Por ti, eternamente Capítulo 3: Única opción



Tan pronto como salió de la casa en donde había encontrado a Magdalena, un poderoso sentimiento de inseguridad se apoderó de Víctor. Parecía como si todo lo que pasara fuera una película, una fantasía en la que estaba atrapado sin poder hacer nada más que seguir participando, una situación excepcional en la que nada estaba bien, y donde parecía que todos podían estar observándolo. Con el bebé en sus brazos y muy bien envuelto en las cobijas, el hombre caminó varias cuadras en la dirección contraria por donde había llegado, sin poder sacarse de la cabeza las palabras de Magdalena, y la amenaza de la familia De la Torre como un ojo amenazante, muy cerca de él.
Algunas cuadras después subió a un taxi, pero descendió a cierta distancia de su casa, sin tener muy claro qué hacer; a fin de cuentas tenía un bebé en sus manos, y la posibilidad de que alguien lo viera con él era incómoda y desagradable. Caminando a paso rápido entró en el pasaje y se metió a su cuarto, sorprendiéndose de no haber topado con nadie en el trayecto, pero cuando se encontró en lo que consideraba la seguridad de su privacidad, comenzó a sentirse más angustiado.

—Esto no puede estar pasando...

Se sentó en la cama y dejó al bebé sobre las cobijas; seguía estando muy quieto, y aunque estaba despierto, no hacía más que respirar y mirarlo, muy fijamente con esos impresionantes ojos castaños que había heredado de su madre, casi como si quisiera conocerlo, como si estuviera estudiando su cara y sus rasgos.

—Tengo que ir a buscar a Magdalena.

Que ella le hubiera dicho con tanta propiedad que confiaba en él para hacerse cargo de Ariel era un peso que comenzaba a sentir sobre los hombros, pero aún en esos momentos no procesaba todo lo que estaba pasando; Magdalena estaba muy enferma, pero seguramente había algo que se podía hacer, además, el peligro que ella temía de su familia no era directo si era él quien tenía al bebé, lo que les daría tiempo para conseguir ayuda. De primera, lo importante era llevarla a algún centro asistencial, para que se hicieran cargo de estabilizarla. Pero obviamente no podía hacerse cargo del bebé y de ella a la vez, eso lo sabía desde el principio.

—Voy a tener que salir...

Sabía que estaba muy nervioso, pero al menos tenía algo en su favor, y es que cuando más joven había trabajado de canguro, así que sabía todo lo necesario del cuidado de un bebé o un niño, desde los alimentos hasta como detectar determinadas reacciones, y en ese momento Ariel estaba totalmente tranquilo, lo que le daba un tiempo en su favor.
Aunque no estaba muy convencido, acomodó al bebé justo en medio de la cama, y armó a su alrededor con las cobijas una estructura que lo mantuviera quieto, ligeramente ladeado y con la cabeza en ángulo para mantenerlo estable y con las vías despejadas. Tomó algo de dinero de entre sus cosas, pero se detuvo y puso música ambiental en el minicomponente, a un volumen suficiente para no molestar al bebé, pero suficiente también para que cubriera los llantos si es que los había.

—Volveré pronto, pórtate bien.

El bebé lo miró fijamente, pero no pareció alterado por quedarse en la cama, seguramente porque con la enfermedad de la madre estaba acostumbrado a permanecer sobre el lecho. Encomendándose a sí mismo a todos los santos, Víctor salió a toda velocidad y se subió a un taxi y comenzó el viaje, sabiendo que se tardaría aproximadamente ocho minutos en llegar. Luego tendría que rogar no tardarse demasiado en sacar a Magdalena de ese sitio en donde estaba.

Mientras Víctor hacía esos planes, Magdalena yacía sola sobre la cama, respirando lenta y cansadamente. De pronto su celular anunció una llamada, y con algo de dificultad lo alcanzó; era un número desconocido, pero sabía de quien se trataba, y no contestaría.

—Víctor...

Sus murmuraciones apenas se escuchaban en sus propios oídos; apagó el celular, sabiendo que le había entregado su hijo a su padre en el momento preciso, porque los hombres de su padre ya la habían localizado. ¿Qué tan cerca estarían? Ya no importaba.

—Víctor —murmuró como hablando con él— te confío a Ariel para que cuides de él; solo puedo confiar en ti, y mi corazón de madre me dice que harás lo correcto. Adiós Víctor.

Cerró los ojos, y ya no sentía más preocupación; no podía estar equivocada, el hombre al que había conocido antes y que era el padre de Ariel no era ni por lejos perfecto, y claramente era joven como ella, pero algo en su interior le decía insistentemente que había tomado la decisión correcta, porque alguien que se estremece en un abrazo como el que le dio, alguien que puede sintonizar con lo realmente importante a pesar de todo lo demás, es realmente la persona indicada para criar a un niño.
La joven madre se quedó muy quieta, orgullosa de su hijo y tranquila con su decisión, y con los ojos cerrados esperó el momento, en que tuviera que dormir.

2

Víctor se bajó del taxi a un par de cuadras del sitio en donde estaba la casa donde poco antes encontrara a Magdalena, y mientras caminaba en esa dirección sacó del bolsillo el celular para llamarla; pero cambió de opinión, porque le pareció absurdo llamarla. Antes de girar en una esquina se le cayó el celular, y tuvo que detenerse a recogerlo, justo cuando escuchó unas voces del otro lado de la esquina.

— ¿Y qué se supone que vamos a hacer?
—Tenemos que llamar a Don Fernando, hay que decirle ahora mismo.
—Ese hombre se va  a poner como una fiera cuando le digamos que encontramos a la señorita Magdalena muerta en esa casa.

¿Muerta? Víctor sintió que se le helaba la sangre.

—Es verdad, pero hay que decirle ya mismo, después veremos cómo reacciona.

