No traiciones a las hienas Capítulo 6: El sonido de una explosión



Steve subió todo lo rápido que pudo hasta el techo del edificio más cercano y miró alrededor; en pocos segundos encontró el objetivo a tan, sólo una manzana de distancia; se trataba de una nave monoplaza negra, que de seguro pasaría por completo inadvertida flotando en ese lugar. De alguna forma era como si el fuselaje se mezclara con el edificio de fondo, cualquiera que fuera este.

—Es él —se dijo en voz baja—, es el murciélago.

Vio una sombra bajar muy rápido de la nave ¿Qué era lo que pretendía allí? Se dijo que no tenía mucho sentido husmear en las cercanías de su trabajo, después de todo era evidente que había abandonado el esfuerzo de encontrarlo cuando no apareció ante su llamado. ¿Entonces para qué? Mientras avanzaba sobre la azotea a toda velocidad, se dijo que el verdadero motivo era conseguir algún beneficio adicional, incluso ampliar su espectro de investigación; tal vez el enmascarado estaba haciendo investigaciones en el marco de los traficantes de armas y drogas, quizás simplemente dejaba algún artilugio que pudiese servirle: todos en Gotham sabían que el murciélago tenía multitud de armas y vehículos. El merodeador pasó de un edificio a otro desplazándose con agilidad y procurando ser lo más silencioso, aunque el sonido de disparos en realidad estaba amortiguando sus movimientos. Se podía imaginar alguna clase de enfrentamiento en el que el murciélago interviniese con esa llegada tan sorpresiva; un instante después se detuvo, el atronador sonido de los disparos cesó. Después de algunos  momentos de incansable movimiento, llegó hasta el borde de una construcción de no más de 3 pisos de altura, sobre la cual estaba detenida, flotando aún a distancia imposible de alcanzar en un salto, la nave que había visto poco antes desde la calle; sin embargo, lo que concentró toda su atención fue la escena que se estaba desarrollando abajo, en la parte de atrás de una vieja edificación. Desde esa distancia no podía escuchar lo que estaban diciendo, pero a todas luces se trataba de algún tipo de pelea: había una mujer arrodillada en el suelo conteniendo el sangrado de su hombro izquierdo mientras frente a ella, un sujeto observaba con tranquilidad, manteniendo en la mano derecha un cuchillo de una hoja larga y de forma zigzagueante. Tras él, varios cuerpos desperdigados con múltiples heridas de bala.
 Comenzó a llover; al principio fue sólo una llovizna, pero unos momentos después se convirtió en un aguacero más potente; Steve se quedó inmóvil, agazapado, procurando fusionarse con la oscuridad mientras observaba la cruenta escena. A poca distancia de los dos que aún estaban vivos había un arma, era algo como una ametralladora o una Vulcan, y sin embargo lo más llamativo de toda la escena era el atuendo del sujeto: una especie detenida militar oscura con una chaquetilla con muchos bolsillos y lo más llamativo de todo era el casco rojo con el que se cubría la cabeza ¿se trataría acaso de un nuevo justiciero? El tipo parecía estar hablando con la mujer herida, quién intentó ponerse de pie a pesar del daño que tenía y que por lo visto era bastante profundo; de pronto, de forma sorpresiva, el hombre empezó a hablar con alguien que estaba a su izquierda, detrás de una puerta, alguien que por lo tanto quedaba oculto a sus ojos. Después de un tenso silencio en que ninguno se movió, el hombre de la máscara roja extrajo un par de pistolas desde el interior de la chaquetilla y comenzó a disparar hacia el punto en donde se encontraba el visitante misterioso; después de unos momentos del sonido de las balas alejándose, la mujer se puso de pie con dificultad y comenzó a huir en sentido contrario, sosteniéndose el hombro. Sin pensarlo dos veces, Steve saltó y descendió de manera limpia en medio de las armas y los cuerpos; pateó unos casquillos y tuvo un momento de indecisión ¿Qué era lo que debía hacer en ese momento? La Vulcan resultaba muy interesante, pero de seguro que sería demasiado pesada como para poder sacarla con facilidad y esconderla, así que tomó la decisión de recoger varios revólveres y guardarlos en los bolsillos; a su espalda escuchó sonido como de cosas rompiéndose: se estaban alejando.

—Esto me va a servir mucho, vamos a ver qué otra cosa puedo encontrar.

