No vayas a casa Capítulo 27: Reacciona




Antes de que pudiera asimilar de forma consciente que la voz que escuchó a la distancia era la de su hijo, el instinto se lo dijo y la hizo reaccionar, aunque esto fue al mismo tiempo qué él lo hacía. Una gélida e inhumana sonrisa apareció en sus labios, transmutando la desconocida expresión anterior en una mueca salvaje e incontrolable.
El vaso cayó de su mano.

—Será mi primera diversión real.

Algo en su gesto, o quizás en la respiración, hizo que Iris supiera al instante que todo había cambiado de forma definitiva, y que el tiempo para los pensamientos había terminado para siempre; pero fue más que eso, se trató de una reacción similar a la de un animal en caza, que activado por la presencia de la víctima, pasaba de la observación a la acción. Él soltó una especie de bufido, mientras inspiraba y sus ojos, aquellos ojos antes cristalinos, parecían iluminarse por causa de una fuerza por completo incontrolable. Iris reaccionó en una milésima de segundo, y al mismo tiempo que él volteaba y levantaba el brazo para empujar la puerta, ella alcanzó uno de los cuchillos de la mesada y corrió hacia él, empuñándolo con fuerza.

— iNooo!

Con precisión casi quirúrgica, clavó el cuchillo en el antebrazo derecho, causando un horrible grito por parte de él; sin detenerse a mirar ni a pensar en nada, empujó la puerta de vaivén y corrió con todos sus fuerzas, mientras en segundo plano escuchaba el grito de él, mezclado con otro sonido que no conseguía identificar. Subió las escaleras a toda velocidad, llegando a tiempo al segundo piso para ver a Benjamín saliendo del cuarto; en ese momento, verlo con su pijama y una evidente confusión en el rostro, provocada de seguro por los gritos y estar despertando, no hizo ningún efecto en ella, más que decirle que era necesario darse prisa, ya que él no podría reaccionar de la manera apropiada.

— ¡Ven acá!

Se apresuró hacia él y lo tomó en sus brazos, intentando no distraerse en su expresión ahora más confusa y definitivamente asustada por su voz al punto de la histeria.

— ¡Mamá!

El pequeño soltó un grito de miedo, que a pesar de surgir un instante antes, no le dio tiempo a reaccionar de la forma adecuada; apenas estaba girando el cuerpo para regresar a la escalera, cuando percibió la cercanía de otro cuerpo, y todo se revolvió.
Impulsada por la fuerza de él, cayó de espalda, perdiendo el control de sí misma y a la vez, no pudiendo mantener en sus brazos al pequeño; por un momento todo se volvió oscuro, y de inmediato el juego de colores pasó frente a sus ojos, convirtiendo el techo y el suelo en una sola cosa. Activada como por resorte se volvió y logró ponerse de rodillas, descubriendo que por causa del brutal empujón de él, había caído un par de metros más atrás, mientras el niño estaba en el suelo, casi al borde de las escaleras.
El hombre se arrojó casi a cuatro patas en el suelo, llegando con una asombrosa rapidez hasta el pequeño, al que tomó de los hombros, acercando su cara a la suya, sonriendo de forma desquiciada, soltando respiración jadeante y entrecortada. En el brazo derecho había una gran mancha roja, pero no señas del cuchillo con el que ella lo había atacado.

—Contigo, estaré aquí para siempre.

