No vayas a casa Capítulo 15: Lo que tú quieras



— ¿Quieres que te cuente otro cuento? A veces pienso que los cuentos te aburren un poco; tal vez deberíamos intentar algo más; en este lugar hay también otras cosas para leer, pero no sé… ¿Sabes algo? Creo que podemos leer algo más, será divertido. Voy a buscar algunas cosas, seguro que habrá algo entretenido, o quizás no tiene por qué ser entretenido, también puede ser instructivo. Te leeré algo muy original, no más cuentos por un tiempo. Vamos a aprender muchas cosas.

1

— ¡Nadia!

Se puso de rodillas junto a la mujer, pero antes de tocarla, reaccionó y tomó el reloj, guardándolo de inmediato en el bolsillo.

“Lo hiciste”

—Basta, basta. Basta.

“Lo hiciste”


—Nadia, contéstame por favor.

No se atrevía a tocarla ¿En realidad lo había hecho, qué había hecho?
Estaba tan quieta, pálida ¿Estaría fría?

—Nadia, contéstame.

Eso no era un sueño; no se trataba de una alucinación ¿Qué diablos estaba pasando? No tenía ningún motivo para hablar con ella, sólo quería salir un rato a despejarse, porque esa voz estaba acosándolo, y necesitaba estar más tranquilo y dejar de ser presionado por algo que no podía explicar. No existía motivo para ir a ver a Nadia a su casa.

—Oh no…

Nadia era una profesional de la salud. El tipo de persona a quien recurriría alguien que necesitara ayuda, estando en problemas; por un momento se olvidó de en dónde estaba y cerca de quién, y se preguntó si, de verdad, sería posible que hubiese hecho lo que, a todas luces, hizo.

“Lo hiciste”

— ¿Por qué?

“Porque hay algo en ti, que te niegas a aceptar”

Tuvo deseos de ponerse de pie y gritar ¿Qué es lo que tengo que aceptar? Pero se contuvo a tiempo; seguía arrodillado cerca de ella, pero sin moverse, respirando muy lento, de forma pausada.
Podía estar muerta.
No había nada dentro de él, ninguna sensación ni acción que tratara de salir ¿O sí?

“Hay algo en ti”

— ¿Qué cosa?

“Hay algo violento, algo que te hace agredir. Lo niegas, y tratas de ocultarlo, por eso hiciste esto”

—Eso no…eso no es cierto, nunca he sido un hombre agresivo.

Eso era del todo verdad. Fuera de algún evento demasiado aislado como para contar, no era agresivo, no sentía un afán de ese tipo, ni tampoco frustraciones de ningún tipo.

“Pero lo hiciste”

—No sé lo que pasa, no sé…no sé lo que hice.

Su reloj estaba ahí ¿Cómo negar aquella evidencia tan fuerte, tan incontrarrestable? No había motivo para ello, y sin embargo ahí estaba, junto al cuerpo de una mujer, de una amiga a quien conocía desde hace años, tendido inmóvil en el suelo.
Podía estar muerta.
Pero también podía no estarlo. Necesitaba acercarse a ella ¿Pero y si con eso causara algo peor? Tuvo el instinto de ponerse de pie y salir de ahí a toda velocidad, pero recordó que había llegado en automóvil, lo que hacía muy improbable que pasara desapercibido.
Tenía que hacer algo. Tenía que tomar una decisión.

—Dios…

Si estaba muerta, nada en el mundo lo salvaría del peligro al que eso lo exponía; pero independiente del resultado, ya estaba ahí; el reloj en el bolsillo del pantalón parecía quemar como una prueba de algo que no estaba en su mente, que no aparecía con la claridad que era necesaria, ya que su mente era un torbellino oscuro en donde algunas cosas quedaban vedadas a la vista, al menos en ese momento.

—Nadia…

Tenía que tomar una decisión; durante un momento se cuestionó seriamente quedar o salir de ahí, pero entendió que las opciones habían quedado anuladas desde el preciso momento en que llegó hasta la puerta de su amiga, con intenciones que resultaban difíciles de entender. Finalmente se animó, tragó saliva, y acercó dos dedos al cuello de la mujer que permanecía tendida de espaldas, inmóvil en el suelo.

