No vayas a casa Capítulo 32: Aunque no me veas





Cuando tocaron a la puerta, Iris no demostró ningún sobresalto, sin embargo siguió sentado en la misma posición, dándole la espalda a la puerta del cuarto de invitados.

—Iris, hija.

Su madre había sufrido mucho, y de cierta forma se sentía culpable por ser parte de ese sufrimiento en el presente, por ser parte de la pérdida de su nieto. Y sin embargo estaba ahí, entera y firme, dispuesta a apoyarla, pero sobre todo a entenderla. Ya había enterrado a un esposo, y dentro de poco lo haría también con un yerno y un nieto ¿Cuántos más tendría que ver irse antes que ella?

—Tenemos que hablar.
—De acuerdo.
—Podrías venir a la sala.
—No —notó un cierto tono de alarma en su voz, pero lo corrigió de inmediato—. No es necesario.

Su madre se tomó unos segundos para analizar la respuesta, y concluyó que debía decir más de lo que tenía planeado en un principio, pero no todo si podía evitarlo.

—Casi dan las seis de la tarde, deberías comer algo.
—No tengo apetito.
— ¿Quizás beber algo?
— ¿Cómo un calmante por ejemplo, un agua de melisa? — su voz no había sonado especialmente sarcástica, pero de todas formas no quiso dar la impresión equivocada—. No lo necesito, no estoy pasado por un estado nervioso ni histérico.
—No dije que fuera así.
—Lo sé.

No contestó, su mente ida hacia otros pensamientos. Pero su madre sabía que la estaba escuchando y habló de nuevo.

—Hay algo que debes saber. Es sobre Vicente.
—Dímelo.

Permaneció expectante ante el momentáneo silencio de su madre, sabiendo que ella lo que quería era su mirada, verla a los ojos en medio de lo que fuera que pretendiera decirle. Pero tuvo que negárselo y mantener la misma postura.

—La policía nos informó algo que ocurrió durante la ausencia de Vicente, es decir durante el tiempo en que tú no sabías en dónde estaba.
— ¿Qué fue lo que hizo?

La pregunta, dicha con tal simpleza, causó un efecto poderoso en su madre, que tragó saliva antes de hablar.

—Vicente… la policía dice que es probable que haya atacado a alguien más, antes de llegar aquí.
— ¿Mató a alguien?

No era una pregunta, en esencia, a pesar del tono con que fue dicha. Gloria optó por decir de una vez todo lo que sabía.

—Eso es lo que están investigando.
—Dime lo que te dijeron.
—La policía dice… que se cometió un homicidio en una residencia para personas inmovilizadas por algún tipo de enfermedad. Dicen que tienen pruebas de que el automóvil de Vicente fue visto en el sector, y la descripción del hombre que estuvo ahí concuerda con la de él.
—Es decir que fue él.
—Pero aún es necesario realizar una investigación.
—No. Mamá, no me mientas por favor. No te mientas a ti misma, eso no tiene ningún sentido, no lo hago ya.

Quiso seguir hablando, pero no lo hizo; a partir de ese día, algunas cosas quedarían escondidas para siempre en su mente, se trataría de verdades que jamás nadie conocería. Sin embargo, necesitaba expresarlo al menos del alguna forma.

—Pienso en esto como un monstruo, pero no como uno gigantesco, sino más bien como una especie de parásito, un ser que entró en Vicente y lo llevó a la locura y desesperación, pero cuyo objetivo era mucho mayor que ese. Quería destruirnos a todos, y en eso tuvo éxito.
—Hija, tu vida va a continuar.
—Sin duda, pero la pregunta es ¿Crees que mi vida va a continuar, o que voy a seguir viviendo?
—Hija…
—Sé que estoy siendo desconsiderada contigo, y puedes recriminármelo si eso es lo que quieres. Pero esto no sigue, yo solo sigo viviendo. No habrá otro hijo, ni otra pareja, nada de eso para mí; no porque no pueda, sino porque no hay espacio para eso. Ya no hay nada para mí; pero esto tiene que tener un final adecuado.

Iris se puso de pie con suma lentitud, y giró el cuerpo para poder ver frente a frente a su madre; no eran especialmente parecidas, pero de cierta forma se vio reflejada, o quizás sólo se trataba de la consecuencia lógica de saber que ella misma, si llegaba a esa edad, lo más probable es que se volviera una versión aumentada de ello, con los gritos y llanto siendo los responsables de las canas, las arrugas y por supuesto, la falta absoluta de ganas de vivir.

—Déjame acompañarte.
—No, esto es algo que tengo que hacer sola. Pero puedo hacerlo, sé que piensas que no, pero es natural que sientas que eso es lo que puede estar pasándome.
—Pero no estás bien; entiendo que quieras estar a solas después de lo que ocurrió, pero no puedes encerrarte para siempre.

¿Encerrarse? A Iris la expresión casi le hizo gracia.

—No me voy a encerrar; es sólo que no hay nadie a quien quiera ver. ¿Podrías traerme unas tijeras y un espejo?
—Hija, la gente de El servicio ya está aquí.
—Aun no es tiempo para eso.
—Necesitan prepararlo para…
— ¿Para meterlo en una caja? —su mirada dio un momentáneo brillo de ferocidad, pero se dominó a tiempo antes de sonar agresiva—. No necesitan mucho tiempo para eso. Y además, he decidido que quedará con la ropa que tiene ahora mismo, y que el proceso se hará aquí, en mi presencia.