Iris se impulsó producto de una fuerza interior que no conocía, pero que la dotó de la energía necesaria para reaccionar a toda velocidad, sin medir consecuencias para sí misma ni el nivel de peligro al que podría estar expuesta; entró a su cuarto a toda potencia, y tomó del pequeño mueble a poca distancia de la entrada el espejo de tocador que reposaba en él, empuñándolo como un arma, de forma similar a como lo había hecho con el cuchillo tan sólo unos segundos antes. Salió del cuarto mientras él continuaba sacudiendo al pequeño, que lloraba incesantemente presa de un terror más allá de su comprensión, y gritando de forma desesperada, asestó un golpe directo en la cara. El espejo se destrozó en mil pedazos, que volaron en todas direcciones mientras el marco de madera y la base se quebraban por efecto del impacto; él fue arrojado hacia la izquierda, mientras el niño se soltaba de sus manos y caía como un bulto hacia la derecha, nuevamente a sólo unos milímetros del borde de los escalones. Iris no sintió el rechazo en los músculos de los brazos ni el daño en la resistencia física, sólo se concentró en avanzar y tomar entre sus manos al pequeño, que en un terrible estado de shock sólo atinaba a quedarse en el suelo sin hacer nada más. Logró tomarlo a medias de un brazo y de la cintura, y sin tiempo que desperdiciar, comenzó a bajar atropelladamente las escaleras, con un único objetivo en mente, que era llegar hasta la puerta de salida; nada más importaba, no podía pensar en otra cosa, y estaba en la obligación de concentrar todas sus fuerzas en llegar hasta ese punto y conseguir escapar; sin embargo, en medio de la cacofonía que se había formado en sus oídos, no pudo escuchar bien lo que estaba a punto de suceder, por lo que tampoco tuvo el tiempo, nuevamente, de reaccionar de la forma apropiada. Cuando faltaba la mitad del tramo de escalones para llegar hasta la planta baja, sintió nuevamente un impacto, físico, pero esta vez fue mucho más localizado, un tipo de golpe diferente; esta vez sostuvo con fuerza a Benjamín entre sus brazos, mientras descubría que todo era fruto de un nuevo ataque, en esta ocasión en la forma de un empujón con las manos, que la arrojó de costado contra la pared. A punto estuvo de perder el equilibrio, pero se mantuvo, sólo para ver el rostro de él a una mínima distancia, y sus manos tomarla por los hombros para sacudirla violentamente contra la pared.

— ¡Tú no puedes detenerme!

El primer golpe hizo que se le nublara la vista, aumentando la sensación de temor producida por esa voz irreal que rugía contra sus tímpanos. Estaban pasando tan sólo milésimas de segundo, pero era el tiempo suficiente para saber que no iba a ser capaz de resistir mucho, que el agarre de sus dedos terminaría por soltarse, y quizás ella perdería el conocimiento antes de poder hacer algo efectivo para proteger a su hijo. Un segundo embiste contra la pared de la escalera, escuchó su propia voz soltando un gemido de dolor, y otra vez gritó como poseída, pero en esta ocasión para volver a pasar a la acción; arriesgándolo todo, mantuvo sujeto a su hijo con la mano derecha, mientras con la izquierda se sujetó del hombro de él, y usó la fuerza del embiste provocado para arrojarse en su contra. Durante un momento estuvieron demasiado cerca, suspendidos como si estuvieran flotando en la nada, y luego el suelo desapareció bajo sus pies y otra vez todo alrededor se volvió una mancha de colores y formas que pasaban a toda velocidad, al tiempo que sentía los golpes, uno en el mentón, otro en la espalda, y muchos otros a medida que caían por la escalera; intentó dejar a su hijo en el escalón antes de empujar a su atacante, pero sólo lo logró a medias, disminuyendo el impacto sobre él y absorbiéndolo ella. Algunas milésimas de segundo después estaba en el suelo del primer piso, revolviéndose en sí misma para poder ponerse de pie, mientras trataba desesperadamente de enfocar la vista y encontrar a su hijo, que en medio de todo el ruido que nublaba su entendimiento gritaba y lloraba por ella. El mentón le dolía más que todos los otros golpes, y provocaba una suerte de temblor en toda la cabeza, pero supo que no tenía tiempo, que de nuevo estaba a una distancia mínima de la puerta y al mismo tiempo de la causa de ese mortal peligro que amenazaba a ambos; dando un barrido rápido vio que él también estaba al pie de las escaleras intentando reponerse, y que a la herida profunda en el brazo se sumaban una serie de cortes en el lado derecho de la cabeza; gruñía de forma animal, mientras su jadeo era poco menos que otro tipo de gruñido, tan amenazador como lo que había hecho dentro de los más recientes segundos. Benjamín estaba semi arrodillado sobre un escalón, llorando de forma casi convulsiva, a cinco peldaños del primer piso, y de forma definitiva incapaz de moverse; pero no tenía heridas visibles, al menos eso le causó una momentánea ola de calma en medio de la desesperación a la que estaba sometida. Pero él estaba demasiado cerca, a punto de volver a ponerse de pie, como si los golpes lo afectaran menos de lo que debieran; Iris estaba poseída por la adrenalina, pero aún con ello tuvo un instante de lucidez para saber que lo mismo que había ocurrido en dos ocasiones podría volver a repetirse en una tercera, y si bien había tenido suerte, lo más probable era que en la siguiente las cosas no fueran así. No podía confiar en alcanzar otra vez a su hijo y correr hacia la salida, porque él estaba igualmente en el trayecto, dispuesto a todo por alcanzar a Benjamín, quien era sin dudas su objetivo primario.
Tenía que detenerlo a él, al menos el tiempo suficiente para que Benjamín estuviera a salvo.

