No vayas a casa Libro 2: En el fondo - Capítulo 16: No me escuchaste

Libro 2: En el fondo

Capítulo 16: No me escuchaste

Todo fue muy confuso al principio.
Todo era oscuridad y silencio, algo tan grande que resultaba aterrador en todas las formas.
En la única forma que conocía.
En determinado momento, entendió que no todo era así; que se trataba de una cárcel, una especie recinto enorme con paredes antes impenetrables y repleto de silencio, pero no absoluto y, por lo tanto, posible de derrotar.
Supo, a través de ciertos hechos, que estaba tras una especie de pared, detrás de la cual había un mundo, el mundo. Quería conocerlo, pero aún no sabía cómo salir; poco a poco su capacidad de escuchar fue mejorando, y supo que había sido creada una grieta, un espacio que le permitió acceder a lo que había en el exterior aunque fuera de forma remota: esa distancia se volvió entonces un motor, la inspiración para continuar. Resultaba extraño, porque empezó a aprender cómo eran los sonidos, pero este mismo conocimiento era triste, ya que le decía que no pertenecía a ese lugar, que no tenía la experiencia ni los medios para llegar ahí.
Pero tenía tiempo.


1


Sebastián era un hombre de 35 años, de contextura maciza y actitud algo nerviosa, que se vio aumentada por su evidente angustia al momento de llegar a la urgencia; llevaba una tenida deportiva con una vieja campera de mezclilla encima, detalle de vestuario que, aunque podría pasar desapercibido, para ellos resultaba muy importante, debido a que él usaba esa prenda sólo cuando iba al campo. De seguro el estrés estaba haciendo mella en su estado de ánimo.

— ¿Les dan dicho algo, saben cómo está?

Iris se adelantó al verlo entrar en la urgencia y le dio un afectuoso abrazo, que el hombre aceptó con la sencillez de un niño; se trataba de un hombre simple, amante de su casa y esposa, que no quería otra cosa que ser feliz con ella, y hacer lo posible porque ella también lo fuera.

—Aún no sabemos nada, llegamos hace menos de diez minutos.
—Entiendo.
—Tal vez deberíamos ir a la sala de espera, no está lejos y puedes beber algo.

Tenía los ojos inyectados en sangre; de seguro había estado llorando, pero en ese momento se controlaba lo suficiente como para poder hablar con claridad, a pesar de la nota de tensión constante en su voz.

— ¿Cómo fue? Dime lo que pasó, necesito que me cuentes todo.

Sólo habían pasado diez minutos desde que ellos llegaron, por lo que las noticias al respecto eran nulas. Vicente lo hizo sentarse a un costado del pasillo en una de las incómodas y duras sillas blancas empotradas en la pared.

—Decidimos salir a ver si podíamos hacer algo —explicó con calma—, yo salí en primer lugar; pensamos que tú ibas a tener que estar en casa por cualquier cosa, de forma que podríamos ser de ayuda si hacíamos preguntas en las estaciones de servicio o en las tiendas de atención nocturna, por si alguien la había visto.

Sebastián lo miraba con total atención, casi como si de las palabras que estaba escuchando dependiera una parte importante de lo que estaba en juego en ese momento.

— ¿Dónde la encontraste, cómo estaba?

Vicente apoyó una mano en su hombro, mirándolo fijo a los ojos.

—Lo primero es que tienes que estar tranquilo.
—Sí, lo sé.

Vicente se dio un instante para dar énfasis a lo que acababa de decir, luego habló con tranquilidad.

—Estaba en el parque urbano que está cerca de su casa; puedo suponer que recibió un golpe, o tal vez se desmayó, pero no tenía ninguna herida visible. Nada.

Recalcó la última palabra; no pretendía hablar de manera directa acerca de una agresión sexual, pero era evidente que era una opción, y que Sebastián querría saber de eso. La compungida expresión del hombre se relajó un poco.

— ¿Hablaron con el doctor a cargo?
—Aún le están haciendo exámenes, para saber exactamente qué fue lo que ocurrió —replicó Iris—, de momento tenemos que esperar.

Vicente asintió, muy serio.

—Tranquillo, te vamos a apoyar.
—Muchas gracias Vicente, Iris. Gracias de verdad.

Los tres quedaron un momento en silencio; Iris iba a decir algo, pero Vicente le hizo un gesto sutil y ella lo captó en seguida, comprendiendo que, de momento, había que esperar en vez de insistir en sacarlo de ahí. Además, ese era el lugar en el que quería estar.

—No entiendo lo que pasó —dijo de pronto el hombre—, ayer, anoche fui a comprar algo y Nadia estaba leyendo un poco, siempre le gusta estudiar alguna cosa; no estaba vestida para salir, no iba a ir a ninguna parte así que cuando volví y no la encontré, pensé...—su voz se volvió un susurro durante un momento, pero recuperó las fuerzas para continuar— pensé que había ido a la tienda, es decir, sé que no tenía sentido porque yo salí a eso, lo que quiero decir es, no había ningún motivo para procurarse ¿O no? No es como que uno salga de pronto y eso sea motivo para llamar a la policía, pero cuando pasó el rato yo... No lo sé, de pronto dije que eso no era normal, quizá ella salió a caminar, pero nunca sale sin el móvil porque, porque puede pasar algo o llamarla un paciente y ella siempre quiere ayudar en lo que pueda.