“Lo hiciste, lo hiciste, lo hiciste, lo hiciste”

Estaba viva. El pulso era regular, y aunque estaba helada, algo comprensible por haber estado a la intemperie durante la noche, resultaba tranquilizador, al menos en un primer instante, que estuviera con vida.

“¿Qué vas a hacer?”

Esa era una pregunta que aún no sabía cómo responder; no sabía con exactitud lo que pasó la noche anterior ¿Cómo podía saber lo que iba a hacer a partir de ese momento? Que Nadia estuviera viva no tenía mucha importancia al lado de lo que podía significar que lo estuviera. Él estuvo ahí con ella, el reloj era, en efecto, una prueba irrefutable de su presencia en ese lugar. La noche anterior había salido de casa, tomado el auto, ido hasta las cercanías de la casa de Nadia, y luego de hablar con ella y llegado hasta ese mismo sitio ¿Qué? Se acercó más, arrodillándose, y la tomó por la cintura con la izquierda y el cuello con la derecha, hasta dejarla sentada en el suelo; la mujer seguía inconciente, pero al menos a simple vista no tenía ninguna herida ¿un golpe quizás? Haber llegado con ella hasta ese sitio, a pie, para luego golpearla, no tenía mucho sentido, pero en realidad nada de eso lo tenía. Por fuerza, tenía que hacer algo.

“Lo hiciste”

—No sé lo que hice.

Habló en voz más fuerte de lo que esperaba; estaba sudando frío, angustiado ante la situación, pasando de la sorpresa de confirmar algo que estaba frente a sus ojos y que aunque anticipaba por la voz, no conseguía creer, al miedo cierto de tener que enfrentar las consecuencias por un acto insólito, destructivo y concreto.

—No sé qué es lo que hice.

“La atacaste”

— ¿Pero por qué? Ella es mi amiga ¿Por qué le haría daño?

“Porque ella estaba averiguando sobre ti”

Escuchar eso hizo detonar una serie de imágenes que, como si de un golpe visual se tratase, aparecieron en su mente; con toda rapidez se vio a sí mismo bajar del automóvil, y luego caminar a paso animado por una calle, mientras la noche se hacía presente en la ciudad; dos cuadras exactas lo separaban de su destino. Caminaba en la noche, que estaba fresca y sin viento, mirando cada tanto a un lado y otro, sin toparse con nadie en el trayecto; poco después, llegar ante la puerta de la casa de Nadia, tocar el timbre y esperar. Ella sonríe, asiente con la cabeza y dice algo, que él no escucha en esos momentos ¿O no escuchaba entonces? No, ella no tiene cara rara, lo que significa que en ese momento ella lo escucha, e interactúa con él; pasa tiempo, ella asiente, y su expresión va mutando poco a poco, no en miedo sino en preocupación.

“Ella estaba averiguando”

¿Qué podía estar diciendo? La voz. Eso era, Nadia era una profesional de la salud, por eso es que acudió a ella; estaba preocupado, angustiado por esa voz recurrente, pensando que podría tratarse de algo grave y quiso ir con ella.

—Disculpa por venir a esta hora, pero estoy muy preocupado.
—Pasa por favor.
—No, yo…tal vez podríamos caminar un poco; lo siento, no sé lo que estoy diciendo, te estoy molestando mientras estás en familia…

Era extraño, porque su voz sonaba como si no le perteneciera; de pronto las imágenes se apagaron, pero quedó el sonido, como un eco que transmitía las palabras poco a poco, dejando el mensaje en su mente luego de que este hubiera quedado oculto tras un velo.

—Luces preocupado Vicente.
—Es que yo…Nadia, estoy asustado, creo que me están pasando cosas extrañas.
— ¿A qué te refieres?

Un instante de duda; había recurrido a ella para pedirle ayuda, para que ella lo orientara acerca de lo que estaba pasando por su mente. El sonido continuaba llegando, sin ser claro, ahogado pero entendible, dos voces en la negrura.

—Dime, puedes confiar en mí.
—Lo que ocurre es… ¿Tiene algo de malo? Quiero decir ¿Debo preocuparme si está sucediendo algo con mis pensamientos?
—Creo que no te entiendo.
—Escucha, es que… esto es muy extraño para mí, pero…tengo la sensación de que estoy escuchando una voz.

Esta vez el silencio proviene de ella. Está analizando, de seguro su lado profesional está surgiendo, diciendo qué hacer y cómo actuar; pasan unos momentos, luego él vuelve a hablar.