Sabía que su madre era una persona comprensiva, y a eso había que agregar que había pasado por una experiencia similar en el pasado, por lo que entendería que ella quisiera hacer las cosas a su manera; sin embargo, eso sonaba extraño, y notó su mirada un tanto sorprendida desplazándose a la cama.

— ¿No piensas cambiarlo?
—Era la ropa que tenía puesta antes de morir —replicó con serenidad, aunque implacable—. Además, noté que subiste la temperatura del cuarto desde el control central, así que la ropa está seca. Y fue su última tenida, no lo voy a despojar de eso.
—Está bien, se hará como tú digas; pero las personas del servicio deber hacerse cargo.
—Dije que no. Tráeme por favor unas tijeras y un espejo.

Su madre asintió, y salió del cuarto en silencio. Volvió un instante después con lo que Iris le había pedido, pero se animó a decir algo antes de salir.

—Hija. No es bueno que ese dolor se quede dentro de ti. Te hará peor.
—Dile por favor a Juan Miguel que venga en cinco minutos.
—De acuerdo.

La mujer se rindió y salió del cuarto; Iris, en tanto, puso el espejo de mano sobre el velador, y lo dispuso a la distancia correcta para poder verse el rostro, aunque en realidad no le importaba ver con detalle su cara. Tomó con la izquierda su cabello, lo alisó lo suficiente para que estuviera parejo, y con un corte cuidadoso lo seccionó a la altura de la nuca. Cuando soltó el cabello vio que caía como una melena, larga hasta el borde del lóbulo de la oreja, lo que hacía que quedara manejable y al mismo tiempo, distinto. Podría parecer un cambio por estética, pero la verdad es que sintió la necesidad de cortarlo, dado que usaba el cabello de la misma manera desde que supo que estaba embarazada de Benjamín. Depositó el mechón de cabello en una bolsa descartable que extrajo del cajón del velador, y lo guardó en el mismo sitio junto con las tijeras y el espejo; no necesitaba mirarse para saber cómo estaba.
Juan Miguel dio dos toques muy suaves a la puerta y entró.

—Permiso.
—Pasa.

Él se quedó de pie a un paso de la puerta, y ella tuvo un instante para mirarlo con detención, algo que de forma paradójica no había hecho consigo misma; y le sorprendió el cambio experimentado en él en comparación con lo que era en el diario vivir. Siempre era tan energético, el tipo de persona que podría dormir hablando, siempre con un tema de conversación, pendiente de todo, inquieto y de sentidos abiertos. Ahora, en cambio, estaba muy quieto, silencioso, con el rostro contraído por el dolor que de seguro estaba viviendo. Tal vez no había vivido lo que ella, pero vio el cuerpo de su amigo, la vio a ella con el cuerpo de Benjamín en sus brazos. Por un momento quiso preguntarle si, en realidad, él había alcanzado a divisar lo que pasaba al momento de entrar, y sus dichos ante la policía eran una forma de encubrirla, pero decidió que no era así, que por casualidad del destino él simplemente no estaba en el ángulo preciso para poder ver, por lo que aceptó por real la versión que ella dio.

—Quería darte las gracias.
—No hay nada que agradecer.
—Yo pienso que sí; estuviste aquí el primero.
—Pero eso no sirvió de nada.

Ese sentimiento de culpa era real; no era una pose, no estaba diciendo palabras de buena crianza.

—Te equivocas. Estuviste aquí para mí, me apoyaste en el peor momento paro mí y eso es mucho más de lo que debiste haber hecho.
— Iris, de verdad no sabes cuánto lo lamento.
— Puedo imaginarlo, Vicente es… era tu amigo, es comprensible que te sientas mal, y sé que no solo se trata de él, sino que es por todo.

Ambos guardaron silencio por un momento; Iris sabía que las cosas no serían sencillas para nadie, quizás de otro modo para él porque su conexión no era la misma, pero de todos modos sería un trago amargo.

—Quiero pedirte dos cosas.
—Por supuesto, dime de qué se trata.
—La primera —replicó con seriedad—, es que no dejes nunca de ser como eres. Tal vez nunca llegamos a conocernos tanto como tú y Vicente, pero te aprecié como su amigo porque él te valoraba mucho —por un momento su voz perdió algo de la fría serenidad que había manejado hasta el momento, pero se recompuso—. Siempre decía que tu energía era como una central eléctrica, y que lo cansabas, pero eso es parte de ti y es importante que no lo pierdas.
—Gracias.
—No, gracias a ti. Aunque ahora no puedas verlo, tu presencia me ha ayudado mucho. Lo segundo que quiero pedirte, es...

Dudó, sin saber de forma concreta cómo empezar; había mucho que no podía decir, y Juan Miguel lo interpretó en esa misma dirección cuando habló.

—Es sobre lo que hizo Vicente ¿verdad?

Esas palabras simplificaron mucho las cosas, porque le dieron el punto de apoyo que necesitaba para decir lo que tenía en mente sin cometer errores.

—Se trata de eso. Sé que es difícil entender lo que voy a decir, incluso a mí me cuesta hacerlo, pero quiero pedirte que no pienses en que esto fue hecho por Vicente.
— ¿A qué te refieres?
—No estoy tratando de negarme a los hechos —replicó con más firmeza—. A lo que quiero llegar es que el Vicente que fue mi pareja, el padre de Benjamín, tu amigo, no hizo esto; no pudo hacerlo ¿entiendes? Tú lo conociste, sabes cómo era, y si es así, sabes que él no pudo hacerlo; esto —hizo un gesto vago con las manos, para ayudarse en la explicación—, fue hecho por un virus. Piensa en esto como un virus, una enfermedad que mató a la persona que él era, dejando sólo la cáscara vacía, habitada por algo que en realidad no era él.

