Sten mor: Preludios


La academia Sten mor es el centro de estudios no tradicional más importante del país; no es posible postular a ella, sino que su equipo de búsqueda de talentos capta a personas que tengan un alto potencial y, una vez localizadas, se les ofrece la posibilidad de entrar.
El sueño de la mayoría de los jóvenes es entrar a la academia más exclusiva del país, pero sólo los elegidos podrán hacerlo, y el mayor secreto de todos es que nadie ha podido descifrar cuál es el criterio mediante el que se rige esta organización que provee al país de los más destacados profesionales, artistas, técnicos y científicos.
Todos los que salen de Sten mor aseguran que es lo mejor que les ha pasado en la vida, pero no revelan por ningún motivo cómo esa academia ha influído en su éxito posterior ¿Qué puede ser más tentador que el secreto del éxito?


No vayas a casa Capítulo 32: Aunque no me veas





Cuando tocaron a la puerta, Iris no demostró ningún sobresalto, sin embargo siguió sentado en la misma posición, dándole la espalda a la puerta del cuarto de invitados.

—Iris, hija.

Su madre había sufrido mucho, y de cierta forma se sentía culpable por ser parte de ese sufrimiento en el presente, por ser parte de la pérdida de su nieto. Y sin embargo estaba ahí, entera y firme, dispuesta a apoyarla, pero sobre todo a entenderla. Ya había enterrado a un esposo, y dentro de poco lo haría también con un yerno y un nieto ¿Cuántos más tendría que ver irse antes que ella?

—Tenemos que hablar.
—De acuerdo.
—Podrías venir a la sala.
—No —notó un cierto tono de alarma en su voz, pero lo corrigió de inmediato—. No es necesario.

Su madre se tomó unos segundos para analizar la respuesta, y concluyó que debía decir más de lo que tenía planeado en un principio, pero no todo si podía evitarlo.

—Casi dan las seis de la tarde, deberías comer algo.
—No tengo apetito.
— ¿Quizás beber algo?
— ¿Cómo un calmante por ejemplo, un agua de melisa? — su voz no había sonado especialmente sarcástica, pero de todas formas no quiso dar la impresión equivocada—. No lo necesito, no estoy pasado por un estado nervioso ni histérico.
—No dije que fuera así.
—Lo sé.

No contestó, su mente ida hacia otros pensamientos. Pero su madre sabía que la estaba escuchando y habló de nuevo.

—Hay algo que debes saber. Es sobre Vicente.
—Dímelo.

Permaneció expectante ante el momentáneo silencio de su madre, sabiendo que ella lo que quería era su mirada, verla a los ojos en medio de lo que fuera que pretendiera decirle. Pero tuvo que negárselo y mantener la misma postura.

—La policía nos informó algo que ocurrió durante la ausencia de Vicente, es decir durante el tiempo en que tú no sabías en dónde estaba.
— ¿Qué fue lo que hizo?

La pregunta, dicha con tal simpleza, causó un efecto poderoso en su madre, que tragó saliva antes de hablar.

—Vicente… la policía dice que es probable que haya atacado a alguien más, antes de llegar aquí.
— ¿Mató a alguien?

No era una pregunta, en esencia, a pesar del tono con que fue dicha. Gloria optó por decir de una vez todo lo que sabía.

—Eso es lo que están investigando.
—Dime lo que te dijeron.
—La policía dice… que se cometió un homicidio en una residencia para personas inmovilizadas por algún tipo de enfermedad. Dicen que tienen pruebas de que el automóvil de Vicente fue visto en el sector, y la descripción del hombre que estuvo ahí concuerda con la de él.
—Es decir que fue él.
—Pero aún es necesario realizar una investigación.
—No. Mamá, no me mientas por favor. No te mientas a ti misma, eso no tiene ningún sentido, no lo hago ya.

Quiso seguir hablando, pero no lo hizo; a partir de ese día, algunas cosas quedarían escondidas para siempre en su mente, se trataría de verdades que jamás nadie conocería. Sin embargo, necesitaba expresarlo al menos del alguna forma.

—Pienso en esto como un monstruo, pero no como uno gigantesco, sino más bien como una especie de parásito, un ser que entró en Vicente y lo llevó a la locura y desesperación, pero cuyo objetivo era mucho mayor que ese. Quería destruirnos a todos, y en eso tuvo éxito.
—Hija, tu vida va a continuar.
—Sin duda, pero la pregunta es ¿Crees que mi vida va a continuar, o que voy a seguir viviendo?
—Hija…
—Sé que estoy siendo desconsiderada contigo, y puedes recriminármelo si eso es lo que quieres. Pero esto no sigue, yo solo sigo viviendo. No habrá otro hijo, ni otra pareja, nada de eso para mí; no porque no pueda, sino porque no hay espacio para eso. Ya no hay nada para mí; pero esto tiene que tener un final adecuado.

Iris se puso de pie con suma lentitud, y giró el cuerpo para poder ver frente a frente a su madre; no eran especialmente parecidas, pero de cierta forma se vio reflejada, o quizás sólo se trataba de la consecuencia lógica de saber que ella misma, si llegaba a esa edad, lo más probable es que se volviera una versión aumentada de ello, con los gritos y llanto siendo los responsables de las canas, las arrugas y por supuesto, la falta absoluta de ganas de vivir.

—Déjame acompañarte.
—No, esto es algo que tengo que hacer sola. Pero puedo hacerlo, sé que piensas que no, pero es natural que sientas que eso es lo que puede estar pasándome.
—Pero no estás bien; entiendo que quieras estar a solas después de lo que ocurrió, pero no puedes encerrarte para siempre.

¿Encerrarse? A Iris la expresión casi le hizo gracia.

—No me voy a encerrar; es sólo que no hay nadie a quien quiera ver. ¿Podrías traerme unas tijeras y un espejo?
—Hija, la gente de El servicio ya está aquí.
—Aun no es tiempo para eso.
—Necesitan prepararlo para…
— ¿Para meterlo en una caja? —su mirada dio un momentáneo brillo de ferocidad, pero se dominó a tiempo antes de sonar agresiva—. No necesitan mucho tiempo para eso. Y además, he decidido que quedará con la ropa que tiene ahora mismo, y que el proceso se hará aquí, en mi presencia.

Sabía que su madre era una persona comprensiva, y a eso había que agregar que había pasado por una experiencia similar en el pasado, por lo que entendería que ella quisiera hacer las cosas a su manera; sin embargo, eso sonaba extraño, y notó su mirada un tanto sorprendida desplazándose a la cama.

— ¿No piensas cambiarlo?
—Era la ropa que tenía puesta antes de morir —replicó con serenidad, aunque implacable—. Además, noté que subiste la temperatura del cuarto desde el control central, así que la ropa está seca. Y fue su última tenida, no lo voy a despojar de eso.
—Está bien, se hará como tú digas; pero las personas del servicio deber hacerse cargo.
—Dije que no. Tráeme por favor unas tijeras y un espejo.

Su madre asintió, y salió del cuarto en silencio. Volvió un instante después con lo que Iris le había pedido, pero se animó a decir algo antes de salir.

—Hija. No es bueno que ese dolor se quede dentro de ti. Te hará peor.
—Dile por favor a Juan Miguel que venga en cinco minutos.
—De acuerdo.

La mujer se rindió y salió del cuarto; Iris, en tanto, puso el espejo de mano sobre el velador, y lo dispuso a la distancia correcta para poder verse el rostro, aunque en realidad no le importaba ver con detalle su cara. Tomó con la izquierda su cabello, lo alisó lo suficiente para que estuviera parejo, y con un corte cuidadoso lo seccionó a la altura de la nuca. Cuando soltó el cabello vio que caía como una melena, larga hasta el borde del lóbulo de la oreja, lo que hacía que quedara manejable y al mismo tiempo, distinto. Podría parecer un cambio por estética, pero la verdad es que sintió la necesidad de cortarlo, dado que usaba el cabello de la misma manera desde que supo que estaba embarazada de Benjamín. Depositó el mechón de cabello en una bolsa descartable que extrajo del cajón del velador, y lo guardó en el mismo sitio junto con las tijeras y el espejo; no necesitaba mirarse para saber cómo estaba.
Juan Miguel dio dos toques muy suaves a la puerta y entró.

—Permiso.
—Pasa.

Él se quedó de pie a un paso de la puerta, y ella tuvo un instante para mirarlo con detención, algo que de forma paradójica no había hecho consigo misma; y le sorprendió el cambio experimentado en él en comparación con lo que era en el diario vivir. Siempre era tan energético, el tipo de persona que podría dormir hablando, siempre con un tema de conversación, pendiente de todo, inquieto y de sentidos abiertos. Ahora, en cambio, estaba muy quieto, silencioso, con el rostro contraído por el dolor que de seguro estaba viviendo. Tal vez no había vivido lo que ella, pero vio el cuerpo de su amigo, la vio a ella con el cuerpo de Benjamín en sus brazos. Por un momento quiso preguntarle si, en realidad, él había alcanzado a divisar lo que pasaba al momento de entrar, y sus dichos ante la policía eran una forma de encubrirla, pero decidió que no era así, que por casualidad del destino él simplemente no estaba en el ángulo preciso para poder ver, por lo que aceptó por real la versión que ella dio.

—Quería darte las gracias.
—No hay nada que agradecer.
—Yo pienso que sí; estuviste aquí el primero.
—Pero eso no sirvió de nada.

Ese sentimiento de culpa era real; no era una pose, no estaba diciendo palabras de buena crianza.

—Te equivocas. Estuviste aquí para mí, me apoyaste en el peor momento paro mí y eso es mucho más de lo que debiste haber hecho.
— Iris, de verdad no sabes cuánto lo lamento.
— Puedo imaginarlo, Vicente es… era tu amigo, es comprensible que te sientas mal, y sé que no solo se trata de él, sino que es por todo.

Ambos guardaron silencio por un momento; Iris sabía que las cosas no serían sencillas para nadie, quizás de otro modo para él porque su conexión no era la misma, pero de todos modos sería un trago amargo.

—Quiero pedirte dos cosas.
—Por supuesto, dime de qué se trata.
—La primera —replicó con seriedad—, es que no dejes nunca de ser como eres. Tal vez nunca llegamos a conocernos tanto como tú y Vicente, pero te aprecié como su amigo porque él te valoraba mucho —por un momento su voz perdió algo de la fría serenidad que había manejado hasta el momento, pero se recompuso—. Siempre decía que tu energía era como una central eléctrica, y que lo cansabas, pero eso es parte de ti y es importante que no lo pierdas.
—Gracias.
—No, gracias a ti. Aunque ahora no puedas verlo, tu presencia me ha ayudado mucho. Lo segundo que quiero pedirte, es...

Dudó, sin saber de forma concreta cómo empezar; había mucho que no podía decir, y Juan Miguel lo interpretó en esa misma dirección cuando habló.

—Es sobre lo que hizo Vicente ¿verdad?

Esas palabras simplificaron mucho las cosas, porque le dieron el punto de apoyo que necesitaba para decir lo que tenía en mente sin cometer errores.

—Se trata de eso. Sé que es difícil entender lo que voy a decir, incluso a mí me cuesta hacerlo, pero quiero pedirte que no pienses en que esto fue hecho por Vicente.
— ¿A qué te refieres?
—No estoy tratando de negarme a los hechos —replicó con más firmeza—. A lo que quiero llegar es que el Vicente que fue mi pareja, el padre de Benjamín, tu amigo, no hizo esto; no pudo hacerlo ¿entiendes? Tú lo conociste, sabes cómo era, y si es así, sabes que él no pudo hacerlo; esto —hizo un gesto vago con las manos, para ayudarse en la explicación—, fue hecho por un virus. Piensa en esto como un virus, una enfermedad que mató a la persona que él era, dejando sólo la cáscara vacía, habitada por algo que en realidad no era él.

Juan Miguel frunció el ceño, no por estar en desacuerdo, sino más bien por no comprender del todo sus palabras; Iris entendió que tendría que ser mucho más enfática que eso, que tendría que recurrir incluso a su propio dolor, o al de él, para conseguir su objetivo.

—Iris...
—Escucha, esto es muy importante, porque se trata de la memoria de Vicente, y sé que lo querías, que lo quieres como amigo, tus sentimientos son claros, pero están en conflicto, lo entiendo muy bien porque a mí también me pasó; es similar a la enfermedad que sufrió mi padre, si veo hacia el pasado, sé que hay dos personas, uno de ellos es el padre que conocí y que amé, y el otro es un hombre que nunca supe quién era. Es de una importancia vital que puedes entender esta diferencia.
— ¿Y tú, puedes hacerla?

Iris miró un momento hacia la cama, al pequeño cuerpo que yacía inmóvil a tan poca distancia de ella, al mismo tiempo tan lejos y tan cerca.

