Pacto de siete Capítulo 03: La hora del pacto



Galpón de entrenamiento de tiro a distancia. Miércoles 30 de junio.

Oiren estaba de pie frente al resto del grupo, mirándolos con frialdad mientras esperaba una respuesta a la interrogante que había planteado.

— ¿Tienes idea de lo que estás diciendo ?
—Por supuesto que la tengo —su respuesta sonó sencilla, dicha sin ninguna intención, mientras sus ojos decían todo lo contrario; su mirada reflejaba una determinación que nadie advirtió antes— Estoy hablando de algo tan simple como decidir lo más apropiado en una situación adversa; no pueden decirme que nunca antes en su vida pensaron en lo más conveniente.

Mónica frunció el ceño. Este tipo es un monstruo, se dijo, pero al mismo tiempo luchó por desterrar de su mente esa idea, al menos de momento; el instinto de supervivencia primaba en ella.

—Oiren —Krau habló muy lento, procurando medir cada una de sus palabras mientras todo en su cabeza era un caos—, lo que estás sugiriendo es mucho más que buscar alternativas a un caso.

No podía dejar de pensar en lo tranquilo que se veía Oiren; de todos en ese grupo, incluso en la academia, la última persona de quien esperaría una actitud así era de él. Sin embargo, no era ciego, y supo desde el principio, cuando ese grupo se formó, que él no era una blanca paloma, y que algo, o todo de su actitud era fingido, que en el fondo no era tan distinto a él, si se trataba de ambición.

—Lo que estoy sugiriendo es que se calmen y piensen, aunque sea un momento.

En ese instante, las miradas de Mónica y Krau se cruzaron, y ambos entendieron a la perfección lo que estaba pensando el otro; desde muy al principio de las clases, ambos habían encontrado un punto de unión, pero sólo en ese instante se vieron al cien porciento uno al otro. Desde entonces, podrían entenderse de un modo que quizás nadie comprendería, pero que para ellos no tendría dificultad.

—Entonces, genio, dime qué es lo que tienes en mente.
— ¿Que? —la exclamación de Alej sonó más como un gemido—. No estás hablando en serio.
—Oskar está muerto.

Las palabras de Úrsula se escucharon roncas, con una entonación venida de ultratumba; incluso después de las palabras de Oiren, era ella la primera en atreverse a decir el nombre, y provocó en todos, incluso en quien había mantenido la voz por sobre los otros, un respingo, pese a lo cual ninguno volvió a mirarlo; todos le daban la espalda.

—En este momento el reloj está marcando las siete treinta y cinco —su voz se escuchaba vacía y monótona en esos instantes—. En menos de 25 minutos alguien va a notar que no estamos, o que él no está. Mientras tanto, todavía es posible que todos piensen que cada uno de nosotros está en otro sitio, es eso de lo que estás hablando.

Oiren asintió, entre pensativo y ligeramente divertido.

—Tenemos veinte minutos para hacer algo al respecto.
— ¿Algo como qué? —por primera vez, la voz de ella se impuso. La parte salvaje de su ser se negaba a quedar como una chica llorona—. No dijiste todo ese discurso por que sí, tienes algo planeado, dilo de una maldita vez.

Todas las miradas se concentraron en él, y por contra de lo que cualquiera podría haber esperado, en ningún momento se mostró alterado por ello; resultaba evidente que algo era distinto en él, pero sólo ahora ellos lo descubrían.

—En primer lugar, nadie lo ha tocado; no nos hemos movido en esa dirección, apenas nos desplazamos uno o dos pasos. Sólo hay que salir de aquí sin que nos vean, y asegurarnos de que nos vean en otro lugar antes del inicio de las clases, y dejar que el tiempo haga el resto del trabajo.

Alej sintió ganas de gritar, pero no por lo que acababa de escuchar, sino por que eso sonaba lógico y hasta sencillo de poner en práctica para él.

—Eso no va a evitar que se sepa.
—Lo que sucedió. Pero nadie tiene que saber cómo.
— ¿Y cómo se supone que vas a explicar la forma?

Por supuesto, él tenía una respuesta preparada para eso, igual que para lo demás; se tomó un instante para formularla, como si recién en ese momento estuviera terminando de llegar a esa conclusión, aunque para nadie fue ya un misterio que esa información estaba clara en su mente.

