No vayas a casa Capítulo 14: Una mano sobre tu hombro




"Vicente"

Se trataba de un recuerdo muy vívido; Vicente estaba en su oficina, solo, sentado ante su escritorio, con la pantalla con el fondo animado de la empresa, que todavía no cambiaba por uno personalizado. Había sido un largo día, aunque satisfactorio.

"Vicente"

Tuvo un ligero sobresalto; esa voz estaba sonando con demasiada claridad, demasiada fuerza como para ser una simple voz almacenada en su mente. Se puso de pie, notando recién en ese momento el cansancio en las articulaciones; al fin que en toda la jornada sólo fue a almorzar, ni siquiera tuvo que salir a la bodega, ya que no fue necesario. Se estiró, pensando en que además de buscar un sitio alternativo para almorzar, también sería bueno localizar una buena cafetería a la que ir a despejarse durante un par de minutos.

"Sé que me oyes"

Volvió a sentarse; varios habían mencionado su nombre, pero nadie le había dicho algo como eso. Cerró los ojos un momento, masajeando las sienes con las yemas de los dedos, repitiéndose que eso no estaba sucediendo en realidad; las cosas no eran así, él en realidad...

"Sé que me oyes"

El sobresalto esta vez fue más genuino que la anterior; desplazó la mirada hacia la pantalla del ordenador, y verificó que estuviera apagado el reproductor de sonido, y de inmediato en el navegador que no existiera alguna pestaña abierta con música o algo parecido, pero sólo tenía trabajo y más trabajo. Seguramente eso era parte del estrés y no lo percibía como en otras ocasiones.

"No es estrés, sé que puedes oírme"

Se quedó muy quieto, mirando fijo la pantalla. No, no podía estar escuchando una voz estando solo en ese sitio ¿No sería alguien jugando una especie de broma?

"No"

Pero de las personas que conocía de su anterior empleo, y que estaban ahí, ninguna era de confianza: sabía quiénes eran, conocía sus nombres y en qué área estaban, pero nada más.

"No"

Miró de forma involuntaria en todas direcciones, a la puerta enfrente de él, a la puerta número cuatro que además tenía la placa con su nombre. Desde la posición en la que él estaba, en la esquina izquierda al frente estaba la mesa alta que dispuso con dos sillas, en donde una pirámide de cristal en tres dimensiones quebraba la formalidad de la oficina: ese espacio estaba reservado para alguna reunión más informal, o un cliente al que te conociera por anticipado y le invitara un café; a la derecha estaba la máquina expendedora de agua con su silencioso burbujeo, el pequeño mueble a un lado, y más atrás el mueble de acrílico azul donde reposaban una serie de muestras de los diversos materiales que vendía Seri—prod. A la derecha de su escritorio estaba el archivador de documentos, a la izquierda la estación de impresión, tan vistosa como pequeña a la vez, un modelo del año pasado, que no medía más de ochenta por noventa, amén del mueble incluido por la marca, que era un ligero pero inteligente armatoste con espacios para depositar en ellos los documentos copiados con total tranquilidad.
Estaba solo.

—No, no estoy escuchando esto, tengo que tomar un café para dejar de pensar tonterías.

"No son tonterías. Soy la voz de tu conciencia"

Estuvo a punto de soltar una risa al oír eso, pero se contuvo al instante ¿Qué clase de chiste podía ser ese? Sergio no parecía la clase de persona que gasta complejas bromas a sus trabajadores, o al menos la versión más actual de él no lo hacía ¿Quién podría entonces?

"Soy tu conciencia"

La voz de la conciencia. Frunció el ceño ante esa aseveración, como si de alguna forma pudiese ser cierto. Se decía que la conciencia era la voz interior, que te decía lo que era correcto y lo que no, estableciendo límites morales para las acciones de todas las personas.
Pero la conciencia no tenía una voz, se trataba de una expresión popular.

"Soy la voz de tu conciencia"

Basta, de dijo. Esto no está pasando, sólo estoy muy cansado, ha sido un largo día.

"Necesitas descansar un poco"

—Basta.

Al ponerse de pie, puso las manos sobre la cubierta del escritorio, mirando fijo al frente de la misma manera en que lo haría con alguien que estuviera molestándolo en esa oficina. Salvo que allí no había nadie más.

"Deberías salir un momento y tomar algo de aire"

—No, no es eso, yo...

Pero sí era lo que necesitaba, estaba pensando en eso justo un momento antes. No, era ridículo estar escuchando una voz que no provenía de ninguna parte, se trataba de una especie de alucinación causada por el cansancio y el estrés; sabía que un cambio brusco en la vida de una persona, como uno laboral, provocaba tensiones internas, e incluso podía cambiar el ánimo de alguien sometido a esa situación. Las cosas estaban mucho mejor que antes, su matrimonio era fuerte de nuevo, Benjamín estaba bien, Iris tenía más y más planes acerca de su nuevo empleo y él mismo se sentía contento con lo que estaba sucediendo, no había motivo para estar angustiado, aunque quizás sí un poco agotado. Además, de trataba del primer día.