—Sí, la puedo entender; pero no creas que esto es un método para engañarme; pero ahora que las cosas han llegado hasta este punto, hay que entender que hay determinados puntos que nunca podremos aclarar, y tomar eso de la forma equivocada haría que la memoria de Vicente se viera perjudicada.
—Lo que dices es algo hermoso —dijo él con voz temblorosa por la emoción—. Incluso en este momento, aún puedes ver por él y preocuparte de él.
—No es nada de eso, es sólo que por el amor que tengo por ambos me hace pasar en esto, y siento que es necesario; es demasiado el dolor como para seguir aumentándolo. Es importante hacer esto, sobre todo ahora que la vida va a cambiar tanto

Él la miró durante un instante, mientras ella hacía la pausa necesaria; tuvo que reconocerse a sí misma que, por primera vez, pensaba en la casa con un una dimensión más completa, pero aunque estuviera percibiendo un asomo de debilidad al respecto, ya no había vuelta atrás.

—Voy a cambiar muchas cosas, es necesario; venderé esta casa y compraré un departamento para una persona. No puedo seguir viviendo aquí, y además, será lo último que haga con mis conocimientos como experta en propiedades; tendré dinero para vivir con tranquilidad, y de todos modos no quiero seguir trabajando.
— ¿Estás segura de que esa es la decisión correcta, es eso lo que quieres?

Iris dio una rápida mirada alrededor, como si a través de esas paredes pudiera ver también las del resto de la construcción. Y logró estar en paz con la idea que ya había formado en su mente.

—Sí, estoy segura. Sé que Vicente estaría de acuerdo, que sería él quien me dijera que lo hiciera sin pensar más; él habría sido el primero en decir que escapara, si es que hubiese tenido tiempo para hacerlo.

Desvió la mirada un instante a la cama, y supo que ya era el momento.

—Dile por favor a la gente del servicio que ya puede pasar; lo que falta es muy poco.
—De acuerdo.

Poco después, entraron los hombres del servicio fúnebre. Era extraño lo que sucedía con esas personas, porque tenían un aspecto, que aunque no era necesariamente símil entre ellos, los hacía parecerlo, de forma que no habría podido decir, ni aun estando en mejores condiciones, si alguno de ellos era del grupo que estaba presenta cuando fue necesario el servicio tras la muerte de su padre. Se preguntó, en un instante de distracción, por qué a lo largo de la jornada no habían tenido noticias de los padres de Vicente, pero concluyó que lo más probable es que ya hubieran sido informados de los hechos y optaran por dirigirse al servicio legal y esperar para poder dar la despedida a su hijo. Se dijo, asimismo, que debería hablar con ellos, tal vez no de inmediato pero en su momento, para tratar de hacerles entender lo mismo que le había dicho a Juan Miguel; pero ahora había algo mucho más urgente que atender.

—Buenas tardes señora.
—Buenas tardes —replicó con seriedad—. Quiero indicarles qué es lo que necesito ahora, así que tomen atención, por favor.


2


Fue un tanto difícil, de cualquier modo, hacer que comprendieran que la principal diferencia radicaba en el cómo, y no en el qué. Por momentos casi sintió deseos de reír, como si de alguna forma estuviera usando su capacidad negociadora para lograr acuerdos que fueran útiles para sus propios intereses; nunca le había parecido tan irrelevante y al mismo tiempo necesario saber usar las palabras del modo correcto, pero lo cierto es que le permitió conseguir que lo que dijo sonara convincente, a pesar de lo poco usual de su petición. Por lo mismo, al realizarse la operación, esta resultó tal como ella esperaba: improvisada y con pocos asistentes.

— ¿Estás segura de lo que estás haciendo?
—No hará ninguna diferencia mamá. Ahora por favor espera en la capilla con los demás, esto sólo tardará un instante; estaré con ustedes dentro de unos minutos y podrá realizarse todo de acuerdo a lo que se habló antes.
—Sólo recuerda que si necesitas compañía o te sientes débil…

Iris llevaba en ese momento un vestido negro completo, largo hasta los tobillos, de un diseño simple que nunca había usado; estaba usando el cabello peinado hacia atrás y nada de maquillaje ni accesorios, con el objetivo de verse ordenada y sin elementos que llamaran la atención de forma innecesaria. Al menos podía confiar en que sus actitudes serían atribuidas al dolor de la pérdida, por lo que podía darse determinadas libertades sin sentir mucho cargo de conciencia.

—Estoy bien mamá. Esto no va a tomar mucho tiempo, nos veremos dentro de unos minutos.

Se despidió con un asentimiento de cabeza, y entró al lugar; le llamó mucho la atención que desde la entrada el sitio estuviera tan frío, como si operara un control de temperatura del cual no había ninguna salida evidente en ningún sitio; como si de alguna manera, en ese lugar, el frío fuese una artimaña demasiado inteligente como para ser descubierta a simple vista. Asimismo, ella en particular estaba experimentando ese tipo de frialdad desde el centro de su ser, lo que la había mantenido alejada de sus personas cercanas, pero al mismo tiempo segura, para no flaquear.
Avanzó algunos pasos por el pasillo central del lugar, encontrándose de pronto con un hombre de unos 35, vestido de negro riguroso, que la esperaba con una expresión solemne; fue como si se hubiera materializado al percibir que ella iba en esa dirección.

—Déjeme acompañarla.

Se trataba de alguien que sabía muy bien lo que estaba haciendo, y cuidaba los detalles; habló con un tono comprensible y claro de amabilidad, pero que estaba mezclado con una cuota justa de decisión, lo que hacía que cualquier respuesta negativa quedara anulada por completo; el hombre dominaba el lugar pero dejaba que pareciera que estaba solicitando el permiso de la persona para acompañarla. Se trataba de una estrategia muy inteligente, pensada además para mantenerse siempre atento a cualquier posible crisis nerviosa de un deudo. Pero ella no iba a sufrir ningún colapso nervioso.

—Por aquí por favor.
—Gracias.

El cambio en la temperatura se sintió al cruzar el umbral de una pesada puerta. Sin embargo, pudo ver que estaban aún a una puerta de distancia del sitio al que se dirigía en realidad; se trataba de una habitación cuadrada, sin nada en ella más que una mesa un poco alta y estrecha que no parecía tener una razón de ser, ubicada a la derecha del recinto, junto a la pared en una zona donde había un inexplicable recuadro, una especie de recorte vuelto a poner, y que era del mismo color anaranjado opaco de las otras paredes. El hombre la enfrentó con una indiscutible expresión seria en el rostro.

— ¿Está segura de su decisión?
—Sí, lo estoy.
—Le pido disculpas por preguntar de nuevo, pero es necesario que lo confirme.
—Lo entiendo. Pero estoy bien, y tengo muy clara mi decisión.
—Comprendo.

El hombre hizo una pausa muy breve, que podría ser interpretada como el momento en que acepta la decisión escuchada, antes de ponerse manos a la obra.

—Espere un momento aquí, por favor.
—De acuerdo.

El hombre salió por la misma puerta, y volvió a los pocos segundos acompañado de otros dos: el pequeño ataúd estaba cubierto con una tela de color blanco níveo, que resaltaba casi con luz propia dentro del cuarto en el que estaban. En ese momento comprendió que la mesa era para ese propósito, y quizá hubiese sido dispuesta allí de forma especial según su petición. Al ver el ataúd también de color blanco sintió una oleada de alivio; había estado separada tan sólo unos minutos, pero le pareció un tiempo muy largo. Ahora necesitaba hacer la última parte, para lo que se acercó a paso decidido a la mesa, pese a lo cual se dirigió de palabra al hombre.

—Hágalo, por favor.
—Como usted diga.
—Necesito quedarme sola aquí, que nadie me moleste.
—No se preocupe, dejé indicaciones muy específicas.
— ¿Hay alguna forma de dar aviso sin salir o abrir la puerta? Necesito quedarme aquí hasta el final.
—Sí —señaló el hombre acercándose a la puerta mientras los otros salían en absoluto silencio—, sólo tiene que pulsar este botón. Usualmente es para pedir asistencia, pero estaré conectado y atento, de forma que haré lo que usted decidió.
—Comprendo.
—La dejo. Y por favor pierda cuidado, esta sala está aislada, así que hay tranquilidad.

Sin decir más salió de la sala sin hacer ruido; Iris pensó que el comportamiento del hombre era perfecto, ya que se ajustaba a la situación con naturalidad y sin hacer ningún tipo de aspaviento.
Ya estaba sola en esa sala, de pie junto al ataúd.
Tal como ella lo había especificado, fue dejada sola en ese pequeño cuarto; enfocó la vista en la mesa, ignorando de momento el sordo sonido del movimiento que se estaba desarrollando a su izquierda, en la pared opuesta a la entrada. Por un momento la conversación que tuvo con ese mismo hombre en el cuarto de invitados de su casa revivió palabra a palabra; lo que más le llamó la atención fue que el sujeto no demostró sorpresa alguna por la petición, y sólo se dedicó a confirmar de forma eficiente cada dato.

—Se quedará aquí y no harán ningún tratamiento en el cuerpo —anunció con tono decidido, aunque sin sonar exagerada—. Voy a estar junto a él todo el tiempo.
—En eso no hay problema, se hará según sus instrucciones.

Iris asintió.

—Esto es muy importante. Va a mantenerse con la misma ropa que tiene ahora mismo, y es importante que el ataúd esté sellado pero que disponga de una ventana a la altura del rostro, con vidrio para que se mantenga cerrado. Supongo que disponen de uno en los materiales correspondientes.

Pensó que el hombre se mostraría sorprendido, pero si lo estuvo, lo disimuló muy bien.

—Disponemos de todo lo necesario.
—Estoy aclarando que lo que deseo que se haga sin sacarlo del ataúd. ¿Me estoy explicando bien?
—Desde luego —replicó el hombre con un ligero asentimiento, ignorando que esa costumbre pertenecía a otra época—. No es ningún inconveniente.
—Es primordial que se realice esta jornada.
—Me contactaré con los organismos correspondientes —dijo él con un tono que daba por hecho que esa petición no sería problema—. Y se hará esta misma tarde, tras la ceremonia.
—No.

Percibió su propio nerviosismo al mencionar la negativa, pero se ordenó guardar la compostura. No importaba qué tan destrozada estuviera por dentro, tenía que mantenerse firme.

—Se hará antes de la ceremonia.
—Disculpe, no había entendido— dijo él corrigiéndose de inmediato, asumiendo el supuesto error y pasando por alto la agitación de ella—. Se programará de esa manera. Pero debo comentarle que, si bien no hay dificultad en que esté en todo momento acompañando el proceso, al momento de llegar al lugar, deberá permanecer un par de minutos en las instalaciones mientras es trasladado desde el vehículo hasta la entrada en donde se realizará el registro de los datos, y de inmediato se reunirá en él.
— ¿Es esto necesario?
—Así es —replicó el hombre prontamente—, ya que en el recinto hay un oficial del registro nacional que comprueba la entrada, autoriza los documentos y deja todo en regla —y, como si leyera su mente—. Es un trámite interno en el que debe estar el ministro de fe de este organismo, y quien lleva a la persona. Sólo serán dos o tres minutos.
— ¿Pero no van a abrir el ataúd, ni siquiera la ventanilla?
—En absoluto, se trata de un trámite legal, todo lo demás ya está solucionado.
—Entiendo. En ese caso no tengo más opción, pero deben darse prisa, que sea el menos tiempo posible. Y que nadie abra la ventanilla.
—Descuide, me ocuparé personalmente de ello.

Y había cumplido al pie de la letra las instrucciones dadas por ella. Cuando bajó del vehículo, apenas tuvo tiempo de convencer a su madre por última vez y entrar, por lo que tuvo una cierta tranquilidad. Sin embargo, quedaba un asomo de duda, una cierta incertidumbre que sería aclarada dentro de un instante. Al fin abrió la ventanilla del blanco ataúd, y lo vio.

—Hola, Jacobo.

Se quedó inmóvil contemplando el rostro del pequeño, lo único visible tras la lámina transparente en el ataúd; la cabeza reposaba sobre una superficie suave y mullida, algo a todas luces innecesario, pero que no dejaba de ser un gesto acorde al momento. En ninguna parte del mundo un niño vestido a con un pijama debería dormir en un ataúd.
De seguro habría muchas cosas que nunca quedarían aclaradas por completo, pero era lo de menos; lo más importante lo había sabido durante la tarde, mientras fingía tranquilidad y aislamiento, pero su verdadero motivo era investigar, e ir más allá.

“No sigas por favor”

Descubrió que la conexión establecida por él era cierta, pero que no era en su caso, lo mismo por lo que antes pasó Vicente, y que después vivió Benjamín: pero no se detuvo: no podía perder tiempo en sentimentalismos, tendría toda la vida para llorar por eso. Al principio sintió que estaba buscando a ciegas, pero poco a poco entendió que se trataba de una mente, que pese a todo funcionaba igual que la de cualquier persona. Había, en cualquier caso, una diferencia fundamental con lo que ella entendía por mente, ya que una vez que se encontró allí, vio alegría, miedo y odio, pero ningún otro sentimiento. Era casi como estar viendo una película, en donde podía decidir, a través de un menú de acceso, qué era lo que quería ver, por lo que aprendió con rapidez de qué forma investigar aquello que le hacía falta saber; era una mente adulta y al mismo tiempo sin una edad determinada, que tenía muchos recuerdos entre los cuales escarbar. Casi todo era Vicente, y un odio tan grande hacia él, que lo impulsó durante lo que pareció una eternidad a perseguirlo, acosarlo, y tratar por todos los medios de convertirse en él; mientras ella buscaba en ese océano oscuro y tenebroso, sentía algo parecido a un ruego, una súplica por el alejamiento, que no dejó de hablar hasta que ella decidió detenerse por un momento.

