Sten mor preludios Capítulo 03: Sebastián



Pristo. Hace seis meses.

Los gritos del público aún resonaban en sus oídos. Sebastián iba recostado en el asiento trasero del auto de traslado, con una botella de Emporio en una maro y el móvil en la otra, mirando con cierta avidez los mensajes en las redes sociales; la carrera había terminado hace más de dos horas, y él seguía siendo parte de lo más comentado de la jornada en Pristo. Incluso fuera de los fronteras de la ciudad; Sebastián era piloto de carreras en motocicleta en el circuito nacional medio en la categoría Precisión y velocidad, por lo que vivía de forma constante en medio de la adrenalina y la emoción de ganar mientras se aseguraba de tener los mejores estándares.

— ¿Me detengo aquí?

No había reconocido al conductor, pero en ese momento notó que era uno que antes lo había trasladado; estaban estacionados junto a un centro urbano, en donde su presencia causaría conmoción y muchachas gritando. Desechó la idea, esta vez.

—Gracias, pero ahora no, prefiero ir directo al hotel.
—Lo que usted diga.

Mientras el viaje continuaba en silencio, el joven miró el móvil con cierto desazón, pero sabía que no se trataba de eso solamente; era estar todo el tiempo en el ojo del huracán, de una u otra manera. Era estar pendiente del móvil cuando terminaba una carrera, y mirar con enfermiza atención las estadísticas de repercusión, y la cantidad de comentarios positivos. Las drogas estaban prohibidas para los menores de edad, y con doble razón para los deportistas, pero nadie hablaba del efecto de la fama, de la adicción a ese esquivo y distante amor de los fans, que te idolatraban por tu éxito, y se acostarían contigo sin pensarlo dos veces, pero que en realidad sólo amaban a una versión ficticia de ti.
Pero que no reconocerían en la calle a tu yo real; que no sabrían ver que en ese momento estaba nervioso porque hace tres días había tomado la primera decisión en su vida, por su cuenta, sin preguntar ni pedir permiso. Una decisión que tenía que comunicar, pero que había estado retrasando, amparado en la excusa de no haber tenido la oportunidad apropiada.
Cuando el vehículo se estacionó, vio el auto de Rogelio junto a la entrada, y tuvo la instintiva idea de decirle al conductor que continuaran en otra dirección. Pero se contuvo.

“No, no esta vez.”

Bajó del vehículo y tiró la Emporio a un cubo para la basura. La habitación del hotel estaba en el segundo piso, de forma que decidió subir por las escaleras, esperando que esos segundos de anticipación le permitieran tener el temple que necesitaba.
Cuando deslizó la tarjeta de identificación por el lector junto a la puerta y no escuchó nada dentro, pensó que las cosas tal vez irían mejor de lo que esperaba. Quizás sólo había visto los resultados y estaba ahí para darle una escueta felicitación; al fin y al cabo, Rogelio se preocupaba de él en cuanto sus resultados eran los más satisfactorios en las competencias. Tendría que estar satisfecho de que Sebastián ganara ese día.

—Es un poco tarde para que vengas llegando.

Estaba serio, pero nada más. Sentado en el sofá daba la impresión de ser un auténtico padre preocupado por la ausencia de su hijo, y eso amenazó con ablandar a Sebastián.

—Estaba festejando un poco, fue una carrera intensa, pero gané.
—Sí, vi los resultados; ganaste otra competencia.

Esbozó una leve sonrisa, mientras se ponía de pie; Sebastián también sonrió, algo nervioso, poco acostumbrado a las felicitaciones de su padre.

—Hice una gran presentación —dijo con más confianza—, y estoy seguro de que el último giro estará entre los diez mejores del mes.
—Merecería estar entre los mejores diez.

Ambos quedaron en silencio; Sebastián olvidó por un momento las ideas que había tenido al llegar al hotel, y se dijo que quizás esa era una oportunidad de cambiar en algo las cosas. Se dijo, una vez más, que todo lo que hacía él era para que consiguiera mejores resultados, quizás no de la forma apropiada, pero igualmente por su bien; una vez más, se dijo en su interior que se entenderían, y que quizás la decisión que había tomado por su propia cuenta haría que pudieran conversar y entenderse.
Por lo mismo, no pudo reaccionar a tiempo cuando Rogelio le dio una bofetada.

