No vayas a casa Capítulo 21: Esperé




Vicente sabía que llamar a su madre estaba descartado, al igual que intentar comunicarse con Iris. Sin embargo, a pesar de su firme decisión de permanecer desaparecido, resultaba evidente que tenía que hacer cosas que estaban más allá de lo que pudiese manejar a distancia, o desde las sombras.
Con mano temblorosa tomó el volante del auto, y enfiló el camino a alta velocidad por la carretera, rumbo a su destino; tal vez en su esclarecedor encuentro con Sofía Cabrales la apariencia habría sido irrelevante, pero para el resto, era vital aparentar ser la misma persona de siempre, no importaba si después salían a la luz situaciones inconexas y sin una explicación clara. Hizo una parada rápida en una tienda de ropa usada de nombre desconocido, compró algo rápido y en efectivo para pasar lo más desapercibido posible, y de inmediato fue al centro comercial ubicado en el extremo norte de la ciudad, donde ingresó a los baños con ducha; lo que podría haber sido relajante o agradable se convirtió en un simple trámite, donde se limpió de forma prolija, asegurándose de librarse de los malos olores, y se vistió con la ropa comprada poco antes, con la que se sintió cubierto pero con una extrañeza física, desconociendo la forma y las texturas. No importaba.
Se deshizo de su ropa a poco de salir del centro comercial, y tras dejar el entramado de calles que rodeaba el gigantesco complejo, tomó rumbo hacia el norte, hacia la zona de La campiña, en donde vivía una de las pocas personas que podía ayudarlo a conseguir información de primera mano; de camino pasó a una farmacia y compró lo necesario para disimular el golpe que se había dado en la frente, y algunas cosas que podía necesitar después.
Libertad Manrique era la madre de la señorita Santibáñez, quien hacía clases en la escuela a la que asistía Benjamín, y muchos años atrás fue maestra de Vicente, en la secundaria. Se trataba de una mujer amante de su profesión, que durante tres o cuatro décadas se dedicó en cuerpo y alma a enseñar y dar forma a los conocimientos que era necesario inculcar en los jóvenes; fue una mujer justa, clara, apasionada por el trabajo, de una inteligencia emocional muy desarrollada y un sentido común acertado y justo. En la actualidad, ya era una mujer octogenaria, que no enseñaba y tenía una vida tranquila en una casa adquirida gracias a su arduo trabajo, ubicada a no mucha distancia de las enormes zonas de cosecha de uva propiedad de una antigua familia viñatera; Vicente había estado allí sólo una vez, en compañía de Iris, cuando ambos estaban en busca de una escuela apropiada para su hijo. Sintió una puñalada de dolor al rememorar aquella ruta alegre y contrastarla con su oscuro presente, pero se obligó a mantener la calma, capacidad que sería vital en esta prueba en busca de información.

—Buenos días.

La mujer había encanecido, pero por lo demás se veía muy similar a la última vez: alta, fuerte, de estructura imponente, que ya en su edad la hacía inspirar respeto, junto a una mirada cansada pero sabia, de aun brillantes ojos oscuros.

—Señor Sarmiento, esto es en verdad una gran sorpresa.

La mujer sonrió al verlo, aunque sin disimular del todo la impresión al verlo, y la mirada no tan discreta al parche color piel que figuraba en su frente; Vicente se repitió lo mismo que había dicho antes, que era obligación mantener la calma, evitar cualquier respuesta comprometedora, conseguir la información, y sobre todas las cosas, salir de allí lo más pronto posible.

—Me da gusto verla señora Manrique.

La mujer hizo un asentimiento lento, mientras algo pasaba por su mente, idea o recuerdo que desechó para estrechar su mano de manera formal.

—Para mí también es un placer, aunque debo decir que es muy sorpresivo.

Hizo ademán para que entrase, ante lo que Vicente respondió entrando con una calma que sólo era exterior; se sentó sin pedir invitación en el sofá, mientras tragaba saliva, preparado para luchar por escucharse sereno y creíble.

—Lo lamento si la estoy interrumpiendo, no debí venir sin avisar.
—Tonterías —replicó ella con una débil aunque sincera sonrisa—, no es ninguna molestia, además a esta edad no tengo tantas ocupaciones; pero me sorprende esta visita.

Mientras viajaba en esa dirección, se había estado preguntando cómo decirlo, de forma que tomó la decisión de echar mano de un hecho muy cierto, y que, manejado de cierta forma, podría ser útil.

—Sé que es sorpresivo, lo que sucede es que necesito un tipo de información y creo que usted es la única persona que puede dármela.

Esa frase sonó convincente, puesto que ella se sentó frente a él, y asintió, atendiendo a cada una de sus palabras.

—Pues bien, escucho.

Pidió perdón por lo que estaba a punto de decir, pero era la única idea que tenía, y se estaba quedando sin tiempo.

— ¿Usted recuerda a Dana, la hija del mecánico?

Le tomó apenas un segundo, que parecía muy poco; pero en realidad, lo más probable es que su mete hubiese estado haciendo las conexiones y reuniendo la información desde el momento de saludarlo. Juntando datos, relacionando a unas personas con otras.

—Sí, la recuerdo, qué historia tan infortunada la de esa chica.
—Lamento decir que es así. Dana murió hace poco, fue una falla sistémica.

Al oírse decirlo, sonó frío e impersonal, como el diagnóstico de un profesional que no está involucrado con el asunto; pero era necesario no quebrarse. La mujer asintió con lentitud, con el rostro cambiando la expresión; fue un asomo de tristeza, pero en lo principal, de resignación. A su edad, de seguro ya había visto muchas muertes, y al ser maestra por años, lo más probable es que tampoco fuera la primera anticipada a la edad del afectado.

—Es una pena que haya ocurrido, espero que ahora esté en paz. Pero ¿por qué contarme esto ahora?

Era una pregunta obvia, dado el caso, pero revestía una importancia enorme; todo dependía de eso en ese instante.

—Dana fue una persona importante en mi juventud, y saber de su muerte fue un paso difícil de enfrentar —hizo una breve pausa; había ensayado eso, incluyendo las pausas y los tonos, bloqueando los sentimientos, concentrándose en la estrategia que le permitiría conseguir su objetivo. Sintió comezón en los adoloridos dedos, pero hizo caso omiso de ellos—. Ahora el pueblo en donde crecí, donde usted me enseñó, ya no es el mismo que cuando sucedió todo eso, y quise, intenté recuperar cosas y personas de esa época, pero me ha resultado muy difícil; hay alguien en particular a quien he tratado de encontrar, se trata de un amigo de mi infancia. Su nombre es Jacobo.