“No me hagas daño”

— ¿Qué necesidad tengo de hacerlo? —replicó ella con el pensamiento—. Nada de esto estaría pasando si me dijeras qué es lo que pretendías, pero no quieres hacerlo. Tienes el valor para destruir, pero no para responder.

Y siguió buscando dentro de esa mente; encontró el odio hacia Vicente, y la forma en que Jacobo, como se denominaba a sí mismo, quería para sí las cosas que él tenía. Deseaba convertirse en alguien más, pero al mismo tiempo destruirlo ¿Cómo podía subsistir un pensamiento al mismo tiempo que el otro?
Entonces lo recordó.
Recordó que le dijeron que Vicente había cometido un crimen en contra de una persona en un recinto para personas inmovilizadas.
Inmovilizadas.

— ¿Tú eres el hombre que murió?

“No me hagas daño”

El gemido lastimero no la intimidó, ni hizo que cambiara su actitud. Por el contrario, hizo que siguiera precisamente en esa dirección, comprobando que escarbar en sus pensamientos le causaba un enorme dolor.

—Eres tú, todo el tiempo has sido tú. ¿Por qué perseguir a Vicente?

Bastó un poco más de presión, y encontró el recuerdo apropiado, el momento que lo trasladaba a la infancia, y al momento en que su odio había comenzado; un niño inmóvil, odiando a otro sólo por un motivo: que ese otro podía moverse. Recordaba que en algún momento en la universidad había mencionado vagamente el tema, pero no con detalles ¿Entonces se trataba de eso, de una historia con un inicio tan inocente, que había degenerado en una ruta de dolor y muerte?

—Quisiste ser Vicente —dijo en su mente, implacable—. Quisiste quitarle todo lo que tenía, y cuando lograste matarlo a él, decidiste seguir con quien quiera que estuviera relacionado con él; era una forma de eliminarlo para siempre de la existencia. Supongo que después me matarías a mí, y encontrarías la forma de seguir deambulando de un sitio a otro. Como dije, eres un parásito.

La voz volvió a elevarse, dolida, sufriendo a cada segundo; escuchar ese eco mientras con su mente entraba en ella era molesto y persistente como garras en un cristal, pero lo soportaría.

“Déjame ir por favor”

—No.

“Ya no tengo nada —imploró—. No me queda nada, pero estás haciendo esto y duele, es un dolor que no puedo soportar”

—Pero tú causaste esto —replicó ella, casi con sencillez—. Tú lo hiciste, ahora deberás resistir, porque no tienes alternativa.

“Tú no entiendes el dolor que he sentido en esa oscuridad. Y ahora estoy encerrado de nuevo, pero esta oscuridad es completa, no puedo salir de aquí”

—No, claro que  no puedes. Eres un parásito, pero un ser así sólo puede vivir dentro del cuerpo de alguien más, porque se alimenta de él. Y cuando el cuerpo de Vicente estaba agonizando, entraste en el de mi hijo, pero por alguna razón no alcanzaste a hacerlo cuando se trataba de mí ¿Supiste lo que iba a hacer verdad? Descubriste que tu engaño había quedado al descubierto, y trataste de pasar a mí. Lo que creo que pasó es que no tuviste tiempo, que algo en tus cálculos falló y eso hizo que la historia fuera muy distinta a como tú pretendías.

“Por favor, es tanto el dolor que siento”

—Y aún debes sentir más, ¿Por qué sientes ese dolor del que hablas? ¿Qué lo ocasiona?

“Tú —respondió con angustia—.Tú lo estás haciendo, tú me causas este dolor.”

— ¿Al entrar en tus pensamientos?

“Nunca he tenido nada. Nunca pude gritar ni llorar, ni moverme, ni sentir nada en mi cuerpo. Pero nadie había llegado hasta mí, nadie había podido estar tan cerca. Y duele, está causando más dolor del que nunca creí.”

—Seguro no pensaste en eso cuando estabas entrando en la mente de Vicente ¿verdad? ¿Alguna vez te preguntaste cuánto dolor estabas causando, te preguntaste cual fue la horrible desesperación en la que él debe haber cardo caído cuanto llegó el final? No. Seguro que no; no lo hiciste, pero lo sabías.

Las experiencias ajenas eran difíciles de interpretar, ya que dedujo que eran una abstracción de los hechos reales; pero de todos modos quiso averiguar más. Y fue entonces que comprendió que había estado buscando de la forma equivocada, que el odio era su regocijo de una forma similar a la alegría, que si quería saber más, tenía que buscar entre los pensamientos alegres. Y fue en ellos donde encontró algo leve, pero al mismo tiempo satisfactorio en extremo. Encontró una sinfonía, más bien un atronador espectáculo de sonidos de dolor y angustia, y supo que eso en particular, que ese terrible sonido, no representaba otra cosa más que la muerte de Vicente, el momento exacto en que, superado por el poder de algo que no podía contrarrestar, perdió la batalla y se perdió para siempre; sintió sus manos temblar mientras encontraba este recuerdo en especial, y se dijo que no debería seguir, que si encontraba el momento en que se había sobrevenido la muerte de Benjamín, no podría soportarlo, y que por causa de ese quiebre, no podría completar su intención. Tendría que quedarse con la muerte de su hijo, y negarse la a la vez dolorosa y necesaria experiencia de su último aliento; la muerte del cuerpo lo reemplazaría.


3


Cuando comprobó, poco después, que en efecto los padres de Vicente dispusieron de una ceremonia sencilla para despedirlo, y que eso se debía a las acusaciones en su contra, se sintió dolida otra vez, pero lo cierto es que no tenía alternativa, y nada podía hacer para remediarlo; por suerte pudo hablar con ellos y convencerlos de que él nada tenía que ver en realidad con lo ocurrido, pero fue fácil. Sin embargo, estaba ya tan desolada por dentro, que incluso podría haber dicho que fue menos difícil enfrentar esa situación, verlos a la cara y mentirles acerca de una verdad que jamás podrían saber; como padres y personas, estaban dolidos por la muerte de su hijo, y se sentían culpables por crímenes que no tenían perdón, y ella nada podía hacer al respecto. Primero, porque no tenía pruebas de ello, y segundo, porque hacerlo significaría causarles quizás más dolor e incertidumbre. Hablaron durante bastante tiempo, y mientras lo hizo, se aseguró de decirles que, independiente de lo que pudieran decir las autoridades, ellos debían mantener a salvo el recuerdo de su hijo, ya que ella haría lo mismo por su parte; de seguro estarían pensando en sus palabras, y su particular forma de ver la vida, durante mucho tiempo o para siempre, pero al menos pudo quedarse con la tranquilidad que la única sobreviviente de esa familia no iba a odiarlos, ni a tratarlos con desprecio por lo sucedido. En cualquier caso, fue duro verlos y reconocer a Vicente en alguno de los rasgos de ellos, como si de alguna manera estos se marcaran más ahora que el dolor estaba comenzando una nueva etapa y por lo tanto, estuvieran más presentes. Las referencias que hizo ante ellos acerca de Benjamín fue el momento más difícil de todo, pero aún con eso, no pudo llorar, las lágrimas se habían secado en su ser, y quizás no volverían a aparecer. Por suerte ellos tuvieron que esperar hasta el día siguiente para realizar la ceremonia de despedida, por lo que alcanzó a estar presente en el final del funeral, y acercarse al ataúd a despedirse.

—Adiós mi pequeño. Perdóname por no haberte protegido, por no haber podido salvarte del peligro. Espero que estés en un mejor lugar, en donde los sueños se hagan realidad, y puedas volar por el espacio como un héroe. Te amo Benjamín.

Nadie escuchó las palabras que susurró sobre la suave madera de la tapa del ataúd, y nadie nunca las oiría, pero eran para ella la verdad absoluta y, a fin de cuentas, era la única que importaba. Después de eso, y la extensa conversación, se despidió de ellos experimentado un fuerte sentimiento de cansancio, explicable por las muchas emociones a las que había estado expuesta.
La última parte de su camino fue en dirección a la casa hogar en donde se había cometido el crimen anterior; en ese caso fue menos afortunada porque el cuerpo de ese hombre ya había sido sepultado, pero luego pensó que se trataba de lo correcto, ya que de esa forma podría evitar tener en mente un recuerdo traducido en imágenes, las que se grabarían de forma mucho más permanente en su inconsciente; los cosas jamás cambiarían y ella no olvidaría, pero supo que ese rencor y maldad que encontró en esa inexplicable persecución podrían aplacarse mejor y ser relegados a un segundo plano si se trataba sólo de sonidos y palabras dichas en la oscuridad. Utilizó todo su poder de convencimiento, y consiguió que la dejaran entrar al lugar de los hechos, y aunque no logró intimidad ahí, al menos pudo sentirse en el mismo lugar que fue el último que lo vio con vida, y despedirse, esperando de alguna forma que consiguiera descansar en paz.


4


“¿Qué vas a hacer?”

— ¿Yo? No hay mucho que pueda hacer ¿verdad?

Ya había pasado el tiempo suficiente; la conexión entre ella y ese ser oculto aún en el cuerpo inerte de su hijo le había permitido alcanzar un conocimiento algo más extenso de la historia que él había provocado, pero aunque sintiera un fuerte impulso por conocer más y más del origen de aquella situación, tuvo la entereza de asumir que estaba llegando al momento en que esa búsqueda no era otra cosa que un sustituto de todo lo que había perdido, como si de forma inconsciente pensara que a través de la recreación de las últimas escenas de dolor y pérdida, y de saber cómo había pasado, lograra también reconstruir algo de lo perdido. No. No más.

—Dije que eres un parásito, y así lo creo.

“No me hagas daño. Por favor, ya no puedo soportar este terrible dolor”

—Cuando lo dije, no pensaba en la real dimensión de mis palabras, pero ahora lo veo; eres un parásito, y aunque me cueste creerlo, pienso que hay un motivo por el cual ahora mismo, incluso más allá de la muerte del cuerpo de mi hijo, aún estés ahí. Siento que hay algo en ti que perduraría, que inclusive más allá de la muerte, eventualmente encontrarías la forma de seguir, de alojarte en el cuerpo de algún ser minúsculo que apareciera a devorar las entrañas, y a través de ese método encontrarías la forma de regresar, de perdurar y estar siempre presente, volviendo como una pesadilla que no termina jamás.

“Por favor”

Iris oprimió el botón a un costado de la puerta, y en ese momento entendió el objetivo de ese extraño recuadro en la pared, junto a la mesa en la que reposaba el cuerpo inerte dentro de un blanco ataúd; en un instante y de forma silenciosa, el rectángulo de pared se abrió, y el ataúd fue tomado con suma delicadeza por unas manos enguantadas, las que lo retiraron de esa sala, dejándola sola. Mientras el recuadro volvía a su lugar, ella volteó hacia la pared opuesta a la puerta de entrada, en donde se descubrió con lentitud el grueso cristal que permitiría la vista del siguiente recinto, el origen de que se sintiera calor en ese lugar, y que existiera un poderoso sistema de refrigeración en las restantes instalaciones. Había una persona, que antes había extraído el ataúd, cubierta por completo por un traje blanco aislante que le daba un aspecto ligeramente sombrío y amenazador, quien depositó el ataúd sobre un carro alto para en seguida empujarlo algunos pasos hacia su destino.

— ¿Sabes en dónde estás?

“Has entrado en mí —rogó la voz con desesperación—. Yo no sabía que existía este dolor, es mucho peor que haber estado toda mi vida en esa oscuridad.

—Estás en un lugar que está más allá de mí.

“Sólo quisiera volver —continuó con infinita amargura—, quisiera volver a esa oscuridad, en donde nadie podía tocarme, donde nadie podía dañarme de esta manera”

—Pensé que esto no tendría fin —sentenció Iris—. Que te las arreglarías para volver; pero ahora sé que hay una manera de eliminarte para siempre, de destruirte para que jamás puedas regresar.

“¿Qué vas a hacer?”

El hombre detuvo el carro algunos pasos después de llegar al punto al que se dirigía.  El recinto era una sala cuadrada, en donde resaltaban cerca de las paredes algunos dispositivos que parecían repisas metálicas de metal bruto, y en el centro de esta, el gran horno metálico empotrado en una estructura que salía del suelo; había algo fascinante en el lugar, de igual forma que el fuego embobaba a los inocentes, y es que en ese sitio no había nada, parecía sacado de una película antigua sobre el fin de los tiempos, sobre una época en que se realizaran extraños rituales de consagración a la vida eterna, o a la destrucción.

—La única forma de eliminarte es mediante el fuego. El fuego consume la energía, la disipa hasta que ya no queda nada; cuando el cuerpo sea sólo cenizas, no habrá ningún sitio al que puedas escapar, y en ese lugar no habrá nadie ni nada en lo que puedas esconderte. No va a quedar vida alguna en el interior de ese lugar, nada de lo que puedas sujetarte, nadie a quien destruir.