—Creo que escucho una voz.
—Me gustaría que te explicaras mejor, confía en mí, sabes que puedes hacerlo.
—Siento que hay una voz, que me habla y dice cosas que… que no son lo que yo estoy pensando, es decir que no tengo control sobre eso.
— ¿Desde cuándo te sucede?
—Hace un par de días.

Ella hace una nueva pausa; está analizando, de seguro recurriendo a sus conocimientos generales para poder hacerse una idea más clara. Ella no es especialista en enfermedades de la mente, pero sabía lo suficiente como para poder interpretar determinados comportamientos.

— ¿Cómo sabes que esa voz que escuchas es algo que no puedes controlar?
—Porque la siento fuera de mi cuerpo, fuera de mi mente; y no sé lo que va a decir, me acosa…

Dejó de hablar; se puso nervioso, casi pudo palpar la tensión en las cuerdas vocales, al estar revelando más de lo necesario ¿o más de lo que quería? ¿Qué tenía que ocultar?

—Vicente, has estado sometido a estrés.
—No se trata de eso; no sé cómo explicarlo, pero hay algo extraño.
— ¿Hablaste con Iris de esto?
— ¡No! No puedo, es decir, no quiero preocuparla.
—Vicente, ella es tu esposa y te ama ¿Por qué no le vas a decir?

Era una muy buena pregunta con una respuesta que no conocía; no podría decir a ciencia cierta por qué no iba a comentarle a Iris de esta situación ¿Acaso tendría temor de lo que eso pudiera significar?

—Temo por ella.
—No entiendo a qué te refieres.

En el momento en que estaba escuchando aquel recuerdo de su propia voz, de esa forma tan ajena y extraña, él tampoco.

—Hace unos días golpeé a Iris.

Un silencio lo suficientemente extenso como para golpearlo en el momento en que, abstraído de la realidad, veía como un visitante los recuerdos de sus propias palabras.

—La golpeaste ¿la golpeaste?

Había una cierta nota de alarma en su voz; era algo que no se esperaba de ninguna manera, por lo que resultaba entendible que reaccionara de esa forma, que se sorprendiera por esa noticia. Pero seguía siendo contenida en su hablar.

—Estábamos… estábamos en la habitación, era un momento íntimo y… no sé por qué lo hice, pero al momento…estábamos jugueteando ¿entiendes? Y de pronto yo pensé que había dado una nalgada, pero en realidad le di un golpe, fue con fuerza, como si lo hubiera hecho a propósito.

Ella no dijo nada; estaba dejándolo expresarse ¿Qué expresión habría tenido en esos momentos?

—No sé por qué lo hice, sólo que resultó obviamente un desastre, Iris se enfadó y lo entiendo, lo que no puedo entender, lo que nunca supe en ese momento es por qué lo hice, quiero decir que esas no son costumbres mías, no es algo que me guste hacer, no me gusta la violencia de ninguna manera y…
— ¿Fuiste a una terapia o algo por el estilo?
—No.
— ¿Qué sucedió después?
—Hablamos mucho con Iris; las cosas se fueron arreglando de a poco, hasta que al cabo de unos días todo volvió a la normalidad.
— ¿Y desde cuándo que escuchas esta voz de la que me hablas?
—Desde hoy en la mañana.
—Dijiste que desde hace un par de días.
—No lo sé, es que…es como si hubiera pasado más tiempo.
— ¿Qué te dice?

¿Qué responder? ¿Decir la verdad, lo que estaba pasando por su mente?
"Soy la voz de tu conciencia"
Eso desbarataría la versión que estaba entregando de los hechos; necesitaba que se entendiera lo que estaba diciendo, no que pensara que estaba actuando como un niño que se enfrentaba a algo que no entendía.
Pero el silencio se mantuvo, y no escuchó nada más; de pronto volvió al presente, a estar arrodillado en el suelo con Nadia en sus brazos, y supo que no iba a seguir escuchando nada más ¿Qué había pasado? ¿Acaso ella siguió haciendo preguntas, y él se sintió amenazado? No estaba seguro de haber pensado en eso antes, pero al verlo desde esa perspectiva, sentía que en realidad podía haber una conexión ¿Y si la agresión a Iris tuviera que ver también con eso? Sintió un escalofrío al pensar en que, quien estaba en el suelo, podía ser en verdad su esposa, la mujer a la que más amaba en el mundo ¿Cómo si no, se explicaba eso? Pero lo que pasó en ese momento no tenía ese ingrediente, la voz actuó después, en específico esa misma jornada, casi terminando el turno de trabajo en su nueva empresa; algo no estaba bien, pero de ahí a cometer esa agresión, la distancia no sólo era mucha, sino que planteaba una serie de interrogantes. De verdad se sentía amenazado y vulnerable, pero no podía seguir en esa situación sin ocuparse de lo inmediato. Se puso de pie con Nadia en sus brazos.


