No vayas a casa Capítulo 23: No dije nada




Había estado tanto tiempo mirando, tanto tiempo cerca, pero no lo suficiente como para poder hacer algo efectivo; pero sucedió algo que le dijo cómo actuar, que el modo era mucho más sencillo de lo que él creía. Sí, tenía que atacar durante el sueño, pero necesitaba un arma, un método que resultara infalible.

La mente de Vicente dio un vuelco, y durante un segundo, que le pareció una eternidad, no fue capaz de pensar nada. Después de un tiempo increíblemente largo, notó que Iris lo miraba con expresión extrañada. Había estado desconectado durante un instante. ¡Oh por Dios! ¿Había dicho algo, alguna exclamación?

Su mente era vulnerable cuando estaba durmiendo, pero también lo era cuando estaba alterado, o nervioso por algo. Que su esposa descubriera las mentiras que le había dicho lo ponía muy mal, hacía que toda la felicidad que ella le provocaba se trastocara en tristeza. En un momento de dificultad era débil, incluso más que en el sueño. Estuvo tentado de entrar.

Los medios eran poco importantes, lo que de verdad tenía relevancia era lo que iba a hacer al respecto, y las posibilidades que se planteaban no eran para nada buenas; llamar a Renata era lo mismo que abrir la caja de Pandora, quizás incluso ella había armado toda esa treta esperando que él la llamara, consiguiendo así que fuera a rogarle por su silencio, a cambio del cual estaría atrapado de forma indefinida. Pero esa reunión no podía llegar a ocurrir.

La mente se volvía un caos, con una idea sobreponiéndose a la otra. Necesitaba calmarse, hacer algo, no hacer nada y solucionar todo, al mismo tiempo, mientras las suposiciones ganaban más y más lugar; quería evitar de cualquier modo que esa reunión se llevara a cabo, porque aunque las mentiras eran suyas y era su culpa, no quería asumir las consecuencias, todo eso era demasiado perder para él. Su mayor debilidad era perder a la esposa y al hijo, a los dos seres que más amaba. Y la peor forma es que fuera por su culpa.

— ¿Entonces tienes esa reunión con tu nueva clienta en la tarde?
—No, en la mañana, a las ocho treinta en mi oficina, reservé unos minutos antes de empezar el día.

¿Qué podía hacer para detenerlo? Su mente estaba en blanco, no conseguía idear algo que sirviera para que esa reunión no tuviera lugar, y que al mismo tiempo no pusiera sobre aviso a Iris de algo fuera de orden o a Renata de que estaba enterado del asunto. Ni una llamada o mensaje de ella, eso le decía que el plan era atacar desde un costado, pero nada más ¿Y si lo llamaba por teléfono mientras estaban en la reunión, haciendo alguna exigencia solapada mientras su esposa estaba al frente, con una bomba a punto de estallarle en las manos?

Se llevó las manos a la cabeza, con la mente por completo revuelta por los acontecimientos que estaba a punto de suceder.
“Esto no puede estar pasando. Tengo que detener esto, necesito que esa reunión no ocurra, sea como sea.”

Pero él no podía impedir esa reunión. Por mucho mal que le hicieran las consecuencias, había barreras en su forma de ser que se lo impedían, que evitaban que hiciera determinadas cosas. Lo mismo que antes, cuando se sentía culpable de haber deseado que le ocurriera un accidente a alguien que le ocurriera algo desafortunado. Sin embargo, la angustia no era por esa persona, sino porque lo hacía culpable de algo que lo convertía en una persona peor ante sus propios ojos.

¿Era en realidad tan sencillo, quedaba su vida expuesta de forma tan simple por una llamada telefónica, hecha por una mujer a la que no sólo no conocía bien, sino que además no llegaba a imaginar por completo? “Que pase algo” se dijo. “Que se retrase, que tenga un malestar físico, que le cursen una infracción de tránsito, que pase cualquier cosa que le impida llegar.”

Pero finalmente, todo no era más que un malentendido, y él salía indemne de esa situación. Todo no había sido más que un alcance de nombres, un error que de un momento a otro había estado ahogándolo como una soga invisible. Se recostó en el asiento, notando sólo en ese momento que estaba sudando frío, pero ahora respirando con la misma sensación de relajo que provocaba detenerse a descansar después de una carrera; todo era un error, y si en la mañana hubiese ingresado el nombre en el buscador, habría llegado al mismo resultado sin pasar por todo eso, por lo que el temor y la angustia habría sido un golpe momentáneo y quizás una advertencia, en vez de una agonía larga y patética.

