No traiciones a las hienas Capítulo 4: Una forma distinta de buscar



Gotham. Cercanías de instalaciones de Waynetech.

Steve había terminado de guardar los guantes y el gorro pasamontañas en uno de los bolsillos laterales del pantalón cuando vio el rostro de mirada aguda y vivaz, con una media sonrisa dibujada en los labios.

—Rayos.

El muchacho comenzó a correr de inmediato en cuanto entendió lo que estaba sucediendo, y Steve se vio obligado a empezar a correr detrás de él; lo que menos necesitaba en ese momento era más actividad física, pero obligó a sus músculos a responder y seguirle el paso. El otro hizo algunas fintas entre los árboles y creyó haberlo burlado, pero Steve fue más astuto y lo alcanzó, aprisionándolo contra un árbol.

— ¿Adónde Ibas con tanta prisa?
—Tranquilo, sólo pensaba darte un poco de espacio chico enmascarado.

Steve hizo más presión.

—Me viste y saliste disparado ¿qué es lo que pretendías hacer, ir con la policía?
—No es necesario que te alarmes. Ya te dije que sólo quería darte espacio, no tengo interés en lo que estás haciendo, nunca lo tengo con nadie.

En ese momento el hombre se dio cuenta de lo que su paranoia había hecho en un momento como ese; estaba tan concentrado en pasar desapercibido y mantener sus trabajos nocturnos escondidos, que no se había puesto a pensar en que a algunas personas podría simplemente no importarle. Sólo en ese instante se fijó en que el muchacho era un mendigo o algo parecido a una persona sin hogar: no estaba andrajoso ni sucio, sin embargo la ropa era evidentemente antigua y estaba desgastada; reconoció en la polera un texto que había sido muy famoso 20 años atrás, escrito en unos caracteres muy llamativos decía “Esto no es la época dorada” La imagen de la mano con el anillo se había desvanecido por completo.

—Vives en este parque.

El muchacho lo miró fijo de reojo, decidiendo si debía reconocer que vivía en la calle o intentar alguna típica mentira. La decisión de los ojos de quien lo tenía aprisionado lo convenció de hablar.

—No vivo en ninguna parte ¿de acuerdo? ¿quieres soltarme?
—No hasta que me digas por qué saliste corriendo de esa forma.
—Tú me perseguiste.
—No hagas juegos de palabras; responde.
—Está bien ¡está bien! Es obvio que en esta ciudad las cosas están muy difíciles últimamente, con todos esos locos sueltos armados, nunca sabes si el próximo que trae una máscara puede ser un psicópata. Así que yo sólo trato de mantenerme a salvo, escucha, en serio tengo muy mala memoria, en cinco minutos no recordaré haberte visto.

No, no es así, pensó Steve. Soy un hombre atractivo, tengo el cabello y los ojos claros, pero mis rasgos son fuertes, transmito inteligencia y decisión, no es sencillo que mi rostro pase inadvertido. Pero el tuyo sí. Has vivido tanto tiempo en la calle que has conseguido mimetizarse con todo a tu alrededor, eres una de esas personas a las que uno le arroja una moneda al pasar, uno de esos a los que le hace el quite cuando huelen mal, pero a los que les pagan una miseria por cortar tu pasto o ayudarte a cargar unas cajas en la mudanza.

Soltó al muchacho y quedó viéndolo detenidamente.

— ¿Qué edad tienes?
— ¿Por qué lo preguntas?

Sin embargo no se movió de allí, su mente inteligente y vivaz estaba analizando la posibilidad de sacar algún provecho, y al mismo tiempo de encontrar una buena opción para correr.

—Necesito a alguien que trabaje para mí.

El chico se apartó haciendo gestos con las manos, aunque aún sin alejarse del todo.

—No, no, escucha, no soy de esos, puedo recomendarte algunos lugares si es que no eres de esta ciudad.
—No necesito que me recomiendes ningún lugar —replicó—, lo que quiero ofrecerte es un trabajo honrado.
—No te entiendo.

No podía decirle sus verdaderas intenciones porque eso pondría de manifiesto el peligro; sin embargo, que el muchacho pensara que no era de ahí podía servirle mucho.

—Soy escritor, mi apellido es Broome, vine a esta ciudad a nutrirme de material para mi próxima novela.
— ¿Y qué tiene que ver el gorro y todo eso?

