta.

—Benjamín, qué sorpresa.
— ¿Cómo va tu día?
—Te diría que mal —replicó ello, sonriendo—, que los tacones me tienen cansada, que no quiero que me pregunten jamás otra vez si esta pasta es "más rica" que la otra, pero no. Es el último día y ya sabes lo que eso significa.

Benjamín era su amigo desde la secundaria, y su amistad seguía férrea ahora que tenían 22. Tenían mucha confianza, y ella sabía que podía contar con él para todo.

—Estás muy contenta, me alegra ver eso.
—Te prometo, que ahora que llegó el día, sigo sin poder creerlo. ¿Yo, seleccionada entre las 500 para " Siempre divas" y a punto de presentarme? Es de otro planeta.

Hicieron una pausa mientras una señora pasaba distraídamente por el pasillo; hasta el momento, sólo la familia y él sabían que, al comenzar el domingo, ella estaría luchando por ser una de las 24 participantes del programa de televisión.

— ¿Quién iba a decir que llegaría este día? Sé que la pelea va a ser fuerte, pero este ya es un gran paso, hay miles que no quedaron.
—Eres una chica talentosa —dijo él—, este es el fruto de tu esfuerzo, y de tu talento; mañana sólo tienes que dar lo mejor de ti. ¿Tienes todo listo?
—Sí, el bolso con lo necesario para mañana —enumeró ella—, una maleta pequeña con un par de cambios de ropa por si me lo piden, documentos.
— ¿El labial de la suerte?
— ¡Por dios! —se llevó una mano a la frente— Lo olvidé por completo; pero está en mi velador, llegando lo tomaré.
—Bien —él carraspeó, algo inquieto—, quería decirte que conseguí el día libre para mañana, así que, si quieres, puedo acompañarte a la presentación.

El trabajo de Benjamín tenía unos horarios bastante estrictos, de modo que Lisandra no insinuó siquiera que él la acompañara, para no presionarlo. Además, según las instrucciones de la producción del programa, los familiares o amigos que acompañaran a las participantes sólo podrían estar en una zona delimitada y por un corto espacio de tiempo, y con respecto a su familia, sabía cuánto la apoyaban, pero prefirió pedirles que la esperaran en casa, porque su presencia la haría sentir presionada.

— ¿Es en serio?
—Totalmente —replicó él.
—Gracias, no sabes cuánto aprecio eso; pero sólo será un rato, después tendremos que entrar en el centro de eventos, y las pruebas son sin público.
—Eso no me preocupa —dijo él—. Quiero acompañarte en ese proyecto, eso es lo que hacen los amigos.

Más tarde, Lisandra estaba en su cuarto, en una tenida más cómoda, revisando algunos detalles, cuando en televisión pasó el anuncio de Siempre divas; después de una pantalla negra, aparecía en el centro, en un trono, Sarki, la reina madre de las estrellas del espectáculo nacional, una mujer de edad incalculable, pero que lucía de entre treinta y cuarenta años, forrada en cuero con aplicaciones doradas, su característico cabello ensortijado cayendo sobre los hombros, y sus ojos color castaña, rodeados de sombra multicolor, mirando a la pantalla, como si estuviera viendo a los ojos al espectador, de forma personalizada. La mujer inspiraba sutilmente, y luego preguntaba "¿Quieres ser mi sucesora?" Luego de eso, seguían varias secuencias muy rápidas de coreografías de distintas cantantes como Christina, Taylor, Miley, Selena y muchas otras, al ritmo de una melodía que iba en ascenso, hasta una explosión final de confeti, rematada por la voz del conductor del programa, Aaron Love, que invitaba a las chicas a participar en un programa de talentos dedicado al arte de la imitación y caracterización. Había visto ese comercial tantas veces, lo tenía en la galería del móvil, y, sin embargo, al momento de verlo, siempre le causaba la misma impresión, la misma sensación de estar con un subidón de adrenalina, como si estuviera a punto de entrar a ese mismo escenario; la posibilidad de participar, en igualdad de condiciones con otras chicas, por un puesto para ese programa, parecía un simple sueño, pero descargó las bases, y envió la solicitud tan pronto pudo. Una vez pasada esa etapa, tuvo que esperar un par de semanas, y luego enviar un video de cuarenta segundos imitando a una estrella de la música; cualquiera habría esperado que hiciera algo de la cantante Demi, pero decidió jugar sus cartas por algo diferente y apostar por una cantante latina. Cuando recibió el correo con las instrucciones, lloró de emoción, y se sintió como la chica más afortunada del mundo, estando entre las quinientas, y sabiendo que, al día siguiente, tenía que pasar a formar parte del desafío para quedar entre las cincuenta, y luego entre las veinticuatro.
Se miró en el espejo, y se quedó contemplando su imagen: cuando la cantante Demi Lovato comenzó a ser famosa, una amiga de la secundaria le dijo que se parecían, pero en ese momento no lo tomó como una situación real. Ahora que era adulta, sabía que existía un parecido con la intérprete, y pensó que era muy importante no depender de eso al participar; de seguro habría más de una tratando de ser igual a una artista ¿Y si había otra Demi? No, lo que tenía que hacer era demostrar que podía interpretar, sincronizar sus labios, desplazarse y dominar la escena por sí misma, sin necesitad de sujetarse de alguien más; tomó el labial de la suerte, que era de un suave color rosa, y lo miró como a un trofeo: no era el mismo, pero era del mismo color y marca que el primero que tuvo, que su madre le había regalado cuando cumplió once años. Lo llevaría con ella, esperando que le trajera buena suerte.



La edificación en la que se estaba realizando el proceso el domingo era enorme, y en donde entraron había espacio para al menos mil personas, que podían sentarse en asientos que estaban dispuestos en fila, o desplazarse por los espacios abiertos; había percheros y espejos en las paredes, y una muy buena iluminación que permitía apreciar todo con detalle. Una mujer de alrededor de cuarenta y cinco años pasó caminando animadamente por todos los pasillos, dando alguna clase de instrucción a los asistentes, que sin duda ponía nerviosos a quienes la escuchaban.

—Ella debe ser de la producción —observó Lisandra.
—Lo es —replicó él—, me fijé que lleva una pulsera de color bronceado, es una identificación.
—Es cierto.

Cuando la mujer llegó hasta donde estaba Lisandra, esta procuró acercarse lo más posible para no perder detalle.

—Escuchen por favor, dentro de seis minutos, todas las acompañantes deberán salir, y no podrán volver a entrar en este lugar. El proceso de pruebas se va a realizar en la sala siguiente, pero aquí sólo pueden estar las participantes; las participantes deben estar aquí todo el tiempo, y seguir las instrucciones del personal de la productora: antes de empezar, les recuerdo que deben tener a mano su documento de identidad, y que los móviles deben estar apagados o en modo de espera. Si los guardias detectan a una de las participantes usando el teléfono móvil, esta persona será descalificada de inmediato, y tendrá que irse; no sabemos cuánto va a durar este proceso de selección, pero haremos lo posible por terminar antes de las cinco de lo tarde, así que háganse el ánimo, sean fuertes, y demuestren todo lo que tienen.

Ya estaba dicho; a partir de ese momento, estaba en la partida de esa competencia.

—Gracias por haberme acompañado, y por aguantarme.
—Por nada —replicó Benjamín, sonriendo amistosamente—, ahora me voy, llámame tan pronto salgas.
—Te lo prometo.

El ruido en el lugar disminuyó considerablemente cuando sólo quedaron las quinientas pre seleccionadas; algunas estaban sentadas, muy quietas, en actitud de concentración, mientras que otras se probaban vestidos y accesorios o arreglaban su cabello frente a alguno de los espejos de cuerpo entero, y muy pocas estaban charlando o haciendo amistades, pero lo que más la sorprendió, es que había algunas realmente nerviosas, casi al borde de las lágrimas. Lisandra estaba más bien ansiosa de que llegara el momento, así que estuvo sentada un rato pensando, y luego fue hacia uno de los espejos, para revisar su maquillaje, y comprobar que estaba en las mejores condiciones.

En un momento, notó, casi por accidente, que una chica, en el espejo siguiente, estaba marcando un número en su móvil, el que tenía disimulado entre su largo cabello. Al ver eso, le entró un sentimiento de pánico instantáneo, recordando claramente las palabras de la mujer de la productora, que les indicó que estaba prohibido usar los teléfonos celulares; nerviosa, miró en todas direcciones, e inevitablemente vio a uno de los guardias, mirando de un punto a otro muy lentamente, vigilando que la instrucción fuese cumplida. Estuvo a punto de hablar y decirle algo, o hacer algún tipo de advertencia, pero entonces, dos ideas pasaron por su mente, y ninguna de ellas era buena: la primera, que tratara de advertirle, la chica ocultara el móvil y la acusara de tratar de ponerla en una mala imagen, y la otra, que la descubrieran a pesar de la advertencia, y como una forma de vengarse por no avisarle a tiempo, dijera que la propia Lisandra estaba haciendo lo mismo. ¿Qué tanto podría perjudicarla algo como eso? Aparentó que buscaba algo en el bolso, muy concentrada, mientras de reojo miraba en la dirección de la chica, y tal como lo había anticipado, uno de los guardias la descubrió, y la hizo salir del lugar, causando un pequeño revuelo por las inútiles súplicas de la chica. Lisandra lo lamentó por ella, pero al mismo tiempo, eso le hizo pensar en lo frágil que era la estadía ahí, y en cuánto tenía que cuidarla.
Cuando llegó el momento, llamaron a un grupo, entre las que ella estaba, y les dieron la instrucción de ingresar a la siguiente zona, que, para su sorpresa, estaba dividida en una serie de pasillos negros que conducían a escritorios donde esperaba una persona, acompañada de una cámara y una serie de documentos; por primera vez se sintió realmente nerviosa, pero hizo un esfuerzo por calmarse, y comenzó a caminar.