Juan Miguel frunció el ceño, no por estar en desacuerdo, sino más bien por no comprender del todo sus palabras; Iris entendió que tendría que ser mucho más enfática que eso, que tendría que recurrir incluso a su propio dolor, o al de él, para conseguir su objetivo.

—Iris...
—Escucha, esto es muy importante, porque se trata de la memoria de Vicente, y sé que lo querías, que lo quieres como amigo, tus sentimientos son claros, pero están en conflicto, lo entiendo muy bien porque a mí también me pasó; es similar a la enfermedad que sufrió mi padre, si veo hacia el pasado, sé que hay dos personas, uno de ellos es el padre que conocí y que amé, y el otro es un hombre que nunca supe quién era. Es de una importancia vital que puedes entender esta diferencia.
— ¿Y tú, puedes hacerla?

Iris miró un momento hacia la cama, al pequeño cuerpo que yacía inmóvil a tan poca distancia de ella, al mismo tiempo tan lejos y tan cerca.

—Sí, la puedo entender; pero no creas que esto es un método para engañarme; pero ahora que las cosas han llegado hasta este punto, hay que entender que hay determinados puntos que nunca podremos aclarar, y tomar eso de la forma equivocada haría que la memoria de Vicente se viera perjudicada.
—Lo que dices es algo hermoso —dijo él con voz temblorosa por la emoción—. Incluso en este momento, aún puedes ver por él y preocuparte de él.
—No es nada de eso, es sólo que por el amor que tengo por ambos me hace pasar en esto, y siento que es necesario; es demasiado el dolor como para seguir aumentándolo. Es importante hacer esto, sobre todo ahora que la vida va a cambiar tanto

Él la miró durante un instante, mientras ella hacía la pausa necesaria; tuvo que reconocerse a sí misma que, por primera vez, pensaba en la casa con un una dimensión más completa, pero aunque estuviera percibiendo un asomo de debilidad al respecto, ya no había vuelta atrás.

—Voy a cambiar muchas cosas, es necesario; venderé esta casa y compraré un departamento para una persona. No puedo seguir viviendo aquí, y además, será lo último que haga con mis conocimientos como experta en propiedades; tendré dinero para vivir con tranquilidad, y de todos modos no quiero seguir trabajando.
— ¿Estás segura de que esa es la decisión correcta, es eso lo que quieres?

Iris dio una rápida mirada alrededor, como si a través de esas paredes pudiera ver también las del resto de la construcción. Y logró estar en paz con la idea que ya había formado en su mente.

—Sí, estoy segura. Sé que Vicente estaría de acuerdo, que sería él quien me dijera que lo hiciera sin pensar más; él habría sido el primero en decir que escapara, si es que hubiese tenido tiempo para hacerlo.

Desvió la mirada un instante a la cama, y supo que ya era el momento.

—Dile por favor a la gente del servicio que ya puede pasar; lo que falta es muy poco.
—De acuerdo.

Poco después, entraron los hombres del servicio fúnebre. Era extraño lo que sucedía con esas personas, porque tenían un aspecto, que aunque no era necesariamente símil entre ellos, los hacía parecerlo, de forma que no habría podido decir, ni aun estando en mejores condiciones, si alguno de ellos era del grupo que estaba presenta cuando fue necesario el servicio tras la muerte de su padre. Se preguntó, en un instante de distracción, por qué a lo largo de la jornada no habían tenido noticias de los padres de Vicente, pero concluyó que lo más probable es que ya hubieran sido informados de los hechos y optaran por dirigirse al servicio legal y esperar para poder dar la despedida a su hijo. Se dijo, asimismo, que debería hablar con ellos, tal vez no de inmediato pero en su momento, para tratar de hacerles entender lo mismo que le había dicho a Juan Miguel; pero ahora había algo mucho más urgente que atender.

—Buenas tardes señora.
—Buenas tardes —replicó con seriedad—. Quiero indicarles qué es lo que necesito ahora, así que tomen atención, por favor.


2


Fue un tanto difícil, de cualquier modo, hacer que comprendieran que la principal diferencia radicaba en el cómo, y no en el qué. Por momentos casi sintió deseos de reír, como si de alguna forma estuviera usando su capacidad negociadora para lograr acuerdos que fueran útiles para sus propios intereses; nunca le había parecido tan irrelevante y al mismo tiempo necesario saber usar las palabras del modo correcto, pero lo cierto es que le permitió conseguir que lo que dijo sonara convincente, a pesar de lo poco usual de su petición. Por lo mismo, al realizarse la operación, esta resultó tal como ella esperaba: improvisada y con pocos asistentes.

— ¿Estás segura de lo que estás haciendo?
—No hará ninguna diferencia mamá. Ahora por favor espera en la capilla con los demás, esto sólo tardará un instante; estaré con ustedes dentro de unos minutos y podrá realizarse todo de acuerdo a lo que se habló antes.
—Sólo recuerda que si necesitas compañía o te sientes débil…

Iris llevaba en ese momento un vestido negro completo, largo hasta los tobillos, de un diseño simple que nunca había usado; estaba usando el cabello peinado hacia atrás y nada de maquillaje ni accesorios, con el objetivo de verse ordenada y sin elementos que llamaran la atención de forma innecesaria. Al menos podía confiar en que sus actitudes serían atribuidas al dolor de la pérdida, por lo que podía darse determinadas libertades sin sentir mucho cargo de conciencia.

