La última herida Capítulo 1: Desayuno y jarabe de fresa - Capítulo 2: Sin rostro

La última herida


Capítulo 1: Desayuno y jarabe de fresa


Un espacio puede ser tan agobiante como acogedor sin necesidad de cambiar nada de la estructura, todo depende de la mano que domine.
Esa expresión le pertenecía al profesor Acevedo del instituto, y Matilde la había aplicado a cabalidad en su departamento. Se trataba de un lugar compuesto por sala, cocina y el baño y la habitación por separado y que ella decoró de la manera más eficiente posible, con los muebles adecuados para que fuera funcional y las chucherías justas para darle un toque personal; aunque esa mañana de Jueves se había esforzado más, y aunque aún no daban las nueve, ya tenía agua a punto de hervir, flores en la diminuta mesa de la cocina y el pastel frío de frutas de la pastelería. Estaba revisando unos detalles cuando tocaron el timbre.

— ¡Hola!
— ¡Hermana!

Se dieron un efusivo abrazo; Matilde y su hermana Patricia eran muy unidas, y al mismo tiempo muy opuestas tanto en apariencia como en sus ocupaciones. Matilde era más bien delgada de rostro siempre sonrosado, facciones algo redondeadas en donde resaltaban sus ojos oscuros y el cabello lacio castaño, que llevaba más abajo de los hombros, mientras que Patricia era alta y atlética, de mirada viva y expresión inteligente y vivaz; esa mañana llevaba jeans y zapatillas, y el cabello peinado hacia atrás dejando despejada la frente.

—Qué alegría verte hermana, me tienes muy abandonada.
—Hace tiempo que no nos vemos.

Entraron al departamento, y como era su costumbre desde niñas la mayor fue directo a la cocina.

—Es tu culpa —la recriminó la menor cerrando tras sí— siempre estás en la unidad atrapando delincuentes.

La otra soltó una risita.

—Matilde, no soy "el hombre de acero" aunque reconozco que hemos tenido bastante trabajo últimamente. ¿Qué es éste aroma? Oh por Dios, encargaste un pastel frío de frutas.

Matilde tronó los dedos en señal de triunfo.

—Para celebrar que por una vez mi hermana viene a tomar desayuno conmigo, es un día especial.

Solo en ese momento recordó qué era lo que le parecía extraño.

—Ay no... Olvidé el jarabe de fresa.
—No te preocupes.
— ¿Cómo que no? —dijo poniendo los brazos en jarras— no es lo mismo sin el jarabe de fresa, tiene que ser como cuando estábamos en la secundaria y visitábamos a mamá y papá, ella hacía pastel los fines de semana, y aunque no es igual uno comprado tiene que llevar jarabe. Voy a la tienda.
—Está bien, como quieras...

Matilde iba a salir, pero se arrepintió y apuntó a su hermana, acusadora.

—Ni siquiera lo pienses, no hasta que tomemos desayuno.
—Un poquito para tomarle sabor...
— ¡No! —sonrió— mejor me acompañas.
—Está bien, además así veo un poco el barrio.

Las dos mujeres salieron del edificio conversando animadamente, y se encontraron en la entrada con un hombre joven en tenida deportiva.

—Hola Matilde.
—Germán —saludó ella sonriendo—, ella es mi hermana Patricia.
—La belleza es genética —sonrió él saludando—, seguro que tú no andas tan sola, ayúdala a encontrar un novio.
— ¡Oye, estoy escuchando!

El joven se alejó trotando mientras ellas retomaban la caminata.

—Oye tienes vecinos muy guapos, apuesto que por eso te conseguiste un departamento en un primer piso.
—No seas ridícula.
— ¿Y es verdad eso de que te ves muy sola por aquí?

Una de las características de Patricia, siempre haciendo las preguntas necesarias, nada al azar.

—No se trata de eso, lo que pasa es que entre los estudios y el trabajo no queda mucho tiempo; pero tenemos un grupo muy lindo del instituto, hay un chico que ha estado coqueteando conmigo pero no tengo nada muy claro. ¿Qué me dices de ti, o estás predicando y no practicando?

Lo mejor de la relación con su hermana es que tenían confianza absoluta, y que nunca dejaban de tener algo de qué hablar.

—Depende de a qué te refieres hermanita.

Patricia se había casado tan pronto salir de la secundaria con su novio con el que supuestamente se amarían por la eternidad, pero el matrimonio duró seis meses y se separaron para evitar una tragedia, y en palabras de la propia involucrada, un bebé en sus brazos; lo había superado pronto e ingresado poco después al cuerpo de policía.

—Si me refiero a novio...
—No tengo, pero eso no significa que no pueda escaparme por ahí de vez en cuando, no eres la única que tiene vecinos guapos.
— ¿Cómo que, algún detenido en la jaula de la unidad?