2


“Al principio hubo silencio.
El silencio es parte de la vida y la creación, es el origen de todo. Se dice que en un principio no había nada, solo silencio; un silencio eterno e infinito, tan largo como el horizonte, tan lejano como la última estrella en el firmamento. Pero en el principio de todo no habían estrellas, porque todo no era más que un espacio vacío, de modo que el silencio era aún más grande, más inmenso e incomprensible.
¿Qué hay ahí afuera?
El silencio no es sólo la ausencia de ruido, también es la presencia de una terrible oscuridad. Oscuridad y miedo. Miedo, oscuridad y dolor, dolor por el miedo, miedo por la oscuridad, oscuridad por el silencio.
Cuando comenzó, cuando el silencio absoluto se convirtió en el silencio interior, y existió una forma de entender que lo que pasaba ahí, no era más que una parte de la vida, una parte muy pequeña. Pero dentro de ese sitio, seguía habiendo silencio.
Era tan enorme, tan pesado, que el miedo extendido se convirtió en todo, en el centro y borde de las cosas; el miedo se convirtió en un mando, algo difícil de controlar, imposible de derrotar sin armas, sin entendimiento y sin fuerzas. Sumergirse en el silencio lleno de miedo es lo que hace que la nada sea aún más fría.
En determinado momento comprendió que el silencio no era bueno si era absoluto, porque las cosas absolutas aplastan cualquier otra posibilidad, destruyendo alternativas; el silencio es parte de la vida, es algo natural, pero la ausencia de algo que reemplace al silencio también es parte de toda existencia
Poco a poco el tiempo pasaba, de forma inexorable, pero al mismo tiempo, era como si no estuviera sucediendo nada. Silencio y tiempo alrededor ¿Qué era el tiempo? ¿Cómo sabía que existía el tiempo si en ese sitio sólo había silencio? Las cosas debían explicarse de alguna forma, pero esta no existía, sólo el silencio, pero este también comenzó a tener una apariencia; algo que era posible definir. Ahí, en ese sitio, el silencio era todo, era la ausencia de algo más, la forma de entender que debía haber una oposición, pero que esta no tenía cabida porque el silencio selló todas las opciones; aquella cosa estaba en todas partes, pero no era todo.
¿Cómo se llama lo que se opone al silencio?
¿Qué es, de dónde viene?
El silencio era algo, que estaba ahí y al mismo tiempo estaba en otros sitios. Existían otros sitios, existían lugares donde todo no era sólo esa monotonía y simpleza, y existía también una forma de saberlo.
El silencio y el tiempo.
Comprendió que lo que estaba ocurriendo, ese mar de silencio y miedo, no era todo, que en realidad era una celda, dentro de la cual estaba, presa de un confinamiento injusto, pero por completo real. En otro sitio había sonido, luz, y vida, todas cosas de las que no tenía conocimiento en ese interior.
El Ser representaba la unidad única, irrepetible pero replicable.
El Ser está en el Lugar, que ocupa una parte del vacío, y crea la oposición al silencio, mientras transcurre el tiempo.
Sí, había silencio, pero no se trataba sólo de eso; comprender que el silencio no era absoluto, ni el miedo eterno, abrió una brecha en la antes impenetrable muralla. Pero esa brecha, por mínima que fuera, de todas formas era algo, y sirvió para comprender que, entre todo, había algo más; el miedo se volvió una sustancia más que un todo, y el silencio fue comprendido como un algo más que como un absoluto. El silencio comenzó a perder poder, cuando llegó el entendimiento de que había algo más, de que eso no era todo.
El tiempo es generoso, el silencio es calmo, la vida es buena.
Tiempo, silencio, vida, muerte, lugar y ser.
Y el ser comenzó a ser, a vivir dentro de un lugar, mientras tuviera tiempo, y entendió que la vida era un trozo de tiempo que le había sido otorgado, mientras la muerte esperaba su turno, de modo que comprendió que era necesario hacer algo para contrarrestar el silencio, que como un manto oscuro evitaba que cualquier otra cosa pudiese suceder.
Los oídos aprendieron a conocer los sonidos  y los ojos aprendieron a ver las cosas, y todo se unió en el ser, para que estuviera completo.
Tuvo ojos para ver, oídos para oír, y comprendió de forma plena que el silencio no era absoluto ni su poder total, supo que se trataba de algo pasajero, y que bajo su manto aumentaba el miedo, pero por el mismo motivo, se encontraba en la posibilidad de salir de ahí, y conocer el sonido, la voz y la luz.
Pero el silencio también podía ser un aliado, y lo entendió así; porque el silencio podía ser fuerte, y era paciente. Aprendió entonces a usar su informe poder en su beneficio, usando ese manto que nadie podía tocar, a través del ruido; estar dentro del silencio pasó de ser un manto de dolor y miedo, a ser la coraza de protección que mantenía el secreto y preparaba el camino para el futuro. El silencio, antes temido, se  convirtió en aliado.”