— ¡Ahh!

Cayó de rodillas, más por la sorpresa que por el golpe, aunque este de todos modos había sido dado con fuerza; cerró los ojos, impotente.

—Un excelente movimiento sobre la motocicleta —dijo Rogelio con sorna—, eso es todo para lo que te alcanza tu tan comentado talento.
—Papá; espera.
— ¿Que espere qué? ¿En serio eso es lo mejor que puedes hacer?

Sebastián se puso de pie, con la diestra llevada a la mejilla en donde recibió el golpe. Había sido un tonto, igual que las otras veces.

—Gané la carrera.
—Con estadísticas promedio —replicó el otro— ¿Acaso no ves que te estás estancando? En cualquier momento otro que sí se esfuerce te va a alcanzar.
— ¡Hice una buena carrera!
— ¡No vuelvas a gritarme!

Levantó la mano, pero Sebastián retrocedió de un paso, poniendo distancia entre ambos. Y por primera vez se sintió contento de haber tomado una decisión que desde hacía tres días lo tenía con un gran sentimiento de culpa.

—Escucha, esto no va a continuar.
—No me interesan tus disculpas.

Esa era la historia de su vida; desde que tenía recuerdos, siempre presionado por Rogelio, amenazado, oprimido para extraer de él los resultados necesarios, como un animal de carga o de tiro, nada más que eso, sin remordimientos.

—No es una disculpa —repuso con fuerza—. Se acabó.
— ¿De qué estás hablando?
—Ya no voy a seguir en esto, y tú no vas a volver a tocarme.
— ¡Soy tu padre y haré lo que sea mejor para ti!

El joven lo miró por un momento con cierta distancia, como si todo lo que había vivido hasta entonces se condensara en esos gritos en la impersonal habitación de un hotel.

—No has hecho nada por mi beneficio; lo hiciste por ti, para tener todos los meses dinero fresco en la cuenta, y supongo que también porque querías proyectar lo que no pudiste hacer desde que te lesionaste la pierna.

Rogelio no pudo evitar un gesto de ofensa por la alusión a la herida que muchos años antes, en su adolescencia, lo obligó a abandonar las competiciones. Sebastián sabía que era un golpe bajo, pero ya no había vuelta atrás.

—No te voy a permitir otra falta de respeto.
— ¿Y qué es lo que vas a hacer, golpearme? —dijo desafiante— eso no lo vas a volver a hacer; estoy seguro de que no te has dado cuenta; pero desde hace tres días que soy mayor de edad.

La expresión enfurecida de Rogelio cambió, por una mueca de confusión; sus palabras también demostraron este sentimiento.

— ¿Qué?
—Estoy seguro de que estabas en alguna fiesta, bebiendo; pues yo pasé ese día entrenando, solo. Pero no fue lo único que hice, también firmé un contrato, y me voy a ir de aquí, muy lejos.

Escuchar algo sobre un contrato reactivó la furia de su padre, pero no se dejó intimidar.

—No puedes firmar ningún contrato, yo soy tu tutor legal.
—Lo fuiste mientras yo era menor de edad —replicó Sebastián, imparable—. Ahora no tienes poder sobre mí y ni siquiera pienses en volver a ponerme una mano encima, porque te denunciaré por agresión.

Quedaron enfrentados, a tan poca distancia y al mismo tiempo tan separados. El joven destellaba fuerza y decisión, y aunque nada de eso había sido planeado, sabía muy bien qué decir.

—No puedes ir a ninguna parte ¿A dónde piensas ir? Tienes una carrera, hay contratos que cumplir.

No pudo dejar de notar el cambio entre decirle que “había contratos que cumplir” y lo que siempre le dijo en el pasado, que era “su” responsabilidad.

—Estás equivocado, no hay contratos, eres tú el que los tiene ¿recuerdas esos documentos que me hiciste firmar cuando cumplí quince? En ellos te otorgo los beneficios económicos de mis presentaciones y la potestad de gestionar los contratos por mí. Así que ahora me iré y no tengo que preocuparme por nada, tú tendrás que arreglártelas con los abogados de las marcas que pagaron por verme.