El hombre abrió la puerta del gran horno, ante lo que Iris sintió un involuntario respingo; no supo si fue su idea, pero le dio la sensación de que al abrir, el calor abrasador provocó un cambio en el aire, nublando por un ligero espacio de tiempo la atmósfera alrededor. Pero tan pronto como lo percibió, pasó.

— ¿Puedes verlo?

“¿Qué estás haciéndome?

—No te haré nada —se mantuvo a un paso del vidrio que la separaba del lugar en donde se iba a realizar la operación, mientras el hombre cerraba la puerta y accionaba un seguro. Sintió una pasajera debilidad, pero se forzó a seguir firme, de pie sin afirmarse en nada—. Lo que se hará es un proceso natural en la sociedad, algo de lo que sin duda escuchaste alguna vez ¿cuánto tiempo pudiste estar dentro de la cabeza de Vicente, escuchando todo lo que pasaba a su alrededor? ¿Cuántas veces me escuchaste, o me viste a mí?

“Tengo miedo”

—Deberías sentirte agradecido —replicó ella, casi en un susurro—, lo que va a ocurrir es algo muy bueno, es una costumbre muy usual en algunas culturas. Algunas de ellas ven la cremación del cuerpo como una forma de liberar el alma, y estoy de acuerdo con eso.

“¿Qué?”

—Pero la cremación libera el alma de un muerto, de alguien que ya ha pasado de esta vida. Y en cambio tú, tú sigues con vida. Sigues con vida, sobreviviendo a pesar de la muerte del cuerpo de mi hijo; en tu caso, la cremación será la forma de destruirte para siempre.

“¡Nooo!”

El hombre salió de su campo visual, de seguro para activar el mecanismo. No se vio ni oyó nada en el interior, pero un débil resplandor rojo, que provenía de una pequeña luz al costado de la puerta del armatoste, indicó de forma silenciosa que había comenzado el proceso; Iris sintió una oleada de dolor, que no era causado por la conexión que todavía permanecía en su mente, sino por el conocimiento concreto de que el cuerpo de su hijo estaba a punto de perderse para siempre. Pero insistió en ser fuerte, en mantenerse a pesar de lo que estaba pasando; después de todo, su hijo ya estaba muerto, sólo faltaba terminar el círculo. De seguro la sala en la que estaba tenía un aislamiento para el sonido al igual que para el calor, pero eso no impidió que con su mente pudiera seguir viendo el interior de aquella otra.

—Ahora estás en el interior de un gran horno ¿Puedes verlo?

“¡No por favor! ¡Tengo miedo, sólo quiero volver a la oscuridad!”

—El cuerpo está siendo acosado por el calor —determinó como si pudiera ver el interior de la atroz máquina—, y cuando las paredes externas se derrumben, podrás ver una luz que te va a envolver.

“¡Sácame de aquí! ¡No quiero sufrir más, no me hagas esto, te lo suplico!”

Iris se quedó muy quieta, conservando la vista fija en el horno mientras se realizaba el proceso y guardaba un silencio absoluto; su mente se llenó por un momento de un sonido horroroso, un agónico grito que se expandió como un eco sin fin, un ruego traspasado de dolor más allá de cualquier comprensión, quizás excepto la suya. De pronto esa voz, ese rugido impregnado de desesperación simplemente se cortó, y la mente de la mujer quedó vacía de todo, desprovista de otros pensamientos que no fueran los suyos. Se volvió hacia la puerta y se acercó a ella, pulsando el botón de llamada que hizo que el mismo hombre de antes apareciera en un instante, con una expresión muy solemne en el rostro.

— ¿Necesita ayuda?
—Ya no —replicó ella de un modo enigmático—. El proceso terminó.
—Así es —asintió él con un movimiento imperceptible de la cabeza—. Dentro de unos minutos tendrá el ánfora.
— ¿Pueden hacerla llegar a la capilla donde se va a realizar la ceremonia? No quiero esperar aquí.
—En eso no hay ningún problema. Acompáñeme por favor.

Iris dio una última mirada al cristal que la separaba de la siguiente sala, y vio con una especie de tranquilidad el horno, en cuya puerta la luz roja ya se había apagado.
Respiró profundo y pensó en esa mente, sin decir palabra, intentando entrar o localizarla como ya había ocurrido en el pasado, pero no encontró nada. Solo silencio.


Fin





No vayas a casa Capítulo 31: Sé que me escuchas




Los peritos tuvieron que llevarse el cuerpo de Vicente para realizar una serie de análisis, pero por suerte no fue necesario hacer lo mismo en el caso del pequeño: el doctor que llegó al lugar de los hechos confirmó que la muerte se había debido a un ataque al corazón y no a agentes externos, por lo que permitieron que se quedara junto con Iris; ella estaba muy callada, y se limitó a trasladarlo del baño al cuarto de invitados, y a afirmar que no iba a estar en su cuarto ni en el matrimonial. Juan Miguel se encargó de llamar a los padres de Vicente y la madre de Iris, y de dar la mala noticia antes que se enteraran por las noticias de aquella situación tan dramática. Antes de mediodía, sin embargo, mientras la casa aún estaba acordonada y sólo había llegado la madre de Iris, recibieron una noticia que cambió todo el panorama: la policía recibió la información de un crimen ocurrido fuera de la ciudad, en un sanatorio para enfermos incapaces de valerse por sí mismos; lo que relacionaba a este crimen con ellos es que la descripción del intruso que cometió el acto coincidía con la de Vicente durante la jornada anterior, y además de eso, su automóvil había sido visto en las cercanías. Juan Miguel optó por impedir que esta información llegara a Iris, lo cual no fue tan complejo considerando que ella estaba recluida en el cuarto de invitados, pero no podía hacer nada respecto a su madre.
Gloria parecía mucho mayor de lo que era, y definitivamente muchísimo más alejada de la imagen que él tenía de ella del pasado; cierto era que la había visto cinco años atrás o así, pero en realidad el cambio en su persona era profundo: llevaba el cabello corto, encanecido hasta un tono gris casi por completo, que se veía deslucido y sin brillo; de constitución antes recia, ahora parecía demasiado delgada, un poco encorvada y sin fuerzas, aunque de todo, la expresión de sus ojos era lo que reflejaba con más claridad el estado en el que se encontraba. Recibió la noticia por teléfono con una extraña tranquilidad, que quizás tuvo su explicación en las palabras que dijo antes de despedirse de la comunicación a distancia “aún puedo sentir tristeza, pero ya no es lo mismo”

— ¿Están seguros de que él fue el responsable?

La pregunta era retórica, pero dicha con más entereza moral que la que demostraba su aspecto; la policía confirmó el hecho.

—Lo lamento mucho. Lo cierto es que él, en efecto, ha sido reconocido por las fotografías, y tenemos la confirmación del automóvil en el lugar de los hechos.
—Gracias.

Sucedió un largo silencio, en el que ella, sentada en el sofá y él, a un lado sin acercarse, no dijeron nada. El tiempo parecía detenerse por momentos mientras no entraba ningún oficial en la casa.

—Era tan pequeño –dijo de pronto—, estaba tan lleno de vida, pero al parecer no pudo soportar lo que vivió.

No estaba haciendo una pregunta, y de hecho, a él le pareció que ni siquiera estaba hablando enteramente de su nieto; de cualquier forma, su esposo había muerto en trágicas circunstancias también.

— ¿No deberíamos acompañar a Iris de alguna manera?
—No hay nada que podamos hacer por ella –replicó la mujer, quien al decirlo pareció más anciana y cansada—. Iris quiere estar sola, y yo lo respeto: el dolor que está sintiendo es algo que no conozco,  yo perdí un esposo, pero jamás un hijo.
—Pero ella va a necesitar ayuda y compañía.
—Y la tendrá, de las personas que la queremos, pero no ahora. Ésta a solas con el cuerpo… —hizo una pausa, atenazada por la tristeza, pero logró controlarse–, de su hijo, es natural que quiera estar sola; los hijos son un tipo de amor distinto a cualquier otro en el mundo, porque hay algo animal en esa conexión. Por eso es que las madres, y algunos padres también, podemos saber cosas de nuestros hijos que no tienen explicación.
—No puedes mentirme, soy tu madre.

Lo dijo casi sin pensar, pero era el recuerdo de una de las frases favoritas de su madre. Y estaba esa mirada, esa inexplicable expresión que le decía “Sé que está pasando algo. Puedes negarlo, pero yo sé que es así”

— Sí, eso mismo. Iris siempre ha sido una mujer muy fuerte e independiente, lo fue desde niña; ella sabe lo que quiere, y lucha de forma honesta por hacer las cosas siguiendo su corazón. Es una persona compasiva, que puede ponerse es el lugar del otro, y entender mucho más allá de lo que parece; pero esa fortaleza también puede ser considerada una debilidad, porque se involucra con todo. Le importa. Y ahora que ha pasado esto, no sé realmente qué pueda pasar en el futuro.

Juan Miguel había estado retrasando la pregunta, pero no tenía más opción que hacerla; estaba tan involucrado ahora que tenía que enfrentar la situación de cara, no de costado.

— ¿Va a decirle lo que pasó en ese sanatorio?
—No tiene sentido no hacerlo, lo sabrá de todos modos –reflexionó la mujer en voz baja, en un tono casi inaudible—. Pero no necesita saberlo ahora. Su esposo, el padre de su hijo, el hombre al que amó con tanta fuerza está en los archivos de la policía, o como se llamen, y han descubierto que cometió un asesinato contra una persona indefensa; eso es algo terrible, pero Vicente intentó matarla a ella y a Benjamín, y en cierta forma lo logró con él ¿Qué importancia tiene en comparación con eso lo que haya podido hacerle a un desconocido? Ahora mismo, la haría sentirse peor y no quiero que pase por eso. Además, Iris necesita aprovechar el poco tiempo del que dispone.

Juan Miguel asintió en silencio. En eso tenía razón, porque luego, con la llegada de más personas allegadas, y a partir del momento en que los especialistas de la policía terminaran de recolectar las pruebas, el espacio íntimo de esa casa quedaría terminado para siempre; la armonía y el universo propio estaban destruidos de forma irremediable, pero la llegada de más individuos quebraría lo poco que quedaba.

—Quizás debería llamar a un servicio especializado.
—Lo hice mientras venía de camino –replicó ella con aire ausente—. Aunque en realidad se trata de la empresa que contraté cuando al padre de Iris enfermó, fue una precaución familiar que tomamos en un momento en que él aún estaba lúcido; así que sólo tuve que llamarles y decir que los necesitaba de nuevo.

¿Qué sucedería con Vicente? Su cuerpo estaba en manos de los especialistas, que tendrían que confirmar que su muerte se debió a la legítima defensa llevada a cabo por Iris en un momento de extremo peligro, pero luego de eso, se tendría que hacer algo ¿Se encargarían los padres de él, que venían de camino al recibir la triste noticia? Como si leyera su mente, Gloria hizo un comentario acorde tras un nuevo silencio.

—Gracias por avisarle a los padres de Vicente por mí. Has sido de un valor incalculable para nosotras.
—No hay nada que agradecer. Me habría gustado hacer más.
—Si nadie pudo hacer nada en el caso de su padre ¿cómo podría haber sido en este? Hablé con Iris un par de días antes, me contó lo del cambio de trabajo de Vicente y algunas otras cosas, estuvimos hablando. Y no había nada que me hiciera sospechar ¡Por Dios! Que la hiciera sospechar a ella misma que estaba pasando algo tan grande mientras conversábamos ¿Cómo podrías haberlo sabido tú? Lo que sea que haya pasado por la mente de Vicente, sin duda fue algo que radie habría podido prever.

Él asintió, aunque sin sentirse seguro del todo. Recordaba su conversación con ella, la forma en que estaba preocupada por él y cómo ambos comenzaron a atar algunos cabos; Sin embargo, para ese momento Vicente ya estaba desaparecido, por lo que cualquier hecho anterior podía interpretarse de otra forma distinta a la original, aun cuando esto no fuera así.
Recordó que cuando se reunieron para nadar, él notó un moretón en una pierna en Vicente, y aunque por deformación profesional le habría preguntado a qué se debía, no lo hizo porque la conversación tomó un curso diferente, sin embargo esto no revestía una mayor importancia por sí mismo; al verlo en retrospectiva y por el lugar en donde el golpe estaba ubicado, resultaba sencillo sospechar de ello, ya que era del tipo de golpe que no se produce por una simple caída, sino por la acción en medio de una pelea, o por causa de un ataque. Y, por supuesto, al saber que Vicente estaba desaparecido, lo normal era suponer que esa herida de un día pasado podido deberse a alguna acción fuera de lo normal, pero lo concreto era que en el momento indicado no tenía nada. No podía dejar de ver en su cabeza el rostro de Vicente, desfigurado en una mueca tan violenta como ajena a él, algo que se había convertido en la máscara de su muerte y en un recuerdo que tendría que luchar par disociar de su amigo.


