La última herida Capítulo 5: Cuerpos imposibles - Capítulo 6: Es solo una firma



Los días siguientes al accidente donde Patricia sufrió quemaduras en su cuerpo fueron largos e intensos para la familia; el viernes fue trasladada al Centro de tratamiento intermedio de heridas del Hospital Adolfo Martínez, donde pasó el fin de semana bajo distintos tratamientos.  El doctor Acacios quien había atendido su caso en primer lugar lo dejó en manos de la doctora Romina Miranda, una mujer de carácter fuerte que prometió hacer todo lo posible por ella en el futuro. Para el Lunes Patricia estaba en su departamento en compañía de sus padres y momentáneamente de Matilde quien decidió aprovechar el tiempo disponible por estar sin trabajo en lo que resultaba primordial, a pesar de lo cual el comportamiento de su hermana seguía siendo muy distinto a lo que era con anterioridad.

—Buenos días.

Matilde se sentía algo cansada después de todo lo que había pasado durante los últimos cinco días, pero esa mañana de Lunes estaba dispuesta a hacer lo posible por animar a su hermana.

—Buenos días.

En el Centro de tratamiento de heridas se le había realizado un cambio de vendajes y aplicado una solución dérmica, pero la doctora Miranda tenía algo que hablar con ellas.

—Patricia, estoy muy contenta con la evolución que ha tenido tu caso hasta el momento, vamos por muy buen camino.
—Entiendo.

En ese momento estaban en la oficina de la doctora, y aunque Matilde se había propuesto mantener un espíritu fuerte, era complejo hacerlo en esas condiciones, con la mayoría de las quemaduras a la vista: el lado derecho de la cabeza sin cabello, probablemente sería osado en una chica de estilo rockero, en ella se veía completamente fuera de lugar y ponía aún más de manifiesto las quemaduras en el cuello y parte de la mejilla y también las del hombro y el brazo; en los días que sucedieron al accidente pasaron de rojo e hinchado a un color más pálido y con cierta disminución de la hinchazón, aunque en verdad los profesionales tenían razón al decir que el ojo se había salvado de milagro, la distancia del borde de la herida y el rabillo no era de más de un centímetro.

—En éste momento ya podemos dar por superada la primera etapa de tu tratamiento —juzgó la doctora mirando fijamente la mejilla de la mujer—, ahora ya es posible espaciar el cambio de los apósitos a setenta y dos horas, y voy a aplicar estos nuevos que son antiadherentes y contienen una solución que ayuda a la correcta regeneración de la piel.
—Es decir que ahora tendré que venir cada tres días.
—Así es Patricia, y es muy importante que mantengas los cuidados que has tenido hasta ahora, es decir mantener la calma, alimentarte bien y seguir tu pauta de hidratación ¿Has sentido los labios secos o la piel tensa?

Patricia actuaba ante esa autoridad de igual manera como lo hacía frente a sus superiores, era extremadamente educada y formal, pero Matilde sabía que en el fondo sólo estaba parcialmente allí, el resto de ella estaba lejos, en un lugar donde no tenía que hacer las cosas que tenía como trabajo y obligación antes; no hablaron en los días siguientes del tema de dejar la institución y por lo que sabía tampoco lo había hecho con sus padres, aunque en ese sentido ellos habían retomado con increíble facilidad su labor de padres presentes a pesar de los años que los separaban de esos quehaceres y probablemente las conversaciones amistosas o confidentes aún quedaran relegadas a un plano secundario.

—No doctora, he seguido todas sus instrucciones.

La doctora Miranda era una mujer muy alta y delgada de cabello tinturado de rojo ensortijado y tomado en una cola en la parte alta de la nuca, de rasgos agudos y mirada fuerte; era una mujer muy entendida en la materia y sabía bien cómo enfrentar las diferentes consecuencias de una quemadura, así como las distintas reacciones de los pacientes.

— ¿Cuándo tienes cita con el sicólogo?
—Hoy en la tarde.
— ¿Y cómo te has sentido?
—Tratando de acostumbrarme a estar en casa sin nada que hacer pero tranquila en general. Y claro, recuperando la costumbre de vivir con mis padres por supuesto.

Matilde miró a la doctora, quien hizo como si no se diera cuenta de su elocuente gesto; unos momentos después Patricia ya estaba completamente vestida y con las nuevas vendas en la cabeza, cuello y hombro.

—Eso es todo por ahora, por favor dile al sicólogo que me envíe tu informe para anexarlo a tu expediente.
—Se lo diré, gracias doctora.
—De nada, y dale las gracias a tus padres por el postre que me enviaron, estaba delicioso.

Las hermanas siguieron caminando por la calle del estacionamiento una vez que salieron del Hospital; era incómodo el cortés silencio de Patricia en ocasiones como esa.

— ¿Qué te gustaría hacer hoy?
—Ir a la consulta del sicólogo.
—Pero la consulta es en dos horas más y aún no es mediodía ¿Qué te parece si vamos a almorzar a alguna parte?
—Estamos cerca del departamento, vamos y almorzamos ahí; además ya sabes cómo es mamá, seguro que ya tiene hecho el almuerzo y papá debe estar haciendo su ponche sin alcohol para no discriminarme.

Sonaba tan correcta que era imposible no notar que estaba fingiendo.

—Patricia, supongo que has pensado en lo que dijiste el otro día de dejar el cuerpo de policía.
—No hay nada en qué pensar, creí que había sido clara con lo que dije.
—Pero es lógico que cambies de opinión, la policía es tu vida.

Decir eso fue un error, porque desató al menos en parte los verdaderos sentimientos de su hermana; la mujer de veintiocho años la enfrentó obligándola a detenerse.

—No Matilde, ésta es mi vida, mírame.
—Patricia…
—No, no trates de ser condescendiente conmigo; sé que tengo que seguir éste tratamiento igual que lo del sicólogo, pero no tiene nada que ver con mi decisión de dejar el cuerpo de policía, ya te lo dije, no me voy a exponer a mí ni a personas inocentes a ningún tipo de riesgo.

Luchar contra ese argumento era difícil, principalmente porque desde un punto de vista frío tenía toda la razón.

—Hermana, la policía es tu vida, siempre me has dicho que es tu pasión ayudar a las personas.,
—Eso no cambia nada lo que dije y lo sabes muy bien; además hay muchas formas de ayudar a los demás, ya tendré tiempo de encontrar algún trabajo útil en donde no tenga que estar expuesta siempre, ahora no es importante.
—Entonces habla conmigo de las cosas que sí son importantes. No quiero verte así, estás sufriendo y no lo dices, te has estado guardando todo desde que pasó, por lo menos tienes que ser capaz de decir lo que está pasando por tu mente, somos hermanas pero no te abres conmigo, mucho menos con mamá o papá.

Patricia dio un paso atrás, claramente atrapada por sus propias palabras. Matilde sabía que llegado el momento iba a tener un altercado de ese tipo y no le gustaba la idea, pero a pesar de las diferencias que pudieran tener como personas, en una de las cosas en que eran muy similares era en que tendían a querer enfrentar solas las cosas que pasaban, sobre todo las dificultades; su madre se lo había recordado tan pronto se enteró de la noticia y en vista del enorme peso de esa realidad, estaba predicando con el ejemplo al transmitir el mensaje.