Vicente e Iris se miraron mientras su amigo hablaba; estaba liberando parte de la tensión que había pasado, en vez de lanzarse a llorar, relatando cada detalle de la agonía que, de seguro, había pasado por la ausencia ella. Ambos guardaron respetuoso silencio mientras el hombre continuaba con su relato.

—Cuando vi el móvil me preocupé; fui a preguntarle a los vecinos, pero en la casa de junto no estaban y al otro lado tampoco. Fue como si hubiera salido justo en un momento en que nadie estaba cerca, o mirando casualmente por la ventana. Lo que más me preocupa es todo el tiempo que pasó ¿dónde estuvo, por qué pasó esto?

Su angustia iba en aumento; Iris iba a intervenir, pero en ese momento apareció en el pasillo una enfermera con un impecable atuendo blanco y expresión seria.

— ¿Familiares de Nadia...?

No tuvo tiempo de terminar de pronunciar el nombre, mucho menos de empezar por el apellido; Sebastián se puso de pie como activado por un resorte y se acercó a ella.

—Soy su esposo, déjeme verla por favor, dígame qué fue lo que le pasó.

La mujer, acostumbrada a ese tipo de reacciones, no se mostró sorprendida.

—Señor, su esposa se encuentra en coma inducido.
— ¿Qué?
—Esto es —explicó con tranquilidad—, porque sufrió un golpe en la cabeza, de forma que es necesario mantenerla en ese estado por algunas horas mientras se realizan los exámenes correspondientes.

Por un momento, Vicente creyó que él iba a romper en llanto, pero aunque su semblante tembló, se mantuvo estoico, asumiendo el rol del fuerte en esa situación.

— ¿Qué fue lo que le hicieron?
—A vista de los primeros exámenes, da la impresión de que sólo se trata del golpe en la cabeza; hay dos traumatismos, probablemente uno causado por el golpe y el otro por la caída, pero no parece haber otro tipo de herida.
— ¿De ningún tipo?

La mujer asintió con energía, comprendiendo a qué se refería en realidad.

—No hemos detectado ningún otro tipo de lesión; sin embargo, realizaremos todos los exámenes para descartar, por supuesto.

Sebastián asintió agradecido.

—Necesito verla.
—En este momento no es posible, se está realizando una serie de exámenes; tiene que esperar, le avisaré cuando pueda.
—Por favor...

Vicente intervino y de acercó a ambos, tomando a su amigo desde la derecha, pasando un brazo por su hombro.

—Escuchaste lo que dijo ¿verdad?
—Sólo es un momento...
—Si quieres que todo salga bien, no puedes intervenir; vamos, ven conmigo.

Le dio las gracias a la enfermera y se llevó casi a rastras a Sebastián al baño; en el interior, su amigo se quebró.

—Por Dios, tengo tanto miedo ¿Y si es algo grave?
—Tienes que calmarte.
— ¿Qué le habrán hecho? —dijo empezando a sollozar, apoyada la espalda en la pared— no lo entiendo, Nadia jamás le haría daño a nadie.

Vicente se acercó a él y apoyó sus manos en los hombros.

—Escúchame, tienes que calmarte, Nadia necesita de ti. Te aseguro que todo va a estar bien.
—Pero no puedes saberlo, no logro entender cómo es que pasó todo esto.
—Eso no importa ahora; ya te confirmaron que se va a recuperar, ahora sólo tienes que esperar a que terminen los análisis para ver lo del golpe en la cabeza, y la podrás ver. Ella tiene que verte bien y fuerte.

Llevado por un arranque, Sebastián se abrazó a él, sollozando y al mismo tiempo intentando controlarse. Vicente le dio unas palmadas en la espalda.


2


Iris dio aviso en el trabajo que iba a ausentarse por algunas horas; después de algún tiempo de espera, Sebastián pudo ver a Nadia, que aunque aún estaba en coma inducido, tenía un buen pronóstico: los especialistas dijeron que no había otras lesiones aparte del golpe en la cabeza, por lo que esperaban que en unas horas pudiese ser retirada de terapia intensiva. Dejaron a Sebastián en compañía de unos familiares, y ambos regresaron a casa, en un viaje corto y silencioso.

—Esto es muy extraño —comentó Iris cuando estaban entrando en la casa—, viviendo de Nadia, en verdad resulta increíble que haya podido pasar algo así.

Vicente dejó las llaves colgadas en uno de los tres ganchos ubicados tras la puerta de entrada y fue a sentarse en el sofá.

—De seguro sólo se trata de mala suerte.
—Pero de todas maneras es extraño —reflexionó ella mientras dejaba su cartera sobre el mueble auxiliar—, nosotros conocemos a Nadia, ella no sólo es una mujer tranquila, sino que además es metódica, una profesional como ella no deja su móvil así como así, recuerda que gracias a eso es que pude localizarla cuando te caíste ¿recuerdas?
—Claro que sí.

Ella se sentó en el sillón, meditando aún sobre lo ocurrido; tenía el móvil en las manos, como si con ese artefacto en su poder estuviera manteniendo la estabilidad ¿o quizás se trataba de un medio para atarse a la tierra, una forma de seguir conectada y ayudar, aunque fuera con su atención, a alguien que podría necesitarla?