3


— ¿Cómo está?

Ambos estaban en la urgencia de la clínica Santa Beatriz, lugar en donde trabajaba Nadia y adonde Vicente la llevó después de encontrarla. Tan pronto como llegó al auto con ella, llamó por teléfono a Iris, le indicó de forma breve lo que había pasado, y emprendió viaje hacia el centro asistencial. Iris llegó casi junto con él, avisándole que había llamado a Sebastián para informarle.

—Vamos a tener que realizar una serie de exámenes para descartar posibilidades y saber lo que ocurrió.

El doctor los dejó en la sala de espera. Iris se veía angustiada por el estado de salud de su amiga.

— ¿Le contaste  a Sebastián?
—Sí, lo llamé mientras me estaba subiendo al auto; esto es terrible, me pregunto qué pudo haber pasado.

Todo se iba a saber una vez que Nadia despertara ¿Por qué simplemente no le decía a su esposa lo que estaba pasando, lo que había ocurrido?

—Entonces debe estar por llegar.
—Cuéntame cómo fue, qué fue lo que pasó.

Tendría sólo una oportunidad para decir lo que estaba sucediendo. Si se trataba de decir la verdad sobre algo, ningún otro momento era mejor que ese para tomar las riendas de la situación; perdería a Iris, de seguro iría a la cárcel o a una institución de salud, pero al menos tendría la verdad de su lado.

“Yo traté de ayudarte”

La voz no se había manifestado antes otra vez, desde que se levantara del suelo con el peso muerto del cuerpo inmóvil de Nadia; volvía a repetir lo mismo, sin que Vicnete supiera para qué lo estaba haciendo.

—Fue una sorpresa en realidad.

Tenía la oportunidad. Tenía que decidir sobre cómo iba a hacer las cosas, o tal vez simplemente aprovechar de callar hasta que estuvieran en una situación menos desventajosa, quizás un poco después en la casa, cuando nadie los pudiera escuchar ni interrumpir.

—Dijiste que estaba en ese parque.
—No sé qué pudo haber pasado —replicó en voz baja—, se me ocurrió que ella podría haber pasado por alguna parte, y pasé por algunas calles buscando algún letrero de atención las 24 horas, pero no lo encontré, así que me bajé y continué a pie, por si encontraba algo.
—Y en ese momento la viste.
—No exactamente. Me acerqué al parque porque creí que había algún mercado de atención todo el día, y cuando iba a cruzar hacia el otro extremo, la vi.

El rostro de Iris se contrajo en una expresión de angustia y temor, como si lo que estuviera escuchando fuera un riesgo latente incluso para ellos que estaban a buen resguardo en ese lugar, lejos de la noche y la calle.

—Qué horrible.
—No parece haber recibido ninguna herida, al menos eso es lo que vi.

Iris se puso de pie, con los brazos cruzados delante del cuerpo.

—Recuerdo de hace años, estaba en la escuela, que hubo un caso así, a un chico lo asaltaron en un parque ¿Recuerdas?

No, no lo recordaba, no estaba para recordar anécdotas de prensa.

