Sten mor preludios: Capítulo 06: Lena



Ciudad: Ed—viri, pueblo: Marquez de Negru, ubicado al oriente.
Hace un mes

Cuando había tiempo disponible, despertar y bajar a tomar desayuno era toda una experiencia, con el aroma del pan recién traído de la tienda dos calles distante, el jarrón con jugo natural, las bayas, y el café humeante sobre la mesa; pero cuando tenía que trabajar, todo eran carreras y poca diversión.

—Date prisa Lena.
—Enseguida bajo má.

La mañana de sábado siempre era algo ajetreada; Lena terminaba tarde el viernes y empezaba temprano el sábado en la Tienda de bisutería de Mariangela y estaba con el tiempo justo.

— Ya estoy aquí má.

No era su tenida favorita, pero la obligación era la obligación. Para el trabajo en la tienda usaba un vestido sencillo de satén púrpura con sandalias a juego, y un pendiente al cuello, llevando además muy poco maquillaje, sólo algo de color en los labios y párpados. Lena se sentía más cómoda con pantalones holgados y una remera, pero yo se había acostumbrado al uniforme.

— ¿Quieres jugo de naranja?
— Gracias, pero sólo medio vaso por favor.

Entró en la cocina y rodeó la mesa rectangular para saludar a ambos; Ernesto le dio uno de sus fingidos besos sonoros en la mejilla, mientras Estela le alcanzaba un vaso alto con jugo.

—Hola pá, gracias má.
— Escuche que vociferabas —dijo Ernesto mientras se sentaba— ¿ocurrió algo en la noche?

Lena se sentó en el extremo opuesto de la mesa y eligió pan de centeno para desayunar.

—Nada grave en especial: Se cayó el Gloster meteor.
— ¿Se cayó, cómo?
—Creo que estaba mal atada la cuerda invisible al techo –repuso con una mueca—, pero por suerte no le pasó nada, sólo me despertó el sonido; ahora lo revisé y está bien, sólo se le habían salido partes.
—Ah entonces por eso te tardaste en bajar ¿Lo dejaste colgado?
—No –dijo ella con una sonrisa—, pensé que lo mejor sería comprobar el peso, tal vez es más que de otros y por eso se cayó.

El pan estaba especialmente exquisito esa mañana; luego recordó que no había cenado y eso dio la explicación de las ansias que tenía por comer.

—Es una buena idea; ahora que lo recuerdo, hija, tengo que encargarte algo.
—Claro má, dime.
—Más tarde cuando salgas, necesito que pases por la casa de Bernardina, tiene unas semillas para mí y me resulta imposible pasar.

Bernardina trabajaba con semillas y proveía a Estela de materias primas; ella se dedicaba a crear fusiones de plantas que eran muy bien cotizadas por la medicina natural.

—No te preocupes, paso por su casa cuando salga.
—Muchas gracias.
—De nada ¿Vas a salir?
—Sí, tengo una cita de negocios con la encargada de una farmacéutica nueva en Cerro azul.
—Suerte.
—Gracias.
— ¿Y tú pá?

Ernesto era un hombre robusto, de expresión fuerte, remarcada por sus pobladas cejas y el bigote y barba que usaba, pero al tratarlo, cualquier veía con facilidad el enorme corazón que tenía; y en la actualidad estaba realizando trabajos de ayuda social.

—Voy a salir también, creo que volveré tarde por que hoy mucho que hacer en Frontera.
— Ayer escuché que hubo un derrumbe.

Frontera era el nombre de una localidad ubicada al oriente de Ed—viri, en donde quedaba aún un grupo reducido de personas que no habían querido trasladarse hasta el nuevo pueblo construido; la gobernación local no podía sacarlos de ahí, pero al tratarse de un pueblo en desalojo existían menos recursos y la ayuda social era importante para mantenerlos en buenas condiciones.

—La gente en las redes sociales exagera con mucha facilidad, hija. No fue un derrumbe, sólo se cayeron algunas piedras grandes en una zona donde no había nadie; un poco de polvo en suspensión y es todo.
— ¿Y crees que la gente nunca se vaya de ahí?

Al tratarse de una ciudad en donde la investigación arqueológica y el trabajo en yacimientos de minerales eran constantes y parte del desarrollo, no era de extrañar que en determinado caso un pueblo tuviera que ser reinstalado; los autoridades hacían hasta lo imposible por conseguir que aquella experiencia fuera lo menos traumática, invirtiendo recursos hasta en trasladar viviendas completas si ese era el deseo del habitante, en vez de recibir una nueva, pero de todos modos existían casos como el de Frontera.