—Ninguno de nosotros ha usado su habilidad desde que entramos en este lugar; y, la energía residual no deja huellas identificables que se pueden asociar a una persona en particular.
—Lo que estás proponiendo es...
—Lo único que tenemos que hacer es manipular la energía residual, de la misma forma que antes, pero en esa dirección; después de eso, cualquier persona con los conocimientos indicados, sacará la conclusión correcta.

Se hizo un extenso silencio en el grupo, durante el cual todos sopesaron las palabras dichas con fría calma por Oiren. Krau no necesitó mirar a Mónica para saber que ella estaba pensando lo mismo que él, e incluso habría apostado que las palabras serían las mismas. Si no lo hacemos, terminaremos en la cárcel antes que termine el día.

— ¿Cómo sabes que alguien percibirá la energía residual en él, pero no en nosotros?
—Lo único que tenemos que hacer es usar la habilidad base una vez que estemos fuera de radio; el rastro de energía residual quedará cortado en ese momento, y en el evento que alguien creyera que hay otras vetas además de las que hay aquí, ya sería demasiado tarde para poder comprobarlo.

Era demasiado tarde para muchas otras cosas, se dijo Mónica. Pero al mismo tiempo, tenía razón en que los rastros de energía podían borrarse; ahora sólo faltaba que esa idea tuviera una utilidad práctica y no los descubrieran a los cinco minutos; por otro lado, mirando la situación con algo más de distancia, la muerte de una persona era un asunto tan poco común, que el evento causaría caos en la academia, el suficiente para que las sospechas de culpabilidad quedaran relegadas a un lugar muy secundario.

— ¿Empezamos ya? El tiempo está pasando muy rápido, por si no lo notan.

Para manipular energía residual, no era necesario usar la habilidad base, y en ese momento además, era primordial mantener esa regla. Habían aprendido a usar esa forma de energía mediante un movimiento que imitaba el sellado para el uso de la piedra, pero sólo en el inicio del gesto, quedando detenido en esa posición; habitualmente necesitaban algunos minutos para comenzar a gestionar, pero como en esa jornada ya lo estaban haciendo, sólo bastaron segundos para poner en práctica la corriente de energía que en primer lugar los había llevado ahí; se mantuvieron a prudente distancia, todos de alguna manera, intentando no mirar el cuerpo tendido en el suelo, tratando de ignorar la mancha de sangre que con el paso de los segundos se hacía más extensa. Tres minutos después, Oiren anunció que el proceso ya estaba terminado.

—Ahora tenemos que salir de aquí.
— ¿No habrá una forma —preguntó Alej—, en que puedan detectar que estuvimos en este sitio?

Oiren había dado un paso hacia la puerta, pero se detuvo antes de contestar. Había hecho el desplazamiento cuidando no acercarse en momento alguno al cuerpo, pero su actitud corporal demostraba total despreocupación, como si de alguna manera supiera en su interior, que no había peligro para él, en una suerte de ruleta con resultados exactos, ya previstos.

—Todos hemos estado aquí en algún momento —respondió con suavidad—, en más de una ocasión, todos los estudiantes, y los docentes.
—Pero ellos no estuvieron aquí hace poco —le espetó Úrsula—. Sabes de lo que habla.

Ambos se miraron fijo durante unos segundos, ella no dispuesta a ceder, él con una expresión indescifrable en el rostro.

—Mientras más pronto salgamos de aquí —replicó al fin, con suma calma—, más pronto se enfriará el rastro; entre que se den cuenta que no está, y alguien lo localice aquí, será más que suficiente; no estamos en una película de acción, no van a aparecer oficiales de policía armados saltando por las ventanas. Lo que va a pasar es que nadie va a saber qué hacer, y eso va a hacer más fácil que los hechos se vayan dando. Y por favor, que a nadie se le ocurra sugerir accidentalmente buscar en este sitio; incluso si empiezan las clases, o aunque pase todo el día, sigan actuando como siempre.




