No traiciones a las hienas Capítulo 9: En el principio está el final



La noticia de la muerte de su padre era un tanto desafortunada, pero no era nada sorprendente después de las heridas físicas que había sufrido, y sobre todo el daño mental; no era de extrañar que terminara de esa manera. En un principio Steve pensó en dejar las cosas así y ceder la responsabilidad al ayuntamiento, sin embargo se reconoció a sí mismo que persistía una especie de interés morboso en el destino que hubiese sufrido Miranda, de modo que de alguna manera se hacía cargo de los trámites legales necesarios, confirmaba la buena imagen que los allegados tenían de él y no dejaba cabos sueltos que pudiesen molestarlo más tarde; de su experiencia anterior había aprendido que no cuidar ese tipo de detalles podía causar numerosos problemas en el futuro, y esta vez nada podía salir mal. Tenía en su poder el dinero que era su objetivo inicial en este asunto, las perspectivas próximas eran muy halagüeñas; sobre el supuesto secuestro, del cual de seguro toda la comunidad estaría hablando, tomó la decisión de usar un simple cabestrillo y decir de forma vaga que los delincuentes lo habían soltado al comprobar que no tenía nada de valor. Se vio obligado a cambiar esa mentira de forma temporal en el aeropuerto y cambiar su lesión por un simple esguince.
Tan pronto como llegó a Gotham se acercó al centro de tratamiento en donde su madre estaba internada, pero no hablo con ella: la enfermera a cargo de esa sección le explico que estaba pasando hace algunos días por un estado depresivo severo, en el cual no era recomendable exponerla a enfados o emociones fuertes; en cierto modo esto le provocó un alivio, ya que no tuvo que hacerse cargo de ella ni exponerse a una serie de situaciones incómodas de forma posterior. Se encargó de comentar a la enfermera la situación ocurrida, pero al mismo tiempo le pidió que no le notificara de ello, sino que lo hiciera en cuanto si encontrara más repuesta; la mujer pareció conforme con esa precaución y de forma muy respetuosa no hizo más preguntas.
Su padre había formado parte de un club de pequeños empresarios asociados, por lo que ante un hecho como ese la congregación se hizo cargo de la mayor parte de los trámites, incluso consiguieron una iglesia pequeña en donde se ofició un servicio, el que por suerte fue breve y acotado gracias a la petición de Steve; debido a lo rápido que él sugirió que se llevaran a cabo todos los protocolos, en la ceremonia sólo habían algunas personas. Vestido de un impecable negro con una corbata azul ultramarino y espejuelos oscuros, se mantuvo en absoluto silencio y una vez terminada la ceremonia dio las gracias, e hizo el viaje sólo hasta el cementerio. Una vez que terminó con todos estos trámites tuvo el tiempo necesario para ir la urgencia en donde estaba internada Miranda, pero se topó con la sorpresa de que ella ya no se encontraba allí; la recepcionista que lo recordaba de la visita anterior hizo lo posible por evitar las miradas indiscretas hacia el cabestrillo que ostentaba en el brazo izquierdo y el evidente luto que llevaba, y le dijo que el esposo de ella había conseguido un traslado un centro especializado en California, en donde un doctor entendido en traumatismos encéfalo craneanos aplicaría un tipo de terapia experimental orientada a evitar que la paciente cayera en un coma profundo o quedara en estado vegetativo. Entonces eso significaba que había una gran posibilidad de que Miranda nunca despertara. La verdad es que era una lástima, no sólo porque junto con su inconsciencia quedarían escondidos los motivos por los cuales se había mostrado tan alterada la noche en que él se quitó la máscara, sino porque ella representaba algunos de los pocos buenos recuerdos que tenía de esa ciudad; después de rogar un poco logró que la recepcionista le diera el número de Sam, y aunque decidió no llamarlo, conservó el dato para poder mantenerse atento en el futuro. El soldado era un hombre fácil de manipular, de modo que lo único que tendría que hacer sería mantenerse alerta y conversar con él de vez en cuando, incluyendo quizás alguna visita; después cuando ella despertara encontraría la forma de averiguar sus motivos. Todo eso tomaría tiempo, pero podía esperar, de momento lo relevante era que había podido regresar y salir de la ciudad sin mayores contratiempos; antes de tomar el avión de regreso a New York se deshizo del teléfono móvil y adquirió uno nuevo, tal vez se trataba de un simbolismo absurdo, pero sentía que necesitaba hacer algo que pusiera fin a su estadía en esa ciudad, todo había terminado, tenía lo que necesitaba y su vida lo esperaba en la ciudad de los rascacielos.
El viaje de regreso fue tranquilo, y Steve se encontró disfrutando de la sencillez de ver una película tonta y comer los desabridos bocadillos, como si se hubiera quitado de encima un gran peso; la forma en que había llegado era por completo opuesta a la salida, no creía en las señales, pero era capaz de admitir que el cierre de aquellos acontecimientos era un buen augurio; una vez estuvo de regreso en New York, mientras se desplazaba hacia la zona céntrica y ya libre del cabestrillo, se dirigía a su nuevo departamento: se comunicó con Marcus y le relató de forma breve el asunto de la ceremonia, asegurando que no era necesario una mayor muestra; de todos modos su amigo comprendió y estuvo de acuerdo, él tampoco era un sentimentalista.
Habían pasado poco más de 36 horas desde la noticia cuando Steve al fin se encontró de regreso en su departamento; se quitó la corbata y las colleras negras, y tomó el mando a distancia del sistema de música, poniendo algo de sonido ambiental bajo y relajante. A partir del día siguiente tendría que hacer algunas operaciones básicas como conseguir un automóvil nuevo y mejorar el guardarropa, además por supuesto de retomar su círculo de amistades, a quienes había dejado en un completo segundo plano con el fin de editar que pudiesen enterarse de cualquier situación. Sin embargo, a través de las redes sociales supo que todo seguía como de costumbre; había algo de extrañeza con respecto a su abandono de la empresa en la que hasta hace poco se había desempeñado, sin embargo todas esas dudas quedarían resueltas en cuanto pusiera en conocimiento público sus nuevos objetivos de negocio. Esto significaba que las posibilidades de devolverle la mano a su antigua jefa en un entorno elegante y amigable estaban aumentando cada día que pasaba; se acercó al refrigerador y tomó una botella de cerveza de la puerta: el líquido frío y el alcohol resultaban estimulantes en ese momento, una recompensa bastante básica pero que le venía bien después de una agotadora jornada de viajes, amén por supuesto del papeleo y el constante juego de familiar doliente que cualquier persona en un caso como éste tenía que seguir. Se sentó en un piso alto ante la barra a un costado de la cocina, y bebió un poco más, con los ojos entrecerrados por el cansancio y la mente volando hacia distintas alternativas para el futuro próximo; a pesar de que ya no lo necesitaría, no quiso deshacerse del traje, era de alguna manera interesante y parte de lo que le había permitido conseguir sus objetivos.
En el momento en que tomó nuevamente la botella desde el mesón ante el que estaba sentado, supo que algo no estaba bien. No dejaba las cervezas en la puerta del refrigerador, las dejaba arriba, muy cerca del hielo para que estuvieran a la temperatura perfecta.
Durante un eterno segundo se quedó mirando la botella en su mano, luego el pánico se apoderó de él. Se sintió mareado y confuso pero se ordenó conservar la calma; alguien había estado en su departamento, y resultaba evidente que había cambiado algunas cosas de lugar, si bien estas no estaban a simple vista, no se trataba de los muebles o el sistema de sonido ¿por qué cambiar de lugar las botellas de cerveza?