— ¿Qué es lo que quieres que haga o que te diga? —dijo con tono desafiante¬—, mírame Matilde, mírame por un momento como una persona, no como tu hermana, no como la persona que has visto toda tu vida, porque eso es lo que yo hice, me vi a mí misma en el espejo, cuando hice esa estupidez de romper la ventana de la habitación de la urgencia, y desde entonces cada vez que he podido. ¿Y sabes lo que veo? Veo a una persona que tiene destruida la cara, y que desde ahora va a tener que hacer toda su vida de nuevo.
¬—Pero el doctor dijo que podías pasar por esa situación y es normal porque…
—No es normal, es lo real que es distinto. Piensa un poco en lo que te estoy diciendo y dime si es que nunca te has quedado mirando a una persona distinta en la calle, a un quemado o a alguien que le falta una pierna o un ojo, dime si no has puesto más atención que en el resto de la gente.
—Es cierto —se vio obligada a admitir la joven en voz baja, estaba perdiendo esa pelea y no le sonaba muy bien—, no te lo niego, pero eso no significa que…
—Lo que significa es que si además de ser lo que soy ahora soy una persona distinta, llamativa para mal, simplemente no puedo seguir haciendo mi trabajo en la policía y eso ya te lo dije antes; estoy viendo frente a mis ojos como pierdo todo lo que me importa, la forma en que estaba haciendo las cosas hasta ahora y eso me hiere tanto como lo que tengo aquí —apuntó hacia su cuello—, o quizás más. Pero no puedo hacer nada, no puedo evitar lo que pasa ni regresar el tiempo, lo único que puedo hacer es tomar lo que queda de mi vida y reordenarla y volver a empezar.

Se quedaron mirando unos momentos en silencio, enfrentadas por el mismo motivo, sintiéndose a lados opuestos en un cruel juego del destino donde no había un culpable físico, ni un nombre a quien atacar o contra quien descargar rabia o frustración; Patricia, Matilde, ambas estaban heridas y querían recuperarse de hechos de los que no podían escapar, y desde sus propios puntos der vista, las dos sabían que no lo harían por completo y que nunca estaría resuelto.

—Te entiendo. Y no me digas que no porque no estoy viviendo lo mismo que tú porque estoy sufriendo desde que escuchaste ese ruido afuera de mi departamento y sé que no puedo hacer nada para remediarlo, porque no encuentro la forma de revertir lo que pasa; quisiera que se pudiera regresar el tiempo pero no puedo hacerlo, pero al menos quiero que me hagas parte de tu vida, que me permitas ayudarte, estar junto a ti en éste proceso. Mamá me dijo que éramos muy individualistas, que siempre estábamos tratando de demostrar que podemos hacernos cargo de todo, y en el accidente las dos lo hicimos, yo por no avisarle a mamá y papá, y tú por tratar de resistir todo sin decir nada como si fuera parte de tu entrenamiento. Concédeme ese punto, dame la tranquilidad de compartir la carga contigo Patricia, estoy segura de que será un poco más fácil.

El gesto de Patricia se ablandó un poco, aunque no tanto sus argumentos.

—Escucha, veremos lo que pasa después, pero no me pidas que de la noche a la mañana haga todo de otra manera a la que lo he hecho siempre, y sabes de lo que hablo.

2

Con todo un poco más tranquilo y algo de paz por haber dado un paso con Patricia, Matilde fue a una sorpresiva entrevista de trabajo que parecía una luz de esperanza en su futuro.

—Suerte hija.

Con la reconfortante sonrisa de su madre al salir, Matilde se presentó a las cuatro de la tarde en el edificio Don Jacinto en uno de los sectores más acomodados de la ciudad; solo al llegar comprobó que no había exagerado en su atuendo ni tan solo un poco. Para las entrevistas usaba un traje dos piezas hecho a la medida, pero en esa ocasión se sintió incómoda y eligió un vestido liso de satén color coral con detalles bordados en el escote y una chaqueta a juego, con zapatos de tacón, el cabello peinado hacia atrás en un inconsciente homenaje a su hermana y los pendientes de cristales suecos con collar que le regaló su padre al cumplir los quince años, y a pesar de sentirse extremadamente elegante y arreglada, entrar en la recepción del tamaño de una cancha de tenis le afirmó la idea de haber tomado la decisión correcta, eso podía ser un buen augurio.

—El gerente comercial está terminando una entrevista, en cinco minutos va a estar preparado para atenderla, por favor espere aquí.
—Muchas gracias.

Puntual como siempre, la joven quedó oportunamente sentada a unos metros del mesón de la recepción del edificio y a punto de vista de la oficina donde figuraba el nombre del gerente que iba a entrevistarla; recordaba de forma vaga la entrevista en línea que había realizado con el asistente del gerente ya que había sido dos semanas atrás, más del tiempo suficiente para olvidar lo más importante y con mayor razón considerando que se le informó de un plazo de aviso de cuatro días, pero recordaba que se trababa de una empresa que realizaba asesorías comunicacionales para compañías de telecomunicaciones, lo que significaba que el portafolio sería amplio y un probable contrato también.

—No puede ser…

Una vez podía ser un excéntrico accidente, dos era realmente para tomar nota. Mientras esperaba su turno para ser entrevistada, Matilde vio con asombro como salía del ascensor Miranda Arévalo, la modelo que un par de días atrás se encontró en la calle totalmente descompensada; la mujer se exhibía con su habitual belleza, enfundada en un traje negro escotado y con tacones altos que hacían que Matilde pareciera pobre, caminando con la seguridad y prestancia de una experta en ser vista y al mismo tiempo la indiferencia de alguien que se sabe que no necesita hacer algo en especial para llamar la atención. Parecía alguien completamente distinto de la mujer temblorosa que antes sollozaba en el suelo hablando sin coherencia.
Pero por supuesto, debió esperar que de ella no podía simplemente pasar algo sencillo.

—No te preocupes, te espero afuera, necesito un café.

Matilde se puso de pie de forma, y pudo ver cómo la mujer hablaba con el mismo hombre guapo de la vez anterior que era interceptado por un ejecutivo de llamativa sonrisa. Solo un par de pasos más, y por increíble que le pareciera a ella misma, la modelo caminó decididamente hacia ella, mirándola fijamente.

—Buenas tardes.

Su tono de voz era sencillo como si se estuviera presentando ante un conocido o compañero de trabajo. Matilde hizo un leve asentimiento.

—Buenas tardes.
—Había estado tratando de encontrar la forma de hallarla —dijo la otra en voz baja pero perfectamente audible—, pero creo que es una magnífica coincidencia.
— ¿Se acuerda de mí?

La modelo pestañeó con sus largas pestañas onduladas como si no entendiera.

—Por supuesto que la recuerdo, es absurdo pensar que no. Escuche, no tengo mucho tiempo, pero quería encontrarla porque necesito agradecerle por ayudarme el otro día.

Introdujo una mano en la carterita dorada que tenía en las manos, y eso activó el recuerdo que de alguna manera había suprimido: el hombre tomándola del brazo, llevándola a un automóvil y dejando en sus manos unos billetes, eso había pasado realmente aunque estaba relegado a un plano muy lejano; cuando se acercó a la modelo en esa confusa escena, el hombre que la acompañaba depositó en sus manos, casi como si no lo estuviera haciendo, unos billetes, una suma bastante considerable para ser casual y a la luz de los hechos, claramente una forma de decirle que agradecía el silencio ante una situación bochornosa para la joven siempre víctima como otros famosos del ojo inquisidor de los medios de prensa. Preocupada por la situación de su hermana y francamente confundida por lo que estaba viendo Matilde simplemente guardó los billetes en un bolsillo del pantalón, donde seguramente estaban hasta ese momento ¿acaso iba a darle dinero también? Una vez podía ser un gesto cuestionable pero entendible, dos era molesto.

—Escuche, yo...

Se quedó oportunamente callada cuando la delicada mano de la joven enseñó una tarjeta blanca con letras grises impresas y se la pasó.

—Vi en el noticiero lo que le ocurrió a su hermana y la vi a usted en las imágenes, así que supuse que eran parientes, pero no tuve tiempo de averiguar muchas cosas, solo sabía que usted y ella estaban relacionadas. Lamento lo que le ocurrió a ella, espero que en la clínica puedan ayudarla.

Al día siguiente del accidente de Patricia y por llamada de Soraya, Matilde se había visto a si misma llorando desconsoladamente mientras el equipo de emergencias atendía a su hermana antes de subirla a la ambulancia y la periodista en el estudio de televisión indicaba que la oficial estaba herida y seguía con el estado de los otros involucrados. En efecto, la noticia no había tenido mucha cobertura en un primer momento, pero desde luego que se comentara en la sección de crónica roja de los noticieros.

—Tengo que irme.

