No vayas a casa Capítulo 11: Tienes razón



Iris recibió la noticia de la desvinculación de Vicente de la empresa con una cierta nota de sorpresa, aunque con calma, gracias a que él estaba muy calmado al respecto. Por su parte, ella tenía noticias nuevas también, aunque no se trataba en su caso de algo tan definitivo, y así se lo hizo saber esa misma tarde.

—Quedan aún algunos días de este mes; en el mes de junio voy a dar aviso de que me retiro tras las  vacaciones de invierno.

El periodo de vacaciones al que se refería comprendía las dos semanas intermedias del mes de julio; durante ese período la mayoría de los estudiantes salían a un corto lapso de descanso, y era oportunidad apropiada para reorganizar muchas cosas. La prontitud de esa decisión hizo que se sintiera ansioso y contento por ella.

—Eso es genial; pero supongo que ya lo hablaste con tus amigas.
—No. Esta vez quiero mantener el asunto en absoluto secreto, al menos hasta que ya la decisión sea algo concreto; además, solo tendré que esperar unos cuantos días.
— ¿Y qué te llevó a tomar la decisión? Me refiero a lo rápido que vas a hacerlo.

Iris no pensó la respuesta, lo que indicaba que se trataba de una decisión tomada, pero no de forma impulsiva.

—Me quedé pensando en lo que me dijiste, y aunque fue apresurado, sentí que era el momento correcto para tomar esa decisión; ya estamos terminando este semestre, y sabes que siempre dejo los proyectos avanzados a finales o terminados, para poder desligarme de la empresa al tomar el descanso. Luego es como empezar de nuevo, en cierto modo, y dije "si empiezo de nuevo ahora, buscaré excusas para extender esto hasta el año entrante" pero al mismo tiempo me voy a quedar con la idea de qué y cuándo es que lo voy a lograr. Así que decidí que no tenía que posponerlo.

Hubo un instante de duda en sus ojos en las últimas palabras, como si esa determinación los pusiera en riesgo a causa del repentino cambio en el trabajo de él. Vicente sonrió y la calmó.

—Yo también pienso que fue la decisión correcta; además, piensa que tendré un pequeño descanso ahora y tú después, ambos tenemos la oportunidad de adaptarnos. Ahora que recuerdo, te voy a enseñar un video que grabé de mi nueva oficina.
—Está bien.

En efecto, la apreciación de él sobre el recinto era bastante acertada, y recibió la aprobación de Iris por una buena construcción y orientación del espacio; acerca del nuevo empleo, fue poco lo que tuvieron que comentar, ya que en realidad no había nada que decir de momento.