2


Algunos minutos después, todos ya habían salido del antiguo estadio de tiro, y discretamente, por separado, se reintegraron a las dependencias de la residencia. Una vez allí, aprovechando que aún era temprano para el inicio de la jornada y muy probable era que hubiera pocos alrededor, Krau se aventuró a ir al cuarto de Mónica. Ella estaba sentada en la cama, en apariencia nada sorprendida de verlo ahí.

—Pensé que te ibas a tardar menos.

Krau hizo una pausa mientras la puerta del cuarto se cerraba a su espalda; sentía que la paranoia se empezaba a apoderar de él.

—No recogiste tu cama.
—La volví a poner cuando entré —replicó ella, sin moverse—, no me molestes con eso.
—Tienes que recoger ahora mismo —ignorado sus palabras, activó un asiento en la muralla, y se sentó—, no puede parecer que eres desordenada, además tú no lo eres.
— ¿Recuerdas si tienes algo pendiente que conversar con alguien, algún proyecto?

Se miraron un momento, hasta que él se llevó las manos a la cabeza, revolviendo el cabello con un cierto toque de desesperación; había cometido el error de subestimarla, de pensar que igual que los demás, estaría desesperada por lo sucedido en el estadio de tiro, pero aunque, desde luego no estaba bien, su mente estaba trabajando en lo que tenía que pasar después y en las acciones que ellos tenían que poner en práctica.

—Está bien, tienes un punto perfecto en eso, no lo había pensado.
—Te queda muy poco tiempo para saberlo.
—Vamos a estar —dijo, como si de alguna manera eso fuera siguiendo el hilo de lo que estaban hablando—, ya sabes, al centro de lo que va a suceder, estaremos en primera fila cuando todo explote.

Mónica se puso de pie; en realidad, había poco que pensar, pero enfrentada a esa situación, sentía que cualquier cosa, hasta el más mínimo detalle, significaba un gran desafío. Pero todo estaba ya dicho, ella y los demás habían tomado la sugerencia de Oiren y hecho lo que se esperaba, aliarse, reunir sus habilidades y estar disponibles para encubrir sus actos, pagando el precio desde ese momento. La posibilidad de echar pie atrás era deshonrosa, y además exponía a quien tuviera semejante idea, a ser culpado por los otros, si es que ellos decidían salvarse.

—Es mejor estar. O no, no es mejor, pero es la única alternativa que tenemos.
— ¿Se supone que hacemos un ensayo de nuestras reacciones cuando todo se descubra? —Krau hizo una mueca al imaginarse a sí mismo poniendo cara de sorpresa. ¿Dónde estarían cuando pasara?
—Cuando se descubra lo que él quiere —replicó ella, con voz ronca—, y no, por ningún motivo; es más, no tenemos que pensar en eso, improvisar es lo que va a funcionar mejor; hay que considerar que no sabemos si va a pasar cuando estaremos en una sala, comiendo o como sea.
—No creo que pase demasiado tiempo.

Nuevamente se quedaron en silencio, mirándose a los ojos; Mónica estaba presionada, sabiendo que mientras estaban ahí, el cuerpo de Oskar seguía tirado en el estadio de tiro, boca abajo, con la cabeza volteada un poco hacia la derecha y un agujero sanguinolento en la base de ella. No sabía con exactitud lo que sentía en ese momento, excepto una especie de sórdida envidia por Oskar: él estaba muerto, y no tendría que enfrentar nada de lo que ella, no estaría obligado a poner caras frente a los demás, ni a callarse la desesperación de ver su existencia a punto de desvanecerse. Por supuesto, esta envidia era puramente palabrería, imágenes y pensamientos que aparecían en su mente, porque la realidad es que él estaba muerto, él no tendría la opción de intentar escapar.

—Qué situación —dijo él, en su voz había, por primera vez, un matiz de mordacidad—, me pregunto si podremos sobrevivir a esta situación.
—Estamos un paso más adelante de lo que habríamos podido sobrevivir en otras condiciones —repuso ella—. Pero no puedo negar que aun me tiene muy pendiente un asunto: el cómo llegamos aquí.