La mayor puso los ojos en blanco.

—Dios me libre, aunque ganas no me han faltado.
—Cuenta, cuenta —dijo la menor con cara de ansias—, debe ser interesante.

El barrio en el que vivía Matilde era sumamente tranquilo, de esos que están en el sector céntrico de la ciudad, pero que han sido desplazados por nuevas joyas arquitectónicas. Los edificios, en su mayoría de departamentos eran ocupados por estudiantes y trabajadores jóvenes que podían permitirse costos medios en lugares unicelulares o de pocos ambientes y no tenían problemas en desplazarse algunas cuadras hasta los medios de transporte o las vías transitadas.

—Bueno, el caso es que fuimos a investigar cuando la vecina llamó alarmada diciendo que alguien se coló en la sede de la universidad, y cuando entramos, encontramos a una pareja ardorosa en una sala.
—No te creo.
—Ella como hábil mujer se cubrió con un atlas del porte de una mesa de comedor, pero el pobre quedó con todo al aire; vieras como me suplicaba que no le dijera a su padre porque lo mataría y su novia lo iba a dejar.
— ¿Y estaba bueno?
— ¿Bueno? —entornó los ojos— tenía marcados los músculos en sitios donde no sabes que se pueden marcar, y eso que solo pude mirar lo que me permitía el cargo.
— ¡Como en las películas!
—Pero —anunció la otra—, creo que estoy hablando demasiado, dime un poco de tu trabajo.

Matilde esperaba dejar eso hasta después del desayuno por lo menos, pero no le había resultado desviar la atención.

—No estoy trabajando.
— ¿Cómo que no, qué pasó con el centro vacacional?
—Las cosas no se dieron muy bien —replicó quitándole importancia al tema—, así que a fin de mes terminé con eso.
—Es decir que llevas diecisiete días sin trabajo —comentó Patricia con el ceño fruncido—, debiste decírmelo antes.
—Pero iba a ser para preocuparte, además igual podías venir solo hasta ahora.

Dieron vuelta en la esquina y se acercaron a un almacén.

—No me culpes.
—No lo estoy haciendo, pero tampoco es tan grave.
—No, pero el crédito empezaste a pagarlo en Marzo, no pueden haberte pagado tanto.

Entraron en un pequeño almacén atendido por un hombre mayor que asintió con gentileza a modo de saludo.

—Buenos días señorita.
—Buenos días, necesito una salsa de fresa, líquida por favor.
—Por supuesto.

Unos momentos después salieron, pero entre las hermanas el ambiente ya no era tan distendido como antes.

—Mira, con lo que me pagaron dejé pagada la cuota de Mayo y aparte para el mes siguiente y tengo cubiertas las cuentas; además no es que no esté haciendo nada.
— ¿Es muy difícil el mercado?
—Tengo que presentar una propuesta y analizar muy bien la empresa a la que postule, para no tener problemas después, pero estoy en eso.

La explicación no parecía suficiente para Patricia, pero decidió no presionar más a su hermana por el momento.

—No me deja muy tranquila, pero vamos a hacer esto: si para el mes siguiente sigues sin trabajo, te meto al café de la unidad y no me importa nada.

Lo dijo medio en broma, pero por las dudas la menor prefirió no seguir con el tema y tomar nota mental. Siguieron el camino de regreso al edificio.

—Ahora que lo recuerdo —comentó Patricia—, hay algo que...

Iba a decir algo más, pero súbitamente su rostro se endureció y se quedó mirando fijamente a un punto indeterminado al oriente.

—Eso fue un disparo.
— ¿Qué? —Matilde había escuchado un sonido lejano, nada en particular— no creo, yo...
— ¿Qué hay en esa dirección?

De pronto el tono de voz de su hermana fue duro y seco; no estaba hablando con su hermana, sino con un testigo de algo ¿qué estaba sucediendo?

—Yo, este... edificios, creo que hay uno de una repartición pública pero...
—Voy a ir a ver qué pasa —sentenció la mayor comenzando a alejarse—, vuelve al departamento.

Pero la menor la detuvo.

—Espera, solo fue un ruido, puede ser otra cosa...
—Vuelve al departamento, es por tu seguridad.
—Pero...
— ¡Ahora!

