Academia de piedra Capítulo 32: Visitas inesperadas. Un nuevo día


One-garui. Sábado 21 de agosto.

Gracias a una petición conjunta de los estudiantes, la salida de la academia se adelantó una hora, por lo que la llegada a la ciudad puerto fue un par de minutos antes de las siete de la mañana; varios llegaron somnolientos por el cambio en la jornada, pero la mayoría estaba muy animado.

—Bien, ya estamos aquí —exclamó Darius mientras el transporte llegaba a la zona de abordo—. No olviden la loción bronceadora, anteojos oscuros, y prepárense para la aventura.

Como era de esperar, la zona de abordo bullía de movimiento; ubicada en línea recta con el centro de Puerto Patria, pero del lado oriente de la larga ciudad, era la más visitada de las existentes, y mostraba un pequeño ejemplo de la multi culturalidad de la zona más visitada del país; el viaje había tomado cuarenta minutos, iniciando en la zona primaria de la academia, donde todos subieron a los transportes privados que los llevaron a la zona de abordo más cercana en Ciudad capital, tras lo cual siguieron por la carretera a alta velocidad, teniendo una breve mirada de Pristo y Torre de piedra al pasar.

—Uf, realmente amo esta ciudad.

Karlo estaba de un humor magnífico esa mañana; llevaba un polo de un encendido color violeta, con una inscripción en otro idioma que decía "fuera de servicio". Esteban sonrió al ver la leyenda.

—Estás muy animado.
—Es cierto, creo que hasta hoy no había notado lo que me gusta mi ciudad.
— ¿Y de dónde eres? –preguntó el musculoso
—De Masui, no muy lejos de aquí.
—Yo soy de Carmen Darai, más al sur. Itiel ¿tú eres de Bahía gris?
—Cierto —respondió, al pasar—, un poco lejos de aquí, pero es el mismo aire.
—Deberíamos hacer unos clavados, escuché que practicas en los roqueríos.
—No es una mala idea —replicó Itiel—, veamos si queda tiempo.

La mayoría había elegido ropa holgada y ligera para esa jornada; una vez estuvieron todos abajo, los maestros los condujeron a un transporte privado, que en pocos minutos los llevó a un restaurante a poca distancia de la Zona de abordo.

—De acuerdo, dejo esto en tus manos —le dijo Naro a Itiel mientras entraban—, no conozco la mitad de las cosas que anuncian, y de las demás no estoy seguro.
—Tranquilo, yo me encargo, pediré algo delicioso y que no tenga un sabor demasiado exótico.

El lugar era espacioso, y la administración había dispuesto de un sector completo para estudiantes y maestros, incluyendo buffet de postres y bar frío sin alcohol para todos; con un apropiado sistema que permitía formar mesas dependiendo de la cantidad de personas por grupo, los asistentes tenían la oportunidad de escoger desayunar en solitario o con más personas, siendo atendidos a la mesa una vez hubieran escogido su posición y seleccionado el menú desde las tabletas en cada puesto. Esteban se acercó disimuladamente a Miraz, quien con gran astucia se había auto asignado una mesa unitaria en un rincón, alejado de todos pero al mismo tiempo, sin quedar fuera de la zona.

—Hola —se sintió incómodo al saludar de una forma amistosa—. En fin, lo que quería saber es si, en caso de haber oportunidad, quisieras entrenar más tarde.

Desvió la vista hacia la comida que había elegido, mientras el aludido hacía una pausa. Se sorprendió de ver la cantidad de calorías y proteínas, muy bien escogidas y combinadas; Miraz era un hombre atlético, pero no parecía utilizar tanto como lo que estaba comiendo.

—Escucha, sé que fui un engreído primero, y después te juzgué mal, pero ahora...
—Si se da la posibilidad, lo haremos –replicó en voz baja, sin agregar más.

La respuesta con que lo interrumpió fue dicha con sencillez, como si en ese momento hubiera expresado algo que ya estaba predeterminado, sin emociones de por medio. Esa falta de sentimientos hizo que se sintiera más incómodo aún.

—Bien; bien, entonces lo haremos, gracias.

Regresó a la mesa que había escogido, en donde los demás ya estaban escogiendo cosas.

—Un poco de ayuda no vendría mal —dijo Febo, al verlo llegar—. ¿Vaca marina?
—Dime por favor que esta ensalada de ojo de pez no tiene ojos de verdad —comentó Amber haciendo una mueca mientras miraba el menú.