Los dos hombres se alejaron, justo en la dirección en donde estaba la casa donde había encontrado a Magdalena; Víctor se puso de pie dificultosamente, con las manos temblorosas, sin poder creer nada de lo que estaba sucediendo. ¿Cómo podía estar muerta? Es cierto que estaba  enferma, pero demostraba tanta fuerza al hablar de su hijo, y de cómo estuvo dispuesta a todo para ponerlo a salvo de...

—Oh por Dios...

Se tapó la boca con las manos para no dar un grito de espanto. ¿Cómo no lo había entendido, como no se había dado cuenta de lo que en realidad estaba pasando?

—Dios mío...

No daba crédito a su ingenuidad. Magdalena le había mentido, o le había dicho algo que no era totalmente cierto al menos; estaba encargándole a su hijo, pero no era por su familia o la enfermedad, o al menos esos no eran el motivo principal. Cuando le encargó al bebé, ella sabía que su muerte estaba cerca, muchísimo más cerca de lo que se veía y de lo que ella misma dijera, porque la estaba viviendo, no era una exageración decir que no quería que su hijo presenciara la muerte.
Estaba estupefacto, no podía creer lo que estaba pasando, pero de pronto reaccionó y supo que tenía que salir de allí lo más pronto posible; giró en dirección contraria, y caminó a toda velocidad, tenía que salir de ahí, tenía que alejarse de ese sitio y no volver, y lo más importante de todo, tenía que volver a su cuarto, y tomar una decisión muy importante.

                        3    

Víctor volvió en pocos minutos al cuarto, sin poder terminar de procesar nada de lo que estaba pasando; todo parecía una pesadilla, en la que estaba involucrado de manera irremediable, pero ahora no tenía más opción que vivir, y decidir lo qué iba a hacer.

— ¿Qué voy a hacer?

Se sentó en la cama junto al bebé, y se quedó mirándolo de hito en hito. El pequeño estaba prácticamente en la misma posición de antes, y se encontró con su mirada penetrante buscando la suya.

—Tengo que hacer algo, no puedo seguir así...

Lo primero que asomó en su mente fue la idea más inmediata, llamar a la policía y advertirles de lo que había ocurrido, creyendo que seguramente ellos tomarían la mejor decisión. Pero un momento después reaccionó, y recordó lo que la propia Magdalena le había dicho; no solo eso, el recuerdo de las palabras de esos hombres hablando de su muerte, la realidad de su muerte, todo se conjugaba para hacerle entender poco a poco la realidad.

No podía llamar a la policía sin perder a Ariel en el intento, y nuevamente apareció en su mente la imagen de Magdalena pidiéndole que le asegurara que cuidaría a su hijo. Él mismo no sabía muy bien cómo es que no había salido corriendo, ni tampoco por qué es que seguía involucrado, sin huir como de seguro haría cualquiera en su lugar. Tomó al bebé en sus brazos y lo liberó de las cobijas que lo envolvían; llevaba un trajecito celeste de dos partes, y lentamente, con sumo cuidado, levantó la tela para ver la piel. Ahí estaba, un lunar rojo alargado, increíblemente similar al suyo, que delataba la verdad en las palabras de Magdalena.

—Cielo santo, no puedo creerlo...

Era su hijo tal como ella lo había dicho, y se sintió culpable por haber dudado de sus palabras, pero comprobar con esa prueba que el bebé realmente llevaba su sangre no facilitaba las cosas, al contrario, las hacía muchísimo más complicadas.

—Así que te llamas Ariel...

Sostuvo al pequeño frente a si, mientras él lo miraba nuevamente, con esos profundos ojos color castaña, como si estuviera analizándolo, o queriendo decirle algo.

—Te llamas Ariel... yo soy Víctor, soy...

Pero no pudo decirlo. Era una tontería porque en su mente ya lo tenía claro, pero igual no pudo exteriorizarlo, solo pudo quedarse mirando al bebé mientras éste parecía querer escudriñar su alma a través de los ojos.

Tenía que tomar una decisión que iba a definir su vida.

No podía simplemente aparecer con un bebé de la nada, por mucho que fuera su hijo; existía Servicios infantiles, y tan pronto como alguien descubriera al pequeño, los tendría a ellos y a la policía encima, pero tampoco tenía ningún plan, no había nada que se le ocurriera, y desde luego no tenía familia en ninguna parte como para recurrir a ese tipo de salida momentánea. Ya lo tenía decidido, conservaría al pequeño ahí durante la tarde, y luego decidiría con más calma qué hacer, pero lo que tenía claro, al menos en  su mente, es que no iba a entregar al niño a la primera.

—Magdalena tenía razón —murmuró lentamente— tú no deberías vivir en un entorno como el de su familia, y si se lo prometí, no puedo fallarle, además que tú eres...

Se quedó un momento sin palabras, la música ambiental aún se dejaba escuchar, pero él no podía oír nada, solo sabía que todo había cambiado del cielo a la tierra en menos de un día, y que todas esas sorpresas y cambios lo hacían sentir sacudido, con una sensación total de vacío en el estómago.

—No sé qué es lo que va a pasar, ni tampoco sé si ésta es la decisión correcta, pero le hice una promesa a tu madre y haré lo posible por cumplirla.

Volvió a envolver al bebé en las cobijas, sintiendo el ritmo del corazón acelerado y la respiración entrecortada. A partir de ese momento no sabía lo que iba a pasar y sentía miedo de todo, pero algo en su interior pujaba por hacerlo cumplir la promesa que había hecho a una madre desesperada.



Próximo capítulo: Escándalo y escape

La traición de Adán capítulo 16: Errores en cadena



Pilar estaba nuevamente en la casa de su amiga Margarita, ésta vez ambas sentadas frente al ordenador. Ya caía la noche del día Lunes, y el trabajo había resultado muy satisfactorio, ya que en el banco le habían proporcionado una copia de la grabación de seguridad del día del depósito en su cuenta, luego de hacerla firmar un documento donde exime al banco de cualquier  responsabilidad penal; lo firmo sin más, lo que quería era ver a la persona que había hecho el depósito en su cuenta.