Segunda parte: Charlene



—Familia: el día llegó.

Aquel sábado 12 de mayo era el comienzo de una nueva vida, y el primer paso en la carrera al éxito para Charlene; tenía todo preparado, y desde luego, era obligación hacer una puesta en escena adecuada para la ocasión.
En la sala de la casa, sus padres estaban sentados en el sofá, su madre por supuesto, la más feliz y emocionada; también estaba Jacinto, su hermano mayor, la tía Agustina, y Berenice junto con Estela, sus dos grandes amigas del barrio. Esa jornada se había esmerado, y llevaba un atuendo compuesto por jeans azules desgastados, una blusa blanca con canesú bordado de flores, y llevaba el cabello rubio tomado en un moño que aparentaba ser casual, pero dejaba caer mechones por todo el contorno del rostro; con la cantidad justa de maquillaje, coronada por labios rosa y algo de brillo en los párpados, formando una apariencia cuidada, pero preparada para un viaje.

—Hija, te ves radiante.
—Gracias mamá, pero sólo me arreglé un poco, la verdad. Quiero agradecerles por estar aquí, tan temprano un domingo, por acompañarme en la despedida, ahora que voy a iniciar este nuevo proyecto.
—Estamos muy contentas por ti —dijo Estela—, es un gran logro que te hayan pre seleccionado para ese programa de talentos. Siempre divas, suena tan grande, tan glamoroso.

Charlene asintió, con un delicado gesto de modestia; a su espalda, la maleta con sus cosas, el bolso de mano y la cartera la esperaban.

—Gracias, amigas; les prometo que voy a hacer mi mejor esfuerzo por estar en ese programa, y dejar este nombre muy en alto.

Hizo un gesto amplio con las manos, mientras todos la miraban; su padre la miró, con cariño.

— ¿Estás segura de que quieres irte sola al terminal de autobús?
—Sí papá, es lo mejor, así será menos triste para todos.
—Recuerda llamar —apuntó su progenitor.
— ¡Desde luego! —exclamó, con tono de ilusión.

Su madre se puso de pie, y se acercó, para darle un abrazo. Charlene sabía que estaba tanto o más emocionada que ella.

—Felicidades, hija. Yo sé que vas a cumplir todos tus sueños.
—Tengo fe en que lo voy a hacer lo mejor que pueda. Gracias, mamá. Ya tengo que irme, los quiero.
—Que te vaya muy bien, Charlene.
—Gracias, Jacinto.

Se despidió una vez más, tomó sus cosas y salió, despidiéndose de nuevo de todos cuando vio sus rostros en la ventana. Una vez que estuvo a prudente distancia, sacó el móvil del bolsillo y marcó un número.

—Estoy lista.

Unos segundos después, apareció un automóvil y se estacionó. El hombre la ayudó con la maleta, y ella subió, mientras se ponía unos anteojos oscuros, satisfecha de que todo saliera de acuerdo con el plan.
¿Despedida familiar en un terminal de autobús? Ni muerta.
¿Empezar su nueva vida con el pesado de su hermano mirándola con esa constante actitud de superioridad? Jamás.
Había logrado quedar seleccionada entre cincuenta mil postulantes, y ahora, siendo parte de las quinientas, sólo tenía que usar toda su capacidad para ocupar uno de los veinticuatro cupos para el programa de talento, lo cual sería pan comido.

—Mi futuro me espera —dijo para sí misma—. Voy a llegar muy lejos, porque tengo talento.


2


—No, no tienes talento.

Charlene se echó a llorar sobre el escritorio, mientras la mujer del otro lado, la miraba con actitud de completa indiferencia.

—No pueden hacerme esto —sollozó levantando el rostro hacia la mujer—, yo tengo inteligencia, soy una mujer valiosa, tengo talento, yo sé que puedo hacerlo.
—No pudiste sincronizar los labios con la canción, cariño.

Estuvo a punto de gritarle que era una canción de la época de las cavernas, pero se detuvo. Esa mujer, en ese escritorio dentro las instalaciones de la productora Cien estrellas, era su única vía de entrada al programa de talentos; se dijo que tenía que controlarse, que era una prueba inesperada, pero no algo que no pudiera superar.

—Escuche, sólo deme una oportunidad más; estaba distraída, pero le prometo que esta vez lo haré bien.
—De acuerdo —dijo la mujer, revoleando los ojos—, pero sólo una, y si no puedes hacerlo, te pararás de ese asiento y te llevarás tu rubio y artificial peinado de vuelta por donde viniste.

Oprimió el mando en la consola, y comenzaron los primeros acordes; por primera vez en su vida, Charlene agradeció el sufrimiento de escuchar tantas veces a esas cantantes antiguas que su padre insistía en oír los fines de semana. Al momento en que la voz de la cantante, que para ella era en extremo estridente, comenzó a sonar, supo exactamente dónde y cómo sincronizar los labios, para que quien la viera pensara que esas letras, eran cantadas por ella, y puso todo el entusiasmo y drama que era necesario, aunque por dentro no sentía nada por ese tema, y más bien, lo odiaba.

«No quiero flores cuando muera
Las quiero ahora en mi jardín
No quiero amores con cualquiera
Cualquiera no me hace feliz...»

Poco más tarde, la rubia estaba en la gran sala de espera, paseando de un lado a otro, como animal enjaulado; esa horrible mujer la había humillado, impidiéndole pasar a la siguiente etapa, aun cuando ella hizo una presentación perfecta. No podía pasarle eso, tenía que hacer algo, cualquier cosa para conseguir entrar en ese programa, y de ninguna manera podía volver a su casa, mucho menos a ese barrio pobre al que no quería regresar jamás. Alrededor había otras participantes, algunas contentas, otras muy tristes o nerviosas, y entre todas las personas, vio a un hombre de unos treinta y cinco, alto, guapo, muy esbelto, que conseguía pasar entre las personas, al mismo tiempo sin tocarlas y sin que pareciera que las evadía. Una chica se le acercó con expresión de súplica, y supo que se trataba de alguien importante; se acercó disimuladamente y escuchó a una distancia prudente.

—Escúcheme, por favor, yo puedo hacerlo, es sólo que la persona que me entrevistó puso unas canciones muy antiguas.

¡Bingo! Cuidó de no parecer histérica como esa chica, e intervino.

—Lo lamento, pero es verdad; ninguna persona debería ser descalificada por no conocer una canción, en mi caso pasó lo mismo y no tuve alternativa.

El hombre miró a ambas, con una expresión cortés que ocultaba su verdadera emoción.

— ¿Sandra? ¿Esto es así?

La mujer que le había hecho la entrevista iba pasando justo en ese momento, y le devolvió una mirada completamente confiada.

—Imposible, Kevin, sabes que soy profesional.
—Estas dos chicas dicen que las descalificaste por no conocer una canción —apuntó él con algo de hastío.
—Absurdo —replicó ella con una media sonrisa—, de hecho, ella quedó seleccionada. Chacine ¿No es ese tu nombre?
—Charlene —respondió de forma automática, con el rostro desencajado—, pero usted me dijo que no había quedado seleccionada.

La sonrisa de amable indulgencia de la mujer hizo que se sintiera como una estúpida.

—Lo que dije al principio es que, si seguías estando tan nerviosa, no ibas a quedar seleccionada. ¿Ya olvidaste que después respiraste, y te felicité por lo bien que lo hiciste?

El hombre alto se aclaró la garganta, muy disimuladamente, y se excusó.

—Bien, creo que fue sólo un malentendido; permiso.

Mientras la otra chica seguía llorando y el tal Kevin se iba por una puerta lateral, Charlene siguió a la mujer llamada Sandra, y la interceptó justo antes que saliera del salón de espera hacia las dependencias interiores.

—Espere ¿Qué fue todo eso?
—No sé a qué te refieres, niña —replicó la mujer.
—No me dejó seleccionada en primer lugar —le dijo en voz baja—, y cuando alguien la acusa, cambia su forma de pensar.
—Oh, y eso te deja muy molesta —comentó la mujer, mordazmente—, tal vez quieras aliviar tu conciencia dejándole tu puesto a esa otra chica.

Entonces no era palabrería, de verdad había pasado la selección y quedado entre las cincuenta, sólo porque esa mujer astutamente se había sacado una acusación de encima.

—Entonces está tratando de decir que...

La mujer se cruzó de brazos, y la miró, divertida.

—No me hagas pensar que eres rubia natural —le guiñó un ojo, sin nada de diversión—, ahora sólo diviértete, la fama te espera.




Tercera parte: Valeria



Cuanto llegó al departamento, Valeria estaba cansada, pero muy contenta; dejó las bolsas con lo que había comprado en la sala, y fue hacia la habitación en donde se escuchaba el sonido de la ducha abierta.

—Cariño, ya volví.
—Salgo en un minuto.

La puerta del baño estaba abierta, y ella entró, en silencio; como era su costumbre, Jorge se bañaba con agua helada después de trotar, y lo hacía cerrando la puerta transparente de la ducha, pero no las cortinas, de modo que no había vapor ni telas que lo ocultaran. Se tomó un momento para mirarlo bajo el agua, apreciar la espalda ancha, los hombros fuertes, los brazos y manos que se deslizaban por la piel turgente, bronceada por el sol y las rutinas de escalada y nado, y lentamente desplazó la vista hacia las curvas de la cintura y la espalda baja; el sonido de su móvil la interrumpió, e hizo que él volteara hacia ella, sonriendo.