Steve lo miró con las cejas alzadas, condescendiente.

—Es una novela sobre las vidas de las personas comunes y corrientes cuando están en peligro por culpa del crimen en esta ciudad; necesito estar en lugares y situaciones, todas esas cosas que no salen en la prensa; estuve haciendo un recorrido durante la noche, poniéndome en el papel de un delincuente que se escabulle por las calles, pero no conozco bien la ciudad y estoy seguro de que tú conoces cada rincón y a mucha gente.

La mentira sonaba muy convincente. Gotham había salido mencionada en distintas obras tanto de novelistas como de sociólogos; el muchacho sopesó las palabras un instante.

—Quieres que te muestre lugares o te presente personas.
—No, quiero que me ayudes hacer una sombra en esta ciudad, para poder ver lo que hace la gente. ¿Acaso nunca te ha pasado que sientes que todos a tu alrededor pasan junto a ti y sin poder verte?
—Todo el tiempo.
—Pues puedes usar eso en nuestro beneficio —continuó con un destello en los ojos—, podemos reírnos de sus patéticas vidas mientras me ayudas a recolectar material, y además te pagaré.
— ¿Cuánto?
—No te pongas tan ansioso, primero veamos qué es lo que podemos encontrar ¿Qué te parece si nos juntamos esta noche aquí? te daré un celular para que podamos estar comunicados.

La oferta de dinero, diversión y un objeto material dio el resultado que Steve esperaba, y el muchacho se animó con la promesa de volver a encontrarse dentro de algunas horas; emprendió el camino de regreso a la casa, cansado y adolorido pero con una interesante expectativa de lo que podía lograr a través de él. Cuando se encontraba en la calle correspondiente a la casa de sus padres, escuchó una voz que lo inquietó.

—Steve querido.

Cuando la vio salir de una de las casas la reconoció de inmediato, y se sorprendió de ver que casi no había cambiado en los últimos años. Baja, regordeta, de piel blanca siempre maquillada como una ama de casa conservadora y con el cabello rubio con ondas hasta arriba de los hombros, enfundada en un traje dos piezas digno de un comercial, Samantha Miscoe era vecina de sus padres por algunas casas de diferencia, era una chismosa entrometida; se le pasó por la mente evitarla, pero de inmediato pensó que tal vez no sería tan mala idea hablar un poco con ella.

—Señora Miscoe.
—Steve querido, supe que a tu padre lo internaron otra vez, debes estar destrozado.

En 48 horas ya estaba enterada de bastante.

—Sí, las cosas han sido difíciles.
—Me lo imagino —dijo ella compungida—, y además suceder algo como esto justo ahora, es lamentable.
— ¿Lo dice por la depresión de mi madre?
—Sí, no, bueno, ya sabes que todo fue muy complejo cuando tu padre tomó esa decisión ¿verdad?

Estaba sucediendo algo que desconocía, así que decidió actuar con cautela.

—La verdad es —dijo con tono confidencial—, que nunca supe que las cosas hubieran llegado hasta ese punto.
La mujer hizo un ademán con las manos, como para restarle importancia al asunto.

—Desde luego querido, es lo que los padres hacemos siempre para evitar las complicaciones a nuestros hijos. Supongo que al final todos somos un poco sobreprotectores ¿no es así? —Por suerte prosiguió sin esperar a que él dijera algo— Si no fuera por esta contingencia, estoy segura de que nunca te habrías enterado; cuando tu padre tomó la decisión varios meses atrás de liquidar la empresa, tu madre no estuvo de acuerdo y estaba muy alterada, decía que iba a ser la ruina para la familia. La verdad es que me sorprendió, porque Dana nunca ha sido así, es decir siempre ha parecido tan mesurada y tranquila.
—Nunca me dijeron nada de eso.
—No claro que no —repuso ella—, y sabes que en cierto modo los entiendo: Tú estudiando en Atlanta con todas esas responsabilidades y sabiendo que eras el futuro de la familia, que tus padres habían depositado sus ahorros y sus esperanzas en ti ¿qué objetivo habría tenido decírtelo? No, no lo hizo, sólo habría servido para desmoralizarte y poner en riesgo lo que habías hecho. Dana me contó que tuviste que hacer un esfuerzo enorme para conseguir la beca, y lo cierto es que ganar un beneficio como ese de una subsidiaria de Lexcorp no es algo que escuchas todos los días.