Sin embargo en vez de entrar al lugar en donde estaban sembrados los cadáveres, decidió correr a toda velocidad y seguir la pista de la batalla que se estaba desarrollando entre el enmascarado rojo y su enemigo.
De un salto ágil se tomó de una escalera de emergencia  subió por ella, intentando tener muy clara la procedencia de los sonidos para poder darles alcance; una vez que estuvo de regreso en la azotea corrió en la misma dirección que el origen de los disparos y sonidos, aunque la lluvia era un impedimento para percatarse con claridad de lo que estaba sucediendo. Por suerte los espejuelos de su máscara le permitían ver a pesar del agua.
Apoyó un pie en el borde de la cornisa cuando un enorme estruendo sacudió el edificio.

—Rayos.

Perdió el equilibrio y cayó de espaldas, y antes que pudiera ponerse de pie percibió el haz lumínico procedente desde el suelo ¡una explosión! se apego al borde del edificio, protegido por el escaso borde de la cornisa, intentando decidir si es que era buena idea averiguar qué era lo que estaba sucediendo, cuando una segunda explosión más grande que la anterior remeció otra vez el edificio ¿acaso iban a derrumbarlo? Se asomó y quedó perplejo al ver que en la construcción contigua, uno o dos pisos más alta, aparecía el sujeto de la capucha roja saltando desde la escalera de incendios con una agilidad sorprendente, mientras el murciélago le seguía los pasos muy de cerca; los movimientos de ambos parecían una compleja coreografía, cayeron sobre la despejada azotea mientras un relámpago iluminaba con deslumbrante fuerza todo alrededor. El de la capa negra de derribó a su adversario, pero éste se revolvió sobre el suelo y lo golpeó de regreso; parapetado tras el concreto, a tan sólo unos metros de distancia, Steve no podía creer la experticia que demostraban ambos guerreros, sobre todo el que llevaba el casco: el mito popular decía que el caballero de la noche era un experto en todo tipo de técnicas de combate, lo que unido a sus innumerables artilugios electrónicos lo convertía en el terror que en efecto era para muchos villanos en Gotham.
La escaramuza no fue muy larga, pero a todas luces ambos guerreros estaban utilizando sus mejores armas; en un momento ambos asaltaron y el murciélago consiguió arrojarse sobre el otro, cayendo ambos del edificio. Steve se asomó rápidamente y vio que cayeron en la parte delantera de esa construcción, aún entrelazados en una maraña de golpes, teniendo sólo el concreto como amortiguador de la caída; estaban 4 pisos más abajo y cualquiera pensaría que se trataba de una simple riña callejera. De pronto se quedaron quietos y empezaron a conversar.

—Está bien, eso es extraño.

No había un sitio por donde descender sin ser visto y ya había tenido mucha suerte estando a tan sólo unos cuántos metros de distancia de ese enfrentamiento, de modo que decidió que ya era suficiente; sin embargo la batalla había sido tan alucinante, que por una razón morbosa no podía despegar los ojos de ellos. Después de unos momentos de aparente calma, una nueva explosión envolvió a ambos; no pudo ser en qué dirección se había ido el de la capucha roja una vez que el humo se disipó, pero el murciélago recogió algo del suelo y desapareció en el siguiente recodo. La lluvia se había vuelto un manto de agua muy fino que casi no producía ruido al caer.
Entonces descubrió que había alguien parado justo detrás de él.

—No te muevas.

Volteo y sintió que el estómago se le contraía por la sorpresa; era ella, con esa misma tenida deportiva y el suéter con cuello de tortuga que le cubría la cara, la única diferencia era que el gorro que llevaba en esta ocasión era de un color gris muy oscuro, no negro. Estaba de pie en posición de alerta, el revólver en la cartuchera junto a las costillas, del lado izquierdo. Steve se levantó muy despacio, manteniendo las manos levantadas a la altura de los hombros; podría escapar, pero también podía sacarse la rabia y frustración que aquel descubrimiento le había producido en su interior. Pensaba que era lógico, sobre todo después de la descarga de adrenalina producto de ver el enfrentamiento.

—Serás arrestado —dijo la voz tras el rostro cubierto.

Hablaba de una forma marcial, no como se había comunicado con él cuando habían estado conversando tan sólo un día antes. Steve decidió que era el momento indicado.

—Miranda, espera.

Percibió como su cuerpo se tensó al escuchar ese nombre, sin embargo mantuvo la actitud y la pose de defensa; ya decidido, el hombre se quitó el pasamontañas bajo el cual su rostro había estado oculto hasta entonces.

—Sé quién eres Miranda, soy yo.

Durante una milésima de segundo fue como si no hubiese ocurrido nada; a pesar de que los ojos eran lo único de su rostro que estaba a la vista a 2 metros de distancia, Steve pudo ver cómo los abría de forma desmesurada. Dio un paso involuntario hacia atrás, e hizo con la cabeza un leve gesto de negación; había llegado el momento de conseguir que hablaran, era primordial que él le dijera lo suficiente para conseguir su ayuda. O al menos que dejara de interponerse.