– ¿Estás lista?
–Sí.

No lo estaba, pero tampoco podía ya arrepentirse.  Dieron inicio al video y lo adelantaron hasta la hora del depósito, hasta que dieron con el hombre; pudo saber que era porque en el banco, además de su nombre, lo único otro que pudieron darle fue una vaga descripción, hombre de entre treinta y cuarenta, en la caja tres, con un dinero sacado de los bolsillos de su chaqueta.

–Mira, es ese.
–Pero no se le ve el rostro. Esperemos hasta que salga a ver si se da vuelta.

Pero en ningún momento se le vió la cara, y la cámara enfocaba desde arriba, así que tendría que voltear completamente o mirar hacia arriba. No lo hizo, y mientras se alejaba, las esperanzas de tener alguna respuesta se esfumaban.

–Rayos, ya está saliendo, creo que en esto llegamos hasta aquí.
–Espera.

Siguió mirando como el hombre se alejaba, y entonces lo vió.

–No es posible...
–Qué mujer, no veo nada.

No era posible. No podía ser que esa persona estuviera involucrada. ¿Cómo, porqué?
Sintió que se le escapaba el aire, esto era aún peor que  todo lo que había pasado antes, porque significaba que...

–Dime Pilar por Dios santo, te pusiste pálida, estás matándome con la angustia, dime que estás viendo que yo no.
–La mujer mayor  –respondió con voz temblorosa mientras detenía el video– la que está junto al sujeto.
– ¿Sabes quién es?
–Si... es imposible, tiene que haber un error...
– ¡Pero dime quien es!

No podía creerlo, no podía aceptar algo así, porque si era verdad, si en serio había ocurrido eso, entonces ella no era la única víctima en  toda esa historia, y la maquinación que se escondía detrás de todo eso era absolutamente monstruosa.

–Esa mujer... ahora está jubilada, tengo que encontrarla, tengo que enfrentarla y escuchar que me lo confirme o nunca podré creerlo. Ella es el ama de llaves de la madre de Micaela.

Margarita casi se cayó del asiento.

– ¿Qué?
–Es ella, la recuerdo muy bien, desde que me conoció siempre me trató con mucho cariño.
–Pero no lo entiendo, no tendría motivos para...
–No es ella. Ella solo hacía las cosas por órdenes, y si es así... Dios me libre, si de verdad esto no es un error, entonces puede ser que la madre de Micaela este detrás de todo esto. Mañana  a primera hora salgo a buscarla.

Adán estaba en la galería revisando los detalles necesarios para la re–inauguración de la galería la noche siguiente; por suerte había pasado tan poco que la mayoría estaba listo, y el personal necesario ya estaba contactado para que  a las diez de la noche atendieran a todos los invitados, y de hecho lo ocurrido la jornada anterior había servido pues ahora habían algunos medios de prensa más y habían confirmado prácticamente todos los invitados; todo era casi igual, excepto que ahora habría una recepción rápida afuera y los cuadros se quedarían en el interior, de hecho había dispuesto que el nuevo Regreso al paraíso estuviera en el centro de la galería, abrazado por las otras pinturas que eran de imagen más amable que ésta nueva. Sabía que la obra llamaría la atención, pero no estaba seguro del efecto en general, porque un resultado tan convulso podía perjudicar a todo lo demás. La suerte ya estaba echada otra vez, Carmen descansaba en su departamento y él tenía todo controlado excepto aquel molesto mensaje en la tarjeta: no había dejado de pensar en eso, hasta finalmente convencerse de que no había motivos para estar alarmado, porque por mucho que alguien deslizara cualquier tipo de amenaza, aún tendría que disponer de alguna prueba, y eso era sumamente difícil.
Sonó su teléfono celular.

–Eva.
–Ven al hotel.
–Voy para allá.

No dijo más y cortó. Tan pronto como escuchaba a Eva lo demás se borraba, ahora solo le importaba amarla otra vez, y  para eso cerró la galería, y salió rápidamente en su auto, sin percatarse del vehículo estacionado donde Miguel lo vigilaba atentamente.

–Parece que vas a tener noche de fiesta Adán –murmuró para si– y mañana es tu gran día. No me conviene decirle nada a Sofía aún, así que te voy a dejar disfrutar de tu noche de gloria y después atacaré; tranquila Sofía, tú y yo vamos a tener nuestra venganza.

A la mañana siguiente Pilar salió rápidamente y con solo un objetivo en la mente; no le fue difícil dar con el paradero de la persona que buscaba, sabía que por su edad no se había ido a vivir sola, de modo que le bastó hacer algunas averiguaciones y supo que estaba  en una casa de retiro campestre a las afueras de la ciudad. Estaba más nerviosa que antes, ante la posibilidad de encontrarse con una verdad que no quería oír, pero por dura que fuese la situación, no iba a acobardarse esta vez, de alguna manera el apoyo y la fe de su amiga le habían dado fuerzas para enfrentar de una vez por todas aquello de lo que tenía ocho meses escapando.
Cuando la localizó dentro de la casa de retiro, vio a una mujer de más de setenta años, quizás más envarnecida y canosa pero básicamente igual, de baja estatura, blanca de piel y cabello corto con rizos plateados, sentada sobre una reposadera, sola en ese instante.

–Marcia.

La mujer mayor miró en su dirección, y al cabo de unos momentos la reconoció, pero no pareció alegre al verla, aunque tampoco triste.

– ¿Y usted que hace aquí niña Pilar?

Sonaba como antes, con esa voz melodiosa que inspiraba a la vez respeto y confianza, pero no era lo mismo, no podía acercarse a ella sin más, primero tenía que saber.

–Necesito saber algo Marcia, por eso vine aquí. Tengo una pregunta que quiero que me respondas.

La anciana la miró fijo y más seria al notar su expresión.

–Dime mi niña.
–Dime quien te envió hace ocho meses a depositar mucho dinero en mi cuenta en el banco.

La mujer dió señales de no entender.