—No, no lo recuerdo.
—A un chico lo asaltaron en el parque Virgen de Rosario, y o dejaron tirado entre unos matorrales; al día siguiente lo encontró la policía, pero esto fue en invierno, el muchacho quedó con secuelas ¿te das cuenta?

Sí, se daba cuenta, pero ella no podría saber jamás lo fuerte que resultaba para él saber que estaba a punto de ser parte de una noticia igual a esa. Lo que tendría que hacer era hablar con ella, decirle toda la verdad, o al menos la parte de ella que pudiera recordar.

“El reloj era la única prueba”

—Cariño, tienes que tranquilizarte.
—Lo sé, es sólo que es difícil ¿Cuándo vimos a Nadia la última vez? Hace un par de semanas, cuando vino a verte luego de que caíste.

De hecho, esa era la última vez oficial; ella le había recetado unos anti inflamatorios y una serie de exámenes, que no arrojaron ninguna anomalía. Algo estaba pasando en su cabeza desde entonces, y quizás se trataba de algo que no era posible identificar a través de un escáner.

“Sin el reloj no hay pruebas”

Había dejado el reloj a buen resguardo en la guantera del auto; de algún modo sintió una especie de repulsión al verlo, como si su cercanía fuera al mismo tiempo un talismán que lo alejara del mal y el señuelo que identificaba al culpable.

“No hay pruebas”

Las habría, en cuanto Nadia despertara y diera su versión a la policía. Vicente estaba pensando en que lo mejor sería decirle todo a Iris ese mismo día, más tarde. Le diría lo que sabía, incluso aquellos temores expresados que no recordaba, aquello de que creía que la voz en su cabeza y la agresión a Iris podían estar conectados. Le diría incluso que temía por su seguridad, aunque no sería necesario, las consecuencias sobre su amiga bastarían para confirmar esa teoría.

—Perdóname un momento, necesito mojarme la cara.
—Está bien, no te tardes, Sebastián de seguro va a querer hablar contigo.

Se metió al baño, que estaba a sólo unos cuantos metros de él, y quedó de pie mirándose al espejo. Había actuado con una inusitada frialdad al llevar a Nadia al hospital, indicando su nombre y llamando a Iris para explicarle la parte de la historia que concernía a ese momento. Incluso entonces, dentro del baño tan blanco y aséptico, se dijo que su frialdad había sido enorme, al no quebrarse en ningún momento, casi como si lo que hubiera pasado no tuviera como víctima a alguien que conocía, como si lo hecho a ella fuera acción de alguien más. Desde el momento en que hablara con Iris, toda su vida estaría destrozada; las posibilidades de ocultar eso eran virtualmente nulas.

“No tienes que decirlo”

Se mojó la cara mientras intentaba mantener la calma.

—Basta, no necesito escucharte.

“Necesitas escuchar, porque no escuchas”

—Una amiga mía está internada, ni siquiera sé lo que tiene o lo que hice a ciencia cierta, por supuesto que no necesito escucharte.

“Yo puedo ayudarte si me dejas”

—Nadie me puede ayudar.

“Yo puedo”

—No, no puedes, sólo eres producto de mi imaginación. De mi imaginación enferma, que golpeo a una persona sin saberlo, que la pude haber matado o dejado morir.

“Hay algo en ti que es violento”

—No puedo creer que esto esté pasando.

De alguna forma era como si no comprendiera del todo la extensión de lo que había pasado. Pero la voz seguía ahí.

“Puedo ayudarte”

—No hay forma de ayudarme.

“Yo puedo”

Nadia hospitalizada, y él ahí, a minutos de que llegara su esposo, el hombre al que conocía, un amigo de años, a quien miraría a la cara sin decirle la verdad ¿O para decirla de una vez por todas? Quizás lo más conveniente sería decir la verdad de golpe, sin pensarlo tanto, sólo siendo sincero podría sacarse eso de encima y estar en paz al respecto; Sebastián le daría una golpiza, llegaría la policía, Iris lo miraría con terror, pero al menos Benjamín no estaría cerca de esa tragedia.

“Puedo ayudarte”

—No hay forma de ayudarme. Todo se va a terminar.

“No hay ninguna prueba”

—Por supuesto que hay una prueba —repicó con hastío—, Nadia les dirá lo que le hice de todas maneras, esa es una prueba con la que nadie puede competir.

“No hay ninguna prueba”

—Sí, si la hay, maldición.