Y sin decir más se alejó medio a la carrera hacia el oriente, en dirección adonde había mirado en primer lugar. Para Matilde el sonido muy bien podría haber sido un choque o cualquier otra cosa.
¿Qué se suponía que tenía que hacer? Saber que su hermana podía enfrentarse a todo tipo de peligro era muy distinto a verla involucrada, y era primera vez en todos esos años que sucedía. Y aunque seguía escuchando la orden en su cabeza, y la sensatez le decía que debería obedecer, no fue capaz y siguió a la carrera los pasos de su hermana, tratando de darle alcance. ¿Por qué tenía que pasar algo como eso justo el día en que iban a tomar desayuno juntas?
Lamentarse no iba a servirle de nada. Cuando Patricia entró en el cuerpo de policía, ni ella ni su madre estuvieron precisamente de acuerdo, a diferencia de su padre que se mostró encantado con la idea, ya que le parecía un verdadero honor que algún miembro de la familia decidiera servir a la patria; el carácter fuerte de la mayor de las hermanas y su tenacidad fueron vitales a la hora de  conseguir su objetivo, y en muy poco tiempo se convirtió en una oficial destacada y reconocida por todos sus compañeros y superiores. Era como en las noticias, cuando decían: oficial de civil intervino en el hecho, solo que esta vez era su hermana persiguiendo un sonido que podría ser cualquier otra cosa. Algunas cuadras después, Matilde logró dar con el sitio, pero toda la tranquilidad del barrio en donde vivía estaba completamente trastocada.

—Oh por Dios...

Un camión repartidor de gas a domicilio estaba detenido en medio de la calle, casi en diagonal, y con la puerta del copiloto abierta. Fuera de él estaba un hombre que no podía tener más de veintidós años, con la espalda pegada al vehículo y apuntando precariamente con una pistola. A metros de él, un policía de unos cincuenta años apuntaba de regreso, mirándolo fijo mientras Patricia apuntaba a su vez con su arma de servicio en medio de una atmósfera que podía cortarse. Matilde sintió que se quedaba sin aire.

—Baja el arma muchacho.

La voz del policía era amenazadora, pero en ese momento los movimientos del delincuente lo eran mucho más, daba la impresión que podía escaparse un tiro en cualquier momento.

— ¡No!

Estaba asustado, y eso a toda vista hacía más peligroso su actuar.

—Baja esa arma, vas a hacer una tontería.

La voz de Patricia era implacable, tanto que no sonaba como su hermana en esos momentos. Matilde deseó poder decir algo, advertirle o ayudar de algún modo, pero no pudo, se había quedado sin voz mientras miraba impotente una escena que parecía sacada de una película de acción, solo que ahí no había nada espectacular, solo una terrible sensación de peligro. Aún estaba ahí, a solo unos cuantos metros de distancia, mirando impotente: ambos policías se mantenían aún a tiro, desplazándose con movimientos calculados, como si se desplazaran, quizás buscando un mejor ángulo o solo para tratar de acercarse.

—No hagas una tontería hijo —exclamó el oficial de mayor edad con tono paternal—, vas a provocar otra tragedia, deja esa arma de una vez.

¿Otra tragedia? Eso podía significar que el conductor del camión yacía muerto o herido en el camión o del otro lado donde ella no podía ver. Había otras personas a cierta distancia, mirando atónitos igual que ella. Alguien debía hacer algo.

— ¡No! —gritó el delincuente sin bajar la pistola— no me van a llevar, no voy a ir a la cárcel de nuevo.

En ese momento todo se volvió un infierno.
Hubo un sonido, y luego algo o alguien empujó a Matilde, arrojándola de espalda contra la pared; el golpe hizo que quedara sin aire en los pulmones y su grito fuera solo una exclamación muda y sorda al tiempo que el impacto dejó en su campo visual una especie de neblina negra sustituyendo todo lo demás.

—Ahh....aahhh...

Cayó violentamente de bruces, aún sin poder reaccionar ni mucho menos entender lo que estaba pasando, sorda y ciega mientras se desplomaba. Pero un segundo después los sentidos volvieron, y el miedo que ya estaba en su interior se convirtió en espanto: había fuego, y gritos por todas partes, pero entre todo, lo que su inconsciente reconoció fue el grito desgarrador de Patricia. Intentó levantarse sin éxito, pero entre el esfuerzo consiguió ponerse sobre los codos, solo para ver a la mujer en el suelo, corvada por una especie de convulsión o estertor, antes de quedar tendida y completamente inmóvil.


2


Tuvo que gritar, patear y llorar como una loca, pero logró que los de urgencias la dejaran subir a la ambulancia.

—Escuche, voy a dejarla subir, pero ella está grave, si impide que los demás hagan su trabajo, la dejarán en la calle.

El hombre hablaba en serio cuando se lo dijo, y a pesar de estar angustiada y temerosa, Matilde tuvo que obligarse a controlar sus emociones y dejar que la gente hiciera su trabajo.

—Ella tuvo suerte.