—No, no lo creo, sólo quedan algunos muy viejos y muy tercos para aceptar irse, pero esa terquedad sólo dura hasta que se terminan los beneficios.
— ¿A qué te refieres?
—Se refiere a que no cualquiera enfrenta situaciones de dificultad –respondió ella por él, con un asentimiento—. Nosotros lo vimos cuando llegamos aquí; Marquez de negru no era nada cuando llegamos hace casi treinta años, parecíamos un grupo de itinerantes; los estímulos del estado para ayudar en el proceso de creación de un pueblo existen, pero hay condiciones que sabes que serán adversas. No tener electricidad si los trabajos de empalme fallan, pasar frío, o tener que viajar hasta el centro para comprar las cosas más básicas es parte de eso.
—Ahora que recuerdo, me han contado de eso antes.
—Y pasa parecido en Frontera –explicó Ernesto—, pero al revés, se está desarmando el pueblo. En fin, el pueblo nuevo está a diez minutos de distancia, y es una buena construcción, seguro que se van a sentir bien ahí.

Lena reflexionó un momento en silencio.

—Me gusta vivir aquí; me gusta esta casa y el pueblo, pero no puedo atarme para siempre. De cualquier forma, si me llaman del instituto –Si llega a pasar, añadió con una mueca— tendré que salir de aquí y trasladarme a Altocielo a vivir, no habrá otra alternativa.

Miró la hora y se puso de pie.

—Tengo que irme, hablamos más tarde.
—Que tengas un muy buen día.
—Gracias, igual para ustedes.

Salió de la casa y caminó hacia la calle lateral donde pasaba el transporte; tras un viaje de menos de diez minutos llegó al sector comercial, ubicado en el límite de Marquez de negru y el siguiente pueblo, Sciefen. La tienda de bisutería de Mariangela era un lugar acogedor y muy bien decorado, pequeño pero ordenado de tal forma que resultaba vistoso y llamativo. Faltaban cinco minutos para que la tienda comenzara a funcionar, de forma que Lena utilizó su tarjeta de identificación para abrir la puerta y entrar. Mariangela estaba detrás del mesón principal con una caja de accesorios sobre él.

—Hola cariño.

Mariangela era una mujer alta, muy delgada y esbelta, de largo cabello rubio que llevaba recogido en un elaborado peinado alto; siempre iba muy bien arreglada con algún vestido a la moda y el maquillaje perfecto.

— Hola, pensé que llegarías más tarde.
—Tenía un muy buen motivo para llegar temprano —replicó con una sonrisa radiante—. Tengo una gran noticia ¿Recuerdas a la mujer del collar de cuentas de la semana pasada?

Claro que la recordaba; una mujer que se dio muchos aires y puso contra las cuerdas a Marina, la dependienta del turno de semana.

—Sí, la recuerdo.
—Pues tu intervención y los consejos que le diste fueron perfectos —replicó radiante—, se ha hecho cliente de nuestra tienda y ya hizo un pedido.

A Lena no le gusta intervenir en las ventas de las otras chicas, pero en ese caso consideró que Marina no estaba en su mejor momento y decidió ayudarla; se encargó de mostrar las cualidades de las piedras semi preciosas, enseñar el detalle y buen labrado de las cuentas, y un sinfín de detalles que aseguraban la excelente calidad de los productos que allí se vendían.

—Eso es genial.
—Claro que lo es. Y, como te debo a ti esa nueva adquisición, he decidido que mereces un obsequio además por supuesto de la comisión que te corresponde. Esto es para ti.

Le pasó una caja cuadrada de las regulares para cadenas con pendiente que usaban en la tienda. Pero a Lena le pareció que pesaba más que una cadena. Con curiosidad abrió la caja y vio dentro de ella un broche para el cabello: se trataba de un centro de piedra rojo opaco y muy oscuro, rodeado de un entrelazado de piedra nativa y una base de color terracota pulida; era un artículo decorativo que imitaba unos peines muy antiguos, siendo al mismo tiempo funcional y muy bonito.

— ¿Te gusta?
—Mariangela, esto es precioso. Es hermoso, creo que no lo merezco.

La mujer desechó la idea con un gesto de las manos.

—Tonterías. Claro que lo mereces. Además, eres joven, estás en la edad perfecta para usar ese tipo de accesorios y en Ciudad Capital es la moda; en cualquier momento puedes ir para allá y no querrás sentir envidia.

