Contracorazón Capítulo 06: Dolor perpetuo





Tan pronto como hizo la pregunta, Rafael vio que a Martín se le iluminaba el rostro; tardó un momento en responder, y esbozó una sonrisa de auténtico cariño.

—Carlos —dijo al fin—. Es mi hermano menor, tiene quince años.

¿Hermano menor? Rafael sintió que se le subían los colores a la cara al darse cuenta de que había cometido el error de pre juzgar que por estar hablando con un hombre con expresiones de cariño, necesariamente se trataba de un interés amoroso; había tenido la misma actitud de la mayoría de las personas con respecto a alguien con sus intereses.

—Debes quererlo mucho –comentó para salir del paso.
— ¿Quererlo? –preguntó, con un suspiro—. Es la luz de mi vida, Carlos es todo para mí.

Rafael iba a decir algo, pero el cambio en la expresión de Martín lo hizo guardar silencio; estaba a punto de hablar de algo que era tan importante para él que eso eclipsaba todo lo demás. Por un momento en la sala de ese departamento, en donde solo había luz artificial y un tímido rayo de luna que se colaba entre las cortinas, Martín se sintió en total libertad con sus sentimientos, en una situación tan íntima que hizo que su voz saliera impregnada de amor y dolor a partes iguales.

—Tiene fibromialgia —su voz se había convertido en un susurro—, y un alto grado de hiperalgesia –como si fuese una costumbre, recitó la explicación a los dos términos que había usado—. La fibromialgia es una enfermedad crónica que provoca dolor en el esqueleto y los músculos, y la hiperalgesia es una sensibilidad alta al dolor.

Se quedó en silencio un instante, todos los músculos de la cara y el cuello tensos por las sensaciones que lo embargaban mientras hablaba; Rafael sintió que se le oprimía el corazón en el pecho ¿Cómo había llegado hasta ese punto? Algunos minutos atrás estaba pensando en una charla relajada con Martín, y ahora lo estaba escuchando hablar de una tragedia familiar de la que ni siquiera sabía lo suficiente; no pudo hablar.

—Es como si cada día de su vida despertara, y supiera que algo invisible lo va a torturar, y que no hay nada que pueda hacer para impedirlo. Crecí escuchando cómo se despertaba en las noches, gimiendo de dolor, viendo a mis padres sufrir por él y desgastarse buscando primero alguien que les explicara lo que sucedía, y después alguna forma de ayudarlo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no llegó a derramar ninguna, y haciendo un esfuerzo siguió hablando.

—Pero es tan fuerte –su mirada vagó de un punto a otro, cono si en ese momento estuviera luchando por encontrar las palabras exactas que pudieran explicar su sentimiento—; siempre consigue seguir, y tiene energía para volver a sonreír, para tener proyectos. Yo no podría soportar lo que a él le pasa, me volvería loco viviendo de esa manera, pero él puede hacerlo; yo soy su hermano mayor, pero siempre pienso que mi objetivo en la vida debería ser intentar ser tan fuerte como él algún día.

Respiró de forma entrecortada, luchando por contener la emoción que lo estaba embargando. Rafael no podía moverse, estaba tan sorprendido que no sabía qué hacer o decir, se había convertido en un mudo espectador de una historia que era mucho más grande de lo que siquiera pudo imaginar.

—Supongo que cuando te dije que había mentido para conseguir este arriendo, y que me iba a quedar sin trabajo, te debes haber preguntado si yo era un tipo que vive a la suerte del día, intentando salvar todo al momento.

Rafael sí se lo había planteado, pero no habló porque lo que estaba diciendo Martín no era una pregunta.

—La verdad es que tengo un departamento –sus palabras no mostraban una gota de orgullo por lo que decía—. Lo compré con ahorros de mi primer trabajo, era un lugar en donde pagaban muy bien; pero hace unos meses supimos de un medicamento nuevo que se estaba probando, que era un tipo de analgesia para infiltraciones. Papá estaba con una baja por estrés y mamá estaba en una situación inestable en su trabajo, y nosotros –su expresión demostró que estaba reviviendo la angustia de su relato–, ya teníamos los contactos en el extranjero y una persona que lo iba a traer, pero no teníamos el dinero; así que puse mi departamento en arriendo, conseguí una persona que me pagó el mes de anticipo y dos más. Le pedí al jefe del trabajo en el que estaba que me despidiera, pero como no había posibilidad, llegamos al acuerdo de que yo firmaba un documento, el equivalente a un crédito, que correspondía a la suma de dinero que me habría correspondido por la causal de desvincularme por necesidad de la empresa.

Tomó el vaso, pero lo descartó, incapaz de beber en ese instante; luego siguió con su relato.