Mientras escuchaba con atención cada palabra, Steve entendió que su madre había inventado una historia para explicar su ausencia desde que era adolescente, y todo indicaba que había construido todo de manera que pareciera que habían estado en contacto durante todo este tiempo.

—Entonces le dije —continuó ella— que se estaba preocupando demasiado, y que ya era hora de que ambos se tomaran en la vida con más calma, tu padre quería regalarte el automóvil como premio por tu excelente desempeño y desde luego que iba a quedar un fondo para ellos, y podrían invertir; le dije a tu madre que disfrutara la vida, pero no había caso, insistía que no era una buena idea y que no estaba de acuerdo con tu padre, así que no me extrañó cuando ella entró en depresión después que ese sujeto los estafara con el dinero de la empresa y todo el asunto de la inversión; y ahora asaltan a tu padre y sufre esas heridas.

Lo miró en cierto modo anhelante por escuchar una réplica a su preocupación por el asunto; entonces su madre había mantenido la ilusión de una familia perfecta aún en su ausencia, había aprovechado que no estaba ahí para desmentirla, para seguir durante diez años con la mentira, logrando con ello que el mundo a su alrededor sintiera que todo coincidía a la perfección. Un momento.

—Lo cierto es… que sólo puedo decirle que estamos luchando para salir de esta situación, y que yo en persona estoy haciendo mi mejor esfuerzo.
—Sabía que no decepcionarías en una situación adversa —dijo ella sonriendo—. Recuerda que puedes contar conmigo.

Se deshizo de ella con la mayor elegancia posible y entró a la casa caminando rápido, con el corazón oprimido en el pecho ¿Cómo podía haber pasado por alto un dato como ese?
Su encuentro con el acupunturista había sido muy poco después de su llegada a la ciudad, y Carnagge le dijo que El amuleto estaba muerto, cosa que él mismo había podido confirmar luego de cierta investigación a través de los obituarios y los reportes de la policía. El amuleto había muerto aproximadamente un día después de la golpiza que había sufrido su padre, es decir antes de la llegada del propio Steve a Gotham, lo que quería decir que el perro muerto con la advertencia escrita en sangre no podía haber sido dejado por él. Con la cabeza dando vueltas por la información, algo en la sala se abrió pasó en su mente y lo hizo ver con claridad.
Alguien había entrado en la casa en su ausencia.
Sobre la mesa de Centro había un post it de color naranja, pequeño como un billete doblado de un dólar, escrito con la misma caligrafía elegante y bien definida con que de manera macabra habían plasmado en letras con sangre en el dorso del animal muerto; el texto otra vez decía algo que era importante resumido en pocas palabras.

“Me pregunto si a tu padre le habrá impresionado la visita.

—Oh por Dios…

De pronto entendió qué es lo que había escapado a su control desde aquel momento; la persona que había delatado a El amuleto se había puesto en acción casi de manera simultánea a los hechos perpetrados por este mismo contra su padre. Había plantado la amenaza sin saber lo que estaba sucediendo, intentando protegerse luego de entregar a quien de manera posterior terminaría flotando en el río.

—Eso significa que —dijo en voz alta, tratando de convencerse de la sencillez del hecho y su estupidez al pasarlo por alto— la persona a la que estoy buscando es… quién delató a El amuleto con Kronenberg es… alguien a quien mi padre conoce…

Y la nota le daba a entender con toda claridad que había ido a hacerle una visita a la urgencia donde se encontraba internado.

2

Para el momento en que llegó a la urgencia, comprobó que su temor era fundado pero, por demás, inútil. Le confirmaron que su padre había despertado durante la noche y parecía estar en recuperación, pero de manera posterior, al alba, había empeorado y, debido a lo delicado de su estado, se vieron obligados a someterlos a un tratamiento sedante que lo mantendría fuera de este mundo al menos por 48 horas más.
La pregunta que tendría que haberle hecho desde el principio era quién lo estaba amenazando, no con quién había hecho el trato.
“No me hagas recordar sus colmillos en mi garganta”
¿Ahora cómo iba a saber de quién hablaba?
Había supuesto que se trataba de la banda del amuleto, pero ¿Qué tal si después de intentar oponerse a los criminales, hubiera descubierto la traición? ¿Qué tal si esa persona hubiera acordado con él entregar al delincuente a cambio de silencio y compartir las ganancias, y ante  la posibilidad de perder todo se viese obligado a ceder? Carnagge le había dicho lo que sabía y que de manera muy probable era la verdad, que El amuleto había abarcado más de lo que era capaz de controlar, pero eso no significaba que los acontecimientos estuvieran conectados de la manera en que él había creído.