Comenzar su primer día libre no fue lo que se había esperado; de alguna manera, mientras avanzaba la tarde del martes y ya tenía el mapa mental de las nuevas instalaciones, dejando atrás el mal sabor de boca de la salida de la empresa anterior, tenía la impresión de que podría descansar con toda calma al menos en un principio, pero su presencia en casa más temprano de lo habitual desató una tormenta de amor de hijo sin precedentes recientes, la que por cierto se extendió hasta el miércoles. Tuvo que hacer gala de todo su poder de convencimiento para sacarlo de la cama, y luego para llevarlo al colegio, pero por otra parte resultó encantador pasar ese rato con él a solas, compensando un poco el hecho de que de forma común se turnaban con Iris para ir a dejarlo, y siempre con el sentimiento de urgencia de ir a sus propias labores. Su esposa fue a su trabajo con una gran sonrisa de complicidad por los planes que habían hecho para esa jornada más tarde, pero también le dejó algunos encargos, que no eran más que recordatorios de cosas con las que él se había comprometido en la casa, y que por motivos de trabajo dejó una y otra vez para más tarde. Así las cosas, se dedicó durante casi todo el día a limpiar las canaletas del techo, recortar las ramas altas de los árboles de la casa de junto que se pasaban al jardín, limpiar los vidrios del segundo piso y cambiar muebles de lugar en la planta baja. para cuando hubo terminado, daban casi las cuatro de la tarde, y sólo le quedó tiempo para darse una ducha rápida y salir a buscar a su hijo. En resto de la tarde la pasaron en casa, y tuvo la deliciosa oportunidad de dormir siesta con él, ambos tendidos en el sofá de la sala mientras el televisor seguía encendido; esa era una costumbre propia de las vacaciones, porque los fines de semana nunca les quedaba tiempo para eso. Benjamín le preguntó si estaba de vacaciones de nuevo, ante lo que Vicente respondió con sinceridad que estaba cambiando de empleo; fue extraño que el pequeño, que de forma habitual quedaba excluido de las conversaciones propias de adultos, se tomara el asunto con tanta seriedad. Le preguntó si había algo de malo en el ya antiguo trabajo, y si es que se había ido porque alguien lo molestaba; hizo una ingeniosa analogía con la primaria en la que estaba, mencionando que en determinando momento un niño de otra clase  se había ido porque alguien lo molestaba. Vicente resumió la respuesta diciendo que no, que no existía ningún problema, pero que en el nuevo trabajo tendría más tiempo para él y para su madre, y que por lo tanto las cosas irían de una forma más cómoda para ellos; esta explicación satisfizo la curiosidad del pequeño, quien decidió que era una buena idea que su padre cambiara de empleo. Una vez que llegó Iris y pasaron la tarde, dejaron a Benjamín con Jacinta, y salieron a comer a un bonito restaurante de pastas, en donde disfrutaron de una agradable velada; de regreso en casa, con su hijo durmiendo en su habitación y el resto de la casa para ellos, a Vicente le entraron ganas de hacer algo lúdico entre los dos: le pidió a Iris que subiera al cuarto mientras él preparaba unos tragos para ambos, pero en realidad fue a buscar algo a la bodega ubicada a un costado de la cocina. Tuvo que rebuscar un poco, pero al final encontró en una caja un regalo que en su momento le pareció absurdo, pero que servía bien a sus intenciones: se trataba de un regalo hecho por una familia de conocidos en algún cumpleaños o algo parecido, un set de accesorios para asar carne, junto a un delantal blanco con pechera y un impreso de corbata de lazo en la parte superior. Sin contar que tenía un delantal mejor que ese para asados, la imagen le pareció un tanto ridícula, pero para ese propósito le pareció perfecto; una vez servidos los tragos en altas copas, se desnudó, se puso el delantal atando las cintas por la cintura, y subió en silencio.

—Con su permiso señorita, traigo su pedido.

Iris estaba sentada en la cama mirando distraídamente el móvil, y se tardó un instante en prestarle atención; cuando lo hizo, su expresión pasó de la sorpresa inicial a una sonrisa de complicidad. Vicente cerró la puerta tras sí y avanzó hasta el mueble a la derecha, para dejar sobre él ambas copas, moviéndose con deliberada lentitud; el delantal lo tapaba por delante hasta por encima de las rodillas pero no dejaba nada a la imaginación por la espalda. Iris soltó un suspiro ahogado.



—Se supone que pedí el servicio a la habitación para estar tranquila, pero esto es una falta de respeto.
—Le pido disculpas señorita, estoy muy avergonzado.
—No creo que sus disculpas sean sinceras.

Él volteó hacia ella, con expresión compungida en el rostro.

—No sé cómo disculparme.

Comenzó a avanzar lentamente, como si le pidiera disculpas y temiera acercarse a una figura de poder. Iris se había sentado, de forma muy apropiada, erguida y mirándolo con severidad; siguiendo un instinto, Vicente puso una rodilla en tierra y la miró, anhelante.

— ¿Puede disculparme?

Ella se tomó un dramático instante para responder, mirando en su dirección como si supiera cuánto podía depender de sus palabras. Al fin, habló con un tono firme, casi desprovisto de emoción.

—Voy a pensarlo.

Extendió la mano derecha hacia él, ante lo cual el hombre la tomó con suavidad y le dio un beso, apenas rozando con los labios; Iris llevaba unos pantalones holgados de tela y una camisa escotada, que realzaba la forma redondeada de sus pechos desde ese ángulo inferior en el que él estaba. Sin soltar la mano, se acercó más a ella, aunque sin tocarla aún, solo respirando muy cerca, mientras ella aún se hacía la indiferente.

"Sabes lo que le gusta"

Permaneció en ese jugueteo un instante más, mientras ella comenzaba también el acercamiento, deslizando los dedos por la tela sintética sobre los muslos.