Mientras hablaban, Lena se acercó a un espejo y recogió su cabello por el costado izquierdo, sujetándolo con el broche; la tecnología oculta en la parte interna del broche hacía que este desplegara unos sujetadores casi invisibles, que hacían el mismo efecto que una peineta sujetadora, tomando mechones de pelo sin oprimir ni dañar la estructura. Hacía que el cabello cayera de forma natural hacia la derecha, y no se sentía ningún peso, como si el accesorio estuviera prácticamente flotando sobre su cabeza. Nunca se había considerado especialmente bonita y no cuidaba demasiado de su aspecto, pero tuvo que admitir que ese detalle la hacía diferente, permitía que siguiera siendo ella, no como esos ornamentos fastuosos de las revistas, y al mismo tiempo luciera una nota de color y brillo.

—No creo que vaya a Ciudad Capital por ningún motivo, pero aunque nunca vaya, voy a llevar este broche ¡Muchas gracias!

Mariangela hizo un gesto de asentimiento, a todas luces satisfecha de su elección.

—Por nada. Por cierto ¿Hay alguna novedad del instituto?

La fecha límite para un llamado estaba muy cerca. Lena dio un suspiro.

—Ninguna; y estoy empezando a creer que no me van a llamar, de nuevo.

Y lo pensaba de veras; el instituto de aeronáutica de Altocielo no la había llamado el año anterior, enviándole después una nota muy amable en donde le explicaban que el examen rendido no daba el resultado esperado, pero que la invitaban a postular otra vez. Cuando revisó el examen se dio cuenta de que había cometido un error absurdo, y si bien este año estaba más preparada, la espera era ya una tortura.

—Sólo toma las cosas con calma ¿quieres? No ganas nada con estar en ese estado de nervios niña.
— Lo sé, tienes razón.

Por la tarde, cuando llegó a casa, Lena mostró su nuevo accesorio.

—Lena, es lindísimo –dijo Estela—. Estos broches estaban de moda entre las adolescentes cuando yo era una niña, qué increíble que las modas regresen.
—Estoy tan agradecida –comentó la joven—, es muy bonito y al mismo tiempo es apropiado para mí, no es algo muy delicado; tiene esas varillas muy ligeras que sujetan el cabello y es como si no llevara nada en la cabeza. Mariangela escogió muy bien.
—Es que te conoce, es por eso.

Había decidido que lo usaría en la tienda, pero no tenía la seguridad de usarlo de diario; de cualquier manera, luego de enseñarlo lo removió y dejó en la caja que le correspondía. La joven se sentó en el sofá de la sala.

—Hay algo que quería hablar con ustedes.
—Por supuesto hija –dijo Estela mientras ella y Ernesto se sentaban en el sillón a un costado—.
—He estado pensando en lo de la academia.

Ambos padres se miraron, algo contrariados; sabían que el sueño de Lena era entrar a la academia de aeronáutica, pero la decepción de año anterior fue evidente y su tensa espera este año, también.

—Aún queda tiempo para que te llamen.
—Es que no se trata de eso –repuso ella con calma—. Escuchen, quiero entrar a la academia, pero tal vez este no es el momento indicado para eso; durante casi dos años he estado preparándome, pero estoy pensando que es como si estuviera congelada, trabajo en la tienda y me preparo ¿Y si no me llaman este año? No creo que pueda seguir otra vez en la misma situación.

Ernesto le dedicó una cariñosa mirada.

—Hija, sabes que las cosas no son siempre fáciles, pero no debes rendirte.
—Lo sé, no hablaba de rendirme, sino de que tal vez no es mi momento; tengo veintidós, aún podría postular hasta seis años después. Me quedé pensando en lo que hablábamos en la mañana sobre la gente que vive en Frontera y no quiero eso para mí, me refiero a que no quiero estar atada a un sueño si eso no me va a dejar ser libre.

Los mayores se miraron un momento mientras ella hablaba; siempre habían sabido que Lena tenía un espíritu libre, pero aun viéndola como una mujer joven, no podían evitar un cierto temor de saber que podría emprender un camino sola.

—Lena, te amamos y vamos a apoyarte en todo –dijo Estela—. Si sientes que es lo correcto, entonces debes seguir a tus sentimientos, pero no tomes ninguna decisión antes que termine el plazo.
—Sí, eso haré. He estado pensando que podría tomar algún curso de invierno en Ciudad Capital, las postulaciones inician en Mayo, es decir en una semana, y serían sólo dos meses; podría ser algo relacionado con lo que quiero estudiar y eso me permitiría tener otra óptica sobre el mundo al que quiero entrar.