—Maldición.
El traidor no estaba en la mira de los delincuentes más grandes, pero igual quería protegerse, amenazando a su padre, y ahora a él; eso significaba que sabía que estaba involucrado, pero no daba por sentado que conociera de su alter ego. Alguien caminaba cerca de él y trataba de observarlo, era un riesgo, pero a la vez, la oportunidad de atraparlo, sólo tenía que ser más inteligente que él.
Por la tarde se encontró con el muchacho, quien miró con aparente desinterés el celular que este le entregó.

—No está mal.
—No es para que juegues con él, sino para que estemos comunicados —le dijo cortante—, escucha, hay una historia que me ha llamado mucho la atención y quiero que investigues acerca de ella, es sobre un sujeto al que le dicen El amuleto.

El muchacho meneó la cabeza, pensativo.

—Su nombre no me suena de nada.
—Es un don nadie —explicó Steve con tono profesional—. Supe que existe cuando visité un bar en las cercanías del barrio chino, y por lo que entiendo, es una especie de hacedor de tratos entre la gente común y los criminales que se disputan las zonas.
—Ah, hace limpieza.

El muchacho era tan inteligente como se lo esperaba.

—No lo conozco a él pero sí entiendo a lo que te refieres ¿por qué te interesa? Los que hacen limpieza son aburridos e inofensivos, sólo hacen amenazas en nombre de otros o pagan por algunos beneficios.
—Por eso mismo —replicó Steve—, porque una persona así está justo en medio de la sociedad, igual que tú por la forma en que vives, igual que yo por mi trabajo. Quiero saber qué opina él de la vida, o al menos saber en qué ambientes se mueve, voy a tomar su historia como una parte de mi novela.

El muchacho se encogió de hombros.
—Está bien, si es eso lo que quieres, averiguaré sobre él ¿quieres que lo siga?
—Que o sigas, que averigües con cuánta gente trabaja, donde bebe cerveza, cualquier cosa sobre su vida, incluso para quien trabaja, supongo que podrás hacerlo.
—Es posible…
— ¿Qué te pasa Doug?
—Es que aún no me has dicho cuánto es lo que me vas a pagar y esto que me estás pidiendo no es sencillo…
—Te pagaré cien dólares por información importante —repuso con sencillez— y será más a medida que me entregues datos aún más sabrosos, piensa que quiero que me cuentes lo que sale en los reportajes, cuando hablan de los delincuentes. ¿podrás hacerlo?

Los ojos del muchacho brillaron.

Una vez terminada la reunión con Doug, Steve se dedicó a pensar en qué es lo que podía hacer para atrapar al sujeto que estaba persiguiéndolo; estaba en desventaja al no conocerlo, pero por otra parte estaba preparado y sobre aviso ¿cómo podría ese tipo imaginar que él, el hijo que volvía a apoyar a sus padres en el dolor era en realidad un merodeador nocturno?
El policía.
De pronto se dijo que sus apreciaciones podían estar equivocadas también en lo que se refería a ese extraño sujeto, ese en apariencia débil, pero que lo había puesto contra las cuerdas. Existía la posibilidad de que su aparición fuera casual, pero no su forma de actuar ¿y si en vez de policía fuera un enviado de este misterioso traidor? Eso explicaría por qué tenía tantos conocimientos de artes marciales, pero no por qué no había aprovechado la oportunidad de matarlo. Eran demasiadas cosas sobre las que no tenía certeza.

—Steve ¿eres tú?

Salió de su ensimismamiento, para toparse frente a frente con alguien a quien no creyó volver a ver.

— ¿Marcus?