—Estoy bien mamá. Esto no va a tomar mucho tiempo, nos veremos dentro de unos minutos.

Se despidió con un asentimiento de cabeza, y entró al lugar; le llamó mucho la atención que desde la entrada el sitio estuviera tan frío, como si operara un control de temperatura del cual no había ninguna salida evidente en ningún sitio; como si de alguna manera, en ese lugar, el frío fuese una artimaña demasiado inteligente como para ser descubierta a simple vista. Asimismo, ella en particular estaba experimentando ese tipo de frialdad desde el centro de su ser, lo que la había mantenido alejada de sus personas cercanas, pero al mismo tiempo segura, para no flaquear.
Avanzó algunos pasos por el pasillo central del lugar, encontrándose de pronto con un hombre de unos 35, vestido de negro riguroso, que la esperaba con una expresión solemne; fue como si se hubiera materializado al percibir que ella iba en esa dirección.

—Déjeme acompañarla.

Se trataba de alguien que sabía muy bien lo que estaba haciendo, y cuidaba los detalles; habló con un tono comprensible y claro de amabilidad, pero que estaba mezclado con una cuota justa de decisión, lo que hacía que cualquier respuesta negativa quedara anulada por completo; el hombre dominaba el lugar pero dejaba que pareciera que estaba solicitando el permiso de la persona para acompañarla. Se trataba de una estrategia muy inteligente, pensada además para mantenerse siempre atento a cualquier posible crisis nerviosa de un deudo. Pero ella no iba a sufrir ningún colapso nervioso.

—Por aquí por favor.
—Gracias.

El cambio en la temperatura se sintió al cruzar el umbral de una pesada puerta. Sin embargo, pudo ver que estaban aún a una puerta de distancia del sitio al que se dirigía en realidad; se trataba de una habitación cuadrada, sin nada en ella más que una mesa un poco alta y estrecha que no parecía tener una razón de ser, ubicada a la derecha del recinto, junto a la pared en una zona donde había un inexplicable recuadro, una especie de recorte vuelto a poner, y que era del mismo color anaranjado opaco de las otras paredes. El hombre la enfrentó con una indiscutible expresión seria en el rostro.

— ¿Está segura de su decisión?
—Sí, lo estoy.
—Le pido disculpas por preguntar de nuevo, pero es necesario que lo confirme.
—Lo entiendo. Pero estoy bien, y tengo muy clara mi decisión.
—Comprendo.

El hombre hizo una pausa muy breve, que podría ser interpretada como el momento en que acepta la decisión escuchada, antes de ponerse manos a la obra.

—Espere un momento aquí, por favor.
—De acuerdo.

El hombre salió por la misma puerta, y volvió a los pocos segundos acompañado de otros dos: el pequeño ataúd estaba cubierto con una tela de color blanco níveo, que resaltaba casi con luz propia dentro del cuarto en el que estaban. En ese momento comprendió que la mesa era para ese propósito, y quizá hubiese sido dispuesta allí de forma especial según su petición. Al ver el ataúd también de color blanco sintió una oleada de alivio; había estado separada tan sólo unos minutos, pero le pareció un tiempo muy largo. Ahora necesitaba hacer la última parte, para lo que se acercó a paso decidido a la mesa, pese a lo cual se dirigió de palabra al hombre.

—Hágalo, por favor.
—Como usted diga.
—Necesito quedarme sola aquí, que nadie me moleste.
—No se preocupe, dejé indicaciones muy específicas.
— ¿Hay alguna forma de dar aviso sin salir o abrir la puerta? Necesito quedarme aquí hasta el final.
—Sí —señaló el hombre acercándose a la puerta mientras los otros salían en absoluto silencio—, sólo tiene que pulsar este botón. Usualmente es para pedir asistencia, pero estaré conectado y atento, de forma que haré lo que usted decidió.
—Comprendo.
—La dejo. Y por favor pierda cuidado, esta sala está aislada, así que hay tranquilidad.

Sin decir más salió de la sala sin hacer ruido; Iris pensó que el comportamiento del hombre era perfecto, ya que se ajustaba a la situación con naturalidad y sin hacer ningún tipo de aspaviento.
Ya estaba sola en esa sala, de pie junto al ataúd.
Tal como ella lo había especificado, fue dejada sola en ese pequeño cuarto; enfocó la vista en la mesa, ignorando de momento el sordo sonido del movimiento que se estaba desarrollando a su izquierda, en la pared opuesta a la entrada. Por un momento la conversación que tuvo con ese mismo hombre en el cuarto de invitados de su casa revivió palabra a palabra; lo que más le llamó la atención fue que el sujeto no demostró sorpresa alguna por la petición, y sólo se dedicó a confirmar de forma eficiente cada dato.

—Se quedará aquí y no harán ningún tratamiento en el cuerpo —anunció con tono decidido, aunque sin sonar exagerada—. Voy a estar junto a él todo el tiempo.
—En eso no hay problema, se hará según sus instrucciones.

Iris asintió.

—Esto es muy importante. Va a mantenerse con la misma ropa que tiene ahora mismo, y es importante que el ataúd esté sellado pero que disponga de una ventana a la altura del rostro, con vidrio para que se mantenga cerrado. Supongo que disponen de uno en los materiales correspondientes.