—La razón de esto era poder cobrar el seguro de desempleo, y con eso más lo que había hecho antes logré reunir el dinero para que no perdiéramos esa oportunidad. Le mentí a Carlos, e hice que mis padres prometieran que de ninguna manera le iban a decir que yo me había ido a otra parte, porque si él se entera de que hice esto, se sentirá culpable, pensará que yo estoy viviendo de una forma peor por su causa, y no puedo hacerle eso.

Después de un instante de silencio negó con la cabeza y respiró profundo varias veces.

—Perdón, lo siento, no debería estar hablando de esto, lo lamento.

Rafael al fin pudo hablar; se sentía profundamente impactado por lo que acababa de escuchar. Martín era un hombre ameno, mordaz y bastante alegre, que en la primera capa no mostraba nada de lo que estaba enseñando en esos momentos. Estremecido, el moreno puso una mano en su hombro, resueltamente, mirándolo a los ojos.

—No te disculpes. Si necesitas decirlo, sácate eso de adentro, dilo todo; nunca te disculpes por ser honesto con tus sentimientos.
—Gracias.
—No tienes nada de que agradecer, estoy aquí para eso; puedes confiar en mí, para lo que sea.

Martín devolvió el gesto y lo tomó por el hombro también; por un momento ninguno habló, y no fue necesario, porque el entendimiento fue absoluto y la conexión permitió que los dos comprendieran los sentimientos que tenían lugar en esa jornada.

—Es curioso esto que sucedió –comentó Martín, un poco más tranquilo—, nunca me había sentido así, con tanta libertad para hablar con alguien a quien conozco poco, pero por alguna razón me pasó contigo.

Repuesto de la sorpresa y el impacto de lo que acababa de conocer, Rafael se dio un respiro y bebió un trago para volver a su centro.

—A mí también me pasa –replicó con Sinceridad—, así que te entiendo.
—No hablo mucho de esto en general –explicó el trigueño, jugando distraídamente con una pasa que había caído sobre la mesa—; trato de mantenerlo en una zona de seguridad, lo más protegido posible.
— ¿Por qué?
—Porque hay mucha gente que no cree que esta enfermedad exista –declaró, con acidez—. Como no pueden verla, como no sale una mancha en una radiografía ni tienes heridas a la vista, las personas piensan que esto no existe, que son inventos de una persona delicada –hizo las comillas con los dedos—, de alguien que es demasiado sensible. Si tienes suerte, te dirán que tienes un cuadro de estrés y te recetarán medicamentos que en realidad no te sirven.

Estaba más tranquilo ahora, pero de todos modos se percibía en sus palabras la irritación que sentía por lo que estaba relatando.

—Es increíble, porque vivimos en una sociedad donde hay mucha gente que cree en ídolos que no han visto en su vida, que no hay ninguna prueba de que existan, y las personas creen en ellos sin cuestionar nada. Pero si tienes a un niño retorciéndose, llorando, no le creen, les da lo mismo lo que puede estar sintiendo y simplemente lo interpretan como les resulta más cómodo. Señora, su hijo es muy consentido y está buscando atención, señor, su hijo debe tener un problema hormonal, o un estrés.

Por eso es por lo que antes había hablado de lo importante de las acciones concretas de las personas, y antes de eso, reaccionó como lo hizo ante una referencia suya a las personas que son diferentes a los demás. Desde un principio, todo tenía que ver con lo mismo, con mantener un comportamiento acorde con lo que vivía, y por eso sus reacciones ante situaciones que tuviesen que ver con injusticias eran tan apasionadas, porque veía en ellas una porción de la experiencia que el mismo tenía.

—Supongo que no existe una cura para la enfermedad –dijo Rafael al cabo de un momento—. Disculpa por la pregunta, es que no sé nada al respecto.
—Está bien, no tenías por qué saber; pero no, no hay forma de curarlo, lo único que puedes hacer es tratar de luchar contra eso.

El moreno sirvió más cerveza para ambos.

—Dijiste que habían comprado un medicamento en el extranjero ¿Cómo funcionó?
—Bien, en general; es para cuando tiene crisis más severas, es complicado.
— ¿Quieres contarme?

Martín lo miró con un asomo de duda en los ojos, o acaso fuera temor por el ofrecimiento.

—No te quiero aburrir.
—No me vas a aburrir en absoluto –replicó Rafael con sencillez—, no estoy tratando de quedar bien, simplemente quiero escucharte si es que quieres hablar de eso. Me siento en confianza contigo y quiero escucharte, es todo.

Escuchar eso hizo un gran efecto en Martín, que se mostró más sereno a la hora de continuar hablando.