La modelo dio media vuelta y caminó hacia la salida del edificio manteniendo el estilo  de pasarela que había mostrado al salir del ascensor, meneando el cuerpo como si una brisa inexistente la meciera. La tarjeta decía simplemente un nombre en las delicadas letras: Cuerpos imposibles. No figuraba número de teléfono, pero tenía una dirección y además una serie de números y letras, algo como un código.

— ¿Qué es esto?

La modelo había dicho clínica, eso era seguro, aunque resultaba un nombre muy extraño y ella jamás lo había escuchado. De acuerdo, era realmente extraño, pero no mucho si comparaba lo que había visto de esa modelo hasta el momento, aunque si la mujer quería llamar su atención, de verdad lo había logrado.

—Señorita Andrade.

La recepcionista la llamó sin demostrar el más mínimo interés por lo que estaba pasando, si es que lo había visto. Matilde se apresuró a entrar en la oficina donde el gerente la estaba esperando con una amplia y amistosa sonrisa dibujada en el rostro.




Capítulo 6: Es solo una firma


A pesar de que desde antes de llegar a la entrevista tenía pensado volver al departamento de Patricia para pasar con ella la tarde, el extraño encuentro con la modelo Miranda Arévalo cambió un poco sus planes y ocupó un lugar importante junto a lo que debería ser prioridad; la entrevista de trabajo con Roberto Santa María, el gerente comercial de Asunto Externo resultó ser todo lo contrario del edificio en donde este se desempeñaba, ya que se comportó como un igual y no como su superior y trató de hacerla sentir cómoda en todo momento. Parecía que ella ya estaba contratada y ese paso solo era un trámite, aunque por las circunstancias que estaba viviendo la satisfacción de saberse dentro de un proyecto importante fue menor de lo que habría sido en otro caso; tan pronto terminó lo que finalmente fue una conversación bastante animada, fue directo a su departamento sin avisar nada ni llamar a sus padres y se conectó a internet desde el portátil.

>Cuerpos imposibles<

Debió suponer que lo primero que iba a salir en internet era una selección, bastante de cabaret por lo demás, de imágenes de mujeres en su gran mayoría y algunos hombres, cuál de ellos con menos ropa que el otro, todos con figuras esculpidas por ejercicio interminable en algunos casos y en la mayoría por la mano de algún cirujano de mejor o peor reputación. Inmediatamente abajo figuraba una serie de artículos de periódicos o citas de programas de televisión dentro de los cuales se mencionaba a figuras del espectáculo que supuestamente cumplirían con ese adjetivo; optó por especificar la búsqueda.

>Clínica cuerpos imposibles<

La búsqueda, para su sorpresa, dio cero resultados.

—No puede ser...

No encontrar ningún resultado producto de una información en la red era muy extraño en los tiempos que corrían, pero de alguna manera no le sorprendió tanto sabiendo de donde venía. Pero había una pregunta más importante ¿Por qué una modelo muy conocida, excepcionalmente hermosa y rostro e imagen de marcas conocidas aparecía en la calle llorando totalmente descompensada, para luego ser arrastrada por un acompañante que dejaba dinero en las manos de desconocidos, y después buscaba a una desconocida para entregarle una tarjeta con información que no estaba en ninguna parte? Casi rió de lo ridículo que sonaba en su mente todo eso. ¿Por qué estaba prestando atención a algo como eso en un momento así, cuando podía ir con su hermana, compartir la buena nueva que además sería un punto de apoyo para lo que iba a venir en los tratamientos?
Tenía que reconocer que en esa situación había algo que le resultaba curiosamente llamativo, desde que vio a la modelo en la calle y mucho más al encontrarla por casualidad antes de una entrevista de trabajo, y lo de la Clínica Cuerpos imposibles sonaba intrigante por mucho que su lado lógico le dijera que estaba perdiendo el tiempo.

—Solo tengo una alternativa.

Aquello era una completa locura, pero insistió en seguir la idea que se estaba formando en su mente, tomó nuevamente el bolso y salió rumbo a la dirección que figuraba en la tarjeta.


2


Las sorpresas nunca parecían terminar cuando se trataba de lo que estuviera relacionado con Miranda Arévalo, y Matilde se llevó una más al llegar al sitio que figuraba en la breve reseña de la tarjeta. Se trataba de un edificio plano de cinco pisos, gris piedra con enormes ventanas que no permitían ver al interior y una entrada tan sencilla que parecía sacada de un sector industrial y no del costoso barrio en donde estaba; llegar no había sido difícil aunque si un poco tedioso por lo distante, pero la zona era principalmente ocupada por edificios de oficinas similares entre ellos y otros claramente de departamentos por su diseño más original cuyas primeras plantas eran tiendas caras como chocolaterías y perfumerías por las que seguramente pasaban los mismos habitantes o sus amigos en tiempos de ocio. Un grupo de calles poco transitadas, lejos varias cuadras de la locomoción colectiva, sin atisbos de ruido o enormes centros comerciales pero con vida en ellas y algún que otro adulto desocupado paseando a su mascota. No había ninguna clínica de las que tanto les gustaban por esos lados, esos edificios grandes como catedrales, con enormes puertas de cristal y el nombre en caracteres llamativos, entrada de estacionamiento y una serie de locales afines alrededor como farmacias y tiendas de insumos. Suspiró.

—Estoy perdiendo el tiempo.

Si se había sentido ridícula al preguntarse el motivo por el cual la tarjeta llegó a sus manos, verse a sí misma parada en una calle desconocida para ella hasta ese momento y frente a un edificio que podía ser cualquier otro y cualquier cosa menos una clínica llego al límite. Miró la hora en el reloj de pulsera: las cinco treinta de la tarde.
¿Qué podía perder de todos modos? Ya estaba ahí, lo peor que le podía pasar era que en la recepción le hicieran ver que estaba completamente loca.

—Muy bien, lo haré.

Respiró profundamente y traspuso la puerta, pero aunque no era tan extraño, en el pequeño mesón de recepción que se ubicaba a poca distancia de la entrada, una mujer se puso de pie y le sonrió.

—Muy buenas tardes señorita.

No era extraño que fuera una mujer, pero sí lo era que se tratara de una increíblemente bonita: quizás tenía treinta años, pero parecía sacada de una revista, sin defectos a la vista, tanto en su rostro alargado y de piel perfecta como en su figura proporcionada; la mujer se le acercó y le tendió una mano como si hablara con alguien que conociera o esperara.

— ¿Tiene cita?
— ¿Disculpe? yo...
—O tal vez fue recomendada —sonrió hablando con voz cantarina—, seguro es eso, no recuerdo haber visto una cita para esta hora. ¿Podría darme su tarjeta por favor?

Matilde la saludó por cortesía, pero no estaba entendiendo nada. Y lo primero que se le vino a la mente fue un reportaje del noticiero sobre clínicas clandestinas, donde las ingenuas que se atendían sufrían atroces intervenciones completamente al margen de la ley. Tenía que salir de ahí.

—Disculpe, creo que estoy en el lugar equivocado.
—Yo creo que no —replicó la otra mujer sonriente— pero tranquila, es normal que se sienta un poco nerviosa, es el efecto de la novedad, créame que a mí también me pasó, esta clínica puede hacer tantas cosas maravillosas que uno se siente un poco abrumada. Disculpe, mi nombre es Adriana, voy a acompañarla en su llegada, solo necesito su tarjeta de recomendación.

Tenía la tarjeta en el bolso, y la mujer estaba diciéndole que se la entregara ¿Pero qué clase de clínica podía haber ahí? Realmente tenía la oportunidad de dar media vuelta e irse, pero por otro lado, de hacerlo, nunca sabría qué era lo que pretendía la modelo al entregarle semejante información.

—Estoy un poco confundida —dijo con evasivas—, se suponía que esto era una clínica pero...
—Las instalaciones no están aquí —dijo la recepcionista con celeridad pero sin perder un ápice de su simpatía—, este es el sitio donde realizamos la primera etapa ¿Cuál es su nombre?
—Matilde.
—Matilde, es un placer conocerla, quiero que sepa que siempre va a estar acompañada por mí en su llegada, quiero que se sienta en confianza.