"No me ignores Vicente"

Desplazó con lentitud la vista entre una esquina y otra de la oficina, como si de alguna forma ese barrido visual pudiese aclarar las dudas que comentas comenzaban a agolparse en su cabeza. Pero era la misma oficina que hace un instante atrás.

—Esto es solo cansancio. Estoy hablando conmigo mismo.

"Soy la voz de tu conciencia"

—La conciencia no habla.

"La mayoría del tiempo la gente no escucha a su conciencia, pero siempre habla"

Caminó hacia la esquina en donde estaba la máquina dispensadora de agua, sorprendiéndose de encontrarse más cansado de lo que esperaba; un tipo de agotamiento físico que hacía más lento cada movimiento. Mientras lo hacía, pensó en algo sin importancia, como la dirección de la empresa: la voz figurada en su mente era la misma que escuchaba salir de sus cuerdas vocales al hablar, pero la voz que estaba hablándole no era igual. No podía determinar un tono, o decir si se trataba de una entonación ruda, violenta o amenazante, ni siquiera si era ronca o suave; y sin embargo, tenía plena claridad de que no era la misma ¿Cómo identificarla? No era algo que pudiera describir, y al mismo tiempo sabía que no era su misma voz, que nunca antes la había escuchado de labios de ninguna persona, tan real y a la vez tan imposible de explicar.

— ¿Por qué haces esto?

"No he hecho nada"

No, en realidad no había hecho nada. Pero seguía sin ser normal que estuviera hablando solo ¿o estaba hablando con alguien más?

—Esto es ridículo.

"La mayoría del tiempo, la gente no escucha la gente no escucha la voz de su conciencia"

—Eso es porque la conciencia no habla.

"La conciencia siempre habla ¿Nunca has escuchado esa voz interior que te advierte de algo?"

Claro que sí; incluso era un dicho, o una expresión popular, hacer referencia a esa "vocecilla" que actuaba en momentos complejos. El Grillo que te hablaba en el oído, justo cuando estabas a punto de hacer algo fuera de la ley o de tus propios preceptos morales. "Escucha la voz de tu conciencia, y sabrás qué hacer" era una expresión común, hasta la decían en las películas, como una forma de explicar que la razón y el entendimiento venían del interior de cada uno. Pero entre eso y escuchar una voz de forma tan patente, existía distancia.

—Esto no es agradable, no sé por qué estoy hablando... así...

Estuvo a punto de decir "contigo" pero se detuvo a tiempo; sin embargo, si no estaba hablando solo ¿cómo definir lo que pasaba en ese preciso momento?

"No estás hablando solo"

Tuvo otro sobresalto; la voz no sólo estaba respondiendo lo que decía en voz alta, acababa de contestar algo oculto en sus pensamientos.

—Basta, esto no es normal.

"Es muy normal; soy la voz de tu conciencia, yo sé lo que piensas"

Se suponía que la conciencia era en realidad la voz del mismo sujeto siendo correcto, por lo que actuaba en momentos en que la persona estaba a punto de hacer algo que, de seguro, podría traer malas consecuencias.

"En ocasiones no me escuchas"

¿Y cuando sí? Se dio cuenta de que llevaba varios segundos con el vaso blanco con agua en la mano izquierda, sin moverse ni hacer nada, incluso sin percibir la frialdad del líquido que debería ser refrescante. Levantó el brazo y se acercó el borde a la boca, notando recién en ese momento que tenía los labios secos, como si hubiese estado respirando de forma agitada; no supo si era así o no.

— ¿Me has aconsejado?

"Por supuesto, para eso existo"

En ese caso dame una prueba, estuvo a punto de decir, pero otra vez de contuvo; dejó el vaso en el recipiente para descartables y miró hacia el escritorio, que por un momento le pareció estar muy lejos de él, como si la caminata de tan sólo un par de pasos a la máquina hiciese puesto entre ambos puntos una distancia incomprensible.

"Hay veces en que no escuchas lo que intento decirte"

— ¿Cómo cuáles?

Se escuchó decir, sin querer decirlo; sin embargo no dijo más, quedando a la espera de algo, queriendo y a la vez no, saber lo que iba a escuchar.

"En ocasiones me escuchas, y ganas"

Esa forma de hablar, era a la vez neutra, y tenía una entonación, aunque no pudiera definirla ni explicarla; era algo que estaba comprendiendo dentro de su cabeza como un hecho experimentado, no un aprendizaje.

— ¿A qué te refieres?

"Te di el consejo"

—  ¿Cuál?

"Que miraras en la pantalla de él. Que averiguaras.

Recordaba ese momento a la perfección; estaba en la oficina de Sergio, hablando con él de asuntos de trabajo en la otra empresa, cuando una llamada urgente exigió que el otro saliera por un momento para contestar sin ser oído. Se quedó solo en ja oficina sin nada que hacer, hasta que se le ocurrió mirar en la pantalla del ordenador, sólo para curiosear y ver algo que las buenas costumbres indicaban que no era correcto hacer.
Algo que él no habría hecho por iniciativa en otro contexto, en ningún contexto.

—Tú...

"Te aconsejé que miraras"

Él no habría hecho algo como eso. No era particularmente curioso, pero además de eso, le parecía incorrecto estar husmeando en la propiedad ajena. Se preguntó qué instinto o pensamiento infantil lo llevó a eso.