Ernesto asintió, apartando de su mente la alarma que le producía siempre la posibilidad de ir a vivir al centro del país, a una ciudad tan distinta de la que ellos habitaban.

—Sabes que te apoyamos si tomas esa decisión.
—Gracias, los amo.
—Mientras tanto, sólo queda esperar una semana.

A la mañana siguiente, Lena estaba en su habitación hablando con Miranda mientras pintaba detalles en el alerón de un F-105 modificado; se trataba de un modelo a escala bastante antiguo, descontinuado de hecho, en el que debía poner mucho cuidado ya que las piezas tenían puntos de articulación y unión un tanto débiles. Al otro lado de la pantalla de conexión, su amiga se pintaba las uñas con el mismo nivel de concentración.

—Te lo digo, es una buena idea y al fin hiciste caso de lo que te aconsejé.

Lena sonrió. Era cierto, se lo dijo cuando no la llamaron el año anterior, pero ella insistió en lo mismo contra viento y marea.

—Lo sé ¿Algún día vos a dejar de restregármelo en la cara?
—Nunca, ni en un millón de años.

Ambas rieron.

—Tengo que reconocer que la posibilidad de ir a Ciudad Capital es, no lo sé, extraña.
—No te intimides.
—No es eso. O de alguna manera sí, no es un asunto menor que cada ciudad sea como un país. Tú fuiste en periodo de vacaciones ¿Qué impresión te dejó?

Miranda se recostó mientras aireaba las uñas de la izquierda.

—Es enorme. En todo sentido, el edificio de la gobernación de Ed Viri parece una casa en comparación con los edificios de allá, y hay tanta gente y cosas. Pero cuando pasa la primera impresión y te acostumbras a todo eso, incluyendo los anuncios publicitarios, te das cuenta de que es un sitio como cualquier otro.
—Suena a que está bien cuando pasa la primera bofetada.

Contempló por un momento el alerón: la línea había quedado casi perfecta, sólo tendría que corregir un par de imperfecciones en el primer tramo del trazo; no había conseguido corregir ese problema.

—Lena, baja por favor.

La voz masculina se escuchó justo en el instante en que comenzaba el reverso de la línea del alerón y el pincel estaba en la posición correcta; tardó un segundo en contestar.

—Voy en seguida pá.

Comenzó la línea, con lentitud, el pulso controlado y la vista fija en el alerón sostenido con la izquierda. Sin embargo, la voz volvió a escucharse.

—Lena.
—Voy en un minuto.
—Ahora hija.

Alejó el pincel y levantó la vista, mirando a la nada; de acuerdo, ese era el tono de “Está pasando algo importante y tienes que venir” Dejando todo en el escritorio y dejando un breve aviso en la pantalla de comunicación, bajó rápido las escaleras, habiendo tenido la buena idea de mirarse al espejo y verificar no tener pintura en la cara o estar muy despeinada. En cuanto llegó al primer piso se arrepintió de no haber cambiado la tenida de estar por algo más sofisticado; en la sala la esperaban junto a una mujer a quien no había visto, y que aparentemente no era de esa ciudad. Era un algo más baja que ella, y tendría poco más de treinta y cinco. Llevaba un traje con pantalón y camisa de un muy buen corte, de un color blanco perlado que le daba un aspecto distinguido, como si se tratara del uniforme de alguna empresa importante, sin serlo. Llevaba el cabello muy corto enmarcando el rostro, que era de facciones redondeadas y piel blanca, resaltando sus ojos de un extraño color gris muy brillante. O acaso era por efecto de su piel blanca y lisa.

—Lena, hija, esta señorita quiere hablar contigo.

Lena demoró los tres pasos que la separaban de ellos al bajar la escalera para tratar de adivinar algo en sus expresiones, pero mientras en ella no había nada identificable, en ellos había algo parecido a la emoción.

—Es un placer conocerte, Lena. Mi nombre es Aziare, y necesito hablar un momento contigo; soy maestra en la academia Sten mor.

La joven se quedó de una pieza y  no llegó a dar el tercer paso; tenía que ser una broma o alguna clase de mal entendido ¿Sten mor? ¿En su pueblo, en su casa, en medio de su sala?

—Perdón pero creo que no entiendo.