No pudo menos que advertir que el cuerpo de la mujer se envaraba, presa de una repentina sorpresa que a todas luces, no se esperaba; se aclaró la garganta al momento de responder.

—Jacobo, te refieres a un niño de...
—El chico que estaba inmovilizado. A él me refiero.

Ella hizo una pausa, de seguro recordando la compleja historia que rodeaba a ese niño, algo de lo que él tenía parte de la información, una parte que no quería que fuera realidad.

—No sabía que fueran, es decir, que tú lo conocieras.
—Cuando éramos pequeños estuve de visita en la casa de sus padres, durante bastante tiempo.

Podría haber sido más de un año, entre los siete y los ocho. Luego pasaron muchas cosas, pero Libertad ya era maestra en esos años, y su sentido social de seguro le hizo conocer a esa familia aunque su hijo jamás asistiría a la escuela.

—Entiendo. Bueno, como seguramente recuerdas, los padres decidieron irse del pueblo a la ciudad.

"Me abandonaste"

Las palabras aparecieron con un eco muy suave, pero se hicieron presentes; advirtió que la anciana notó su tensión y la forma en que apretaba las manos, y se quedó un instante pendiente de las marcas que tenía. Pero decidió no decir nada al respecto.

—Si mi memoria no falla, en el pueblo quedó viviendo un pariente de ellos, una prima.
—Sí, así es —replicó ella—, se trata de otra historia triste, por lo que parece.
— ¿Por qué lo dice?
—Los padres de Jacobo murieron.

Otra vez esa sensación, las ganas irrefrenables de salir corriendo de ahí, y no escuchar nada de lo que pudieran decirle. Como si la voz, ahora en silencio, en realidad estuviera ahí, aguardando con deleite a que todo lo dicho se volviera una realidad.

— ¿Murieron?
—Ocurrió pocos años después que se fueran del pueblo, seis si mal no recuerdo.

Seis años después de que se fueran del pueblo, es decir más de dos décadas atrás. Sintió escalofríos.

— ¿Sabe cómo murieron?
—A pesar de que siempre se dijo por parte de los profesionales que la enfermedad de Jacobo no era hereditaria, el tiempo demostró que sí había algo de eso, o mucho en realidad. Ambos comenzaron a experimentar trastornos, fallas mentales.

"Ya he estado fuera antes. Con ellos no funcionó tan bien, pero no importa. Nunca estuvieron, y luego nunca más"

—Fallas mentales, se refiere a alzheimer o algo parecido.
—No estoy informada de los detalles —dijo ella pausadamente—, pero sucedió algo parecido. Ella, me refiero a su prima Bernarda, me contó lo que estaba pasando. La madre fue la que más resistió, pero no podía hacerse cargo de su esposo y del hijo paralizado, y además de los problemas que ella misma estaba experimentando, así que no tuvo otra alternativa que dejar a su hijo en manos de una institución de salud pública, y aceptar la ayuda del estado para que a ella y a su esposo los internaran en un centro de tratamiento a personas con déficit mental moderado. Ambos fallecieron con muy poco tiempo de diferencia.

"Con ellos no funcionó tan bien"

Sintió un estremecimiento que nada tenía que ver con lo que antes le había provocado la voz. Como cualquier otra cosa en la vida, requería entrenamiento, y agredirlo de esa manera, meterse en su mente, no era una tarea sencilla; necesitó tiempo, pero también hacer pruebas, porque como él mismo se lo dijo con anterioridad, su plan original era hacer que él hiciera cosas sin saberlo, como en el caso de la muerte de Renata; había cometido un error al provocar la terrible pesadilla con su hijo, pero hasta antes de eso, su plan avanzaba de la forma correcta.
Porque había practicado con alguien antes.

"Y luego iré por tu esposa y tu hijo, y les haré a ellos lo mismo que a ti"

— ¿Sabe qué pasó con él? Es decir, me gustaría saber si es que también...

Ella negó con la cabeza; su expresión se había ido cansando con el relato de aquella historia, tal vez resultaba agotador recordar las tristezas por las que no se podía hacer nada.

—No, eso fue distinto; hasta donde sé, Jacobo fue, como comentaba, dejado en una institución de cuidado a pacientes inmovilizados, imagino que la Liga nacional para el cuidado. Después de la muerte de sus padres, no tuve nuevas noticias, ya que Bernarda también se fue del pueblo.

No estaba muerto; tuvo la seguridad de que, de los tres, él era el único que estaba vivo hasta el día de hoy. Tenía ganas de salir a toda velocidad de ahí, pero debía controlarse.

—Es una pena, no sabía nada de esto.
—Sí, es una lástima ¿Hay algo más que pueda hacer por ti?
—No, creo que eso es todo. Le agradezco mucho por su tiempo.
—No hay nada que agradecer. ¿Tu hijo está bien, la escuela va bien?
—Sí, fantástico —sonó demasiado falso, de modo que recapituló al instante—, la escuela le hace muy bien, ayudan a desarrollar su ingenio.

Salió del lugar aparentando calma tras la despedida, y regresó a la vía rápida, de regreso a la ciudad; en esos momentos no era necesario escuchar la voz, porque las palabras dichas antes volvían una y otra vez a su mente.

"Con ellos no funcionó tan bien"