—Miranda soy yo, soy Steve.

Habían pasado tan sólo algunas horas desde la cena en la que había descubierto que ella y su rival en un enfrentamiento anterior era la misma persona, resultaba increíble que al final estuviesen nuevamente juntos, en circunstancias tan diferentes.

—Escucha, sé que todo esto es muy extraño y también estoy tan sorprendido como tú, pero todo está sucediendo por un motivo, estoy seguro de que vas a entenderlo cuando te lo explique.

Sin embargo la mujer parecía no estar escuchando sus palabras; con un movimiento casi espasmódico tomó el borde de tela del cuello de tortuga y jaló de él hacia abajo, dejando por fin al descubierto todo su rostro: respiraba de forma agitada, y la forma en que se descubrió la cara daba la impresión de ser un modo de respirar, como si hubiera estado ahogando unos momentos antes.

—Miranda…
—No, esto no puede ser —dijo ella con voz temblorosa.
—Sólo escúchame por favor.

Pero ella no hizo caso a sus palabras; dio media vuelta y comenzó a correr a través de la azotea. Como activado por un resorte, Steve se arrojó tras ella, tratando de evitar que se le escapara.

—Espera.

Logró sujetarla de un brazo, ella volteó y con un golpe con el talón de la mano libre se soltó de él, sin embargo se quedó quieta a cierta distancia, desconcertada, mirándolo como si se tratara de una aparición.

—Miranda por favor escúchame, sé que esto es extraño y sorpresivo, pero te prometo que puedo explicarlo.

La mujer parecía estar completamente fuera de sí.

— ¡Explicar! —gritó con un agudo tono de voz— ¿explicar? ¿Qué es lo que quieres decir con eso, acaso quieres verme la cara de estúpida otra vez?
—Miranda, sólo hace muy poco descubrí que eras la misma persona con la que me enfrente antes.
— ¡No estoy hablando de eso! no me trates como si fuera imbécil —replicó entre jadeos.

Su reacción nada tenía que ver con lo que él se había imaginado en los últimos instantes. Se podría decir que se estaba desarrollando una lucha interna mientras hablaban.

—Está bien, está bien, tenemos que calmarnos ¿qué te parece si bajamos de aquí…?
—No puedo creer lo que está pasando. Dios mío… eso significa que tú… Oh por Dios ¿Cómo puedes estar mirándome a la cara? Vine a Gotham porque… oh por Dios, eso significa que desde un principio…
—Miranda…
—Esto es monstruoso, es demencial ¿por qué hacer esto? Me alejé durante tanto tiempo y creí que las cosas estaban solucionadas pero… oh por Dios, no puedo creer que tú hayas hecho algo como esto…

Cambió de dirección de sus pasos y volvió a correr, esta vez tomando el camino que Steve había tomado para llegar como espectador del enfrentamiento entre los dos enmascarados; el hombre intentó otra vez sujetarla, y aunque ella repitió la acción anterior, él se adelantó y sujetó también la mano libre, quedando ambos enfrentados durante un instante. Al estar tan cerca de su rostro pudo ver que la principal emoción en ella no era el enojo ni la sorpresa, sino el miedo.

—Suéltame ¿Acaso no has tenido suficiente de este juego macabro?

Otra vez la mujer se liberó de él y se apartó hacia un costado, intentando poner distancia entre ambos, pero el concreto de la cornisa sobre la que estaban cedió bajo sus pies. Miranda cayó de bruces de forma violenta, sin tener tiempo a reaccionar, azotándose contra el concreto, tras lo cual cayó por el borde del edificio como peso muerto, hasta chocar contra el pavimento.

—Oh no…

Steve bajó a toda velocidad hasta ella; una vez estuvo abajo se arrodilló junto a la mujer que permanecía tendida de espalda en una posición irreal, casi como una muñeca de trapo. Había sangre y cortes en su rostro producto de la caída, y su cuerpo realizaba ligeros movimientos involuntarios por causa de las heridas causadas.

—Miranda…

Los ojos de la mujer, aún aterrados y algo desenfocados, intentaron rehuir de su mirada, mientras la voz surgía ahogada, muy lenta, pero aún comprensible.

— ¿Cómo pudieron…?