Estuvo en riesgo, sintió el temor y se volvió vulnerable.
Tuvo nuevamente la tentación de intervenir, pero un hecho nuevo lo detuvo; o en vez de eso, cambió sus planes hacia otro rumbo.

Todavía no lo llamaban del centro en donde Dana estaba internada, pero tampoco había pasado tanto tiempo, de hecho estaba sobre la hora en que se suponía que lo contactarían ¿Qué le estaría ocurriendo?

Ella era el nexo con el pasado, algo que había desechado porque, si bien tenía importancia, no era tan fuerte como la familia que tenía ahora. Pero quizás podría hacer una prueba.

¿Qué estará viendo Sergio en el ordenador?

Hizo que la pregunta surgiera de forma natural en su mente, producto del aburrimiento y la inactividad; hizo que se sintiera como un chiquillo, pensando con malicia acerca de las cosas que alguien más hacía en el ordenador. Pero la puerta de la oficina estaba cerrada, y no se escuchaba la alegre voz del hijo del dueño.

¿Qué mal puede hacer echar un vistazo?

Se puso de pie, mirando hacia la puerta de la oficina, como si alguien pudiese entrar de improviso para denunciar la infantil treta que estaba pensando hacer; pero en el lugar solo había silencio, y un suave olor a desodorante ambiental de lavanda que en esa empresa estaba por todas partes.
Rodeó el escritorio con paso sigiloso, sin hacer ningún movimiento, hasta que su vista estuvo en el ángulo perfecto para ver lo que había en la pantalla. La información puso en riesgo el control que estaba aplicando, y de hecho, lo hizo separarse; su mente pasó en un instante del aburrimiento a la actividad ¿por qué? Porque esos datos que figuraban en la pantalla eran importantes para su trabajo; supo que la preocupación era lo principal en aparecer.

Salió de la oficina sintiéndose ahogado por estar tanto tiempo ahí, luego de ver lo que estaba en la pantalla del ordenador de Sergio. Se metió en el baño y echó el pestillo, para poder ver con tranquilidad la información a través del navegador del móvil; en efecto, el hijo del dueño estaba a punto de volar con alas propias: en la página de registro empresarial, estaban todos los datos asociados a Sergio, a nombre de una sociedad comercial nueva, llamada Seri-prod. ¿Por qué esto era tan importante? Porque la empresa tenía el mismo rubro que la Tech-live, o que significaba que el hijo pretendía separarse de los negocios de su padre, pero no precisamente para ayudarlo. Se trataba de competencia, y en la ciudad ya habían algunas otras empresas dedicadas a la venta de artículos para la pequeña industria, aunque ninguna tan grande y bien asentada como esta; si comenzaba una nueva empresa, bien la familia quería montar un monopolio, o existía algún tipo de rencilla interna que él desconocía, y que estaba a punto de hacer que las aguas hasta entonces tranquilas se pusieran turbias. Su teléfono anunció una llamada que lo sobresaltó: Era del centro de tratamiento, y tan pronto como vio el número llamando, supo que las noticias no eran buenas.

— ¿Hola?
— ¿Señor Sarmiento? —la voz era la misma de la mujer mayor de más temprano. Estaba seria, hablando despacio y con cuidado—. Lamento informarle que Dana ha fallecido.

Al escucharlo, todo fue distinto a como esperaba que fuera. Si bien en todos esos años nunca había enfrentado de modo concreto la probable muerte de su amiga de la infancia, esa mañana, al hacer la llamada y mientras esperaba que lo llamaran de regreso, esperaba que si le daban una mala noticia, sería como perder a alguien con quien aún mantuviera contacto, una amiga importante. Imaginó conmoción y lágrimas, pero en ese momento, mientras la mujer del otro lado de la línea aguardaba con respetuosa cautela un tiempo prudente antes de preguntarle si seguía escuchando, sólo sintió vacío.
Por supuesto que lamentaba la muerte, y más aun que alguien que había sido tan importante terminara de ese modo, pero no era como imaginaba el dolor de la pérdida de alguien amado, al menos no en el presente. ¿Quién era en realidad la mujer que había muerto? Él conocía, él amó a la chica, a la adolescente, sufrió por su alejamiento, se preocupó por ella y lamentó no poder ayudarla a escapar de su madre y sus malas decisiones, pero dos o tres años después, a la mujer que encontró, la que encontró por casualidad del destino a través de una amiga de la universidad, la que estaba tan metida en las drogas que había perdido mucho de sí misma, no sabía quién era.
¿Lo recordaría Dana? Mientras estaba quizás en qué sitio, con quien o haciendo qué ¿Habrá pensado en él? Llevaba más de una década ayudando a su mantención y cuidado en ese centro, pero a esa mujer no la conocía, de igual forma que ella no lo había reconocido al volver a verlo; era duro, pero era la verdad, esa mujer que por desgracia vio truncada su existencia, se convirtió en alguien distinto a quien él recordaba, y ahora ambas estaban muertas.