— ¡Benjamín, tienes que salir ahora!

Su propio grito sonó irreal incluso para ella, dotado de una fuerza rayana en la locura, pero que hizo que el pequeño reaccionara y enfocara entre su llanto la vista en ella; el terror dibujado en su pequeño rostro surcado por lágrimas parecía haberse marcado a fuego, sin embargo la mujer pudo entender que él había comprendido, que el llamado de urgencia de su madre estaba por sobre todas las cosas. Se puso de pie con sorprendente rapidez, bajando los escalones de forma atropellada, pero sin perder el equilibrio.

— ¡Corre, corre, corre!

Al mismo tiempo que ella decía esto, él se incorporó y dirigió también al pequeño su mirada, y levantándose elevó las manos en un gesto de adelantarse a los hechos, dispuesto a impulsarse y atraparlo con lo que en esos momentos parecían garras. Iris siguió dando a gritos la orden y se arrojó contra él, sujetando entre sus manos su cara y empujando con todas sus fuerzas; durante una terrorífica fracción de segundo quedaron enzarzados en un forcejeo, al mismo tiempo que el pequeño pasaba junto a ellos.

— ¡Sal de la casa, corre, corre!

Iris logró sostenerlo contra la baranda de la escalera el tiempo suficiente para que el niño llegara al fin a la planta baja, pero la fuerza de él era por mucho superior; si bien no pudo soltarse del agarre de ella, tuvo la oportunidad de mover el brazo izquierdo el espacio suficiente, y darle un bofetón a mínima distancia. Iris sintió el remezón en la cabeza y el latigazo en el cuello, pero siguió gritándole a Benjamín que corriera y saliera de ahí, utilizando toda su energía en detenerlo; ya no importaba nada, seguramente algún vecino escucharía algo, o el niño sabría ir hacia la casa de Jacinta, distante tan sólo una vivienda de la de ellos, lo que pasara con ella no importaba, no se rendiría, pero el esfuerzo habría valido la pena si con ello lograba ponerlo a salvo. Un segundo golpe, un tercero, y perdió la fuerza en las piernas y en los brazos, derrumbándose sobre la escalera, mientras todo comenzaba a ensombrecerse. Cayó sobre el costado izquierdo en los escalones y trató una vez más de fijar la vista. Creía haber detenido al atacante el tiempo suficiente para que el pequeño saliera, pero la sorpresa la inundó cuando vio que la puerta de salida estaba cerrada.
¿Dónde estaba Benjamín?
Logró recuperar algo del control de sí misma y se incorporó, a tiempo para ver que el niño corría hacia la puerta de la cocina ¡No había fuma de escapar! A pesar de los golpes que había recibido, y de la debilidad general que estos y el esfuerzo físico le causaron, supo que aún no podía rendirse, que ese monstruo que estaba en el interior de su casa seguía siendo una amenaza para ambos, pero sobre todo para su hijo.

“Por favor –rogó mientras luchaba por levantarse–, tengo que salvarlo, no puedo dejar que le haga daño”