—Cariño, tienes que tomar esto con calma.
—Lo sé, es sólo que es complejo; si se tratara de una amiga, ya sabes, fiestera, podría pensar que tuvo mala suerte, pero no es su caso. Pobre Sebastián, estaba destrozado.
—Se pondrá bien —repuso él más animado—. Escucha, ya hicimos todo lo que podíamos por ellos por ahora, creo que tenemos que desconectarnos un poco ¿no lo crees así?

Iris programó el equipo de sonido con una mezcla ambiental relajante y en seguida dejó sobre la mesa de centro el pequeño control remoto; cuando se ató el cabello con una liga, Vicente notó que sus manos temblaban ligeramente.

— ¿Qué pasa cariño?

Iris se tomó un instante para responder; por lo visto la situación la había afectado más de lo que parecía.

—No lo sé, es sólo que esta situación, lo que le sucedió a Nadia de esa forma tan extraña, me hizo pensar en lo frágil que es la estabilidad que uno cree tener en la vida.
— ¿A qué te refieres?
— ¿No has pensado que todo esto es muy extraño? —dijo ella gesticulando de forma vaga, física representación de lo que intentaba decir— a lo que quiero llegar es a que es muy extraño todo eso, es como si de pronto ella simplemente hubiera salido de casa sin motivo aparente, para luego ser golpeada sin ninguna razón.

No terminó la frase, pero era evidente que estaba de indicar que algo muy oscuro se escondía detrás de esos extraños hechos; Vicente asintió con lentitud, sin cambiar la postura corporal ni mostrarse alterado.

—Creo que te estás tomando las cosas demasiado a pecho; estoy seguro de que cuando ella despierte nos dirá que fue a dar una simple caminata y que tuvo un accidente o algo por el estilo.
— ¿Y el golpe?
—Producto de la caída.
—El doctor dijo que detectaron dos golpes, por fuerza uno fue dado por alguien.

El hombre se puso de pie y se estiró; tenía un poco de sueño.

—Hablas como si esperaras que a nuestra amiga la hubieran violado o dejado desnuda en la calle para que todo esto tuviera una explicación más clara.

Se encontró con la mirada de Iris, una mezcla entre sorpresa y violencia.

—No digas eso ni en broma por favor.
—No lo estoy diciendo en serio y lo sabes —replicó él con tranquilidad—, pero me gustaría que vieras esto con la óptica que yo lo estoy viendo: esto no es un caso policial como los que aparecen en televisión, es nuestra amiga que tuvo un percance. Fin del asunto.
—Eso no me parece...
—Te aseguro que ella misma va a decirte que hiciste una tormenta en un vaso de agua ¿acaso no sabes cómo es? Nadia es una mujer estructurada, sensata, fría, ella va a tomarse esta situación tal como es, un hecho puntual y ya está; tenemos que estar contentos ya porque la encontré, y estar tranquilos mientras esperamos los resultados de los exámenes.

Iris lo miró con detenimiento, analizando cada una de sus palabras mientras lo escuchaba; al final pareció que su discurso hizo efecto, porque se mostró un poco más tranquila.

—Sí, creo que tienes razón; aunque no puedo dejar de sentirme preocupada por lo que pasó.
—Es natural; pero confía en mí, todo va a estar bien.

Ella esbozó una sonrisa de ternura, y habló en voz baja, mirándolo con ojos brillantes por la emoción.

—Me conmovió mucho tu actitud con Sebastián, fuiste su apoyo en estos momentos.
—Sólo hice lo correcto.
—Lo sé pero, ya sabes, él no es tan sociable y ustedes alternan cuando los reunimos para cenar o algo así; nunca han tenido una cercanía mayor, pero actuaste con entrega con él, lo apoyaste y eso habla muy bien de ti.

Vicente esbozó una sonrisa algo avergonzada, pero de todos modos se acercó a ella y le dio un suave beso en los labios; Iris dio un respingo y se apartó.

— ¿Qué pasa?
—Nada, es que me dio la electricidad.

La sonrisa en el rostro del hombre de ensanchó.

—Debe ser por lo que siento por ti.

Iris se restregó los labios con el dorso de la mano, aunque divertida.

—Muy gracioso; todavía siento el cosquilleo, fue como una pequeña descarga eléctrica, en serio.
—Lo lamento, no fue intencional.
—Lo sé —sonrió, encogiéndose de hombros—, no importa, ya se pasó.


3


Vicente volvió a casa alrededor de las siete; el trabajo había pasado como un soplo, y por lo que le dijo su esposa por el chat directo, en su caso había sido lo mismo, de modo que la ausencia inicial por ir en auxilio de unos amigos no repercutió de forma negativa en sus labores. Al momento de entrar, Benjamín estaba entrando a la sala desde la cocina.

—Hola hijo.

Durante un segundo que pareció durar horas, el pequeño no se movió; su expresión, a menudo tan viva y atenta, se volvió una máscara seria, que conservaba la redondez y buena salud propia de su edad, pero al mismo tiempo demostraba la contrariedad que estaba experimentando, presa de un sentimiento que en su juventud e ingenuidad no podía definir, pero que de forma instintiva comprendía, y estaba viviendo en ese mismo instante.

— ¿Qué pasa hijo, no vas a saludar a tu padre?

Los ojos del pequeño se abrieron más, convirtiendo por un instante su rostro en una mueca difícil de interpretar, pero que a todas luces no representaba nada bueno ni esperanzador. Sin embargo, la vista de esa expresión en su rostro duró tan sólo una milésima de segundo, debido a que Iris entró también desde la cocina, sonriendo.