—Camila —dijo, contestando en voz baja—, gracias por llamarme; eso que me dices es genial, te lo agradezco mucho. Te hablo más tarde.

Ella cortó la llamada, mientras él salía de la ducha, con una toalla en la cabeza.

—Hola.
—Hola.
— ¿Te vienes a meter a la ducha conmigo? —Sugirió él.
—Sabes que no me gusta el agua helada.

Él se acercó a ella, sonriendo sugestivamente.

—Podemos hacer algo al respecto.

Le dio un beso en los labios, muy suave, que apenas pareció un roce, pero pudo transmitir una deliciosa mezcla de calor corporal y la frialdad del agua. Pero ella se hizo un paso atrás.

—Ahora no puedo, más tarde, sí; tengo cita con mi peluquero, me va a hacer el alisado permanente.
—Yo pienso que luces perfecta ahora mismo.

Valeria salió del baño y se dirigió a la sala; tenía que seleccionar muy bien todo lo que iba a usar al día siguiente, nada podía quedar al azar.

—Eso es muy lindo de tu parte, pero mañana en esa audición, todo va a ser visto con lupa, así que tengo que estar preparada al máximo.

Jorge salió del baño en shorts y sudadera, y soltó un silbido al ver la cantidad de bolsas.

—Vaya, hablabas en serio sobre ir de compras.

Se abrazaron, y él la miró fijo a los ojos; ella se había enamorado de esa mirada honesta y limpia que vio desde un principio.

—Lo vas a hacer muy bien, sabes cómo hacer esto; eres una mujer talentosa, con experiencia, vas a tomar eso y hacer lo tuyo.

Valeria se separó de él; era el momento de hablar de ese asunto, ya no podía seguir posponiendo.

—Sobre eso... hay algo que tienes que saber.
— ¿Qué ocurre? — la mirada de él se volvió cautelosa.

Ahora que estaba a punto de decirlo, sintió que sonaba mucho peor que las muchas veces que lo había pensado; pero estaba decidido, ya no iba a dar pie atrás.

—Voy a hacerme un tratamiento en lo de Tina Marinovic.

Su novio frunció automáticamente el ceño; en un instante, comprendió todo lo que significaba ese anuncio.

—Valeria, eso no es necesario — su voz adquirió de inmediato un tono de reproche.
—Ven.
—Valeria, ya lo hemos hablado.
—Ven — insistió ella.

Entró con él al baño, y lo hizo pararse junto a ella frente al espejo de cuerpo entero.

— ¿Qué ves?
—A una chica maravillosa — replicó él, sin un asomo de duda en la voz.

Valeria negó con la cabeza; por un segundo, pasó la vista de su voluptuosa figura a su largo cabello negro, y su piel morena. Él mentía, o se engañaba a sí mismo, pero ella no.

—No. Es una mujer; una mujer de 27 años cumplidos, que está a punto de salir de este mundo, del mundo del espectáculo.
—Eso es absurdo.
—Es la verdad; Jorge, mira a tu alrededor, nadie se mete en el mundo de la televisión a esta edad, mucho menos siendo mujer, y esta es la única oportunidad que me queda. Por eso mentí en la solicitud para entrar al concurso.

En esa ocasión, fue él quien se separó de ella, mirándola con una expresión difícil de descifrar.

— ¿De qué estás hablando?
—Mentí sobre mi edad, dije que tengo 23 años.
—Pero tienes que presentar tu identificación cuando pasas la preselección.

Su expresión cambió por una de total incredulidad; la miró como si no la conociera.

— ¿Qué fue lo que hiciste?
—Conseguí documentación falsa; por eso necesito hacer ese tratamiento, me dará una piel, un aspecto más juvenil. Escucha, sé que puedo lograrlo, esta es la oportunidad que necesito, y cuando lo logre, todo el esfuerzo valdrá la pena.

La cara de Jorge era una composición de emociones; casi sin darse cuenta, se había apoyado en un mueble, para no perder el equilibrio.

—Entonces por eso lo hiciste.
— ¿Qué?
—Esto lo venías planeando hace mucho tiempo —al reconstruir los acontecimientos en su mente, él iba pasando de un nivel de sorpresa a otro mayor—. Cuando te hiciste ese cambio de apariencia, te pregunté por qué era tan extremo, y me dijiste que querías experimentar; dejaste de usar el cabello ondulado y castaño, te hiciste otro perfilado de cejas, cambiaste todo tu estilo de maquillaje de un día para otro. Lo hiciste porque necesitabas hacer desaparecer a la que eras, para poder convertirte en otra; Valeria, esto está mal, está horriblemente mal.

Ella respiró profundo, intentando calmarse; pelear no ayudaría en un momento como ese.

—Jorge, por favor, sigo siendo la misma.
— ¿Estás segura de eso? —replicó él, duramente— ¿Qué va a pasar conmigo, me vas a tener escondido?
—Eso no es lo que...
—Eso es lo que tienes que hacer —le dijo, cortando sus palabras, mientras la miraba con una aterradora mezcla de miedo y desamparo, con los ojos llenos de lágrimas—. Yo no puedo existir, porque eso arruinaría tu identidad nueva; tienes que verte más joven, pero en realidad es ser alguien más, y para eso tienes que borrarme. Si nadie te ve conmigo, no habrá problema, con ese nuevo nombre que te conseguiste, nada importa, porque sólo bastará con que estés presente y mantengas esa mentira, si alguien pregunta, sólo será una chica que se parece a ti, pero que no eres tú.

Valeria ahogó una exclamación; sabía que él se lo iba a tomar a mal, pero su reacción era mucho peor que todo lo que se había imaginado en un principio.

—Escucha, sabes algo, no importa.

El hombre soltó mucho aire por la boca, como si hubiera estado conteniéndolo durante mucho tiempo, y se sentó en el sillón, negando con la cabeza.

—Bueno, hay algo que tengo que decir.
—Jorge, escúchame.
—No, escúchame tú —la cortó él—. Te he querido durante cuatro años; antes de conocerte no sabía diferenciar entre una barra de labios y una de máscara para pestañas; aprendí todo lo de tu mundo, porque nunca quise ser el clásico tipo que le dice a su pareja “sí, linda” pero no sabe de lo que ella le está hablando, no quería ser el que se excusa diciendo que son temas de mujeres.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero estas no llegaron a caer, y el hombre inspiró para darse fuerzas. Valeria no era capaz de decir palabra.

—Aprendí a conocer tu mundo, me interesé por ti, por lo que estabas haciendo, y desde entonces te he acompañado siempre, sin aflojar. Ahora todo está decidido, tú no tienes nada que preguntar o que saber, ya lo decidiste, y éste es tu sueño; siempre dije que me gustaría haber podido hacer algo por ti para ayudarte, pero nunca hice nada más que darte apoyo emocional. Bien, ahora puedo hacerlo.

Valeria consiguió hablar, aunque su voz en esos momentos se oía quebrada y apagada. Todo eso estaba saliendo mucho peor de lo que había esperado.

—Jorge, por favor, esto no es algo en tu contra, no es esa mi intención, lo que estoy haciendo es por mi futuro, te prometo que no quiero lastimarte.
—Mira, vamos a aclarar algo —exclamó él, con determinación—. Todo esto ya está hecho, no trates de decirme otra cosa; para que tu plan funcione, tienes que hacer una mentira que sea creíble, y yo no encajo dentro de esto; así que dime qué es lo que tengo que hacer. Sólo tienes dos opciones: o terminas conmigo, o me dices qué idea tienes, para poder hacerlo. Sólo dime cuál es tu plan, y yo lo haré.


2


Más tarde, y repuesta del conflicto que tuvo con su novio, Valeria llegó a la consulta de Tina Marinovic; se trataba de una mujer espléndida, delgada, alta, con un rostro limpio de marcas o arrugas, y un largo cabello rubio que adornaba su gentil expresión. La mujer la recibió en su oficina y la invitó a tomar asiento.

—Al fin te decidiste. ¿Qué te ocurrió? Tienes los ojos un poco hinchados.
—No es nada —respondió, sonriendo para evadir el tema—. Tina, quería agradecerte por esto.
—No seas ridícula, no tienes que agradecer —replicó la mujer, desechando la idea con un gesto de la mano—; recuerda que tenemos un trato: si entras a ese programa de televisión, me traerás algunas clientas, y con eso estaremos a mano. No es nada de difícil, tú eres muy talentosa. No hay nada de qué preocuparse.

En realidad, Valeria sabía que sí lo había, porque en el caso de no entrar, tendría que pagar el costo del tratamiento que iba a hacerse, y no era una cantidad pequeña de dinero.

—Bien, vamos a lo nuestro —dijo la mujer, señalando la pantalla en su escritorio—; el procedimiento que vamos a realizar es de ultrasonido, para la estimulación de las capas de colágeno en tu piel. Inicialmente no vas a ver mayores diferencias, pero ocho horas después ya vas a notar los cambios, aquí en la zona de los ojos —señaló el área en una imagen digital del rostro de Valeria—, en el contorno de la boca, y en la frente.
— ¿Entonces podré verme más joven?

La mujer desplegó una comparativa, mostrando a la izquierda su rostro, y a la derecha una proyección después del tratamiento.