Luchó y luchó con más ahínco, viendo pasar las cosas en cámara lenta, teniendo disponible un tiempo irreal, en donde pudo ver al monstruo bajando el último peldaño, dirigiendo su movimiento hacia el niño distante de él tan sólo un par de metros. ¿Cómo podía contrarrestar esa fuerza sobrehumana, cómo poner a distancia a su hijo de esa criatura, contra quien los golpes no parecían ejercer efecto alguno? Sin embargo, el brazo de él sí estaba ensangrentado y sí, la había golpeado, pero con el brazo izquierdo
Entonces lo vio.
El cuchillo con el que ella lo había atacado estaba a muy poca distancia de la puerta de la cocina, justo en la trayectoria que torpemente llevaba el niño, sollozante y angustiado. El atacante pasó junto al sofá, en una carrera que comenzaba a ser desbocada y que sin duda le permitiría alcanzarlo antes de que consiguiera tocar la puerta de vaivén de la cocina. Sin saber cómo, Iris logró ponerse de pie, y en una acción completamente desesperada, corrió con todas sus fuerzas, rodeando el sillón por la derecha, esta vez con la vista fija en el cuchillo y no en el pequeño; tuvo una increíble claridad de pensamiento, la suficiente para ver y entender las cosas con más detalle aún de lo que había visto milésimas de segundo antes. Pudo ver por el rabillo del ojo cómo la furibunda expresión de él era atravesada por la sorpresa de verla a ella regresar al enfrentamiento, y de qué forma su actitud corporal en medio de la carrera cambiaba, tornándose más violenta, y acaso también más insegura.
Inclinó el cuerpo en la carrera, esforzándose por no pensar y no sentir nada más que aquello que ocupaba su campo visual; a pesar del fuerte impulso de llegar hasta el niño, abrazarlo y acogerlo en sus brazos, en ese momento eso no serviría de nada, se convertiría más bien en una tercera oportunidad de ser atacada por él, y aunque estaba poniendo fuerzas más allá de las que tenía, no sabía hasta qué momento podría resistir y mantenerse en la batalla.
No había nadie más en el mundo en ese momento; el atacante no podía salir de esa casa, y si era necesario, ella tampoco.
Rogó que sus fuerzas fueran suficientes, que su temple no fallara ahora que había llegado a un nivel de entendimiento pleno de la situación en la que se encontraba, en que aunque hubiesen pasado sólo unos momentos, la vida entera había dado un vuelco y su accionar tenía que estar de acuerdo con el nuevo escenario.
El niño sintió los gritos y los gruñidos mucho más cerca de él y ralentó su huida, volteando hacia atrás con el pánico dibujado en los ojos; Iris vio que el monstruo que los atacaba estaba mucho más cerca de él que ella y además poseído por esa fuerza inexplicable que hasta ese momento lo había dominado, y supo que era la única oportunidad que tendría.
El metal plateado de la hoja del cuchillo en el suelo brillaba entre las marcas de sangre en él, casi como un trofeo caído desde una repisa, un cruel y frío premio que esperaba por las manos que lograran alcanzarlo y blandirlo en primer lugar.
Iris se arrojó con desesperación hacia el cuchillo, con las manos como garras hacia él, sabiendo que todo dependía de ese objeto.
Cayó de bruces sobre el suelo, sintiendo en ese preciso instante cómo la distancia entre ella y el atacante disminuían al máximo; aun estando en el momento mismo de su impacto contra el suelo, pudo sentir que él estaba arrojándose también, que lo había hecho al ver que ella tomaba esta acción desesperada, intentando ganar en esa jugada inesperada y sorpresiva. Ella se revolvió en sí misma para poder mirar hacia arriba, y el cuerpo de él cayó sobre el suyo como una sombra mortífera y amenazadora.


2


Cuando abrió los ojos, Vicente no supo dónde estaba ni lo que había ocurrido hasta dentro de un momento.

— ¿Qué sucede?

Su voz sonó como un eco a la oscuridad, sin nada que le diera a entender qué era lo que estaba sucediendo.
Jacobo.
Recordó entonces lo que había pasado poco antes, y la forma en que se enfrentó a Jacobo, dispuesto a terminar de una vez por todas con aquella amenaza que había destruido toda su vida.
¿En dónde estaba?
No podía ver nada a pesar de tener los ojos abiertos ¿o sería eso una sensación, pero no la realidad? Se acercó a Jacobo y lo abrazó, en un intento por desestabilizarlo, como sabía que estaba haciendo desde antes. Se dijo que él nunca había recibido ni sentido amor, mucho menos estado en contacto físico con alguien, lo que a fin de cuentas resultó alimento fácil para sus malos sentimientos, y permitió que su odio creciera más y más, enfocándose en todo lo que no tenía; había sido manipulado como un objeto, en parte gracias a su propio odio, que alejó y terminó por matar a sus propios padres, tras lo cual se quedó solo por completo. Concluyó entonces que la única forma de detener el avance incontrolable de sus poderes era darle algo que jamás había tenido, la sensación de contacto físico, a través de la cual podría transmitir mucho más que con las palabras, que según el propio Jacobo eran fuente de mentiras y engaños. Y Jacobo de alguna manera sabía que eso era real, que había verdad en esa intención, ya que cuando sintió que se estaba acercando, se asustó y trató de alejarlo; pero ya era tarde, Vicente ya estaba mucho más cerca de él y el poder con el que había cerrado las puertas y manipulado el aire alrededor se disolvió, incapaz de realizar la acción que quería por estar atenazado por el miedo a la cercanía. Concluyó que, de la misma forma en que antes su poder no podía estar de forma permanente sobre su mente, ahora el poder sobre sí disminuía al estar en presencia de otra persona, incluso si se trataba de su propia víctima.