Tanta amabilidad podía resultar incluso un poco amenazadora, sobre todo cuando venía de alguien a quien veía por primera vez en su vida. Pero no iba a quedarse con la duda así nada más, así que aún sin sacar del bolso la tarjeta decidió hacer una pregunta apropiada.

—Disculpe, pero el caso es que esto no se trata de mí, es por mi hermana que vine.
—Comprendo.
—No, no estoy segura de que comprenda. Mi hermana sufrió quemaduras bastante graves hace unos días, y los doctores dicen que tendrá que estar en tratamiento por meses, pero que nunca volverá a ser la misma, y en este momento su rostro y su cuello están...

La mujer alzó las manos con las palmas unidas en gesto de súplica, mientras su rostro mutaba de la simpatía original a la compasión, algo un poco extraño porque en su piel no se dibujaba un solo pliegue o marca; si era obra de maquillaje, era muy bueno porque aún a poca distancia parecía real.

—No necesita decir más Matilde, está sufriendo y puedo ver eso con claridad, cualquier persona con un mínimo de sensibilidad lo notaría, mucho más yo que estoy dedicada a hacer mi mejor esfuerzo por ayudar a los que pueda desde mi posición.
—Si pero...
—Lo que es importante que entienda Matilde, es que puede ayudar a su hermana, se lo digo de todo corazón. Deme la tarjeta y las acompañaré para que lo vean por ustedes mismas.

Desconfiar de una promesa como esa era lo más racional, pero el sentimentalismo le indicaba que no podía dejar pasar alguna posibilidad por extraña que fuera, y de hecho mientras se entrevistaba con Roberto lo que pensaba era en cuánto podría destinar a los tratamientos de su hermana. Extrajo la tarjeta lentamente desde su bolso y se la entregó a la recepcionista.

—Muchas gracias. Si gusta puede decirle a su hermana que venga.
—Ella no está aquí.
—Entiendo —dijo la mujer con prontitud—, es comprensible, seguramente usted no quiso hacerle pasar algún mal momento si es que le dábamos una noticia negativa; no hay problema, la acompañaré ahora mismo, solo deme un momento para archivar esta tarjeta de recomendación.
— ¿No va a preguntarme de donde obtuve esa tarjeta?

La mujer se inclinó ante el mesón de recepción mirándola levemente sorprendida.

—De ninguna manera, la confidencialidad es parte de nuestro estilo de trabajo, usted sabe que para muchos es importante mantener cierta discreción, pero es lógico que quien le entregó la tarjeta lo hizo no solo porque confía en usted, sino además porque esta consciente de la gran diferencia que se puede hacer aquí.

Matilde se sentía "abrumada" como dijera la propia recepcionista ante tal muestra de empatía por un caso que en términos prácticos era de una desconocida que ni siquiera estaba ahí. Si se trataba de seguir las palabras que dijera esa mujer, las maravillas del mundo estaban garantizadas, pero había que reconocer que todo trabajador tenía una obligación contractual  de defender la marca a la que perteneciera por mucho que nada de lo que estuviera pasando sonara similar a algo reconocido ¿Por qué una clínica no aparecía en internet donde se podía encontrar casi de todo?

—Acompáñeme por aquí.

Guiada por la recepcionista mientras trataba de entender lo que sucedía, Matilde traspasó el umbral de la siguiente puerta, encontrándose con una sala muy iluminada con sillones de estilo moderno y colores llamativos en torno a una mesa transparente donde había una serie de recipientes y una pantalla.

—Matilde, antes que comencemos es muy importante explicarle que nuestro servicio se realiza sólo a las personas indicadas y es parte de nuestro protocolo de atención que la información se mantenga bajo cautela, porque gracias a eso podemos seguir creciendo.
— ¿Qué quiere decir con mantener bajo cautela?
—Me imagino que nunca antes había escuchado de nosotros ¿Verdad?
—Sí, es verdad.
—Esa es nuestra garantía, que cualquier persona que se atienda aquí puede tener asegurado un servicio de calidad inigualable y sin lo molesto que resulta la presencia de gente inapropiada como medios de comunicación o curiosos, usted entiende.

Por supuesto, a una modelo como Miranda Arévalo la publicidad podía parecerle molesta, sobre todo en el caso de ser una figura que hablara a favor de la vida sana y en contra de las intervenciones quirúrgicas, aunque sobre eso no podía estar segura; pero si la clínica era frecuentada por personas del espectáculo, estaba claro que no querían publicidad si eso no era beneficioso.

—Ahora mismo no tengo imágenes del caso de mi hermana.
—Eso no es importante en este momento. Permítame mostrarle algunos casos en los que hemos tenido éxito en el tiempo más reciente Matilde, siéntese aquí a mi lado. Me decía que su hermana había sufrido quemaduras en la cara ¿Me podría indicar en que zona es eso?
—Las quemaduras son principalmente en la zona de la mejilla izquierda, el cuello, hombro y el brazo, el doctor dijo que eran de segundo grado profundo.

La mujer desplazaba los dedos por rapidez con la pantalla táctil de una carpeta a otra, hasta que se detuvo e ingresó en ella.

—Estos casos son menos comunes que otros, pero aquí hay uno, se trata de un hombre de cuarenta y cinco años, un accidente en su casa en la playa, ya sabe que a veces hay electrodomésticos que no funcionan correctamente después de varios meses de desuso; como puede ver, quemaduras en la cara, en su caso fue en el mentón y parte de ambas mejillas.

La imagen que apareció en primer lugar tenía la parte superior del rostro difuminado para evitar reconocimiento, pero de hecho el mentón estaba afectado por quemaduras similares a las que tenía Patricia. Poco a poco Adriana fue pasando por una secuencia de imágenes.

—Mire, estas son las fotos que tomamos en los primeros quince días, y luego van avanzando cada quince hasta finalizar la segunda etapa, en total son dos meses.

El resultado era tan impresionante como los que se mostraban en televisión en los comerciales de cremas para el rostro, solo que en vez de disminuir arrugas, las quemaduras iban desapareciendo lentamente a lo largo del periodo, dejando ver nuevamente una piel lozana y saludable como si esta siempre hubiera estado bajo la parte lastimada. Nada de eso era parecido a lo que había visto en la consulta  o el desesperanzador resultado de una simple búsqueda en internet.

—Es muy impresionante.
—Es verdad, yo misma no dejo de sorprenderme al ver los cambios y como es que lo hemos conseguido en poco tiempo. Ahora —la miró los ojos muy seria—, es necesario que hablemos de otro tema.
—Espere —intervino Matilde aún sin salir de su sorpresa—, si este sistema que tienen es tan bueno ¿Por qué no es público, por qué nadie lo conoce?

Hipotéticamente una pregunta como esa habría sido un poco conflictiva, pero Adriana una vez más dio muestras de su evidente capacidad de evitar los puntos débiles de cualquier argumento.

—La respuesta es sencilla Matilde y usted me leyó el pensamiento, porque la razón es que es muy costoso. Muy pocas personas pueden permitirse un tratamiento como este, imagine lo angustiante que sería para una persona que no puede acceder a algo como esto, saber que otros lo hacen frecuentemente, eso solo generaría odio y resentimiento en ambos lados de la moneda, y créame cundo le digo que no por ser costoso significa que no tratamos de ayudar a quienes lo necesitan. Mientras hablamos, expertos en el tema hacen su mejor esfuerzo para conseguir que los métodos estén a disposición de  las autoridades correspondientes para que hagan lo necesario; de seguro en un futuro cercano eso será posible, de momento queremos ayudar a quien puede hacerlo también por sí mismo.

Que el tratamiento fuera costoso era lógico de acuerdo al nivel de clientes que supuestamente tenían, aunque eso desde luego era una amenaza para sus ideas.