—Mis papás tuvieron suerte dentro de todo, porque hay personas que pueden pasar muchos años entre un doctor y otro sin resultados; ellos visitaron algunos desde que a Carlos le comenzaron los síntomas, que fue cuando tenía seis. Fue gracias a una doctora que estaba realizando un reemplazo que tuvimos un poco de luz; ella nos explicó que, para llegar a un diagnóstico, la única forma es descartando todas las otras alternativas, es decir hubo que llevarlo de examen en examen. Creo que de alguna manera entendía que algo estaba mal, porque a medida que pasaba el tiempo, ya no preguntaba por qué lo llevaban de nuevo al hospital o a un centro de exámenes, simplemente obedecía las instrucciones.

La visión de un niño pequeño sometido a una serie interminable de toma de muestras, escáneres y otros exámenes sonaba demasiado perturbadora, era como si la vida lo hubiera transformado en un conejillo de indias.

—Al final, de acuerdo con los exámenes y los síntomas que presentaba, pudieron concluir que se trataba de eso. Hicimos un mapa de los puntos de dolor, que siempre es igual en ambos lados del cuerpo; el cuello, los hombros, debajo de los brazos, la cintura, los muslos, las rodillas y los tobillos –respiró profundo—, esos son los alfileres, como le decía él cuando nos explicaba lo que sentía.
Es impredecible, nunca sabes cuándo va a atacar de nuevo; algunos días puede haber solo un malestar leve, mientras que otras veces puede pasar por varias intermedias, o tener una crisis fuerte, que lo deja fuera de combate por varias horas. Es desesperante, porque lo ves sufrir y no puedes hacer nada, porque en una crisis fuerte hasta abrazarlo puede aumentar su dolor; con el tiempo aprendimos a hacer masajes en los puntos afectados, y aunque no es mucho, sirve de alguna ayuda cando no se encuentra bien.

Se puso de pie y abrió la ventana, descorriendo también la cortina; entró más luz de noche, y al hacerlo, los colores al interior de la sala se volvieron más oscuros y un poco más azules, en reemplazo de la luz blanca artificial del interior. Rafael pensó que ese momento de completa sinceridad era algo único, y probablemente sería un hito importante en esa amistad, cuando la mirara en retrospectiva.

— ¿Va a la escuela?
—Tuvo que dejarla a los ocho, se volvió insostenible y mis padres no tenían los recursos para incorporarlo a una escuela para niños con necesidades especiales, porque la fibromialgia no entra dentro de las patologías que cubre el estado para las escuelas que son gratuitas; después encontraron una escuela en donde lo aceptaron, y sólo tiene que rendir los exámenes, así que estudia en casa.
—Lo vas a ver seguido –comentó Rafael.
—Entre dos y tres veces a la semana, tengo que equilibrar entre verlo seguido para que no piense que ocurre algo extraño y no verlo demasiado seguido por la misma razón.

Se quedó un momento mirando hacia afuera, pensando en todo lo que había dicho hasta el momento.

—Ustedes deben llevarse muy bien –apuntó Rafael.
—Sí, bueno, con los temas típicos; sigue siendo un adolescente y a veces me odia, pero por lo general nos llevamos muy bien. ¿Ves esa remera?

Señaló la que tenía puesta el día que Rafael lo ayudó a ordenar el departamento, que estaba sobre el cojín puf.

—Sí.
—El dibujo lo hizo para mí cuando tenía seis años –explicó, sin disimular el orgullo que sentía —. Se supone que es un ornitorrinco, estaba obsesionado con una caricatura dónde salía uno; le dije que la iba a usar siempre y así lo hice, la uso cuando estoy en casa.
—Es un detalle muy bonito.

Sucedió un silencio que no se sintió incómodo para ninguno de los dos. Rafael se sintió sorprendido de ver cómo las cosas habían cambiado tanto en tan poco tiempo, y de qué forma la conexión generada entre ellos se sentía natural, fluyendo entre ambos; por suerte su error de juicio con respecto a Martín no se tradujo en palabras, lo que era al mismo tiempo una suerte para casos como ese y un problema en otro tipo de circunstancias. Se había preguntado cómo era que hombres y mujeres preguntaban con tanta facilidad por la sexualidad de otra persona, incluso sin conocerla, como a un compañero de trabajo, mientras que él le daba mil vueltas al tema, y prácticamente esperaba a tener una confirmación más allá de toda duda, lo que en regla podía pasar muy pocas veces. Se sentía anticuado en algunos aspectos.