— ¿Dónde estoy?

Pero algo no estaba bien ¿Se habría desmayado ante el enorme esfuerzo realizado en ese momento? Sintió una especie de grito desgarrado, pero era algo que no tenía una descripción posible, porque era algo completamente fuera de este mundo.

—Vicente.
— ¿Jacobo?

Aun no veía nada alrededor, ni era capaz de moverse; se dijo que quizás estaba inconsciente después de la experiencia vivida, que quizás en un esfuerzo por liberarse, Jacobo había desplegado su máxima fuerza, la misma que unos momentos antes lo había arrojado al suelo. ¿Es que acaso el poder que antes desplegó con tanta fuerza, había cambiado de forma, ocultando entonces de toda luz, aquella fría habitación?
Pero no estaba durmiendo. De alguna manera supo que no estaba inconsciente, sino por completo despierto, sólo que incapaz de ver con claridad, y de moverse. Quizás estaba siendo aprisionado por la fuerza que lo lanzó al suelo, y Jacobo, en un intento de autoprotegerse, hizo que las luces se apagaran.

—Vicente.
—Jacobo, esto se terminó.
—Aún tienes valor para seguir hablando.
—Ya no tienes el mismo poder sobre mí.
—En eso tienes razón.

La afirmación hizo que se sintiera nervioso ¿Por qué de pronto sonaba tan tranquilo y autocomplaciente? De pronto la luz se hizo dentro del sitio, y Vicente soltó un alarido de terror.

—Estás en mi reino, y aquí yo soy el rey.

Estaba viendo a Jacobo, pero por primera vez no a su cuerpo, sino a su mente; quiso cerrar los ojos, pero estaba atrapado sin poderlo evitar, sus párpados adheridos de una forma inexplicable, obligándolo a ver sin detención el horrible espectáculo.

— ¿Te gusta este lugar?
— ¿Dónde estoy?
—Estás dentro de mi mente.

Jacobo era un cuerpo inmóvil en la vida pero ¿Qué era ahí? ¿Acaso esa horrible imagen que le resultaba imposible dejar de ver era la representación que él tenía de sí mismo? ¿Qué tan torcida podía en realidad estar su mente como para visualizar algo como eso?
Su cuerpo era una especie de cadáver desollado, en el que la piel había sido arrancada, dejando todo el conjunto de músculos y terminales nerviosas al rojo vivo; pero esto iba mucho más allá, porque había algunas zonas en donde el músculo no existía, podía ver con horrible claridad los tendones y nervios colgando sin tener en donde sostenerse, y el hueso recubierto de una sustancia gelatinosa casi transparente. Una serie de largos tubos cuyo origen no estaba dentro de su campo visual llegaban hasta el cuerpo, y se internaban por los orificios rectal y urinario, haciendo que los bordes de piel sanguinolenta lucieran desgarrados, en decenas de cicatrices hechas y vueltas a hacer; estos tubos también se internaban por las fosas de la nariz, y uno más por la boca, pero habiendo penetrado por la mejilla, en donde la abertura escurría una mezcla repugnante de sangre y bilis. En ese momento notó que el vientre estaba abierto de costado a costado, dejando a la vista los putrefactos e inmóviles órganos internos, mezclados con los extremos de los tubos que horadaban la carne desde el exterior. Una sustancia gomosa de un color indefinible pasaba a través del tubo en la boca, la que al estar desprovista de piel como el resto del cuerpo, no era más que parte de una calavera recubierta por membranas al rojo, ensangrentadas y casi por completo transparentes. El extremo del tubo se movía, dirigiendo la sustancia hacia la garganta, que sufría una convulsión al recibir por la fuerza aquel contenido; unos instantes después, dicha sustancia aparecía visible a través de la abertura del vientre, convertida en un líquido de color amarillento, poblado de unas diminutas esferas negras. En el interior del estómago, donde los órganos estaban desprovistos de movimiento, los otros tubos buscaban como si se tratara de ventosas con dientes minúsculos que rastreaban sobre la inerte superficie, succionando milímetro a milímetro en busca del objetivo; una vez encontrado, tras una ruta de lesiones y nuevas heridas en la superficie, los extremos dentados daban con su objetivo, absorbiendo y causando nuevas convulsiones que, igual que estertores mortíferos, se extendían en el tiempo, posando a formar parte del ritmo de la respiración del cuerpo. El rostro desollado, desprovisto de cabello, no era más que una calavera, incapaz de dar forma a emoción alguna, esto debido a que en ella, a diferencia del resto del cuerpo, no había músculos, y sólo se veía una membrana muy ligera, cubierta por miles de diminutos terminales nerviosos que, a pesar de no estar conectados por efecto de la destrucción física, se convulsionaban a espasmos irregulares, siendo capaces de transmitir una agonía y perpetua señal de dolor. Los ojos, sin embargo, permanecían completos, posados en las cuencas y sostenidos por débiles nervios, sin párpados que pudieran protegerlos de la sangre en suspensión a sólo milímetros de ellos, incapaces más incluso que el rostro en su conjunto de realizar cualquier tipo de expresión, pero al mismo tiempo, fijos, enfocados en él y en su propia mirada.
Entendió entonces que lo que estaba viendo era la representación mental que Jacobo tenía de sí mismo, y que iba mucho más allá de lo que él, desde el exterior, habría podido suponer. La voz de Jacobo, que no provenía de ese cuerpo, pero tampoco de ningún sitio en particular, se encargó de dar una respuesta, como si  descifrara sus pensamientos al igual que antes.