Esteban se sentó junto a Priscilla e Irene, quienes discutían muy concentradas en lo que iban a pedir.

—Claro que no tiene ojos; es decir, hay un platillo que está decorado con ojos, pero no creo que lo hagan aquí, es más común en el puerto. Los ojos de esa ensalada son moras de playa, son blancas y el centro es morado.
—Gracias al cielo -suspiró Amber.

Esteban se acercó a Irene y habló en voz baja, casi en un susurro.

—Escuchen esto, ese platillo es de celebración.
— ¿Cuál?
—Ese —hizo un gesto disimulado hacia el menú en la tableta—, tiene una salsa a base de café amargo, les va a encantar.
— ¿Por qué dices que es de celebración? –consultó Priscilla, con curiosidad.
—Porque ese café es muy escaso en las islas Danrio, y ahí lo usan para esa costumbre; así que es perfecto para ustedes.

Priscilla e Irene se miraron, sonriendo en complicidad.

— ¿Lo intentamos?
—Creo que sí –replicó, sonriendo.
—Entonces pediremos eso, es un buen consejo, gracias Esteban.
—Nada que agradecer, además en cierto modo yo ayudé a su relación, ahora me siento como el padrino.
— ¡Oye! —protestó Irene—. Yo también hice algunas cosas.
—Pero yo les di el empujón –fingió estar dándose infulas, marcando bíceps.

Mientras, Krau había salido discretamente y rodeó el lugar, hasta llegar a una pequeña terraza donde no pudiera ser visto desde el interior; había visto, minutos después de cruzar el umbral, cómo una persona a quien conocía, miraba en su dirección, escabulléndose luego hacia el exterior. Según la planeación e indicaciones de los maestros, no debían salir de la zona en donde estaban reunidos, pero confió en pasar desapercibido, o poder inventar cualquier cosa si le hacían preguntas; su padre, un hombre menudo que vestía un traje formal lo miraba con una mezcla de ansias y temor.

—Hola hijo.
— ¿Qué sucede? –preguntó, sin saludar.
—Nada, sólo quería verte de cerca —argumentó el hombre—, por casualidad vi cuando entraban al restaurante, pero ro me quise acercar.
—Sí, estamos en una salida de estudios —dijo Krau—, se supone que tenemos que ajustarnos al plan. ¿Qué haces en esta ciudad, mamá te envió a hacer algún trámite impostergable?

El hombre hizo una pausa, y asintió en silencio; luego habló lentamente.

—Hijo, he estado pensando en las cosas que han pasado; sé que estás molesto conmigo porque tuviste que estar trabajando en la empresa...
—Papá, ya hablamos de esto.
—Pero...
—Escucha, no estoy molesto contigo —lo interrumpió con severidad—, ya te lo dije. Es difícil enojarse con una persona como tú ¿No te das cuenta? Vives a la sombra de mamá, no intentas luchar por tener tu propia vida.
—La gente habla de esa academia —dijo el hombre, como si esas palabras refutaran el otro argumento—, dicen que es muy misterioso que todos los egresados sean exitosos.
—Es a mamá a quien escucho, no a ti –apuntó, con cansancio.
— ¿Pero y si tomaste las decisiones equivocadas?
— ¡Serán mías! —replicó, agotado—. Te dije lo mismo cuando hablamos por teléfono, deberías recordarlo. No me importa si mi decisión hace que me caiga por un barranco, va a ser mi decisión, punto y final. Escucha, sólo inténtalo, por una vez en tu vida, trata de pensar por ti mismo; tengo que irme. En serio papá, cuídate.

La última frase la dijo sin ningún sentimiento de cariño, pero en la severidad de su afirmación estaba impregnada la última gota de preocupación que le quedaba por su familia. Regresó sobre sus pasos, y casi chocó con Mónica, quien agitaba una cajita transparente con un pendiente en su interior.

—Ahora me debes dinero; dije que iba a ver por qué te tardabas tanto en escoger mi premio por ganarte la apuesta.
— ¿Qué apuesta? —preguntó él, confundido.
—Esa que iban a adelantar la hora de salida si insistíamos lo suficiente.

Le pasó la cajita, y ambos comenzaron a caminar de regreso a la puerta del restaurante; gracias a esa ayuda no solicitada, al menos no tendría que pensar en una excusa para su salida intempestiva.