—Dice que es costoso y estoy de acuerdo en que los resultados que me muestra son sorprendentes, pero ¿cuál es el nivel de éxito que tienen?
—Nuestro nivel de éxito es de un cien por ciento —explicó la mujer con sencillez—, en mejora de marcas en la piel, y de un noventa y ocho por ciento en el caso de quemaduras como las que estamos comentando; con esto quiero decir que el restante dos por ciento tienen una mejoría que es similar a esta etapa como resultado final.

Señaló una imagen de la misma secuencia un par de fotos atrás, donde lo único que quedaba de las quemaduras era relieve mínimo y algo de enrojecimiento, lo que perfectamente podía pasar inadvertido solo con algo de maquillaje. No tenía sentido seguir extendiendo la duda, si había llegado hasta allí, era imprescindible saber siquiera si podrían financiar algo como ese tratamiento que parecía un auténtico milagro.

— ¿Cuánto cuesta el tratamiento?
—Aproximadamente cuarenta y cinco mil dólares.

Increíble suma de dinero a cambio de un increíble tratamiento que prometía curar las quemaduras que de lo contrario quedarían para siempre en el rostro de su hermana. Parecía un precio justo, pero para su nivel de vida era exorbitante.

—Es bastante elevado.
—Tiene razón Matilde, pero tal vez usted necesite hablar con su contador o su agente para tener una idea más clara de la suma en general, si desea puedo facilitarle un teléfono para que haga las llamadas correspondientes.

Solo en ese momento la joven reaccionó a algo que estaba relegado a un segundo plano. Seguía vistiendo el atuendo elegido para la entrevista de trabajo poco antes, por lo que probablemente la mujer de ese lugar había asumido que se trataba de alguien de mucho mayor poder adquisitivo de lo que en realidad era, de ahí que en ningún momento cuestionara su capacidad de pagar y sí había hecho referencia a tener una idea de cuánto estaba invirtiendo. A esas alturas no podía saber si habría obtenido el mismo tipo de atención si llegara vestida con algo más casual, pero eso perdía importancia al recordar que tal vez ni siquiera habría llegado allí de no ser por la tarjeta, y la propia Adriana le había indicado que el motivo por el que se mantuviera en reserva el tratamiento era el costo del mismo y el deseo de los pacientes de tener privacidad. ¿Creería que ella era una alta ejecutiva, una dueña de algo?

—Sí, creo que necesito el teléfono.

La mujer volvió en un segundo con un inalámbrico metalizado y lo depositó en la mesa.

—Voy a darle un poco de espacio, vuelvo en un instante.

Se alejó hacia la puerta por la que habían entrado, pero se detuvo.

—Matilde, creo que es importante decirle algo antes que hable con su agente de finanzas.
— ¿De qué se trata?
—No hay mucho tiempo disponible para tomar la decisión correcta —dijo la mujer sinceramente—, según mi experiencia, a veces lo que sentimos en primer momento suele ser lo que debemos, después de lo cual vienen los cuestionamientos, que pueden ser por los motivos correctos pero no en el sentido que queremos.

Sin decir más salió de la sala, dejando a Matilde sola ante el teléfono. Aquello era casi risible ¿Por qué seguía allí ante una oferta de un costo de cuarenta y cinco mil dólares? ¿Acaso ella podía pagar esa suma? De manera automática recordó que sí había una forma, al menos de manera hipotética de financiar semejante gasto, y era a través de la casa que sus padres habían comprado y dejado en arriendo años atrás; esa propiedad era bastante costosa y se encontraba en una buena zona en el sector costero, de modo que no solo tenía una buena plusvalía, sino que el dinero del arriendo iba directo a una cuenta que ellos jamás tocaban, porque como decía su padre, el dinero podía servir en alguna emergencia.
Pero la casa no estaba a su nombre, no podía simplemente decidir qué se hacía con ella y aunque así fuera, aún tendría que realizar todo un trámite de desalojo de los inquilinos y esas cosas llevaban tiempo. Pero una propiedad podía hipotecarse.

—No, no puede ser.

Estaba haciendo castillos en el aire ¿Quién le decía que en primer lugar eso podía hacerse? sopesando las posibilidades resultaba muy probable que se pudiera pero ¿Qué dirían sus padres? Verdaderamente era mucho dinero, pero valía la pena el riesgo.

— ¿Qué hago?

Valía la pena el riesgo pero ¿valdría para Patricia? ¿sería ella capaz de entender que se haría eso por ella como por cualquiera de la familia, o en el estado en que estaba diría que era dinero perdido y que ya no tenía importancia? No, no podían permitirle eso, si era necesario la obligarían, pero de hacerlo sería la solución a todos los problemas, tenía en el horizonte la posibilidad de regresar el tiempo. Marcó un numero en el teléfono, uno que conocía de memoria no por uso, sino porque era antiguo, de Carlos Soria, un viejo amigo de la familia que se encargaba de los asuntos financieros; cuando eran niñas y estaban en su casa jugaban con su teléfono y llamaban a otro de la misma residencia, llamada que nunca se realizaba pero que fomentaba sus juegos. El hombre de voz rasposa contestó con su habitual tranquilidad.

—Diga.
—Don Carlos, soy Matilde.
—Cariño —replicó él alegremente—, qué alegría, dime cómo esta Patricia, espero que hayan recibido mis saludos.
—Claro que sí, muchas gracias por preocuparse.
—No hay nada que agradecer.
—Patricia está en recuperación. Don Carlos —siguió haciendo acopio de valor—, necesito hacerle una pregunta ¿Es posible hipotecar la otra casa de mis padres?

Podía ver la línea formándose horizontal en la frente de Soria; era un hombre mayor que ya no salía mucho por diversas razones de salud, pero eso no había minado su increíble aptitud para los negocios. Un segundo después ya debía haberse hecho mil ideas en su mente.

—Matilde, los costos de la urgencia fueron saldados por El cuerpo de policía, y según sé, el tratamiento corre por cuenta de un centro con financiamiento solidario además de lo que corresponde al Seguro institucional.
—No se trata de eso —replicó ella en voz baja—, es decir, no directamente; escuche, mis padres y yo vamos a hablar con usted en breve para darle detalles de lo que va a suceder, pero en primer lugar necesito saber si es posible hipotecar esa casa.
—Si necesitan un crédito puedo hablar con...
—No —lo interrumpió tratando de sonar natural—, es más dinero, ¿por favor podría decirme?

Eso no iba a gustarle, primero por su olfato y segundo por su amistad con la familia, pero si quería hacer algo al respecto, necesitaba más información, igual que ella.

— ¿Cuánto dinero es el que necesitan Matilde?
—Cuarenta y cinco mil dólares.
—Y es una suma en dólares —se asombró el hombre con una leve exhalación—, tengo que ser honesto contigo cariño, me preocupa escuchar eso ¿Acaso lo de Patricia se complicó, le sucedió algo a Rosario o a Benjamín?
—No es nada de eso, es solo que hay una opción, estamos evaluando un tratamiento alternativo y es algo costoso, pero en primer lugar necesitamos saber si es posible hipotecar esa propiedad.

Sucedió un breve silencio, en el que el hombre estaba evaluando qué hacer o qué decir; estaba claro que sus padres recibirían muy pronto una llamada y quizás antes que ella pudiera decirles en persona, pero ya había dado el paso y tenía que resolver esa duda.

—En un caso potencial, es posible —respondió con cautela—, pero hay que hacer una serie de cálculos, no es tan sencillo como decir que se hace y está hecho.
—Tiene razón en eso —coincidió ella para ganar tiempo—, pero saber que es posible es un buen avance. ¿Cree que podría cubrirse esa suma?
—Es probable aunque riesgoso. Matilde, me veo en la obligación, como amigo de la familia, de decirte que cualquier tipo de transacción de esta magnitud es sumamente compleja y que requiere de un estudio previo, no pueden hacer ningún tipo de compromiso, no importa bajo que circunstancia, sin estudiarlo antes.
—Lo entiendo.
—Matilde —continuó él con voz muy seria—, por favor dime que no han firmado nada sin consultarlo.

En ese momento entró en la sala la recepcionista con su andar suelto y natural, mirándola sonriente; venía con un documento impreso en las manos.