Era una declaración de guerra, y Rogelio así lo sintió; de un momento a otro, y de un modo inesperado, estaba viendo que la persona a quien había controlado con mano de hierro durante años estaba escapando, y que al mismo tiempo planteaba un escenario por completo inesperado: el de no contar con las ganancias fijas que mes a mes reportaban los contratos con auspiciadores.

— ¡No puedes hacer esto! ¿Qué crees que va a pasar con tu carrera?
— ¡Deja de mentir! Nunca te ha importado mi carrera, lo que te importa es el dinero, pues tendrás que hacer algo para variar, busca un trabajo, soluciónalo de alguna manera.
— ¿Adónde piensas ir?

Sebastián sonrió. Se preguntó por un mínimo instante de dónde estaba sacando esa fuerza, pero no importaba; ya estaba hecho, ahora nada lo detendría.

—No te lo voy a decir. Escucha, no debería hacerlo, pero en la cuenta hay algo de dinero, te debería servir para un par de meses mientras haces algo útil por ti mismo; yo no tengo nada que hacer aquí, no quiero la ropa que está en este cuarto, ni quiero verte a ti.

Rodeó a Rogelio, manteniendo cierta distancia, y se dirigió rápido hacia la puerta; se estaba quebrando, y no quería mostrar esa debilidad. Pero la voz del otro hombre se elevó, obligándolo a detenerse.

—Sebastián, no puedes hacerme esto.

Se suponía que eso era una recriminación, que debía llegar hasta su corazón y quebrarlo. Pues no, no después de todo lo vivido.

—No te estoy haciendo nada —respondió, lentamente—. Y después de cómo me has tratado no esperes que me importe; tú no me criaste, lo que hiciste fue entrenarme. Tenía que ser el mejor y triunfar sobre todos ¿Recuerdas? Sin perder tiempo en sentimentalismos. Y a golpes y humillaciones, nunca con un estímulo, nunca reconociendo ni apreciando nada de lo que hice. Yo sólo quería tu amor —sintió la voz temblorosa, pero se repuso—, pero ya no lo tuve, ahora es demasiado tarde. No me busques Rogelio, porque no me vas a encontrar.

Salió de la habitación del hotel, luchando por no escuchar los gritos que traspasaban las murallas; no supo cómo bajó por las escaleras, pero de pronto se encontró parado en la calle, en medio de la noche; era un famoso deportista, era mayor de edad, tenía mucho dinero, y se sintió completamente desprotegido en el mundo. Una voz a su espalda lo hizo sobresaltarse.

— ¿Estás bien muchacho?

Se volteó sorprendido; era un hombre de poco más de cuarenta, vestido de forma sencilla con unos pantalones oscuros y una camisa. Asistió aclarándose la garganta.

—Sí, estoy bien.
—No es eso lo que parece —repuso con seriedad— ¿Necesitas ayuda?

Sólo en ese momento lo reconoció: era el conductor del vehículo en el que había llegado unos minutos antes, y quizás también de ocasiones anteriores. Se dio cuenta de que no tenía ningún plan de respaldo; iba a decirle lo del contrato, y en determinado momento presumió que eso causaría problemas, pero fue tan ingenuo que nunca pensó en qué hacer si se daba una situación como esa.

—Yo… —replicó con voz angustiada—. Por favor sácame de aquí.

Cuando abrió los ojos a la mañana siguiente, se encontró en un sofá algo duro pero cómodo; estaba cubierto con unas cobijas, pero fue sólo después de unos momentos que recordó que la noche anterior, luego del altercado con su padre, subió al vehículo, y se derrumbó. El hombre se hizo cargo de él, y sin hacer preguntas, le dijo que podía quedarse en su departamento hasta que se sintiera mejor; ya era de mañana, y el joven, con el cuerpo algo adolorido, se sentó en el sofá mientras dejaba las cobijas a un lado. El hombre apareció en la sala y le dedicó una sonrisa.

—Parece que te sientes mejor.
—Estoy mejor, gracias.
—Voy a hacer desayuno; la puerta del costado es el baño, no sabía qué talla de ropa serías pero creo que acerté. Deja la ropa en el cesto, y ven a la cocina en cinco minutos.