—Entonces tengo una deuda doble contigo.
—Mi familia vive de las apariencias —replicó ella. Tenía una expresión salvaje en el rostro—; desde que tengo recuerdos, todo se ha tratado de aparentar, incluso el amor de papá y mamá, incluso el amor por su hija. Pero está bien, a mi edad, les agradezco eso, sin darse cuenta me enseñaron a sobrevivir en un mundo lleno de espinas, sin lastimarme. Ahora estamos empatados, tú sabes algo de mí, y yo sé algo de ti. Es todo, no más negocios.

Krau soltó una risa sarcástica.

—Eres una caja de sorpresas, lo acepto.

Cuando entraron en el restaurante, ya estaban sirviendo los platillos; al tratarse del desayuno, los platillos eran pequeños, y se acompañaban de una bebida fría. Durante algunos minutos, reinó una agradable confusión, mientras cada uno escogía lo que era de su agrado, y los que conocían más de las costumbres culinarias de esa zona recomendaban algo a los otros; los maestros estaban reunidos en una mesa más grande, en donde había una dotación especial de bebidas con un bajo grado de alcohol.

—Amo esto —comentó Gabriela, de muy buen humor, mientras evaluaba un vaso con un brebaje rojizo—, la abstinencia forzada en la academia a veces es una tortura.
—En eso estamos de acuerdo —dijo Jael, quien ese día lucía radiante con un vestido ajustado blanco, que ostentaba incontables destellos—, este beneficio por ser maestros es algo excelente, y nos lo merecemos.

Aziare había escogido una infusión frutal con un toque de licor añejo, y jugueteaba distraídamente con la cereza que adornaba su vaso.

— ¿No creen que es necesario estar muy atentos a lo que hacen los chicos? Me preocupa que alguien quiera seguir un impulso.
—Son jóvenes Aziare, van a seguir impulsos, sobre todo los que sean estúpidos —replicó Darius con total tranquilidad—; por eso es que cuando anunciamos esto, les dije que iba a haber fiesta y esas cosas.

Ella lo miró, con las cejas levantadas.

—Creí que era un deseo tuyo, que estabas proyectando en ellos.
—Siempre subestimándome —hizo una mueca fingida de dolor—, pero estaba tomando todo esto muy en serio.

Flavio tenía ante sí un vaso alto con una mezcla de café y ron negro, aunque hasta el momento, no la había tocado.

— ¿En qué consiste ese plan, Darius?
— ¿El plan? Pues, es sencillo ¿Recuerdas cuando nosotros éramos estudiantes y salimos para Pristo? Todo ese asunto con Gael que se arrancó con esa chica del teatro, y el escándalo con la familia cuando los encontraron en el balcón haciendo...
—Sí, Darius —lo interrumpió Aziare—, todos recordamos esa historia, fue funesta.
—El punto es, que pensé que si les decía desde un principio que habría diversión, entonces ellos estarían pensando en eso todo el tiempo, así que habría menos opción de que hagan una tontería.
— ¿Psicología inversa? —Jael sonrió—. Estoy sorprendida, lo digo en serio.
—Pues a mí no me sorprende tu comentario, eres mala —replicó él con una sonrisa burlona—. Como sea, no estamos en época de carnaval, pero hay muchas cosas que se pueden hacer. Omar ¿Qué opinas de los roqueríos?

El fornido maestro había obviado su autoimpuesta restricción, y estaba bebiendo una burbujeante bebida de color amarillo encendido; la visita a la ciudad natal de Oskar, a tan poco tiempo de su muerte, significaba al mismo tiempo muchas cosas, la mayoría de ellas, controvertidas. No tenía hijos, pero sentía que lo relacionado con él era un sentimiento muy similar.

—Es una buena opción —respondió al cabo de un instante—; los chicos tendrán la oportunidad de descargar mucha energía en esa zona, pero tendría que ser más tarde, digamos después de las cuatro.
—Esperemos que nadie se rompa la cabeza mientras hacen eso —apuntó Gabriela.
—Estaré pendiente de que eso no pase.



2


Después de un desayuno que ayudó a relajar los ánimos, el grupo de estudiantes se cambió a tenida deportiva, y se trasladó hacia un estadio techado muy particular; había sido modificado para contar con una sección completa que replicaba la ribera de un río, en el interior de un bosque. Con más de cuatrocientos metros de extensión, el lugar presentaba un espectáculo visual que imitaba muy bien algunas zonas del sur de la ciudad; al entrar, los maestros se ubicaron en el extremo poniente, y se comunicaron con los estudiantes, que estaban esperando en el extremo contrario.

