Academia de piedra Capítulo 33: Grandes momentos personales




Sábado 21 de agosto

Amber y Sebastián entraron en el cuarto de este; era tarde, pero la frescura del ambiente y el aroma del viento no invitaban a dormir aún; la chica le dedicó a él una curiosa mirada.

— ¿Qué querías hablar conmigo?
—Primero, gracias por venir —era evidente que estaba nervioso, pero luchaba contra ese sentimiento—. Escucha, hay algo que necesito preguntar, y creo que tú eres la persona indicada para hacerlo.
—Bien, pues te escucho.
—Yo —hizo una pausa, sabía que a partir del momento en que lo dijera, todo cambiaria de forma definitiva—; hay algo que necesito saber.

Ambos se habían sentado; ella se inclinó un poco hacia él, y lo miró amistosamente.

—Tranquilo.
—Sí. Escucha, supongamos que habíamos quedado de reunirnos y yo tenía que traer el móvil, pero lo olvidé. No uso mucho el móvil, así que no me daría cuenta hasta que llegara aquí, de haberlo olvidado; lo sabría al momento de reunirme contigo. Pero ¿Qué pasaría si sucediera algo, si por ejemplo, tú y yo nos encontráramos de casualidad, y tú me dijeras algo muy importante, pero luego yo lo olvidara?

Por un momento, Amber pensó que quizás él le iba a pedir algún consejo de tipo romántico, pero al verlo así, mientras hablaba, entendió que se trataba de algo mucho más complejo.

—No estoy segura de entender bien a lo que te refieres.
—Lo que trato de preguntar es —mientras hablaba, gesticulaba con manos inseguras, tratando de dar sustancia a algo que por momentos escapaba a su control—, si se me olvida algo físico, puedo saberlo, puedo saber que olvidé el móvil cuanto lo necesite, pero si es un evento, si es algo que me dijeron y lo olvidé, ¿Cómo puedo recordarlo? Si no tengo nada que me ayude con eso...
—Podrías sentir que olvidaste algo, pero no descubrir qué.

Cuando ella completó la frase, él se quedó mirándola con una inconfundible expresión de temor en el rostro. Amber tenía la capacidad de anticipar en muchas ocasiones lo que las personas iban a decir.

—Sebastián ¿Qué sucede?
—Creo que olvidé algo. Fue más temprano, cuando estábamos en los roqueríos, de pronto, simplemente lo supe. Fue como si hubiera abierto los ojos de un momento a otro, y supiera que faltaba algo; no sé qué, ni cuando, pero sé que hay algo que me falta, estoy seguro de eso. ¿Puede pasar? Tú eres la mejor analizando cosas ¿crees que lo que estoy diciendo tiene sentido?
—En teoría, sí —replicó ella en voz baja—; la memoria es una máquina muy compleja, que incluso la ciencia no conoce bien. Los recuerdos no son como almacenar datos en una tableta, toma más tiempo, y los recuerdos no son todos iguales, ni de la misma importancia.
— ¿Por qué?
—Porque la mayoría de las veces, un recuerdo se posiciona en la memoria por asociación. Por ejemplo, es improbable que uno recuerde con mucha facilidad lo que almorzó hace tres días, porque el recuerdo es menos relevante y el cerebro lo deja en un lugar menos importante; si haces un esfuerzo, lo recordarás, pero no es instantáneo. Por otra parte, uno sí puede recordar una fecha, una celebración o algo que es importante, y seguramente será con facilidad porque ese hecho está relacionado con sentimientos más gratificantes como la alegría, y además es un evento que sale de lo común de la rutina, así que se crean lazos más fuertes y esto toma un lugar adelante de otros sucesos.

Sebastián se puso de pie; recordaba perfectamente la primera vez que se reunió con un grupo en la academia, y vieron películas juntos, y lo bien que se sintió con ellos, en un ambiente que era lo más cercano a un núcleo familiar o amistoso que había conocido, además del tiempo que vivió con Mick.

—Entonces es algo que podría pasar.
—Sebastián, si crees que estás experimentando algún problema de estrés o de salud, lo más recomendable es que pidas ayuda apropiada...
—No.
— ¿Por qué no?

Quiso decir que sentía miedo, pero lo evitó; al menos esa parte, no estaba listo para verbalizarla.

—Porque primero tengo que averiguarlo por mí mismo; necesito saberlo, necesito hacerlo por mí. ¿Hay alguna forma de buscar ese recuerdo? ¿Cómo puedo saber si lo que está sucediéndome es real o sólo un producto de mi imaginación?
— ¿Tienes miedo de lo que te puedan decir si pides ayuda profesional?

La pregunta de ella era justificada, pero de todos modos hizo que él se sintiera presionado, y de alguno forma, vulnerado. Pero ero algo esperable, era imposible que esas conclusiones no aparecieran en su mente, después de lo que había oído, y precisamente él la había llamado porque ella era una persona extremadamente aguda.