Sebastián sintió algo muy extraño al escucharlo; no se trataba de una orden, ni fue dicha de modo imperativo o con violencia, pero al escuchar, fue como si no hubiera otra alternativa más que obedecer la instrucción. Entró a un baño que a pesar de no ser tan espacioso como los de los hoteles que visitaba de forma regular, tenía algo distintivo, y es que no era igual a todos los otros; había un aroma refrescante en el ambiente, y un tubo de gel para dientes a medio usar, como en una casa. Mientras se duchaba, se preguntó por qué ese conductor habría tomado la decisión de actuar de esa forma, y se lo preguntó unos momentos después al entrar en la cocina.

—Era evidente que te estaba pasando algo, chico —dijo con naturalidad—. No podía dejarte así en la calle.
—Pero no me conoces y aun así me trajiste a tu casa.
— ¿Y qué ibas a hacer, robar algo?

Mientras hablaba, le tendió un plato en donde sirvió un trozo de un budín artesanal; el aroma hizo que se distrajera de lo que pretendía decir, pero probar un bocado lo hizo perder el hilo de la conversación. El sabor no sólo era exquisito, también tenía un ingrediente especial, algo que no podía identificar bien, pero que lo hacía fascinante. Había probado platillos de primera calidad en Ciudad capital y otros exóticos en One—garui, pero nada de eso tenía este condimento especial; hizo que sintiera un estremecimiento, aunque sin saber por qué.

—Es…es delicioso.
—Me alegra que te guste.
—Pero todavía no entiendo por qué me ayudó.
— ¿Piensas que todo en esta vida tiene que ser por un motivo concreto, como estar en una competencia?

Sebastián no supo qué decir.

—Eres muy joven ¿Qué edad tienes?
—18
—Un año menos que Sofía, mi hija. Si quieres un motivo, ahí hay uno; no la veo casi nunca, ella no quiere porque siente que soy muy poca cosa en comparación con la gran vida que tiene su madre, y tiene razón. O quizás, te ayudé sólo porque vi a un niño asustado en la calle, y no quise dejarlo solo.
—No soy un niño.
— ¿Porque tienes dinero y ya cumpliste la mayoría de edad? —replicó el hombre sonriendo— No te han enseñado nada sobre crecer ¿Verdad?

De pronto, Sebastián se encontró contándole a grandes rasgos casi toda su vida; sintió que era como un vendaval de palabras que sin saberlo a ciencia cierta, había estado detenido en él, y cuando tocó la vena correcta, explotó. Se sorprendió a la vez de ver al conductor tan concentrado, prestando atención a sus palabras, con real interés.

—Lo siento, estoy hablando demasiado.
—Parece que no lo haces a menudo —dijo el hombre retirando los platos— ¿Y qué es lo que piensas hacer ahora?
—No lo sé, dije que había firmado un contrato, y es cierto, pero no es para trabajar. Me contactaron de Sten mor.

El hombre asintió.

— ¿Y quieres ir?
—No estoy muy seguro; se supone que ahí podrían darme una educación, herramientas para convertirme en el mejor en lo que hago.

La comida había estado realmente deliciosa; lo principal era que no se trataba solo de sabor e ingredientes, también era algo más, ese esquivo condimento que no conseguía determinar, pero que estaba ahí, presente y dejando un exquisito sabor de boca.

—Pero no estás seguro si las competiciones en motocicleta son lo que amas en realidad.
— ¿Cómo…?
—Porque soy más viejo que tú —replicó con sencillez—. Escucha, has estado toda tu vida haciendo lo mismo, quizás es momento de que te tomes un tiempo antes de tomar una decisión ¿dijeron cuando te iban a llamar?
—No lo sé, no dijeron nada en especial.
—Entonces no te preocupes por eso en este momento —sonó su móvil, miró rápidamente la pantalla y siguió hablando—. Acabas de tomar una decisión muy importante, es natural que estés un poco confundido. Tengo que salir, me llaman para un trabajo.