— ¿Extrañas tu departamento?
—Lo extrañé aproximadamente dos horas, después ya no; es sólo espacio, la única real diferencia es que aquí no hay cómo regular la temperatura y ahora que está haciendo calor es un poco sofocante. Pero –se encogió de hombros—, uno siempre puede andar desnudo o medio desnudo y con las ventanas abiertas.
—Sí, yo hago lo mismo – comentó Rafael —; aunque en invierno es helado, al menos ahí al lado lo es.
—Creo que también aquí, me lo comentaron; pero está bien, no me preocupa porque conseguí el dinero, y además con lo que me paguen por el arriendo ayudo con lo de los medicamentos con más facilidad.

Era una situación opuesta a la suya; por suerte, él podía darse la oportunidad de vivir más ajustado durante un tiempo para después tener la posibilidad de vivir de forma más cómoda, y en un lugar que fuera de su propiedad.

— ¿Te molesta si te hago una pregunta?
—Claro que no.
— ¿Por qué no le dices a tu hermano? – Rafael sopesó un instante el argumento – Por como hablas de él, me da la impresión de que es un chico listo, creo que entendería que hiciste lo del departamento por una buena causa.
—No es un tema de que lo entienda, es que lo acepte –Martín se encogió de hombros—. Lo conozco, se lo tomaría como algo personal, como si hubiera sido provocado por él, y eso le haría mal; las cosas están bien así.
— ¿Y no crees que en algún momento podría sospechar, o querer ir al departamento?
—Carlos no sale mucho de casa, y cuando lo hace, tiene que estar acompañado por precaución, así que eso no va a pasar. Además, tiene su cuartel general en su cuarto, ya hay que pelear para hacer que vaya a la sala.

Rafael tuvo la intención de decirle que de todos modos no era correcto que le ocultara esa información a su hermano, pero considerando que no lo conocía, decidió dejar el asunto hasta ahí y enfocarse en el tema global.

—Creo que eso le sucede a la mayoría de los chicos.
—Es cierto, de alguna manera nosotros debimos ser iguales tiempo atrás.

Todo había salido tan distinto a lo que Rafael se esperaba; se preguntó si estaría de más invitarlo a la fiesta por la boda de su hermana, pero no lograba decidir si eso era apropiado o quedaría fuera de lugar.

—Martín –dijo después de una pausa—, gracias por contarme esto, por confiar en mí.
—Gracias a ti también. Hace mucho tiempo que no hablaba de esto con alguien.
— ¿Y te sirvió?
—Mucho –replicó el trigueño–, me siento mejor ahora.
—Entonces fue bueno y me alegro por eso.
—Y tú ¿Tienes algo que me quieras contar, algo que te haga falta decir? Soy un libro abierto.

Rafael sabía que no lo había dicho como una insinuación o con un tono en concreto, pero era una invitación gentil y amable. Si para él no era un tema que le causara un gran conflicto ¿Por qué no decirlo? No tenía que tomarlo como una confesión o algo parecido, podía incluso abordarlo desde una perspectiva laboral o como algo casual si mencionara el sorpresivo encuentro con su ex, y el hecho de dar todo el contexto por entendido haría que las cosas fueran más fáciles.
Pero no lo hizo.

—Creo que en este momento lo único que me está quitando el sueño además del matrimonio de mi hermana es la incertidumbre en el trabajo —respondió con evasivas—. Saber si es que voy a poder ascender en esta ocasión.
— ¿A qué te refieres con en esta ocasión?
—Lo que ocurre es que ya desde el año pasado pretendo pasar a jefe de tienda, pero había un supervisor con el que nunca habría tenido oportunidad, y como ahora no está, estoy con la duda de si eso será suficiente.
— ¿Y se tardan mucho en esos procesos internos? –preguntó Martín.
—Es relativo.

El trigueño le dio una palmada en el hombro antes de volver a sentarse.

—Entonces por el momento todo sigue igual. Yo pienso que te va a ir bien, estoy seguro.

Rafael sonrió, pero lo cierto es que él mismo no lo estaba.

—A propósito, mira, una foto de mi hermano.

El muchacho era casi excesivamente delgado; tenía la piel levemente bronceada, el cabello oscuro y unas profundas ojeras marcaban sus ojos pequeños y almendrados.

- No nos parecemos –comentó Martin-, pero es igual a mamá. Creo que yo salí a mis bisabuelos porque no hay muchas coincidencias cercanas.

2

Pasado el descanso del fin de semana, el lunes la tienda se sumió en el caos desde primera hora de la mañana; la caja del local sufrió un desperfecto, por lo que el chico que estaba a cargo ese día tuvo que trabajar de forma manual, y todos los que estaban atendiendo debieron regresar al método de tomar nota de cada pedido, porque los tickets internos tenían códigos numéricos por artículo en vez de nombres, y nadie se sabía todos los códigos de producto; sumado a esto, un día lunes quincena era por lo general de más afluencia de público, y ese día en particular aumentó. Cuando eran las doce menos cinco, Rafael estaba cansado al igual que todos y sólo quería salir a almorzar para poder descansar un poco; estaba con un cliente con una larga lista de productos cuando notó que Sara no estaba visible.

