No vayas a casa Capítulo 9: No esperes más



Vicente llegó a su trabajo el día martes con bastante tiempo de anticipación; en el maletín guardaba la copia del contrato firmado, algo innecesario pero que de alguna manera lo hacía sentirse tranquilo. La noche anterior con Iris había sido muy tierno, y se sentía contento de haber conseguido que ella entendiera su punto de vista al respecto; en la mañana se despidieron a la rápida y no hablaron del tema, tan sólo acordaron charlar con más calma en la tarde, aunque él sabía que ella estaría durante todo el día pensando en ese asunto, evaluando posibilidades, y de alguna manera preparándose para un momento que de seguro no esperaba sucediera con tanta prontitud.
Cuando llegó y estacionó el auto no se percató de la presencia del mercedes del padre de Sergio, cosa un tanto extraña tratándose de un vehículo vistoso; al entrar se topó con la recepcionista, quien le hizo un gesto con la cabeza mientras lo saludaba como si nada anormal estuviera pasando: Vicente captó este gesto y no hizo ninguna pregunta, pero caminó por el pasillo hacia su oficina sin comprender de que podría tratarse; cuando pasó por el lado de la oficina de Sergio entendió todo. La voz del padre de Sergio no era del tipo que se hace escuchar por ser muy alta, sin embargo se distinguía del resto por ser ronca debido a muchos años de ser un fumador empedernido, y en ese momento resultaba imposible negar que el hombre estaba enfadado. Se quedó quieto a muy poca distancia de la puerta, tratando de entender las palabras, aunque sin saber muy bien por qué lo estaba haciendo; lo tomó por sorpresa que unos momentos después la puerta se abrió de forma brusca, y ante sus ojos quedaron ambos hombres, el hijo de de cara al exterior y el padre volteando hacia afuera, resultando obvio que estaba muy alterado.
Gerardo Mendoza, el dueño de la empresa y Sergio, su hijo, eran muy distintos físicamente: mientras Sergio era alto, de complexión fuerte, piel clara y cabello oscuro, su padre era más bien bajo y corpulento, de piel morena y cabello encanecido, de rasgos muy duros, enmarcando los ojos negros por unas cejas pobladas que, junto con el bigote, le conferían un aspecto poco amigable. Siempre había sido un hombre estricto pero justo, pero al parecer en esos momentos las cosas no eran como de costumbre.

—Pero miren qué sorpresa frente a mis ojos. Podrías haberle dicho que esperara en su oficina al menos hasta que yo saliera de la tuya.

Estaba hablando con su hijo, despreciando su presencia al no mirarlo. Atrás, dentro de la oficina, Sergio miraba al exterior, a ningún punto en particular, con el ceño fruncido y una expresión indescifrable.

—Qué buenas actuaciones, qué falta de integridad en la forma de hacer las cosas. ¿quién más estaba metido en esto durante todo este tiempo?

Se trataba de una pregunta retórica; entonces el padre, en efecto, no estaba enterado de nada de eso, y por su expresión, resultaba evidente que el conocimiento reciente hacía peores las cosas de lo que Vicente pudo llegar a esperar antes. Sin embargo estaba muy sorprendido como para hablar antes que el hombre continuara con su parlamento.

—Me preguntó qué es lo que te hizo tomar una decisión como esa ¿más dinero? ¿No te he pagado lo suficiente ya, no te hice los suficientes premios durante estos años?
—Don Gerardo, yo…

Sergio intervino, adelantándose a sus palabras.

—Papá, él no tiene nada que ver en esto.
—Claro que tiene que ver —sentenció el viejo sin titubear— ¿Qué edad crees que tengo? Ya había conocido a ratas traicioneras desde antes que tú nacieras, no intentes hacer que esto aparezca como si fuera lo que realmente es. Tienes diez minutos para salir de estas instalaciones, tú, tu esbirro y cualquiera que esté involucrado en esto.

La expresión era equivocada a propósito; la situación lo estaba violentando mucho más de lo que parecía ¿qué había de los problemas familiares? Resultaba increíble que, llegado ese momento, el padre se comportara como si hasta el día anterior todo en su familia hubiese sido un lecho de flores. Vicente apretó la mandíbula para evitarse una palabrota en respuesta, pero otra vez fue el hijo del empresario quien se adelantó; había salido de la oficina y se interpuso entre ambos, aunque su actitud no era agresiva.

—Papá, sabes que no puedes decirme eso; hay protocolos que cumplir.