Eso no tenía ningún sentido para ella. Estaba en la parte trasera de la ambulancia sentada e manera precaria, luchando con las lágrimas que inundaban sus ojos mientras los cuatro enfermeros o lo que fueran dedicaban su atención a Patricia, aunque nada de eso era como podía esperarse y todo parecía frenético cuando movían cables y frascos y mencionaban términos complicados continuamente; la máquina que mostraba el ritmo cardíaco enseñaba un repiqueteo irregular ¿eso era bueno o malo? En ningún momento la habían dejado acercarse, pero podía ver con claridad que tenía quemaduras al menos en la cara y el cuello, la zona derecha era una masa de piel quemada y roja, parecía inconsciente pero no podía dejar de pensar en lo que estaba sufriendo en esos momentos.

—Llegamos.

Ante el anuncio que el conductor dio a voces, nadie dejó de hacer su trabajo, lo único distinto es que la ambulancia entró en una semi curva sin disminuir la velocidad, y poco después se detuvo; la hicieron bajar, y acto seguido desplegaron las ruedas de la camilla para llevarla al interior, pero un enfermero se interpuso en su camino.

—Déjeme ir con ella —exclamó atropelladamente—, soy su hermana, no haré ruido, no haré nada...
—Tiene que quedarse aquí.
—Pero yo...

El hombre la tomó por los hombros, más como una forma de sujetarla que para calmar su ansiedad.

—Escuche, vamos a encargarnos de ayudar a su hermana, pero usted no puede hacer nada aquí adentro. Ahora tiene que sentarse y tranquilizarse, es lo mejor que puede hacer por ella. Voy a traerle un tranquilizante.

La llevó hasta un asiento y la dejó ahí. En ese momento la emoción pudo más, y comenzó a llorar convulsivamente.

—Matilde, hija.

La voz hizo que levantara la vista. ¿Cuánto tiempo llevaba así, cinco, diez minutos? Quien de acercaba por el pasillo era el oficial Cristóbal Manieri, el superior de Patricia. Matilde se puso de pie con lo que le pareció una lentitud atroz y dejó que él la abrazara cariñosamente.

—Tranquila, tranquila...

Manieri era un hombre grande, alto y de complexión recia, de espaldas anchas y brazos fuertes fruto de su juventud en el ejército; aún conservaba parte del atractivo que destacara cuando joven con su mirada de intensos ojos azules y la expresión sabia. Había sido uno de los primeros en confiar en las capacidades de Patricia, y su admiración por ella hicieron que se desarrollara una relación paternal.

—Me avisaron tan pronto sucedió.
—Todo ha sido tan repentino —replicó ella sollozando—, Patricia está, usted no  vio como estaba...
—Tranquila Matilde, tu hermana tuvo suerte.

Era segunda vez en el día que escuchaba lo mismo y el policía lo identificó en su mirada.

—El otro policía que estaba en el lugar murió.
— ¿Murió?
—Sí, es una tragedia, conozco a Martínez, su esposa está destrozada. Y no es todo porque el delincuente está crítico ahora mismo.

El policía se acercó a un enfermero que iba pasando.

—Disculpa, necesito saber quién está a cargo del turno.
—El doctor Sarturi.
—Por favor dile que Manieri necesita hablar con él.

Unos momentos después apareció un hombre mayor que saludó brevemente a ambos con una inclinación de cabeza.

—Manieri, buen día, acabo de enterarme de lo de Martínez, es una tragedia.
—Sí, lo sé. Escucha, la oficial Andrade llegó hace poco, ¿sabes algo?
—Lo está viendo Acacios, pero vi el cuadro general.

Matilde intervino mientras luchaba con las lágrimas.

—Doctor, soy su hermana, dígame como está ella por favor.

El hombre hizo una muy breve pausa. Llevaba muchos años y había visto de todo en su trabajo, pero nunca podía acostumbrarse a esa expresión, a esos ojos llenos de miedo, angustia y esperanza a la vez, esa alma aferrándose a cualquier tipo de esperanza posible. Pero estaba bien, el día que no le importara, dejaría de ejercer.

—Escuche, su hermana llegó hace muy poco y por lo mismo no puedo darle un diagnóstico completo, eso se lo dirán después, pero jamás le miento a mis pacientes; la oficial Andrade sufrió quemaduras graves.
— ¿Se va a morir?

No lo decía con conciencia del significado, sino como una forma de tratar de escapar de la peor de las posibilidades.

—Ella recibió atención oportuna, por lo tanto eso está descartado, ahora mi gente debe concentrarse en estabilizarla y evitar cualquier tipo de infección posible. Pero debo ser sincero, las quemaduras son graves, usted debe entender que la persona que conoce, nunca será la misma.
— ¿Por qué?
—Porque hay una altísima probabilidad de que su rostro quede desfigurado.