"Hazlo"

Al fin Vicente rompió la distancia, y apoyó las manos en las rodillas de ella, sin hacer presión; entonces sintió sus manos deslizándose a un costado, entrando en contacto con la piel pero todavía sin hacer más, limitando el roce a una caricia muy queda, casi inmóvil. Poco a poco avanzó hacia la cintura, tomó la cinta que ataba el delantal y jugueteó con ella, pero sin desatarla.

"Hazlo"

Ambos se pusieron de pie, sin abrazarse aún, como si de alguna manera el blanco delantal fuera una barrera fría y distante que mantuviera a los dos en lugares distintos; Vicente puso con lentitud las manos en las caderas de ellas, sintiendo el calor, mirándola de forma esquiva, fingiendo que no sabía qué o cómo hacerlo.

"Tú sabes lo que le gusta que hagas"

En ese momento, le dio una fuerte palmada en la nalga izquierda.



— ¡Vicente!

A Iris se le escapó un gritito ante el sorpresivo gesto, pero él intentó atraerla hacia sí, sonriendo.

—Vamos, esto te va a gustar.
—Suéltame.

"Hazlo"

—No te hagas...

Iris se separó con un movimiento más brusco; la expresión relajada e interesada había sido sustituida por una de asombrada molestia.

—Sabes que no me gustan esas cosas ¿Qué te pasa?

Quedaron por un momento enfrentados, a tan sólo un metro de distancia, con aspectos tan contrapuestos el uno del otro; ella vestida, él semidesnudo, ella alterada, él ansioso.

"Seguro que se excita cuando lo hace él"

—Vamos —dijo en voz baja—, no fue nada.
—Sí, fue algo y no me agradó —sentenció ella. Su voz era tensa, pero había recuperado el control de sí misma—. Sabes que no me gusta ese tipo de rudeza.

No estaba bromeando.

"Seguro que cuando él se lo hace, se excita"

—No es rudeza, seguro que...

Vio en ella la mirada que lo había estado fulminando desde hacía unos segundos, y cortó el hilo de las palabras ¿Qué estaba a punto de decir?

— ¿Qué ibas a decir?
—Nada, nada.
—Di lo que ibas a decir.

La nota de desafío en su voz comprobó que estaba más molesta a cada segundo; jamás entre ellos había habido ningún tipo de violencia, ni física ni verbal. La rudeza en la cama era la referente a hacerlo con más intensidad, a volcar en el otro más ganas, pero en ningún caso a ser violentos, de ninguna manera. Y a él ni siquiera le gustaba eso.

—Cariño, perdóname, no estaba pensando en nada, fui muy estúpido.

Avanzó un paso, pero ella retrocedió uno igual; perfecto, había arruinado la velada.

—Lo siento, Iris, es en serio; no estaba pensando, actué como un estúpido.

Pensó que debía verse patético medio desnudo y pidiendo disculpas por arruinar una oportunidad que él mismo había propiciado; Iris cedió un poco, pero mantuvo la distancia.

—No entiendo por qué te comportaste de esa manera.

Tenía que argumentar algo. Quedarse con cara de idiota, esperando que eso solucionara algo, en verdad no tenía ninguna utilidad; tenía que dar alguna razón, por mucho que dentro de su cabeza no supiera por qué es que había tomado esa acción.

—Yo solo, solo intentaba hacer algo diferente, no estaba pensando, solo lo hice como si fuera parte del juego.

Decir eso empeoró las cosas; el rostro de Iris se contrajo en una mueca de desagrado.

— ¿Parte del juego? Me golpeaste Vicente.
—Me di cuenta que usé un poco de fuerza.
—No usaste un poco de fuerza —exclamó ella por sobre su tono de voz habitual—, no fue un poco de fuerza, fue un golpe.

Oh, no.

—Pero no era eso lo que pretendía.
—No sé lo que pretendías, y no quiero saberlo. Quiero que salgas del cuarto; duerme en la sala o en la habitación de invitados.
—Cariño, por favor, escucha, solo hablemos de esto, no lo hice con mala intención.

Volvió a intentar acercarse, pero ella retrocedió otra vez, quedando a tan solo un paso de la cama; su mirada era dura como el acero, su expresión, de furibunda determinación.

—No me importa; y si te importa a ti, entonces no te me acerques ahora, estoy muy ofuscada. Sal del cuarto ahora Vicente.