Krau se permitió distraerse un instante, y fue a sentarse en la cama de ella, mientras la chica extraía de la pared el dron que realizaba la limpieza del suelo en el cuarto; en otra circunstancia, sería una falta de respeto que alguien se sentara en la cama de otra persona, sin haber pedido permiso para ello, pero no le importó, y supo que a ella tampoco le importaría. A mismo tiempo, se dijo que la forma de comunicación entre los dos estaba haciéndose más sólida palabra a palabra, llegando a un punto en que sabía que muchas cosas no serían necesarias entre ellos, como ciertas formalidades enseñadas desde el seno materno; era un bálsamo en medio del infierno en el que estaban cayendo.

—Ya había pensado en eso, creo que es lo único que pensé con claridad en este rato.
—Tampoco ha pasado tanto.
—Cierto. El punto es que no es tan importante.

La mirada de ella demostró todo su escepticismo.

—Es demasiado importante.
—No estoy hablando de eso —dijo Krau—; me refiero a que él no pudo haberlo hecho. No dudo que en otras circunstancias, pero en esta, no pudo, por que se perjudica.
—No parece nada preocupado.

Ambos sabían que ese era un tema de máxima relevancia: si bien, por un lado la muerte de Oskar era un asunto que los ponía contra las cuerdas, y el plan para ocultar las pruebas de su culpabilidad eran un salvavidas, el principal suceso de esa jornada no era ninguno de aquellos, ni siquiera lo era el próximo descubrimiento del cuerpo. Era Oiren, y lo que significaba a partir de ese momento cada palabra, cada gesto que pudiera decir; ambos, en determinado momento del tiempo, habían llegado a la misma conclusión: Oiren era un tipo callado, inseguro y timito, pero sólo porque no había tenido la oportunidad de ser diferente, mientras que ahora tenía acceso a poder, sobre las habilidades a las que le daba acceso la piedra, y sobre otras personas, al tomar decisiones y anticipar hechos. Mónica, unos momentos antes que Krau llegara a su cuarto, había llevado esas conclusiones un paso más allá, preguntándose qué tanto poder podía necesitar, o desear.

—De todos modos no importa —Krau inspiró profundo antes de hablar—; si cometimos un error, definitivamente fue aliarnos con él.
—A la larga, aliarse con casi cualquier persona es una pérdida.
—Lo que nos queda es mantenernos en el plan —se puso de pie resueltamente—, y estar pendientes al máximo.

El silencio entre los dos en esta ocasión fue más breve, pero al mismo tiempo, mucho más revelador; habían encontrado una frecuencia, en la que la comunicación con palabras era solo una máscara, un tapiz que cubría las verdaderas intenciones. Tantas cosas que no habían hablado, tantos recuerdos o vivencias eran innecesarias, porque ambos pudieron leer en el otro a una persona que era tan similar, que por momentos era como verse en un espejo que reflejaba el todo, sin mentiras, sin juicios.

—Tendremos que estar alerta, no podemos dejar que nos controle más de lo que ya lo está haciendo.

Mónica puso a funcionar el pequeño dron y se dirigió hacia la cama, para ordenar la ropa. Krau salió en silencio del cuarto.