— ¿Sorprendido? —dijo con una voz sosegada que hacía, por contraste, aún más desagradable el atroz aspecto que lucía en esos momentos– Entiendo que lo estés, porque hasta hace un minuto debes haber estado convencido de poder derrotarme.

Vicente estaba siendo presa de la morbosa visualización de esa estructura física, dominado por un sentimiento de angustia y nerviosismo que parecía ser controlado por alguien que no era él. ¿A qué se refería con decir que estaba en su mente?

— ¿Qué lugar es este?
—Ya te lo dije, estás dentro de mi mente, este es mi reino.
—No puede Ser.
—Es natural que no lo creas con facilidad; después de todo, ese ha sido mi plan desde un principio. Yo quería que vinieras a mí.

La declaración sonó mucho peor en su mente de lo que habría significado en otro contexto. No, no podía ser.

— ¿A qué te refieres?
—En algún momento llegaste a la conclusión –explicó la voz— de que quien fuera que estuviera “detrás” de los hechos que te ocurrían, por fuerza tenía que ser alguien de tu pasado, porque la planeación del ataque en tu contra habría llevado muchísimo tiempo. Tuviste razón, excepto por un detalle, y es que en esto no hay nada improvisado, todo es parte de lo que planeé para que vinieras a mí.
—No, eso no puede ser –respondió con nerviosismo—. Tú estabas asustado, no querías que me acercara a ti.
—Vicente, no te esfuerces en tratar de demostrar que estás en lo correcto, porque no es así. Has sido mi títere, mi juguete desde el principio. Porque yo lo quise así.

Vicente sintió un escalofrío, o una sensación muy similar al escuchar eso; sí, había sido influenciado por él, pero en ningún caso un títere. Había luchado contra esa sensación.

—Estás desesperado porque perdiste el control, porque no hay un rango ilimitado de daño que puedas hacerme, y porque tu poder sobre mí disminuye cada vez más.

Sin embargo, la voz replicó con calma a sus palabras.

—Vicente, yo nunca he querido hacerte daño.

3

Juan Miguel avanzaba a alta velocidad en la motocicleta, pero tuvo que detenerse un instante en un semáforo. Aprovechó la oportunidad para ver la hora es el reloj de muñeca, y comprobó que estaba en el tiempo planeado, por lo que llegaría en tres minutos. Sin embargo; sintió la necesidad de llamar otra ver, aunque es esta ocasión, en vez de marcar el número de Iris, dio la orden al mando a distancia de llamar a la casa. Escuchó por el audífono un tono, dos.

—Vamos, contesta Iris, contesta.