Intentó decir algo más, pero el sonido de una sirena y las luces de los faros de un coche de policía interrumpieron la escena. El vehículo venía a toda velocidad, atraído de seguro por la llamada de algún vecino del lugar; no podía intentar moverla de ahí y tampoco tenía tiempo para más. Aunque dudó un momento, Steve volvió a cubrirse el rostro y emprendió carrera, dejando a la figura de Miranda tendida en el suelo, bajo la lluvia.
Recorrió de forma frenética una cuadra, y en la segunda extrajo el teléfono celular desde el bolsillo oculto en el pantalón; necesitaba pensar, despejar su mente luego de lo ocurrido. Resultaba imposible adelantar que es la cornisa de la construcción iba a ceder justo en ese momento, había sido un lamentable accidente que le ocurrió a Miranda, pero su presencia no era accidental, no había llegado hasta la zona de enfrentamiento por casualidad; pero en su reacción y las cosas que había dicho quedaba claro que no había descubierto quién era él ¿qué le había provocado tanto temor, a qué se refería al decir que todo eso era una especie de juego macabro? Necesitaba pensar, aclarar sus ideas y decidir qué iba a hacer; descubrió que tenía un mensaje en el buzón de voz, y le pareció muy extraño que fuera de Marcus: no era su estilo dejar mensajes. Se quedó un momento quieto bajo el techo de una parada de autobús y escuchó el mensaje; en un principio pensó que la voz de su amigo sonaba alegre o eufórica, sin embargo un momento después entendió que la voz sonaba asustada o preocupada: el temor era una emoción muy poco común en él.

— ¿Por qué diablos no contestas el teléfono? —dijo la voz con tono alterado— Odio hablar con máquinas, escucha, tenemos que hablar, esto es… no puedo decirlo por teléfono, estoy en un hotel de cuarta en el cruce entre la 26 oeste y la 1, en la habitación de la última planta. Ve buscarme apenas escuches este mensaje. Tenemos que hablar de esto maldita, sea deja cualquier cosa que estés haciendo.

La llamada se cortó; confirmó la hora, era de hace no más de 40 minutos ¿que podía haber descubierto Marcus que fuera tan importante como para no poder decirlo por teléfono? necesitaba saber qué había pasado con Miranda, pero no podía esperar a descubrir lo que su amigo tenía que decirle, el resto tendría que esperar. Por un momento dudó si acercarse al hotel enmascarado o con el rostro descubierto; la zona en la que estaba el hotel, de hecho era un tanto peligrosa de noche y no quería verse envuelto en una nueva situación que le hiciera perder el tiempo, así que se escabulló por un costado y subió hasta la última planta, por lo visto cada piso tenía una sola habitación.
La ventana trasera del cuarto tenía el vidrio quebrado.

—Rayos no.

La habitación estaba vacía; el único rastro de que alguien hubiese estado ahí era una botella de cerveza tirada en el suelo con el contenido derramado; era una marca poco conocida que se fabricaba en Gotham, y que era la preferida de Marcus cuando eran jóvenes. De hecho era la misma que había pedido en uno de los bares cuando habían salido en busca de información.

—No, no puede ser…

Marcó de regreso y se encontró con la línea fuera de área; también notó que los trozos de vidrio de la ventana rota no estaban en el interior, sino que permanecían desperdigados desde el marco hacia afuera ¿qué significaba eso? ¿que su amigo estaba en peligro y había tenido que huir apresuradamente? No, no tenía sentido, el cerrojo era muy débil y la ventana se abría hacia afuera, no tenía sentido que, incluso si hubiese estado en peligro, se diera el trabajo de romper el cristal hacia afuera en vez de simplemente abrir la ventana.
De un momento a otro tenía las manos vacías: su amigo que lo estaba ayudando a conseguir información con gran eficiencia desaparecía dejando un extraño mensaje, y la chica que ahora conocía su identidad había sufrido un grave accidente, sin darle tiempo a averiguar más acerca de los motivos por los que se encontraba en la ciudad; la lluvia volvió a arreciar. Decidió ir a casa y continuar con todo eso a la mañana siguiente.

Las emociones vividas la noche anterior habían hecho mella en el ánimo de Steve, de modo que no recibió muy bien la noticia de la desconexión de Doug del teléfono; esto, sumado a que el número de la casa de los padres de Miranda que figuraba en la guía no contestaba llamadas. A pesar de no estar de humor, de todas formas salió al recorrer las calles de las zonas de la ciudad en donde se habían reunido antes él y el muchacho, necesitaba dar con su paradero para poder seguir de alguna forma con la investigación. Se sintió un poco más aliviado cuando aproximadamente una hora después de búsqueda, lo localizó; iba caminando por una calle y de pronto lo vio, sentado en el suelo con la espalda apoyada contra la pared de una tienda de abarrotes que en ese momento se encontraba cerrada.

—Doug ¿qué sucedió? He estado llamando pero no contestas las llamadas.

El muchacho no se movió de dónde estaba, sólo le dirigió una mirada cargada de rencor.

— ¿Qué es lo que sucedió? ¿Por qué no me lo dices tú, Steve?



Próximo capítulo: La hiena al acecho