La mujer esbozó una sonrisa.

—La razón por la que estoy aquí es que quiero hacerte una invitación para entrar en nuestra academia.
— ¿Yo?
—Así es. Con anterioridad hiciste una postulación al Instituto de aeronáutica de Altocielo y nuestro equipo estuvo analizando los datos asociados.

Hablaba a un ritmo constante y pausado a la vez, que junto a un agradable tono de voz conseguía captar la atención casi de inmediato.

—Como es natural, siempre estamos buscando potenciales estudiantes, y cuando vi lo referente a ti, consideré que eras indicada para entrar en la academia.

Y había sido rechazada en el instituto por no cumplir con las mínimas pedidas. Lena sintió ganas de reír porque ¿Quién iría a un pueblo como ese a buscar a alguien que era descartada por otra institución?

—Perdón, lo siento, debo parecer una tonta, pero no comprendo por qué yo... es decir, hay un motivo por el que no estoy en el instituto.
— ¿A qué edad armaste tu primer avión histórico?

La pregunta, dicha con absoluta naturalidad, la descolocó. Por un momento se preguntó cómo podría saber eso si ella no lo había mencionado en la ficha de postulación con toda seguridad; luego siguió la vista de ella y entendió que estaba viendo una foto familiar sobre un aparador, en donde ella tenía doce años, y en las manos una herramienta para des ensamble y un modelo Medium combat aircraft X151 a medio terminar; ese había sido el primero de su colección, un modelo antiguo pero que no databa de tanto antes como otros posteriores.

—Yo...a los once años. ¿Pero eso qué tiene que ver...?
—Mucho, porque Sten mor es una academia integral; nuestro trabajo es hacer que las personas puedan desarrollar sus capacidades en el campo que les interesa, a través de un método de enseñanza que retrocede a las bases del comportamiento humano y te indica el camino correcto para alcanzar tus metas.
—Pero no fui seleccionada para un instituto dedicado a ello.
—Lo que significa que tu talento, y la dedicación que pones en tu afición es una muestra muy pequeña del potencial que tienes, pero es posible que en un instituto tradicional tengas que realizar un camino más largo, y es ahí donde nosotros entramos.

No se dio cuenta de haberse sentado en el sillón, de medio costado a ella, mientras sus padres miraban ansiosos en silencio la escena.

— ¿Es una forma de decir que tengo una capacidad pero no la puedo aplicar como los demás?

¿Por qué se estaba oponiendo?

—No, lo que digo es que un instituto tiene reglas muy estrictas que deciden quién entra y quién no, basándose en parámetros matemáticos de medición: si no contestas al menos un cierto número de preguntas de la forma correcta, estás fuera.

Lo que era exactamente lo que le había pasado.

—Sin embargo, en Sten mor creemos que si una persona tiene una aptitud, debe explotarla a partir de las raíces de esta ¿cuál es el motivo por el que te gustan los aviones?

Extrañamente, nadie le preguntó eso en los exámenes de admisión al instituto; sintió un leve estremecimiento.

—Porque son hermosos, me gusta la tecnología que hay en su creación, y porque son máquinas antiguas de una época en donde era mucho más difícil crear este tipo de cosas.
—No –la corrigió gentilmente—, dime cuál es la verdadera razón.

Por un instante, sintió que no había nadie más en la sala que ellas; la pregunta, pero mucho más la entonación en la que fue dicha, hicieron que se transportara a una parte de su ser que estaba muy dentro, un sentimiento casi primitivo.

—Yo –se sintió titubear, pero al mismo tiempo percibió una fuerza que la impulsó a hablar—, es algo que puede ocurrir, algo que tiene que ver con estar en un sitio, de otra manera; un avión es un medio para llegar a otro sitio, pero de una forma también es un puente, algo que permite que te transportes desde un lugar a otro, superando incluso las barreras de horario que existen en los distintos lugares. Sé que de todas formas es un medio de transporte igual que los terrestres pero no puedo dejar de pensar en que al volar hay un desafío a las leyes de la naturaleza, uno que se ejerce sin dañar y que permite atravesar una puerta distinta. Supongo que estas ideas son las culpables de que no haya sido seleccionada.
—Pero es la razón por la que eres indicada para Sten mor.
— ¿De verdad lo cree?
—Trátame de tú, por favor; lo que acabas de decir deja en claro que tu centro está en una frecuencia que coincide con tus aptitudes naturales, o quizás te centraste a través de ellas; sea como sea, es este tipo de potencial de conocimiento, mezclado con el arrojo de mantener un pensamiento que va más allá de lo establecido, que hace que seas indicada. Cuanto vi tus estadísticas tuve la intuición de que esto era así, y ahora lo estoy comprobando.

