Por ti, eternamente Capítulo 11: Huellas extraviadas





Cuando amaneció, Víctor aún no había dormido; ya era la mañana del Sábado, y sentía que no había hecho mucho, aunque de todos modos sabía que sí había algún avance. La comunicación con Arturo a través de la red lo había preocupado y animado a la vez, porque tener una impresión más completa de lo que ocurría a su alrededor era impactante, y tener noción de que al menos su mejor amigo estaba apoyándolo era esperanzador. Revitalizado por haber tenido comunicación con alguien, volvió al furgón y reinició la marcha, desviándose al Oriente un poco más, esperando no toparse con nadie ya que había dejado la carretera. Daban más de las ocho de la mañana cuando se encontró con una sorpresa, una casa en medio de algo parecido a una granja, algo que por cierto no salía en los mapas.

— ¿Qué es eso?

Alcanzó una botella de bebida y bebió un trago largo; no pretendía quedarse dormido por ningún motivo, necesitaba permanecer despierto y atento a todo, al menos hasta que llegara a la siguiente zona poblada, donde pretendía reabastecerse y comprar algunas cosas que no había considerado en su momento. La casa era relativamente pequeña, de madera aunque de construcción bastante sólida para estar en la mitad de la nada. Estacionó el furgón a cierta distancia y bajó del vehículo para tomar un poco de aire, aunque en realidad estaba evaluando si acercarse o no; era un relativo peligro, pero por otro lado podía contar con que la gente del lugar no estuviera informada como en la ciudad.

—Me pregunto si estará vacía...

Se alejó unos pasos del furgón en donde Ariel dormía aún, pensando que tal vez no fuera tan mala idea; la casa estaba a algunos metros, y viéndolo bien, al lado había una pequeña construcción, del tipo de las que se usan para almacenar verduras o guardar provisiones.

—Buenos días.

Dio un respingo al escuchar la voz a muy poca distancia suya, y se volteó a la izquierda; lo primero que vio fue un arma apuntándole a la cara.


2


La camioneta de Álvaro y Romina iba rápidamente por la carretera al sur; pendiente de los binoculares en la derecha y del volante en la izquierda, el hombre se mantenía firme a pesar del sueño.

—Despierta.

Romina, en el asiento del copiloto se removió; habían estado turnándose durante la noche para hacer el seguimiento del policía.

— ¿Qué pasa, lo encontraste? Préstame los binoculares.
—Te dije que lo iba a encontrar —replicó él satisfecho— ¿Quieres ver el mapa? Estoy un poco perdido.

Siguieron avanzando al sur. Habían tenido complicaciones, pero hasta el momento eran menores; ella desplegó el mapa junto a él.

—Estamos a poca distancia de Las águilas, el siguiente pueblo; por éste camino deberíamos llegar en poco tiempo, pero creo que Armendáriz no va para allá, se va a desviar otra vez de la carretera.

Álvaro detuvo la camioneta y cambiaron posiciones.


—Estoy cansado.
—Deberías hacer más ejercicio —comentó ella sonriendo mientras se estiraba— yo estoy bien, y que no se te olvide que estamos en la mejor parte. Ahí lo veo, se está desviando hacia la meseta que está hacia el Oriente.

Sabía que esa parte de la carretera estaba más arriba que el sector por donde iba el automóvil del policía, por lo que ellos tenían mejor vista que él.

—Anoche debe haber presentido que lo estaban siguiendo y por eso se quitó del camino por un rato, pero ahora seguro que va tras la pista.
—Pero eso quiere decir que tendría que estar muy cerca —comentó ella—, creo que deberíamos ir pensando en el nombre del reportaje porque...oh...
— ¿Qué?
—Nada.
—Conozco ese "oh" dime qué pasa.

Ella dejó los binoculares y tomó una hoja en la que garrapateó algo.


—Éste es el panorama —le dijo enseñándole el dibujo— Armendáriz va directo hacia ese sector de campo; hay una casa y algo  como una granja pequeña, y más atrás hay una elevación del terreno.
—Y ahí hay algo —dijo él tratando de adelantarse— algo importante.
—Puede ser —replicó ella— veo un vehículo, un furgón.



3


— ¡Oh por dios!

Víctor dio un salto al ver que un arma estaba apuntándole a la cara.

— ¡Señora por favor no me apunte!

Una mujer de más de cincuenta años, de baja estatura pero de contextura fuerte y actitud recia estaba apuntándole con un fusil, con el dedo puesto en el gatillo.

— ¿Qué haces tú aquí? Éste es mi territorio y mi casa, te puedo apuntar todo lo que quiera.

Siguió apuntándole totalmente decidida; Víctor levantó las manos presa de gran nerviosismo.