¿Qué es lo que quería hacer, por qué utilizarlos de esa manera? Mientras conducía, se dijo que tenía que volver a la idea principal, es decir que estaba tratando con la mente de un niño, no la de un adulto. Un niño aterrador y malvado, pero niño al fin, alguien cuyos comportamientos no tenían por qué ser lógicos desde el punto de vista adulto, pero sí lo eran en su mundo. Jacobo estaba encerrado en sí mismo, era prisionero de un cuerpo que no funcionaba, y tuvo toda la vida para acumular rencor en contra de él, porque él lo abandonó, o no se mantuvo cerca de él cuando las cosas cambiaban. ¿De eso se trataba? Tuvo miedo de enfrentar la respuesta, pero se obligó a hacerlo y pensar con claridad al respecto: Vicente fue, de alguna manera, su primer amigo, alguien que jugó con él y lo hizo parte de su mundo; un mundo que después quedó en ruinas cuando se separaron.
Para los niños una separación de una amistad o incluso un juguete era algo trágico, que en su universo personal significaba el fin de todo lo que le importaba; eran pequeñas tragedias que les enseñaban a vivir, que eran llevadas por sus padres y encauzadas por ellos para que aprendieran las dificultades, o la forma en que funciona el mundo. Pero eso sólo era enseñado cuando sucedía, y los padres acompañaban a sus hijos en esos trances para ayudarlos poco a poco, viendo que la experiencia vivida era la más útil a la hora de crecer. Como cuando Benjamín vio al perro de su amiguito morir; en ese momento lloró y estuvo triste durante varios días, pero gracias a Iris y él aprendió a asimilarlo y enfrentar esa situación, de forma que cuando tiempo después vieron una película de dibujos animados donde moría una mascota, se lo tomó como algo natural que le provocó tristeza, pero que entendía.
Nadie le había enseñado nunca a Jacobo.
No sabía lo que era la compasión, ni el miedo a perder a alguien amado, mucho menos el valor de proteger o respetar, por lo que era lógico que, desde su perspectiva, pensara que lo natural era querer destruir a alguien a quien culpaba de su desgracia. En su mundo, el que se remitía a estar encerrado dentro de su propio cuerpo, Vicente fue una luz, alguien con quien sintió una conexión. Alguien a quien perdió.

"Me abandonaste, y tuve que volver a esta horrible oscuridad"

Desde su punto de vista, que era más estrecho, Vicente era culpable de su dolor, porque el regreso a algo doloroso siempre es peor cuando se ha estado en una situación mejor. Estaba inmóvil, dependiente, sin familia y solo, así que empleó la capacidad que sin duda tenía para cobrar revancha. Primero se vengó de sus padres, a quienes sin duda culpaba de su estado, y se metió en sus mentes hasta enloquecerlos; después, comprobó que, en efecto, podía hacer todo eso, y como si se tratase de un juguete nuevo, decidió probarlo hasta encontrar nuevos usos para aquel poder.
La sede central de Liga nacional para el cuidado estaba ubicada en el extremo poniente de la ciudad, paradójicamente de camino con el terreno abandonado donde fue afectado de manera más fuerte por el poder ejercido por Jacobo sobre él. Daban las once de la mañana y se sentía vacío por dentro, pero aun con energías para hacer lo que se proponía, y que en ese momento tenía toda su atención. La mujer que lo atendió en la oficina era muy diligente, y por lo visto acostumbrada a ver personas con diversas capacidades o heridas, ya que no hizo ademán alguno al ver el parche en la frente o las evidentes marcas que tenía en los dedos. Vicente le dio los datos, y la búsqueda no tardó mucho.

—Lo siento, pero no está bajo nuestro cuidado.
— ¿Desde cuándo?
—Hace mucho tiempo —replicó la mujer—. Disculpe ¿Usted me dijo que era un familiar?
—No, mi familia fue amiga de la suya hace mucho tiempo; estamos tratando de localizarlo, pero supe hace muy poco que sus padres murieron, y la última información que tengo es que ellos lo habían traído aquí.

Esa información daba sustento a sus palabras; la mujer asintió, concordando con los datos.

—Efectivamente, sus padres murieron. Poco tiempo después, es decir después de la muerte de ellos, su tía hizo los trámites para hacerse cargo de él, pero no dio resultado, no estaban dadas las condiciones para que ella pudiera hacerlo, de modo que le fue denegada —conforme hablaba, la historia se volvía más oscura— De todos modos no volvió a insistir. Luego dejó de estar a nuestro cargo.
—Creo que no entiendo ¿Por qué no se hicieron cargo de él?
—Porque los reglamentos eran diferentes en esa época —explicó la mujer—. En esos años, si una persona no tenía sostenedores, el cuidado pasaba a manos del estado, quien decidía dónde era atendida, y así fue en este caso, lo trasladaron a una sede pública, que está ubicada en San Alfonso del mar.

La tía que se fue del pueblo había intentado retirarlo, y luego de fracasar, lo llevaron a una institución pública; La liga era una especie de organismo no gubernamental, que recibía recursos de privados y trabajaba en concordancia con el estado, lo que generaba una relación compleja donde ambas partes tomaban decisiones respecto de quiénes y cómo eran atendidos; en la actualidad se trataba de una labor más sencilla y directa.

— ¿Y tiene alguna noticia de ella, o dónde podría ubicarla?
—Tenemos la dirección que registró cuando hizo la solicitud, pero ha pasado tanto tiempo...

Ya estaba empezando a dudar; alguien que no es un familiar, pero aparentemente cercano, que maneja datos acerca del caso pero no conoce a uno de los miembros de la familia resultaba sospechoso; decidió utilizar un argumento falso, pero que podría hacer efecto.

—Escuche, es muy importante; mi madre está muy enferma, y este es uno de sus deseos porque ella amadrinó a Jacobo, pero por diversas razones la vida nos separó. Ella quiere hacer algo al respecto, y yo quiero ayudarla; saber en dónde está, y poder retomar ese contacto sería un gran alivio para nosotros.

Sus palabras parecieron ser suficientes para la mujer; asintió con lentitud y habló en voz más baja, con cierto tono de confidencialidad.

—Escuche, puedo darle la dirección y el teléfono, pero no dispongo de nada más; y debe ser no oficial.
—Le aseguro que nadie sabrá esto.

La mujer apuntó los datos en una pequeña hoja de taco de apuntes y se la entregó.

—Sobre la institución a la que fue trasladado...
—No sabemos nada, sólo que en ese tiempo fue trasladado a ese sitio; después de eso, desconozco si quedó ahí, o siquiera si la sede existe, recuerde que hace unos años hubo un incendio enorme cerca de ahí.

Salió de las instalaciones de la Liga con la información en su poder; al tener apagado el móvil no podía comunicarse con nadie, de modo que hizo la llamada desde un teléfono público, el que le permitió comprobar que no estaba operativo.
Le quedaba la dirección, pero fue una decepción que le llevó menos de treinta minutos en confirmar: la dirección ni siquiera existía, había sido cambiada por un edificio de departamentos. Sólo le quedaba ir a San Alfonso del mar.