—Hola cariño.
—Hola amor —sonrió con alegría mientras se sentaba en el sofá que enfrentaba a la puerta de la cocina—, acabo de entrar y estaba saludando a nuestro amado hijo, pero parece que ha sido un día ajetreado porque se quedó congelado.

Iris desvió la mirada de su cónyuge al niño, que se había ruborizado de forma repentina.

— ¿Estás cansado hijo? Hace un minuto parecías muy animado.

El niño desvió la mirada de Vicente al suelo, sin pronunciar palabra; esto preocupó  a su madre, que se inclinó junto a él.

— ¿Qué pasa cielo?

Parado a menos de un metro de su madre,  y a tres o poco más de su padre, durante un momento su rostro fue el de un niño que no tiene a nadie a su alrededor, y el juego de colores que pasaron por su piel, desde el súbito rubor hasta una intensa palidez fue lo único que pudo decir, arrebatado por tantas emociones que no podía entender pero que se asentaban en su interior. Al fin habló, con voz temblorosa, casi en un susurro

—Nada mamá, estoy bien.

Pero Iris no estaba de acuerdo con eso; con delicada mano tocó su frente.

—Tienes un poco de temperatura, pero no estuviste corriendo ni nada, estábamos tomando un vaso de jugo —esto último dijo hacia Vicente, quien asintió—. ¿Te duele algo?
—No mamá.

La respuesta fue directa, sin sentimiento en la voz, dada como un autómata. Ella miró a Vicente por un momento, pero él no agregó nada a la escena.

—Me parece que no estás muy bien —frunció el ceño al no escuchar respuesta, pero su voz siguió siendo cariñosa con él—. Vamos a hacer esto, te vas a recostar diez minutos, puede que sea simple cansancio, veremos qué pasa ¿de acuerdo?

El niño asintió en silencio, sin levantar la vista del suelo.

—Ve, iré en un rato ¿está bien?

Volvió a asentir, tras lo cual rodeó el sofá y subió las escaleras a paso rápido, sin decir nada más ni voltear atrás. Iris se quedó de pie, viéndolo subir.

—Qué raro, estaba bien hace un minuto.
—No es nada.
— ¿Te dijo algo?
—Nada, pero creo que estaba un poco cansado la verdad; ya sabes cómo es, usa mucha energía todo el tiempo; tuviste una magnífica idea al decirle que se recostara un rato, ya verás que eso hará efecto y lo tendremos saltando en un instante y pidiendo algo para comer.

Iris dio un suspiro, dando la razón a las palabras de Vicente; acto seguido se encogió hombros.

—Veremos cómo está en un rato; voy a la cocina ¿quieres algo?
—Nada cariño, gracias. Voy a buscar algo al auto, ahora vengo.
—De acuerdo.

Salió de la casa a paso animado y entró en el auto, sentándose en el asiento del conductor; con la mano izquierda ajustó el espejo retrovisor y se miró en él, contemplando los ojos que, fijos en el reflejo y con las luces apagadas, por un momento parecieron ser negros.
Cerró los ojos, apretando fuerte los párpados, enfocando otra vez la vista en el reflejo de su propio rostro en el cristal; la noche empezaba a refrescar, justo lo necesario para conciliar el sueño con facilidad. Bajó del auto, activó la alarma con el mando a distancia y regresó a la casa, caminando animadamente, sintiendo que era en verdad una muy buena tarde.

— ¿Aún está arriba?
—Cariño, sólo pasaron dos minutos. ¿Encontraste lo que olvidaste?

Vicente tenía las manos vacías; dirigió a su esposa una mirada divertida.

—Creo que en realidad estaba dentro de mis cosas porque no lo encontré, lo veré en el maletín luego. Voy a subir un instante a ver cómo está.
—Está bien.

Subió las escaleras de dos en dos, y de inmediato fue a la habitación del pequeño; las luces estaban encendidas, y en la cama ubicada al centro del rectángulo rodeado de paredes pintadas en colores claros, el niño permanecía quieto, tendido sobre el costado derecho, dando la espalda a la puerta.

— ¿Estás despierto?

El niño no se movió; no vio en él ninguna reacción, nada que indicara que estaba quieto en apariencia pero despierto en realidad. Avanzando con pasos muy lentos, sin hacer ruido sobre la alfombra, el hombre se acercó hasta la cama, manteniendo la vista fija en el niño, que reposaba en calma, sin la tensión que vio en él tan sólo unos momentos antes en la sala en el primer piso; cuando estuvo al borde de la cama, se inclinó un poco sobre él y lo miró, un poco ausente la mirada, pero fija en él.
No se movió, más que el acompasado ritmo del pecho siguiendo la tranquila respiración; salió del cuarto, entró al baño y cerró la puerta con pestillo tras sí, enfrentándose luego al reflejo de su persona en el espejo de medio cuerpo. Sintió que la luz le molestaba un poco, pero cerró los ojos con fuerza y al abrir, se encontró a gusto otra vez; en el reflejo estaba el mismo hombre de siempre.

—Esto no está bien.

Miró sus ojos color castaña, que relucían ante la luz cálida artificial del cuarto de baño; todo en ese sitio estaba pensado para la calma y el bienestar, desde las paredes de un tono de blanco que ayudaba a expandir la luz sin hacer demasiado brillo, hasta el espejo tras el lavamanos que tenía una imperceptible capa de protección que evitaba las manchas y que se adhiriera el vapor.