Marcus era un amigo de la primaria, prácticamente el único que había tenido; el resto siempre le parecieron mediocres. Era inteligente, fuerte, bravo y arrogante, le gustaba exhibir su dinero y no se culpaba por ello, y quizás fue una de las únicas tres personas a las que extrañó cuando se fue de Gotham.

—No puedo creerlo hombre, te reconocí después de cuanto ¿diez años?
—Es como si no hubieras cambiado amigo.

Por un momento se olvidó de lo que lo molestaba; el hombre era una montaña de músculos debajo de una sudadera y pantalones holgados, llevaba una mochila a la espalda y lucía el cabello húmedo, corto como ya lo usaba cuando eran adolescentes.

—Pensé que jamás nos íbamos a volver a ver, mucho menos en Gotham ¿Qué tal si tomamos algo y charlamos?

No pudo negar la invitación; tal como lo anticipaba su carácter, Marcus había salido de la secundaria y gracias al dinero de su familia, comenzado un negocio de clubes nocturnos en Metrópolis que después de varios años eran su fuente de ingresos. Le explicó que estaba en Gotham visitando a sus padres, unos riquillos que vivían en el sector acomodado de la ciudad, en donde la delincuencia era a menudo detenida por cámaras de seguridad y armas de todo tipo.

—Así que procuro mantener las relaciones en buenos términos, ya sabes que la familia es la familia.
—Y les debes tu cadena de clubes.

El otro rió de buena gana.

—Por suerte sólo les debo el punto de partida, y eso está pagado hace tiempo ¿sabes? Cuando éramos niños te dije que iba a tener un negocio en donde iba a divertirme siempre y fuiste el único que me creyó.
—Te conozco, sabía que lo lograrías ¿a qué te referías con eso de “está pagado”?

Marcus se encogió de hombros.

—Sabes que soy mejor para los negocios que para los estudios, fuiste a la universidad ¿verdad?
—Sí.
—Yo no. Salí de la secundaria y le dije a mi padre que ya había aprendido la lección de estudiar en una secundaria que no fuera exclusiva, pero que era momento de iniciar mi propio negocio; redacté un contrato, en el que se comprometía a prestarme el dinero para poder instalar un bar fuera de Gotham, y yo determinaba ahí el plan de pagos. Se divirtió con la idea pero me respetó, así que al curso de tres años tenía todo pagado, y después todo ha sido ganancias.

Era lógico que le preguntara qué hacía allí y que las consecuencias fueran humillantes, pero Steve tomó otra vía, aprovechar la situación y la obvia admiración que aún existía entre ellos después de tantos años.

—Pues te felicito amigo, de verdad; quisiera decirte que estoy tan bien como tú pero, ya sabes, a veces tienes que enfrentarte a cosas inesperadas.

El otro adoptó un tono más serio.

— ¿Tus padres…?
—Están vivos, pero en malas condiciones. Papá fue atacado en un asalto y mamá está con una fuerte depresión por ese mismo motivo, por eso tuve que dejar mi vida en Atlanta y venir a hacerme cargo; mi padre cometió muchos errores.
—Diablos.

Tal como lo pronosticó, Marcus entendió su pasar y le ofreció ayuda y amistad.

—Entonces dices que averiguaste que se trata de una banda de criminales que lo atacaron.
—Sí, estoy haciendo lo posible por averiguar por mi cuenta, como te dije, por miedo, papá no hizo nada, y al no haber denuncia, no tengo nada de momento.
—Buscar justicia para un familiar no es algo raro, lo entiendo —comentó el otro con seriedad—, pero es peligroso que hagas las cosas a cara descubierta, te lo digo con conocimiento de causa.

Steve estaba desarrollando su plan tal como lo imaginaba.

—Pero Metrópolis es un lugar muy seguro, con todo lo del hombre de la capa roja y eso.
—Más seguro que esta ciudad, sí, pero el ambiente nocturno siempre tiene sus cosas; en estos años he aprendido mucho al respecto, y creo que te puedo ayudar a que cumplas tu objetivo y encuentres a esos malnacidos.
—No veo cómo.
—Conozco gente —replicó el otro, sonriendo—, y aunque sería más fácil en mi ciudad, te aseguro que puedo hacer algunas preguntas y buscar entre las personas adecuadas, acompáñame esta noche a un pequeño tour y lo verás con tus propios ojos.



Próximo capítulo: Por una hoja de papel