2


El nuevo lugar duró un tiempo determinado, pero terminó también. Fue sacado de ahí, llevado como un mueble hacia otro sitio, sin que a nadie le importara lo que pudiera pasar, aunque en esa ocasión, llevaba consigo el conocimiento que adquirió en su estadía, y desde luego las experiencias anteriores.
Antes había tenido la oportunidad de entrar en sus mentes, y carcomerlas, horadar sus cimientos hasta que se volvió para ellos algo contra lo que no podían combatir; cada vez que iban a visitarlo, cuando ponían esas caras de preocupación por él sin entender lo que le estaba pasando, él entraba en sus mentes, y causaba dos cosas que serían indispensables: los hacía necesitar ir, y al mismo tiempo los volvía inseguros. Después de un tiempo comenzó a ver el interior de sus mentes como un punto de sombras, ya que con su acción, repetida y fragmentada, todo lo que eran se fue volviendo más negro y sin una forma clara; cuando lo trasladaron hacia el tercer sitio ya había destruido las mentes de ellos, y escuchado de una de las dos mujeres que lo cuidaba la noticia, de que tras su desaparición, él sería enviado hacia otro sitio.
El poder era algo delicioso, y de alguna manera enceguecedor; la acción, depurada con el paso de cada uno de los largos minutos, se transformó de destrucción en ellos a control en ellas, a avanzar un paso más allá, a controlar sus acciones, y empezar a hacer cosas que no estaban hasta antes en su conocimiento.
Cuando la controló a ella, pudo por primera vez salir, y fue maravilloso y al mismo tiempo aterrador; podía moverse fuera de su cascarón, y ver a través de otros ojos, pero todo lo bueno que significaba eso se terminó cuando, a través de los ojos de ella, pudo ver el cascarón, la cosa que desde un principio se le había negado por completo ¿Era por eso entonces que nunca antes había sido expuesto a un espejo?
No sabía hacerla gritar, pero hubiera deseado poder, para exteriorizar, por primera vez, el infame dolor que esa visión le provocó: su cuerpo era una masa informe, un conjunto de órganos que, como una bolsa con forma, reposaba sobre una silla de ruedas, conectada a tubos y cables que se internaban en su cuerpo, realizando por él las funciones que no era capaz de realizar. Era un prisionero de ese cuerpo, al que tuvo que regresar cuando se agotó de todo ese esfuerzo. En su interior gritó, gritó hasta esparcir su dolor por todo el infinito de su silencio y soledad, pero no se quedó con eso: haber conocido ese estado, en el que él mismo estaba, fue la fuerza que necesitaba para hacer lo correcto, y cobrar venganza por el terrible daño sufrido; si Vicente era el culpable de ese dolor y angustia, debería pagar por todo eso.
Lo destruiría a cualquier precio.


3


Vicente descubrió que el dolor representado de los familiares abría muchas puertas, y decidió volver a utilizar eso en el siguiente paso del camino que estaba realizando. Utilizó en ello la mayor parte de la tarde, dándose tiempo sólo para comer algo, más por obligación que por deseo, pero al dar las seis, ya tenía en su poder el dato que necesitaba.
En efecto, la casa de reposo en donde, según la funcionaria de la Liga, había sido trasladado, ya no existía, pero a través de una sede en la ciudad, supo que Jacobo se encontraba en otra casa, ubicada en las afueras; distante de San Alfonso del mar por más de cien kilómetros, la localidad de Puente árido era pequeña pero urbanizada, y ofrecía tan pronto llegado, una visión clara del lugar: la casa estaba al final de una de las tres calles principales del lugar, precedida por un muro bajo de color blanco.

—Buenas tardes.

La mujer que lo recibió era una de las encargadas, pero eso no evitó que se creyera los cuentos que le dijo; Jacobo nunca había recibido visitas de nadie en todos esos años, ya que no tenía familia, de modo que era considerado como un gran antecedente y motivo de alegría que alguien se interesara por él. Vicente dio un nombre falso y motivos creíbles, sacados de la mentira dicha con anterioridad, y gracias a eso y una buena cuota de paciencia, pudo al fin llegar hasta su objetivo; mientras lo conducían a una pequeña habitación, ubicada al final del pasillo de la primera planta, entendió cuál era el motivo por el que Jacobo no estaba siempre presente, por qué incluso sus ataques habían sido parcelados: no se trataba de parte de su plan, sino de que no podía usar su poder cuando estaba en frente de alguien más. La mujer le había explicado que estuvo con un doctor que le realizó una serie de exámenes desde antes del mediodía, tiempo que concordaba con el transcurrido sin ser afectado por sus poderes.

—Le agradezco mucho esta posibilidad.
—Nosotros lo agradecemos en verdad, señor Gómez; que se haya tomado todas estas molestias, sólo por un amigo de su niñez, es loable.
—No merezco ningún halago —replicó él—, lo que estoy haciendo es sólo lo que debo.

La mujer le dedicó una mirada inquisitiva mientras ambos avanzaban por el pasillo, pero él optó por evitar dar mayor información; su nerviosismo había ido en aumento conforme se acercaba al edificio, y desapareciendo a medida que se acercaba a la habitación.

—Aquí estamos. Le ruego que no demuestre sorpresa al verlo, es muy probable que sea diferente a como usted lo recuerda.

Él asintió, y la mujer abrió la puerta.

—Hola, Jacobo.

EL saludo fue dicho con tranquilidad, sin incluir ningún sentimiento en él. Lo cierto es que en ese momento se sentía despojado de todo, más allá incluso de las cosas que estaban sucediendo en su vida; era el momento decisivo, todo terminaba ahí, sin importar de qué forma.

“No debiste venir”

Jacobo tenía la misma edad que él, pero el tiempo sin duda habría hecho cambios en su fisonomía, los que se veían aumentados por la enfermedad causante de su inmovilidad. Sobre la silla de ruedas reposaba el cuerpo inerte, en una posición que aparentaba ser normal, es decir la de una persona sentada, pero que no conseguía lograrlo del todo, resultaba difícil explicarlo.
Después de tantos años. De toda una vida, estaba parado frente a la persona que había destruido toda su vida, guiado por una venganza que seguía la lógica de un niño pequeño. Los ojos negros lo miraban fijo, con una intensidad que sólo él podía ver con claridad.

— ¿Le importaría dejarnos solos un tiempo?
—No hay problema con eso; de todos modos siempre está solo, le hará bien algo de compañía.
—Gracias.

La mujer cerró la puerta con suavidad al salir.

—Ha pasado mucho tiempo.