Resultaba muy interesante. En tan sólo algunos días había aprendido muchas cosas nuevas, la principal de ellas, a diferenciar entre lo que le importaba en el presente, y lo que importaba hacia adelante o atrás; tiempo, vida y muerte, eran factores determinantes, suficientes para hacer tambalear su estado, con un cambio brusco en cualquiera de ellos.
El peligro de perder el trabajo hacía que se sintiera inseguro, perder a una amiga del pasado lo hacía ponerse triste, pensar que podía perder a su esposa o que la pasara algo al hijo  era una alerta. Y de alguna forma, esos sentimientos lo acompañaban en el sueño.
Estaba cansado, golpeado por diversos sentimientos, que involucraban distintas etapas de su vida; decidió que era el momento de hacer algo, de dar un golpe mucho más fuerte de lo que antes había pensado. Más que manipulación, iba a meterse en sus sueños.
Se concentró al máximo, y se metió muy adentro, muy profundo, buscando algo que pudiera permitirle hacer lo que quería; necesitaba aprovecharse de su sueño, y volverlo más vulnerable que nunca, para que no fuera capaz de recordar de inmediato lo que iba a hacer.
El hijo.
El hijo era producto de ambos, y en forma especial, era parte de sí mismo; se veía en él, quería protegerlo de todo y estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de lograr ese fin. El hijo era su mayor amor, y al mismo tiempo, su mayor debilidad.

Ponte de pie, Vicente. Vamos a dar un paseo.
Todo estaba en penumbras; no era la oscuridad real, pero logró hacer que pensara que así lo era. Que mientras se ponía de pie, mientras bajaba la escalera, pensara que estaba en otro sitio, quieto y aún tendido en la cama. No acostumbraba despertar en la noche sin un motivo concreto ¿Se debería quizás a un efecto posterior a la ceremonia fúnebre? En su llegada comentó el asunto con Iris, y se sorprendió al verse a sí mismo tan tranquilo, encontrando en su mente el lugar correcto para la situación que había ocurrido: Dana ahora descansaba en paz, su sufrimiento y enajenación habían terminado, y él había tenido una posibilidad que pocas veces tenía el ser humano, la de sanar algo del dolor de una persona que quiso, después de perder el contacto por tanto tiempo. No se sentía como un filántropo ni nada por el estilo, lo suyo iba por el lado de restaurar algo de lo perdido ¿Quién podría haber imaginado que el destino de Dana iba a ser ese? Incluso con el brutal cambio en su vida, no parecía posible, y sin embargo algo la había empujado hacia un sitio desde donde no pudo volver; por lo menos no pasó los últimos tiempos en la calle, abandonada y sola.
Un momento.
Algo se remeció en su interior; el sueño estaba siendo demasiado vívido, extrayendo más detalles de los necesarios ¿Qué podía hacer? Si se despertaba en ese momento, todo estaría en riesgo.
Hacerlo conducir por una determinada ruta no era sencillo, y le exigió utilizar todas sus fuerzas para mantener el delicado equilibrio entre la realidad y la fantasía; hizo que el tiempo transcurriera con mucha lentitud, que pareciera que nada sucedía, hasta que la mujer estuvo frente a sus ojos. Ven conmigo, acompáñame, le dijo, y aunque ella lo miró con extrañeza, sorprendiéndose de su voz y la forma en que hablaba, lo acompañó.
Seguía quieto, tendido de espaldas, sin moverse ni un solo centímetro, con la vista fija al frente. Esa no era su habitación.
Intentó moverse, pero se encontró con que estaba por completo inmóvil.

— ¿Qué sucede?

Escuchaba su voz en su mente, pero no podía verbalizar las palabras ¿Dónde estaba, qué estaba pasando? Sintió que apretaba los puños y todos los músculos de su cuerpo se tensaban, como intentando soltarse de amarras invisibles que lo mantenían prisionero, pero no funcionó, seguía atado, hasta con la cabeza sujeta, mirando fijo al techo que no reconocía, al que no era del blanco albino de su cuarto.