—Esta será la primera prueba del día —anunció Gabriela—, espero lo mejor de ustedes.
—Como verán —comentó Omar—, están en una réplica de un bosque; lo único que no hay son animales reales, el resto funciona igual que en la vida real. Como decía Gabriela, esto es una prueba, y consiste en atravesar esta zona en el menor tiempo posible, enfrentando todas las dificultades del ambiente durante una tormenta de verano.
—Por eso no tenían que traer móviles —dijo Darius sonriendo—, y prepárense para el agua.
—La extensión de este terreno es de cuatrocientos quince metros de largo —comentó Aziare—, por trescientos dos de ancho. La única regla es que sólo pueden usar su habilidad, no fuerza física que exceda a la necesaria para desplazarse. Por favor recuerden que al ser una réplica exacta de un bosque, muchas cosas no son lo que parecen.
—Recuerden —agregó Flavio—, que tanto la prueba como el uso de la habilidad es individual; pueden asistir a alguien manualmente, pero no por otros medios.

Jael sonrió ante la explicación de Aziare, dando a entender que se trataba de un consejo mucho más valioso de lo que parecía, y dio la orden de salida.

— ¿Vamos a hacer apuestas? –murmuró Darius.

Al momento de dar la instrucción, el grupo se dispersó por el lugar, mientras al mismo tiempo comenzaba a mostrarse la simulación de tormenta. Una lluvia densa pero conformada por gotas muy finas cayó oblicuamente, mientras la temperatura subía poco a poco, y escuchar los sonidos alrededor se volvía más difícil, al sentirse el rugido de truenos. Karlo sonrió ampliamente al ver el cambio simulado.

—Esto es casi como un día de campo. Veamos cómo funciona todo esto.

Hizo brillar el diópsido en su muñeca, y decidió poner en práctica algo que había estado entrenando: en vez de duplicar la posición en la que estaba, redujo el margen, vibrando todo su cuerpo como resultado; fue útil para que la lluvia no lo molestara, pero a poco caminar se dio cuenta de lo difícil que resultaba sortear obstáculos como troncos de árbol o piedras grandes. Tendría que alternar entre usar la habilidad y avanzar sin ella, ya que no podía desplazarse por zonas escarpadas con mucha facilidad. En tanto, Esteban había decidido no usar la habilidad durante un tiempo, para conocer el terreno, y esperar a saber cuál era la real prueba que escondía ese lugar, que desde luego no era sólo un poco de viento y lluvia.

—Diablos.

No alcanzó a reaccionar, y resbaló, cayendo por una inclinación del terreno. Poco más abajo se encontró con Amber, que se estaba atando el cabello para tener mejor movilidad, y lucía algunas marchas de agua y barro en la ropa.

—Bienvenido a mi mundo —dijo sarcásticamente—, parece que todo el lugar es un campo minado.
—Así veo. ¿Estás bien? –preguntó tentativamente.
—Sí, nada que una buena ducha no arregle. Pero esto no va a ser tan fácil como pensé, escuché varias maldiciones más adelante.
— ¿Necesitas ayuda?
—Te lo agradezco, pero no –la mirada de la chica demostraba que estaba en modo de batalla-; ahora esto es personal, quiero hacerlo por mí misma.

Se separaron, y el deportista siguió hacia una zona más tupida, en donde disponía de árboles con ramas bajas que le sirvieran de apoyo en caso de necesitarlo; notó que el suelo se estaba poniendo resbaladizo con mucha rapidez, gracias a una apropiada combinación de césped corto y tierra relativamente suelta, y muy poco después volvió a resbalar, pero reaccionó a tiempo, se sujetó de una rama y usó la habilidad para rechazar el movedizo suelo; fue una pésima decisión, ya que el campo deflector que salió de su puño rebotó en tierra inestable y volvió hacia él, golpeándolo en las piernas y haciéndolo caer otra vez. Al incorporarse, vio a Itiel, muy bien sostenido sobre un trozo de tierra que parecía inmune a los efectos del clima.

—Tal vez deberías ir por los troncos —dijo, sonriendo—, al menos es lo que Naro hizo.
—Sí, a menos que quiera electrocutarnos a todos usando su habilidad —replicó, poniéndose de pie—, creo que voy a tomar tu consejo, ya me estoy cansando de que este sitio me arroje en todas direcciones.
—Suerte.