Dijo por Fin en voz alta; se trataba más bien de toda una vida, de que en los últimos 30 años no había pensado en él. El curso de su destino había sido distinto: conoció amigos, amores, gente con la que entró en contacto y también otros a los que dejó de ver; aquella época de juegos en el patio trasero de una casa estaba tan paradojalmente lejos como él estaba cerca de Jacobo.

“Así que viniste.”

Por primera vez la voz de Jacobo no estaba en su mente como todas las veces anteriores. Ahora era como si de un modo invisible surgiera de él, expandiéndose por la habitación como una suave brisa; al mismo tiempo, supo que de todas maneras nadie podría escuchar esa voz.

—Es necesario que hablemos.

“Ahora quieres hablar, ahora te importa”

—Ahora sé lo que está sucediendo, lo que sucede contigo... Y conmigo.

Ubicó la silla de madera a metro y medio de la que ocupaba el hombre postrado. Estaba casi en medio de la habitación, la puerta a la derecha, un pequeño rectángulo de ventana a la izquierda, y la cama inmaculada detrás de la silla eléctrica, junto a un mueble en donde, de seguro, estaban los medicamentos, suministros y mudas de ropa, entre otras cosas para hacer mis fácil su atención; a diferencia de las instalaciones de La liga, aquí todo era funcional. Ahora sentía una extraña calma, pero no pudo interpretar si se trataba de la previa a la tormenta, o algo mucho más grande que eso.

“Te odio”

—No creo que me odies —replicó en voz baja—, estás enfadado, y tienes motivos para estarlo, ya que tu vida ha sido mucho más difícil que la de la mayoría de las personas.

“Sólo hablas para tratar de confundirme”

Debió admitir en su yo interior; que era una dura prueba enfrentarse a él. A estar viéndolo todo con detalle, desde el mobiliario hasta el cuerpo de ese hombre: la musculatura desaparecida, el cuerpo delgado, dispuesto como un muñeco, sin movimiento propio, tan sólo el corazón latiendo a un ritmo lento, nada de vigor en él. La enfermedad que lo aquejaba había hecho estragos en su cuerpo por lo que ahora era la representación física del deterioro calculaba que serían aproximadamente de la misma estatura pero en su caso la musculatura y masa corporal eran prácticamente inexistentes lo habían vestido con camiseta y pantalones holgados lo que acentuaba su delgadez marcando los escuálidos muslos y las rodillas huesudas el torso habías ido acomodando de forma que pareciera estar sentado de manera natural lo que quizás influye influir en qué el efecto conseguido era justo el opuesto ya que estaba demasiado estático demasiado fijo y la ropa en este caso Tampoco conseguía ocultar la forma un poco hundida del pecho

—Hablo contigo porque es necesario que todo esto termine. Te estás destruyendo a ti mismo en el proceso. Y lo sabes.

Sin embargo, la voz tomó un curso de acción diferente a lo que él había estado hablando. En ese momento entendió que había cometido un gran error al entrar en ese cuarto.

—Jacobo...

"Viniste a mí, y ahora quieres marcharte. Yo digo que no'"

— ¿Qué es Yo que pretendes hacer?

Con horror vio que las cosas comenzaban a cambiar como nunca. Volvió a sentir el calor abrasador; pero en esa ocasión no fue algo que viniera del interior de su cuerpo. Era algo que provenía de él.

— ¿Qué estás haciendo?

Había procurado mostrarse sereno incluso cuando las cosas comenzaron a salirse de control, pero no pudo evitar cierta nota de pánico en la voz.

“Llegaste a mi lugar, a esta cárcel en la que me encuentro ¿Y crees que eso no tendrá ninguna consecuencia?"

No tuvo tiempo de ponerse de pie, ya que una fuerza invisible lo sujetó a la silla; el dolor del dedo estaba aumentando mucho también.

—Jacobo, esto tiene que parar.

El aire empezó a enrarecerse ¿De verdad podía tener semejante poder dentro de esa habitación?

—Si haces esto en este Sitio, te descubrirán.

Decir lo fue lo mismo que darle a Jacobo una pista sobre qué era lo que tenía que  hacer; pudo ver como surgía una corriente de aire desde el cuerpo inmóvil del otro hombre, y cómo ésta se expandía por toda la habitación. La puerta, ya cerrada, sufrió un leve estremecimiento, acompañado por un sonido similar a un silbido; esta acción se repitió en la vínica ventana del cuarto, un pequeño rectángulo por el que no entraba más que un poco de luz.

¿Qué estás haciendo?

Fue tarde para esa pregunta; la habitación estaba inundada por una especie de vapor invisible, que tan pronto apareció; se convirtió en algo más denso y difícil de respirar. Intentó ponerse de pie, pero descubrió que el mismo viento que remeció puerta y ventana había inmovilizado su cuerpo. Y la temperatura iba en aumento.

—Vas a conseguir que alguien te descubra.

Pero a él mismo sus palabras le sonaron vacías. La voz le contestó con autosuficiencia.

"Tal vez afuera no pueda hacerlo todavía, pero aquí soy el amo y señor. Aquí, todo va a quedar oculto porque he sellado cada hendija. Nadie va a escuchar tus gritos”

Los antebrazos de Vicente estaban sobre los apoya brazos de la silla, y por acción de esa fuerza invisible, sintió que el calor evaporaba la humedad propia de la piel, con lo que esta quedaba adherida, a la superficie; de forma automática recordó la profunda quemadura que tenía en la pierna desde el inicio de esa fatídica jornada.

“En este sitio, eres nadie ¡Yo soy el rey!”

El calor aumentó de golpe, asemejándose a la primera sensación experimentada al respecto; pero de alguna forma, haber sentido eso antes permitió que estuviera prevenido al respecto, por lo que contuvo la respiración lo suficiente para no perder la calma.

"¿Sabes cuánto he sufrido aquí?"

Los dedos se aferraron casi por inercia al borde del apoyabrazos, lo que hizo que la piel  frágil, resquebrajada por la acción anterior, se tensara sobre el músculo, casi llegando al límite de la resistencia.

"Yo solo… —la voz volvió a escucharse dolida, sufriendo por lo que estaba a punto de relatar— solo quería que alguien se preocupara por mí, que se interesaran, pero nadie nunca llegaba hasta donde yo estaba, y después, a nadie le importó."

— ¿A qué te refieres? ¿Qué fue lo que paso?
“Al principio, en el otro lugar, había personas, pero luego me trajeron aquí, y me olvidaron ¿sabes lo que es ser abandonado de nuevo, dejado sólo en este lugar?”