—Oh por Dios…

El mareo que había sentido un instante antes no era por causa de la sorpresa, sino del contenido de la botella. La dejó de forma brusca sobre el mesón pero sus movimientos se volvieron torpes y la volteó con fuerza, derramando su contenido; mientras la botella de vidrio giraba lentamente hasta estrellarse contra el piso, dentro de su cabeza el sonido del vidrio contra el suelo sin romperse fue como un golpe seco dentro de un túnel. La cerveza estaba envenenada.

—Oh Dios…

El traje.
Entre los distintos elementos que portaba en los bolsillos del traje, había un compuesto que anulaba de manera momentánea los efectos de las toxinas. Se puso de pie, sintiendo el efecto del mareo al hacerlo, pero se obligó a conservar la calma, respiró profundo y se dispuso a ir al cuarto en donde estaba.

Un golpe en la puerta.

El primero fue un golpe tentativo, pero de inmediato se sintió otro mucho más fuerte; el cerrojo de la puerta cedió y Steve volteó rápido, sus ojos se encontraron con los de dos hombres, ambos vestidos con ropa deportiva; ellos lo miraron con decisión, sin un asomo de duda.

—Sí, es él —dijo uno de ellos hacia hacia una persona que estaba oculta en el pasillo.

No puede ser, es él, se dijo Steve en una milésima de segundo. El sujeto responsable de todo esto es…

Los hombres entraron al departamento y la adrenalina hizo en el resto; olvidándose de todo corrió hacia el interior del departamento con la puerta del cuarto en el centro de su objetivo, pero de pronto sintió que algo pesado lo golpeaba en la espalda y perdió el equilibrio: chocó con una lámpara de pie y cayó de forma estrepitosa, mientras a su lado caía el pesado jarrón de madera que un momento antes estaba en el Mesón junto a la puerta de entrada.

“Tengo que salir de aquí.”