—No estoy buscando problemas, se lo prometo, no sabía que era propiedad privada.
—Traspasaste mi cerca.
—Pero si no hay ninguna cerca —se defendió tratando de sonar convincente— vi la casa pero no tengo malas intenciones, se lo prometo.

La mujer quitó la mirada de él y miró hacia atrás de su objetivo, con lo que él mismo giró la cabeza lentamente. En efecto, atrás, a cierta distancia había una cerca de madera, pero estaba tirada en el suelo y no se veía con facilidad por el pasto; de hecho el furgón estaba estacionado a pocos metros y él de seguro había pasado caminando sobre ella sin percatarse. La mujer bajó el fusil.

—Debe haberse caído durante la noche.
—Creí que iba a decir que yo la había tirado.
—Está hacia afuera —explicó como si fuera obvio— tendrías que haber jalado de ella y no pareces tener fuerza como para hacer eso.

Era una mujer muy perceptiva, pero una vez que bajó el arma ya no se veía tan amenazante; más bien parecía una buena persona.

—Disculpa por asustarte, pero cuando una es una mujer sola tiene que saber cómo defenderse.
—Tiene razón, pero discúlpeme por haber entrado en su terreno.

La mujer se le acercó sonriendo con gesto amisoto; tenía que volver al furgón y sacarlos a él y a Ariel de ahí.

—No pareces un mal tipo; pero tienes cara de sueño, mejor entra y te sirvo un café.

Víctor negó lentamente con la cabeza.

—Muchas gracias, pero no puedo, tengo mucha prisa.
—Vamos, no seas desconfiado; te apunté con un arma pero no lo hice con maldad, es solo para defenderme.

Ya había pasado un gran susto por confiarse de una persona, pero por otro lado el ofrecimiento de un café caliente a esa hora de la mañana sonaba tentador, y no había usado del agua de los termos para dejarla para la comida, leche y limpieza del bebé mientras encontraba donde reponer suministros. Y además, a pesar incluso de que todavía estaba nervioso por haberse sentido amenazado por el fusil, de alguna manera no podía sentir desconfianza de ella. Se acercaron al furgón, donde la mujer vio alarmada por la ventanilla del conductor.

— ¡Tienes un bebé!
—Lo que ocurre es que yo...
— ¡Y andas a la intemperie en pleno amanecer!
—Yo...
—De ninguna manera te puedes ir —sentenció con la misma decisión que antes— se te ve en la cara que no puedes conducir, y está frío, tienes que darle de comer y tú necesitas un café bien fuerte.
—Pero...
—No quiero excusas —lo apuntó con el dedo— entras ahora mismo, voy a poner a calentar el agua y ya vas a ver cómo te vas a sentir mejor, y no me discutas o voy a tener que hacerte entrar con el fusil. Vamos, vamos, no pierdas tiempo.

Dio media vuelta y caminó hacia la casa. Víctor respiró varias veces, esperando no equivocarse otra vez, y tomó al bebé envuelto en cobijas, para seguirla a paso rápido.

—Pasa, siéntate ahí.

El interior de la casa era modesto pero muy acogedor, daba realmente la misma sensación de las  series de televisión ambientadas en zonas rurales, con adornos en los muebles y chimenea, aunque ahora estaba apagada; la vigorosa señora puso agua en un hervidor metálico.

—Todavía no me presento. Soy Gladys.
—Mucho gusto.
—Y dime, ¿por qué andas por estos lados, estás perdido?
—Un poco —replicó él— la verdad es que estoy tratando de llegar a Las águilas, pero no estoy muy seguro de que sea el camino correcto, no quiero usar la carretera.

La mujer preparó dos tazones mientras el agua hervía. Ariel aún dormía en sus brazos, seguramente más tranquilo y relajado cuando se sentía la tibieza del lugar. Víctor sintió que el estómago se le contraía.

—No estás tan perdido, pero si un poco; mira, desde aquí tienes que tomar hacia el sur directo desde donde dejaste el furgón, a poca distancia vas a encontrar una planicie y desde ahí solo tienes que seguir la ruta vieja, porque la ruta a Las águilas está cortada.
— ¿Cortada?
—Sí, están haciendo unos trabajos. Mira, es como si hicieras una letra S desde aquí, es cierto que es más largo pero si llegas directo por el camino nuevo te vas a quedar atrapado en el desastre que tienen. Oye, y el pequeño ¿es tu hijo?

No supo que contestar durante un momento, no sabía si podía o no confiar en ella, a pesar de estar en su casa, se sentía repitiendo la escena de la Iglesia, de hecho ¿Qué estaba haciendo ahí?