Lena escuchó estas palabras sólo en segundo plano; de alguna forma el poder expresar lo que sentía le proporcionó una gran calma, a pesar de que esa forma de pensar no era un secreto. Sus padres la miraban absortos, mudos de cariño y admiración por ella.

—Me alegra mucho escucharte hablar de esa forma –estaba diciendo Aziare– y, si es que podemos estar de acuerdo en este punto, creo que sólo me queda darte la bienvenida anticipada a la academia.

Escuchar eso hizo que diera un salto, mirándola sin comprender.

— ¿Cómo? Es decir, no entiendo a qué...
—Estoy diciendo –replicó la maestra con naturalidad—, que la visita que te he hecho no es sólo por cortesía, vine para tomar la decisión final, y esta es que, si tú así lo quieres, serás bienvenida en Sten mor.

Estela ahogó un gritito; Lena aún no podía salir de su asombro.

— ¿Qué? No entiendo, cielos, debo parecer una tonta ¿Eso es todo, me estás diciendo que me aceptan en Sten mor así nada más?

Aziare asintió levemente.

—Yo no lo definiría como “así nada más” ya que antes tus datos de postulación y tu perfil como estudiante y candidata fueron revisados, pero si te refieres a que si mi decisión es real, lo es; tengo la potestad de seleccionar a los estudiantes.

Por una milésima de segundo, bastante horrenda en realidad, Lena pensó que daría un auténtico salto, o un aullido, pero por beneficio de su dignidad, ninguna de estas situaciones llegó a ocurrir, y sólo se quedó sentada muy rígida.

—Yo...no sé qué decir.
—Sólo necesito saber si tienes la intención de entrar en nuestra academia, es todo; luego tendrás que firmar algunos documentos por supuesto, pero puede esperar, y haré que lleguen por correo directo –se puso de pie— ¿Entonces cuento contigo?

Cuando se levantó, Lena se sintió lívida por la emoción, pero trató de hablar con más tranquilidad de la que en realidad sentía.

—Sí, por supuesto que sí, perdón por no ser más elocuente, pero estoy muy sorprendida.
—No hay nada de qué disculparse.

Estrecharon las manos, tras lo cual la maestra se despidió y salió. Una vez que cerró la puerta, Lena volteó hacia los dos pares de ojos que la miraban con ansiedad.

—Díganme que esto no es un sueño.

Estela avanzó hacia ella y la abrazó efusivamente.

—No es un sueño cariño ¡Está pasando!
—Fue tan extraño, nunca en toda mi vida me habría imaginado algo así ¿Sten mor?
—Es una recompensa a tu esfuerzo –dijo Ernesto–, siempre te hemos dicho lo talentosa y capaz que eres.
—Toda vía no lo creo ¡Me vino a buscar a casa!

La situación no dejaba de ser impactante para ella; Sten mor era conocida en todo el país por ser una academia de élite, algo extravagante por sus misteriosos métodos de enseñanza, pero al mismo tiempo era muy prestigiosa porque todos sus egresados, sin excepción, se convertían en los más exitosos profesionales, técnicos y artistas de su generación. Según se decía, Sten mor proporcionaba métodos de aprendizaje únicos a través de un sistema integrado, el que después de escasos dos años permitía que la persona pudiera utilizar aquellos conocimientos para realizar cualquier prueba, audición o testeo y presentar las más altas calificaciones, con lo que obtenía acceso a carreras o puestos sin necesidad de pasar por etapas previas de entrenamiento; era casi como estar en una preparatoria avanzada, pero no sólo aprendías lo relacionado con la especialidad de tu interés, sino muchísimo más.

—Hace poco estabas teniendo conflictos por lo que estaba pasando con el instituto, y ahora te acaban de invitar a esa academia tan prestigiosa. Estamos muy orgullosos de ti.
—Yo no sé si estarlo, estoy demasiado sorprendida por esta situación.
—Sólo debes tomarlo con calma. Celebremos con un vaso de ese vino con moras silvestres y mañana tendrás tiempo para asimilar todo esto.
— ¿Y crees que voy a dormir? –dijo Lena sonriendo— Después de escuchar esto no volveré a dormir, nunca más.



Próximo capítulo: León