2


El cuarto de invitados era el único sitio de la cosa que no estaba decorado ni personalizado; aunque no eran en realidad una familia que acostumbrara invitar gente, resultó una idea óptima y que podía permitirse por el espacio interior, cuidando además de la intimidad del matrimonio, ya que se encontraría en el primer piso. En el futuro fue útil ante alguna visita familiar o reunión con amigos cercanos, pero siempre se mantuvo la idea de una estética interior minimalista que procurara comodidad, pero manteniendo una sutil distancia con el resto de la propiedad, por lo que tenía el mobiliario básico, y tanto las paredes como las cortinas eran de colores claros para permitir una mejor iluminación y descanso. Iris entró en ella con el cuerpo en brazos, aunque sin abrazarlo, y lo depositó con sumo cuidado en la blanca cama, para después tener movilidad y poder acercar una silla, que puso de forma silenciosa junto al lecho.
La oficial de policía, muy correcta y comprensiva, en cuanto la vio en el baño junto al cuerpo, actuó de forma muy humanitaria, y le hizo las mínimas preguntas, además de acompañarla en todo momento.

—Señora ¿Puede escucharme?
—Sí, escucho.
—Voy a acercarme ahora ¿Querría ponerse de pie, por favor?
—Está muerto –replicó ella, la vista perdida en la nada—, está muerto, ya no respira.

La mujer no dijo nada durante unos segundos, momento a en el que ella comprendió que no estaba sola; claro que no, los policías siempre iban en parejas. Acompañados en los momentos más difíciles. Escuchó que murmuraba algo, y luego unos pasos silenciosos se dejaban escuchar en el pasillo. La mujer policía la rodeó, y se inclinó sobre el suelo, acaso para poder establecer contacto visual, para no parecer una figura de poder ante ella, o ambas. Dirigió una rápida mirada al pequeño cuerpo recostado boca arriba en el borde de la bañera, pero se concentró en ella.

—Señora, está herida, déjeme ayudarla aponerse de pie.

Iris no reaccionó ante estas palabras; sentía que no podía sentir nada.

—Está muerto.
— ¿Puede decirme lo que pasó?

Iris guardó silencio un momento, el que se tomó para observar a la mujer. Era joven, tendría treinta a lo sumo, pero su expresión compasiva y su mirada determinada hablaban mucho de su experiencia. Si bien era cierto que el otro oficial estuviera haciéndose cargo del cuerpo en el primer piso, ella en ese instante estaba dedicándole toda su atención. Tal vez comprendiera.

—Él intento matarnos, entró en la casa con esa intención.
— ¿Se refiere al hombre?
—Fue mi esposo, pero en ese momento ya no lo era. Era un monstruo.

La mujer hizo un leve asentimiento, suficiente para darle confianza, pero no válido como confirmación.

— ¿Cuál era su nombre?
—Se llamaba Vicente.
— ¿Qué ocurrió cuando llegó, puede decírmelo?
—Tendré que decirlo de todos modos –replicó ella agriamente—. Vicente desapareció; y cuando volvió en la madrugada, con esas heridas… no era él, ya no era más él.

La oficial había escuchado eso antes; el punto de quiebre en que una persona pasaba al otro lado de una línea invisible dejaba de ser a quien todos habían conocido Esa también era su experiencia en el trabajo que realizaba.

— ¿La atacó?
—Su principal objetivo era Benjamín.
— ¿Se lo dijo?
—Sí –afirmó sin un ápice de duda—. Intenté detenerlo, pero tenía tanta fuerza…
—Usted intentó detenerlo.
—Sólo me importaba mi hijo —repuso con lentitud–. Él estaba en el segundo piso y cuando corrió hacia él, yo sólo necesitaba detenerlo el tiempo suficiente, sólo lo necesario para que alcanzara a salir de la casa.

Hizo una pausa, en la que la oficial paseó la mirada por los distintos golpes que tenía en la cara. Todo estaba tan silencioso en ese cuarto de baño, que por momento parecía no haber nadie.

—Dígame qué sucedió, después.
—Me golpeó, pero yo lo sujeté, le grité a Benjamín que corriera, que escapara de aquí. Después fue todo tan rápido, él se arrojó contra mi hijo y… yo intenté arrebatarle el cuchillo; forcejeamos, él tenía tanta fuerza y… después sólo ocurrió.
— ¿Quién tenía el cuchillo?
—Estaba en el suelo.
— ¿Usted lo tomó, o fue él?
—Yo lo tomé, fue lo único que se me ocurrió. Pero no quería que pasara esto, yo sólo… sólo quería que mi hijo estuviera a salvo, pero no pudo correr lo suficientemente rápido. Creo que el miedo fue demasiado para él y yo…yo debí haberlo salvado.

La mujer policía desvió la mirada hacia el cuerpo del pequeño, que estaba de espalda sobre el costado de la bañera, con el cuerpo mojado y los ojos cerrados en una inconfundible expresión de dolor; pero, aún con eso, tenía que hacer otra pregunta más.

— ¿Por qué lo trajo aquí?
—No quería que estuviera así, que la sangre… no quería que nadie lo tocara, que nadie volviera a hacerle daño jamás.

Hizo una nueva pausa, que la policía interpretó de la manera correcta. Le preguntó con mucha cautela si estaba en condiciones de moverse, y le hizo ver que tenían que salir de ese sitio, que no podía quedarse con el pequeño cuerpo ahí de forma indefinida. Sugirió llevarlo al cuarto contiguo, pero Iris se negó, y le dijo que lo llevaría al cuarto en el primer piso, que ahí estarían tranquilos.

—No quiero que se lo lleven.
—Vendrá un médico a comprobar lo que ha sucedido.
—Pero  no pueden llevárselo.

La oficial sabía que no dependía de ella decidir eso; en cualquier suceso violento, era necesario realizar exámenes sobre los cuerpos, los que de seguro se harían en el que estaba en el primer piso, aunque no con tanta seguridad en el del pequeño. Comprendió que al existir la posibilidad de muerte por un ataque al corazón, había una opción de que se determinara la causa de muerte en el sitio y no fuera necesario realizar otra clase de exámenes tanatológicos.

—Hablaré con las personas indicadas, pero debe comprender que es probable que sea necesario.
— ¿Se lo van a llevar?

Tardó  un instante en comprender que estaba hablando del cuerpo de Vicente en el primer piso.

—Sí, será necesario. También será necesario que usted haga una declaración oficial, pero de momento puede esperar. ¿Necesita ayuda para ponerse de pie?
—No.

El gesto físico demostraba con más énfasis que las palabras, y la policía, entendida en la materia, no hizo ademán de acercarse, dejando que Iris tomara el pequeño cuerpo y bajara junto con ella uno a uno, los peldaños.

—Necesito estar a solas en el cuarto.

De eso ya había pasado algún tiempo.


3


¿Dónde estaba? De pronto todo se volvió oscuro, y no supo con exactitud lo que había sucedido, hasta que un instante después los recuerdos volvieron de golpe: estaba en el cuarto de baño, dominado por la fuerza física de ella que era superior a la de ese nuevo cuerpo que tenía, pero se dio cuenta de que la mujer estaba en el límite de sus fuerzas; de alguna forma inexplicable, ella había descubierto la verdad, había visto en él y llegado hasta donde jamás nadie antes, hasta la realidad de quién era él en realidad, más allá de lo que pudiera decir, y cuando lo supo, entendió también que su hijo no estaba en ese cuerpo, lo que desde luego la llevó al extremo que él estaba esperando. Eso era lo que necesitaba, que estuviera frágil, que llegara a un punto en donde nada más importara, y estuviera dispuesta a todo, incluso a sacrificarse con tal de conseguir que su hijo regresara; y él se lo prometió, le dijo que lo traería devuelta, con lo que estableció un nexo entre ambos, la conexión necesaria para que la determinación de la mujer cediera, y la duda en su mente diera espacio a la debilidad suficiente. Tocó sus brazos y la vio estremecerse, y descubrió con alivio que ya estaba hecho, que faltaba sólo un paso más y todo estaría terminado.
Sin embargo, ahora, todo estaba oscuro.

—Sé que me escuchas.

Sintió una especie de sobresalto al escuchar este voz: se trataba de una voz serena, desprovista de sentimientos, que hablaba de una forma monótona, plana y sin emoción, pero que a la vez transmitía algo doloroso, algo que le hacía daño a él ¿De qué se trataba?

—Sé que estás escuchándome.

¿Dónde estaba, porqué estaba tan oscuro?

—Estás en el cuerpo de mi hijo. Está muerto.

Escuchar eso hizo que las imágenes aparecieran de golpe en su mente; el contacto estaba establecido, sólo era necesario terminar con el proceso, concentrarse al máximo como lo había hecho minutos antes, y tomar nuevamente el lugar correspondiente en donde estaría otra vez seguro. Pero algo cambió, ella no cedió a los intentos de él, ni se dejó doblegar como un momento antes había previsto y sentido, y en cambio, volvió a sumergirlo en el agua.
Y gritó.
Gritó porque sintió que lo que estaba pasando era opuesto a las dos veces anteriores, porque algo horadaba su entendimiento y su capacidad por completo, dejándolo vulnerable, enfrentado a algo que no era capaz de identificar con claridad. Estaba sucediendo algo, se estaba estableciendo una conexión entre ambos, pero se trataba de algo que nunca antes había conocido, algo que estaba doliendo mucho, y que no dependía de él ¿cómo era posible llegar hasta un nivel como ese? Luchó por mantener el control, por hacerse del lugar en ella, pero la fuerza inexplicable que venía desde su interior era como el oleaje, como el agua en la que estaba inmerso, que llenaba todo  espacio sin poder oponer resistencia. El grito que emitió permitió que el agua entrara con más rapidez, y llegó hasta la garganta, cubrió ojos y oídos, y bañó la piel con una sensación que era al mismo tiempo suave, y aterradora. Luchó con más fuerza, y trató con todas sus ganas de llegar al objetivo, entrar en la mente de ella y quedarse ahí para siempre, de forma irrevocable. Utilizó toda su fuerza, y se dijo que no sería vencido con tal facilidad, que había superado demasiadas cosas como para darse por vencido con facilidad. Entró en la mente de Vicente tras una cuidadosa planeación, y en la de ese niño en un momento crítico ¿Cómo podía perder a esta oportunidad, teniendo la ventaja de la experiencia y el conocimiento previo?

—Estás muerto.

¿Por qué estaba otra vez dentro de la oscuridad?

—Porque estás muerto.

Sintió una nueva oleada de pánico ¡Estaba respondiendo a su pregunta!

—Pero tú ya sabes lo que es la muerte. Tú la causaste antes. Tú eres el responsable de la muerte de Vicente, y también de Benjamín.

Esa voz era demasiado calma y segura, transmitía un convencimiento absoluto que demostraba que, en efecto, tenía conocimiento de lo que hablaba, y no dudaba de ello. El agua seguía estando por todas partes, y no podía respirar, no podía utilizar la fuerza física porque ese cuerpo simplemente no la tenía.

— ¿Tienes miedo?

No, no era posible, lo que decía tenía que ser producto de su miedo y confusión ¡Eso era! Estaba sujetándolo aún, y mantenía sus ojos cerrados para seguir manteniendo el control y con eso, tratar de ganar.

—No te mientas. Sabes bien que no es eso.

Se dijo que debía volver a su centro, recuperar la concentración y tomar el control de la situación; no importaba de qué artimaña se tratara, no podía ganarle.

— ¿Él supo lo que le hiciste?

¿Qué? No entendió a qué se refería, pero de seguro era parte de su desesperado intento por controlarlo; no la dejaría, al final él se impondría, al igual que en el pasado.

— ¿Qué eres, una especie de parásito?

Esa oscuridad no podía ser lo que aparentaba, sólo era un truco, ocasionado por la persistente mirada de ella, pero nada más.

—No, no es un truco. No puedes ver porque los ojos del cuerpo de mi hijo están cerrados. Porque su corazón dejó de latir, y nunca más lo hará.

Sólo en ese momento prestó atención a eso, y sintió que todo cambiaba por completo. Cuando entró en el cuerpo de Vicente y lo destruyó, tuvo la oportunidad, por primera vez, de sentir lo que era tener un cuerpo que se movía, no esa asquerosa cáscara en la que había estado tanto tiempo; y, entre muchas otras cosas, supo lo que era ver, respirar por sí mismo, escuchar en los oídos el sonido de la voz, e internamente el latido del corazón. Ahora sólo había silencio.

Iris estaba aún sentada en la silla, junto a la cama. Ahora todo era mucho más concreto, porque sabía lo que estaba sucediendo, a diferencia de antes. Ahora no había inseguridad, ni miedo, ni siquiera un poco de temor ante el suceso por completo extraordinario que se estaba dando; era algo superior a ella, como si con la desaparición de su hijo se hubieran secado las lágrimas y las energías para sentir algo dentro de ella. En el momento en que lo sumergió por última vez, sabía a ciencia  cierta que ya no se trataba de su hijo, sino de algo que no podía identificar con claridad, pero que de alguna manera existía, y que había causado la extinción de la vida de Benjamín ¿Sería ese el término correcto? Extinción de la vida sonaba impersonal, pero era acaso más correcto que decir muerte, porque hasta que su cuerpo no lo estuviera, de alguna forma no estaría muerto en realidad, siempre quedaría algo de él en su presencia. Y, mientras lo mantenía sumergido, ocurrió algo que supo desde el primer instante, nunca podría decirle a nadie, porque nadie lo creería. Ocurrió que vio dentro de él, que lo que un momento antes había sido la confirmación de todo a través del acto de mirar en sus ojos, ahora se expandía a un nivel mucho mayor, más complejo y completo. Tal vez estaba sosteniendo el cuerpo de su hijo, pero en su mente estaba viendo en la de alguien más, alguien horrible y amenazador: no tenía una forma específica, no era algo o alguien a quien conociera o pudiera identificar, pero estaba ahí, dentro del cuerpo de su hijo. Sintió un dolor imposible de explicar cuando comprendió que el hecho de que esa cosa estuviera ahí, que ella no pudiera ver a su hijo en sus ojos, significaba que lo había perdido, que le había sido arrebatado casi enfrente de sus ojos, y que nada lo traería de vuelta. Comprendió también, que la maldad que habitaba en ese ser que ocupaba ahora su lugar era tal, que no sólo había destruido a un niño inocente, sino que era capaz de utilizar su cuerpo como hábitat, y su recuerdo como arma. Había dicho “Si me dejas ir, lo traeré de vuelta” y con eso había dicho de su naturaleza mucho más que con cualquier otro acto.