3


Alej estaba seguro de haber regresado a su cuarto antes que todos los demás; lo perseguía un sentimiento de paranoia, que hizo que viera movimientos y sombras en todas partes, a punto de mirarlo, demasiado cerca de descubrirlo. Se encerró en la habitación y programó las ventanas en oscuridad total, encendiendo sólo las luces tenues del escritorio. Las ganas de vomitar y gritar habían pasado, o quizás nunca las tuvo, y sólo se las imaginó; oculto en lo que se le antojó, la débil seguridad de su cuarto, hizo algo que siempre se le antojó ridículo en algunas películas de acción, pero que en ese momento le resultaba innecesario: se quitó la ropa y entró en la ducha, quedando bajo el agua a la temperatura perfecta, intentando no pensar en nada. Cinco minutos después, reaccionó en que tenía que reintegrarse, que era necesario salir de ahí, y comportarse como si nada extraño estuviera pasando, así que salió de la ducha y se secó, aunque nuevamente se quedo ahí, detenido frente al espejo, en donde un hombre de cabello rubio lo miraba con una expresión que él mismo no podía comprender; tenía que ponerse a hacer ejercicio, o muy pronto los efectos de ser más bien sedentario serían superiores al poder de la juventud, y 24 años era un buen momento. Le gustaba el color bronceado de su piel, que aunque era más bien blanca, siempre lucía saludable, y eso se lo debía a su padre, quien desde pequeño lo llevaba junto a él a la sala de sol ubicada en las dependencias de la empresa; de pronto empezó a reír, y la imagen de sí mismo, desnudo, solo, riendo frente a un espejo, hizo que riera aún más, más fuerte y de un modo más incontrolable, hasta el punto en que tuvo que taparse la boca con las manos. La risa se apoderó de él, golpeando el interior del cuerpo con cada contracción de los músculos, haciendo que perdiera el control de los párpados, dejando entonces los ojos muy abiertos y exponiéndolo a derramar lágrimas; no supo si estaba llorando de desesperación, o de histeria por la risa que sentía, ni siquiera si eran lágrimas por alguna emoción en realidad, o sólo el resultado de permanecer por más tiempo con los ojos abiertos, ahora mirando sin ver, sintiendo que era la situación más absurda del mundo estar recordando cuando era un chico y se asoleaba con papá, que era ridículo estar considerando si sus piernas o abdomen estaban flácidos o no, cuando a unos cuantos cientos de metros, el cadáver de Oskar se estaba enfriando segundo a segundo. Para cuando logró callarse, o se quedó sin energías para seguir riendo, se dio cuenta de estar sentado en el suelo, con el cuerpo un poco helado, y el vapor del agua de la ducha terminando de desaparecer; aún faltaban algunos minutos para que tuviera que regresar a la vida ordinaria, de modo que se vistió rápido, se lavó la cara de nuevo, y procuró concentrarse en lo que tenía que hacer.

Úrsula.

Se sentó ante el escritorio y activó la comunicación directa en el terminal de comunicación del cuarto, el que desplegó la pantalla holo en espero de una respuesta; mientras se establecía la comunicación, quitó del espacio visual algunos bocetos demasiado subidos de tono, y ordenó rápido, aunque en realidad no parecía que  Úrsula contestó al tercer toque, su rostro mostraba desagrado, o molestia.

— ¿Qué quieres?
— ¿Cómo te gusta el café?

La inesperada pregunta hizo que ella quedar a un momento inmóvil ante la imagen de él, sin comprender bien de qué estaba hablando él; un momento después, hizo una mueca parecida a una sonrisa, y una suerte de bufido.

—Si estás tratando de ser un conquistador, lo haces pésimo, en mal momento, y en mala facha, tienes los ojos rojos.

Alej se encogió de hombros.

—Sé que te caigo bien, te conquisté cuando había pasado muy poco tiempo desde que entramos; pero no quiero conquistarte románticamente, sólo saber.

Úrsula adoptó una expresión más seria.

—Estamos perdidos. Todo está perdido, no tenemos ninguna esperanza.
—Quizás sí.
— ¿Porque lo dice Oiren? —hizo un gesto de desagrado mientras se soltaba el cabello—. Él puede ser inteligente, pero no es tan inteligente, se le está escapando algún detalle.
—Todos nosotros somos inteligentes —repuso Alej—; tal vez tenemos que dejar de desesperarnos y empezar a actuar más como Krau o como Mónica en sus días buenos.
— ¿Tú crees que ellos ahora están actuando así?

La chica se había recostado en su silla, y él pudo ver una pequeña porción del escritorio de ella; llamó su atención un cubo de luz decorativo, que emitía un suave brillo de color violeta; se dijo que tenía que recordar a toda costa ese tono de violeta en particular, que quizás si se imponía pequeñas metas todo sería mucho más fácil.

—Sí, eso creo. Esos dos, son unas bestias ¿Sabes? No importa que se hayan asustado cuando pasó, todos lo hicimos, pero ahora ya volvieron a su centro.
— ¿Y no te preocupa él?
— ¿Oiren? —replicó con una media sonrisa que era por completo falsa—. Claro que me preocupa, porque está loco.
—Está loco, y es inteligente —apuntó ella.
—No sólo eso, está loco, es inteligente, y nos tiene en sus manos, porque toda esta idea fue suya, si no fuera por él nosotros...