— ¿Qué pasa muchacho? —dijo de pronto ella, acercándose con el tazón con café— ¿por qué tienes esa cara?
—Lo que sucede es que yo...las cosas son complicadas.

No pudo seguir hablando; de pronto sentía la necesidad de salir de ese sitio, de volver a la seguridad del furgón, en donde podía huir en cualquier dirección como la última vez. Miró al pequeño en sus brazos, admirándose de la tranquilidad con la que dormía; un niño de esa edad no podía estar en peligro, esas cosas no tenían que ocurrir.

—Eres tú ¿verdad?

Dio un respingo en el asiento, levantando la mirada del bebé hacia Gladys; pero ella mantenía la misma expresión de antes, no se veía amenazante ni asustada, y el fusil seguía a un costado, suficientemente lejos de ella.

—No sé de lo que está hablando.
—Estás en mi casa —replicó ella con un dejo de hastío— estoy siendo hospitalaria contigo, no seas deshonesto, no me mientas en mi cara.

Hacía muchos años que no escuchaba un reto como ese, era casi como el de una madre a un hijo que está comportándose de manera incorrecta, y para su propia sorpresa se sintió avergonzado por lo que estaba ocultando.

—Lo lamento, es que todo es tan complicado ahora...
—Supongo que sí, la noticia está en la radio —explicó ella señalando un aparato de radio sobre un mueble— lo que no me explico es cómo es que te metiste en todo esto.

Víctor se puso de pie.

—Yo tampoco lo sé muy bien, pero ahora mismo la policía está buscándome, no creo que sea buena idea quedarme. Además no quiero ser una molestia.
—Pero si no lo eres —dijo ella livianamente— no estás aquí a la fuerza, yo te invité. Ahora siéntate, si no quieres hablar del tema no importa, lo que quiero es que me contestes la pregunta que te hice. ¿Es tu hijo?

No valía la pena seguir mintiendo. Optó por sentarse y bebió del café, que su cuerpo agradeció con fervor en los primeros tragos.

—Sí, es mi hijo.
—Te creo —repuso de manera simple, sonriendo—, parece tener muy buena salud.
— ¿Me cree? —la interrumpió sorprendido— pero me acaba de decir que la noticia está en la radio, no puede creerme solo porque yo se lo digo.

Gladys lo miró con infinito cariño, tanto que lo hizo sentirse avergonzado otra vez.

—Escucha muchacho, hay cosas que no tienen nada que ver con las noticias, son las cosas que se ven, las que pasan a nuestro alrededor; te veo con ese niño en los brazos, veo la forma en que lo miras, la tranquilidad de él y para mi es suficiente, no me importa lo que puedan estar diciendo.
—Para la gente no parece ser tan evidente.
—Eso es porque la gente se cree todo lo que está por fuera, no ven nada más —le respondió sencillamente—. Vivir en el campo me ha ayudado en muchos aspectos, y uno de ellos es que aprendí a ver las cosas como deben ser. Estoy segura de que tú solo cometiste varios errores.

Víctor terminó de beberse el café con más ansias de las que esperaba. Se sentía más tranquilo, derribando la última barrera de desconfianza que sentía por ella, porque con tal sinceridad las cosas simplemente no podían tener otro rumbo.

—No creo que sea bueno que le diga demasiado, no quiero meterla en problemas.
—Es muy amable de tu parte.
—Pero lo que sí puedo decirle es que Magdalena, la madre de Ariel, me pidió que lo cuidara, y que lo mantuviera lejos de su familia, porque ellos tienen negocios sucios; iba a ir a la policía, pero me amenazaron, y después las cosas empezaron a pasar una tras otra.
—Eso es lo malo —comentó ella más para sí que para él—, a  veces simplemente las cosas no salen como lo esperas.


 4

                               
Fernando de la Torre estaba en la sala de su casa, paseando de un lado al otro, caminando sin destino. En ese momento apareció su esposa en pijama y con cara de sueño.

— ¿Qué pasa Fernando, por qué estás despierto a ésta hora?
—No deberías estar levantada Ingrid.
—Tú tampoco.
—Estoy preocupado por mi nieto. Ya debería haber alguna novedad.

Ella lo abrazó cariñosamente por la espalda.

—Tus hombres ya salieron a buscarlo y la policía también está en eso, debe ser cosa de horas para que lo encuentren. Magdalena cometió un error al alejarse de nosotros.
—Todo ese puritanismo por nada ¡Somos su familia! Teníamos un enemigo aquí, y lo peor es que ni siquiera sé hasta adonde puede haber llegado.

Ella se soltó de él y lo miró a los ojos.

— ¿Qué quieres decir?
—Que es posible que Magdalena le haya dicho algunas cosas sobre la familia a ese tipo.
—Pero Magdalena podría haber dicho cualquier cosa, es su palabra contra la tuya.