El padre se enfrentó a él. Por un momento, mientras el hombre viejo se llenaba de energía proveniente de la rabia que lo inundaba, no apreció más bajo de estatura, y se vio más alto y fuerte, como si con esa furia compensara en actitud lo que le faltaba en cuerpo.

—No me vas a decir tú a mí qué es lo que puedo o no hacer en mi empresa. Esta empresa, cada una de estas malditas paredes las fundé yo, sin tu ayuda, y no vas a quedarte en ellas ni un solo minuto más.
—No puedes hacerlo, ni siquiera tienes una base legal.
— ¿Crees que necesito una base legal para echarte de aquí como el perro callejero que eres? Quédate en este sitio si quieres, pero no olvides ni por un segundo que sé dónde están tus nuevas instalaciones. No olvides que no puedes estar al frente de esa puerta para protegerlas siempre.

El silencio que vino a continuación fue lo suficiente para que Sergio entendiera la amenaza implícita; su padre podía referirse a muchas cosas, pero lo que estaba dejando en claro, era que estaba dispuesto a todo con tal de que se cumpliera la orden que acababa de dar. El hijo mantuvo la mirada del padre durante un momento más, pero al final se rindió y se regresó a su oficina, en donde abrió un maletín al que empezó a echar una serie de papeles en desorden, sin revisarlos. Gerardo desplazó su mirada de él a Vicente, que todavía seguía muy impactado como para reaccionar.

— ¿Qué es lo que haces ahí?

Al escucharlo hablarle de esa forma, Vicente sintió, por primera vez, una oleada de culpabilidad ¿Qué lo había llevado a actuar de esa manera tan impulsiva? Ahora su idea de salir de esa empresa, de un modo más tranquilo, teniendo una conversación tensa pero civilizada con el dueño había quedado en un simple boceto, una concepción que jamás se haría realidad. Había trabajado arduamente durante doce años en una empresa, se ganó la confianza del dueño hasta convertirse en el mejor en su área, y ahora ese hombre, el mismo que lo felicitó tantas veces, lo miraba con desprecio.

—Lamento que las cosas hayan pasado de esta forma.
—Es interesante que hayas tenido la deferencia de pretender, dentro de tu cabeza, algo distinto a lo que está pasando —replicó el viejo esbozando una sonrisa sarcástica—. No quiero seguir perdiendo tiempo contigo, así que mejor sal de aquí, antes que pierda la compostura. Y no te despidas —agregó tras una breve pausa—, alguien lo hará por ti.

Su vista se había desplazado un poco hacia su derecha; Vicente volteó, y se encontró con Joaquín, parado a dos pasos tras él. Muy bien, entonces ya era el momento de sacarse las máscaras.

—Te puedo despedir de los demás, si quieres.

Había escuchado todo, entonces; qué increíble que la amistad que tuvieron por años en ese trabajo se terminara de esa manera, fría e impersonal, en un pasillo de la empresa.

—No creo que sea necesario.
—Pero quiero hacerlo —replicó el otro—, creo que es lo mínimo que puedo hacer por ti antes que te vayas, seguro que con tanto trabajo por delante no vamos a tener tiempo de vernos.

Vicente se quedó viéndolo, tratando de interpretar su actitud. Estaba tranquilo, demasiado tranquilo para alguien que acaba de descubrir que ha sido traicionado por la persona a la que pensaba traicionar por adelantado. Notó que no respiraba de forma agitada, ni había en sus ojos un símbolo, por pequeño que fuese, de rabia o frustración ¿Qué era lo que estaba pasando por su mente?

—No pareces sorprendido.
—No lo estoy; intenté hacer algo para conseguir un puesto mejor y más dinero, pero por lo visto tú, como siempre, te entrometes para lograr algo más.
—Jamás antes había pasado algo como esto.
—No, pero eso no es relevante; siempre tienes que ser el primero, el preferido, el regalado por todos.

Gerardo ya estaba a suficientes pasos de distancia; los dos hombres se desplazaron casi involuntariamente hacia un costado, mientras Sergio pasaba, caminando hacia la salida, con un maletín en la mano y una serie de carpetas. Vicente lo ignoró, concentrándose en las cosas que le estaba diciendo el otro.

—Hablas como si me guardaras rencor ¿Qué fue lo que te hice?

Joaquín se rio en voz baja; todo indicaba que se esperaba algo así.