—Estoy soñando.

Sí, es un sueño; la mujer estaba preocupada, se sentía extraña, quizás comprendiendo algo de lo que estaba pasando; sus fuerzas estaban al límite, pero no podía ceder; hizo que el tiempo siguiera al mismo ritmo, a la misma vez que lo obligaba a moverse, a hacer que su cuerpo obedeciera las órdenes, paso a paso y sin cuestionar.
Escuchó dentro de su cabeza las palabras, como dichas por alguien más con su misma voz, y trató de calmarse; esto es como cuando te estás quedando dormido y sientes que caes profundo, como si te precipitaras a un abismo. Piensa, es un efecto que está haciendo tu mente, no puedes moverte porque estás durmiendo. Estás durmiendo en tu cuarto, junto a Iris; deja de preocuparte, cálmate y relaja el cuerpo, todo está bien.
Pasaron algunos segundos más de incertidumbre, hasta que al fin se soltó de las amarras invisibles, sintiendo cómo todo el cuerpo se relajaba; está bien, se dijo, sólo sigue durmiendo.
Se presentó entonces un dilema que no había previsto. Estaba junto a ella, de pie fuera del auto en medio de la noche, en el sitio que escogió para realizarlo, pero se dio cuenta de que para eso, necesitaba más fuerza de la que era capaz de utilizar al mismo tiempo que lo mantenía sumido en un profundo sueño; para terminar con eso, era absolutamente necesario dirigir toda su fuerza a ese punto, a hacer que los brazos obedecieran, que los músculos siguieran el signo ya determinado. Pero no podía mantener el falso y lento sueño dentro de él y las acciones fuera.
Ya desde antes, cuando consiguió entrar en la mente de esa mujer en aquel sitio, sintió lo que era la libertad de estar dentro de un cuerpo que pudiera moverse, y aunque no le pertenecía y era un pasajero, de todos modos pudo acariciare, aunque fuera por cortos momentos, la posibilidad cierta de salir de ahí. Al tomar posesión del cuerpo de ella, modificaba algo en su mente, de manera similar a lo que había hecho antes con sus padres, pero más sutil, sólo usando una parte de su capacidad, por lo que tomaba el control, generando un vacío, un momento que no existiría jamás en su mente.
Podía hacer algo usando su cuerpo, pero dejando apagada su mente.
¿De qué serviría entonces hacer eso, cómo esa acción quedaría al descubierto? Una vez hecho, era probable que se perdiera la conexión entre ambos, y eso daba pie a que Vicente escondiera cualquier prueba, y al mismo tiempo, sintiéndose en peligro, levantara de forma inconciente barreras que lo protegieran de una nueva intrusión.

— ¿Dónde estoy?

Al sentirse liberado, la tranquilidad física no se traspasó a su mente; recordando que estaba durmiendo, se dijo que era lo mismo que cuando una persona sentía que se caía, y que por lo tanto, sólo debía controlar esa sensación, hasta borrarla. Tenía que decirle a su cuerpo que se moviera ¡Eso es! Tenía que moverse, y al cambiar de posición, tomaría conciencia de que eso no era más que un sueño absurdo, y podría seguir descansando. Miró a la izquierda, y aun entre la penumbra, sus ojos encontraron un afiche enmarcado: un super héroe infantil, muy colorido, con un traje con luces de neón enfrentando a un enemigo.
Sólo había una alternativa. Seguir hasta el final.

— ¿Qué?

Volteó la cabeza en sentido contrario ¿Por qué estaba soñando de esa manera? Mientras giraba la cabeza, a una velocidad que a él mismo le parecía enloquecedora, por su lentitud, reconoció el techo más oscuro que el de su cuarto: por supuesto, en ese techo él pegó diferentes figuras, como parte de la decoración. Tenía que voltear a la derecha, saber de forma concreta que lo que estaba sucediendo era algo en específico, pero…

—No…

Otra vez tenía los miembros agarrotados, como si un calambre se extendiera por todo su cuerpo; intentó con angustia moverse, hacer algo para que el movimiento fuera más rápido, pero le resultaba imposible incluso girar los ojos, como si los tuviera fijos de algún modo que no llegaba a identificar.