—Yo no habría hecho eso. No pretendía hacerlo.

"Pero tenías que hacerlo"

 — ¿Por qué?

"La conciencia no sólo es la voz que te habla, también es, en cierta forma, el oído que escucha"

Dejó de oírla, y por un instante no supo qué pensar o sentir; sin embargo, no tuvo tiempo para decidir qué era lo que sentía, porque otra vez escuchó la voz insustancial, en ninguna parte y al mismo tiempo junto a él.

"A veces, hay cosas que se dicen cerca de ti, pero tú no has escuchas. Yo sí"

No tenía intención de ver lo que pasaba en ese ordenador, y sin embargo lo hizo; se dijo a sí mismo que se debía a un instinto infantil, guiado por el aburrimiento, pero nada más.

— ¿De qué hablas?

"Si hubieras prestado más atención a lo que hablaban a tu alrededor, lo sabrías. Yo escuché que ellos hablaban, no muy lejos de ti. Yo sabía que te iban a traicionar"

La voz calló, mientras su mente viajaba a toda velocidad hacia los acontecimientos pasados ¿existía realmente la posibilidad de que Joaquín hubiese estado hablando con Sergio dentro de la Tech—live? No, él no tomaría ese riesgo, si hizo todo lo posible por ocultar sus intenciones, no haría tal cosa; pero por otra parte, Sergio sí estaba haciendo muchas cosas el respecto, prueba de ello fue esa misma situación.

"Yo te aconsejé que miraras, que investigaras"

Consejos. ¿Qué clase de consejos puede dar una voz que se supone no existe, quien puede tener más razón que la propia razón?
Sintió que respiraba con una cierta dificultad.

—Tú...

"Tenías que abrir los ojos, escuchar, ver y comprender. Yo te ayudé a que lo hicieras"

Desde un principio se había dicho que, de no ser por ese providencial accidente, no se habría enterado de todo ese asunto hasta que estallara delante de él; en cierto modo agradecía esa oportunidad, y al ver los resultados posteriores, de sentía contento, iniciando una nueva etapa en su vida. Todo se lo debía a esa extraña e inexplicable actitud.

— ¿Me ayudaste?

"En ese momento, hiciste caso de mis palabras, y gracias a eso es que ahora las cosas han cambiado"

La posibilidad de que un agente externo influyera en sus acciones resultaba chocante, pero si mismo tiempo...¿era en realidad un agente externo? ¿cómo referirse a algo que en teoría estaba en el interior de su ser, pero que al mismo tiempo actuaba como si no dependiera de él?

—Entonces tú me aconsejaste mirar en el ordenador.

"Sí"

Pero en ese momento, no había escuchado una voz; no se trató de algo específico, pero sí ocurrió algo. Lo que se dijo en su interior ¿qué era? Pensó en mirar la pantalla del ordenador que estaba en el punto opuesto a él, y al mismo tiempo se dijo que eso era ridículo, que no era su costumbre meterse en los asuntos de los demás; pero de todas maneras lo hizo.

—Tú sabías que estaba sucediendo algo, lo escuchaste.

"Escucho más allá de ti, cuando se trata de ti"

—Ese asunto no se trataba de mí si no estaba incluido.

Pero se reconoció mintiéndose a sí mismo; sí era su asunto, sí le importaba, le importaba lo suficiente como para ir hasta la oficina, a hurtadillas...

—Tú... ¿Qué más me has dicho?

"Te he dicho muchas cosas. Pero no siempre prestas atención"

— ¿Qué cosas?

"Te aconsejé que averiguaras la verdad"

— ¿Tú me aconsejaste que fuera hasta la oficina de Sergio en un horario no apropiado, para investigar acerca de él?

Silencio; seguía ahí, de pie junto a la máquina expendedora, aguardando nada, escuchando sin saber a ciencia cierta si quería seguir escuchando o no, y a la vez presa de una fascinación inexplicable.

"Sí"

Escuchar eso hizo que las cosas tomaran un cariz distinto; entonces todo estaba conectado, no era un accidente que estuviera en esa oficina, teniendo aquellos pensamientos, no era coincidencia que luego no pudiera dejar de pensar en ese asunto, al punto que se hizo necesario saber más, abrir las puertas que entre abrió poco antes, y terminar con esa incógnita que no lo dejaba en paz. ¿y qué hay de la impulsiva llamada a Sergio, de la idea repentina aunque no por eso menos efectiva, de hacer la propuesta arriesgada?

"Yo te aconsejé"

Cerró los ojos tan solo una milésima de segundo, y los entre abrió, encontrando otra vez la misma oficina, pero sintiendo casi como si la voz proviniera de alguien que estuviera junto a él, una presencia física innegable aunque invisible, una respiración caso imperceptible que daba paso a una voz clara, medida, suave, indefinible en toda su extensión y a la vez imposible de explicar.

—Tú causaste todo eso.

"No he causado nada. No puedo. Te ayudé a ver y oír, para que no estuvieras en la oscuridad"

— ¿Por qué?

"Porque la oscuridad es mala, causa dolor, pérdida y abandono"

—No puedes saber eso; se supone que eres tan solo...