—Esto no se trata de ti; es algo que viene contigo, eres de esas personas que tienen la capacidad de estar siempre en la primera línea, de conseguir lo que quieren aun sin proponérselo. Estoy seguro de que esta “oferta” vino a ti por un accidente, o porque lo descubriste a través de alguien más, a pesar de todos los intentos que hice para que el asunto quedara en secreto. Dios, Sergio te quería a ti, pero insistí, casi le rogué, le juré lealtad y un trabajo eficiente como si estuviera vendiéndole mi alma al diablo, me mantuve alerta, intercepté el correo ordinario, envié mensajes, hice todo lo necesario, pero un día antes te interpusiste y te quedaste con todo; de la misma manera que siempre lo haces. Como te quedaste con la esposa fiel e ilusa que piensa que la amas de forma incondicional. Como te quedaste con los bonos por rendimiento una y otra vez.

Estaba hablando con un tipo de resentimiento que Vicente nunca había escuchado en persona. Y fue, de un modo especial, muy fuerte escucharlo hablar así, como si fuera uno de esos paranoicos que creen que todo es parte del plan de alguien más, o una conspiración para destruirlos; Vicente jamás se había interpuesto en nada, pero viéndolo desde otra óptica, era Joaquín el que tenía un trabajo más estresante que el suyo, y era, definitivamente, quien tenía una esposa calculadora y absorbente. Pero eso no era su culpa.

—Escucha, sé que estás molesto por lo que pasó, y lo entiendo.
—No, no lo entiendes —repuso el otro con una sonrisa alegre que o descolocó—, no puedes  entenderlo, porque hasta ahora nunca has vivido una vida como la del resto. Nunca has estado en riesgo de perderlo todo, ni has sufrido porque alguien que te ama no te trate como corresponde, ni has visto como otros surgen en el trabajo mientras tú acumulas méritos para nada.

No iba a llegar a ninguna parte intentando dialogar con alguien que se encontraba en ese estado. Suponía que su amistad iba quedar dañada después de todo eso pero, después de todo ¿no estaba ya algo decepcionado de él desde antes? Resultaba difícil engañarse, y a juzgar por lo que estaba pasando justo en ese momento, de verdad que la amistad de Joaquín no era más que superficial.

— ¿Sabes qué? Piensa lo que quieras; no hice nada de esto para perjudicarte a ti, lo hice porque es lo que quería para mí. Por lo demás ¿Cómo puedes hablarme como si esto fuera una conversación de principios, si fuiste tú quien empezó todo esto?
—Porque eras tú el que estaba en una posición mejor que yo, por eso hablo como si se tratara de principios. No necesitas más dinero y comodidad, pero yo sí, yo quiero dinero para hacer feliz a mi esposa, para cambiar mi casa por una más grande, y quiero dejar de ser el de informática al que llaman para arreglar algo pero al que no ven a la hora de repartir los bonos y los premios.

Vicente hizo un airado gesto vago con las manos.

— ¿Y por qué no lo dijiste durante todos estos años? ¿Qué te ocurrió, era demasiado peso como para hablar, charlabas conmigo mientras te llenabas de esa rabia por gusto, por placer?

Joaquín seguía tan tranquilo a pesar del significado de sus palabras, que comenzaba a ser preocupante; era él quien estaba comenzando a actuar mal.

—Mi relación contigo no tiene nada que ver en esto, no seas inocente; siempre te he considerado un tipo agradable, alguien con quien se puede hablar, con quien compartir algo de información, pero nunca perdí el foco de lo que pasa contigo, y con una persona como tú es mucho mejor estar cerca que lejos, al menos así no te sorprende tanto lo que pasa. Y decirte ¿Decirte qué? ¿Para que me miraras con cara de buen amigo y me dieras un consejo, pero de todos modos no hicieras nada? Ya te lo dije, esto no se trata de ti, se trata de las personas que son como tú, que tienen esa vida llena de suerte y de buenos augurios.
—Lamento que pienses de esa forma, pero tampoco te voy a rogar ni nada por el estilo; me sorprende que ahora hables de esta forma, cualquiera diría que nunca fuiste realmente un amigo, pero eso me lo esperaba después de descubrir que estabas involucrado en esto.

El otro se cruzó de brazos, suspirando.

—No importa. Está hecho, estoy seguro de que ya firmaste el contrato, el dinero es tuyo.
— ¿Por qué te molesta tanto? Ahora puedes tener el mismo puesto aquí, puedes pedir más dinero, estoy seguro que te lo darán.
—No estoy molesto. Yo no.

Sn decir más, dio media vuelta y caminó a paso lento hacia su oficina, a la que entró cerrando la puerta con suavidad. Ni portazos, ni gritos, su actitud era por completo opuesta a las cosa que le había dicho tan solo un momento antes. Vicente se percató que el guardia estaba en el inicio del pasillo, a poca distancia de la entrada, mirándolo mientras el dueño hablaba con la recepcionista, a quien él no podía ver desde ese ángulo; no resultaba entonces una broma, el viejo lo haría expulsar por la fuerza si no salía. Apresuró el paso y entró a la oficina para recoger de ella todo lo que pudiera necesitar.