—Un poco, sí. Si me está pasando algo, quizás no pueda seguir aquí.
—Pero si recibes ayuda más tarde, podría ser peor —argumentó ella—. Escucha, no estoy diciendo que suceda algo, no puedo saberlo. Sólo doy respuestas según lo que sé, pero también sé que no hay que jugar con la mente; quizás tienes una sensación, o tal vez olvidaste algo sólo por estrés, y con algo de reposo y ayuda, todo volverá a la normalidad ¿Por qué no intentar eso?
—Porque siento que hay algo que no está bien —replicó él. Conforme hablaba, sentía que una amenaza antes oculta, ahora estaba mucho más a la vista—. No es que haya olvidado una presentación, es algo más importante, y siento que necesito saberlo antes de decírselo a alguien más. ¿Cómo crees que podría ayudar a que regrese ese recuerdo, si no tengo nada?

Las aprensiones de Sebastián eran comprensibles, pero podían sonar un poco exageradas; a menos, pensó Amber, que aquello que hubiera olvidado fuera alguna clase de evento de connotación negativa, como una discusión, o una pelea. Eso significaba que si lo había olvidado, sería por causa de lo terrible de esa situación, que el cerebro hubiese bloqueado el recuerdo al tratarse de algo intolerable; el problema estaba en que no podía decírselo, porque seguramente eso aumentaría su nivel de ansiedad al respecto. ¿Qué hacer?

—Lo que puedes hacer —dijo, hablando más bajo—, es reconstruir el camino.
— ¿De qué forma?
—Toma notas, devuélvete en tus pasos; no importa si no recuerdas algo trivial, pero puedes empezar por saber a grandes rasgos lo que sucedió en el día, y así retroceder; de esa forma, en algún momento deberías toparte con un espacio vacío.
—Pero eso no me ayudaría en nada —refutó él.
—Al contrario, sería el primer paso —replicó ella—. Si partes por lo global, lentamente podrás ir hacia lo pequeño. Si compruebas que efectivamente te falta una porción de tiempo, ya tendrás algo en las manos para trabajar.

Él se lo pensó un momento, y al final pareció estar de acuerdo.

—Está bien, entonces haré eso. Gracias, Amber, pero tengo que pedirte algo más.
—Ni lo menciones —dijo ella, alzando los brazos—, este asunto queda entre nosotros, pero con una condición: si en algún momento necesitas hablar de esto, o piensas que ya es hora de pedir ayuda, quiero que me prometas que me lo dirás.
—Te lo prometo.



2


Esteban estaba buceando un poco en compañía de Febo, mientras la tarde se volvía más fresca, y a no mucha distancia se escuchaba música acorde para un fin de semana. Había sido una jornada intensa, pero tenían como premio el haber disfrutado del sol y de muchas cosas que no estaban presentes en la academia, como un rato de distensión en la arena o nadar en completa tranquilidad. Ambos salieron a la superficie y se acercaron a unos salientes de roca, mientras Febo se quitaba el respirador.

—Podrías haberlo intentado al natural.

Esteban salió del agua, sacudiéndose el cabello y quitando del torso el exceso de agua; Febo lo miró con una sonrisa divertida.

—No, gracias, el agua no es precisamente mi elemento. En cambio tú, resistes bastante sin respirar.
—No tanto como Itiel, eso está claro, pero hago lo que puedo; cuando era adolescente, pasé por una etapa de probar deportes, intenté con la natación, pero soy muy grande para eso. Alguien más atlético que musculoso como tú es más apropiado ¿te da miedo el agua o algo así?
—No —Febo salió del agua y se sentó en la arena—; es sólo que no tengo resistencia para contener la respiración, con mucha suerte aguanto un minuto ¿Viste a Karlo e Itiel? Parecían peces, era sorprendente.

Durante la tarde, hicieron una visita rápida a los roqueríos al norte de la ciudad, y algunos osados además de los nativos se atrevieron a hacer clavados desde las alturas.

—Eso ya es de otro mundo. Es genial este lugar ¿No crees?
—Tienes razón —replicó Febo—. Qué bueno que vinimos.
—Y también es buena la compañía —agregó el musculoso, dándole una sonora palmada en la espalda—; eres un gran tipo, no había tenido la oportunidad de decirlo.
—Opino lo mismo de ti.
— ¿Y cómo va ese asunto romántico que te tenía ocupada la cabeza?

Febo le tiró un puñado de arena, haciendo una mueca.