Ella lo hizo callar con un gesto de la mano; Alej reaccionó a tiempo y guardó silencio, asintiendo como señal de haber entendido. A pesar de saber que las comunicaciones no eran monitoreadas dentro de las instalaciones, cada uno de los dos había supuesto que lo más recomendable era hablar de forma vaga, sin dar detalles comprometedores, los que además resultaban incómodos para ambos.

—El punto es —siguió, menos acelerado que un momento antes—, que nos lleva la delantera, pero él sólo es uno, y como dijiste, se le escapa algo; o supongo que sí, hasta ahora no veo de qué forma está pasando, pero tampoco... no importa, a lo que quiero llegar, es a que tenemos que contar con algo en nuestros manos, un punto nuestro.
— ¿Como que nosotros descubramos esa falla en el plan?
—Algo así —respondió él—; supongo que eso no nos hará estar demasiado seguros, pero ya sabes, mejor algo que nada.

Úrsula se quedó mirando un momento a la nada, hasta que al fin habló. Parecía mucho más tranquila que antes.

—Está bien, pero no podemos hacerlo sólo nosotros; tenemos que unirnos con ellos, es la única manera.
— ¿No confías en ellos?
—Tampoco confío en ti —replicó ella sin dificultad—. Esto no es un club social, todos vinimos buscando más poder.

Y ahora mismo, sólo Oiren lo tiene, pensó Alej.

—De acuerdo —accedió, intentando sonreír—, entonces haremos eso.




4


Oiren entró a su cuarto y cerró la puerta tras sí; tenía algo de apetito, pero tendría que esperar hasta que fuera más tarde, por que era improbable que alcanzara a llegar al casino, tomar algo apropiado y sentarse a comer, antes de tener que salir a la primera clase del día; se cambió el calzado por unas zapatillas más cómodas, y tomó algo de agua del grifo del baño de su habitación. En ese momento el reloj marcaba las siete y cuarenta y cinco, lo que significaba que tenía que regresar de inmediato a la vida corriente, antes que alguien sospechara que había un pequeño lapso antes de clase en el que no estaba ubicable. Tomó el móvil y marcó el número de los demás, estableciendo una conexión directa con los otros cuatro; unos segundos después, ya todos estaban conectados, y sus imágenes se proyectaban en la pantalla del teléfono a un costado de su propia imagen.

— ¿Todo está muy claro?
—Pensé que ya habíamos quedado de acuerdo en eso —replicó Mónica sin inflexión en la voz—. Lo ideal es que no actuemos de forma coordinada, lo acordamos hace un rato.
—Lo recuerdo —repuso con suavidad—, pero estuve pensando detenidamente en eso, y creo que lo más apropiado es dirigir las acciones, para evitar que alguien cometa un error.

Quedó frente a la pantalla, con una media sonrisa, a la espera de la respuesta de los demás; fue Krau quien replicó en primer lugar.

— ¿Sugieres una reunión de grupo?

Ninguno de los otros dijo nada.

—Sí.
—Entonces eso se hará, pero no ahora; tendremos que improvisar, y cuando suceda, entonces veremos la forma de reunirnos y decidir lo que haremos a futuro; faltan dos minutos par el inicio de mi jornada, y tengo una pequeña reunión con Celia, ella insiste en que revisemos los detalles de un proyecto que tenemos pendiente, así que tengo que dejarte. Ahora entiendo a Ferrán, que siempre está diciendo que se debe a sus compañeros.

Cortó la comunicación antes que Oiren pudiera decir algo; Mónica sonrió levemente antes de hablar.

—También tengo pendientes, y soy una estudiante responsable. Sé que encontrarás el mejor momento para organizar esa reunión.
—Parece que todos estamos preparados —comentó Úrsula tan pronto Mónica cortó su comunicación—, las cosas van como esperabas.

Después de un instante, sólo quedó Alej; sonrió, repentinamente divertido ante la situación que se estaba dando. De una forma inesperada, quien hace unos minutos tenía el control total de la situación, ahora quedaba más bien solo, y eso le hizo subir el ánimo.

— ¿Y entonces qué hacemos, cortas tú o corto yo?


Próximo capítulo: Organización sin fallas. Silencio



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