— ¿Le pasó algo a Sara?
—Dijo que iba al entrepiso –replicó Darío, que en ese momento estaba sacando unas cajas de la parte superior de la pared—, pero se está tardando, me debe la promoción de la semana.

Si bien el entrepiso estaba dentro del mismo local, había que caminar por un corto aunque estrecho pasillo, abrir la puerta y subir la escalera para llegar a él, por lo que era costumbre que al ir cualquiera de ellos, llevaba los encargos de los demás.
Había cinco personas en espera, y al fijarse, notó que Ángel tampoco estaba.
Miró la lista que tenía en la mano, y comprobó que había al menos dos elementos de los que no tenía existencias en el mesón de atención; guiado más por un presentimiento que por algo concreto, se disculpó con el cliente, explicándole que iría por los elementos, y fue hacia la bodega, trasponiendo la puerta y subiendo los escalones en completo silencio. Cuando llegó arriba, comprobó sus peores temores.

—Ángel, déjame pasar.
—Tranquila, solo estamos conversando.

La bodega del entre piso estaba dividida en pasillos, y en el de la izquierda, que estaba al otro lado de la entrada, el voluminoso hombre le cortaba el paso a la chica; Sara no era alta, pero sustituía su estatura con un carácter determinado y fuerte, que en ese momento se reflejaba en su expresión, dura.

—No quiero conversar contigo, y no te vuelvas a hacer el simpático conmigo –el tono de ella no dejaba lugar a dudas de la irritación que sentía—; ahora déjame pasar.
—Pero si no me estoy haciendo el simpático, yo soy simpático –murmuró con tono meloso.

Rafael tuvo el impulso de arrojarle algo encima, pero tomó la decisión más sensata, dado el caso.

—No estás siendo simpático ahora.

El corpulento hombre volteó ligeramente y perdió la sonrisa y concentración, dándole a ella la oportunidad de apartarse y salir del asfixiante espacio en el que estaba atrapada; le dirigió una mirada salvaje a Ángel.

—No se te ocurra volver a hacer algo como eso.

Presionado por la presencia de Rafael, el aludido intentó reducir la importancia de lo que estaba pasando.

—No te pongas amarga, sólo era actitud divertida.
—No te hagas el loco, no seas ridículo —le espetó Rafael.

Sara le hizo un gesto muy leve al pasar, y salió del lugar. Rafael le cortó el paso a Ángel, ignorando por completo que el otro le sacaba muchísima ventaja física.

—Tú no te metas.
— ¿Desde cuándo te dedicas a acosar a tus compañeras de trabajo? ¿Qué te pasa?
—No me trates de controlar, tú no tienes moral para eso.

Entonces así era como se iban a quitar las máscaras. Pero a Rafael no le importó, ni le importó la desventaja física; esa clase de abusos, incluso si en un caso como ese, era detectado a tiempo, era algo que no podía tolerar.

— ¿Moral?
—Sí, moral, no te metas conmigo, maricón.

Los ojos de Rafael relampaguearon.

—Lo que estabas haciendo está mal ¿qué va a pasar si me meto, me vas a acusar?
—Supongo que por algo tienes secretos –apuntó el otro con acidez.

Estaban a mínima distancia, cada uno de los dos sin querer dar un centímetro en favor del otro.

—Yo no tengo nada de qué preocuparme –replicó, con un encogimiento de hombros que le quitaba toda la importancia al tema—, no tengo que darle explicaciones a ninguna esposa, ni a ningún policía si aparece ¿Los llamamos ahora?

Eso bastó para que el otro se abalanzara sobre él, para tomarlo por la camisa; sin espacio para moverse, Rafael hizo el mismo gesto, de forma instintiva, aunque con eso no consiguió mucho. Sintió cómo su espalda chocaba con la estantería de metal y trató de forcejear, pero estaba en absoluta desventaja física; sin embargo, un golpe hizo que ambos desviaran la mirada hacia la puerta, en donde el encargado provisional de la tienda los miraba con furia.

—A mi oficina, ahora mismo.