"Todo está bien"

No sabía si tenía frío o calor; la tarde estaba refrescando ¿Sudó durante un rato o era sólo una percepción interna?

—No, esto no está bien.

Llegó a pensar, por un momento, que al entrar al baño y encerrarse, no volvería a escucharla, después de varias horas de que estuviera ausente. Pero ahí estaba de nuevo.

—Esto no está bien, todo es una locura.

"Las cosas están saliendo bien"

Tuvo ganas de gritar. De levantar la voz con toda su fuerza y decir ¡No, no es así!
Pero se contuvo. Benjamín estaba en el cuarto, Iris abajo, y ninguno de ellos podía escuchar aquello que estaba sucediendo en ese sitio.

"Estás fuera de peligro"

En ese momento sintió ganas de reír.

—Estoy en medio de todo el peligro; Nadia, una amiga de años, está hospitalizada, inconsciente, y es mi culpa. Yo provoqué esto.

"Nadie va a culparte"

—Por supuesto —replicó cáusticamente en voz baja—, nadie lo hará, excepto la involucrada cuando despierte, y eso va a pasar de un momento a otro.

"Todo va a estar bien"

—Deja de decir eso, deja de hablar —quiso rugir, exclamar, hacer algo para que esa voz dejara de molestarlo con ese tono irreal y si mismo tiempo tan calmo, como si de verdad pensara que las cosas eran como lo estaba diciendo—. Es imposible que todo vaya a estar bien.

"Nadie va a culparte"

Abrió el grifo y se mojó la cara, sintiendo el agua como un líquido denso que tocaba su piel, pero sin hacer el efecto de relajación o de frescura que debería; siguió mirando su rostro en el espejo.

—Cuando Nadia despierte, llamarán a la policía. No debería haber esperado tanto, eso solo va a empeorar las cosas. Pero aún puedo entregarme; si lo hago, al menos evitaré que Benjamín me vea en esa situación. Iris puede decirle que estoy de viaje, que es un asunto de trabajo.

Se quedó por un momento sin palabras; la perspectiva de ver a su hijo, atemorizado en brazos de su madre, viendo cómo la autoridad, que ellos mismos le habían enseñado, capturaba a los malos, se llevaba a su propio padre. Iris lo soportaría, pero su hijo ¿cómo iba a mirarlo a los ojos después? Quizás no iría a la cárcel, pero habría un proceso, y tendría que asistir a un tratamiento psiquiátrico para atender el mal que lo aquejaba; luego acceder a las incómodas visitas, la mirada de distancia y dolor de ella, la reacción de los amigos.

"Nadie sabrá lo que hiciste"

—Tengo que hablar ahora.

En ese momento, la voz de Iris de escuchó desde el primer piso, con una nota de euforia contenida, pero presente.

—Vicente, ven, baja.

Una nota que sin embargo, no pasó desapercibida para él. Sin saber muy bien por qué en un principio, se sintió preocupado, casi temeroso, como si hubiera un mensaje oculto en la entonación.

— ¿Qué pasa?

Sintió su propia voz con un dejo de violencia, el que de seguro sería amortiguado por las paredes del cuarto y la distancia que lo separaba del irme piso. Iris contestó de inmediato.

—Es sobre Nadia, baja por favor.

Sus palabras tenían algo de imperativas, y así fue como lo sintió él; Nadia y una noticia sólo podían significar una cosa. La voz se mantuvo en silencio.
Salió el baño y bajó las escaleras un peldaño a la vez, intentando demostrar tranquilidad mientras por su interior pasaban miles de ideas. En la sala, Iris estaba de pie junto a la mesa alta en donde reposaba el teléfono de casa, y aunque el dispositivo estaba en su sitio, el hecho de que ella estuviera ahí después de llamarlo a voces era muy significativo.

—Vicente, Nadia despertó.

El hombre terminó de bajar los últimos tres peldaños mucho más lento que los anteriores; examinó la expresión en el rostro de su esposa, buscando la alerta, el dolor o la confusión, pero no encontró nada de eso.

— ¿Escuchaste lo que dije?
— Sí —replicó él— ¿Cómo...? Quiero decir ¿Qué sucedió?

Iris dio un suspiro de auténtico alivio.

—Sebastián acaba de llamar, está eufórico. Me dijo que Nadia despertó, ha sucedido ahora hace un minuto.
— ¿Y qué dijo?
— ¿Como qué dijo?
—Me refiero a si dio alguna razón de lo que pasó, pensé que la habías preguntado.
—Ah, es eso; me dijo que recuperó la conciencia, pero está muy desorientada y confundida.
— ¿Sobre todo?
—No, está bien en todo sentido, pero dice que no recuerda nada del accidente. En cualquier caso, está muy tranquila; tenías razón cuando dijiste que había que mantener la calma.

Claro que la tenía. Vicente asintió, sonriendo con agrado por la noticia.

—Me alegro de que haya despertado. Tal vez deberíamos ir a verla, para saber más del asunto; estamos involucrados.

Lo dijo sin pensar; de inmediato reaccionó en que se escuchaba muy mal dicho de esa forma, pero por suerte Iris no tomó sus palabras de manera literal y respondió con naturalidad.

—Es cierto, tenemos que ir; creo que ella va a querer verte, eso es seguro.