Pensó que el hombre se mostraría sorprendido, pero si lo estuvo, lo disimuló muy bien.

—Disponemos de todo lo necesario.
—Estoy aclarando que lo que deseo que se haga sin sacarlo del ataúd. ¿Me estoy explicando bien?
—Desde luego —replicó el hombre con un ligero asentimiento, ignorando que esa costumbre pertenecía a otra época—. No es ningún inconveniente.
—Es primordial que se realice esta jornada.
—Me contactaré con los organismos correspondientes —dijo él con un tono que daba por hecho que esa petición no sería problema—. Y se hará esta misma tarde, tras la ceremonia.
—No.

Percibió su propio nerviosismo al mencionar la negativa, pero se ordenó guardar la compostura. No importaba qué tan destrozada estuviera por dentro, tenía que mantenerse firme.

—Se hará antes de la ceremonia.
—Disculpe, no había entendido— dijo él corrigiéndose de inmediato, asumiendo el supuesto error y pasando por alto la agitación de ella—. Se programará de esa manera. Pero debo comentarle que, si bien no hay dificultad en que esté en todo momento acompañando el proceso, al momento de llegar al lugar, deberá permanecer un par de minutos en las instalaciones mientras es trasladado desde el vehículo hasta la entrada en donde se realizará el registro de los datos, y de inmediato se reunirá en él.
— ¿Es esto necesario?
—Así es —replicó el hombre prontamente—, ya que en el recinto hay un oficial del registro nacional que comprueba la entrada, autoriza los documentos y deja todo en regla —y, como si leyera su mente—. Es un trámite interno en el que debe estar el ministro de fe de este organismo, y quien lleva a la persona. Sólo serán dos o tres minutos.
— ¿Pero no van a abrir el ataúd, ni siquiera la ventanilla?
—En absoluto, se trata de un trámite legal, todo lo demás ya está solucionado.
—Entiendo. En ese caso no tengo más opción, pero deben darse prisa, que sea el menos tiempo posible. Y que nadie abra la ventanilla.
—Descuide, me ocuparé personalmente de ello.

Y había cumplido al pie de la letra las instrucciones dadas por ella. Cuando bajó del vehículo, apenas tuvo tiempo de convencer a su madre por última vez y entrar, por lo que tuvo una cierta tranquilidad. Sin embargo, quedaba un asomo de duda, una cierta incertidumbre que sería aclarada dentro de un instante. Al fin abrió la ventanilla del blanco ataúd, y lo vio.

—Hola, Jacobo.

Se quedó inmóvil contemplando el rostro del pequeño, lo único visible tras la lámina transparente en el ataúd; la cabeza reposaba sobre una superficie suave y mullida, algo a todas luces innecesario, pero que no dejaba de ser un gesto acorde al momento. En ninguna parte del mundo un niño vestido a con un pijama debería dormir en un ataúd.
De seguro habría muchas cosas que nunca quedarían aclaradas por completo, pero era lo de menos; lo más importante lo había sabido durante la tarde, mientras fingía tranquilidad y aislamiento, pero su verdadero motivo era investigar, e ir más allá.

“No sigas por favor”

Descubrió que la conexión establecida por él era cierta, pero que no era en su caso, lo mismo por lo que antes pasó Vicente, y que después vivió Benjamín: pero no se detuvo: no podía perder tiempo en sentimentalismos, tendría toda la vida para llorar por eso. Al principio sintió que estaba buscando a ciegas, pero poco a poco entendió que se trataba de una mente, que pese a todo funcionaba igual que la de cualquier persona. Había, en cualquier caso, una diferencia fundamental con lo que ella entendía por mente, ya que una vez que se encontró allí, vio alegría, miedo y odio, pero ningún otro sentimiento. Era casi como estar viendo una película, en donde podía decidir, a través de un menú de acceso, qué era lo que quería ver, por lo que aprendió con rapidez de qué forma investigar aquello que le hacía falta saber; era una mente adulta y al mismo tiempo sin una edad determinada, que tenía muchos recuerdos entre los cuales escarbar. Casi todo era Vicente, y un odio tan grande hacia él, que lo impulsó durante lo que pareció una eternidad a perseguirlo, acosarlo, y tratar por todos los medios de convertirse en él; mientras ella buscaba en ese océano oscuro y tenebroso, sentía algo parecido a un ruego, una súplica por el alejamiento, que no dejó de hablar hasta que ella decidió detenerse por un momento.

“No me hagas daño”

— ¿Qué necesidad tengo de hacerlo? —replicó ella con el pensamiento—. Nada de esto estaría pasando si me dijeras qué es lo que pretendías, pero no quieres hacerlo. Tienes el valor para destruir, pero no para responder.

Y siguió buscando dentro de esa mente; encontró el odio hacia Vicente, y la forma en que Jacobo, como se denominaba a sí mismo, quería para sí las cosas que él tenía. Deseaba convertirse en alguien más, pero al mismo tiempo destruirlo ¿Cómo podía subsistir un pensamiento al mismo tiempo que el otro?
Entonces lo recordó.
Recordó que le dijeron que Vicente había cometido un crimen en contra de una persona en un recinto para personas inmovilizadas.
Inmovilizadas.

— ¿Tú eres el hombre que murió?

“No me hagas daño”

El gemido lastimero no la intimidó, ni hizo que cambiara su actitud. Por el contrario, hizo que siguiera precisamente en esa dirección, comprobando que escarbar en sus pensamientos le causaba un enorme dolor.