Capítulo 2: Sin rostro


Escuchar que era probable que su hermana Patricia quedara desfigurada de por vida significó para Matilde el mismo efecto que un golpe directo en el estómago.

— ¿Desfigurada?
—Como dije, no se trata de un diagnóstico, pero el nivel de quemaduras es extremadamente preocupante —explicó el doctor con voz neutra—, haremos lo posible por ella.
—Gracias —intervino Manieri haciéndose cargo—, por favor infórmanos de cualquier avance, también cuando pueda recibir visitas.
—La verdad le recomendaría ir a descansar —opinó el especialista—, ahora lo primordial es que mi gente haga su trabajo, es improbable que pueda recibir visitas pronto. Tengo que irme.

Matilde iba a decir algo, pero no supo qué decir; solo se quedó mirando como el doctor desaparecía tras una puerta.

—Oh por Dios...

Tuvo que sentarse nuevamente para evitar  caer al suelo; el viejo policía se sentó a su lado.

—Llamaré a sus padres.
— ¡No!

El hombre la miró fijamente.

—Matilde, entiendo que estés muy conmocionada por lo que acaba de ocurrir, pero en un caso como éste, sobre todo en un caso como éste, es primordial que todo el círculo de ustedes los apoye, que se apoyen mutuamente.

Los padres de las hermanas no vivían en la ciudad, llevaban toda la vida en el campo. La sola perspectiva de que se enteraran de lo que estaba pasando le provocaba un nudo en la garganta.

—No, no puedo hacer eso, mamá moriría de un susto, no puedo darles esa noticia así como así.
—Matilde —replicó el policía con tono paternal—, no puedes evitar que se sepa, tu hermana es una oficial de la policía, tarde o temprano la noticia va a saberse.

La joven sintió que se quedaba sin aire otra vez. Por supuesto, en términos comunicacionales, un oficial de policía era tratado de manera distinta a un civil común, siempre que ocurría algún  tipo de accidente o delito en el que se involucraba alguien de uniforme, la noticia se expandía con rapidez. Sus padres casi no veían televisión, pero eventualmente alguien les haría saber la noticia. Pero no podía, simplemente no podía.

 —No, no puedo, no puedo.
—Escucha —dijo él en voz baja—, entiendo que no quieras angustiarlos, pero está fuera de tu control. Además si se los dices tú será mucho mejor, puedes empezar por decirles que Patricia está fuera de peligro.

Quizás la noticia se hiciera bastante pública, pero  aún tenía un par de horas, a lo sumo, lo necesario para calmarse y decidir cómo actuar.

—Oficial Manieri, no puedo dejar que ellos se enteren ahora, no hasta que sepa qué es exactamente lo que está ocurriendo.

El hombre pareció concordar con ella.

—Tienes razón, lo mejor será esperar, pero quiero que sepas que no estás sola.
—Gracias.
—Tal vez necesitas hablar con alguien, llamar a personas cercanas de Patricia o tuyos. Lo más importante es que tengas apoyo.

Apoyo. Sentía que la cabeza le daba vueltas, llamar a alguien le parecía simplemente inconcebible, pero por otro lado era cierto que necesitaría algún tipo de ayuda. Su mente entonces voló a Eliana.

— ¿Dónde puedo hacer una llamada?


2


Eliana era una mujer baja, con un poco de sobrepeso en su figura, acentuado por el vestido de mangas anchas que llevaba en ese momento; vestía siempre de varios colores, y llevaba el cabello atado en un medio moño con un lazo a juego. En su rostro de facciones redondeadas se dibujaba la inquietud al momento de entrar en la urgencia, pero no estaba sola; Matilde la vio caminar por el pasillo junto a Soraya, ambas  sus amigas desde la época del instituto, pero también estaban acompañadas de Antonio, parte del grupo del instituto pero a quien no veía hacía mucho tiempo. Eliana la estrechó entre sus brazos.

—No me digas nada, ya tengo toda la información, no tienes que decir nada.
—Eli...

Iba a decir algo, pero una vez más las lágrimas asomaron a sus ojos, y eso que había logrado calmarse un poco en los recientes minutos, ayudada en gran parte por el calmante que le habían suministrado. Soraya también la abrazó, quedando las tres fundidas en un abrazo colectivo, las otras dos sosteniendo a quien en ese momento estaba  pasando por un mal trance. La joven se secó las lágrimas.

—Gracias por venir, es muy importante para mí.
—Para eso estamos amiga.
—Y no digas tonterías —exclamó Soraya—, debiste llamar antes, somos tus amigas, sólo dinos que es lo que podemos hacer por ti.