"Soy la voz de tu conciencia, sé muchas cosas que has sentido"

Pero no debería. O, tal vez ¿por qué no? Después de todo, lo que sucedió tuvo un término más que satisfactorio para él, podía disponer mucho mejor de su tiempo, Iris podía comenzar a poner en práctica su iniciativa personal, lo que mejoraría la vida de ambos, y desde luego la de Benjamín.

— ¿En qué más me has ayudado?

"No siempre escuchas"

Sintió que un escalofrío comenzaba a formarse por el centro de la espalda; el golpe a Iris, aquella situación que...

"Quería que escucharas, que entendieras cómo acercarte a ella, pero no atendiste, y la golpeaste"

El escalofrío recorrió su espina dorsal como un rayo; la voz otra vez respondía algo antes de que él pudiera formular una pregunta pero ¿era de verdad necesario hacerlo?

—Yo no quería hacer eso.

"Quería que no lo hicieras"

—No, no es cierto —masculló en voz baja—, yo no quería hacerlo ¿me obligaste a hacerlo?

"La conciencia no puede obligarte a hacer algo. Yo sólo te hablo"

— ¿ Entonces por qué hice eso? Yo no quería golpearla.

"Querías hacer algo distinto, lo entiendo, pero no era lo correcto"

No, claro que no lo era.

—Vicente.

La voz lo hizo dar un salto esta vez; la puerta de la oficina de había abierto, asomándose Daniel, un hombre de no más de veinticinco que hacía aseo y diversas labores en la empresa. Lo quedó mirando con una expresión entre confundida y asombrada.

—Disculpe, pensé que no había nadie.

Se trataba de un hombre amable, con quien ya había cruzado un par de palabras; Vicente tardó lo que le pareció un tiempo muy largo en reaccionar, saliendo del estado en el que estaba antes para regresar a las tareas comunes y corrientes. Tragó saliva.

— ¿Por qué no iba a haber nadie?

Sonó cortante y frío, algo que el otro hombre percibió, aunque hizo un esfuerzo por ocultarlo; frunció levemente el ceño, pero si voz siguió siendo atenta.

—Creí que usted se retiraba a las seis.

No continuó, un poco a la expectativa; estaba parado justo en el umbral de la puerta, con esta tras sí y la mano derecha sobre el pomo, en descanso pero atento ¿tan duro se escuchó el hablar?

—Sí, trabajo hasta las seis.

Aún sonó cortante, pero menos que la primera vez; Daniel asintió dándole la razón, aunque en realidad no había necesidad de ello.

—Por eso pensé que no estaba, como ahora dan las seis treinta.

Lo dijo con voz y expresión calculadas para no tener ninguna inflexión; Vicente desvió la mirada hacia el reloj de pared que estaba en la esquina opuesta, tras la mesa alta: seis treinta y tres minutos. No era en tarde, estaba...
¿Cuánto tiempo había pasado? Estuvo mirando el reloj durante varios segundos, como si a través de la insistencia pudiera desmentir un hecho que estaba siendo evidente en ese preciso instante. Un reloj en una pared tenía más clara la hora que él.

—Sí, lo que ocurre es que yo...

No supo qué decir; faltaba poco para terminar la jornada, pero no eran aún las seis, mucho menos pasado el tiempo necesario para que fueran las seis treinta ¿cómo había pasado eso? Daniel pareció captar su sorpresa porque hizo ademán de salir.

—Disculpe, lo dejo solo.
—No, espera... —¿qué iba a decirle?— Lo lamento, no quise ser descortés, es sólo que estoy muy cansado.

Por primera vez su voz sonó natural, como él de verdad hablaba con cualquier persona; el otro hombre le dedicó una mirada de comprensión.

—Tal vez debería ir a casa a descansar.
—Sí, es cierto, eso es lo que voy a hacer. Gracias.
—Por nada.

El hombre salió, cerrando la puerta tras sí; Vicente caminó hacia el escritorio y se sentó pesadamente mirando la pantalla en reposo, donde una nave al estilo de las películas de ficción antiguas deambulaba por un espacio pintado de diminutas y brillantes estrellas; pasó mucho más tiempo del que creía ¿estaría durmiendo en realidad? No escuchó nada, otra vez estaba solo en la oficina, sin pensamientos confusos ni una voz inexplicable que respondiera preguntas que él aún no formulaba. Nada.

2

El viaje de regreso a casa había tenido un extraño sabor; desde hacía tiempo que no era necesario estar prestando tanta atención a todo lo que sucediera en las calles, y es que por supuesto, todo era nuevo en un trayecto que difería bastante del anterior y que utilizó durante años. Tendría que estar al pendiente de las intersecciones en donde podía formarse congestión, además de calcular con precisión los tiempos para no retrasarse; una vez en casa, después de saludar a Iris, fue directo a la ducha, sintiendo que necesitaba refrescarse y olvidar todo lo que había pasado durante la última parte de la jornada.
No sabía qué hacer ¿cómo explicarse ese extraño suceso? Él no sentía que fuese un sueño, parecía tan real…

“Es real”

Su vista se despegó del espejo de medio cuerpo y, casi de forma instintiva, lo hizo mirar en todas direcciones. Solo estaba él, con la camisa en las manos, al interior del espacioso cuarto de baño.