—Por supuesto; no hay duda, te verás de veintitrés con toda facilidad, nadie va a sospechar en lo más mínimo.

Se quedó mirando la proyección, en la que, realmente, lucía con cuatro o cinco años menos; era fascinante poder lograr algo como eso.

—Es increíble; pero hay algo que me preocupa ¿podré hacer mi vida normal mañana domingo? Tengo una audición muy importante.
—Sí, lo recuerdo, me lo comentaste antes; no te preocupes por nada, en este momento son las cinco y media de la tarde, en doce horas ya te sentirás como nueva, así que vas a despertar como una bebita. Sólo ocúpate de dormir muy bien, y estar tranquila, y deja que la ciencia haga sus maravillas.


Cuarta parte: Márgara



El mediodía estaba caluroso cuando Márgara llegó a su casa; ese día, estaba invitada su madre, así que tendría que estar presente a la hora de almuerzo y posponer un poco sus preparativos para el domingo.

—Hola, mi amor —dijo la voz de Fernando desde la cocina—, estamos aquí.

Su madre y su novio estaban bromeando en la cocina, desde donde salía un agradable aroma a estofado; Fernando era perfecto en las artes culinarias y siempre se le ocurrían recetas.

— ¿Cómo te fue?
—Bien, tengo todo comprado —vio la hora en su reloj de pulsera—. Exactamente la una quince, mamá, tienes que irte antes de las cuatro.

Su novio dejó las verduras que estaba procesando y volteó hacia ella, con el ceño fruncido.

—Márgara, eso no suena nada bien.
—Déjala, está bien —intervino su madre, esbozando una sonrisa—. Hoy no la voy a cuestionar por nada; Márgara tiene la audición para ese programa, es natural que esté histérica.
—Mamá, no estoy histérica.
— ¿Lo ves? —apuntó la mujer, con tono inocente.

La mujer pasó a su lado, sonriendo ampliamente; eran tan distintas, que a veces la joven se preguntaba si realmente eran madre e hija. Su madre era una mujer más bien baja de estatura, de piel blanca y sonrosada y rasgos finos, resaltados por un perfecto maquillaje y enmarcados por un peinado rubio bastante elaborado, y era delgada y esbelta, mientras que ella a sus 22 años, era alta, de curvas pronunciadas, y le gustaba lucir natural, tanto el cabello muy largo, suelto y liso, como la piel, bronceada hasta tener un tono saludable, usando sólo un poco de labial y algo de brillo en los párpados. Pero era en el carácter donde más se diferenciaban, ya que a ella siempre le gustó el arte, las cámaras y las luces, mientras que su madre era una mujer de negocios, práctica, fría, y generalmente mordaz.

—No estoy nerviosa por la audición —explicó con tono profesional—, es sólo que necesito arreglarme para mañana, y tú no me ayudas aquí, eso es todo.
—Sí, sí, lo que tú digas —se acercó al refrigerador y sacó de él unos pimientos—; en cualquier caso, vine para acompañarte mientras aún conservas la cabeza en su sitio, mañana vas a estar insoportable.
— ¡Mamá!
—Fernando, eres un ángel por soportarla todos los días, te lo juro.

Él sólo sonrió, encogiéndose de hombros; en esos momentos lucía adorable, vestido de celeste y verde, en una tenida informal, y con el delantal rosa de ella, que lo hacía verse muy acinturado. Tenía veinticuatro años, trabajaba en una tienda de accesorios de electrónica de última generación, y era el más solicitado de los vendedores, por ser el más atento y listo de todos; y claro, también era muy guapo, alto y fuerte, con ese aspecto de galán moreno, usando siempre una barba de tres días, muy bien recortada.

—Tú no te rías.
—Cariño, tu mamá solo está bromeando —dijo él, mirándola fijo con sus intensos ojos negros—, además, mira todo esto, es un almuerzo delicioso y ella hizo una parte, tiene muy buena mano.
—Oh, era necesario que supiera cocinar algunas cosas —intervino su madre, alegre—, porque cuando tu novia era una niña, yo no estaba en una buena situación económica, pero ella ya era una princesa. Y sabes que las princesas no se conforman con cualquier cosa.

Pasó entre ellos con unos platos, rumbo a la sala; Márgara revoleó los ojos ante su comentario, pero antes que pudiera decir algo, Fernando la abrazó tiernamente.

—Tiene razón en algo: eres una princesa.
—No te burles.
—No me estoy burlando —replicó él, en un susurro—; eres mi princesa. Escucha, mañana todo va a salir bien. ¿Ya decidiste si vas a caracterizarte para la audición?

Ella se separó de él para abrir el mueble en donde estaban los vasos.

—Sí, y decidí que no lo haré. Pienso que es una carta demasiado fácil, porque estoy segura de que estará lleno de Cristinas, de Mileys y todas las demás, es lo que cualquiera piensa cuando se habla de las divas: las divas del pop. Además, Sarki aparece en el comercial con el estilo de una de ellas, es imposible no reconocerlo, pero en la solicitud y todos los requerimientos no dice nada sobre imitar o doblar.
— ¿Entonces crees que no se trata de eso?
—No —lo meditó un instante—. Lo que creo es esto: están usando este mensaje subliminal, diciéndonos que tenemos que parecernos a una estrella, pero creo que eso es un filtro; Sarki pregunta en el comercial si una quiere ser su sucesora, pero ella nunca ha sido imitadora de actrices o cantantes. Ella es una artista, estuvo en programas como modelo cuando joven, después como actriz cómica, hizo teatro, fue juez en programas de talento, parte de un panel de conversación.
—Estuviste estudiando su carrera.

Ella sonrió; sus planes para ese año habían cambiado del cielo a la tierra desde que surgió la posibilidad de incorporarse a ese programa de televisión, y ahora estaba mentalizada por completo en eso. Había tomado la decisión de estudiar ese año algo relacionado con actuación, cuando vio el comercial y descargó las bases para participar; cada cierto tiempo, los programas de talento volvían a tomar un lugar en los medios de comunicación, pero por lo general parecían poco prometedores, ya que, en su afán por captar público, mezclaban disciplinas que poco tenían que ver entre ellas, con lo que siempre alguien terminaba llamando la atención a costa de los demás. Desde luego, puede haber un bailarín muy talentoso, pero si lo pones a competir con una cantante, es lógico que la gente la vea más a ella, incluso si como intérprete no es tan buena; pero en este caso, el programa era solo de un tipo de competidor, y además el formato del que hablaban en las bases era de un programa donde tienes a tu disposición muchos recursos y maestros para aprender, lo que significa que las seleccionadas van a estar participando y aprendiendo al mismo tiempo.

—Sólo lo necesario; pero como te decía, quiero dejar eso del parecido con Lana en el baúl de las anécdotas: si alguien lo menciona, bien, y si no, hasta me puede servir para más adelante, quizás hagan un desafío especial o algo así. Pero soy Márgara, no la doble de alguien.

Llevaron la corrida a la mesa y sirvieron, acompañando con vino, y jugo natural para la joven.

— ¿No vas a tomar una copa?
—No, el alcohol está prohibido hasta que sepa los resultados.
—Por favor no te emborraches si no quedas seleccionada —comentó alegre su madre.
—Mamá, ya basta.
—Ay niña, no te estreses, no pasa nada. Además, todo esto me lo debes —se volteó hacia Fernando y le dijo, divertida—; si no fuera por mi estilista, tendría reflejos de color verde en el cabello, eso es seguro. Seis años “mamá, quiero un vestido” y luego a los nueve “mamá, tienes que comprarme esmalte de uñas” y así todo el tiempo. Gracias al cielo que me convertí en una mujer exitosa, o no sé qué habría sido de mí.
—Mamá, eres maravillosa —enumeró Márgara haciendo una mueca—, gracias a ti soy la mujer que soy, te debo tanto en esta vida que nunca podré terminar de pagártelo.
—Me encanta cuando eres sincera —replicó la mujer, ignorando la burla y alzando su copa—. Y entonces ¿Brindamos?


2


Fernando no podía acompañarla el día de la audición, ya que el encargado de la tienda en la que trabajaba estaba enfermo y tuvo que reemplazarlo; cuando llegó al lugar en donde se iban a realizar las audiciones, Márgara se sorprendió de lo acertada que había sido su predicción acerca de las postulantes al programa “Siempre divas” que deambulaban por ahí. La mayoría de ellas no tenía un real parecido, por lo que su aspecto era lo que indicaba a quién pretendía parecerse; otras lucían algunos rasgos, y algunas habían sido realmente extremas, llevando un atuendo idéntico al que la cantante en cuestión usó en determinado video clip o presentación en vivo; incluso, una estaba con un leotardo dorado, cuando ni siquiera estaban en el interior del recinto. En comparación con ellas, su parecido con una cantante pasaba a un segundo plano, y lo agradeció, porque estaba cada vez más segura de que ser ella misma era lo que la iba a llevar a pasar la selección y quedar entre las veinticuatro participantes del programa.
Mientras esperaba, entró al chat y le envió un mensaje a su novio; un minuto más tarde, decidió llamarlo.

— ¿Con quién hablabas?
— ¿Qué? —respondió él.

Aún faltaban unos segundos para ingresar, y lo más probable es que en el interior prohibieron usar móviles, o las pruebas comenzaran de inmediato y no pudiera hablar; pero aún tenía algo de tiempo.

—Estabas en línea, te mandé un mensaje y no me contestaste.

La voz de él se alejó un poco, mientras miraba la pantalla de su móvil.

—No lo había visto.
—Pero sí me contestaste cuando te llamé.