Mientras el musculoso trepaba con habilidad por el tronco más cercano, Itiel prosiguió su avance, concentrado en terminar la primera etapa de su viaje lo más rápido posible. Había detectado que el terrero estaba dividido en zonas, y que la primera de ellas era escarpada y con muchas diferencias de terreno, por lo que sería apropiado pasarla sin cansarse. Tal como habían dicho los maestros, era muy distinto usar la habilidad en la seguridad en la academia que ahí, donde la réplica de la naturaleza imitaba con mucha cercanía lo que pasaba en un ambiente relativamente hostil. Podía controlar la tierra sobre la que estaba parado, pero resultaba difícil, porque el agua separaba constantemente los granos que él movilizaba; después de un par de minutos de avance, encontró una zona más despejada, y continuó a pie, para poder descansar.

En tanto, los maestros seguían el avance de las pruebas en una sala apropiada para ello, donde numerosas pantallas holo seguían desde arriba los movimientos de cada uno de los estudiantes; Gabriela vio, con cierta satisfacción, cómo Silvia hacía gala de todo su potencial, usando su habilidad para controlar el agua a su favor, convirtiendo la lluvia a su alrededor en un par de muros que no llegaban a tocarla. Se había esforzado mucho por ocultar ese avance en la academia, y aunque ella ya lo había descubierto, verlo era una confirmación de su buen desempeño. Quizás, después de todo, podría pensar en ella como una potencial integrante de la fuerza de seguridad.

Más tarde, todos se trasladaron al norte de la ciudad, para tomar un descanso en medio de la jornada de actividades; tan pronto llegaron al alojamiento, se desplazaron hacia las instalaciones apropiadas, a pasos de la zona terminada en roqueríos con el horizonte y el cielo como telón de fondo.

—Estoy esperando esto desde la mañana.

Karlo estaba muy emocionado mientras se quitaba la ropa y la dejaba en el compartimiento adecuado, para ponerse un bañador; casi todos los demás estaban cambiándose a tenida para agua.

—Hace un rato te estabas muriendo después de las pruebas en el bosque artificial —comentó Krau—, te cargaste de pronto.
—Así es la vida. Itiel, tenemos un desafío ¿Recuerdas?
—No se me ha olvidado –señaló el otro mientras se quitaba la remera.

Mientras el aludido se cambiaba, Naro lo miraba con cierta aprensión.

— ¿No tendré que sacarte del agua con ayuda de unos rescatistas?
—No te preocupes, todo está bajo control —replicó livianamente—; aunque puede parecer un poco peligroso, el lugar fue modificado, y el sector de salto no tiene rocas afiladas ni salientes, sólo hay que saltar.

Un poco peligroso no era la definición que pasaba por su mente, pero decidió confiar en él y en que las medidas de seguridad serían los apropiadas.

—Oh, sólo eso.
—Vamos –le dijo con una sonrisa.

El mencionado sector de salto era una explanada en altura, donde la arena era más escasa y había zonas con césped y algunas plantas; los visitantes que querían ver pero no saltar, podían situarse a los costados del punto más alto, que como un acantilado desafiaba al viento marino y las olas, que a más de quince metros rompían en el borde. Silvia e Isabelle habían escogido un punto perfecto para ver los saltos.

— ¿Habías visto esto antes?
—Nunca en persona, me da un poco de nervios.
—Estarán bien; y podremos recrear la vista. Por cierto, no me había fijado: Karlo tiene una muy buena estructura física.

Karlo e Itiel quedaron de pie a cierta distancia del borde, con el primero al borde del éxtasis.

—Vamos —dijo, emocionado— ¿Un triple?
—Empecemos con un simple con estilo —replicó el otro hombre—, aumentemos la dificultad poco a poco.
—Está bien, como quieras. ¿Empezamos?

A un tiempo, los dos corrieron hacia el borde, e impulsándose, saltaron al vacío; Karlo hizo una voltereta hacia atrás, mientras Itiel hacía un giro simple. Los dos cayeron como proyectiles en el agua, saliendo poco después, sanos, salvos y dispuestos a reiterar la prueba, entre vítores de los más entusiastas de sus compañeros.

—Quiero nadar un poco —le estaba diciendo Febo a León y Esteban—, pero definitivamente no así.
—Estoy de acuerdo —comentó León, aplaudiendo a los osados clavadistas—, aunque admito que se ve emocionante. Tal vez desde menos altura.
—Qué buena tarde —dijo Esteban—, y Febo tiene razón, hay que buscar otro sitio para nadar en donde sea menos probable que me rompa la cabeza.

Próximo capítulo: Grandes momentos personales

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