“No tengas miedo”

No era posible. No podía estar soñando de nuevo.

—Esto no está pasando.

“Sí, está pasando, soy la voz que te acompaña a cualquier parte”

Miró hacia la puerta, en ese momento cerrada, súbitamente angustiado ante la posibilidad de que Iris entrara y lo viera hablando solo. Pero no se sentían sus pasos ni su voz, y probablemente siguiera con Benjamín en la sala.

“Estás cansado”

Su respiración volvía a ser agitada, como si dentro del lugar el aire comenzara a disminuir y obligarlo a hacer un esfuerzo por mantener el ritmo normal; en el espejo, la púnica figura que se veía, era la suya.

—Esto no es agradable, me siento perseguido.

“No tienes motivo para eso. Sólo tienes que aceptar que soy la voz de tu conciencia, el motivo por el que te sientes nervioso es porque te niegas a ver y a oír.

— ¿Tienes algo que ver con lo que pasó con Iris?

Esa pregunta salió sin pensarlo. Desde el extraño hecho acaecido en la tarde, no dejaba de tener esa pregunta en mente ¿Acaso era una forma de explicar un comportamiento que, de otro modo, resultaba por  completo fuera de toda lógica?

“Intenté hacer que entendieras, pero no escuchabas; tenías que ser tierno y sumiso con ella, no atacarla”

—Claro que no tenía que atacarla.


Su voz salió mucho más fuerte de lo que esperaba, y esto lo hizo quedarse congelado; un instante después, la voz de Iris se escuchó desde el primer piso.

— ¿Ocurre algo?
—Nada cariño, no es nada.

Iris no respondió, lo que significaba que le había creído esa respuesta. Pero vaya sí que estaba pasando algo. Arrojó la camisa al cesto de la ropa que había en una esquina y se apoyó en el borde del lavamanos, mirando fijamente su imagen reflejada en el espejo.

—Esto no está pasando, estoy escuchando cosas.

“No estás escuchando cosas, sólo escuchas mi voz”

—Es que es eso lo que no puede suceder —dijo conteniendo una nueva exclamación—, debo parecer un loco hablando con mi reflejo mientras escucho una voz imaginaria que me dice cosas que no puedo comprender.

“Puedes entender, si te calmas y escuchas”

— ¿Escuchar qué?

Al instante se arrepintió de haber hecho esa pregunta. Esquizofrenia. Sintió otra vez, igual que en la oficina, ese escalofrío justo en el medio de la espina dorsal, una especie de corriente eléctrica que hizo que contrajera todos los músculos del cuerpo ¿No eran los esquizofrénicos los que escuchaban voces?

“No estás escuchando voces, solo es la voz de tu conciencia”

—Que no pueda controlarlo hace que parezca peor.

Soltó una risa nerviosa, que por suerte alcanzó a callar antes de que fuera a un volumen más alto; por algún motivo que no lograba identificar con total claridad, la posibilidad de que una voz interior actuara fuera de su propio control resultaba muy atemorizante.

“No has perdido el control de ti mismo”

—Deja de hacer eso maldita sea.

Se llevó las manos a la cabeza, respirando con dificultad mientras cerraba los ojos y se obligaba a pensar con claridad. Esto no está pasando, esto no está pasando, esto no está pasando.

—Esto no está pasando, no está pasando, no está pasando, no está pasando, no está pasando, no está pasando, no está pasando, no está pasando, no está pasando, no está pasando, esto no está pasando…

Mientras estaba en esa posición, enfrentado al espejo del cuarto de baño, encogido en sí mismo mientras se esforzaba por recuperar el ritmo normal de respiración, sintió un nuevo peligro amenazando su presente ¿Y si al abrir los ojos veía algo inexistente en el espejo? ¿Qué podía suceder si eso, que de forma cierta estaba pasando a su alrededor, de alguna manera lograda trascender de lo que escuchaba a algo que podía ver? No, no era así, él realmente no tenía la seguridad, se trataba de una especie de ilusión, algo que pasaba en su cabeza pero nada más; levantó la cabeza hacia el espejo y abrió los ojos: no había nada distinto a lo que un segundo antes.


3


—Entonces me dijo que eso no era posible, después de que cinco minutos antes dijo que sí.

Vicente asintió, medio presente y medio en otra parte; otra vez las cosas estaban como siempre,  y tras la ducha se sentía cómo y relajado mientras tomaban una once ligera; Benjamín estaba ensimismado comiendo, algo que le pasaba de vez en cuando. A menudo estos procesos lo llevaban a alguna reflexión importante acerca de los temas más variados; Iris estaba hablándole de un asunto de trabajo, específicamente sobre un cliente que cada dos por tres cambiaba de opinión. Ella casi siempre lograba manipularlo para que las cosas se hicieran de la mejor manera posible, pero siempre era un problema estar lidiando con su carácter.


—Tengo que salir.

Se puso de pie, ante la sorprendida mirada de Iris. Benjamín levantó la vista de la mesa y también lo miró, extrañado.

“No lo hagas Vicente”

Se vio a sí mismo abriendo más los ojos, aunque conteniendo la intención de mirar en todas direcciones; sin embargo, supo que se había puesto tenso y que eso se notaría.