La voz seguía en silencio. ¿Pero desde cuándo se suponía que esperaba escucharla? Frunció el ceño, sin comprender qué era lo que pretendía en esos momentos, tanto con pensamientos como con palabras, pero de un modo u otro, ya estaba hecho, tendría que ir y asumir lo que fuera a pasar.

"Te dije que todo iba a estar bien"

Iris notó cómo dio un respingo, y lo miró fijamente.

— ¿Qué pasa?
—Nada.

"No recordará nada"

Mal momento para que volviera a manifestarse; sonrió, sabiendo que eso no sería suficiente más que por un instante.

—Voy a darme una ducha.
—De acuerdo, voy a llamar a Jacinta ¿Benjamín estaba dormido?

Vicente se quedó a medio voltear hacia la escalera; su respuesta fue mucho más firme de lo que esperaba, y de lo que pensaba.

—Sí, estaba dormido. Creo que de verdad estaba muy cansado como dijiste.
—Quema muchas energías.
—Es verdad.

Subió las escaleras sintiendo que a su respuesta sobre ese tema le estaba faltando algo, como si no tuviera una base sólida sobre la cual sustentar sus palabras. Pero su hijo estaba en su cuarto, durmiendo en paz.

"Todo va a estar bien"

Volvió a encerrarse en el baño; que Nadia despertara abría todo un nuevo espectro de posibilidades, ninguna ellas buena.

"Todo estará bien"

—No, no va a estar bien, ella despertó, no puedo entender cómo pude sugerir que fuéramos a verla, se suponía que iba a hablar para poder dejar todo en manos de la justicia.

"No estás pensando con claridad"

—Claro que no —replicó con aspereza—, nada de esto está claro, excepto lo que hice y lo que va a pasar.

"¿No lo comprendes? Ella no va a recordar"

—Tuvo un golpe en la cabeza, es natural que esté confundida, pero de un momento a otro...

Se quedó callado, como si de pronto las palabras que estaba escuchando cobraran el sentido que desde un principio escapaba a su entendimiento. Nadia estaba bien después del golpe, pero según palabras de su esposo, no recordaba nada del accidente.

—No, no puede ser...

¿Y si no recordaba jamás?

"Debes estar tranquilo. Confía en mí"

No se trataba simplemente de confiar, sino de la sangre fría que necesitaría para hacer acto de presencia en la urgencia, para enfrentar a Sebastián otra vez, incluso para enfrentarla a ella.

"Confía"

¿Y si al verlo en persona recordaba? ¿Qué pasaba si, contra todo pronóstico, seguía con éxito con la farsa hasta ese lugar, y de forma repentina ella recordaba todo al ver sus ojos? Imaginó, como si de un golpe de luz se tratara, el rostro de ella, siempre pulcro y de emociones controladas, de pronto convertido en la cara de la sorpresa, el miedo del recuerdo, la indefensión, y al final la rabia, que desplegaría todas las consecuencias sobre él.

"Todo saldrá bien"

—Todo... Todo está en juego ahora —dijo en voz baja—, y estoy considerando seguir mintiendo. Hasta este momento, aún podría hablar, decir que el miedo me llevó a callar, que estaba esperando el momento correcto, el lugar indicado. Pero si voy a esa urgencia, ya no tengo excusa.


4


Sebastián tenía cuatro hermanos, y una familia matriarcal que tenía una tendencia a reunirse y apoyarse en todo momento, por lo que la sala de espera que dejaron en la mañana era muy distinta a la que encontraron a la noche; ahora estaba repleta, aunque gobernada por el entusiasmo desbordante de Sebastián, que expresaba su alegría sin contenerse. Abrazó con efusividad a Vicente e Iris cuando los vio llegar.

—Aquí están, muchas gracias por venir; escuchen —dijo hablando a todos en general—, estos son los mejores amigos que puedes querer en la vida, les debo tanto.

Vicente sintió que se le subían los colores al rostro; en tanto su esposa sonrió con condescendencia, entendiendo que tras el estrés de la incertidumbre, la alegría de las buenas nuevas era superior a él.

—Nos alegra que Nadia esté bien.
—Me ha vuelto el alma al cuerpo —replicó él con ojos brillantes de la emoción—. Vicente, Nadia quiere verte.

Sintió cómo el rubor daba paso a una incontenible palidez; verla, en ese momento, era lo que más quería evitar.

—Después podremos, ahora ella tiene que descansar, además es tu momento, no la puedes dejar sola.
— ¿Descansar? —replicó él con escepticismo— Dices eso como si no la conocieras; es que todo está muy bien, los exámenes indican que no hay ningún tipo de daño, es casi como si se hubiera golpeado con la puerta o algo así ¿puedes creerlo?

No, no podía ¿cómo era eso posible después de la noche a la intemperie, y del golpe, no hubiera secuelas?

—Es increíble.
—Ella misma habló con el doctor a cargo y estuvieron revisando los exámenes; está aburrida y cansada, quiere ir a casa pero todavía falta para que le den el alta médica. Te aseguro que si de ella dependiera, iría a operar ahora mismo. Ven, ven, tienes que verla y hablar con ella.