Él hizo una pausa muy breve antes de hablar; su voz era suave y cariñosa.

— ¿Estás bien?
—Por supuesto que estoy bien, pero no respondiste mi pregunta.
—Cariño, estoy en el trabajo, no veo los mensajes a cada momento; te contesté porque escuché el sonido del móvil, es todo.
— ¿Y con quién hablabas? Estabas en línea.
—No hablaba con nadie —dijo él, suavemente—, tal vez se quedó abierto el chat cuando lo guardé en el bolsillo, no lo sé. ¿segura que estás bien?

Ella optó por cambiar de tema.

—Ya estamos a punto de entrar; hay muchas chicas que creen que es un concurso de dobles.
—Eso significa que tomaste una muy buena decisión —comentó él, con voz cariñosa—. Espero que todo salga muy bien.
—Gracias ¿Muy ocupado? —preguntó, como que no quiere la cosa.
—En este momento, sí, pero me escapé para sacar copia de unos documentos y están cambiando el tóner de la impresora, así que tengo unos momentos de descanso; llegó un producto nuevo y lo anunciaron en uno de esos periódicos gratuitos que entregan en el metro, así que hay mucha gente hablando de eso y haciendo preguntas. Tengo que volver cariño, hablamos después.
—Bien, hablamos luego.
—Te amo —dijo él como despedida.
—También yo.

Después de cortar la llamada, la chica se quedó un instante mirando la pantalla del móvil, en donde el rostro de él miraba a través de una foto.

—También yo.


Quinta parte: Nubia



—Nubia, levántate o vas a llegar tarde.

La jornada anterior, Nubia se había acostado mucho más temprano que de costumbre, para poder descansar y estar al máximo para el primer día más importarte de su vida. Junto a la cama, el bolso con todo lo necesario para la audición, y sobre el baúl, el vestido rojo con entramado de flores que llevaría puesto, algo sencillo pero con estilo, que lucía bien ante las cámaras por si la grababan, y a la vez no era demasiado osado; por desgracia, toda la preparación previa no sirvió para despertar a la hora que tenía proyectada, y recién lo hizo cuando su madre le habló desde el primer piso. Al escuchar la voz, saltó de entre las sábanas, pero se tropezó con el bolso y cayó cuan larga era, a un costado de la cama.

— ¡Rayos ¡Desocupen el baño por favor!

Tomó la ropa con que iba a salir, una toalla de cuerpo y otra de cabello del armario y bajó corriendo las escaleras, cojeando un poco por la caída; Armando, su hermano menor, la esperaba en el primer piso, e hizo una exagerada reverencia, indicándole la puerta del baño.

—Pase usted, su majestad, su alteza.

Ella lo ignoro, y entró apresuradamente, cerrando tras sí. Poco después, cuando estuvo lista, salió vestida, aunque con la toalla para el cabello envolviendo su cabeza, corriendo nuevamente al cuarto. Dejó el pijama y las otras cosas sobre la cama, y se detuvo frente al espejo de cuerpo entero que tenía la puerta del almario: nunca tanto como en ese momento, le había parecido tan importante tener ese parecido con una cantante, y estaba segura que había sido, en gran medida, por eso que la habían llamado una vez que envió el video de participación. Desde que la llamaron, dedicó gran parte de su tiempo a leer sus canciones, saber de su vida y conocer sus gestos en las presentaciones en vivo, o en los videoclips; no cambiaba muy seguido de apariencia, por suerte, de modo que usar el cabello estilo bob largo, resaltando el rubio y ordenado, junto al maquillaje indicado y la actitud, hacían que tuviera un parecido aceptable, sin embargo no creía que el programa fuera únicamente de imitación, y en las bases no se aclaraba nada, excepto que era un programa de talentos.

—Hija ¿Se puede?
—Sí mamá; pasa.

Su madre entró al cuarto y la miró con cariño, apoyándose en la puerta del cuarto una vez entró.

—Te ves muy linda.
—Gracias mamá —replicó mientras se peinaba.
—Hice tostadas con miel para el desayuno.
—Ay mamá, te amo por eso, pero tengo el tiempo justo —respondió Nubia chequeando su aspecto.
—Lo recuerdo, por eso lo traje para acá.

Salió un instante, y regresó con una bandeja en donde, además de las tostadas había una serie de bocadillos, junto a un vaso de jugo recién exprimido y una manzana cortada en tajadas. Todo lucía delicioso.

—Mamá, no te merezco.
—Come algo —replicó su madre sentándose junto a la cama—. Vas a tener un día largo, tienes que llevar energías ¿Guardaste todo en el bolso?

Su madre siempre estaba preocupada de ese tipo de detalles; en cualquier caso, no era de extrañar, ya que ella había estado hablando sin cesar acerca del concurso en el último tiempo.

—Sí, tengo todo listo, y revisado por lo menos dos veces.
—Eso está muy bien; espero que te diviertas mucho en ese evento el día de hoy.

Nubia revoleó los ojos.

—Mamá; no es algo para divertirse, es una audición para entrar al programa.
—Sí, esta, bien, pero tienes que divertirte ¿no es así?

Estuvo a punto de decirle “no mamá; en ese concurso no importa lo que sientas, lo que realmente importa es lo que se vea” pero decidió no tocar el tema, viendo que era imposible explicar nuevamente las características del concurso, y más aún, cuáles eran sus motivaciones para estar en ese tipo de convocatoria.

—Haré todo lo posible por divertirme, mamá. Esto está delicioso, muchas gracias.
—No hay nada que agradecer.
—Ahora, —dijo, poniéndose de pie—, tengo que salir ya mismo, tengo el tiempo justo y no quiero correr hacia el metro.
—No te preocupes, usé esa aplicación que me descargaste en el móvil y pedí un auto de traslado, está a punto de llegar.

Usualmente, a Nubia le resultaba un poco molesto el sobre proteccionismo de su madre; siempre adelantándose a todo, siempre haciendo lo posible por ayudar a facilitar las cosas para sus tres hijos. Ella pensaba que era excesivo, pero en un día como ese, no podía menos que agradecerlo.

—Gracias mamá.
—De nada hija. ¿llegas a almorzar?
—No lo creo —respondió mientras revisaba otra vez el contenido de la pequeña mochila de color verde acuoso en donde llevaba los documentos, algo de dinero y cosas indispensables—, tengo la sensación de que voy a estar casi todo el día allá, así que voy a comer en un restaurante cercano, tengo la aplicación para encontrar el más apropiado.

Su madre sonrió, satisfecha, y Nubia se sintió aliviada de que no hiciera más preguntas al respecto; no tenía pensado gastar un dineral en un almuerzo casero, pero si le decía que comería un sándwich o algo en la comida rápida, tendría una discusión sobre las calorías que debía consumir que no era apropiada en un momento como ese. Por suerte, en el primer piso se escuchó la alegre melodía de una canción de un artista pop antiguo, que su madre tenía como tono de mensaje, y eso las hizo cambiar de tema.

—Ese debe ser tu auto.
—Fabuloso, voy a salir ahora mismo; hablamos más tarde ¿De acuerdo?
—Muy bien, hija, que lo pases muy bien —su madre la miró con cariño.

Con la mochila a la espalda y el bolso en la mano, la chica salió del cuarto, se despidió al pasar de su hermano menor, y se subió al automóvil que la esperaba.

—Dime adónde te llevo —saludó el conductor.
—Tengo que ir a … iMi celular!

Iba a abrir la puerta del auto, pero justo en ese momento alguien golpeó el vidrio: era su hermano, sonriéndole socarronamente mientras le mostraba su móvil.

—Gracias —dijo, bajando el vidrio.
—Dale las gracias a mamá, ella me mandó.


2


Más tarde, cuando ya estaba en el lugar de los hechos, los nervios se la estaban comiendo viva; después de hacer una aterradora prueba de sincronización de labios, frente a una mujer fría como el hielo, tuvo que hacer otras cinco, de lectura de texto, memorización de diálogos y actuación, todas ellas en un módulo individual que no permitía ver a las chicas que se estaban presentando al mismo tiempo. Si bien la espera fue larga, se hizo un poco más tolerante por las pausas entre pruebas, de modo que podía descansar y tratar de prepararse para la nueva mientras el resto hacía lo suyo, aunque era un poco difícil saber para qué se estaba preparando, porque las pruebas eran sorpresa; estar sin el móvil durante ese tiempo fue al mismo tiempo irritante y agotador, porque no tenía que ocuparse de que fuese a sonar estando en modo avión, pero a la vez, no tenía la opción de distraerse con algo. Y, al mirar a las otras, notó que eso estaba haciendo estragos, porque algunas no estaban lidiando bien con la tensión, e incluso una u otra lloraba en el espejo, mientras trataba de salvar el maquillaje; en comparación con ellas, Nubia estaba en control de sus actos.
Si bien estaba relativamente tranquila, no podía negar que la presión de estar ahí esperando era mucha, y además venía cargada de incertidumbre, porque aunque sabía a lo que se enfrentaba, no tenía ni la más remota forma de saber qué criterio en particular estaban poniendo en práctica para escoger a las participantes. Más tarde, cuando ya habían pasado casi todas, una mujer de la producción avisó que se llamaría a las cincuenta pre seleccionadas, y la chica sintió que se le contraía el estómago; sin darse cuenta, empezó a contar los nombres, notando cómo su nerviosismo aumentaba a medida que la cifra aumentaba, por lo que escuchó su nombre casi en sueños, sin reaccionar de ninguna manera. Este cambio en comparación con las otras se debió a que recién en ese momento comprendió cuánto quería estar ahí, y cómo la perspectiva de quedar seleccionada resultaba algo casi palpable, y a la vez, tan lejano. Después de presentarse las cincuenta en otras pruebas, el lugar se sentía mucho más vacío y silencioso, pero al momento del anuncio de las veinticuatro, todo el lugar quedó sumido en un completo mutismo; quien apareció a hacer el anuncio fue, según ella misma se presentó, una de las maestras del programa: Vicenta Menares, una mujer de poco más de cuarenta años, pelirroja y dueña de un estilo único, que destacaba tan sólo verla. Iba vestida con vaqueros negros y una camisa color rosa chicle, que se habría visto vulgar en cualquier otra, pero que ella lucía con garbo y elegancia.