Soraya tenía un carácter muy fuerte, era tan llamativa como se veía: era alta y fuerte, usaba un corte de cabello sumamente osado, irregular y resaltando el color oscuro, que probablemente sólo le quedaba bien a ella. En ese momento usaba camisa y jeans, una tenida casual pero elegante, justo a su medida.

— ¿Has tenido alguna noticia?
—En la última hora no.
—Déjame ir a preguntar a ver que noticias hay.

Sin decir más, Soraya se alejó hacia la recepción que estaba a la vuelta del pasillo en donde Matilde había pasado la ultima hora y media. Antonio se acercó y abrazó cuidadosamente a la joven.

—Lo lamento mucho por tu hermana y por ti.
—Gracias.
—Estoy aquí para ti, estoy contigo para lo que necesites.

Durante un instante no dijeron nada, pero la imagen del hombre subió muchos puntos con esa aparición; poco antes de salir del instituto, ella y Antonio tuvieron un altercado académico, porque se embrollaron en proyectos similares para presentar como calificación y, en parte por inmadurez y en parte por la presión, discutieron y se culparon mutuamente, situación que nunca hablaron pues después de la titulación él tomó algún trabajo y desapareció del mapa. Que ante una dificultad se presentara desinteresadamente significaba en realidad mucho.

—Muchas gracias por venir.
—No tienes nada que agradecer.

Soraya volvió a paso firme.

—Acabo de hablar con la enfermera y me dice que de un momento a otro tendremos un informe sobre Patricia.
— ¿Cómo conseguiste averiguar eso?
—Le pregunté qué tan fuertes estaban los turnos aquí y le hablé de lo duro que es el trabajo y como me preocupo por mi hermanita.
— ¿Cual hermanita?
—Es una amiga que es enfermera, esos datos siempre sirven Eliana —afirmó simplemente—, lo importante es que vas a tener algo de información.
—Estoy tan nerviosa —dijo con voz cansada—, se suponía que solo íbamos a tomar desayuno, pero luego ocurrió todo tan rápido, no puedo creer que ahora esté en ese estado...

En ese momento apareció un doctor y se les acercó; Matilde había hablado con él algunos minutos antes para conocer alguna novedad.

—Señorita Andrade.
—Doctor, ¿Hay alguna novedad?

El hombre hizo un asentimiento leve a modo de saludo a todos.

—Su hermana se encuentra fuera de peligro vital, pero las quemaduras que sufrió son preocupantes.
—El doctor dijo que eran de mucho cuidado.
—Lo son —replicó con voz neutra, aunque frunciendo ligeramente el ceño—, su hermana sufrió quemaduras producto de la explosión de un balón de gas de uso doméstico; no tengo mayores datos del sitio en donde ocurrió, pero ella tuvo suerte porque la onda expansiva previa al fuego la arrojó hacia atrás, lo que significa que al ser alcanzada por el fuego, éste tocó su cuerpo en un ángulo más beneficioso si lo hay.
— ¿Qué significa?

El doctor explicó simplemente con las manos, dejando una con los dedos apuntando hacia el techo y la otra en diagonal.

—Si hubiera estado de pie, el fuego habría quemado las vías respiratorias, intoxicando en segundos el sistema, lo que la habría expuesto a quemaduras internas, daño pulmonar y a un shock séptico, en un caso más avanzado. Al caer de espalda, de ésta manera, las vías respiratorias quedaron a salvo del fuego, por lo que las quemaduras son principalmente externas, lo que no quiere decir que no sean de cuidado: providencialmente el ojo derecho no sufrió daños, pero la piel del lado derecho del rostro, el cuello, el hombro y parte del brazo fueron afectadas, son lo que se conoce como quemaduras tipo B, que son las más graves —el doctor hablaba a un ritmo continuo, pero sencillo de entender—, éstas lesiones requieren un largo tratamiento, medicamentos, injertos de piel y sumo cuidado.

El hombre hizo una pausa, que Matilde aprovechó para intervenir.

—Quiero verla doctor.
—En éste momento está dormida por efecto de los sedantes, probablemente por la tarde será más propicio verla; ahora lo primordial es que usted se tranquilice, tiene que estar preparada para verla.

Preparada. Otra palabra que no tenía sentido.

— ¿Qué quiere decir con preparada?
—Escuche, siempre soy directo con mis pacientes y no voy a mentirle. La mujer que usted conoce, no será la misma que verá después; una herida, en éste caso una quemadura en una zona visible, más aún en el rostro, cambia a la persona, y como su hermana es bueno que lo sepa para que pueda ayudarla. El primer cambio es visual, la quemadura que sufrió en la cara puede, y será tratada, pero al ser del tipo que es, la piel nunca quedará igual, ella tendrá que aprender a convivir con esa parte de su persona modificada, arruinada para siempre. En muchos casos éste tipo de heridas provocan trastornos de comportamiento en la persona afectada, quien ve que todo su espectro personal, lo que es para el mundo, está destruido; tanto ella como su familia necesitarán apoyo sicológico, para ayudarla a enfrentar ésta nueva forma de vida. Lo sé porque trabajé años en un centro de ayuda a quemados, y créame cuando le digo que, si bien su hermana es afortunada por seguir con vida, es probable que por mucho tiempo se sienta desdichada de no haber seguido el mismo rumbo que el otro policía. Cuando su hermana sea trasladada a una habitación podrá verla, ahora tengo que atender otros pacientes.