– ¿Dinero en el banco? No sé, yo no hago esas cosas, creo que estás confundida.
–Acompañaste a un hombre.
–No Pilar, yo no...
–Lo hiciste, te vi en una grabación –replicó conservando aún la calma– por favor no me lo niegues.
–Es que no estoy negando nada, yo nunca he sabido nada de esas cosas, estás confundida mi niña.
– ¡No me digas así, no me sigas tratando como si fuera estúpida!

No tenía costumbre  de gritar, así que su voz salió aguda, con una nota de histeria. Mejor, ya estaba harta de callar.

–Pilar...
–Dime la verdad Marcia.
–Pilar yo...
–Dime la verdad Marcia –exclamó con energía– me lo debes, después que confié en ti, después que te creí mi amiga me lo debes, al menos sé sincera conmigo una vez, porque está claro que nunca antes lo fuiste.

La anciana se sintió ofendida, pero mantuvo la mirada.

–Ustedes sabían que lo que hacían estaba mal.
– ¿Qué?
–Lo sabían –la acusó en voz más alta– y la señora estaba sufriendo por eso pero no les importó, nada les importaba; pero es verdad cuando dicen que las cosas se compensan por si solas, por eso es que ella las puso a prueba, y se demostró todo, lo mal hecho se les devolvió.

Hablaba como una fanática, refiriéndose a su relación con Micaela como un pecado o un delito imperdonable.

–No sabes de lo que estás hablando.
–Ustedes tampoco sabían que lo que hacían estaba mal, o no quisieron escuchar.
–Por Dios Marcia, estás hablando de Micaela, ¡tú prácticamente la criaste! Y estás hablando de mí, me acogiste, me escuchaste, y ahora me vienes con esto... ¿Por qué lo hiciste si siempre pensaste que nuestro amor era un delito?
–Porque siempre se intenta al comienzo –explicó con convicción– siempre se intenta convencer pero si no funciona hay que hacer algo, nunca quedarse de brazos cruzados.
–No sabes lo que dices. ¿Tienes alguna idea de lo que me hicieron? ¡Contéstame!
–Hicimos lo que era necesario.

Su paso por allí había terminado; era doloroso escuchar esas palabras de una persona en la que confió en su momento, pero fuese como fuese, a fin de cuentas la responsable mayor estaba en otro sitio.

–Fue ella, fue la madre de Micaela. Siento pena por ti Marcia, estás tan equivocada que no tendrás tiempo para entender la verdad. Suerte que no tendré que verte otra vez.

Dió media vuelta y se apresuró a salir de allí. Esperaba sentirse devastada o con deseos de llorar, pero por primera vez en su vida, en vez de pena, lo que sintió fue rabia; ella misma tenía culpa por haber sido crédula, pero aunque sabía que era inocente de lo que la habían acusado, siempre se había sentido más culpable que víctima, de ahí su salida del país, pero ahora ya no podía callar, ahora sabía que la mujer a la que amaba había faltado a su palabra de creer y confiar en ella, que su madre la había traicionado, que para su progenitora había sido más importante un lienzo que su hija, y que en resumidas cuentas había sido sacrificada para conseguir otros objetivos. Ya no más, tenía tomada la decisión, esta vez las cosas iban a aclararse, esta vez tendrían que escucharla.
Poco tiempo después llegó al departamento que estaba arrendando Micaela, el que no le fue difícil ubicar pues aún conservaba datos de ella a través de los cuales lo hizo. Aun no daban las diez de la mañana, temía no encontrarla pero abrió la puerta casi al momento con una sonrisa en los labios que desapareció al verla.

– ¿Que es lo que haces tú aquí?
–Necesito pasar, hay algo de lo que voy a hablarte.

Micaela frunció el ceño. ¿Qué le pasaba, como se atrevía a visitarla de ese modo?

– ¿Qué? Estás loca, lárgate de aquí.

Pero Pilar no la escuchó y entró apartándola a un lado. Entró en el departamento luchando por no desmoronarse al reconocer algunas cosas como adornos y muebles. Micaela la fulminó con la mirada.

–No sé qué te pasa y no me importa, pero es mejor que te vayas ahora antes que me enoje.
–No me voy a ir –sentenció– no hasta que te diga a lo que vine.
–No me interesa.
–Claro que te va a interesar, vas a escucharme.
–Ya te dije que no –exclamó Micaela– no hay nada de ti que me interese.
–¡Te dije que vas a escucharme!

El grito de Pilar descolocó a Micaela; jamás la había visto así, no supo cómo reaccionar.

–Estoy cansada de todos ustedes, estoy cansada de las amenazas de mi madre, de tus gritos y de la desconfianza de todos; no tengo por qué seguir soportándolo, me quedé callada demasiado tiempo, ahora vas a escuchar cada palabra maldita sea. Te amaba Micaela, eras la persona más importante para mí, se suponía que tú tenías que creer en mi antes que en nadie, pero tu amor fue demasiado frágil.

Puso en volumen alto la grabación de voz que había hecho de su conversación con Marcia, y mientras las palabras volvían a escucharse, vio como Micaela abría más los ojos sin poder dar crédito al registro.

–Ésta es la verdad –continuó con fuerza– jamás fui la responsable,  y te lo dije: ese día te dije que estaban pasando cosas extrañas, pero no me creíste y con eso me rompiste el corazón.
–No puede ser... –murmuró Micaela– no es posible, tiene que haber un error...
–Yo tampoco lo creía en un principio, me parecía una locura, pero a fin de cuentas los hechos son más fuertes.

Micaela se sentía como si la hubieran arrojado contra el pavimento desde la ventana del edificio; estaba escuchando a nana, a su nana decirle a Pilar que habían tenido que hacer eso porque ellas estaban cometiendo un pecado o algo por el estilo. ¡Pero si ella siempre lo supo, siempre la escuchó en todo!