—Fuiste por Vicente en primer lugar –declaró con simpleza, sin un asomo de sentimiento en la voz—,  y luego de él fuiste por mi hijo ¿Quién seguía, yo? ¿Por qué nosotros?

No iba a haber respuesta. Existía ahora alguna clase de conexión, pero en la que ella podía ver y transmitir, pero no recibir información; y de una forma sabía que estaba siendo escuchada. Pero al pensar en esto, entendió que en realidad sí podía conseguir información, sólo que no sería a través de respuestas, sino de los pensamientos de ese ser.

—Ahora sé algo, algo que no sabía hace poco; quisiste hacer una conexión conmigo, y lo lograste, pero parece que no de la forma en que tú querías.

Durante un momento quiso ponerse de pie, y gritarle lo que estaba pensando, pero se dijo que eso no sólo no era viable, sino que además sería ridículo, y pondría en riesgo la débil intimidad que mantenía, y que no iba a durar mucho tiempo. Tenía que aprovechar cada segundo.

—Voy a averiguar todo por mí misma.
—Por favor no lo hagas.

Había aprendido en un instante a convertir los pensamientos en palabras, para que a pesar de no poder hablarle a su mente, ella leyera lo que pasaba en el interior de ese inexplicable ser, lo que quería decir sin duda, que ya lo había hecho antes.

— ¿Por qué razón no lo haría?
—Es lo único que tengo –rogó la voz—. No tengo nada más.

Antes creyó que nunca volvería a sonreír, pero ahora supo que sí podía hacerlo. Una sonrisa demencial, en cualquier caso, pero que se transmitía al interior de su mente, volviéndola feroz y violenta. Por primera vez desde que tuvo la seguridad de lo que había pasado, supo que esa historia, en realidad no había terminado para ella.

—Oh, pero tú sí pudiste estar en ellos ¿verdad? Te metiste en la cabeza de Vicente ¿Así fue como lo llevaste a la locura? ¿Así fue como lo usaste para llegar hasta mi hijo, y asesinarlo? Voy a saber toda la verdad ¿Querías hacer conexión conmigo? Ya la hiciste, ahora voy a entrar en ese pozo negro que eres, y lo voy a averiguar.
—No me hagas daño.

Iris ahogó una risa enloquecida.

—No puedo hacerte daño. Después de todo, eres sólo un producto de mi imaginación, proyectado en el cuerpo de mi hijo.
—No lo hagas.

Contuvo la respiración, y miró más allá del cuerpo inerte sobre las sábanas blancas. Y sintió que ahí, en algún sitio, en medio de la nada, se escuchaba un grito.



Próximo capítulo: Aunque no me veas

No vayas a casa Capítulo 30: No te sueltes



Algo no estaba funcionando bien. En un principio creyó que se trataba del efecto inicial, pero luego de determinado tiempo, no estaba seguro, y comenzaba a preocuparse.
Por supuesto que se trataba de algo sorpresivo, y esperó tener ciertas complicaciones al respecto; el plan original consistía en disponer de un espacio, en que nadie los interrumpiera, esa misma noche en el cuarto quizá, y hacer el mismo cambio que unas horas antes realizó con Vicente ¡Lo que podría lograr a partir de ahí era inimaginable! Cuando entró en la casa, vio que la mujer estaba alterada, y le pareció lógico por el tiempo que Vicente llevaba ausente, pero a poco andar comprendió que algo no estaba bien. ¿Por qué lo miraba de esa manera, que había de diferente en ese cuerpo? No se trataba sólo de las heridas, había algo más, como un tono de alarma en sus ojos, algo que no lograba identificar.
Y entonces ocurrió lo inesperado, y ella reaccionó como un animal rabioso, lanzándose contra él para atacarlo, para dañarlo ¿Qué clase de persona se atrevía a hacer algo como eso? Ella no era así, había visto a través de los ojos de Vicente que aunque era de carácter fuerte, no sería capaz de intentar dañar a alguien Y sin embargo, lo atacó de forma directa, dominada por una fuerza muy superior y que lo sorprendió. En ese momento comprendió que los planes tendrían que cambiar, y que era imprescindible apropiarse del pequeño antes que ella lo arruinara todo. Pero era él quien estaba en control de sí mismo, quien sabía lo que en realidad estaba pasando, y además tenía la fuerza necesaria para adelantarse los hechos. Hizo todo lo posible por librarse de ella, pero la mujer tenía una fuerza y determinación implacable; ese era un tipo de fuerza que él no conocía, y que hizo que las cosas fueran cuesta arriba. Cuando descubrió que ella lo que en realidad intentaba era apartar al niño de él, supo que era necesario poner fin a todo eso, antes que alguien más se interpusiera; de un momento a otro vio el cuchillo; y supo que el arma con que había sido atacado serviría también para dar término a una situación que se estaba volviendo en su contra. Gritó, y luchó por quitar del brazo el objeto, presa por un instante de un miedo que no podía explicar, y que iba más allá de lo que pasaba simplemente en el brazo: había una señal que se transmitía desde allí hacia la cabeza sin que pudiera hacer algo al respecto; luego, casi como de forma automática, se activó en él un nuevo sentimiento, algo que no había sentido jamás, pero que de alguna manera percibió en el propio Vicente cuando estuvo tan cerca de librarse de él. Se volvió todo de un color que no podía explicar, como si las cosas a su alrededor pasaran a segundo plano, y sólo pudo pensar en una cosa: que ella no podía llegar hasta el niño antes que él. Arrancó con furia el cuchillo del brazo, y sin tomar en cuenta el daño que pudiese hacerle esa herida, corrió tras ella, para disminuir la distancia; quería golpearla, quería hacerla sentir ese dolor y mucho más por atreverse a hacerle algo como eso, pero supo que si ella estaba dotada de esa energía tan desconocida, también sería un riesgo a tener en cuenta. Mientras subía las escaleras a toda velocidad, escuchó la voz del pequeño, y un instante después lo vio, pero no a tiempo para alcanzarlo antes que los brazos de esa mujer enloquecida ¡Pretendía quitárselo! Jamás iba a permitir eso, de forma que la golpeó y se lo arrebató, pero ella siguió luchando con él, lanzando golpes e interponiéndose, aunque solo hasta el momento en que pudo golpearla en la cara y quitarla del camino; estuvo tan cerca de lograrlo, faltó tan poco.
Y Sin embargo, ambos fallaron.
Por una milésima de segundo, a lo largo de una distancia casi imposible de estimar, lo tuvo al alcance de sus dedos, pero la caída y los descontrolados movimientos de ella confabularon para que el arma escapara de sus manos.
Después, vino un sentimiento de horror.
No había tenido oportunidad de conocer el dolor físico en el cuerpo de Vicente, y sabía que el suyo en el pasado era una dimensión diferente; pero pudo experimentar con las heridas que había en manos y piernas, palpando y reconociendo qué era lo que se producía en su ser al sentir algo como eso. No era agradable, y en realidad resultaba bastante molesto, pero era parte de las muchas cosas que tenía que saber para utilizar ese cuerpo al máximo. El ataque con el cuchillo fue otra cosa, algo que sintió como una explosión desde el centro mismo de ese cuerpo, una oleada que se expandió por el brazo, rodeando la herida con un mar de sensaciones críticas y confusas. Pero después, en el momento mismo de caer al suelo junto con ella, ambos con nada más en la mente y los sentidos que el arma que podía definir todo eso, fue él quien sintió la herida, y el dolor que experimentó fue mucho peor que el del brazo. Algo estaba saliendo terriblemente mal, porque sintió que el cuerpo dejaba de responder, y al mismo momento que la visión se le nublaba; su mente recordaba cosas acerca de las heridas, y supo que todo estaba en juego, que la apuesta mayor debía ser justo ahí, o jamás. Casi al límite de las fuerzas, logró tocar al pequeño, y se concentró al máximo, mirándolo con una intensidad inusitada y luchando por conseguir de forma repentina algo que lo era todo en ese momento ¡El cuerpo de Vicente estaba muriendo! Sintió la reacción física, la forma en que los miembros perdieron control, y el propio cuello se retorció intentando poner distancia en donde el niño clavaba con fuerza el cuchillo, casi con precisión quirúrgica; luchó y luchó, con más ahínco que la vez anterior, sabiendo que se trataba de la única oportunidad que tendría, que si el cuerpo de Vicente moría con él dentro, ya nunca podría escapar.
Perdió todo control y sentido de lo que estaba pasando, quiso gritar y escapar, pero no pudo hacer ninguna de estas cosas. Todo se volvió oscuro.
Y luego regresó a los sentidos y a ver, y vio el cuerpo de Vicente sobre el de la mujer, tendido boca abajo, y supo de inmediato que había muerto, de la misma manera que supo que el cuerpo en la casa de reposo, con Vicente dentro de él, lo había hecho en su momento; estaba otra vez en un nuevo sitio, y había salido victorioso de nuevo.
Pero no pudo moverse, ni reaccionar.
Su cuerpo, su nuevo cuerpo, estaba en la misma posición que lo recordaba de antes de realizar el cambio, con las manos sujetando el cuchillo cuya hoja casi no quedaba a la vista, penetrando en la piel y la carne del cuello. Aún existía algo que no podía definir, pero que podría ser un acto reflejo, en el que seguía presionando, de rodillas en el suelo, con la cabeza un poco ladeada, a tan sólo unos centímetros del cuerpo inerte, que ya jamás volvería a levantarse desde donde estaba. Si el cuchillo estaba en esas nuevas manos, no podía estar entonces clavado en la mujer, lo que significaba que seguía viva y siendo un peligro ¡Un momento! Todo eso se desencadenó, de seguro, porque ella sintió que su hijo estaba en peligro, porque percibió algo o tuvo un presentimiento acerca del regreso de Vicente, y decidió pasar a la acción. Pero ahora el Vicente que ella conocía estaba muerto de todas las formas posibles, y lo que le quedaba era, de hecho, la persona a quien había tratado de proteger y salvaguardar con todas sus fuerzas ¿Qué podía ser mejor que eso? Tendría la protección necesaria, y todas las sospechas caerían con fuerza sobre ese cuerpo inerte que había alcanzado a abandonar, dejándolo a él en un nuevo sitio de comodidad, bajo el mismo precepto indestructible del amor; porque eso era cierto, ella amaba a su hijo, al igual que Vicente en el pasado. Se dijo que seguramente, la dificultad para moverse tenía que ver con lo repentino del acto, y el nulo conocimiento de los recovecos de la mente de ese niño.
Pero el niño estaba acosado por un terror indescriptible, y al verse a riesgo, reaccionó como la mayoría de los seres en una situación similar, intentado defenderse de su agresor. ¿Quién podía decir en verdad que el amor era un sentimiento tan poderoso? Sólo se trataba de ideas con que las personas se engañaban de forma constante, usando sus palabras y sus habituales mentiras. No, el amor no era más que una palabra, cuyo significado era modificado según la conveniencia de cada quien; al final, en el momento decisivo, las personas siempre elegían defenderse a sí mismas cuando no les quedaba nada más, y en ese momento, lo más probable es que el hijo pensara que la madre estaba muerta, por lo que siguió el único camino que le quedaba. Nunca podría conocer con detalle el dolor y miedo experimentado por el niño, por lo que esa diversión le quedaría prohibida, pero se trataba de un precio justo a pagar a cambio de haber escapado de las garras de la muerte. Y el chiquillo, asustado y llorando, usó su fuerza para matar al que creía era su padre, cuando en realidad lo que hizo fue extinguir la llama de su vida la vida en el cuerpo que podría haberlo salvado. Mientras se concentraba de la forma apropiada para tomar control del nuevo cuerpo que tenía, se tomó un instante para divertirse ante la posibilidad de la escena que habría presenciado desde primera fila, viendo como la madre, presa de un ataque de histeria, intentaba alejarse de quien creía era su esposo completamente enloquecido, al tiempo que este sufrió una terrible conmoción. Se deleitó con la idea, de ver al chiquillo destruido desde el interior, enloquecido hasta el punto de no retorno; la cárcel para él, o una institución para enfermos mentales, la depresión total y el abandono para ella, dedicada a cuidar a un hijo impostor, a quien nunca podría atacar ni acusar de nada, porque ser su madre la ataría a él hasta el fin de sus días, condenándola a ser su guía y apoyo, su sirvienta, su amiga. ¿Qué respondería ella, cuál sería su expresión si él, su nuevo hijo, le solicitara un abrazo con los ojos brillosos? ¿Cómo reaccionaría si él le dijera, con voz temblorosa, que necesitaba del abrigo de su cuerpo, del tacto de su pecho como cuando era un bebé? Entonces ella lo miró; y empezó a hablarle, muy despacio y con cautela ¿Qué cosas pasarían por su mente al ver a su hijo sosteniendo el arma que había terminado con la vida del que creía su propio esposo? Jamás se libraría de esas pesadillas, pero aun así se mantendría junto con él, y haría todo lo posible por continuar su crianza, por hacerlo crecer libre de todo temor.
Entró ese hombre, al que reconoció por la voz, pero ella lo hizo salir con palabras determinantes ¿Acaso estaría pensando en quedarse a solas mientras llegaba la policía? Claro, de seguro tendría la intención de declarar en contra del hombre muerto, pero luego de permanecer el mayor tiempo posible escondida, a salvo de las miradas de lástima de cualquiera a su alrededor. El hombre salió, y ella se tomó un tiempo más, mientras él, divertido y más aliviado al poder controlar sus pensamientos y ver de forma clara, se dejó cuidar, como de seguro sería desde entonces.
En un principio pensó que ella lloraría, pero se sintió un poco decepcionado al ver que ella en realidad se ocupaba de separarse del cuerpo y luego tomarlo en brazos. Para ese instante ya había reaccionado mejor, y podía moverse, aunque con dificultad; tanto mejor, ella lo asociaría con el trauma de lo recién vivido y no se separaría de él.
Caminó con él en brazos hacia la escalera, sin mencionar palabra, y llegó junto con él hasta el segundo el piso, y hasta el baño, sin responder a sus preguntas.
Probablemente estaba muy golpeada por las emociones como para poder articular palabra con facilidad; de cualquier forma, no era difícil imaginar que estuviera atontada, ya que no sólo se trataba de lo que había vivido, sino también de lo experimentado en el cuerpo: el labio inferior tenía dos cortes con sangre, y además de zonas enrojecidas en la mejilla, tenía un par de cortes más en la frente, justo encima del ojo. Se veía realmente dañada, pero no era para tanto, después de todo seguía moviéndose.