Cerró el grifo, y se quedó mirándose en el espejo; daba la sensación de recién estar conociendo en detalle lo que estaba pasando, recién entendiendo la real dimensión de todo eso.

“No hay pruebas”

— ¿Por qué dices eso, por qué no me dejas en paz?

“Trato de ayudarte, sólo deja que lo haga”

—No me puedes ayudar.

“Sólo deja que lo haga”

—Todo se va a saber en cualquier momento.

“Nadie lo sabrá jamás”

Cerró los ojos, pidiendo dentro de sí que la voz dejara de hablar de esa manera, que dejara de hacerse presente. Resultaba largo y extenuante estar escuchándola, porque a cada palabra la decía que en realidad, el miedo del que le habló a Nadia, no era más que un hecho, mucho más concreto que estar hablando con alguien más como si pretendiera que no lo hacía.

“Nadie lo sabrá jamás”

—Basta, basta, no quiero seguir escuchando.

“Debes escuchar. No hay pruebas”

—Maldita sea, eso ya lo dijiste, pero las habrá.

“Si no hablas, nadie sabrá lo que pasó”

— ¿Por qué?

“Porque ella no recordará nada”

¿Cómo podía saber eso? Tenía que hablar con Iris, tenía que dejar de tener miedo por lo que iba a pasar de todos modos, y enfrentar la situación como un hombre maduro, usando lo que le quedaba de cordura en esos momentos. Tenía que salir de ahí y decir lo que había pasado, sin importar las consecuencias.

—No puedes saber eso.

“Ella no va a recordar nada. Y si tú no hablas, nadie lo sabrá. Será tu secreto”

¿Qué clase de secreto serpia ese? No podía concebir la idea de estar en silencio al respecto, ignorando lo sucedido como si de verdad se tratara de algo que no tuviera que ver con él; comenzaba a sentir la punzada de culpa y remordimiento por sus acciones, por no ser capaz de reconocer desde un principio que las cosas estaban fuera de control. Cuando agredió a Iris, él mismo sugirió ir a un terapeuta, pero al final no hizo nada porque las cosas no se complicaron, y se obligó a  sí mismo a creer en que sólo se trataba de una pésima etapa, pero nada más.

“Nadie sabrá”

—Eso no puedes saberlo.

La negativa iba perdiendo fuerza; sí, existía una posibilidad de que ella no recordara nada, se comentaba de muchos casos clínicos similares ¿Por qué no iba a pasar en ese también? No, serpia dejar demasiado a la duda, y aunque las cosas tomaran ese rumbo ¿Quién aseguraba que no volviera a pasar?

“Puedo ayudarte”

—Me gustaría que te callaras. ¿Cómo vas a ayudarme?

“He tratado de ayudarte, pero no escuchas”

— ¿De qué manera me puedes ayudar?

“Sólo tienes que dejarme hacerlo. Deja de negar que me escuchas, y deja que te ayude. Hay algo violento en ti, pero puedes controlarlo, con mi ayuda”

Estaba en el baño de una clínica, mientras una amiga agredida por él estaba en tratamiento y su esposo estaba a punto de llegar; estaba junto a su esposa sin haberle dicho lo que sabía que ocurrió, y aun así, algo se interponía entre la cordura y el presente, algo seguía sin tener total sentido, y era que él estuviera pensando en esas cosas con la distancia suficiente como para pensar en alternativas.

“Nadie lo sabrá”

—No quiero herir a nadie.

“No lo harás”

— ¿Con tu ayuda?

“Con mi ayuda”

— ¿Qué tengo que hacer?

“Aceptar que soy la voz de tu conciencia”

—Acepto que eres la voz de mi conciencia.

“No quiere herir a nadie”

—No quiero herir a nadie.

“No quieres hacer daño”

—No quiero hacer daño.

“Quieres que te ayude a controlar esa parte violenta que hay en ti”

—Quiero que me ayudes a controlar esta parte violenta. No quiero herir a las personas que amo.

“Nadie lo sabrá”

—Nadie lo sabrá.

“Te ayudaré”

—Me ayudarás.

“Soy tu conciencia”

—Eres mi conciencia.

“Soy quien te escucha, quien te ve y quien sabe lo que es lo mejor para ti. Puedo ayudarte, si me dejas”

—Ayúdame. Ayúdame a no ser quien no soy.

“Así será”




Fin de libro 1