–No puede ser –continuó con la voz quebrada– no lo entiendo, porque ella...
–Ella estaba trabajando para las órdenes de tu madre –acusó Pilar– por eso es que ella de pronto estaba de tu lado, porque sería mucho más fácil atacar desde adentro, así nunca sabrías que era lo que te había golpeado.

Solo en ese momento las piezas comenzaron a encajar. Recordó entonces esa fatídica jornada, y a su madre apareciendo en su cuarto con expresión compungida. ¨Descubrí algo tremendo hija. Descubrí quien es la persona que me hizo la venta de la colección de cuadros de Carmen Basaure, y por lo que sé, lo hizo a sus espaldas. Fue su hija, fue Pilar, mira este documento¨
En ese momento todo se fue al demonio, y resulta ser que todo era un plan, una maquinación de su propia madre para separarlas. Eso quería decir que Pilar tenía razón, porque sabía que su madre era capaz de todo, solo que nunca creyó que en contra de su propia hija; entonces había permitido que las separaran, había dejado que la mentira fuera más fuerte que el amor, y todas esas cosas horribles que le dijo eran totalmente injustificadas.
–Pilar –balbuceó aun sin poder creerlo del todo– esto es... es horrible, pero tienes que entender que yo... habían pruebas Pilar, todo coincidía, tu firma, los datos...
– ¡Y eso qué! –le reprochó con rabia– se supone que me amabas, me juraste que estaríamos juntas, me juraste que creerías en mí, pero me fallaste, y ni siquiera me diste  el beneficio de la duda, te bastó con ver unos papeles para olvidarte de lo nuestro y tratarme de lo peor; me dijiste cosas horribles, me trataste como si fuera la peor mujer del mundo y  no me dejaste defenderme. Podía aguantar lo que fuera, el rechazo de mi madre, podía aguantar que todo el mundo pensara que era una mala hija y una mala persona, pero no tú, tu tenías que ser mi apoyo y me dejaste sola cuando más te necesitaba.
–Pilar, por favor perdóname –suplicó Micaela acercándose– yo no sabía... fui una estúpida, fui la más tonta del mundo al creer en lo que me dijeron, pero yo te amaba, por eso es que no pensé con claridad, y me volví loca al creer que eras culpable.

Pero Pilar se alejó; durante meses había extrañado el abrazo de Micaela, ahora no quería que se le acercara.

–Esto no se trata de quien tiene la culpa, lo que está hecho ya no se puede deshacer, lo que me rompió el corazón no fue lo de la mentira ni que me acusaran de robarle a mi propia madre, ya te lo dije, esto se trata de tú y yo, se trata de que no fuiste capaz ni siquiera de escucharme y eso habla tan mal de tu supuesto amor por mi como de mi por creer que estarías conmigo hasta el fin.

Tenía razón en todo lo que le estaba diciendo, y al mismo tiempo Micaela estaba sintiendo asco de sí misma por haber sido tan ilusa, rabia con Marcia y odio por su madre, pero lo peor de todo, es que el amor por Pilar nunca se había ido y ahora que estaba descubriendo toda la verdad ese sentimiento volvía hecho culpa y dolor; no podía imaginar cuanto había hecho sufrir a Pilar, mientras estaba sola y sabiéndose inocente. ¿Cómo podía haber desconfiado tan fácilmente de ella? ¿Acaso en realidad su sentimiento nunca fue tan fuerte como creía?

–Pilar por favor escúchame –le rogó con los ojos llenos de lágrimas– fui una estúpida, pero podemos arreglarlo, puedo arreglarlo, yo jamás te he dejado de querer.

Pilar la miró con dureza.

–No tuve tu amor cuando lo necesité. Ahora es demasiado tarde para eso, solo vine porque no podía, no puedo dejar todo esto así. Adiós.
–Pilar espera...

Pero la otra mujer no la espero y salió rápidamente del departamento azotando la puerta; Micaela quedó entonces sola en el lugar, con la respiración entrecortada, comenzando a llorar convulsivamente mientras las escenas aparecían una a una en su mente; era culpable, era irremediablemente culpable de haber faltado a su promesa de amor, de no haber confiado en Pilar, de dejarse engañar con tanta facilidad y de haber herido a la mujer a la que amaba tanto como antes.




Próximo episodio: Mariposas calcinadas

La otra matrix Capítulo 4: Escape a las estrellas



De haber estado en un lugar con atmósfera, de seguro habrían podido esquivar el misil que se acercaba a ellos; sin embargo la plataforma en donde se encontraban junto a la nave sólo contaba con la gravedad suficiente para que las máquinas pudieran permanecer sobre ella, de modo que la explosión fue potente y los tomó muy de cerca.

— ¡Sujétate muchacho!

Rápido de movimientos como era de esperarse, Ultramagnus se sujetó del extremo de un ala que había salido disparada y alcanzó a tomar a Soulbreaker de una pierna.

— ¡Qué diablos es lo que está pasando! —dijo Ultramagnus como si no notara que la onda expansiva continuaba arrastrándolos lejos de Traon—, alguien nos ataca.
—Se supone que estamos en tregua.

 Ultramagnus no respondió a la pregunta de Soulbreaker.

—Comando ¿Pueden escucharme? Perceptor ¿Estás ahí?

Unos momentos después ambos flotaban sobre el trozo de ala de nave mientras Traon se dibujaba a cierta distancia con el extremo humeante en donde había impactado el misil; sin embargo no daba la sensación de haberse iniciado una alerta por ataque. ¿Entonces Perceptor estaba vivo? Sabiendo que se encontraba en la batalla de ciudad autobot, Soulbreaker había recurrido a su nombre pensando que estaba muerto pero en realidad nunca había revisado con detalle los registros de la nave de Slimdeam.

—Lo siento —gritó alguien a cierta distancia—, fue mi culpa ¿Se encuentran bien?
—Tau, eres tú.

Quién se acercaba era un autobot de grandes dimensiones que casi doblaba en altura a Ultramagnus y que arrastraba tras de sí una especie de extraña nave para unos cinco ocupantes.