—No…no, no…

Un instante después quiso, y al mismo tiempo no quiso moverse; deseó con un temor irrefrenable que su cabeza dejara de voltear a la derecha, que sus ojos, ya acostumbrados a la penumbra, no vieran lo que estaban a punto de ver.
Tenía los pies adormecidos.
La cama de Benjamín era más pequeña que la de un adulto; medía casi un metro y medio, por lo que, si alguien de su estatura se tendía en ella, los pies quedarían por fuera. Estar mucho tiempo quieto sobre una superficie, puede generar adormecimiento de zonas del cuerpo, ya que se produce una interrupción en el correcto flujo sanguíneo, sobre todo a las extremidades.

—No…por favor…

Cuando al fin su cabeza terminó de girar hacia la derecha, sus ojos lo vieron, y Vicente pudo sentir dentro de sí como si algo se rompiese.

—Por Dios, no…no…

Quería gritar o moverse, pero otra vez estaba presa de esa sensación, que en esos momentos actuaba como una verdadera tortura; no podía gritar, ni moverse, en esos momentos no era más que una cáscara vacía, desprovista de todo sentimiento y toda reacción: por eso es que su cuerpo estaba entumecido, porque se había enfriado junto con su mente al ver el espectáculo que sus ojos no podían asimilar, ni su cerebro entender.

—Por favor no…

Benjamín estaba junto a él.
Su pequeño cuerpo estaba tendido de espalda, la cobija de color azul con figuras de Jimmy K, uno de sus tantos dibujos animados de la televisión a los que admiraba, cubriendo hasta la cintura; el torso, cubierto con el pijama blanco, mostraba el brazo izquierdo muy pegado al cuerpo, mientras el derecho estaba doblado, con la mano llevada hacia la cara.

—Dios, no…por favor no, mi niño…

Sentía que la respiración se cortaba y regresaba en espasmos regulares, como una válvula que era manejada por alguien más; su vista se encontró entonces con la de él, y vio sus ojos muy abiertos, fijos en los suyos, traspasándole un terror indescriptible, el mismo que, sin duda, había experimentado poco antes ¿Cuánto tiempo había pasado?
Eso era algo que jamás podría saber. Tomó el cuerpo de ella, que no opuso resistencia al no advertir lo que estaba a punto de suceder, y la sacudió con violencia, haciendo que su cabeza se estrellara contra la barrera metálica que separaba la vía del pequeño barranco. Ella emitió un sonido gutural, parecido a un grito, mientras su expresión variaba de la sorpresa, al miedo, y finalmente a la inconciencia. Arrojarla tras la barrera, y ver su cuerpo caer a través de los ojos de Vicente, fue al mismo tiempo un gran sentimiento de satisfacción y de peligro, porque esa descarga de energía era mayor a la que había previsto. El nexo empezó a tambalearse, lo que significaba que en cualquier momento volvería a despertar, echando por tierra todas las opciones; ya había tomado la decisión de realizar esa acción sin que él lo supiera, ahora no podía retroceder.
Necesitaba tocarlo, necesitaba saber a ciencia cierta que…pero era un sueño, estaba durmiendo, se lo dijo en repetidas oportunidades cuando abrió los ojos.
El sueño estaba saliéndose de control; lo que al mismo tiempo era su cuerpo azotando el de ella contra la rígida superficie en la realidad, era él descubriendo el cadáver del hijo en su propio cuarto. Tendría que causarle miedo, pero no contó con que el amor que sentía hacia él generaba un sentimiento de negación, con el que se hacía necesario establecer contacto físico para comprobar que en realidad estaba pasando eso. Pero tocar el cuerpo de su hijo en el sueño era lo mismo que tocar el de esa mujer en la realidad, y eso lo devolvía al peligro de que despertara y, asustado, escondiera todas las pruebas. La verdad debía surgir de otra manera.

—No puede ser…

Por primera vez escuchó su propia voz, saliendo al fin de su garganta, articulada por sus adormecidas cuerdas vocales, como un ahogado gemido, ininteligible incluso para sus oídos; estaba hablando, estaba recuperando la capacidad de moverse y de hablar, sólo para encontrarse petrificado por la escena que estaba presenciando, solo en la noche.
Los ojos de Benjamín, muy abiertos, fijos al frente pero sin ver, despojados del brillo y la alegría que lo caracterizaba, desprovistos de la inteligencia que tanto lo hacía crecer a él como padre.
Lo obligó a dejar de ver esos ojos tan abiertos de ella, y volver al auto. El control estaba siendo demasiado inestable ¿podría llegar a la casa de regreso? Sentía como si estuviera quebrándose en el trayecto, como si la energía puesta en esa tarea fuera tanta, que no era capaz de mantenerse a salvo, sufriendo él mismo las consecuencias de algo que no tenía que dañarlo a él.
Pero resistió, lo suficiente para devolverlo a la casa, al cuarto, justo un momento antes de que perdiera por completo el control sobre él.
¿Padre? Una palabra horrenda en esos momentos ¿Qué clase de monstruo podía haber hecho algo como eso? Su vista entonces se hizo un poco más clara, y también pudo tenderse de costado, más como una forma de arrastrarse hacia él, necesitando tocarlo pero sin tener el coraje para hacerlo; tenía la boca entreabierta, con un hilo de sangre marcando su inmaculada piel, cayendo sobre la almohada hundida bajo su cabecita.