—Se lo aseguro.
—Nada Matilde. Ni una sola firma.
—No se preocupe. Lo llamaré, hasta luego.

Cuando colgó se sentía lívida, como si de alguna manera el hombre estuviera viendo lo que pasaba alrededor de ella a pesar de la distancia; Adriana se sentó a su lado y depositó el documento sobre la mesa.

— ¿Algún problema?
—No —respondió intentando sonar natural—, todo está bien.
—Matilde —dijo la mujer muy seria—, necesito preguntarle si ya tomó una decisión.
—Sí, la tomé, y realmente quiero ayudar a mi hermana.

Cualquier posible muestra de euforia en la mujer quedo completamente disimulada en caso de existir, y solo se limitó a asentir.

—En ese caso solo tiene que decirle que venga, y firmar el contrato de confidencialidad.
— ¿Contrato de confidencialidad?
—Es simple burocracia —explicó la mujer sin dar ni quitar importancia al tema—, un requisito para que todos los pacientes tengan la misma tranquilidad, y la posibilidad de cambiar sus vidas por completo.

Desde luego que tenía que haber papeleo, pero aun llegada a ese punto no había pensado en esa posibilidad.

—Creo que tendría que llevarlo con mi asesor.
—Me temo que tendría que ser al contrario Matilde, necesito pedirle que lo firme aquí, aunque si lo desea por supuesto que puede pedirle a su abogado que venga, estoy segura de que no habrá problema.
—Si mi hermana va a ser la beneficiada, ¿Tendrá que firmar ella?
—Nuestro protocolo indica que tiene que firmarlo quien tiene la tarjeta de invitación, por lo tanto será usted y personalmente creo que será también un alivio para su hermana no tener que someterse a este tipo de entrevistas. De todas maneras quiero recordarle para su tranquilidad que dentro de nuestro protocolo de atención, el costo del tratamiento en su totalidad solo será cobrado en caso de llegar a término con el resultado proyectado en el momento del diagnóstico, gracias a eso es que usted y su familia saben que tienen nuestro apoyo de manera íntegra.
—Sí, claro.
— ¿Entonces va a llamar a su abogado?

La cabeza se le estaba volviendo un nudo en ese momento, necesitaba pensar y no lo haría en ese sitio, eso sin contar con Soria y lo que pudiera pasar con sus padres. Debía ganar algo de tiempo, y si Adriana la creyó una mujer de mucho más dinero de lo que era, podía aprovechar eso en su favor.

—Tengo una reunión en unos minutos, volveré con mi abogado si no es problema.
—Por supuesto que no es problema, la esperaré. ¿Quiere que le pida un taxi o vino en su auto?
—Pídame el taxi si no es molestia —replicó en voz baja mientras se ponía de pie—, le agradezco por toda la explicación, es muy importante.
—Todo lo que pueda servir para ayudar es poco —dijo la mujer sonriendo—, pero aunque no debiera adelantar nada de manera oficial, creo que es bueno que sepa que la vida de su hermana no solo puede volver a ser lo que era antes de ese momento tan dramático, sino que puede ser mucho más.

Avanzaron hacia la puerta, y la joven volteó para mirar el contrato que reposaba sobre la mesa donde momentos antes estuvieran viendo las sorprendentes imágenes que podían replicarse en su hermana. Parecía haber tan poco que la separaba de una nueva vida.




Próximo capítulo: Algunos días soleados. Primera parte




Por ti, eternamente Capítulo 26: A través de las cámaras



Víctor se sentía muy nervioso mientras Álvaro montaba el trípode para ubicar la cámara junto al auto en donde se habían desplazado hasta ese momento; estar hablando por televisión le parecía bastante absurdo en realidad, pero atreverse a decir de manera pública todo aquello a lo que había estado expuesto durante ese tiempo resultaba muy fuerte, exigía que sacara a flote los sentimientos que había estado reprimiendo para poder darse fuerzas. En tanto Romina estaba conectando una serie de cables.

—Escucha, ya mandé avisos a los contactos que nos quedan en los medios de comunicación, avisando que saldrás al aire, pero igual hay que esperar más. Creo que sería bueno que practicaras un poco lo que vas a decir.

Víctor se lo pensó un momento.

—No. No es necesario, sé lo que tengo que decir.

No era ninguna clase de momento mágico, no estaba teniendo una iluminación o algo por el estilo, pero si lo pensaba detenidamente, tener a Ariel en sus brazos lo hacía sentir bien, en su compañía tenía seguridad, y solo esperaba que el pequeño también sintiera lo mismo.

—Ya está —dijo Álvaro—, solo tengo que conectar la cámara aquí ¿Tienes listo el cableado?
—Todo listo —repuso ella alcanzándole un conector—, ahora el router está operativo, y mira, tenemos buena conexión aquí, estamos cerca de la siguiente zona poblada y eso nos sirve de mucho.

El nerviosismo iba en aumento, y en ese momento los dos periodistas se miraron fijamente; después de eso no había vuelta atrás.

—Estamos conectados.
—Cielos, nunca creí que el canal on—line que hice cuando estábamos en la universidad iba a ser tan importante justo ahora. Estamos conectados y hay cero visitantes.

Se hizo un incómodo silencio; para que la transmisión tuviera utilidad, tenían que transmitir en directo, era imperativo que los medios de comunicación estuvieran atentos a lo que pasara, era el único medio para lograr el impacto que planearan antes.

—Espera, mándale un mensaje directo al tipo del foro de apoyo.

Arturo.

— ¿Es del que me hablaron antes?
—Si, como te dije suponemos que es amigo tuyo.

Tenía que ser Arturo, no podía ser otro.

—Hecho. Cielos, éste tipo sí que está comprometido, dice que todos los días le mandan mensajes falsos.
—Dile que el bebé estaba escondido en el baño mientras el grandote sacaba las cosas.
— ¿Qué?
—Hazlo.

Álvaro tipeó rápidamente en el teclado portátil que tenía conectado a la serie de cables. La respuesta no se hizo esperar.

—Oh por Dios, parece que te conoce, dice que quiere hablar contigo.

Era Arturo. Pero no podía hablar con él.

—Dile que necesito su ayuda, que me ayude a salir en televisión, que ponga el canal tuyo en su foro.
—Hecho. Cielos, trabaja rápido, dice que ya lo hizo...espera…el canal ya tiene una visita, cinco, siete, vamos en aumento.

Pero esa vez Romina no estaba tan entusiasmada.

—Eso no es suficiente. Necesitamos mucho más, pero no tenemos tiempo.
—Las visitas siguen en aumento.

La mujer marcó en su celular un número que nunca creyó tener que volver a marcar.

—Benjamín...sí, soy yo...espera, espera, no cortes...lo sé, pero escúchame, solo ésta vez...

Álvaro no dijo nada, pero sabía que estaba llamando a un tipo con el que había tenido un amorío tiempo atrás, y con el que habían terminado en pésimos términos gracias a ella. Estaba dando su máximo para ayudarlos.

—Escucha...Víctor Segovia, se trata de él... Sí, es en serio, estoy junto a él ahora mismo. Estoy conectada a un canal en línea, va a salir en un momento más...sé que no tienes muchos motivos para creerme, pero no quiero crédito, todo será tuyo, solo toma la señal y muéstrala, es importante y lo sabes.

Se hizo un nuevo silencio. Finalmente ella se tranquilizó.

—Estupendo. Te daré los datos ahora mismo.

Mientras ella lo hacía, Álvaro guió a Víctor al capó del automóvil.

—Creo que es mejor que salgas con el bebé, la verdad.
—Sí, tienes razón.
—Escucha, es importante que sepas muy bien lo que vas a decir, porque no sé cuánto tiempo vamos a estar al aire; puede ser que nos intercepte la policía, o que colapse por muchas visitas.
—Está bien.
—De todas maneras grabaré para tener un respaldo, pero ahora mismo lo importante es que digas lo que tienes que decir. Confío en ti.
—Gracias.