—Lo lamento Ultramagnus, este cacharro que me enviaron a buscar está descompuesto, el misil se disparó solo.
—Está bien, no te preocupes, sé que lo que estás haciendo es importante —dijo Ultramagnus en voz baja—, dentro de esos cacharros hay herramientas y maquinaria muy importante.

Regresaron a la plataforma desde donde habían salido despedidos unos momentos antes mientras unos robots reparaban los daños.

— ¿Y quién es tu amigo?
—Él es Heartfire —replicó Ultramagnus.
—No te había visto antes —dijo Tau.
—Era parte de un grupo de exploración —respondió Heartfire con evasivas—, estuve fuera durante mucho tiempo.
—Parece que elegiste un mal momento para volver —dijo Tau con liviandad—,  así que exploración ¿Y quién era tu Superior?

No tenía alternativa, sólo existía un autobot del cual estaba completamente seguro de su muerte.

—Digamos que no era mi jefe directo pero… Wheeljack.

Ultramagnus se lo quedó mirando en silencio, como si estuviera experimentando el sufrimiento de reflotar los hechos ocurridos en ciudad autobot; Soulbreaker sabía que no podía continuar mintiendo de manera indefinida, pero mientras no supiera lo que ocurría con Ultramagnus y su degradación y pudiera acercarse al nuevo líder de una manera segura, no tenía más opción. Sin embargo lo que dijo Tau lo dejó sin palabras.

—Así que trabajabas con Wheeljack ¿cierto? Pues qué raro porque, aquí tengo la lista completa de los exploradores y científicos que estaban trabajando con él, y tu nombre no aparece en ella.


2


El escudo deflector que hacía invisible a Runflight no duraba mucho tiempo, pero su efecto era tan poderoso que ni siquiera los radares de campo más eficientes podían detectarlo; oculto como una sombra descendió en los alrededores de Luna Solire, y exploró una a una las plataformas de estacionamiento. Entre las diversas naves de los visitantes descubrió que una de ellas, que se encontraba bastante alejada de las otras era la cápsula en que ese misterioso autobot había escapado anteriormente. Podría destruirla en ese instante tanto como abrirla por la fuerza para saber exactamente lo que había en su interior, pero eso sólo lo haría perder tiempo y su manto invisible desaparecería; en cambio hizo algo mucho más sencillo y movió la cápsula hasta dejarla obstaculizando el movimiento de otra nave más grande, tras lo cual esperó oculto durante unos minutos. Tal como esperaba, un robot salió del bar que se ubicaba al costado de la plataforma de estacionamiento y al ver el desorden regresó al interior, apareciendo nuevamente acompañado de un grandote que cargaba una cajas llenas de infusiones de distintos colores.

—Cielos —dijo el grandote—, ese tonto de Heartfire debe haber dejado su chatarra sin ajustar a la base y por eso se movió, cuando vuelva con los suministros lo haré pulir toda esta zona para que aprenda.

 Runflight esperó unos momentos y volvió a elevar el vuelo en silencio; ya sabía el nombre del autobot al que seguía, y si había salido a buscar suministros para un bar sólo podía tener un destino: Traon. Las cosas se volvían mucho más sencillas de lo que creía.

3

Tau sujetó a Soulbreaker por los hombros en un movimiento muy rápido para su gran tamaño; aunque Ultramagnus no parecía sorprendido ni irritado, más bien se veía sorprendido.

—Llegaste hasta aquí diciendo mentiras —exclamó Tau de muy mal humor—, ahora lo mejor que puedes hacer es decirnos exactamente quién eres.
—Espera, no soy un enemigo.
—A estas alturas puedo esperar cualquier cosa.
—Espera Tau, no seas tan duro con él — intervino Ultramagnus con una inescrutable expresión en el rostro—, tal vez sólo está asustado por la guerra y no sabe en quién confiar, al igual que nosotros.
—No lo creo.
—De todas maneras debes darle una oportunidad. Muchacho, dinos quién eres realmente, puedes confiar.

Soulbreaker estaba acorralado, que lo descubrieran mintiendo significaba que podían acusarlo de ser un criminal o un traidor, pero en medio del espacio y cerca de ese pequeño asteroide de suministros podía haber demasiados sensores auditivos que no deberían escuchar la información que él tenía que entregar. En el último momento se le ocurrió una salida alternativa.

—Escuchen, no pretendo causar ningún problema, sólo vine aquí a buscar suministros, estoy trabajando en el bar de Ricochet y no quiero tener problemas ni con él ni con nadie.
—Podrías haber dicho eso desde un principio —dijo Tau—, pero tu historia no me parece convincente, sobre todo porque en esos lados cualquiera podría estar trabajando y eso no habla bien de él. Vas a tener que acompañarme a la base autobot; los guardianes dirán si es que tu historia es correcta o no, y si puedes seguir con tu camino.

¡Pensaban encarcelarlo! Si ese autobot se lo llevaba al recinto donde estaban los guardianes Autobots, sus posibilidades de encontrar al nuevo líder se reducían demasiado.

— ¡Espera! No hagas eso, perderé mucho tiempo y van a despedirme; sólo deja que me lleve los suministros. Ultramagnus, ayúdame, sólo mírame no soy una amenaza.

El débil nexo que se había establecido entre ambos en la conversación previa era lo único que podía ayudarlo; si conseguía convencerlo, estaría obligado a decirle la verdad, pero por alguna razón no lograba confiar en Tau.

—Tau, escucha yo puedo vigilar que él se lleve los suministros y se vaya inmediatamente, no es necesario que gastes tu tiempo

El otro le dedicó una mirada larga antes de responder con tono perfectamente marcial.

—Lo siento Ultramagnus, pero tú no tienes jerarquía aquí y lo sabes; la orden de los guardianes es que cualquier autobot quien no esté registrado o resulte sospechoso debe llevarse ante su presencia, y que cualquiera que figure en las listas o se encuentre perdido debe reunirse en los puntos indicados.