— ¿Vas a salir papá?

Miró a ambos de hito en hito, durante más tiempo del necesario para responder a una pregunta tan sencilla. Al final no contestó y se alejó de la mesa de la cocina.

—Vuelvo en muy poco tiempo.

Salió de la cocina, mientras escuchaba que Iris le decía algo a Benjamín, aunque él no pudo entenderlo. Mientras llegaba a la sala, ella lo alcanzó.

—Vicente.

Volteó y la miró a los ojos; la expresión de ella en esos momentos era indescifrable.

—Vuelvo en un rato.
—Vicente, son casi las nueve treinta de la noche ¿Adónde vas?
—Te digo después ¿De acuerdo?

Iba a continuar caminando, pero ella se interpuso en su camino antes que superara el sofá.

—Mejor dime ahora. De repente te pusiste muy extraño ¿Qué es lo que ocurre?

“No lo hagas”

—No está pasando nada ¿Qué podría pasar?

Iris frunció el ceño; su mirada no escondió la sorpresa, pero al mismo tiempo había algo de alarma en ella ¿Había dicho algo inapropiado?


—Tal vez podrías decírmelo tú ¿Por qué estás así?

¿Así cómo? Estuvo a punto de hacer la pregunta, pero de inmediato se dijo que eso no sería lo correcto, que él tendría que saber si estaba de un ánimo o de otro; pero no estaba nervioso, estaba distinto, o mejor dicho estaba como siempre, sólo necesitaba hacer algo.

“No lo hagas”

—No me pasa nada, sólo voy a salir un momento.
—Quiero que me digas qué es lo que está sucediendo.

La entonación fue definitiva para ella; no estaba bromeando, pero además de eso, estaba en verdad preocupada.

“Vicente, no debes hacerlo”

—Escucha, es sólo que me siento un poco estresado, el día no fue tan bueno en realidad, tuve mucha carga de trabajo.

Lo cual contradecía todo lo que él mismo le había dicho al momento de llegar cuando ella le preguntó por su primer día en el nuevo empleo; Iris estaba pensando lo mismo, de ahí que su expresión no cambió un ápice.

—Eso no fue lo que me dijiste antes.
—Lo sé, es que estoy emocionado, supongo que la emoción me ganó —estaba hablando muy rápido, tenía que contenerse—, todo está bien con el trabajo, nada más algo de cansancio, fue un día largo, incluso no me di cuenta de la hora que era y salí más tarde; saldré un rato, volveré en seguida, en serio.

Algo se le escapaba de la expresión de Iris, pero en ese momento lo que más necesitaba era salir; ella cedió, apartándose del camino pero sin dejar de mirarlo.

—No te tardes.
—No, claro que no.

Esbozó una sonrisa torpe y fue hacia la puerta, tomando las llaves con un gesto poco controlado; mientras iba hacia el costado de la casa para sacar el auto, miró a un lado y otro, casi esperando que alguien lo esperara a la salida.

“No lo hagas Vicente”

Se sintió un poco más seguro dentro del auto, con el cinturón de seguridad puesto y los vidrios alzados. Pero se tardó un instante más en poner en marcha el vehículo.



3


La voz de Iris lo despertó, aunque no fue de una forma violenta; sintió, aún entre sueños, que el tono de ella no era el de siempre, sino que estaba impregnado de una tensión que era evidente. Después de la caminata nocturna, llegó relajado y con la mente despejada, por lo que al acostarse se sumió en un sueño profundo y que esperaba fuera reparador. Se incorporó en la cama y vio a Iris sentada al borde, muy tiesa, hablando por teléfono.

—Sí, entiendo.

Ella estaba escuchando a alguien del otro lado de la línea, pero se percató de que él estaba despierto y lo miró con semblante preocupado ¿Qué podía estar pasando?

—Comprendo; Sebastián, hasta este momento no hemos sabido nada. Los é, vamos a estar al pendiente ¿De acuerdo? Por favor llámame tan pronto sepas algo.

Eran las seis de la mañana, poco antes de la hora en que tenían que levantarse; Iris colgó y dejó el teléfono en el pedestal cristalino del velador, y volteó hacia él con la misma expresión de preocupación en el rostro.

— ¿Qué pasa?
—Al parecer Nadia desapareció.

¿Desaparecer? Vicente frunció el ceño, sin comprender.

— ¿A qué te refieres con desaparecer? ¿Pelearon?

Iris negó con la cabeza.

—No, Sebastián dice que todo estaba como de costumbre, además sabes que ellos dos nunca pelean; anoche él salió a comprar algo, y cuando volvió, Nadia no estaba, salió como si hubiese ido a la tienda de la esquina, pero sin el móvil ni nada. Sebastián no ha sabido nada de ella hasta ahora, llamó a todo el mundo y nadie ha tenido noticias suyas.

“¿Qué hiciste Vicente?”

Apretó los puños, pero afortunadamente, su expresión tensa pasó desapercibida.