Haber dormido en un lugar seguro, en compañía de un hombre al que no conocía, pero con el que había sentido más confianza que con su propio padre ¿acaso eso era lo que se sentía tener un padre de verdad? Pero se dijo que ya era suficiente y se puso de pie.

—Sí, voy por mi ropa, muchas gracias por todo.

El hombre le dedicó una mirada condescendiente.

—No he dicho que tengas que irte.
—Pero…
—Pero ¿Qué? ¿Tienes alguna idea mejor? Escucha muchacho, puede que mi departamento no sea lujoso ni grande, pero será tu residencia mientras decidas qué hacer con tu vida.

El joven no pudo evitar una expresión de sorpresa.

— ¿Es en serio? Yo… no sé qué decir, no sé cómo…
—No tienes que decir nada; sólo lava lo del desayuno y la ropa. El control de la Tv está en esa mesa.
—De acuerdo, yo… gracias. Lo siento, no te pregunté tu nombre.
—Mick. Ahora tengo que salir. Nos vemos más tarde.

Cuando salió, Sebastián sintió algo que no pudo describir bien; se sintió como en casa.

Más tarde, el joven estaba tendido en el sofá viendo un programa sobre naturaleza; nunca antes los había visto, y le resultó fascinante cómo mostraban las vidas de los animales como si fuera una película. En eso llegó Mick.

—Baja los pies de la mesa.

Sebastián lo hizo en el acto, y de hecho se puso de pie mientras el hombre entraba; venía con una gran bolsa de papel en las manos.

—Lo siento.
—Está bien, sólo no lo vuelvas a hacer —replicó mientras cerraba—, toma esto, deja las cosas en su lugar.

El joven recibió la bolsa mientras el mayor se quitaba el jacket negro.

—Necesito una ducha; ¿quieres poner una cerveza arriba?

Sebastián se llevó la bolsa a la cocina, y comenzó a sacar las cosas de la compra; tuvo que abrir varias puertas en los muebles para comprender en dónde dejar cada cosa. Se trataba casi por completo de artículos comestibles y unos cuantos útiles de aseo, los que dejó en la compuerta bajo el lavamanos; casi al fondo de la bolsa encontró otra, sintética, en donde figuraban algunas botellas, de una marca de cerveza que no conocía, y un par de Emporio. Mick apareció en tenida deportiva.

—Gracias.
—Por nada, aunque me costó encontrarlas, no sabía qué eran.

Sebastián Sonrió. Emporio era una bebida de fantasía para deportistas, que no correspondía a las hidratantes comunes, por lo que sólo estaba disponible en el apartado de productos específicos dentro de un mercado; que lo hubiera notado y buscado era un gran gesto.

—Gracias, de verdad. Y ¿Cómo estuvo tu día?

Esta vez fue su turno de escuchar, y por primera vez se sintió interesado y absorto en lo que sucedía con la vida de alguien más. Ser piloto de motocicleta desde tan joven le había reportado dinero y beneficios, pero lo convirtió en alguien muy solitario; en el centro de entrenamiento intercambiabas trucos, o hablabas con los otros acerca de suplementos alimenticios y técnicas de relajación, en las previas a las competencias el nerviosismo y la concentración hacían a todos muy silenciosos, y si triunfabas, había gritos y celebraciones, notas de prensa y saludos al público, pero sin tener a alguien cerca, era todo lo que tenías. Él siempre estuvo solo, con Rogelio presente de vez en cuando, aparentando ser el representante perfecto ante los demás, pero siendo frío o agresivo cuanto nadie más prestaba atención. Se vio a sí mismo atento a los detalles, queriendo saber más cosas de la vida de Mick y preguntando acerca de ellos no por cortesía, sino por verdadero interés. Y esa sensación resultó tan gratificante como haber sido corregido por él en un asunto tan trivial cono estar viendo televisión con los pies sobre la mesa de la salita, aunque no supo explicarse con claridad el porqué de la conexión entre ambos hechos; sin embargo, en esa ocasión esas preguntas resultaban irrelevantes en comparación con lo que estaba viviendo, porque de alguna manera, esa conversación sencilla llenaba un espacio dentro de él que nunca antes había conocido, algo que la adrenalina del deporte jamás había podido llenar.