Próximo capítulo: Un cambio inesperado


Las divas no van al infierno Capitulo 04: Tacones para llegar al cielo




Vicenta dio por terminada su clase cuando se aburrió de humillar a varias de las chicas, y había podido demostrarles de varias maneras que no estaban lo suficientemente listas para entrar en un escenario con dignidad.
Después de esa larga y pesada experiencia les dieron la oportunidad de ir al casino del recinto; se trataba de un espacioso lugar con un mesón cuadrado de atención al centro, donde los trabajadores atendían a un ritmo veloz y bien aplicado.

—Bueno, hay que tener mucho ánimo –estaba comentando Márgara—, es nuestro primer día; voy a pedir algo ligero porque tengo que mantener este cuerpo, parezco una escultura.
—Sí, pero de la cultura chinchorro —comentó Alma al pasar.

El comentario desató risas en el resto de las chicas, pero Márgara no se dio por aludida.

—Espero que para la siguiente actividad ya nos dejen volver a usar nuestra ropa, me siento un poco incómoda con esto.
—Mañana voy a traer un bolso con un par de prendas por si acaso —comentó Susy—, quiero estar preparada para todo.

Nubia aún no superaba el malestar que le había causado lo sucedido en la primera clase de la jornada; pidió un sándwich ligero y un jugo de frutilla, pero realmente se sentía inapetente.

— ¿Te sientes mal?

Lisandra estaba a su lado y le sonrió, aunque ella tampoco se veía muy alegre.

—No, estoy bien.
—Disculpa, pero no lo parece.

Se sentaron ante una de las mesas cercanas; Nubia suspiró.

—Es que no lo sé; mira, lo que ocurre es que quedé completamente desplazada y ahora me nombran como una de las más débiles.
—Yo también estoy entre las más débiles —apuntó la otra—, soy Lisandra.

Nubia recordaba el nombre en la lista, pero no la había reconocido; se le ocurrió que quizás la otra chica había pasado por algo similar.

— ¿Qué fue lo que pasó en tu grupo?
—Creo que fui la tonta útil —explicó Lisandra—, resolví todo yo sola y se quedaron ellas con el crédito.

La rubia asintió; entonces ya todas estaban sacando las garras.

—Me pasó algo parecido, sólo que en mi caso no me dejaron participar, y para no crear un conflicto me quedé a un lado.

Lisandra miró con disimulo alrededor; estaban relativamente aparte.

—Quizás deberíamos hablar de esto cuando estemos fuera.
— ¿Por qué?
—Porque –habló más bajo para dar tono de confidencialidad—, si las dos pasamos por algo parecido, podría ser que alguien lo estuviera notando.

Nubia se fijó en Charlene, que estaba charlando amigablemente con unas chicas de otros grupos, después que en una de las actividades estuvieran casi peleando; quizás ahí había algo importante que aprender.

—Tienes razón —sonrió ampliamente, pero siguió hablando en voz baja—, hablemos después, por ahora finjamos que no pasa nada y tratemos de integrarnos.
—Está bien.

Mientras tanto, Charlene estaba en las nubes por los resultados; había empezado bastante mal, pero ahora las cosas tendían a mejorar y lo mejor es que estaba consiguiendo un grupo de seguidoras. Miró en dirección a Márgara y Adriana, según su punto de vista eran las más peligrosas en ese aspecto, porque eran bellas y además llamaban la atención de todos.

— ¿Qué pediste?
—Un mix de verduras y dos quesos –replicó, chispeante—, el queso es super importante porque ayuda a dar sensación de saciedad.
—Ese dato es muy bueno.
—Siempre hay que cuidarse —comentó con tono profesional—, y estar listas para todo.

Pero nuevamente las chicas no estaban preparadas para todo. Después de la pausa, al mediodía, tuvieron que regresar a la sala, que ahora lucía un enorme telón púrpura que cubría un tercio del lugar.

— ¿Vamos a ver una obra de teatro? _preguntó Carla, con tono de duda.
—No lo creo —comentó Jazmín— ¡Ya sé ! Nos van a hacer bailar o actuar, por fin haremos lo que vinimos a hacer.

La música interrumpió las conversaciones; el telón se movió un poco, como si alguien estuviera pasando del otro lado.

—La persona ya llegó —susurró Alna.
— ¿Será Vicenta? — preguntó Amalie también en voz baja— Tal vez nos va a mostrar algún espectáculo de algún tipo.