—Eres tú, todo el tiempo has sido tú. ¿Por qué perseguir a Vicente?

Bastó un poco más de presión, y encontró el recuerdo apropiado, el momento que lo trasladaba a la infancia, y al momento en que su odio había comenzado; un niño inmóvil, odiando a otro sólo por un motivo: que ese otro podía moverse. Recordaba que en algún momento en la universidad había mencionado vagamente el tema, pero no con detalles ¿Entonces se trataba de eso, de una historia con un inicio tan inocente, que había degenerado en una ruta de dolor y muerte?

—Quisiste ser Vicente —dijo en su mente, implacable—. Quisiste quitarle todo lo que tenía, y cuando lograste matarlo a él, decidiste seguir con quien quiera que estuviera relacionado con él; era una forma de eliminarlo para siempre de la existencia. Supongo que después me matarías a mí, y encontrarías la forma de seguir deambulando de un sitio a otro. Como dije, eres un parásito.

La voz volvió a elevarse, dolida, sufriendo a cada segundo; escuchar ese eco mientras con su mente entraba en ella era molesto y persistente como garras en un cristal, pero lo soportaría.

“Déjame ir por favor”

—No.

“Ya no tengo nada —imploró—. No me queda nada, pero estás haciendo esto y duele, es un dolor que no puedo soportar”

—Pero tú causaste esto —replicó ella, casi con sencillez—. Tú lo hiciste, ahora deberás resistir, porque no tienes alternativa.

“Tú no entiendes el dolor que he sentido en esa oscuridad. Y ahora estoy encerrado de nuevo, pero esta oscuridad es completa, no puedo salir de aquí”

—No, claro que  no puedes. Eres un parásito, pero un ser así sólo puede vivir dentro del cuerpo de alguien más, porque se alimenta de él. Y cuando el cuerpo de Vicente estaba agonizando, entraste en el de mi hijo, pero por alguna razón no alcanzaste a hacerlo cuando se trataba de mí ¿Supiste lo que iba a hacer verdad? Descubriste que tu engaño había quedado al descubierto, y trataste de pasar a mí. Lo que creo que pasó es que no tuviste tiempo, que algo en tus cálculos falló y eso hizo que la historia fuera muy distinta a como tú pretendías.

“Por favor, es tanto el dolor que siento”

—Y aún debes sentir más, ¿Por qué sientes ese dolor del que hablas? ¿Qué lo ocasiona?

“Tú —respondió con angustia—.Tú lo estás haciendo, tú me causas este dolor.”

— ¿Al entrar en tus pensamientos?

“Nunca he tenido nada. Nunca pude gritar ni llorar, ni moverme, ni sentir nada en mi cuerpo. Pero nadie había llegado hasta mí, nadie había podido estar tan cerca. Y duele, está causando más dolor del que nunca creí.”

—Seguro no pensaste en eso cuando estabas entrando en la mente de Vicente ¿verdad? ¿Alguna vez te preguntaste cuánto dolor estabas causando, te preguntaste cual fue la horrible desesperación en la que él debe haber cardo caído cuanto llegó el final? No. Seguro que no; no lo hiciste, pero lo sabías.

Las experiencias ajenas eran difíciles de interpretar, ya que dedujo que eran una abstracción de los hechos reales; pero de todos modos quiso averiguar más. Y fue entonces que comprendió que había estado buscando de la forma equivocada, que el odio era su regocijo de una forma similar a la alegría, que si quería saber más, tenía que buscar entre los pensamientos alegres. Y fue en ellos donde encontró algo leve, pero al mismo tiempo satisfactorio en extremo. Encontró una sinfonía, más bien un atronador espectáculo de sonidos de dolor y angustia, y supo que eso en particular, que ese terrible sonido, no representaba otra cosa más que la muerte de Vicente, el momento exacto en que, superado por el poder de algo que no podía contrarrestar, perdió la batalla y se perdió para siempre; sintió sus manos temblar mientras encontraba este recuerdo en especial, y se dijo que no debería seguir, que si encontraba el momento en que se había sobrevenido la muerte de Benjamín, no podría soportarlo, y que por causa de ese quiebre, no podría completar su intención. Tendría que quedarse con la muerte de su hijo, y negarse la a la vez dolorosa y necesaria experiencia de su último aliento; la muerte del cuerpo lo reemplazaría.


3


Cuando comprobó, poco después, que en efecto los padres de Vicente dispusieron de una ceremonia sencilla para despedirlo, y que eso se debía a las acusaciones en su contra, se sintió dolida otra vez, pero lo cierto es que no tenía alternativa, y nada podía hacer para remediarlo; por suerte pudo hablar con ellos y convencerlos de que él nada tenía que ver en realidad con lo ocurrido, pero fue fácil. Sin embargo, estaba ya tan desolada por dentro, que incluso podría haber dicho que fue menos difícil enfrentar esa situación, verlos a la cara y mentirles acerca de una verdad que jamás podrían saber; como padres y personas, estaban dolidos por la muerte de su hijo, y se sentían culpables por crímenes que no tenían perdón, y ella nada podía hacer al respecto. Primero, porque no tenía pruebas de ello, y segundo, porque hacerlo significaría causarles quizás más dolor e incertidumbre. Hablaron durante bastante tiempo, y mientras lo hizo, se aseguró de decirles que, independiente de lo que pudieran decir las autoridades, ellos debían mantener a salvo el recuerdo de su hijo, ya que ella haría lo mismo por su parte; de seguro estarían pensando en sus palabras, y su particular forma de ver la vida, durante mucho tiempo o para siempre, pero al menos pudo quedarse con la tranquilidad que la única sobreviviente de esa familia no iba a odiarlos, ni a tratarlos con desprecio por lo sucedido. En cualquier caso, fue duro verlos y reconocer a Vicente en alguno de los rasgos de ellos, como si de alguna manera estos se marcaran más ahora que el dolor estaba comenzando una nueva etapa y por lo tanto, estuvieran más presentes. Las referencias que hizo ante ellos acerca de Benjamín fue el momento más difícil de todo, pero aún con eso, no pudo llorar, las lágrimas se habían secado en su ser, y quizás no volverían a aparecer. Por suerte ellos tuvieron que esperar hasta el día siguiente para realizar la ceremonia de despedida, por lo que alcanzó a estar presente en el final del funeral, y acercarse al ataúd a despedirse.