—Tengo la misión de ser la que les de la primera noticia buena en este lugar; bueno, a veinticuatro de ustedes —agregó con una sonrisa mordaz—, a las otras no les voy a dar nada.

Tenía en las manos una hoja impresa, que agitó levemente, captando con ese gesto las miradas de todas las chicas; en ese momento, la tensión podía cortarse con una sierra.

—Bien, esto va así, me pidieron que nombrara primero a las cuatro mejores de todas; estas chicas tienen el mejor promedio de todas las pruebas que hicieron, ahora diré sus nombres, y cuando lo hagan, deben tomar sus cosas e ir a la zona en donde hicieron las pruebas anteriores.

Sin haberlo supuesto antes, Nubia esperaba escuchar su nombre entre las cuatro, pero eso no sucedió; se dijo que no importaba si estuvo nerviosa, mientras estuviera en el grupo final, no había por qué preocuparse. En tanto, las cuatro nombradas tomaron sus cosas y fueron hacia la puerta indicada, en medio de sollozos y grititos de alegría; Vicenta siguió con la lista cuando se hizo silencio otra vez.

—Bien, ahora las siguientes. Escuchen bien, dentro de este grupo no hay orden para las evaluaciones; para las que les cueste —agregó con una mirada cargada de intención—, eso quiere decir que, aunque las nombre primero pueden ser las peores, o aunque las nombre al final, pueden ser las mejores, así que lo que les recomiendo es que se alegren por haber pasado, porque las únicas con más mérito son las que ya entraron. Entonces, aquí vamos con la lista; por dios —comentó, soltando una risilla— ¿De dónde sacan estos nombres? ¿Sus madres no pensaron que podían ser oficinistas o políticas cuando adultas? En fin, tendré que acostumbrarme, ahora escuchen con mucha atención.

Mientras corría la lista, la rubia se sentía cada vez más nerviosa; uno a uno pasaron los nombres, haciendo que algunas celebraran, y que las demás estuvieran cada vez más angustiadas por lo que iba a suceder, porque al momento de empezar, todas tenían un poco más de un cincuenta por ciento de probabilidades de pasar, pero con cada elegida, las opciones disminuían más y más, y cada una era un peligro para las demás. Al final, sólo quedaron cinco cupos.

—Y aquí están las últimas seleccionadas, ya saben hacia dónde irse; para todas las demás, soy pésima para las despedidas, así que como decían en un programa de televisión, la que no salga elegida tendrá que tomar sus cosas, e irse a casa. Pasen a la otra zona, Valeria, Charlene, Lisandra, Márgara y Nubia; fue un placer.

Durante un largo segundo, Nubia pensó que había oído mal, pero después comprendió que eso no era producto de su imaginación ¡había quedado seleccionada, era una de las veinticuatro! Por un momento estuvo a punto de gritar de alegría, pero sintió pudor de hacerlo, al ver que se había rezagado, y era la única que faltaba por ingresar, lo que significaba que el resto de las chicas en ese sitio estaban, como mínimo, devastadas.
En el interior de la otra zona, la decoración había cambiado, y los pasillos que llevaban a cada módulo habían sido quitados, dejando sólo un escenario plano y vacío, en donde uno de los hombres de la producción les indicó que esperaran; todas las chicas estaban igual de emocionadas, de pie mientras se acercaba un hombre hacia ellas, flanqueado por Vicenta y dos mujeres más. El hombre lucía un traje a medida de color azul, que resaltaba su figura esbelta y atlética.

—Les agradezco por su tiempo, y por estar aquí; primero, dar las gracias a Vicenta, que me concedió unos minutos de su tiempo, y a Sandra y Ana María. Mi nombre es Kevin Haim, soy el productor ejecutivo asignado por el canal Vive, para el programa Siempre divas, para el que ustedes han sido seleccionadas; Vicenta y Ana María son dos de las maestras que tendrán en el transcurso del programa, y Sandra, es la jefa de producción, y por supuesto, son personas de mi más absoluta confianza.

La confianza que demostraba el hombre al hablar demostraba que era quien más poder tenía en ese sitio; el destino del programa y de todas ellas estaba en sus manos.

—Ahora, quiero ser yo quien les diga de qué va el concurso en el que están participando; Siempre divas se va a transmitir dos veces por semana, los miércoles y viernes, en horario estelar, llegando a decenas de miles de hogares de forma simultánea, y para un proyecto tan grande come ese, esperamos hacer y presentar lo mejor.

Dos días por semana en horario estelar era más de lo que Charlene había esperado, incluso en sus mejores proyecciones; eso significaba que, muy probablemente, iba a necesitar ayuda para preparar ese desafío.

—Seguramente habrán notado que todas tienen un cierto parecido con alguna cantante de la música pop; pues bien, eso es algo que pensamos desde un principio, pero es sólo un gancho publicitario, para que la gente tenga en la retina este programa desde un inicio. Tienen que saber que para este proyecto, lo que estamos buscando es a mujeres que se puedan convertir en artistas, que quieran luchar por transformarse en artistas, bailarinas, cantantes, modelos y presentadoras, todo eso al mismo tiempo. El programa se va a emitir dos veces por semana, pero ustedes estarán aquí desde el martes y hasta el sábado, ensayando, entrenando y preparando cada detalle de las presentaciones que harán.

Lisandra esbozó una sonrisa: que existiera una posibilidad de estar estudiando y preparando una presentación para un programa era exactamente lo que necesitaba, porque eso le daría experiencia y permitiría que aprendiera, al mismo tiempo que competía.

—Es importante que sepan que este es un programa exigente —continuó el hombre—. Estamos trabajando con un sistema propio, y eso, en la práctica, significa que vamos a necesitar que den lo máximo de sí mismas, porque antes de subir al escenario, tendrán que construir lo que van a hacer.

¿Construir? Nubia notó que esa parte había sido dicha con un especial énfasis, pero el hombre no dijo más al respecto.

—No me gusta desear suerte; yo creo en el trabajo, y espero que ustedes también lo hagan; necesito que entiendan que, aunque necesitamos de su talento, este no es suficiente, y debe ser complementado con un intenso trabajo. Tanto la experiencia previa como lo que aprendan aquí es útil, y tienen que estar dispuestas a mejorar todo el tiempo.

Trabajo constante, eso sonaba como música para los oídos de Valeria; eso significaba que podía guardar algunas cartas bajo la manga, analizar a las otras competidoras, y después poner en práctica lo que sabía.

—Por ahora, tengo poco más que agregar; sólo decirles que, a partir de ahora, nadie tiene ganado un puesto en el programa, porque la competencia va a ser de verdad. El próximo martes deben estar en el lugar que Sandra les indique, y estar muy bien preparadas, ya que después de la primera semana, salen al aire.

¿Una semana? Nubia sintió un escalofrío al pensar en el poco tiempo disponible; de pronto, los días parecían demasiado poco.

—Una última cosa —agregó el hombre—. Piensen muy bien cada paso que van a dar, porque después de la primera semana de programa, habrá una votación, y una de ustedes, será eliminada.

La declaración sumió en el silencio a todas, aplastando la alegría y euforia previas; el productor acababa de confirmar que, como la mayoría de los programas de talento, habría eliminaciones, y la primera de ellas estaba a la vuelta de la esquina.


Próximo capítulo: Dime quién eres

Contracorazón capítulo 03: Un reencuentro inesperado




Con poco tiempo disponible para los quehaceres, Rafael tomó desayuno con rapidez, hizo aseo superficial, y bajó al cuarto de lavandería para dejar una carga completa mientras salía; a menos que encontrara una alternativa que le pareciera mejor, iba a decidir por el broche que vio con anterioridad, pero su primera opción siempre era tener un panorama un poco más amplio antes de decidir. Después de una caminata de cerca de veinte minutos, llegó a uno de los centros comerciales ubicados a pasos del llamado kilómetro cero, edificios antiguos reacondicionados para albergar una serie de tiendas en poco espacio; apenas había caminado un pasillo, cuando alguien entre los transeúntes le hizo una seña.

—Rafael, qué sorpresa.

Se quedó de pie en el pasillo, al reconocer primero la voz, y luego a la figura que se le acercaba.

—Arturo –pronunció el nombre con un dejo de asombro que se le antojó muy fuera de lugar.
—El mismo. ¿Y no me vas a saludar?

Extendió la mano, pero el otro, efusivo como era, lo atrajo y le dio un fuerte abrazo; no pudo menos que notar que su aroma no era el mismo, lo que seguramente indicaba mucho más que un cambio de loción.

—Claro, es que estoy sorprendido.
—Lógico, supongo que pensabas que seguía fuera.