Iris le dedicó una tierna mirada de aprobación ¿existía realmente la posibilidad de que todo eso fuera a mantenerse? Hasta ese momento, si estado mental era de alerta, y si mismo tiempo estaba sintiendo que a cada segundo se hundía más y más, por lo que esa perspectiva de que todo pudiera solucionarse resultaba abrumadora.
Al entrar en la sala donde se encontraba la camilla con Nadia sobre ella, la impresión de Vicente comenzó a afirmarse: lucía ojerosa y cansada, con la piel de la cara algo deslucida, pero por lo demás, estaba como de costumbre. Tenía el cabello atado a la altura de la nuca, y el torso cubierto por una bata clínica blanca, que de alguna manera no conseguía darle aspecto de estar enferma; hizo un enérgico asentimiento al verlo entrar, pero nada en su actitud demostraba que su presencia la incomodara.

—Vicente, qué bueno que estás aquí.

Sintió la necesidad de salir de ahí, de no tener que enfrentarla ni mirarla a los ojos, sabiendo lo que había hecho para que ella llegara a estar en ese sitio; sin embargo, avanzó con lentitud, no llegando a tocar la camilla, pero sorteando estar cómodo.

—Parece que ya te sientes mejor.
—No me duele nada —replicó ella con tono profesional—, de seguro estaré experimentando cansancio o alguna dificultad menor para dormir, pero nada más. Tenemos algo más en común, ahora también tengo un golpe en la cabeza ¿no has tenido ninguna secuela?

Por un momento tuvo ganas de reír; en verdad, Sebastián no se había equivocado en decir que las cosas iban muy bien, lo suficiente como para que ella se comportara como la doctora en vez de la afectada.

—Yo estoy bien.
—Quería agradecerte —replicó ella con sinceridad—. Sebastián me contó que fuiste tú quien me encontró.

Asintió con lentitud. No, ella no recordaba nada; resultaba increíble, pero al mismo tiempo era una bomba, que podía estallar en sus manos de un momento a otro.

—No creo merecer ningún crédito.
—Ayudaste a que yo estuviera segura y eso habla mucho de ti —repuso ella—. Escucha, no recuerdo nada del accidente, pero estoy tranquila sabiendo que ya todo está bien, y que cuento con ustedes como amigos.
— ¿En serio no recuerdas nada de lo que pasó ayer?

Ella asintió, con mucha más tranquilidad de la que él podría esperar en una situación como esa.

—Nada en absoluto; lo último que recuerdo es que Sebastián salió a comprar algo, y yo estaba en casa. Luego se corta la transmisión hasta ahora que desperté.
—Eso es muy extraño.
—No tanto, puede suceder cuando has sufrido un trauma por golpe ¿recuerdas que cuando te caíste en tu casa tuviste unos minutos en los que no tenías claridad mental ni podías expresarte? Pues esto es similar, existe la posibilidad de que con el golpe, junto a una situación de estrés, se haya generado un bloqueo de la memoria de corto plazo.
—Es decir que piensas que sucedió algo o que te atacaron.

Notó un cierto tono de ansiedad en su voz, y se ordenó controlarlo; sin embargo, tenía que saber.

—Lo natural es pensar que ocurrió algo, según los exámenes hay dos golpes, uno en el frontal y el otro en límite entre el occipital y el parietal, ambos son bastante comunes en lesiones por agresión; el sujeto trata de golpearte en la cara, pero haces un gesto instintivo de protegerte, por lo que el golpe da en la frente en vez de en la nariz o en la mandíbula. Si hay la suficiente fuerza ejercida o la víctima es tomada por sorpresa, puede resbalar y al caer se produce el segundo golpe, que es el más fuerte. Por fortuna tengo la cabeza dura, así que no pasa de ser un susto.

Sebastián tenía cara de que era mucho más que un susto, pero no dijo nada.

— ¿Y no te intriga saber lo que sucedió?
—Seguro intentaron asaltarme, pero no tenía nada de valor ¡estaba con ropa de casa! Recuerdo que más temprano estaba pensando en que quería hablar con una conocida que hace trabajos de bordado, y vive en las cercanías, así que pienso que tal vez decidí ir hacia allá y me asaltaron en el trayecto.
—Pareces muy tranquila.
—No tiene sentido que me estrese por eso —replicó con calma—, ya que eso podría causar estrés post traumático, y hasta este momento no percibo signos de ello; si va a volver, lo hará.
— ¿Crees que suceda?

Tenía que dejar de hacer preguntas, y salir de ahí lo más pronto posible.

—No lo sé. En ocasiones sucede, en otras no, lo más importante es que estoy bien y que Sebastián está a mi lado.

Intercambió con él una rápida pero significativa mirada de cariño; luego volteó hacia Vicente y le dedicó una amable mirada.

—Otra vez gracias.
—No hay nada que agradecer. Los voy a dejar solos.

No sabía cómo definir lo que estaba sintiendo al momento de salir del cuarto; Iris estaba afuera, charlando con un hermano se Sebastián, y al verlo me dedicó una mirada entre satisfecha y cariñosa ¿cómo podía estar ahí, él junto con ellos, después de lo que había causado? Ahora no se escuchaba la voz diciéndole que mantuviera la calma, sólo estaba él con su silencio, ansiado y a la vez temido en un momento como ese.


5


Entró otra vez al baño, cerrando la puerta tras sí. Se quedó quieto, mirando su rostro en el espejo ¿por qué se miraba tanto? ¿Qué era lo que esperaba encontrar?

—No puedo creer lo que hice.