—El baño es un rito.

 Su voz se escuchaba muy ronca, incluso ahora más que cuando intentaba, según ella, hacerlo reaccionar. Lo había dejado a en el suelo, y se quedó de pie, con la vista perdida, cansada y destrozada.

—Es algo que no solamente trata de limpiar el cuerpo; de otra manera, también ayuda a despejar la mente, para entender mejor las cosas, calmarse y poder estar mejor. No podemos estar así.

Accionó el control de agua, y mientras esperaba a que el espacio hasta el borde de forma silenciosa se llenara, se quedó muy quieta, sólo con un ligero temblor en los labios ¿Iría a llorar entonces? Sabía que todas las personas reaccionaban diferente, que algunas tardaban más en llorar o desesperarse, y ella de seguro era una de ellas. Recordó las veces en que escuchó con tanta atención lo que esas mujeres le decían, los libros sobre sicología y comportamiento humano que leían después de los cuentos, y la forma en que memorizaba cada palabra, hasta entender la mente humana mucho más allá de lo que jamás había esperado; todo eso servía de mucho, tanto como sirvió para confundir y manipular a Vicente, como serviría para controlarla y quizás, si quería, volverla loca a ella.

— ¿Nos vamos a bañar?

Se tardó en responder, pero él no hizo nada; se dijo a sí mismo que era muy importante mantener el papel, y un niño en esas circunstancias, en las que se supone que había pasado por un trauma, no hablaría, ni se pondría a correr o jugar. No, estaría muy quieto, asustado, esperando a que mamá se hiciera cargo y lo pusiera a salvo; quizás sería más divertido hacer alguna cosa, pero de momento, no tenía otra opción más que esperar.
Ella se puso de cuclillas, mirándolo a los ojos, mientras por su mente de seguro pasaban una y otra vez las imágenes de lo sucedido hace tan poco; de cerca, los golpes y la hinchazón en determinadas zonas de la cara eran mucho más evidentes, de forma que se dijo que quizás también quería poner algo de control en eso, mojarse la cara o tomar un analgésico ¿Y si le decía, con su tono más amoroso, que se recostara a dormir? No, era muy pronto para hacer algo así, tenía que controlarse y esperar, ya tendría muchas oportunidades de hacer todo lo que quisiera ¡Tenía toda la vida por delante! Lo que había pensado en un inicio como un plan a futuro, por acción de ella y del chiquillo se había precipitado, dejando todo bajo su control; podía tener lo que siempre había sido  su derecho: ser un niño, crecer y conocer todo lo que debía, no como un espectador, sino como el que lo viviría, muy de a poco. La diferencia con los niños es que él ya sabía todo lo que era necesario, el resto sería experimentar en cuerpo propio, poder sentir la libertad de correr, de saborear, de perseguir o torturar a los niños con su intelecto superior. De conocer el cuerpo de las mujeres, de entrar en ellas, de acosarlas y perseguirlas incluso siendo un niño, o convertirse en una víctima por el sólo gusto de tener el poder de otra forma. No había límites.

—Vicente —dijo en voz muy baja, casi como un susurro—, te amé con todas mis fuerzas.

Entonces era eso, iba a hacer reflexiones acerca de la vida. Estaba tratando de canalizar su impacto y tristeza a través de las palabras, expresando lo que no podía solucionar o asimilar para evitar enloquecer. Si es que no estaba enloqueciendo ya.

—Vicente, te amé tanto…pero sabes que…

Ahora que ya estaba muerto, Jacobo sintió una inexplicable satisfacción, viéndola a ella convertida prácticamente en un despojo, que aun así intentaba servir de algo, hacer algo que tuviera utilidad. Había hablado del baño, lo que significaba que intentaría limpiarse, quitar de su cuerpo la sangre de él, y a él mismo limpiarlo. Sería entonces, mucho más pronto de lo que pensaba, tendría en sus manos, al alcance de esos nuevos dedos que podía mover y a través de los que podía sentir, que la tendría a ella. Sería la forma más inmediata de verla, de apropiarse de esa imagen para siempre. Se quedó muy quieto, mirándola mientras forzaba una expresión de indefensión ¿Quién más que él sabría la forma perfecta de hacer esos gestos?

—Pero a Benjamín lo amé más que a mi vida. Benjamín —añadió con la vista perdida, sin ver—, te amo más que a mi propia vida.

Entonces enfocó la vista, y lo miró de forma directa. Jacobo sentía que estaba a punto de suceder, que en cualquier momento ella se desnudaría, y podría verla de forma real, completamente real. No era como las mujeres con las que había estado Vicente en el pasado, esto se trataba de verlo en primera persona, de tenerla a tan sólo un aliento de distancia. La mirada de ella era directa, pero escondía una expresión que en su emoción no alcanzaba a identificar.

—Pero tú…no eres mi hijo.

No dio tiempo a nada más, y tomándolo por los hombros, lo sumergió de espalda en la tina, sintiéndose inmune a las salpicaduras; durante un eterno segundo no hizo nada más que mantenerlo en el fondo, ignorando los débiles forcejeos, pero no lo mantuvo así más que un instante ¿Qué estaba sucediendo? Intentó moverse, pero al estar dentro del agua, fue como si no tuviera control de lo que su cuerpo era capaz de hacer ¿Por qué estaba debajo del agua, por qué no se había desprendido de la ropa? Después lo levantó, manteniendo el cuerpo dentro del agua, pero con el torso por fuera. La miró de nuevo, y vio que la expresión antes indescifrable era ahora dura y casi violenta. ¿Acaso lo había descubierto?

—Mamá, soy yo.

Sin esperar más, volvió a sumergirlo en el agua. En ese momento, sintió pánico por lo que estaba ocurriendo ¿Cómo podía saberlo? Era imposible, ella no podía saber algo como eso con sólo mirarlo, nadie jamás lo sabría; no había aire, no podía respirar, y el cristalino líquido a su alrededor se volvió una cárcel, un sitio suave y que no podía sujetar, pero que al mismo tiempo lo estaba presionando. Las manos de ella sobre él, y el agua tocando los ojos, filtrándose por las ventanas de la nariz, y esa sensación de ahogo, de no poder hacer nada ¡Era un niño! Se dio cuenta con pánico que ya no tenía la fuerza de antes, que no podía sólo golpearla como antes en la escalera, que no podía librarse; ella era la dueña de la situación en ese momento, y él estaba por completo desvalido. Cuando volvió a sacarlo, sentir otra vez que podía respirar se hizo al mismo tiempo agradable y terrible, porque hizo que tuviera pleno entendimiento de lo que estaba pasando. Una acción tan sencilla como moverlo tan sólo unos centímetros, podía poner en riesgo todo lo que tenía, y todo lo que era. El agarre de las manos de ella en él era como garras de las que no sabía cómo librarse.

—Mami, soy yo, soy tu hijo.

La mirada de ella hizo que se sintiera auténticamente asustado; no era dolor, tristeza ni angustia, sino una decisión que iba más allá de saber o querer algo. La mirada lo fulminaba, y sintió por primera vez como si esos ojos, tan fijos en los suyos, pudieran traspasar las barreras del iris y entrar en él ¡Pero ella no podía entrar en su mente!

— ¿Qué hiciste con mi hijo?

Estaba asustándose, pero tenía que mantener el control de la situación ¡Un momento! Recordaba que algunos estados de miedo causaban agresividad, lo que significaba que ella podía estar en uno de esos estados: destrozada por la muerte de su hombre, aterrorizada por saber que lo había hecho su propio hijo, ahora no sabía cómo reaccionar. Lo que tenía que hacer era quebrarla, llegar hasta ella y provocar el momento específico en que ya no volvería a ser la misma, en que el dolor de ella sería demasiado. Intentó soltarse de su agarre.

—Quiero que me digas en este momento qué fue lo que hiciste con mi hijo.

Hubo un momento de inmovilidad y silencio, y trató de soltarse con más fuerza, pero ella reaccionó primero y volvió a sumergirlo. Sin pensar, abrió la boca para intentar decir su nombre, pero el agua entró a raudales, llenando todo de una forma mucho más violenta que antes; cerró los ojos, poseído por una sensación de alarma que estaba un paso más allá de lo sucedido tan sólo un momento antes. No se trataba de un estado de miedo, estaba perdiendo el control de sí misma, estaba enloqueciendo a más velocidad de la que él mismo habría creído. Necesitaba mantener la calma, y liberarse de ella.

—Responde.
—Mami.

Ella cortó sus palabras con una bofetada. El golpe hizo que se quedara sin voz, y sin el poco aire que había recuperado desde que botara el agua; se le llenaron los ojos de lágrimas, y por primera vez sintió lo que era el llanto, que venía a él sin llamarlo, como una sensación abrumadora, algo que no podía controlar. Pero era mejor así, apelaría a su amor de madre, a ese sentimiento que minutos atrás la hizo poner en riesgo su vida para protegerlo, y la controlaría a través de ello. Lloraría lo que fuera necesario.

—Mami, tengo miedo.
—Mírame a los ojos.

Lo apretó más; no podía soltarse, estaba por completo prisionero de sus manos, y en ese momento echó de menos la fuerza de Vicente, de ese cuerpo adulto que le habría permitido alejarla tan sólo con un bofetón. Cuando ella trató de sujetarlo en la escalera, debió haber seguido golpeándola, hasta que la sangre inundara su garganta, hasta que los ojos se salieran de las órbitas, hasta que no respirara más.

—No sé si lo entiendes, pero yo tuve a Benjamín dentro de mí. Es mi hijo, y sé qué cosas hace, sé cómo habla, y sé cómo me mira. No trates de engañarme porque no puedes hacerlo.

No estaba enloqueciendo ¡Lo sabía! Sintió una oleada de miedo al comprobar, mirándola a los ojos, que ella en realidad no derramaba ni una lágrima, y que no estaba ya tiritando, ni dudando con respecto a nada. Lo sabía, sabía toda la verdad, y en ese preciso momento, esa mujer que debería cuidarlo y protegerlo como su hijo, sabía que él no lo era.

— ¿Qué hiciste con mi hijo?

Ambos quedaron enfrentados, ella mirando con un una determinación superior a cualquier otra cosa, él aparentando sorpresa y desamparo aun cuando veía en claridad que eso no estaba dado resultado.

— No voy a darte otra oportunidad.

Estaba hablando es serio. Pero incluso llegados a ese momento, ella no podía saber toda la verdad; tal vez la intuía, o creía entender algo, pero nunca podría saber con claridad lo que estaba pasando.

—No me hagas daño.