—Es muy extraño pero ¿No habrá ido a atender a algún paciente? A lo mejor se trataba de una emergencia.
— ¿Hace más de diez horas? —replicó ella con escepticismo— De cualquier manera, él pensó lo mismo, pero su maletín está en la casa al igual que el móvil, y está preocupado, dice que por lo que vio de su ropa, salió con la tenida que estaba en casa ¿Qué puede haber pasado?

“Vicente, no debiste hacerlo”

Estaba volviendo a suceder. Pero era un muy mal momento, necesitaba poner algo de distancia antes que terminara diciendo algo que no debía; se puso de pie con actitud resuelta.

— ¿Te dijo algo más, lo notaste muy…nervioso?
—Claro que está nervioso ¿Cómo estarías tú si yo me esfumara y no llegara a dormir ni avisara?

Era una pregunta retórica, y Vicente trató de evadir la pregunta hecha por él mismo y lo inoportuno del comentario.

—Lo que quiero decir es, qué está haciendo él en estos momentos.
—Llamó a la policía, pero ya sabes que tienen esa normativa en que si una persona no lleva desaparecida más de 24 horas, no puedes hacer la denuncia por desgracia presunta; es una tontería, uno sabe cuando está pasando algo con una persona del entorno cercano, es una tontería…

Calló durante unos momentos, pensando en algo que, en otras circunstancias más tranquilas, habría expresado con más tranquilidad pero no menos fuerza; su compasión y calidad humana era algo fuerte y siempre evidente en ella.

“No debiste hacerlo”

Se estaba volviendo molesto. Después de salir a caminar, no había sucedido de nuevo, incluso sentía que todo eso no era más que fruto del cansancio, que se evaporaría con unas buenas horas de sueño. Pero ahí estaba.

“No debiste”

—Cariño, tienes que estar tranquila, no hay mucho que podamos hacer, creo. Voy a buscar un vaso de agua ¿Quieres algo?
—Nada, gracias.

Salió de la habitación fingiendo tranquilidad, pero tan pronto estuvo a pie de la escalera, bajó a paso silencioso y rápido; mientras caminaba a la cocina, recordó que en realidad no había ido a caminar, sino que tomó el auto antes de emprender el viaje.

“No debiste”

—Déjame en paz.

“No debiste”

Entró a la cocina y cerró la puerta; sirvió un poco  de agua en un vaso, pero la dejó sobre la mesada, aún sin beber.

“No debiste”

— ¿No debí qué?

“Ella no quería hacerte ningún daño”

¿Ella?

“No debiste”

— ¿De qué hablas?

“Eso tú ya lo sabes”

Pero no lo sabía. La voz seguía molestándolo ¿Cómo podía estar pensando en eso cuando una amiga estaba…?

—Dime de qué hablas.

La voz no contestó de inmediato; su tono seguía siendo neutro y claro, tan irreal y tan estremecedor al mismo tiempo, por la pulcra falta de sentimientos.

“¿Dónde está tu reloj?”

De forma instintiva se miró la muñeca derecha, pero desde luego, no dormía con reloj.

“¿Dónde está tu reloj?”

El reloj quedaba siempre en el velador junto a su cama, se lo quitaba antes de acostarse.

“¿Dónde está tu reloj?”

Siguiendo un impulso inexplicable, salió de la cocina y subió las escaleras, los peldaños de dos en dos; entró al cuarto con la mayor tranquilidad posible, pero tan sólo al cruzar el umbral vio que el reloj no estaba en el velador.

— ¿Ocurre algo?
—Nada, un segundo.

Se inclinó junto al velador y revisó, comprobando que no estaba. Sin decir más, salió de nuevo del cuarto, yendo a la sala, sitio en donde podría haber estado; pero no era así.

“¿Dónde está?”

—Tal vez podrías decirlo.

“Tú ya lo sabes”

No, no los sabía ¿Cómo iba a saberlo? Se sintió extrañamente vulnerable ¿Por qué algo tan sencillo lo hacía sentir así? De pronto, las imágenes comenzaron a aparecer en su mente: él caminando, cerca de una zona en donde había árboles y vegetación; conocía ese sitio ¿Dónde era? Vio sus pasos desde arriba, y escuchó una voz, pero no era la suya, estaba hablando con alguien. Era una voz fuerte, con carácter, que hablaba de forma pausada pero impregnando cada palabra de su sabiduría y experiencia. Era una voz de mujer.
“No debiste”

— ¿Dónde está el reloj?

“Ella no quería hacerte daño. Pero tú no te controlabas, y no me escuchabas”

Oh por Dios. Había salido a caminar la noche anterior. No, no, salió en el auto, recordaba…en algún momento estacionó el auto, y luego caminó ¿En qué dirección fue?

— ¿Qué fue lo que pasó?

“Intenté hacerte entender”

En ese momento, la imagen de la persona a su lado, caminando, se hizo clara en su mente: era Nadia.

—Oh por Dios; tengo que estar soñando.

“No me escuchaste”

¿Por qué había ido a hablar con ella en medio de una incipiente noche? Había ido hasta su casa, pero no en auto, se había bajado antes y llegado a pie; luego ambos caminaban, se trataba de un lugar que él conocía ¿Cercanías de la casa de ella? Nadia y Sebastián, su esposo, vivían en una casa cerca del centro de la ciudad, a no más de media hora a buena velocidad de donde vivían ellos; se trataba de una zona antigua, revitalizada en el último tiempo por la reconversión de muchos sitios en nuevas fuentes de negocio, siendo de ellas un restaurante temático alabado por la crítica especializada. A poca distancia de ese restaurante, había un pequeño pero muy bien cuidado parque urbano; sus pasos deambulaban por ese sitio.