Ya a un paso de distancia, se cruzó de brazos, estableciendo una barrera entre los dos; Arturo, su ex, lucía casi igual que un año y medio atrás, cuando se vieron por última vez: moreno, muy bronceado, un poco más alto que él, con el cabello ensortijado revuelto como de costumbre, y una tenida deportiva de colores claros. La misma sonrisa amistosa que lo sedujo, pero también la misma mirada superficial que le dedicó cuando le dijo que le habían ofrecido un puesto imposible de rechazar en la agencia, y que era con traslado, al norte del país. Que podía recoger sus cosas e irse con él, o tendrían que terminar porque una relación a distancia no funcionaba; en eso estaba de acuerdo, y apreciaba su afán de superación, pero verlo tomarse la relación de dos años como algo desechable hizo que tomara la decisión de quedarse con mucha más determinación que la posibilidad de irse de la ciudad. Su vida era ahí y no estaba dispuesto a dejar todo de un momento a otro, pero si hubiera visto en quien era su pareja un poco de preocupación, en vez de subestimar la importancia de perder su zona de comodidad, tal vez lo habría pensado un poco. De cualquier modo la separación había sido amistosa, y no podía sentir rencor hacia él, pero no había olvidado esa decepción.

—No pensé nada en realidad, he estado ocupado.

No pretendió decirlo de un modo agresivo, pero notó que hizo un efecto en su ego, y eso lo animó un poco.

—Claro, es cierto. Bueno, yo estoy de paso realmente, estoy de vacaciones y aprovecho de pasar por la ciudad a hacer visitas familiares. Y tú ¿Sigues en lo mismo?

Era una pregunta muy genérica, pero Rafael sintió una puntada en el orgullo; no sabía si Arturo estaba tratando de ostentar algo frente a él, pero era probable que quisiera sentirse bien consigo mismo, lo que lo llevó a no dejar que eso fuera a su costa.

—No, cambié muchas cosas, estoy concretando algunos planes.
—Entiendo —pareció sopesar la situación—, quizás podríamos conversar un poco más, ya sabes, ponerse al día con lo que ha pasado en este tiempo.

No, no estaba tratando de seducirlo, sino de probar algo; muy probablemente, en el fondo quería saber si aún le provocaba sentimientos, o quizás, de comparar si ambos estaban en las mismas circunstancias, lo que hacía muy posible que quisiera llevar la conversación a la vida personal, y decirle que estaba comprometido o algo así, esperando ver qué le respondía. Tal vez el orgullo de Arturo estaba intentando probar si era inolvidable; Rafael se sintió lleno de calma al notar que eso no era así, el pasado ya no iba a volver, y él no quería que regresara.

—No creo que fuera apropiado –replicó, con calma—, porque estoy, tú sabes.

Dejó la frase sin terminar, y sonrió con tranquilidad, dejando el resto a la imaginación; fue muy sencillo adoptar la expresión de incomodidad sensible que se supone que tendría al tratar de evitar decirle a su ex que estaba con alguien más, pero dejándolo en claro de todos modos. Resultó sorprendente notar que no estaba diciendo esa casi mentira para negar sus sentimientos, sino porque simplemente no era su asunto. No le debía explicaciones a Arturo, y ese era el final de la historia.

—Claro, por supuesto –dijo este con lentitud, mirándolo con un dejo de ansiedad—, me imagino que estás muy ocupado, entonces.
—Trato de usar mi tiempo de la mejor manera posible –replicó Rafael.

Hubo una pausa incómoda ¿De qué podían hablar? Rafael estuvo enamorado de él, pero ahora que ese sentimiento era cosa del pasado, resultaba difícil establecer una conversación que traspasara lo trivial.

—Se te ve bien, me alegro por eso —dijo Arturo, al fin.
—Yo también. Tengo que ir a hacer unas compras para volver a casa.
— ¡Si, claro! –respondió el otro.
—Entonces –extendió la mano, sonriendo de forma cordial—, que disfrutes tus vacaciones.
—Gracias –replicó el otro hombre, sonriendo.

Terminó de despedirse y continuó su camino, caminando de forma despreocupada y procurando no mirar atrás ni apresurar el paso. En la siguiente esquina dobló para desaparecer de vista, y tomó la ruta hacia la salida, para alejarse de ese sitio de inmediato.
Era curioso lo que había pasado; cuando Arturo y él se separaron, estaba decepcionado, pero el amor que sentía por él seguía vivo, de modo que el primer tiempo sin él fue duro. Como tuvo que dejar el departamento en que ambos vivían por no poder costearlo por sí solo, el primer tiempo fue intenso, y de inmediato se refugió en el trabajo, realizando horas y hasta turnos adicionales para poder concentrarse en algo que no fuera la separación. Con el tiempo, los sentimientos hacia su ex fueron aplacándose, y llegó un momento en que no le hacía daño recordarlo, y lo había dejado en el espacio que le correspondía como un buen recuerdo, pero nunca se imaginó que lo volvería a ver; o de algún modo sí, pero no lo consideró como una posibilidad real. Ahora lo había visto, y podía comprobar que ya no sentía amor por él, que su presencia no le provocaba nada, excepto una ligera incomodidad por tomarse la libertad de abrazarlo; pero esto no era porque se sintiera nervioso, sino porque eso ya no correspondía, de la misma manera que a un conocido del trabajo o alguien con quien no tuviera la suficiente confianza.
Pero no pretendía volver a encontrarse con él, de modo que decidió cambiar los planes e ir en otra dirección, para comprarse algo de ropa; tras pasar por tres tiendas que frecuentaba, ya tenía lo que necesitaba, y se pasó por el supermercado para comprar ingredientes para preparar algo para almorzar. Más tarde estaba en casa, siguiendo atentamente un tutorial para un pastel de verduras, mientras luchaba por hacer todo en el breve espacio de la cocina; veinte minutos más tarde, estaba ante la mesa, con una tajada de un humeante y apetitoso pastel de verduras mixtas y un vaso de jugo artificial, porque entre las compras olvidó ese ítem. Estaba almorzando cuando recibió una llamada de Magdalena.

—Hola —dijo, algo distraido.
— ¿Estás bien?

La voz de ella estaba notoriamente exaltada; Rafael dejó el tenedor en el plato y frunció el ceño.

— ¿Por qué no iba a estarlo? —preguntó.
— ¿No estás en la tienda? ¿Por qué no me contestas los mensajes?

Su hermana nunca hablaba de ese modo, y escucharla así se le hizo muy extraño.

— ¿Qué ocurre?
— ¿No estás en la tienda? —repitió, más nerviosa.
—No, tengo el día libre ¿Qué es lo que pasa?

Ella suspiró notoriamente en el teléfono.

—Me puse tan nerviosa, no sabes.
—Magdalena, no entiendo de lo que estás hablando.
—Está en televisión, hay un incendio en el edificio donde está tu trabajo, y como haces horas extra, no sabía en dónde estabas.

Mientras su hermana hablaba, miró la pantalla del móvil, comprobando que nunca activó los datos móviles al momento de salir, y la red inalámbrica de su departamento no estaba disponible; volteó hacia el router, viendo que tenía las luces apagadas, y elevó la mirada hacia el techo, en un acto inútil porque ya sabía que había luz en el departamento.

—Lo siento, no tengo internet –explicó, poniéndose de pie—, no sabía lo que pasaba; pero no te preocupes, no he estado en la tienda.
—Qué bueno –reflexionó ella—, porque estaba preocupada, aunque dicen que no fue algo grave.

Encendió el televisor, y en el canal de noticias vio la información; el generador de caracteres resumía la noticia con claridad: alerta por foco de humo en el edificio, en el piso tres. Mucha gente en la calle, y en un paneo completo, pudo reconocer los uniformes gris y azul de sus compañeros de trabajo.

—No hay nada de qué preocuparse; perdón por alarmarte, voy a revisar qué sucedió con el internet.
—Está bien.
—Hablamos después. Te quiero.

Después de finalizar la llamada y dejar el almuerzo en el microondas, bajó al primer piso para averiguar qué era lo que estaba pasando, y se encontró con varios vecinos alrededor del panel de control de la edificación.

— ¿Qué sucede?
—Vino un técnico a cortar la conexión del servicio de televisión por cable de la señora Mirta –le explicó una mujer mayor que le pareció era del quinto–, y cortó el internet de todos.

La persona aludida le era por completo desconocida; miró alrededor, y vio al hombre de soporte técnico de la empresa de TV cable, evadiendo a otras personas e intentando salir.

—Oiga, espere.
—Mire, ya le dije a los demás –replicó el hombre, de muy mala gana—, yo no veo ese tema.
—Pero es su responsabilidad si usted cortó nuestro servicio –protestó, interponiéndose en su camino.

El hombre le debió una ruda mirada, pero Rafael no se dejó amedrentar.

—Ya les dejé el número de mi supervisor, él tiene que enviar a alguien, yo no puedo hacer nada.
— ¿No puede o no quiere?

Le había cortado el paso, pero el hombre se mostró decidido a salir de ahí.

—No puedo, les guste o no; ahora, niño, dejame seguir trabajando.

Lo hizo a un lado con brusquedad y salió del edificio; ofuscado, pero más por la actitud pasiva de los otros inquilinos, salió a toda velocidad tras el técnico, justo a tiempo para verlo entrar en el edificio contiguo. Evaluó la situación por un instante, y sin más opciones, tomó la insensata y arriesgada decisión de apurar el paso hasta el panel de llaves que estaba junto al mesón de conserjería, y sacó el manojo de él.

—Oiga ¿Qué está haciendo?