Ella no mostró reacción alguna, y siguió mirándolo muy fijo; se sintió acosado por un sentimiento que no sabía cómo definir, algo profundo y que venía desde dentro. Era como hace un momento ¿Cómo podía ella entrar en su mente? Era imposible, las personas no hacían eso; recordó las veces que estuvo ahí, dentro de la mente de Vicente como un visitante silencioso, y vio a través de sus ojos cómo éstos se enfocaban en los de ella ¡Él  habría descubierto si ella fuera capaz de algo así! No, eso no sucedió, estaba seguro de eso y, sin embargo, sentía que esa mirada penetraba en su ser, que se adentraba más y más allá de donde debería, como un cuerpo sólido que era capaz de ir incluso del otro lado de los ojos, adentrándose en la oscuridad y en el territorio que era sólo de sus pensamientos, sólo de su propiedad. Quiso gritar, y se dio cuenta de que no podía ¿Qué era ese dolor camuflado de otra sensación en su interior?

—Responde.

¡No debía caer en la desesperación! Más allá de lo que estuviera haciendo, y de lo inexplicable que pudiese parecer, él tenía la ventaja. Quizás ahora no podía entrar en la mente de ella como antes lo hizo con Vicente, pero mantenía la rapidez, y el control sobre las emociones; sabía qué decir y qué no, y lo más importante de todo, aunque el chiquillo no estuviera ya más, eso era algo que sólo él podía saber, de forma que era un arma en verdad poderosa. Puso las manos sobre los antebrazos de ella, y se percató de cómo la mujer experimentaba un ligero estremecimiento, pese a lo cual se mantenía firme en su acto de sujetarlo por la fuerza. Pero eso no duraría mucho.

— ¿Lo extrañas?
—No juegues conmigo. Te he dicho que es tu última oportunidad.

Por un instante quiso hablar y no pudo, atenazado por la presión en los hombros que de alguna forma era más que sólo eso; aún sentía los ojos llenos de lágrimas ¿Cómo se hacía para llorar? Era algo que no había pensado aprender, pero saber que era posible, sentir que estaba a un momento de pasar y hacerlo de forma consciente eran tres cosas diferentes, y no sabía cómo manejarlas. Pero el llanto era una forma de expresar dolor, tristeza, soledad, cualquier sentimiento que resultara en un daño para la persona, lo que significaba que tenía que potenciar esos sentimientos para que las lágrimas fluyeran; estaba entonces en medio de un conflicto, ya que se hacía necesario sentirse débil y vulnerable para poder llamar a la acción a esa capacidad, mientras que lo que necesitaba era ser fuerte y concentrarse más que nunca.
Decidió por lo segundo; en ese momento ya estaba establecido el contacto con ella, y sabiendo que ella amaba a su hijo con tanta fuerza como para ponerse en riesgo, sólo debía empujarla un poco más hacia el abismo en donde él tomaría nuevamente el control.

—Puedo traerlo de vuelta, si tú me lo pides.

El agarre de las manos de ella se aflojó, pero sólo por un instante que pasó tan rápido que casi creyó que se trataba de una percepción; seguía sujeto por ella de la misma forma que antes, preso tanto de sus manos como de sus ojos; pero, a en contraposición, ella no había dicho nada, estaba como petrificada, una estatua de piedra que, por muy fuerte y resistente que pareciera, no tenía la voluntad de moverse. Y además, podría quebrarse.

—Si tú me lo pides, puedo traerlo, y se quedará contigo para siempre. Nunca lo perderás.
—Nunca lo perderé.

La voz tuvo un ligero tinte de duda: perfecto, estaba tocando justo el punto que tenía que tocar, atacando de la forma correcta para hacerla quebrarse. Nada había cambiado, y el cuerpo que tenía ahora era la mejor arma visual para conseguir sus objetivos de forma definitiva.

—Lo traeré de vuelta, si me dejas ir.

Iris contuvo la respiración por un momento, pero no hizo mayor aspaviento; recordó cierto día en que salieron de la ciudad y fueron juntos al campo, o para ser más precisa, a un centro de relajación natural a las afueras de la ciudad; se trataba de un hermoso sitio ubicado junto a un espeso bosque, algo parecido a un hotel pero sin las costumbres y métodos clásicos de uno: allí era como estar en casa, siguiendo las fórmulas propias, compartiendo y colaborando con los deberes de la cosa, aunque desde luego en menor medida que quieres trabajaba allí. Podías ayudar en la cocina, cortar leña o sacar la ropa sucia, todo dependiendo de tus capacidades y tiempo, pero también podías estar sólo el tiempo justo y necesario y dedicar el resto a hacer caminatas, ir al lago o tomar sol; Benjamín tenía cinco años, y fue para él su primera experiencia rodeado de la naturaleza, por lo que pudo pasar del conocimiento de los animales del zoológico a verlos de forma directa. En un momento, los tres se quedaron inmóviles en medio de un camino entre plantas, mirando una lagartija que estaba posada sobre el tronco de un árbol; fue algo muy sencillo y a la vez maravilloso, el hecho de ver como el hijo de ambos era capaz de sorprenderse y dedicar tiempo y atención a un pequeño ser vivo que no solo era llamativo, sino que además estaba a un ambiente propio. A ambos les llamó mucho la atención que no quiso acercarse al animal, y cundo cuando más tarde estaban conversado al respecto, su explicación fue breve pero muy concreta, explicando que la lagartija estaba muy quieta porque tenía frío y por eso debía asolearse; ninguno recordaba de manera específica si alguna vez le habían hablado de los animales de sangre fría, o si se trataba de algo aprendido en un documental, pero lo cierto es que el alcance de su razonamiento era enternecedor al tiempo que hablaba de lo mucho que le interesaban los demás. Miró por el rabillo del ojo, no para asegurarse de que no hubiera nadie cerca, sino como una forma de mirar más allá, y desplazarse hasta el primer piso, en donde había una escena, aun sucediendo, que no había terminado.

—Entonces eso es lo que hiciste.

Su mirada entonces fue distinta otra vez, y Jacobo vio con claridad que, en los ojos de ella, asomaba una terrible verdad.

—Tú eras  él.

No, no era posible; ella estaba mucho más cerca, en un instante, de lo que Vicente jamás había estado de descubrir nada acerca de él y sus intenciones, incluso conociendo su identidad y recordando desde el pasado. ¿Qué era lo que permitía que esa mujer llegara tan lejos?
Pero no importaba, tenía que concentrarse en lo importante, en entrar en ella, e incluso a ese respecto podía servir la conexión que sin sospechar realizaba, al querer entrar tan profundo en la mente de él.

No podía decir cómo, pero Iris había entendido todo. Por un momento fue como si, más allá del dolor físico, el miedo y la angustia, algo la llamara a ver los cosas con más claridad, como si de alguna forma el pasar por aquellas experiencias, una tras otra y sin descanso, hubieran hecho un espacio distinto en su mente, causando un cambio de enfoque, o quizás, una apertura visual. Quizás jamás podría explicarlo de una forma correcta, pero supo que el hombre que entró en su casa unos minutos atrás con aquellas perversas intenciones, no era Vicente más que en cáscara, que en el interior se trataba de alguien más, un ser con un apetito destructivo incontrolable y la suficiente sangre fría para tratar de hacerle daño a un niño inocente. No era un mal mental, no era un desorden que tuviera lugar en la mente de Vicente, porque ese ser no era Vicente, en ninguna forma. Así fue como concluyó que, cuando ambos se abalanzaron sobre el cuchillo, ella intentando poner fin a esa pesadilla y él luchando por acabar con ellos, de alguna manera esa fuerza malvada y tremenda se trasladó a Benjamín, metiéndose en su cuerpo, destrozando su mente y ocupado su lugar. ¡Oh por Dios, el cuchillo! Vicente, o quien hubiera sido en ese momento, estaba muerto, y la fuerza sobrehumana que lo destruyó hasta convertirlo en aquello que amenazó a ambos, se traspasó a Benjamín. Sintió que en el interior de su ser se abría un vacío muy grande, una especie de oscuridad profunda, que iba más allá del dolor porque allí no había nada. Había perdido a Vicente, y ahora entendía que también a Benjamín.

—Lo mataste.

Sintió la voz vacía, sin un ápice de sentimiento en ella, y se dijo que en ese preciso momento, algo había muerto también en su interior. Más allá de lo que nadie pudiera explicar, de lo que incluso alguna vez alguien pudiera entender, algo murió en ese mismo instante, y nada podría recuperarlo; había muerto su vida, su alegría, el amor y la compañía que conocía desde hacía tanto tiempo, incluyendo junto con ello las esperanzas y las posibilidades de futuro ¿Qué era lo que tenía sujeto entre sus manos? ¿Podía llamarse persona, podía ser considerado un ser humano a pesar de esconder en su interior la aberración que ella ya sabía era, al haber visto la verdad en sus ojos?
Pero eso era algo que sólo sabría ella en su interior porque ¿Quién podría creer algo como eso? ¿No la tildarían de loca al escuchar de sus labios semejante atrocidad?

—Lo extrañas ¿Verdad? Lo traeré para ti, sólo déjame ir, y todo volverá a ser como antes, lo tendrás de nuevo, sólo para ti.

El contacto estaba establecido, y se sintió pleno de fuerzas y de concentración, listo para proceder; ella, presa del miedo y la indignación, acaso de la ofensa, no lo soltaba, y no lo soltaría hasta que fuera necesario. Estaba convencida de que manteniéndolo sujeto ejercía control,  y al escucharlo pedirle que lo soltara, más se aferraría a esa necesidad. No me sueltes, se dijo en su interior. Cuando todo termine, tú serás el niño en mis brazos.


2


Juan Miguel asintió de forma severa en cuanto el primer carro de policía llegó; de él descendió una pareja de oficiales que avanzaron hacia él con aire tenso, pero controlado.

— ¿Usted hizo la llamada?
—Sí, yo la hice.
— ¿Entró en la propiedad?

Al menos se trataba de oficiales con experiencia en situaciones violentas; los últimos minutos, si bien no habían sido muchos, resultaron tensos y agotadores. La visión que tuvo del interior era algo que de seguro no borraría de su ser en mucho tiempo.

—Entré, pero volví a salir, creí que era lo mejor no intervenir en el lugar; ya no hay nada que se pueda hacer de todas maneras.

La mujer asintió sin decir palabra, y poniéndose unos guantes con gesto profesional, abrió la puerta; el otro oficial y Juan Miguel entraron después de ella.

— ¿Dónde está ella?

La voz de la mujer era fuerte, inspiraba respeto, pero aún detrás de ella había un toque de nerviosismo; él reconoció la voz con la que habló por teléfono, a la que le contó lo sucedido, cuando tuvo que usar un lenguaje frío y decir que en la dirección citada había al menos una persona fallecida, pero probablemente dos. Eso significaba que, al menos de momento, no era necesario repetir toda la historia.
No estaba Iris, ni el niño. Juan Miguel no respondió, y de pronto se vio a sí mismo avanzando un paso, dos, tres, hacia el cuerpo de Vicente, que permanecía en el suelo, tendido boca abajo, en una posición que delataba lo que había sucedido, incluso más que la sangre que de forma inevitable era lo primero en llamar la atención en él. El policía lo sujetó de un brazo.

—No puede acercarse.

El cuchillo sobresalía del cuello inmóvil, pero lo que, desde un poco más cerca llamó su atención, fue la violenta expresión del rostro, y los ojos muy abiertos que parecían seguir mirando sin ver.

—Tiene los ojos abiertos, yo solo…

No pudo decir más, pero el hombre se compadeció y se inclinó junto al cuerpo, haciendo un delicado y calculado movimiento con el que bajó los parpados, hasta cerrar los ojos por completo; en tanto, la mujer se estaba acercando al pie de la escalera, e hizo un gesto imperceptible a su compañero, señalado unas diminutas manchas rojas en el suelo. Juan Miguel siguió los controlados movimientos de ambos y descubrió que había un inconstante pero notorio rastro de sangre. Entonces, en efecto, cuando él llegó, Iris le pidió que se quedara por fuera porque había sucedido.

—Arriba está el cuarto de Benjamín —dijo en voz baja. Se sorprendió de notar lo frágil que se escuchaba—, lo más seguro es que haya querido dejar…que descansara ahí.

No había pasado casi el tiempo, desde que se levantó y decidió llamar a Iris, hasta que llegó de forma atropellada a la casa y entró forzando la puerta de un empujón, y todo había cambiado del cielo a la tierra. Se dijo que la petición, casi la exigencia de Iris, había sido la correcta aún cuando se tratara de una exclamación en una situación desesperada: ninguno de ellos pertenecía ahí.

—Déjeme ir con ustedes, creo que puedo ayudar.
—Está bien, pero no toque nada y manténgase junto a nosotros en todo momento.

Mientras subía la escalera, precedido por la oficial, pudo dar un breve vistazo a los detalles que cambiaron el entorno y que habían pasado desapercibidos por la adrenalina: un cuadro roto en el suelo, unas marcas de sangre en la baranda de la escalera, y vidrio desperdigado por todos partes. Entonces el ataque tuvo un desplazamiento entre las dos plantas. Cuando llegaron al segundo piso, el hombre se fijó en que las puertas de los cuartos estaban abiertas, y el cuarto matrimonial asomaba, en el umbral, un pequeño mueble caído, probablemente durante lo que a todas luces fue un enfrentamiento.

Desvió la mirada hacia la puerta del baño, y la vio.

Iris.

Estaba sentada en el suelo, con el pequeño recostado junto a ella.



Próximo capítulo: Sé que me escuchas