—No…por Dios, no, no, no, no, no…

La almohada estaba manchada de sangre bajo la cara, una mancha roja que se veía oscura y nítida sobre el blanco de la tela; Vicente estaba temblando, lo supo tan sólo un momento después de ver el rastro rojo extendido bajo su carita, mientras su cerebro procesaba los datos, mientras su cabeza comprendía la demencial situación y mutaba la imagen de su hijo, por la de un cuerpo inerte, a sólo centímetros de él.

—Hijo…

Cuando habló otra vez, su resoplido movió de forma tenue los cabellos de la frente del pequeño; el cuarto siempre había tenido un tipo de iluminación especial en que la oscuridad no era completa durante la noche, y ahora que aún no era de madrugada, esa luz hacía convertirse en espectros hasta los más pequeños pliegues de la tela. Vio su mano izquierda levantarse hacia el diminuto cuerpo, y por un interminable segundo contempló los pliegues de las articulaciones de los dedos, remarcados por la luz oscura, convirtiendo su extremidad en la de alguien más, algo que no podía reconocer; en ese momento sintió la tibieza en el pecho, y de pronto estaba llevando ambas manos hacia el centro, directo sobre el esternón, tocando la tela de su propia camiseta, empapada.
Pero no se trataba de sudor, su cuerpo estaba tan frío en ese instante, que no podía secretar ningún tipo de fluido; supo con una atroz claridad lo que estaba tocando y quiso cerrar los ojos, pero era imposible, parecía condenado a ver todo, con lujo de detalles: despegó las manos del pecho, y al contemplar las palmas, las vio manchadas, del mismo color de la tela de la almohada bajo la cabeza del pequeño.

—Oh por Dios… ¿Qué he hecho?

Las imágenes del cuerpo de ella, tendido en el suelo entre unas matas, era demasiado fuerte, había traspasado la barrera entre el sueño y la realidad, por lo que no tuvo otra opción que transferir ese miedo y repugnancia al sueño que había creado para él, sin saber a ciencia cierta cuáles serían los resultados reales de ese experimento.
Un cuerpo adulto podía pesar entre setenta y cinco y noventa y cinco kilos en promedio; él a sus treinta y siete años pesaba ochenta, muchos de los cuales eran masa muscular, debido al ejercicio. Los músculos son más fuertes que la grasa. Ochenta kilos de peso inmóvil son más de lo que el cuerpo de un niño de siete años, que pesa una cuarta parte de eso, puede soportar.
No, no era posible.
Durante un momento, su vista tuvo en frente a sus manos manchadas, con la muestra en ellas del camino recorrido por la sangre, mientras de fondo, el cuerpo inmóvil, tan frío y quieto como una figura de cera, seguía estando allí. Jamás volvería a moverse, nunca otra vez reiría ni correría por la casa, ni lo escucharía llamarlo o enfadarse; estaba tan quieto, que más que la sangre o la irreal expresión de su rostro, fue esa quietud lo que hizo que Vicente experimentara un terror sin límites. Por un motivo que no alcanzaba a comprender, había entrado  a la habitación de su hijo, junto a la suya, y se había acostado en su cama ¿Qué tan preocupante podría ser algo como eso? Un gesto de cariño propio de un padre, pero un verdadero padre, un auténtico padre, no haría eso. Un padre de verdad habría tomado una precaución, habría puesto una almohada entre ellos, o siquiera tenido el sentido común de acompañar a su hijo en el sueño a prudente distancia.
El peso de su cuerpo, dormido, había matado a su hijo.

—No… ¡Nooooo!