—Adiós mi pequeño. Perdóname por no haberte protegido, por no haber podido salvarte del peligro. Espero que estés en un mejor lugar, en donde los sueños se hagan realidad, y puedas volar por el espacio como un héroe. Te amo Benjamín.

Nadie escuchó las palabras que susurró sobre la suave madera de la tapa del ataúd, y nadie nunca las oiría, pero eran para ella la verdad absoluta y, a fin de cuentas, era la única que importaba. Después de eso, y la extensa conversación, se despidió de ellos experimentado un fuerte sentimiento de cansancio, explicable por las muchas emociones a las que había estado expuesta.
La última parte de su camino fue en dirección a la casa hogar en donde se había cometido el crimen anterior; en ese caso fue menos afortunada porque el cuerpo de ese hombre ya había sido sepultado, pero luego pensó que se trataba de lo correcto, ya que de esa forma podría evitar tener en mente un recuerdo traducido en imágenes, las que se grabarían de forma mucho más permanente en su inconsciente; los cosas jamás cambiarían y ella no olvidaría, pero supo que ese rencor y maldad que encontró en esa inexplicable persecución podrían aplacarse mejor y ser relegados a un segundo plano si se trataba sólo de sonidos y palabras dichas en la oscuridad. Utilizó todo su poder de convencimiento, y consiguió que la dejaran entrar al lugar de los hechos, y aunque no logró intimidad ahí, al menos pudo sentirse en el mismo lugar que fue el último que lo vio con vida, y despedirse, esperando de alguna forma que consiguiera descansar en paz.


4


“¿Qué vas a hacer?”

— ¿Yo? No hay mucho que pueda hacer ¿verdad?

Ya había pasado el tiempo suficiente; la conexión entre ella y ese ser oculto aún en el cuerpo inerte de su hijo le había permitido alcanzar un conocimiento algo más extenso de la historia que él había provocado, pero aunque sintiera un fuerte impulso por conocer más y más del origen de aquella situación, tuvo la entereza de asumir que estaba llegando al momento en que esa búsqueda no era otra cosa que un sustituto de todo lo que había perdido, como si de forma inconsciente pensara que a través de la recreación de las últimas escenas de dolor y pérdida, y de saber cómo había pasado, lograra también reconstruir algo de lo perdido. No. No más.

—Dije que eres un parásito, y así lo creo.

“No me hagas daño. Por favor, ya no puedo soportar este terrible dolor”

—Cuando lo dije, no pensaba en la real dimensión de mis palabras, pero ahora lo veo; eres un parásito, y aunque me cueste creerlo, pienso que hay un motivo por el cual ahora mismo, incluso más allá de la muerte del cuerpo de mi hijo, aún estés ahí. Siento que hay algo en ti que perduraría, que inclusive más allá de la muerte, eventualmente encontrarías la forma de seguir, de alojarte en el cuerpo de algún ser minúsculo que apareciera a devorar las entrañas, y a través de ese método encontrarías la forma de regresar, de perdurar y estar siempre presente, volviendo como una pesadilla que no termina jamás.

“Por favor”

Iris oprimió el botón a un costado de la puerta, y en ese momento entendió el objetivo de ese extraño recuadro en la pared, junto a la mesa en la que reposaba el cuerpo inerte dentro de un blanco ataúd; en un instante y de forma silenciosa, el rectángulo de pared se abrió, y el ataúd fue tomado con suma delicadeza por unas manos enguantadas, las que lo retiraron de esa sala, dejándola sola. Mientras el recuadro volvía a su lugar, ella volteó hacia la pared opuesta a la puerta de entrada, en donde se descubrió con lentitud el grueso cristal que permitiría la vista del siguiente recinto, el origen de que se sintiera calor en ese lugar, y que existiera un poderoso sistema de refrigeración en las restantes instalaciones. Había una persona, que antes había extraído el ataúd, cubierta por completo por un traje blanco aislante que le daba un aspecto ligeramente sombrío y amenazador, quien depositó el ataúd sobre un carro alto para en seguida empujarlo algunos pasos hacia su destino.

— ¿Sabes en dónde estás?

“Has entrado en mí —rogó la voz con desesperación—. Yo no sabía que existía este dolor, es mucho peor que haber estado toda mi vida en esa oscuridad.

—Estás en un lugar que está más allá de mí.

“Sólo quisiera volver —continuó con infinita amargura—, quisiera volver a esa oscuridad, en donde nadie podía tocarme, donde nadie podía dañarme de esta manera”

—Pensé que esto no tendría fin —sentenció Iris—. Que te las arreglarías para volver; pero ahora sé que hay una manera de eliminarte para siempre, de destruirte para que jamás puedas regresar.