Dos tonos más, pero siguió sin contestar. La luz en el semáforo cambió de color, y Juan Miguel desistió de seguir intentando; algo le dijo, sin saber muy bien qué, que las cosas no estaban como deberían en esos momentos. Iris debería haber contestado el móvil o el fijo, pero no hizo ninguna de las dos cosas.
Aceleró.

4

—No, eso no es posible.

Estar prisionero en esos momentos, en la forma en que fuese, había pasado a un segundo plano; lo de verdad importante era lo que estaba escuchando.

—Desde un principio –explicó la voz con un toque inconfundible de satisfacción— he querido hacer algo contigo, pero hacerte daño no es mi fin último. Ha sido sólo un medio.
—Siempre dijiste que querías destruirme, has hecho todo por arruinar mi vida.
—Arruinar no es igual que destruir.
— ¡Me usaste para asesinar a Renata! Causaste la muerte de una persona.
—Vicente, te va a resultar muy difícil entender lo que ha estado sucediendo, y eso es porque yo lo he querido así.
— ¿Qué?
—Esto es lo que he querido desde el principio: que vengas a mí. Por eso es que he estado hablando en tu cabeza, para lograr crear ante ti un panorama que pareciera completamente real. Primero, tenía que entrar en ti, y eso no fue difícil una vez que aprendí a salir de aquí, y entrar en tu cabeza; pude haber provocado tantas cosas, y en el camino me pregunté muchas veces cuáles eran los métodos apropiados en este caso. Tuve que aprender mucho, a identificar cuáles eran tus sentimientos más profundos, tus miedos y las cosas más importantes. Llegué a conocerte tanto que me dabas asco.

Los palabros ahora eran frías e impersonales, pero al mismo tiempo demostraban mucho del verdadero sentimiento, oculto hasta ese preciso instante, bajo numerosas capas de mentiras.

—Pude usarte como un juguete para hacerte matar, pude obligarte a creer a mí como una voz real que te aconsejaba, y manejar tus sueños a mi antojo, pero hay algo que me faltaba. Necesitaba de algo más, un paso definitivo para ambos. Fue entonces cuando descubrí que daría mejor resultado intentar alejarte, que mantenerte cerca y controlado.

La voz de la Conciencia. La voz a la que escuchó, y a la que acto seguido comenzó a temer, cuando supo que algo peligroso se escondía tras esas palabras amables y melosas. La voz que le dijo que quería destruirlo, la que fue soltando, gota a gota la verdad, liberando recuerdos, desbloqueando escenas.
La voz con vida propia que hizo tambalear todo lo que tenía.

—Descubrí que si te daba una esperanza, por mínima que fuese, te aferrarías a ella y lucharías por mantenerla a flote a cualquier costo. Y esa esperanza era reunirte con tu esposa, y no perder a tu hijo.
— ¿Por qué? ¿Para hacerme más daño?
—No. Para traerte ante mí. ¿No lo ves? Cuando comenzaste a tratar de localizarme, estabas decidido —adoptó un cruel tono de desprecio— a hacerme abandonar, a que creyera en tu arrepentimiento y dejar de lado tus intenciones; conseguí hacer que creyeras en la mentira más grande de todas: que podías hacer algo al respecto.

Vicente no fue capaz de articular palabra.

— ¿Por qué no viniste a matarme? Ya tenías una muerte en tus manos, perfectamente podrías cometer otro asesinato, pero esa opción que te habría salvado, estaba eliminada para siempre desde el interior de tu ser. Cuando descubriste la muerte para la que te utilicé, no solamente entendiste que tenías que utilizar todas tus fuerzas para tratar de detenerme, también me permitiste crear un bloqueo en tu mente, que te haría imposible volver a matar; de esta manera, después de la muerte, la única opción que te quedaba disponible ante algo que no podías desechar de tu mente, era convencerme de dejar de hacerlo.

Vicente no pudo replicar a estas palabras tampoco, mientras el silencio de Jacobo hacía más efecto, y daba más cuerpo a sus dichos. ¿Entonces era eso, al final todo era parte de un plan para atraerlo a ese sitio?

— ¿Qué es lo que realmente pretendes? —dijo al fin.
—Hay algo que tú tienes que yo necesito desesperadamente. Y que ahora que te atraje hasta aquí, ahora que te metí en mi mente, ya puedo conseguir.



Próximo capítulo: Hasta que no respires