Había tenido la suerte de que el primer piso de ambos edificios era casi igual, y si así era, el panel de control de cables estaba en el interior de una gran caja metálica cerrada.

— ¿Vienes a trabajar aquí, en serio?

El conserje salió del mesón y lo enfrentó con expresión confundida, mientras el técnico, un hombre de poco más de cincuenta años, lo fulminaba con la mirada.

— ¿Quién es usted? Devuélvame las llaves.
—No –replicó, desafiante—, no hasta que este señor resuelva lo que estropeó en el edificio del lado.
— ¿Qué?

El técnico lo miró de un modo amenazante, pero Rafael no estaba dispuesto a dejar las cosas así.

—Niño, deja de llamar la atención y pásame las llaves.
— ¿O qué? ¿Me las vas a quitar? Hazlo.

Ni el técnico ni el conserje hicieron movimiento alguno, pero el primero de ellos estaba a punto de perder los estribos; en el fondo, Rafael sabia que lo que estaba haciendo era inseguro, pero sabía también que las instrucciones de reparación podían tomar mucho tiempo, hasta cuarenta y ocho horas, y tomando en cuenta que era domingo, resultaba improbable que hicieran algo ese día; pero lo que más le molestaba era que el técnico no hubiera solucionado su propio error, sólo por desidia.

—Pasa las llaves, no te metas en un problema.
— ¿Quiere saber lo que acaba de pasar? –se dirigió al conserje, que lo miraba desconcertado– Que este hombre nos cortó por error el servicio de internet, en el edificio de al lado, y simplemente no lo quiere solucionar ¿Quiere que pase eso mismo aquí?
—Pero usted ni siquiera vive aquí –protestó débilmente el conserje.
—Pero yo sí.

La voz pertenecía a Martin, quien un instante antes había llegado al primer piso por la escalera, que le dio visual de la tensa escena que se estaba dando; su mirada era dura en ese momento.

—Esto es increíble –rezongó el técnico.
—Yo sí vivo aquí –explicó con más calma de la que se veía en sus ojos—, y en el reglamento de la comunidad dice que si un arrendatario piensa que la seguridad de su vivienda o el entorno está en peligro, puede oponerse a que se haga cualquier acción, hasta que se conforme el comité del edificio y decida en consecuencia. Así que si él dice que ese técnico puede hacer un mal trabajo que arriesgue dejarnos sin internet, televisión o teléfono, yo me opongo a que se le permita trabajar.

La forma en que el conserje abrió los ojos le indicó a Rafael que Martin estaba hablando sobre una base sólida, y eso lo tranquilizó un poco; pero el técnico seguía obcecado en su comportamiento original.

—Escúcheme, es mejor que me deje hacer mi trabajo –le explicó al conserje con tono condescendiente—, porque de otra manera, si en el futuro necesita ayuda con algo, va a ser más difícil.

Martín había avanzado hasta Rafael, y le hizo un leve asentimiento a modo de saludo, pero no perdió el punto de lo que estaba pasando y sacó el móvil del bolsillo.

—A ver, vamos a solucionar esto ahora, porque no acepto amenazas. Llamo a la administradora del edificio, y le digo que un técnico nos está amenazando, y que el conserje no hace nada.
—No creo que eso sea necesario –arguyó el conserje; estaba siendo superado por los hechos y no sabía cómo reaccionar.
—Yo no amenacé a nadie —replicó el técnico.
—Sí, lo hiciste —Martín estaba siendo implacable—, sé cómo trabajan los técnicos, si se les da la gana, inventan problemas o no llegan a trabajar a un lugar, así que yo llamo a la administradora de este edificio, ni siquiera necesito llamar a tu superior, porque ella se encarga de eso.

Parecía que se habían puesto de acuerdo en cómo actuar; finalmente, y ante la férrea amenaza, el conserje tuvo que ceder y se puso del lado de ellos, lo que obligó al técnico a echar pie atrás y devolverse al edificio donde vivía Rafael para reparar el estropicio hecho. Tras verificar que las conexiones de internet no presentaran inconveniente para funcionar y el técnico se machara, derrotado, las cosas volvieron a la normalidad, y Martín se dio un instante para tranquilizar a un preocupado conserje, asegurándole que no iba a llamar a la administradora del edificio como había asegurado. En la calle, al fin los dos hombres tuvieron la oportunidad de hablar.

—Gracias por el apoyo.
— ¿Estás bromeando? Si tú hiciste todo –Martín le dio una amigable palmada en un hombro—, te enfrentaste a ese idiota, fue muy noble lo que hiciste.
—No creo que sea noble –Rafael se encogió de hombros—, es sólo que no puedo quedarme así nada más cuando pasa algo como eso, es como si fuera un abuso de poder, pensé que si las personas tuvieran la misma fuerza que usan para hablar en las redes sociales para hacer algo concreto, algo de verdad en las situaciones que ocurren todos los días, la vida sería menos difícil.

Se había vuelto a apasionar, pero trató de calmarse; Martín le dedicó una cálida sonrisa.

— ¿Defensor de las causas imposibles?
—A veces quisiera que no. Pero me cuesta mucho no hacer algo —reflexionó en voz alta.
—Nadie ahí adentro lo iba a hacer –opinó el trigueño—, simplemente dejaron que las cosas pasaran. Pero de todos modos lo que hiciste fue imprudente.
—Lo sé, tienes razón. En cualquier caso, tú lo hiciste muy bien, lo que dijiste del reglamento fue perfecto, yo ni siquiera he leído el de mi edificio.

Habían empezado a caminar sin ningún rumbo especial; Rafael se dio cuenta de que se sentía muy bien charlando con Martín.

—Eso lo aprendí por las malas —explicó, encogiéndose de hombros—; me pasó antes que una persona del piso de arriba, un día colgó un cartel de un candidato a alcalde ¡Y eso estaba permitido por el reglamento de la comunidad! Estuve cuatro meses con un cartel cubriendo la ventana de mi cuarto.
—Qué desagradable.

Llegaron a la puerta de un minimarket cercano a donde vivían.

— ¿Ibas a comprar?
—No en realidad –Rafael notó que no tenía ninguna razón para estar en ese sitio; se dijo que antes que se tornara incómodo, tenía que despedirse—, sólo bajé por lo del cableado; gracias por apoyarme en lo que sucedió.
—No, gracias a ti –replicó Martín, sonriendo—, no me habría gustado pasar mi día libre sin internet también.
— ¿Tienes descanso los domingo?

El trigueño se revolvió el cabello con un gesto de incomodidad.

—Por ahora, pronto voy a tener todos los días desocupados.
—No entiendo —Rafael lo miró, confundido.
—Es que mi trabajo en el restaurant sólo es hasta este mes.

Rafael hizo una apreciación lógica antes de preocuparse del fondo del asunto.

— ¿Cómo conseguiste firmar contrato de arriendo sin tener un contrato indefinido? –mientras hablaba, se dio cuenta de lo inapropiado de la pregunta y rectificó– Lo siento, no debí preguntar, olvida que lo dije.
—No importa, no es nada malo –se encogió de hombros—; es muy sencillo en realidad: oculté esa información, así que estoy apostando por encontrar otro trabajo en los diecinueve días que quedan del mes. En fin, voy a comprar.
—Por supuesto, hablamos después.

Mientras Martín entraba a la tienda, Rafael se devolvió hacia su edificio, preguntándose por qué alguien haría algo tan arriesgado como cambiarse de casa cuando su trabajo no era estable; por suerte no siguió haciendo preguntas embarazosas, pero el hecho de no haber seguido hablando lo dejó con esa duda.
Quizás solo se trataba de que él era demasiado conservador, y tenía control sobre todo lo que hacía; no sólo se trataba de pagar las cuentas, sino que siempre estaba ocupado de mantener todo del modo en que debía estar: el orden en su trabajo, el aseo en el departamento, un chequeo de salud una vez por año, todo estaba relacionado con darse una sensación de seguridad que alejara lo más posible los imprevistos. Probablemente eran muchas las personas que sólo se ocupaban de lo mínimo necesario, y dejaban el resto para la improvisación; se dijo que tal vez podría haberle ofrecido ayuda, aunque fuera para decirle que le diría si sabía de alguna oferta de empleo, pero después se lo pensó mejor, y decidió que no habría sido apropiado, sobretodo porque no tenía idea de qué podría hacer además de ser anfitrión, y hablarle de su trabajo en la tienda de electrónica era inútl, porque las postulaciones en esa empresa tardaban casi dos meses en realizarse. Incluso siendo un sujeto amable, no sabía nada de él, ni siquiera qué aptitudes tenía, por lo que no le parecía recomendable hacer esa clase de ofrecimientos sin pensarlo bien.
Era curioso establecer un paralelo entre su ex cuando lo conoció, y Martín; a Arturo lo conoció en una reunión de amigos de un antiguo compañero de secundaria con el que tenía contacto regular, y lo sedujo su naturalidad, y claro, su osadía de decirle casi de inmediato que le agradaba, mientras que de Martín apenas sabía dos cosas y no tenía ningún vínculo de atracción mutua, pero le provocaba un interés muy grande, notoriamente inexplicable.
De todos modos, tuvo que reconocer que le parecía muy agradable, y no le era indiferente; además, la forma en que se expresó durante el conflicto con el técnico le gustó mucho, era un punto en común que tenían. Pero era absurdo hacerse cualquier tipo de idea al respecto, lo que lo hizo regresar a un pensamiento que tuvo sobre él: si seguían manteniendo contacto, la prioridad iba a ser siempre la amistad.


Próximo capítulo: Tomar una decisión