Charlene se imaginó algo antiguo y pretencioso, pero no lo dijo en voz alta. La canción que estaba sonando tenía unos acordes sensuales, y Valeria estuvo a punto de comentar que era Stop, pero se mordió la lengua al recordar que era una canción antigua; de todos modos era anterior a su edad real, pero le pareció que era una mala idea hablar de cosas antiguas cuando su edad era de veintitrés años.
De pronto, una pierna apareció entre el telón, y las miradas de todas se dirigieron en esa dirección; vestía pantalón formal negro, y calzaba un zapato de tacón de doce centímetros de alto, cubierto de brillos de color azul refulgente, y rematado en la punta por un broche de piedra del mismo color, pero traslúcido. Un momento después apareció la segunda pierna, y la persona aun oculta hizo un par de suaves movimientos al ritmo de la melodía de fondo. Lisandra pensó que esos zapatos solo podían llevarse con gracia y estilo, y que la mujer que los estaba usando debía ser una experta en eso.
Pero quien salió de detrás del telón no fue una mujer.
Vestido de impecable azul, de casi un metro ochenta, delgado y altanero, un hombre de largo cabello negro atado en una cola caminó con gracia y decisión hacia ellas; con todo programado, la música cesó justo en el  momento en que el esbelto hombre se detuvo ante ellas.

—Buenas tardes señoritas.

Todas habían quedado maravilladas ante el atuendo perfecto y el porte y gracia del hombre que estaba frente a ellas, llenando el espacio y hablando con una voz grave y levemente rasposa.

—Yo soy Jaim Marsh —pronunció con voz suave—, soy su maestro de pasarela, es un placer.

Valeria estaba sorprendida por el conjunto que presentaba el hombre frente a ellas; incluso el cabello largo y los altos tacones no lograban disminuir su toque varonil. Pese a eso, lucía y usaba los tacones con garbo, mejor que casi cualquier mujer, incluyéndola; sí él era el maestro de pasarela, les esperaba un trabajo muy duro.

— ¿Cómo están?
—Feliz de conocerlo —se adelantó Sussy, maravillada—, soy Susy.
—Lo sé, cariño —replicó el hombre—, ya conozco sus rostros, y sé sus nombres. Veo que Vicenta hizo que se quitaran los tacones, debo verme enorme con estos zapatos.

Era agradable y se mostraba cercano al hablar, distante de su aspecto orgulloso al aparecer frente a todas.

—Te ves increíble, de verdad —dijo Charlene—, había visto espectáculos de hombres usando tacones, pero nadie como tú.
—Eres una chica muy aduladora, de verdad —sonrió de forma sincera—, gracias, pero hay otros mucho mejores; en fin, supe que Vicenta les quitó los zapatos de tacón.

Márgara seguía sintiéndose incómoda con zapatos planos y enfundada en ese ropaje deportivo, pero al ver al maestro, sintió que todo podía mejorar.

—Eso es cierto, pero ¿Tú nos vas a dejar usarlos?
—La verdad, no.

La decepción en casi todas fue instantánea, pero el esbelto hombre ignoró ese sentimiento.

—Aunque no es por los mismos motivos, estoy de acuerdo con la decisión de Vicenta; lo que quiero decir es que hay una verdad que tienen que saber: los tacones esclavizan.
— ¿A qué te refieres?

El maestro hizo un giro limpio sobre las puntas de los pies, con perfecta coordinación, antes de hablar.

Puedo ver en sus caras que están sintiéndose incómodas sin los tacones: dependen de ellos. Díganme algo, con toda honestidad. ¿Por qué les gustan los tacones?

Nubia fue la primera en responder.

—Porque me hacen lucir más alta.
—Porque son un ícono de lo que somos –agregó Alma.
—Son lindos –comentó Sussy .
—Hacen que me vea más curvilínea –comentó Charlene.
—Me hacen sentir poderosa –apuntó Carla, con orgullo.
—Y sensual –agregó Eva .

Jaim se había cruzado de brazos mientras las escuchaba con atención; cuando todas terminaron de indicar sus razones, el hombre asintió, satisfecho.

—Bien, ahora hay algo que quiero que me respondan ¿Quién es la primera persona importante que usó tacones en la historia?

El silencio se hizo en el gran salón, ya que ninguna de las chicas sabía la respuesta; el maestro, sin embargo, no se mostró sorprendido ante la situación.

—Aunque pueda parecerles extraño, los tacones no fueron usados por mujeres en un principio; eran usados por los persas en la antigüedad como parte de la vestimenta para montar , y luego este accesorio fue importado a Europa por el rey Luis XIV, quien era un tanto bajo –hizo un gesto con la mano, a la altura de las costillas—.

¿Un rey? Lisandra se dijo que sería una buena idea llegar a casa e investigar un poco acerca del origen de otras prendas femeninas .

—Este rey —continuó Jaim con voz de miel–, le ordenó al zapatero real que le fabricara unos zapatos que hicieran que pudiera verse más alto, y ya saben que en esos años ser el zapatero real o tener cualquier cargo cerca de Su Majestad era algo de adrenalina al máximo, porque si no cumplías te quemaban o te desollaban vivo, así que fallar no era una opción.
Así que el buen hombre puso unos tacones rojos con suela a juego de diez centímetros, y automáticamente el rey se volvió un ícono de la moda; por supuesto, al tratarse de una personalidad, todos admiraron su nuevo accesorio y lo consideraron digno de imitar.