“Ella no quería hacerte daño, pero tú sí.”

—No, yo no le haría daño, no tengo ningún motivo.

“Dentro de tu mente hay un motivo; hay algo en ti que te lleva en esa dirección , he estado tratando de explicarte, de que entiendas, pero te niegas”

—No hay nada de eso, no es…

“El reloj. Lo tenías puesto, cuando te acercaste demasiado a ella; trató de liberarse, pero no pudo, y el reloj cayó”

El silencio sucedido a esas palabras resultó más estremecedor que el contenido de las mismas. No, no era posible, todo eso era un mal sueño, era producto del estrés. Salió al patio de forma apresurada y se acercó al auto, viendo en la consola que, en efecto, había estado en movimiento; se sentó ante el volante, esperando encontrar allí el artefacto que desmentiría toda esa locura que estaba escuchando. Pero no estaba.
Volvió a entrar a la casa, y tuvo que contener la sorpresa de encontrar a Iris en la sala.

“El reloj cayó”

— ¿Qué estabas haciendo afuera?
—Es que yo —necesitaba saberlo, necesitaba que eso quedara descartado como fuese, para eso tenía que existir un método—, estaba, escucha, creo que tenemos que hacer algo por Sebastián.

Su esposa le dedicó una mirada entre confundida y sorprendida; eran demasiadas sorpresas seguidas, estaba obligado a agregar algo de sustento a sus palabras.

—Lo que podríamos hacer es salir a buscarla, o a preguntar por ella.
— ¿Pero por qué haríamos eso, para qué?
—Porque eso es lo que corresponde, quiero decir, si Sebastián está preocupado y Nadia se fue sin el móvil, él tendría que quedarse en casa ¿No es así? Pues si lo hizo, tal vez podríamos salir y preguntar, en los lugares cercanos, o en sitios que ellos frecuentan ¿No van a ese restaurante que está cerca de su casa?
— ¿El Morlacos? —replicó ella algo confundida aún— Sí, van a menudo según sé.
—Esa es la idea, quizás todo esto no se trata más que de un malentendido, o Nadia esta con un paciente, alguien que le habló de forma muy urgente y sólo no puede llamar de vuelta, o está tan ocupada que no se ha dado cuenta de nada, deberíamos hacer algo, es una ayuda que puede servir, es como poner más ojos en distintas partes.

Iris lo miró con una expresión que denotaba que lo que dijo le causaba extrañeza, pero al mismo tiempo le parecía una buena decisión.

—Es muy lindo lo que dices amor; es un gesto muy noble.

“El reloj prueba que estuviste ahí”

—Entonces ¿Qué dices?

“El reloj prueba lo que hiciste”

—No me parece mal, pero Benjamín tiene escuela; escucha, no tengo nada importante hoy en la oficina a primera hora ¿Qué te parece si nos coordinamos para ayudar?
—Pienso lo siguiente —la atajó él antes de que prosiguiera—, aún es temprano, yo puedo salir ahora mismo, me doy una vuelta por el sector, hago algunas preguntas en las gasolineras o tiendas de 24 horas, y estamos en contacto.
—Me parece buena idea —replicó ella más animada—. Prepararé a Benjamín y lo dejaré en la escuela un poco antes para poder unirme a ti ¿Te parece?
—Genial.


4


El viaje en automóvil había sido casi topando la velocidad límite; se puso unos jeans y una campera sobre una camisa deportiva, y emprendió el viaje mientras el reloj no marcaba todavía las siete. No había vuelto a escuchar nada, pero ese silencio era estremecedor casi de la misma forma que las palabras con las que lo había estado acosando de forma continua antes de salir ¿Por qué no podía sacarse eso de la mente? Estacionó el auto a un costado del parque, y descendió de él, guardando el móvil en el bolsillo trasero del pantalón, adentrándose en el trozo de bosque implantado dentro de la urbe aún medio a oscuras, aún medio en silencio y desprovista de las miradas de personas no adecuadas.

“El reloj es la prueba de que estuviste aquí”

Aquí. Ya no era “ahí” sino “aquí” con la misma seguridad y falta de sentimiento que antes. Caminaba a paso lento, anticipando que sucediera algo que al mismo tiempo esperaba no fuera una realidad. No, no podía ser, todo eso no era más que imaginación y una coincidencia, junto a esa presencia mental que no encontraba modo de explicar, pero que estaba acosándolo de alguna manera. Pasó junto a una estatua del porte de una persona, con la forma de un caballo obeso, y la vio.

—Oh por Dios…

El sustento de su cuerpo parecía haberse disuelto en tan solo una milésima de segundo; Nadia estaba tendida en el suelo, muy quieta y pálida, inconciente; a su lado, tirado en el suelo, estaba su reloj. Vicente ahogó un grito.



Próximo capítulo: Lo que tú quieras