Miró hacia atrás y vio a los dos hombres acercarse, separándose para poder atacar desde dos puntos distintos; sujetó con fuerza el mango metálico de la lámpara y se puso de pie de un salto, empuñándola como si fuera una lanza. Con movimientos amplios intentó mantener la distancia entre él y sus enemigos, pero a pesar de que habían pasado tan sólo unos segundos desde que tomara el trago, el efecto parecía intenso y rápido. A pesar de estar haciendo lo posible por moverse a máxima velocidad, sentía que sus movimientos eran lentos y poco precisos; los dos sujetos se mantuvieron a distancia prudente, esquivando sus ataques pero sin quedarse quietos, intentando encontrar un punto desprotegido. Aún no estaba lo suficientemente cerca de la puerta, de modo que simuló abalanzarse sobre el de la izquierda para de inmediato girar y atacar al de la derecha.
No funcionó. El hombre consiguió evadir el golpe y sujetó la lámpara del otro extremo, dando tiempo a que el otro lo embistiera con fuerza; hizo una sucesión de golpes, pero no fue suficientemente rápido y perdió el arma, uno de los enemigos lo golpeó en el estómago y el otro usó toda su fuerza para arrojarlo por sobre el sofá. Rodó sobre la mesa de centro y fue a estrellarse contra el suelo.

“La salida. Estoy más cerca de la salida, tengo que huir.”

Se revolvió en el suelo hasta poder ponerse de pie; un extraño escalofrío recorrió su cuerpo, sintió las manos sudorosas, los latidos del corazón desbocados. Se dijo a sí mismo que la prioridad en este momento era ponerse de pie y escapar, pero el sistema nervioso no estaba obedeciendo las órdenes de su cerebro.

“No puede ser, no puede ser.”

Al levantar la vista vio que los dos hombres estaban de pie en el mismo lugar donde se habían enfrentado, mirándolo ya sin adoptar la actitud de combate de un momento atrás.

—Cuarenta y cinco segundos —dijo uno de ellos—, ya debe haber hecho efecto.

No sentía que hubiese pasado tanto tiempo. Luchó con desesperación por ponerse de pie, a cuatro patas se desplazó hacia un costado y apoyó los brazos en la superficie del sillón, intentando impulsarse Las piernas temblaban con una sensación interna similar a los calambres, mientras que por toda la espina dorsal se transmitía una corriente eléctrica intensa y aguda; luchó con todas sus fuerzas por inyectar energía en las piernas y ponerse de pie, pero las extremidades no respondieron a sus órdenes. Desesperado, se arrastró usando sus temblorosos brazos y manos, esforzándose por mantener la cabeza en alto y mirar hacia la puerta que aún permanecía abierta; parecía como si tuviera un enorme peso sobre la espalda, justo entre los hombros, los músculos atenazados por garras invisibles, los estertóreos escalofríos expandiéndose por todos los músculos, la sensación de vacío en el estómago, garganta cerrada, la boca seca. Clavó los dedos de la izquierda en el brazo del sillón, pero perdió el agarre, no pudo seguir sujetándose y se deslizó de vuelta al suelo; giró sobre sí mismo sin poderlo evitar, y quedó sobre el lado izquierdo, intentando con toda la energía de su ser moverse, sin conseguirlo.
De pronto los escalofríos y la sensación de electricidad en la espalda cesaron, y en ese momento sintió auténtico terror; de un momento a otro su cuerpo quedó quieto sobre el suelo, las extremidades lánguidas, la tensión esfumada por completo: ya no podía moverse. Hizo un intento por hablar, pero se encontró con que tampoco podía hacerlo, estaba inmovilizado por completo, a gusto y merced de los dos hombres que de forma tan extraña habían pasado de atacantes a espectadores. Sintió pasos en el pasillo y trató de mover la cabeza, pero la puerta no estaba en ángulo de su mirada, sólo vio una débil sombra pasar detrás del sillón, quedándose en un punto indeterminado tras él.

—Ya está inmovilizado —dijo uno de los dos sujetos—, menos de un minuto, tal como nos dijo que pasaría.

El silencio le hizo pensar que la otra persona estaba haciéndoles algún gesto.

—Esperaremos afuera.

Estaba inmovilizado por completo, ni siquiera podía hablar o gritar para pedir ayuda ¿acaso ese iba a ser el fin, ese era el amargo destino estaba escrito para él?
Vio las piernas de los dos hombres pasar frente a él y desaparecer de su campo visual, tras lo cual cerraron la puerta del departamento; el sujeto tras el sillón hizo aún una pausa, pero luego se puso otra vez en movimiento hasta quedar de pie frente a su rostro. Steve movió desesperadamente los ojos hacia la derecha, es decir hacia el techo, pero de todas formas no podía ver el rostro de su enemigo, que en silencio parecía disfrutar de esa interminable situación. Cuando escuchó la voz dirigirse a él, supo que el nivel de sorpresa que había experimentado hasta entonces aún podía aumentar más. Un instante después se puso en cuclillas y al fin pudo ver su rostro.

—Eres un sujeto tan seguro de ti mismo, tan competente, la situación siempre bajo control; pasas de quienes te rodean, utilizas a quienes puedes, y al parecer estás convencido de tener la última palabra. ¿Qué se siente? ¿Qué se siente querer hablar y gritar, y no poder hacerlo, Steve?



Próximo capítulo: Ante un gran jardín