Romina colgó y se enfrascó con Álvaro en una discusión técnica de números de visitas y canales de televisión, mientras Víctor seguía de pie junto al capó del automóvil con Ariel en sus brazos; estaba tan cansado, sentía que había caminado horas, y el cuerpo le rogaba por descanso ¿habría podido escapar de Armendáriz si no fuera por ellos? En esa ocasión tenía, al fin, la oportunidad de decirle al mundo la verdad, y eso más que animarlo, lo presionaba más. Pero no podía detenerse. La voz de Romina lo devolvió a la realidad.

—Oh por Dios...
— ¿Qué pasa?
—Funcionó, hay un canal que está colgado de nuestra señal, tu cara está en pantalla. Estás ante miles de personas.

Y solo estaba mirando una cámara con un punto rojo palpitando a un costado. Sintió que el estómago se le comprimía.

2

Eva estaba sentada en la sala de la pensión, silenciosa y sola mientras un programa en televisión pasaba sin importancia alguna. Pero el programa fue interrumpido por un extra de noticias, buena idea tener más noticias malas.

—Interrumpimos nuestras transmisiones para informarles de un hecho que se está dando en éste preciso momento en algún lugar del país. El hombre conocido como Víctor Segovia está transmitiendo una señal en línea a través de internet, y al parecer, después de todos estos días desaparecido junto con el menor que sustrajo de brazos de su madre, va a hacer algún tipo de declaración.

—Víctor...

Sintió que su corazón daba un vuelco; desde aquella fatídica mañana en que había tenido que delatarlo, no solo había tenido que exponerse a interrogatorios que no le traían buenos recuerdos, sino que además se sintió progresivamente más  culpable por lo que hiciera, pero verlo de nuevo, en un recuadro a un costado de la pantalla, era un gran alivio.

—Recordemos que el sujeto fue...

El hombre siguió hablando, mientras el rostro de Víctor, mucho más delgado, miraba la pantalla con evidente nerviosismo; ¿qué habría pasado durante estos días?

3

El celular de Armendáriz anunciaba una llamada y tres tipos distintos de mensajes en entrada mientras el oficial conducía a toda velocidad rumbo a la estación del tren más cercana a la casa donde dejara al encubridor de Segovia; estaba seguro de que estaba escapando por ahí, y para bien o mal era otra vez el único lo suficientemente cerca como para hacer algo, los equipos que solicitó aún tardarían en llegar a la zona.

— ¿Qué sucede?
—Está en televisión.

Tuvo que frenar para no estamparse contra algo.

— ¿Qué estás diciendo?
—Está en televisión, lo están dando en directo. En poco rato va a ser cadena nacional.

De entre las muchas cosas extrañas e inexplicables que habían sucedido en todo ese tiempo, esa quizás era la que menos esperaba, pero una de las que le parecía más lógica de parte de Segovia; respiró profundo.

—Llama a los analistas, tienen que descubrir dónde diablos están transmitiendo, debe ser cerca de donde les dije, ha pasado muy poco como para que se aleje más. Me avisan cualquier cosa.

Cortó y volvió a poner las manos en el volante; el tiempo apremiaba más que nunca.

4

Álvaro le hizo un gesto a Víctor. Era el momento de hablar, ahí en medio de la nada, junto a dos periodistas que por alguna luz del destino trataban de ayudarlo, y enfrente a una cámara que tenía que hacer que el mensaje llegara a quien fuera necesario.

—Mi nombre es Víctor.

Sus primeras palabras fueron débiles. Sabía que lo que se veía de él concordaba más con la imagen que seguramente tenía de él la gente, un tipo con heridas y demacrado. Suspiró y continuó.

—Hace un tiempo —dijo con más fuerza—, una mujer quedó embarazada de mí, pero por cosas de la vida nunca me lo dijo; Magdalena tenía un grave cáncer, pero ella se alejó de su familia porque ellos, la familia De la Torre, tienen negocios sucios, pertenecen a la delincuencia a diferencia de ella, y Magdalena no quería que su hijo viviera en ese mundo; por desgracia el cáncer estaba acabando con ella, así que me contactó y me pidió que me hiciera cargo del pequeño. Y yo no sabía si iba a poder, no sabía cuánto amor o dedicación iba a necesitar para cuidar de un bebé indefenso, pero me comprometí a cumplir con la promesa que había hecho.

Recordar a Magdalena de esa forma hizo que la imagen y la voz de ella aparecieran vívidamente en su mente, pero hizo un esfuerzo y se controló, aún no terminaba.

—Sé que cometí errores, sé que no hice las cosas como debería haberlas hecho, pero de un momento a otro tenía un niño en mis brazos, Magdalena estaba muerta por el cáncer y la gente de Fernando de la Torre me amenazaba, no podía hacer nada ante eso. Cuando quise recurrir a la policía era demasiado tarde, todos estaban siguiéndome y habían tantas mentiras...tal vez nadie crea en lo que estoy diciendo o quieran verme en la cárcel, pero cuando un bebé depende de ti, tú solo...

Romina estaba al borde de las lágrimas, nunca había creído que hacer algo sólo por ayudar a alguien más podía hacerle tan bien a sí misma.

—Yo no sabía que podía sentir tanto amor, pero tener a mi hijo en mis brazos hace que sepa cuanto de lo que no sé, soy capaz de hacer, y si en éste tiempo me han quedado heridas o marcas por protegerlo, me basta con sentir su respiración para que todo valga la pena.
No sé cómo es que todo el mundo piensa que soy un criminal, o tal vez haya dinero o poder de por medio; quizás sea necesario que yo esté presente para empezar a aclarar todo esto, pero hay gente muy peligrosa siguiéndome, y mientras Ariel esté en peligro, no voy a volver. Prometí que mi hijo iba a estar a salvo del peligro y de su familia señor De la Torre, y voy a seguir luchando para cumplir esa promesa; no importan las mentiras o su dinero, mientras haya peligro voy a seguir luchando, no me importa si estoy herido, aunque esté solo, aunque todos estén en mi contra, voy a seguir peleando para proteger a mi hijo, porque Ariel es mi hijo, nunca me voy a rendir.

Sin notarlo había pasado del control y el nerviosismo a la emoción; sentía la boca seca y la cabeza le daba vueltas, pero había dicho todo lo que sentía que tenía que decir. En ese momento Álvaro apagó la cámara.

— ¿Qué pasa, funcionó?
—Por supuesto que funcionó hombre, saliste en directo. Las redes sociales y los teléfonos del canal deben estar explotando de llamadas.
—Hablaste desde el corazón —intervino Romina—, hiciste lo correcto, pero tenemos que irnos de aquí ahora mismo.
— ¿Por qué?
—Porque pueden rastrear la transmisión, y acabas de decir que todavía no vas a volver. Te sacaremos del camino.

Víctor respiró profundamente, tratando de volver a su ser.

—Les agradezco mucho lo que están haciendo por mí.
—No des tantas gracias, mejor vamos.

Los dos siguieron desconectando cables, mientras Víctor se movía cerca del auto. Recordó la etiqueta y trató de ponerse de cuclillas.

— ¿Qué ocurre?
—Olvidé la etiqueta —replicó mirando al interior el auto—, se me cayó cuando nos estacionamos.

Ella se acercó y medio doblada entró en el vehículo, quitándolo de en medio.

—Tienes razón, estaba a punto de tomarla, dame un segundo y la saco.

Unos momentos después Romina se incorporó con la etiqueta de género entre las manos; el trozo de tela bordada estaba rasgado por un costado, pero aunque era evidente, la mujer se quedó mirándolo fijamente.

—Lo siento, la rompí —dijo distraídamente—. Víctor ¿Qué es esto?
—Estaba entre la ropa de Ariel, ¿está muy estropeada?
—No es eso Víctor... Ésta etiqueta tiene algo dentro.

Los dos hombres se quedaron en silencio mientras ella extraía algo de entre la tela. Cuando terminó, tenía un pequeño objeto gris entre los dedos.



Próximo capítulo: Buen corazón


Broken spark Capítulo 5: Un felino poderoso



Zona nevada

Terrorsaur volaba solo sobre la gran extensión de tierra cubierta de nieve; a mucha distancia parecía no haber nada.