—No es un asunto romántico, ya te lo dije.
—Te gusta Lena, te gusta Lena.
—Cállate. Me gusta, eso ya lo sabes, pero es obvio que ella no está pensando en eso, no es que no pueda pensar en mí, es que no lo está considerando en ningún sentido.
—Eso te deja igual.
—Pero estoy tranquilo —dijo, mirando distraídamente al horizonte—, porque eso significa que quizás en el futuro pueda suceder algo. ¿Quién sabe? No tenemos exactamente una amistad, pero hay una buena relación, tenemos muchas cosas en común; por ahora, me quedo con los buenos momentos, como ahora.
—Sí, este es un buen lugar —reflexionó Esteban—; incluso sería un buen lugar para morir, aunque muchos lo serían.

Febo lo miró, extrañado.

— ¿A qué te refieres con eso?
— ¿Nunca te has preguntado qué es lo que sería bueno hacer de uno mismo al morir?
—No entiendo.
—Y el brillante eres tú —soltó una carcajada—. No es nada profundo, es sólo que pensaba, hay gente que gasta mucho dinero en programar una gran ceremonia para un familiar, o dejar algo encargado para ellos mismos.
—Seguro lo hacen para demostrar que esta persona les importaba, o para dejar un buen recuerdo a sus familiares —apuntó Febo.
—Pero de todos modos ya no vas a estar —se encogió de hombros—. ¿Para qué desperdiciar todo ese esfuerzo? Si pierdes a alguien que amas, va a doler lo mismo que la tumba sea de oro o una piedra común.

Febo se quedó pensando en su familia, y sintió pena por ellos, por su forma de ser, en donde valoraban tan poco la esencia, en comparación con otras cosas mucho menos relevantes.

—Eso sí que fue muy profundo.
—No creo que tanto.
—Cuando sea un anciano, quiero que me sepulten en Ed viri, en algún lugar con mucho césped.
—Suena bien —Esteban sonrió—. Creo que no me importaría que fuera a campo traviesa, incluso en un sitio un poco desolado.
— ¿Y eso por qué?
—Porque podría empezar algo. ¿Quién sabe? Quizás podría ser abono para hacer que crezcan semillas, quizás podría iniciar todo un bosque.

Quedaron un momento en silencio, ambos pensando en lo que habían estado conversando, en un ambiente inesperado pero que se había vuelto de confianza mutua.

—Ahora que recuerdo —dijo Febo, al fin—, dijiste que me ibas a contar en qué andabas en ese tiempo que te despareciste en la tarde.
—Ah, eso; estuve estrenando con Miraz.

Febo lo miró con las cejes levantadas.

— ¿Miraz? No me lo creo.
—Estuve pensando mucho en eso, y fue lo correcto.
—Es raro pensar que haya aceptado.
—Tiene tiempo libre, no estuvo tomando sol ni nada por el estilo —replicó Esteban, recostándose sobre la suave arena—. Él no habla nada, pero es sorprendente, es una máquina; hicimos entrenamiento de combate, y te puedo decir que aprendí como no te imaginas. Es como si él ya hubiera considerado todas las posibilidades antes de hacer cualquier cosa, en serio; demuestra una gran seguridad, y te digo esto: tiene mucha más capacidad de la que ha demostrado en las pruebas o en el torneo.

Parecía increíble ver ese cambio en Esteban, pero Febo sabía que era genuino; ahora no sólo él, sino que todos, estaban en una situación mucho mejor que cuando entraron en la academia. Resultaba satisfactorio ver ese avance conjunto, y por supuesto, tener la compañía de un buen amigo.


3


Irene entró en el cuarto de Priscilla cuando ya caía la noche; la chica estaba en pijama, con el cabello recogido en un moño, y la recibió con una sonrisa.

—Los beneficios de estar en un alojamiento, podemos ver una película en el cuarto; en la academia tendríamos que ir a una de las salas multimedia.

Irene también estaba en pijama, y se recostó junto a ella.

—No puedo quejarme de las salas multimedia, en una de ellas nos dimos el primer beso.
—Eso fue lindo, es verdad.

Se dieron un suave y tierno beso en los labios, mientras en la pantalla holo comenzaban los créditos iniciales; pero Irene estaba algo preocupada por algo más.

— ¿Estás bien?
—Sí. No fue fácil al principio, es cierto, pero estoy bien. Siento que poder haber pasado este día aquí tiene otro significado, que de alguna forma podemos despedir a Oskar de una manera intima, más nuestra; tal vez no lo conocí tanto como quisiera, pero lo que conocí de él es importante. Ahora sólo espero que encuentre la paz.

Todo lo que rodeó a la trágica muerte de Oskar fue difícil, aunque Priscilla dio lo mejor de sí para recuperarse del golpe emocional sufrido, e incluso se reintegró antes de lo estipulado a las clases. De alguna forma, a partir de ese momento, sintió una responsabilidad, y aunque en ningún momento lo expresó con esas palabras Concretas, todo indicaba que se había tomado su propia recuperación y su desempeño como estudiante como un homenaje hacia él, una forma de honrar su memoria convirtiéndose en la mejor persona posible.

Próximo capítulo: Instrumento de pensamiento. Palabras ante el espejo


















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