2


Con Sergio inubicable luego de la experiencia dentro de la empresa, Vicente quedó a su suerte durante esa jornada. Antes de salir, la recepcionista le dijo, casi como si se tratara de algo confidencial, que se pondría en contacto con él, para que pudiera retirar los documentos correspondientes y cobrar el dinero que legalmente le correspondía; también le dijo que podía presentar la carta de renuncia hasta el día siguiente, que no se preocupara porque ella arreglaría las cosas. Seguro se trataba de instrucciones de Gerardo, todo con la intención de no verlo más. Fue extraño, pero la mujer no demostró el mayor impacto al hablarle, como si de alguna manera ya hubiese tomado partido por alguien dentro de la situación que sin duda escuchó, o le fue relatada por el dueño. De todos modos, en su caso era comprensible, ella, si bien no estaba involucrada de forma directa, se quedaba en el lugar, por lo que, desde luego que tomaría partido por quien más le convenía. Mientras iba en el auto, sin rumbo fijo, Vicente se sintió un poco deprimido, como si lo que pasaba fuera de algún modo su culpa, no solo lo pasado con Joaquín, sino todo en general.

“No es tu culpa”

Dio un par de vueltas por las calles de la ciudad, sin saber muy bien qué hacer. De momento no le apetecía volver a casa, no solo porque estaría solo, sino porque de alguna forma era una suerte de fracaso, como reconocer que se había ido humillado de su trabajo.

“Fue por algo mejor”

Necesitaba volver a sentirse tranquilo; la decisión había sido por dinero, pero por sobre todo por tranquilidad ¿Cómo no iba a tomarla? Y Joaquín, quien durante tanto tiempo pensó que era su amigo, se demostraba tal como era, con ese resentimiento a flor de labios, como si de alguna manera fuera él, Vicente, el culpable de las desgracias de los demás a su alrededor.

“No es tu culpa, hiciste lo correcto”

Por un momento pensó en llamar a Juan Miguel, un amigo en el que sí podía confiar, pero se sintió algo cansado como para lidiar con la palabrería constante de su amigo, con quien era necesario estar siempre alerta; quería hacer otra cosa, pero seguía sin tomar una decisión clara, así que optó por hacer una parada y pasar a una cafetería a por un café para llevar: lo pidió cargado y con crema, y se regresó al auto, dejando la bandeja de cartón con el vaso alto en el asiento del copiloto.

“¿No sabes por qué estaba tan tranquilo?”

La actitud de Joaquín no dejaba de ser extraña; se sorprendió de sus palabras, de la manera en que se refirió a él, casi como si todo fuera una escena de telenovela, pero si algo lo sorprendió en verdad, fue su aspecto de total calma. Joaquín no era del tipo de persona que reaccionaba con tranquilidad, era de los que ante una situación que lo presionaba se ponía tenso, que ante…

—Oh Dios.

Tuvo que detener el auto, pero un bocinazo lo hizo recordar que no bastaba con detenerse cuando se encontraba en medio del tráfico; aparcó a  un costado, sopesando las ideas en su mente.

“Fue por algo.”

Joaquín no había reaccionado bien la semana pasada ante el accidente de Abel; era un hecho que lo tomó por sorpresa pero ¿Desde cuándo sabía en realidad que él se había quedado con su puesto? Al verlo ahí, de pie enfrentándolo con esa actitud tan relajada pero a la vez guardando la compostura, no supo qué pensar, luego al oírlo creyó que era una forma de enfrentarlo, pero pasó por alto lo esencial, y es que no tenía por qué haberse enterado de todo justo en ese momento

“Ya lo sabía”

No existía nada que pudiera evitarlo. Él mismo dijo que tomó todas las precauciones para quedarse con el puesto en la nueva empresa de Sergio, y que él se interpuso en el último momento; eso significaba que se había enterado la noche anterior, o en la tarde después de salir del trabajo. Había tenido tiempo para decidir cómo comportarse, para tragarse la rabia y actuar de la forma en que quisiera. Alegre, tranquilo, despreocupado.

“Averigua qué es lo que pretende”

¿Qué era lo último que le dijo, antes de dar media vuelta y entrar en su oficina?

“Debes saberlo”

Le había dicho “No estoy molesto. Yo no.”



Próximo capítulo: No pierdas el paso.