Por fin la voz emergió de su garganta, desgarrando las vías e inundando sus propios oídos. Pero no fue un grito, fue una exhalación de aire que cubrió con sus manos, un gemido de dolor y de angustia sin precedentes que laceraba su boca y los tejidos internos, mientras con los dedos oprimía su cara, tapando la vía, clavando las uñas en la piel, sin sentir el gesto que hacía, pero siendo tan brutalmente consciente del calor de la sangre que impregnaba su rostro. El grito persistía, era como una fuerza que emanaba de su ser, algo que no podía controlar, así como no podía controlar nada en su cuerpo; al mismo tiempo sintió que presionaba con los brazos su torso, clavando los codos contra las costillas mientras los pulmones seguían expulsando aire. El sudor se extendía por su cuerpo, al mismo tiempo que sentía cómo los músculos del estómago, oprimidos por el esfuerzo del grito, se contracturaban más y más; pero nada de eso se igualaba a lo que estaba viendo, esa imagen lo perseguiría por siempre, hasta el fin de sus días.
En ese momento no pudo volver a establecer contacto, la mente de Vicente estaba muy contrariada como para hacerlo, de forma que sólo pudo esperar.
Había matado a su hijo.
Su hijo, ya no era más Benjamín, ahora sólo era un cuerpo, una masa tendida sobre una cama que ya no le pertenecía, empapado en sangre producto de la presión por intentar liberarse ¿Habría gritado? ¿Habría intentado, con sus pequeños pulmones, dar voces, pedir ayuda, habría suplicado a papá que lo dejara respirar? ¿Cuánto, en el nombre del cielo, habría durado esa agonía? Una de sus manos estaba llevada al cuello, lo que significaba sólo una cosa: había sentido el terror de quedarse sin aire. Ahí, en el sitio más acogedor para él de su casa, en el lugar en donde se sentía libre y a gusto, algo que era mucho más grande y fuerte había llegado a aplastarlo, a cubrir sus salidas y oscurecer de forma definitiva el cielo, borrando de su vista cualquier héroe de niñez, cualquier imagen gentil; no fue durante el sueño, ni siquiera existió para él ese mezquino consuelo, porque se despertó, y sin duda supo que estaba ocurriendo algo malo. De seguro intentó gritar, sin saber que, al hacerlo, se condenaba con más rapidez, sin comprender, en su infantil pero auténtica desesperación, que al gritar, al hacer esfuerzo por liberarse, y mover el cuerpo inmóvil sobre él, estaba gastando con más rapidez el escaso aire en sus pulmones, que a cada intento, a cada esfuerzo, agotaba con más rapidez la llama de su vida ¿Qué habrá dicho? ¿Lo habrá escuchado él, en sueños, sin comprender lo que estaba pasando, o sólo siguió tendido boca abajo, ignorante de todo suceso, sin percibir la desesperación? ¿No sintió nada, ni sus manitos forcejeando, ni sus gritos ahogados contra su pecho, ni siquiera los temblores convulsivos de su cuerpo cuando el final se sobrevenía?
¿Por qué? ¿Por qué había hecho algo como eso, cómo había sido capaz de trastocar un momento de amor y ternura en una pesadilla como esa?
No sabía si seguía gritando o se trataba del eco dentro de su cabeza, pero ese sonido, el de su propia voz desgarrándose, no se iría jamás, lo seguiría escuchando pasase lo que pasase; no estaba durmiendo, había despertado en el mismo momento en el que creyó hacerlo, y ante eso, nada era más real que la sangre que con sus manos había tocado y que ahora se mezclaba con el sudor de su rostro; la mandíbula seguía desencajada, como una mueca terrorífica, los dedos entumecidos, la palma izquierda sobre la boca, la derecha sobre ella, ambas cubriendo y a la vez presionando contra la cara, cada dedo marcando la piel.

De pronto pudo hacerlo, y sintió pánico de que todo hubiese terminado mal; por suerte, sin embargo, las cosas tomaron el curso que era más lógico para él; la mente de las personas a veces resultaba muy útil, como en ese caso en que asoció toda la experiencia, el cansancio y el miedo con lo más próximo que recordaba, el sueño que él le indujo a tener. Después de eso, pudo comprobar que, en efecto, algo se había roto en él, que la entrada a sus pensamientos era ahora más libre y al mismo tiempo, más frágil; ya no era sólo un visitante, ni alguien que lo controló en determinado momento, estaba ahí, en el mismo sitio que él, como una persona completa que estuviera parada junto a él, poniendo una mano sobre su hombro y diciéndole, a través de sutiles consejos, lo que era más conveniente hacer.
Pero estar ahí también era una fuente de riesgo, porque esa extrema cercanía podía hacer que se pusiera sobre aviso, que descubriera que las cosas ya no eran como antes; así, decidió hacer algo mucho más sutil de lo que jamás había intentado: ayudarlo.