Se refería, sin duda,  al cambio sucedido entre el primer centro y este, donde había pasado la mayor parte de su vida; eso significaba que el odio y el resentimiento en su interior tenía dos fuentes, una de ellas causada por él, y otra por las políticas internas del sitio en el que se encontraba; lo más probable era que, por la continua escasez de recursos de las instituciones públicas, la atención en un sitio como ese quedara restringida a lo estrictamente necesario, es decir otorgarle los cuidados básicos ya que no podía realizar las funciones corporales por sí mismo, pero nada más. Es decir que las personas que, en el centro de atención de la liga, de seguro se ocupaban de hacer terapia corporal o acompañarlo, aquí no eran más que un recuerdo. Las mujeres a las que utilizó cuando comprendió el verdadero potencial de su mente habían escapado sin saberlo, del poderoso influjo, lo que de forma paradójica dio espacio para que el rencor creciera más y más dentro de él.

—Jacobo, sé que has estado solo, pero matar no va a ayudarte en nada.

"No trates de hacer parecer que esto te importa"

—Te lo dije antes, y lo vuelvo a decir ahora: estoy tratando de salvarte.

La nueva oleada de color fue mucho más intensa que la anterior; el aire se había vuelto muy pesado, y la temperatura continuaba subiendo; sintió cómo las grietas en los nudillos se resentían, al mismo tiempo que podía notar el vapor emanando de su cuerpo, a través de los poros. Lo que antes había sido como un rayo disparado contra su pierna, y luego como una ola sobre las manos, ahora era igual a estar en una sala de vapor con la temperatura al máximo, con la diferencia de que no podía levantarse y salir. ¿Acaso ese era su destino, en realidad el plan de Jacobo siempre fue obligarlo a ir hacia él, porque en ese sitio era en donde tenía real poder? Comprendió que el cuarto estaba cerrado, y que por obra de ese poder no solo las entradas estarían cerradas, sino que también el sonido quedaría circunscrito a esas paredes. Con la garganta secándose con rapidez, supo que no disponía de mucho tiempo, y si iba a tratar de terminar con todo eso, debía aplicar todo su ingenio.

—Jacobo, no puedes seguir de esta manera ¿No ves que no te lleva a nada?

"No importa lo que digas, nada hará que cambie de opinión”

—Estas destruyéndote, quiero ayudarte; sé que nunca vas a poder perdonarme por lo que sucedió cuando éramos niños… lo siento, de verdad.

El calor disminuyó de forma repentina; resultaba increíble la diferencia entre lo que Jacobo podía hacer sólo con el poder de su mente y lo incapaz que era de realizar hasta las más mínimas funciones corporales. Esa mezcla de extremos tan disímiles resultaba abrumadora.

“Tú no puedes imaginar por lo que he pasado”

La voz volvía a ser dolida; en ese momento, más allá de la fragilidad externa, lo que pudo ver fue el atormentado interior de ese hombre. Hasta el momento, había estado envuelto en una vorágine de sentimientos encontrados, pero cuando supo quién estaba en realidad detrás de todo eso, lo que se antepuso a todo fue el instinto de auto preservación, considerando a Jacobo como el enemigo al que había que plantar cara, y enfrentar. Sin embargo, ahora estaba presenciando algo por completo distinto, similar a lo escuchado antes, pero mucho más honesto y real. Si Jacobo funcionaba como un niño pequeño ¿No sería entonces un medio para llegar a él, identificar sus miedos más que sus rabias? Él ya sabía que tenía una gran capacidad, algo fuera de lo normal, y sabia también que era malvado, pero esa maldad fue originada por su sufrimiento. Tenía que pensar con más rapidez.

—Nunca se lo has dicho a nadie.

“¿Que?”

—Nunca has podido hablar con nadie, porque nadie puede oírte.

“Cállate”

—Dime ¿Pensaste alguna vez en liberarte de eso, en decirle a alguien que era lo que te estaba pasando?

“Cállate”

—Aprendiste a entrar en la mente de otras personas, pero aun así seguiste solo y aislado, porque de todas formas nadie te preguntó jamás qué es lo que sucedía contigo. Dime qué es lo que sentiste.

“¡Ya basta!”

La energía, que hasta entonces parecía haberse detenido, emanó como una explosión de viento que surgía del cuerpo inmóvil sobre la silla electrónica; Vicente fue arrojado al suelo en medio del revuelo de las ropas de la cama. Al menos eso le demostró que la fuerza que lo había estado sujetando ya no ejercía control sobre él; la pregunta entonces era ¿cuánto tiempo duraría?

— ¿Nunca has llorado verdad?

No, de seguro no sabría cómo se sentía eso.

“No puedo llorar. Aquí, en el lugar en el que estoy, solo puedo gritar, pero nadie nunca me escucha.”

— ¿Me gritabas a mí cuando éramos niños?

“Grité con tanta fuerza, tantas veces —la voz era ahora lastimera. Por primera vez se mostraba vulnerable—. Yo sólo quería que me escucharas, pero aunque estabas ahí, era como si yo estuviera en un abismo muy profundo, donde sólo había frío y sombras”

Vicente se puso de pie con mucho cuidado, lentamente, sin dejar de hacer contacto visual; por extraño que a él mismo le pareciera, dentro de ese cuarto la voz de Jacobo no estaba en su mente, daba la sensación de no ser necesario entrar en su cabeza, o quizás solo se trataba de que estaba usado su capacidad para controlar el aislamiento en esa habitación, por lo que no podía además hacer la otro.

—Me habría gustado poder escucharte.

“¡Pero no lo hiciste! Y seguiste ahí, fingiendo que te importaba, siendo feliz cuando todo para mí era un infierno”

—No podía escucharte —replicó Vicente, avanzando un tímido paso hacia él—. Ni yo ni nadie más podía.

“No querías”

—No podía. Debes comprender que lo que tú puedes hacer es especial, la mayoría del resto de nosotros no tiene esa capacidad. No fue por una mala intención.

“Siempre estuve solo. Siempre fui un objeto, una cosa en la que introducían mangueras, algo que se cambiaba de lugar, jamás algo con vida ¡Pero yo soy real!”

La energía volvió a brotar de él, pero fue una ráfaga, breve e inestable. Vicente sentía el corazón oprimido, latiendo con dificultad, pero se contuvo de hacer cualquier movimiento brusco; tenía que seguir hablando.