Sostuvo la mirada de ella un instante más, hasta que se rindió, y salió del cuarto, sin mirar atrás. Bajó casi a la carrera la escalera, y se metió a la cocina para volver a vestirse, mientras arrojaba el delantal al suelo en u inútil gesto de impotencia.

— ¿Por qué hice eso maldita sea?

Se puso los pantalones y la camisa, y abrió la puerta del refrigerador, más por hacer algo que por necesidad: se quedó mirando el contenido mientras respiraba agitado, sintiendo como se asentaba en su interior la frustración y la culpa por lo que había hecho. No había sido solamente una palmada más fuerte de lo necesario, había sido prácticamente un golpe, que fue menos grave por la circunstancia de estar abrazado, lo que le dejaba menos margen de movimiento; había dado un golpe, inintencionado o no, pero se trataba de un golpe, y ellos ni siquiera se habían gritado en todos esos años ¿Cómo podía haber hecho eso? Sacó una cerveza y se quedó con ella en la mano, apoyado en la puerta mientras le llegaba el aire frío del interior de la blanca máquina, junto con ese sonido muy leve, el murmullo del mecanismo funcionando para mantener la temperatura; mirando pero sin ver. Al menos contaba con que la humillación no había llegado a tanto como para que ella le dijera que fuera a darse una ducha fría ¿Cómo demonios? Podía imaginarse a Iris en el interior del cuarto, sentada muy erguida en la cama o recostada, aovillada en su lado, con los ojos inundados en lágrimas, no por el hecho, sino por su significado: pensando en tantas cosas, quizás creyendo que, las sospechas que de seguro tenía de sus aventuras anteriores hubiera convertido a su esposo en alguien a quien ella no conocía. No le había gritado, pero la fuerza de su voz, lo tenso de su rostro y esa actitud corporal distante, a la defensiva, habían causado el efecto mucho más que si hubiese vociferado por todo lo alto. Estaría pensando en qué momento su esposo, el hombre a quien amaba, pasó a hacer un juego tan peligroso como ese, cuántas veces lo habría pensado antes de llevarlo a la realidad ¡Pero él jamás había pensado eso! No se trataba de dormir fuera del cuarto, ni siquiera de estar en la patética situación, se trataba de todo lo que iba a pasar a partir de la mañana siguiente. Iris tenía que ir al trabajo, él quedarse en casa y ocuparse de Benjamín, pero estaría la frialdad de ella ¿Lo dejaría al menos darle un beso de buenos días? Tal vez se iba a comportar de forma cortés frente a su hijo, sin demostrar lo que estaba sucediendo, pero poniendo distancia entre ambos, como si se tratara de una pantomima, para que el pequeño no se enterara de nada. Luego se despediría con un escueto “Hablamos más tarde” y después estaría muy ocupada para contestar los mensajes; todo se estaba convirtiendo en una especie de pesadilla ¿Por qué tenía que pasar en un momento como ese? Todo estaba tan bien, él descansando unos días antes del nuevo empleo, ella con planes de empezar al fin una carrera propia, mejores perspectivas, y sucedía esto.

“Vas a poder solucionarlo”

Algo en su interior le decía que tenía que solucionarlo, pero no de la forma que muchas personas intentaban; no podía tratar de olvidar, ni hacer como si nada, tenía que enfrentar la situación.

“Habla con ella, de corazón”

Tenía que conseguir que ella hablara con él; que ambos hablaran. Salir del cuarto había puesto entre los dos un muro que sería más difícil de derribar al día siguiente, pero tenía la obligación de hacerlo, porque a cada momento resultaría más y más difícil; era primordial entablar la conversación: no importaba si ella era dura con él, se lo merecía, y no había nada que disminuir ni evadir.

“Ella va a escucharte”

Sería una jornada larga y difícil, pero lo haría; estaba obligado a hacerlo, a intentar por todos los medios que ella entendiera que no tenía ninguna mala intención, sino que solo se trató de una estupidez, de un momento en que no pensó en absolutamente nada, y que lo hizo cometer una idiotez de grandes proporciones. No podía usar la expresión error. Tenía que ser más directo, aceptar su culpa en eso, pero dejar en claro que se trataba de algo excepcional, salido de alguna parte oscura de su cabeza, una parte que de ninguna manera iba a volver a visitar.



Próximo capítulo: Di lo que estás pensando