"Ella no va a recordar nada. Todo estará bien"

Pero eso no era algo seguro. Durante el viaje de regreso había estado callado, justificando el silencio con que estaba algo cansado, pero la verdad es que los pensamientos lo atormentaban segundo a segundo.

—Tan pronto como Nadia recuerde lo que sucedió, todo habrá terminado.

"No recordará nada"

—Eso no puedo saberlo maldita sea, no puedo saberlo, en cualquier momento las cosas pueden cambiar.

"No cambiarán. Debes confiar en mí, soy la voz de tu conciencia"

—Eso no importa. Maldición, esto no está bien, pude haber matado a mi amiga y ahora estoy aquí, mirándome en un espejo y hablando solo.

"No estás solo"

—Eres un producto de mi imaginación.

"No lo soy"

Se encogió de hombros, casi sonriendo.

—Claro que lo eres. Estoy sometido a estrés, cometí una locura, casi asesino a una persona, escuchar voces es casi un detalle sin importancia.

"No soy una simple voz"

—No, de hecho, no eres nada.

Quedó en silencio durante varios segundos, contemplando en el reflejo los ojos que, algo cansados, lo miraban regreso, buscando una respuesta.

"Soy la voz de tu conciencia"

—No, no lo eres —dijo, divertido. De pronto la escena en la que estaba tomando parte le pareció muy divertida—. Mi conciencia debería ayudarme a no cometer errores.

"A veces no escuchas lo que te digo"

—Eso es como las excusas de los políticos ¿Sabes? No, no eres la conciencia, sólo eres una voz que estoy imaginando, la respuesta interna a lo que estoy viviendo.

"No puedes negarme"

Estuvo a punto de largarse a reír, pero se contuvo otra vez. Él, un hombre sano, culto, experimentado trabajador, amante esposo y padre, adulto con historias vividas, escuchando voces luego de haber agredido a una amiga, en una ocasión que ni siquiera podía recordar. El reloj, muda prueba de sus actos, estaba guardado en el segundo cajón de su velador, al fondo de este, oculto y tapado, como si mantenerlo a la vista hiciera que la culpa latente fuera más fuerte.

—No eres más que un producto de mi imaginación. Y tienes que desaparecer.

Tal vez el camino, ahora que no podía deshacer lo hecho, era ir a un centro, a que lo diagnosticara un profesional; seguramente padecía de alguna enfermedad, que causó la agresión a Nadia y esa voz.
La pérdida de memoria del ataque a Nadia.
La inexplicable agresión a Iris.
Por supuesto, habían más hechos conectados, esos cuatro en particular. De pronto se encontró preguntándose cómo era que no había comprendido eso, que esas acciones no eran algo normal, sino muestra de que algo funcionaba mal dentro de él. Tenía alguna especie de trastorno mental, y aunque él mismo no lo habría pensado de esa manera antes, tener esa constatación era sentir tranquilidad, porque no estaba viendo ni escuchando cosas, tenía un problema, y podía enfrentarlo.

"No"

Hablaría con Iris; sí, sería duro para ella, pero también lo entendería, sabría comprender que él estaba diciendo lo que le pasaba pensando en algo más que en él mismo. Que lo hacía por ella y por su hijo, para preservar su futuro.

"No"

—Necesito ayuda. Me voy a someter a un tratamiento que me ayude a volver a ser quien soy, y que borre todo esto de mi mente.

"No puedes borrarme"

—Te voy a eliminar —dijo, sonriendo ante el espejo—, te voy a eliminar para siempre.

"No puedes borrarme, yo te ayudé"

—No me ayudaste en nada; estoy mal y tengo que dejar de escuchar cosas.

"No puedes"

Sintió más calma al llegar a esa decisión; traería consecuencias, pero sería por un bien mayor, que era lo más importante en ese momento, poner a salvo a su familia y recuperar la tranquilidad.
Volteó y dio un paso hacia la puerta, y un punzante dolor en el muslo derecho lo detuvo.

—Rayos, un calambre.

Se apoyó en el lavamanos y con ambas manos presionó el muslo; no solía tener calambres nocturnos, pero no era tan fuerte de todas maneras.

"No vas a borrarme"

El dolor se intensificó. Masajeó el muslo con más vehemencia, pero el dolor aumentó conforme lo hacía.

—Diablos.

El dolor era penetrante, similar al que provoca un pinchazo con una aguja o algo similar; en ese momento notó que no tenía agarrotados los músculos, cosa extraña ya que eso era el primer signo de un calambre.

"No vas a borrarme"

Por primera vez, sintió que la voz dejaba de ser tan irrealmente neutra, para tener algún tipo de entonación; algo parecido a la rabia, que se dejó oír al mismo tiempo que el dolor en el muslo derecho.

"No lo harás"

El dolor se volvió más fuerte, e hizo que perdiera la fuerza en la extremidad; se sujetó la pierna con la izquierda mientras con la derecha se sostenía del lavamanos.

—No puede ser.

Cuando tenía trece, se cayó y se pinchó una pierna con un clavo; recordaba que lo ocultó a sus padres en un infantil esfuerzo de probarse a sí mismo que era un hombre y no un niño que necesitaba de mamá por una simple caída. El dolor era similar, como una puntada, muy distinto a un calambre.
No era posible.
La voz ser volvió más violenta, al tiempo que otra oleada de dolor aparecía.

"Soy la voz de tu conciencia. Y no vas a borrarme jamás"

— ¿Qué eres?



Próximo capítulo: Te marchaste