3


El día había comenzado temprano, pero de ninguna manera tras un sueño reparador para Iris; durmió a saltos, preocupada a cada momento de que pudiera suceder algo, e incluso tuvo la idea, que puso en práctica, de dejar encendido el ya antiguo dispositivo de escucha a distancia, el que dejó de forma discreta en el cuarto de su hijo.

¿En qué se había convertido su vida?

No podía dejar de pensar en todas las conjeturas que estaba haciendo respecto de Vicente, su desaparición y la forma en que muchos hechos que no estaban conectados, y que parecían no tener relación alguna, terminaban encajando de una forma terrible en el panorama. Que su esposo, el hombre al que amaba, el padre de su hijo, estuviera afectado por una enfermedad mental que se desatara de forma inesperada, fulminante y repentina, era amenazador y al mismo tiempo un hecho que desestabilizaba todo lo que conocía. Pero estaba obligada a ser fuerte, y poner las cosas en orden; Juan Miguel había sido de ayuda la tarde anterior, pero en ese momento, quien tenía que tomar las riendas era ella, y tomar las decisiones que fueran necesarias para encontrar una salida, y mantener a su hijo lejos de cualquier tipo de peligro.
Mientras se arreglaba, no pudo evitar un estremecimiento al recordar otra vez el miedo en los ojos de su hijo ¿sería acaso que al ser un niño podía ver con más claridad cosas que ella, siendo adulta no? Independiente de los motivos, tuvo que tomar realmente en serio lo que estaba diciendo, ya que eso hacía cuadrar todas las cosas que antes no tenían sentido para ella; Vicente estaba pasando por algo que resultaba hasta ese momento inexplicable, y era vital hacer algo al respecto, para lo cual Benjamín tenía que estar fuera del radio de acción.
Seis cincuenta de la mañana, estaba preparada para lo que tuviera que hacer; entró de vuelta al cuarto, y tuvo un fugaz instante de debilidad al verlo vacío, tomando conciencia de que Vicente no había pasado la noche ahí, no por estar trabajando o en un viaje, sino por estar perdido. Se dejó llevar por ese sentimiento, y se acercó a su armario, el que abrió en un arranque de sentimentalismo que se criticó, pero que dejó que sucediera.
¿Dónde estaba?
Sabía que una persona con un trastorno mental podía tomar acciones inesperadas, entre las que se encontraba la evasión, pero al no tener claridad sobre lo que lo afectaba a él, el rango de posibilidades se hacía más amplio  y turbio. Necesitaba tener espacio y tiempo para encontrarlo y hallar la forma de ayudarlo. Jacinta le había dicho la noche anterior que no tenía problema en hacerse cargo de Benjamín y llevarlo a casa de su madre, quien también estaba al tanto –al menos de lo necesario- y dispuesta a pasar algo de tiempo de calidad con su nieto.
Entonces su vista se desplazó hacia algo que estaba en el suelo del armario empotrado en la pared, justo detrás de una caja que contenía algunas herramientas.

— ¿Qué es esto?

Se inclinó y movió la caja, encontrando lo que había llamado su atención: una remera blanca de media temporada, unos pantalones deportivos y unas zapatillas, sucios de tierra, la tela de ellos algo tiesa, por el sudor.

— ¿Por qué…?

La pregunta quedó vagando en el aire, mientras su mente viajaba más rápido. Ambos guardaban su ropa, o la sacaban para el lavado de forma independiente, haciéndose caro cada uno de su espacio, por lo que no resultaba necesario entrar al armario del otro; la última vez que ella había visto en ese armario fue cuando se acercó a mostrarle algo a Vicente en el móvil, exactamente el día antes que ella vendiera la galería de arte de la pintora. Vicente no había usado esa ropa desde entonces, ni mucho menos en el tiempo reciente; de hecho, esa ropa estaba colgada junto con otras prendas a la derecha, lista para el descarte.
Se levantó con la remera sucia en la mano izquierda, mientras con la derecha removía la ropa del otro extremo del armario; vio un gancho doble vacío.
¿Por qué habría ropa de Vicente sin lavar, tirada tantos días en el suelo, casi como si hubiese sido escondida ahí? ¿Por qué unas ropas que él no usaba desde hace mucho tiempo?

No tuvo tiempo de contestar ninguna de estas preguntas, el sonido de la puerta en el primer piso la interrumpió.



Próximo capítulo: Realidad