Pero Fernando seguía intranquilo.

—No se trata de eso. Ella podría haber llegado más lejos.
— ¿Estás tratando de decir que ella podría haberle entregado alguna prueba?
—Todavía no puedo saberlo. Que entre sus cosas no hubiera nada no significa que siempre haya sido así.

Ingrid había captado el sentido de sus palabras, y como él, estaba preocupada por lo que pudiera suceder.

—Si pudo pasar algo así, es más necesario que hagamos algo, hay que recuperar al niño y silenciar a Segovia.

Fernando dio una mirada a la sala de la casa, tan silenciosa como durante toda la noche.

— ¿Planeas deshacerte de él?
—Por ahora no, lo que más nos conviene es ayudar a la policía mientras tanto.
— ¿Y si resulta que no tiene nada?
—Entonces a nadie le va a importar que alguien lo haga a un lado.

La pareja se abrazó en silencio.


5  


Cuando sonó el timbre en la entrada de la casa a las ocho de la mañana, Arturo dio un salto de la cama y se asomó por la ventana, sin dejarse ver.

—Maldición.

El momento al fin había llegado. La policía estaba afuera, y venían a preguntarle por el correo que le había enviado a Víctor o por la ayuda que le había dado para vender todas sus cosas; sea lo que fuere, no era nada bueno, pero lo tenía asumido. Esperó a que tocaran por segunda vez y se asomó por la cortina, mirando para abajo con una expresión que esperó fuera de confusión o extrañeza, o ambas. Abajo dos oficiales, una mujer y un hombre lo miraban fijamente, y ella le hizo señas de que bajara. Asintió sin mostrar otro gesto en su rostro.

Desde que hablara con Víctor se sentía más paranoico que antes si era posible, pero habían pasado solo un par de horas desde que se comunicó por internet, así que creía que era improbable que supieran que habían hablado, por lo menos momentáneamente, además que había navegado en esa ocasión en modo incógnito; desde luego todo eso eran solo parches, la verdad era algo que tendría que enfrentar en esos momentos.

—Tranquilo Arturo —se dijo mientras bajaba la escalera—, tranquilo, tranquilo...

Había decidido quedarse en pijama, a fin de cuentas si se suponía no sabía a qué venía la policía, no tenía sentido vestirse. Mientras abría agradeció que sus padres tuvieran el sueño tan pesado.

—Buenos días.
—Buenos días, ¿usted es Arturo Fuentes?

Lo miraban sin expresión, pero a la vez con la clásica autoridad que les enseñaban a tener.

—Sí, soy yo.
—Necesitamos hablar con usted sobre Víctor Segovia ¿podemos pasar?
—No —repuso resueltamente— ¿Qué sucede con él?

La mujer intervino; estaba pasando por alto su altanería, al menos de momento.

—Tenemos entendido que usted es amigo de él.
—Así es.
— ¿Y no le parece extraño que haya desaparecido como lo hizo? —no lo dejó responder— ¿ha hablado con él en el último tiempo?
—Eso quisiera —respondió siendo auténtico—, pero no hemos hablado desde que desapareció.
— ¿Que sabe de su desaparición?

Arturo ya tenía preparadas todas las respuestas, se había pasado horas repitiendo frente al espejo las cosas que podía decir, imaginando preguntas ácidas como en los juicios. Tenía que parecer natural, tenía que parecer que realmente no sabía nada de Víctor, que estaba preocupado por él pero que confiaba en su amigo a pesar de no tener ninguna información de él. Y sabía que no iba a sonar convincente, pero si podía mantener los argumentos al menos eso le daría tiempo.

—Sé que desapareció. Lo último que supe es que la dueña de su cuarto estaba como loca porque se había ido.
—Pero usted le envió un correo hace poco.

Eso lo sorprendió, pero se repuso a tiempo para no sonar demasiado culpable.

—Claro que  le envié un correo, soy su amigo y estoy preocupado por él.
— ¿Le contestó?
—Todavía no.
— ¿Cree que lo hará?

Esa pregunta en realidad no se la esperaba. ¿Cómo no se le había pasado por la mente algo tan básico? Optó por ser sincero con la respuesta y jugarse todo a la espontaneidad.

—A éstas alturas no sé muy bien qué pensar —respondió—, se supone que nada de eso debería pasar, quiero decir, Víctor es un buen tipo, pero ahora todo es demasiado extraño.
—Necesitamos una declaración al respecto.

Estaba arriesgándose, pero no quería que sus padres supieran que estaba al menos remotamente involucrado. No aún.


—Si me esperan tres minutos aquí afuera puedo acompañarlos a la unidad.



Próximo capítulo: Disparos y sangre