Se hizo un tenso momento de silencio, en el que Ultramagnus estaba luchando por mantenerse en el lugar que aparentemente le correspondía ahora, aunque por lo visto no se encontraba cómodo con la falta de poder o autoridad.

—No estoy desafiando las órdenes —dijo con un tono de voz frío y distante—, simplemente me parece que hay que administrar los escasos recursos que tenemos de un modo más eficiente. En este asteroide ya terminé mi misión de registrar y notificar a todos los autobots que estaban presentes, ahora voy en retirada y tu misión principal es trasladar esa nave al depósito donde los técnicos están realizando su trabajo, por lo que es más útil que lo acompañe yo a que  tú te desvíes de tu ruta. Desde luego puedes hacer lo que te plazca ya que te corresponde, pero si me permites llevar a este muchacho al destino que indicó, me aseguraré de que vaya al sitio al que corresponde, y desde luego, cualquier cosa que salga mal puedes decir que es mi culpa.


Tau finalmente accedió y asintió, restándole importancia a las palabras de Ultramagnus.

—De acuerdo, no perderé más tiempo aquí, sólo procura no cometer ningún error.

Ultramagnus y Soulbreaker se alejaron buscando una nave en la que salir del asteroide, pero unos cuantos metros después el primero enfrentó al segundo.

—Escucha, no nos vamos a mover un solo milímetro de aquí hasta que me digas la verdad; sé que mentiste y qué estás ocultando algo.

Soulbreaker estaba intimidado por la actitud de Ultramagnus, pero no pudo menos que reconocer en él al gran héroe del que todos habían hablado y que estaba muy lejos del puesto de carcelero al que alguien lo había confinado.

—Ultramagnus, tienes razón en lo que estás diciendo mentí sobre mi identidad y el motivo por el cual estoy aquí, pero dije la verdad sobre lo que sé de ti y necesito que me ayudes, sé que eres el único que puede hacerlo.
— ¿Qué fue lo que hiciste?
—No es lo que hice Ultramagnus, es lo que tengo conmigo. En esta caja que tengo culta hay un dispositivo que encontré en las ruinas de ciudad autobot, y que Optimus dejó olvidada durante el enfrentamiento con los decepticons.

Ultramagnus dio un paso atrás, sin comprender lo que estaba escuchando pero a todas luces confundido.

—Tú no estabas en ciudad autobot, no puedes saber si Optimus dejó abandonado algún objeto ahí.

No podía decirle su verdadero nombre, pero sólo tenía una opción en esos instantes.

—Ultramagnus, sé que lo que estoy diciendo no tiene mucho sentido pero no puedo decir más en un lugar expuesto como éste, tenemos que estar en un sitio seguro porque el objeto de Prime que tengo en mi poder emite una frecuencia de energía única, y si es expuesta en un sitio como éste puede ser detectada por los decepticons aunque no se encuentren cerca.
—No te entiendo. ¿Qué es lo qué..?

Soulbreaker había dicho todo lo que era capaz de decir en un lugar abierto como ese.

—No puedo decirlo, escucha, no soy un guerrero y estoy aterrado con lo que está pasando, sólo sé que no puedo hablar de lo que pasa en público, siento que en cualquier momento alguien del bando enemigo puede descubrirlo.

Mientras hablaba, indicó su pecho y el pecho del propio Ultramagnus asintiendo, como si estuviera leyendo su mente, aunque en realidad no tenía la más remota idea de lo que el otro estaba pensando.

— ¿Acaso estás hablando de…?
—Por favor, por lo que más quieras, no puedo seguir hablando aquí.
—Escucha, si estás planeando llegar hasta los altos mandos con alguna intriga no voy a ser yo el que te lleve junto con ellos, hemos pasado por demasiadas penurias como para exponerme junto a alguien a quien ni siquiera conozco.
—No me creas —dijo Soulbreaker con tono desafiante—, pero no me abandones, déjame probar que tengo razón en lo que te estoy diciendo; vamos a un sitio de máxima seguridad que tú elijas, con paredes blindadas que eviten que la energía de este objeto se transmita, y cuando lo veas tú mismo querrás llevarlo con los altos mandos.


4

Runflight sostenía entre sus manos del cuello a un autobot desarmado y herido, aunque éste lo miraba desafiante.

—Maldito decepticon, vas a pagar por esto…

El mercenario había llegado a tiempo para ver a una misteriosa nave, que desde la plataforma se elevó para tomar una ruta distinta a las que emprendían todas las otras naves desde Traon. Los autobots eran tan predecibles.

—Siendo honesto, no creo que eso suceda.
—No estaba solo, ellos tarde o temprano descubrirán lo que has hecho, y tú y tu escoria pagará por romper la tregua.

Runflight soltó una risa ahogada, burlona; eso sólo era un bocadillo que hacía más entretenido el viaje pero, si lo había descubierto ¿qué más podía hacer él?

—La tregua es sólo una pantomima entre bots y cons, mientras encuentran la mejor forma de poder volver a matarse entre ellos. Pero no te distraigas, este momento es nuestro, sólo nuestro.
—No conseguirás que te pida compasión; si quieres matarme, hazlo ya.

Le gustaría divertirse más tiempo con él, pero no podía perder más tiempo en su misión; su instinto le decía que si el famoso Ultramagnus estaba en compañía de ese autobot fugitivo, todo era en realidad mucho más importante de lo que se imaginaba.

—Decir que quiero matarte es casi ofensivo muchacho; primero deberías tener en cuenta que tú fuiste el que se quedó retrasado de tus amigos cuando ellos se fueron ¿cómo fue lo que dijiste? Ah sí: “Hagan lo que quieran, yo me iré por mi cuenta.”

El otro quedó sin palabras, pero tuvo suficiente valor para sostener su mirada. El mercenario, sin soltarlo del cuello, lo miró con fascinación.