Ninguno de los cuatro dijo nada mientras el doctor volvía a sus labores, pendientes de la desoladora expresión que surcaba el rostro de Matilde; su hermana, su graciosa y fuerte hermana, la policía, la protectora, la divertida, había pasado por una situación que había marcado con fuego el cuerpo, y probablemente, también el alma.


3


  Parecía que estaba en trance, pero aunque le habían dicho que estaba saliendo de la inconsciencia inducida por los medicamentos, Patricia no daba ninguna señal de percatarse de su presencia o la de nadie a su alrededor; a Matilde se le rompió el corazón cuando al fin pudo entrar en la habitación en donde estaba recostada su hermana.

—Patricia...soy yo, Matilde...

El doctor le había advertido de lo que iba a ver, aunque ciertamente nunca se está preparado para ese tipo de impresiones. La mujer tenía rasurada casi toda la parte derecha de la cabeza por causa de las quemaduras y el tratamiento, pero la verdad de aquellas heridas permanecía oculta bajo las vendas y parches, que abarcaban también el ojo, la mejilla y parte de la barbilla. Y la piel quemada se dejaba notar de todas maneras.

—Escucha, yo...

Trató de seguir, pero sintió un nudo en la garganta; se había esforzado por entender que llorando no la ayudaría, y que debía estar fuerte y serena. No era momento para llorar, en esa ocasión ella estaba obligada a ser quien protegiera.

—Sé que estás confundida y que tienes miedo y dolor, pero debes saber que estoy aquí, que todos los que te queremos estamos aquí. Te vamos a curar, vamos a ayudarte a que estés bien así que tú solo debes estar tranquila y confiar en nosotros, todos te vamos a apoyar.

El silencio de Patricia solo podía compararse con su quietud, inmóvil como si en el más profundo sueño siguiera sumida; pero tenía los ojos abiertos, estaba despierta o despertando y aun así no había reacción. ¿Que debía hacer?

—Te amo hermanita.

Durante muchos años se habían tratado cariñosamente de hermanita e incluso muchas veces en la actualidad lo hacían, pero nunca antes esa frase coloquial había tenido tanto sentido como en una situación como esa. Sin embargo ella misma estaba llegando a su límite en ese momento, y su única opción era mantener la careta con la que entrara algunos minutos antes.

—Ha venido gente ¿sabes? —dijo tratando de sonar natural—, tengo que atenderlos un poco, ahora que también voy a decirles que ya estás enterada de su compañía. Volveré en un rato.

Se puso de pie con lentitud, sin querer parecer apresurada o demostrar que huía de algo o de ella misma, y le dedicó una larga mirada mientras el corazón le azotaba el pecho por la emoción; optó por no decir nada más ante el peligro de quebrarse, y salió cerrando muy lentamente la puerta.
Una vez fuera, aún creyendo solo momentos antes que lloraría, se quedó quieta sintiendo un agudo y punzante vacío en su interior, silencio frío igual que el que había en el interior de la habitación.
Los demás estaban en la cafetería, iría con ellos a sentarse un rato; mientras caminaba por el pasillo se metió las manos en los bolsillos del pantalón, y la izquierda chocó con el teléfono celular.

— ¿Que...?

Se sorprendió de encontrarlo, básicamente porque estaba pensando en cualquier cosa menos en el celular desde el momento en que ambas habían salido del departamento. Estaba apagado e seguro producto del golpe cuando cayó en la calle, pero que lo estuviera no significaba nada en ese momento, en realidad nada significaba mucho para ella después de esa charla con el silencio.

—Oh por Dios...

Solo en ese momento la imagen de la tía Silvia apareció en su mente, y su estómago dio un vuelco. Mientras apuraba el paso hacia la cafetería, mantenía oprimido el botón de encendido del dispositivo; tía Silvia era hermana de su padre y no era del tipo de personas que pueden calificarse como malas, pero tenía la pésima costumbre de comunicar las malas noticias de golpe y tan pronto como llegaran a sus oídos, lo que significaba que mientras ella estaba negándose a llamar a sus padres para revelarles la noticia del horrendo accidente la tía podía haberlos llamado para contarles  ¿cuánto tiempo pasó desde que llegaron los equipos de socorro? No lo sabía, había perdido la noción del tiempo por completo desde que vio a su hermana enfrentando a un delincuente en la calle, y de pronto el tiempo transcurrido era vital.