Paseó por el lugar, sin dejar en ningún momento de mirarlas; de pronto, con un gesto estudiado, se quitó ambos zapatos y continuó caminando descalzo; Nubia notó que su postura corporal y actitud no habían cambiado al quitarse los tacones.

—Esto es a lo que quiero llegar: ustedes no pueden depender de los accesorios.
Deber ser curvilíneas, fuertes, poderosas, altas y sensuales antes de subirse a esos zapatos: si son dependientes de un accesorio, cuando este falle no sabrán qué hacer. Se rompió mi tacón ¿Y eso qué? El espectáculo soy yo, la figura soy yo y eso es lo que tengo que enseñarles; ahora, bellas señoritas, prepárense porque esto está recién empezando.


2


Márgara estaba de muy buen humor esa noche; estaba en la cocina preparando una ensalada de frutas, cuando llegó Fernando, con el cansancio pintado en la cara.

— ¿Como te fue? —la saludó él al entrar.
—Fantástico, todo está saliendo de la mejor forma posible —dijo ella, acercándose para darle un beso—. ¿Sabes? Tengo tantas cosas que contarte, fue un gran día.

Por un momento, pareció que él iba a decir algo, pero no lo hizo, y se sentó en el sofá para escucharla.

—Cuando hablamos por teléfono, dijiste que estabas sorprendida de lo que ofrecían en ese programa.

Ella se sentó en el otro sofá, con un cuenco con ensalada de frutas en el regazo, hablando animadamente.

—Tienen una escuela de talentos, así es como va a funcionar, es genial. Escucha, voy a estar cinco días a la semana allá, y tendremos clases de muchas cosas, y maestros; es una gran oportunidad de aprender, además que puedes tomar el pulso del programa todo el tiempo, hablar con los camarógrafos, es divino.
—Felicidades dobles entonces, es un premio adicional —la voz de él se escuchaba cansada.
—Salimos al aire la semana que viene ¿puedes creerlo? —agregó, echándose el cabello hacia atrás—. Estuvimos revisando muchos detalles. ¿Qué te sucede?

Fernando suspiró, pero igualmente le sonrió con cariño.

—No es nada, sólo estoy un poco cansado.
—¿Quieres ensalada? Tiene arándanos —ella lo miró con expresión condescendiente.
—Gracias, pero no —se puso de pie con algo de dificultad y fue hasta el refrigerador—; ahora prefiero una cerveza. Y entonces ¿Conociste a alguna de las participantes, alguien que te cayera bien?

A pesar de lo difícil y extenuante de la jornada, ella se sentía bien y de muy buen humor.

—No tuvimos mucho de tiempo para hablar, pero hay una chica que es adorable, se llama Carla, estuvimos hablando un poco; ah, y es como lo imaginé, todas tenemos un parecido con alguna cantante, aunque ninguna se parece realmente ¿Entiendes? Sin presumir, creo que soy la más parecida entre todas, pero eso es así, y nos dijeron que, oh, mira eso.

Dejó la ensalada a un costado y tomó el control, para subir el volumen del televisor; que había estado en silencio hasta ese momento; en la tanda de comerciales, comenzaba un anuncio que requería su atención: una serie de secuencias muy rápidas mostraban a chicas imitando coreografías de cantantes, bailando con mucha energía, mientras la cámara pasaba de ellas a un público enardecido, que festejaba sus movimientos y coreaba sus canciones. Al ritmo de un medley, los pasos se volvían más y más intensos, hasta que todo estallaba en luces y color, y aparecía el nombre del programa, rodeado de brillos, y la figura de veinticuatro chicas detrás.

—Oh por Dios —murmuró ella—, no puede ser, sacaron un nuevo comercial del programa.
—No me dijiste que habían estado grabando para un comercial —comentó Fernando.
—No lo hice, no somos nosotras —replicó, aun sin salir de su asombro—, los rostros de las chicas no se pueden ver con claridad, lo hicieron como un gancho. Vaya, la producción del programa se está tomando todo esto muy en serio.

Miró en dirección a él, que seguía mirando a la pantalla.

— ¿Estás poniendo atención? Pareces en otro planeta.
—Sólo estoy cansado —replicó él, esbozando una sonrisa—; me voy a duchar. Te felicito por lo que estás logrando, te lo mereces.
—Lo sé, todo está saliendo de maravillas.


Próximo capítulo: Amigas y competidoras