“¿Qué vas a hacer?”

El hombre detuvo el carro algunos pasos después de llegar al punto al que se dirigía.  El recinto era una sala cuadrada, en donde resaltaban cerca de las paredes algunos dispositivos que parecían repisas metálicas de metal bruto, y en el centro de esta, el gran horno metálico empotrado en una estructura que salía del suelo; había algo fascinante en el lugar, de igual forma que el fuego embobaba a los inocentes, y es que en ese sitio no había nada, parecía sacado de una película antigua sobre el fin de los tiempos, sobre una época en que se realizaran extraños rituales de consagración a la vida eterna, o a la destrucción.

—La única forma de eliminarte es mediante el fuego. El fuego consume la energía, la disipa hasta que ya no queda nada; cuando el cuerpo sea sólo cenizas, no habrá ningún sitio al que puedas escapar, y en ese lugar no habrá nadie ni nada en lo que puedas esconderte. No va a quedar vida alguna en el interior de ese lugar, nada de lo que puedas sujetarte, nadie a quien destruir.

El hombre abrió la puerta del gran horno, ante lo que Iris sintió un involuntario respingo; no supo si fue su idea, pero le dio la sensación de que al abrir, el calor abrasador provocó un cambio en el aire, nublando por un ligero espacio de tiempo la atmósfera alrededor. Pero tan pronto como lo percibió, pasó.

— ¿Puedes verlo?

“¿Qué estás haciéndome?

—No te haré nada —se mantuvo a un paso del vidrio que la separaba del lugar en donde se iba a realizar la operación, mientras el hombre cerraba la puerta y accionaba un seguro. Sintió una pasajera debilidad, pero se forzó a seguir firme, de pie sin afirmarse en nada—. Lo que se hará es un proceso natural en la sociedad, algo de lo que sin duda escuchaste alguna vez ¿cuánto tiempo pudiste estar dentro de la cabeza de Vicente, escuchando todo lo que pasaba a su alrededor? ¿Cuántas veces me escuchaste, o me viste a mí?

“Tengo miedo”

—Deberías sentirte agradecido —replicó ella, casi en un susurro—, lo que va a ocurrir es algo muy bueno, es una costumbre muy usual en algunas culturas. Algunas de ellas ven la cremación del cuerpo como una forma de liberar el alma, y estoy de acuerdo con eso.

“¿Qué?”

—Pero la cremación libera el alma de un muerto, de alguien que ya ha pasado de esta vida. Y en cambio tú, tú sigues con vida. Sigues con vida, sobreviviendo a pesar de la muerte del cuerpo de mi hijo; en tu caso, la cremación será la forma de destruirte para siempre.

“¡Nooo!”

El hombre salió de su campo visual, de seguro para activar el mecanismo. No se vio ni oyó nada en el interior, pero un débil resplandor rojo, que provenía de una pequeña luz al costado de la puerta del armatoste, indicó de forma silenciosa que había comenzado el proceso; Iris sintió una oleada de dolor, que no era causado por la conexión que todavía permanecía en su mente, sino por el conocimiento concreto de que el cuerpo de su hijo estaba a punto de perderse para siempre. Pero insistió en ser fuerte, en mantenerse a pesar de lo que estaba pasando; después de todo, su hijo ya estaba muerto, sólo faltaba terminar el círculo. De seguro la sala en la que estaba tenía un aislamiento para el sonido al igual que para el calor, pero eso no impidió que con su mente pudiera seguir viendo el interior de aquella otra.

—Ahora estás en el interior de un gran horno ¿Puedes verlo?

“¡No por favor! ¡Tengo miedo, sólo quiero volver a la oscuridad!”

—El cuerpo está siendo acosado por el calor —determinó como si pudiera ver el interior de la atroz máquina—, y cuando las paredes externas se derrumben, podrás ver una luz que te va a envolver.

“¡Sácame de aquí! ¡No quiero sufrir más, no me hagas esto, te lo suplico!”

Iris se quedó muy quieta, conservando la vista fija en el horno mientras se realizaba el proceso y guardaba un silencio absoluto; su mente se llenó por un momento de un sonido horroroso, un agónico grito que se expandió como un eco sin fin, un ruego traspasado de dolor más allá de cualquier comprensión, quizás excepto la suya. De pronto esa voz, ese rugido impregnado de desesperación simplemente se cortó, y la mente de la mujer quedó vacía de todo, desprovista de otros pensamientos que no fueran los suyos. Se volvió hacia la puerta y se acercó a ella, pulsando el botón de llamada que hizo que el mismo hombre de antes apareciera en un instante, con una expresión muy solemne en el rostro.

— ¿Necesita ayuda?
—Ya no —replicó ella de un modo enigmático—. El proceso terminó.
—Así es —asintió él con un movimiento imperceptible de la cabeza—. Dentro de unos minutos tendrá el ánfora.
— ¿Pueden hacerla llegar a la capilla donde se va a realizar la ceremonia? No quiero esperar aquí.
—En eso no hay ningún problema. Acompáñeme por favor.

Iris dio una última mirada al cristal que la separaba de la siguiente sala, y vio con una especie de tranquilidad el horno, en cuya puerta la luz roja ya se había apagado.
Respiró profundo y pensó en esa mente, sin decir palabra, intentando entrar o localizarla como ya había ocurrido en el pasado, pero no encontró nada. Solo silencio.


Fin