— ¿Extrañas a tus padres?

“Ellos nunca fueron nada; nunca les importé, por eso hice que se volvieran locos. Por eso los maté”

Ya había supuesto que se trataba de eso, pero escucharlo de forma directa, como una afirmación, fue mucho más fuerte de lo que esperaba. Sobre ellos, no dijo sólo de haberlos controlado, fue mucho más allá, especificando que los había asesinado. Cuando descubrió que sus padres habían muerto con muy poco tiempo de diferencia, se preguntó lo mismo que en ese momento ¿Por qué a ellos los enloqueció y a él no? ¿Por qué su poder con él se volvía irregular?
Porque ellos lo amaban, y ese lazo era mucho más fuerte, por lo que le daba más poder.

—Tus padres te amaban.

“No es cierto”

—Te amaban, y te cuidaron lo mejor que pudieron.

“¡Pero ellos nunca me escucharon!”

Vicente avanzó otro paso, con dificultad, luchando con la fuerza que, otra vez, emanaba de Jacobo; pero ahora era irregular, lo mismo que los sentimientos que estaba expresando. Tenía que hacer algo para mantener esa inestabilidad, aunque con eso estuviera cada ver más en peligro.

—Ellos te amaban Jacobo. Pero lo que tú puedes hacer, es algo fuera de todo lo que los demás conocieron ¿No te das cuenta de que ellos trataron de seguir contigo hasta el final?

—Te equivocas. Ellos me temían”

De pronto, fue como si pudiera ver como él, a través de los ojos negros de él; de la misma forma en que recordó el ataque a Nadia, entendió que lo que estaba pasando en ese momento era producido por la mente de Jacobo, y se quedó quieto, aguardando lo que pudiera suceder.
Todo se nubló, de forma similar a una película muy antigua, en donde podía ver sombras y tonos opacos, pero no ver con detalle lo que estaba sucediendo. El sonido, sin embargo, llegó con pasmosa claridad.

—No puedo hacerme cargo de él.
— ¿No tiene algún familiar que pueda ayudarla, señora?
—No.... no hay nadie. Y con mi esposo enfermo, yo... lo siento.

¿A quién le decía lo siento, a su interlocutora?

—Entiendo que esta es una situación complicada. Haremos lo posible por atenderlo aquí, pero debe tener en cuenta que si a usted la sucede algo... no podemos hacernos cargo si no hay familiar como sostenedor.
—Claro... tenemos la asignación del estado por su enfermedad, ahora  lo de mi esposo... pero entiendo, cuando yo no esté, él va a quedar solo.
—Los pacientes nunca quedan desamparados; quizás si no puede seguir internado aquí haya un cambio, pero no quedará desprotegido.

Una voz era anciana, o así lo parecía, cansada y sin fuerzas. La otra era joven pero experimentada, atenta aunque sin llegar  involucrarse.

—Estaría en una institución pública.
—Así es.
—Comprendo. Quizás sea lo mejor. Señorita, yo sólo...
—Tranquilícese, cuitaremos de él de la mejor forma.
—No es eso, es... sólo tenga cuidado con él.
—Lo cuidaremos.
—No, no es eso... sé que es una locura pero... tienen que atenderlo, sé que lo harán ahora que yo ya no puedo pero... es mi hijo y lo amo, he estado toda su vida cuidando de él pero... hay algo en él que... me da miedo.

El recuerdo o visión se disipó de golpe, devolviéndolo a la realidad; era la madre de Jacobo, la última que había estado con él, a todas luces, la primera que había descubierto lo peligroso que podía llegar a ser.

“Ellos nunca me escucharon”

—Estás equivocado —sentenció Vicente. No estaba siendo agresivo, pero era importante ser determinante en esos momentos—. Escucha, ellos te amaban, pero no conocían la capacidad que tienes; empezaron a enfermar y tú lo sabías, pero no pudiste ver el otro lado de la situación que se estaba dando.

"¡Ella me temía!”

—Porque supo lo que estabas haciéndole a tu padre, y a ella. Ella lo sabía y aun así no te dejó, hasta que la abandonaron las fuerzas.

“Me temía —repitió como un niño obstinado”

—Te temía y aun así no te abandonó mientras pudo.

Avanzó otro paso hacia él, sabiendo que ya no había vuelta atrás; todo iba a terminar muy pronto.

—Sé que has sufrido, y nada de lo que yo pueda decir es suficiente para mitigar tu dolor; pero tienes que saber que yo en verdad lo siento.

“Basta”

Se estaba desestabilizando, pero al mismo tiempo aumentaba el riesgo de que comenzara a notar que se estaba acercando; definitivamente no podía actuar de forma brusca, aun cuando en su interior todo se precipitaba.

—Has estado tanto tiempo solo —dijo en voz baja —, y sintiendo odio hacia los demás, que incluso perdiste la intención de buscar algo más.

“¿Qué estás haciendo?”

La voz se escuchó preocupada y confundida; el poder que fluía de su interior se volvió más denso, acaso una forma de protegerse, pero Vicente a estaba a menos de un paso de él.

— ¿Alguna ver sentiste amor?

“Aléjate de mí”

—No puedo. Jacobo, esto tiene que terminar. La energía que tienes, esta gran capacidad es algo fuera de lo común. Pero te está destruyendo.

“No me toques”

Nunca pensó que podría resolverse de esa manera; respiró profundo, dio el último paso.

—Déjame abrazarte.

Lo siguiente que escuchó fue una especie de gemido, un sonido gutural espantoso, que percibió hasta lo más profundo de su ser; mientras abrazaba ese cuerpo que no reaccionaba ante nada, descubrió que la estructura física no sólo era diferente a la vista, sino también en el tacto: no había resistencia, ni ningún movimiento muscular, y el latito del corazón resultaba un sonido lejano y monótono, al igual que la respiración, inducida por la casi invisible manguerilla transparente que iba desde el sistema ubicado tras la silla y que recorría un camino oculto hasta llegar a una de las fosas nasales. De pronto, todo el movimiento de energía cesó, como si se hubiese terminado la fuerza que causaba todo eso. Vicente siguió abrazando al hombre inmóvil, sin hablar.