— ¿Qué pasa?

El celular no encendía. Comenzó a andar casi al trote hacia la escalera que llevaba al segundo piso donde se encontraba la cafetería, mientras le quitaba torpemente la tapa al celular y removía la batería para poder encenderlo de una vez. Llegando al segundo piso estaba entrando en pánico.

— ¿Que pasa Matilde?
—Mi celular no enciende —replicó forcejeando con el aparato—, no enciende, tengo que revisar algo ahora.

Eliana le quitó el celular de sus manos temblorosas e hizo el procedimiento, pero el objeto no respondía.

—No sé qué le pasa, pero no enciende ¿a quién tienes que llamar?

Había llamado a Eliana desde el teléfono de la urgencia, y si su celular estaba apagado no podía saber si tenía llamadas perdidas ¿y si su madre estuviera llamando desesperada mientras tanto?

—Necesito revisar la agenda de mi teléfono —replicó con nerviosismo—, tengo que encontrar a mi tía Silvia.

Soraya y Antonio se acercaron a ver qué pasaba en la entrada de la cafetería, pero como de costumbre ella reaccionó primero y puso la tarjeta del celular en el suyo y lo encendió.

—Mira, ya está resuelto, puedes ver la agenda y todo.

Matilde recibió agradecida el celular e ingresó a la lista de llamadas perdidas en donde figuraban varias de sus amigas allí presentes y un par más, pero ninguna de la tía Silvia. ¿Qué iba a hacer? No podía llamarla para preguntarle si había o no llamado a sus padres o conocido la noticia, si no era así la pondría sobre aviso.

— ¿Han visto las noticias?
—Si —reaccionó Soraya a la velocidad del rayo—, aquí está la señal de noticias, pusieron un extra sobre el accidente aunque no dieron muchos detalles, en la edición del mediodía debería pasar algo.

Faltaban veinte minutos para el mediodía.

—Matilde —intervino Eliana con cuidado— ¿qué ocurre, qué pasó cuando viste a tu hermana?
—Necesito saber si la noticia del accidente es pública, es decir si ha salido en muchos medios.
—Yo puedo revisar eso si lo necesitas —intervino Antonio—, si quieres lo veré en un minuto.
—Si, por favor, muchas gracias.

El hombre sacó de su bolsillo un moderno celular y comenzó a navegar en la red a través de él, mientras las mujeres se ocupaban de Matilde.

—Amiga, dinos qué pasa.
—Es mi tía Silvia —explicó revolviendo el teléfono en las manos—, ella es muy escandalosa, temo que les diga a mis padres lo que está pasando.
— ¿Pero es que no los has llamado?
—Eli, son personas mayores, mi padre tuvo problemas al corazón, no puedes llamarlos de golpe para decirles algo así, además recién hace unos minutos sé con alguna claridad lo que pasa.
—Sí, lo siento, tienes razón.
—Lo que me preocupa es que ella lo haya hecho.

Se quedó un momento en silencio, ordenando sus ideas; su tía trabajaba en un alto cargo administrativo en una compañía de servicios digitales, era por lo general una mujer ocupada en días de semana, al menos hasta el almuerzo, y esa era una hora perfecta para enterarse de chismes y ver las noticias ¿almorzaría a la una, quizás a las dos? Eso significaba que, descontando las personas del pueblo o los trabajadores de la hacienda, el principal peligro de que sus padres recibieran la noticia de manera inesperada estaba a una hora de distancia.
En ese momento el teléfono anunció con luces y estruendo una llamada, que la hizo dar un salto de susto. Pero solo fue el inicio, porque el número que figuraba en pantalla, era el de la casa de sus padres.

—Es de mi casa...

Eliana le iba a quitar el celular al ver como palidecía, pero Matilde no la dejó.

—Tengo que contestar.
—Pero mira cómo estás, déjame hablar con ellos.

Tenía ganas de vomitar solo de pensar en el estado mental en que estarían ambos, sin contar siquiera si quien llamaba era su madre llorando porque a su padre le hubiera dado un ataque. Pero tenía que contestar. Durante un aterrador instante miró el celular como si éste pudiera hablarle por sí solo, pero al final se obligó a contestar.

—Hola.

Tenía la garganta seca, pero para su sorpresa, quien habló del otro lado de la conexión fue su padre.

—Matilde.
—Papá...
— ¿Quieres explicarme qué es lo que pasa con Patricia, qué sucede?



Próximo capítulo: Cristales en mil pedazos