—Este sector es muy desolado —gruñó para sí—, malditos maximales, tenían que proteger sus valiosas vainas arrojándolas en todas direcciones. Ahora que Waspinator sigue desaparecido, lo más probable es que me encarguen todas las misiones de vuelo.

La ausencia de dos de sus camaradas no le preocupaba a nivel personal, pero era una molestia por la carga extra de trabajo que significaba para el resto del grupo ¿de verdad Megatron pensaba que era buena idea atraer a los maximales y convertirlos en sus aliados? De todos modos no tenía nada que hacer para oponerse, Megatron no aceptaba críticas, de modo que estaba obligado a seguir las instrucciones.
Estaba un poco desorientado, de modo que descendió sobre una roca alta y examinó los indicadores en el mapa electrónico que llevaba consigo; estaba ya en el sitio, ¿dónde diablos estaba la vaina? Escarbar en la nieve no haría nada bien a sus articulaciones.

— ¿Qué es eso?

Un destello entre la nieve, a unos cuantos metros de distancia, llamó su atención; se trataba de una especie de luz roja, pero no se asemejaba a los lectores del panel de una vaina. Pasó a modo robot y bajó a pie, hasta que encontró el origen de la luz, entre un nido de rocas.

—Esto es…

Tocó el objeto con la punta del dedo, y de inmediato ocurrió la reacción: una corriente de energía recorrió todo su cuerpo, y como si se tratara de un propulsor, lo arrojó disparado hacia arriba, a toda velocidad. Inundado de la magnífica energía que acababa de encontrar, el predacon apenas pudo controlar la dirección de su vuelo involuntario unos minutos después, cuando ya se encontraba muy arriba en el cielo, casi en la estratósfera.

—Energon puro —dijo lleno de júbilo—, y de un tipo muy extraño, más incluso que el que utilizamos para nutrirnos; con una mínima porción puedo ser el más veloz de todo el planeta, y siendo el único que lo sé, tengo una gran ventaja. La vaina tendrá que esperar.

Necesitaba transportar ese energon a un sitio seguro, antes que pudiera manipularlo con tranquilidad; sintió enormes deseos de absorber una gran cantidad y salir en busca del liderazgo predacon, pero desistió a tiempo: era mejor un triunfo poco espectacular pero sólido, que un intento de victoria inmediato.

—Un momento…

Las vainas stasis resistían enormes cantidades de energon, de ahí que los seres envueltos en ellas estuvieran seguros, pero además tenían propiedades configurativas, las mismas que alimentaban y daban forma al cuerpo luego del escaneo. ¿Y si pudiera cambiar la configuración de la vaina y depositar en ella el energon, para luego dosificarlo? Marcando la ubicación, se convirtió a pteranodon y elevó el vuelo, tenía un nuevo motivo para encontrar ese objeto lo más rápido posible.

2

Rhinox y Cheetah avanzaban a velocidad media, arrastrando aún partes del cuerpo de Scorponok tras ellos; después de que el más grande de ambos revelara su plan, ambos habían seguido el camino muy callados, hablando sólo a ratos. Después de un largo trecho, la nave predacon ya estaba a la vista.

 —Ya sabes el plan.

Cheetah no respondió por unos momentos, pero al cabo, expresó lo que lo inquietaba en esos instantes.

—Escucha ¿estás seguro de que esta es la única manera?
—Sí, lo estoy —respondió el otro con serenidad—, y debes concéntrate en lo que vamos a hacer; recuerda que los cazadores perciben el miedo o la inseguridad. Convéncete de que somos maximales convertidos en predacons, y no pienses en otra cosa.

Para el momento en que llegaron frente a la nave, Megatron y Tarántula ya estaban afuera, mirándolos con satisfacción.

—Megatron, te presentamos nuestros respetos, gran lord predacon.

La araña se acercó al líder para poder hablar sin que los escucharan.

—Traen el cuerpo de Scorponok consigo ¿vienen a hacer un trato, Dinobot falló?
—Tranquilo Tarántula, veremos qué es lo que traman estos visitantes. —y en voz más alta— ¿A qué se debe esta escena frente a mis dominios?

Rhinox se mostraba extrañamente apacible. Cheetah guardó silencio, incapaz de hablar mientras mantenía una expresión decidida en el rostro.

—Los maximales tenían bajo su control a nuestro compañero —explicó el rinoceronte—, Dinobot intentó ponernos a todos a salvo, pero las argucias de esa asquerosa rata maximal y el gorila pudieron más que él.

El discurso sonaba convincente y claro, pero aún no era tan esclarecedor como para tener una idea concreta al respecto.

—Explícate.
—Dinobot nos hizo ver lo equivocados que estábamos —explicó Rhinox—, y después de nosotros debía seguir el procedimiento con Optimus, pero la rata estaba espiando y desató una batalla al interior de la nave; Scorponok estaba malherido, pero en medio del enfrentamiento logró liberarse, sólo para morir a manos del gorila. La fortuna nos salvó porque Dinobot pudo crear una distracción, y nos ordenó que huyéramos antes de ser víctimas de los ingenios mecánicos internos de la base enemiga, que actuaba como un campo minado; activé el mecanismo de campo de energía alrededor de la nave, con lo que los dejé atrapados por unos minutos, que utilizamos para escapar. Por desgracia Scorponok estaba muerto, de modo que trajimos su cuerpo para utilizar sus partes como refacciones, y desde luego a advertir que es probable que vengan en camino a atacar.
— ¿Están heridos?
—Tenemos algunos daños superficiales —concedió Rhinox—, pero nada que deba atenderse con urgencia; sin embargo nuestros niveles de energon son muy bajos después del viaje por tierra.

Megatron  hizo una pausa, analizando cada palabra; luego decidió hacer otra pregunta.

—Dices que Dinobot creó una distracción para que pudieran huir. ¿Lo dejaron abandonado en la base junto a un sistema interno de defensa y dos enemigos?
—Si nos quedábamos, corríamos el riesgo de correr el mismo futuro que Scorponok, y si así fuera, no podríamos contribuir a la causa predacon, ni servirte, mi señor.

—Muy bien —el tiranosaurio ahogó una risa triunfal—, ahora, sólo una cosa más: Transfórmense.

Rhinox se dispuso a montar en ese mismo instante la farsa que le permitiera salir de ese escollo, pero antes que pudiera hacerlo, Terrorsaur apareció volando a duras penas, con notorias heridas en el torso y alas.

—Megatron ¡Estamos bajo ataque!

Con dificultad, e ignorando a los visitantes, se posó sobre a superficie de la nave.

— ¿Qué significa esto, de qué estás hablando?
—Estamos bajo ataque, el transformer salió de la vaina.

Hasta el propio líder predacon se olvidó de los visitantes, ante el mensaje que estaba escuchando.

— ¿Tratas de decir que el invento de Tarántula falló?
—No señor, es peor que eso, el maximal ya había salido. Pero no sé si es maximal, predacon, o algo peor.
— ¿Por qué dices eso?

No fue necesario que el otro respondiera; ante los ojos de todos, apareció un tigre blanco, con los ojos encendidos de rojo, como si fuera a echar fuego por ellos. Después de estudiarlos con altivez, el felino se transformó en robot sin un comando de voz, sólo con un atronador rugido.

— ¿Qué diablos es eso?
—No te descuides —dijo Rhinox mientras susurraba el comando maximal de transformación—, lo único que se me ocurre es que es el transformer de una de las vainas que arrojamos antes de salir.
—No luce como un maximal.

Megatron se transformó en robot para demostrar su imponente tamaño, pero el felino no pareció alterarse por esa demostración de poder; con sus ojos llameantes dio una vista rápida a cada uno de ellos, y luego habló: su voz era madura, ronca y poderosa, pero a la vez atemorizante.

—Veo que no soy el único en la superficie de este extraño planeta. No nos conocemos, pero harán bien en prestar atención a mi mensaje: Soy el nuevo rey de estos parajes, y quien se oponga a mí, caerá.



Próximo capítulo: Desde las alturas