4


Las luces de la casa habían estado apagadas durante todo el día, y probablemente lo estarían también durante la noche; Iris llevaba una tenida de estar en casa, compuesta por un pantalón semi deportivo con remera y zapatos bajos, y el cabello atado a la altura de la nuca. Cuando abrió la puerta, se encontró con Juan Miguel, serio pero con actitud serena.

—Hola.
—Disculpa por venir sin avisar —dijo él con lentitud—, pero creí que necesitabas algo de apoyo.

Iris valoró internamente que él no hiciera ningún gesto ni comentario sobre su aspecto; en esos momentos era lo que menos le preocupaba, pero estaba consciente de los ojos hinchados, y la descuidada imagen general que distaba tanto de lo usual en ella. Hizo un gesto para que entrara.

—Pasa.

Cerró la puerta y se sentó en la silla alta que tenía vista a la calle; esa casi obsesión por mirar al exterior, esperando, era algo que convertía todo eso en algo mucho más enfermizo.

— ¿Cómo está Benjamín?

Siempre le había agradado Juan Miguel. Tras esa montaña de músculos  e hiperactividad había un hombre inteligente, sensible, y que los quería mucho como familia. Y era también muy directo cuando era necesario.

—Sigue igual.
— ¿Los doctores no dijeron nada nuevo?

Iris hizo un gesto vago con las manos, que era a la vez de impotencia y de respuesta.

—No saben qué es lo que le sucede: a nivel físico está en las condiciones habitudes, no hay nada fuera de lo normal, pero. .

Por un momento se quedó sin palabras, ante un hecho que era más grande de lo que ella podía controlar.

—lris...
—Es como si estuviera —ahogó una risa que sonó por completo demencial—, es como si estuviera apagado ¿entiendes? No hay nada... quiero decir que es como un estado depresivo fulminante, pero no puede ser porque Vicente no aparece, aún no han pasado 24 horas, Benjamín no sabe nada de eso.

Juan Miguel se puso de pie mientras ella hablaba, y fue hasta el equipo de sonido ubicado cerca de una pared, donde apagó la música. Volvió a sentarse frente a ella.

—Cuanto hablamos a la hora de almuerzo me dijiste que estaba así desde ayer, pero no lo llevaste a un doctor.
—No lo supe identificar —replicó ella con impotencia—. Sólo pensé que era cansancio, nada en especial. Se fue a la cama más temprano, eso es todo. Hoy me levanté más temprano para llamar por una hora para atención y... Vicente ya no estaba; luego fui al cuarto, y pensé que sólo tenía un poco más de sueño de lo habitual pero... Juan Miguel, si tú lo hubieras visto, parecía que había perdido las ganas de vivir.

Tenía los ojos inundados en lágrimas, siendo esta la más clara evidencia de su nerviosismo, pero no lloró. Tenía que ser fuerte en ese momento.
Iris ya le había contado todo eso por teléfono alrededor del mediodía, cuando ya estaba buscando desesperadamente a su esposo; hablaron con detalle, y luego él fue a su casa, y salió de inmediato a buscar a Vicente en todos los lugares que pensó que podía estar, incluyendo su antiguo trabajo y haciendo contacto con sus ex compañeros. Pero nada dio resultado.

—Escucha Iris, tienes que entender que esto no es tu culpa.

Ella recobró algo de su serenidad, y respondió, más hablando sola que con él.

—Lo sé. Sé que no debo culparme, pero sabes que esto es difícil por mí, con la historia que tengo; siento como si toda la historia de mi padre estuviera regresando, pero de una forma más rapida, y más brutal.

Juan Miguel había estado retrasando la pregunta, sabiendo que no era un tema sencillo para ella; pero no tenía más alternativa.

—Hay algo que quiero preguntarte.
— ¿Qué es?
—Desde un principio me dijiste que Vicente no demostró ningún comportamiento extraño antes de que ocurriera todo esto pero ¿Estás completamente segura de eso?
—Claro que estoy segura.
—Iris, no estoy tratando de hacer que dudes de lo que recuerdos, pero tú misma dijiste que tienes una historia personal; es como si a mí me hablaran de accidentes de personas mayores en la bañera de su casa, puede haber elementos que te confundan, porque ya los has visto antes.
—Pero tú hablaste con él, me dijo que fueron a nadar —protestó ella con debilidad—. Si hubiera algo raro con él, tú lo habrías visto.
—No estuvimos tanto tiempo —reflexionó él—, y se veía como de costumbre, algo preocupado por lo del trabajo, pero nada más. Lo único que me llamó la atención fue el golpe en la pierna, pero no le pregunté nada.

Iris  levantó la vista hacia él.

— ¿Qué golpe?

En una pierna, justo detrás de la rodilla, de esos moratones que tienen algunas horas, pero según él no hacía ejercicio desde hace un tiempo; además es una manía mía por lo del deporte.

No, hace tiempo que no hacía deporte.

— Tal ver se hizo eso cuando saltó de la cama luego de...

Se quedó sin palabras cuando hizo las conexiones; Juan Miguel supo que estaba pasando algo.

— ¿Qué pasa?
—Tuvo esa pesadilla —murmuró mientras se ponía de pie casi por inercia—. Era de madrugada y yo tenía mucho sueño, así que me desperté cuando sentí el alboroto. Pero en ese momento... él estaba en ese estado cuando despiertas de una pesadilla, y me dijo que se sintió asustado.
— Pero...
— Pero esa no era su expresión. Su cara era de culpa.
— ¿Culpa con respecto a qué?
— No lo sé, pero... oh por Dios... Benjamín  se empezó a comportar de una forma extraña después de haber estado hablando con él…

No siguió hablando, y fue cono si algo se activara dentro de ella; subió con prisa las escaleras, llegando hasta el cuarto de su hijo en unos segundos, olvidándose de Juan Miguel.

—Benjamín.
—No quiero que venga mamá.

Era como si él supiera que ella iba a preguntarle eso; después de haber estado todo el día callado, sin querer hacer nada, ahora que estaba en su cuarto, encerrado por decisión propia, tenía algo que decir.

— ¿De qué estás hablando hijo?
—No quiero que venga.
— ¿Quién? —tuvo miedo de preguntar, pero tragó saliva y lo hizo— ¿no quieres que venga papá?
—No él —corrigió el niño, con un hilo de voz que demostraba el esfuerzo que hacía por hablar. Estaba recostado en la cama, dando la espalda a la puerta—. Me da miedo, me dan miedo sus ojos porque son muy oscuros, muy negros.



Próximo capítulo: Te busqué