—No creo que ellos te busquen, o al menos no todavía. Pero como te decía, no quiero matarte. Sólo quiero… tu corazón…

Se escuchó un grito de terror, mientras el mercenario clavaba sus afiladas garras en su pecho, hasta llegar al punto donde se alojaba la chispa; la risa de Runflight se dejó oir como un susurro en el espacio, cuando el decepticon gozaba de un inolvidable momento de dicha, sintiendo cómo la vida escapaba del cuerpo de su víctima y de alguna forma, tal vez sólo en su mente, esa energía vital se impregnaba en su ser, haciéndolo más poderoso e invencible.

5

La pequeña nave en que Ultramagnus y Soulbreaker viajaban era de tecnología obsoleta, aunque se movía ligera y rápida en el espacio. Los primeros minutos habían sido de tenso silencio, luego el poderoso autobot se dedicó a verificar los radares de espectro espacial para evitar que los descubrieran o se toparan con alguien.

—El asteroide al que vamos no se encuentra a mucha distancia, está abandonado porque su tecnología es anterior incluso a esta nave, pero tiene una bóveda a prueba de fugas.

Soulbreaker no dijo nada.

—Escucha, yo… No sé lo que sucede contigo, ni siquiera sé por qué estoy haciendo esto, pero cuando dijiste que necesitabas ayuda yo… Es sólo que siento que tengo que hacer esto.
—Lo entiendo.
— ¿Lo entiendes? —exclamó con escepticismo— si es así entonces podrías explicarlo, porque yo mismo no sé lo que me sucede, es como si ahora mismo estuviera viendo el motivo por el que…
— ¿Por el que te degradaron?

Ultramagnus no respondió, y volvió a sumirse en el silencio. Soulbreaker estaba pensando que su suerte era, muy buena por conseguir que Ultramagnus le creyera sus débiles  argumentos, y muy mala por exponerlo a ciertas cosas de la vida autobot que no conocía; por momentos le parecía que todo alrededor era mucho peor una vez que volvió a vivir.
Algunos minutos después, la nave se estacionó en un pequeño asteroide mecánico abandonado. La bóveda en el interior efectivamente estaba sellada, y ofrecía el tipo de aislamiento que protegería el contenido de la caja. Sin esperar más, Soulbreaker la abrió, y la réplica de la matrix de liderazgo emitió un único aunque potente rayo de luz traslúcida, que iluminó como un faro cada una de las paredes y rincones de la habitación; Ultramagnus se quedó sin palabras ante el fantástico hecho, sin poder creer que ante él hubiera un objeto como ese.

—Es imposible, el registro es… la frecuencia de energía de este objeto es…
—La misma de la matrix de liderazgo, lo sé —replicó Soulbreaker— ¿entiendes ahora por qué estoy tan asustado, por qué no podía simplemente hablar en medio de la nada?

Ultramagnus parecía a punto de sufrir un colapso.

—Es imposible, la energía de la matrix no puede, no hay forma de replicarla.
—No sé lo que está pasando, sólo que encontré esto, y obviamente es importante; estaba en las ruinas de Ciudad autobot, lo encontré casi por accidente y…

El antiguo comandante autobot lo miró, fijo a los ojos.

—Esto podría explicar muchas cosas.

En esa ocasión fue Soulbreaker quien no dio crédito a lo que oía.

— ¿Qué?
—No hay tiempo para explicarlo, pero hiciste lo correcto. La importancia de este objeto es incalculable, debemos llevársela a Rodimus lo antes posible, aunque para eso tenga que pasar a La muralla autobot.

Comenzaron a caminar hacia la puerta, mientras Soulbreaker volvía a guardar el objeto en la caja.

— ¿Qué es eso de La muralla?
—Es un cuerpo de defensa establecido tras los acontecimientos de la muerte de Optimus. No soy querido por ellos, pero tendremos que encontrar una manera de acercarnos sin hacer público este asunto.
— ¿Pero no puedes llevarlo tú solo, o dar un aviso para que nos escolten?

Ultramagnus se encogió de hombros.

—Eso sería una tontería, el riesgo es demasiado grande, ya has pasado por demasiado con ese objeto en tu poder, es un milagro que no te haya pasado algo.

Tan pronto como abrió la compuerta del recinto, un poderoso gas nebuloso se esparció a toda velocidad, envolviendo a ambos; un instante después, Soulbreaker sintió el filo de una hoja cortando la placa del brazo derecho donde estaba oculta la caja y trató de moverse o pedir ayuda, pero antes que sucediera algo más, un haz de luz blanca brillante se esparció cubriendo todo, al punto de sumir el lugar en una atmósfera incandescente, sin movimiento, sin sonido, y sin sombras.



Próximo capítulo: En manos equivocadas

Por ti, eternamente Capítulo 2: Todo o nada



Víctor estaba en la  habitación vacía, enfrentando a Magdalena, aún sin poder creer nada de lo que estaba viendo ni escuchando.

— ¿Estás diciendo que tu familia es la familia De la Torre?
—Supongo que entenderás por qué nunca lo había mencionado —repuso ella pesadamente— desde siempre he huido de la huella de mi familia, pero cuando descubrí todo esto las cosas se complicaron.

Víctor necesitaba sentarse, respirar, gritar, hacer cualquier cosa menos seguir allí; pero no podía, no podía moverse ni reaccionar, la sorpresa lo tenía fascinado, estúpidamente quieto frente a una mujer mortalmente enferma, sin poder hacer nada más.

—Cuando supe que estaba embarazada también supe que mi vida había cambiado para siempre, incluso antes de descubrir el cáncer; mi padre llegó a éste país de la mano de mi abuelo, y desde muy joven se involucró en distintos delitos, y con los contactos que tenía no le fue difícil formar el pequeño imperio que tiene ahora, con el que maneja los negocios, el movimiento de armas y tráfico en varias zonas de la Capital.

Él lo sabía de igual manera que cualquier persona medianamente informada, la familia De la Torre tenía contactos importantes, y se sabía que manejaban a Dealers y traficantes menores, pero de manera oficial solo era una familia de mucho dinero, que tenía inversiones en el exterior y en campos en el sur, lo que obviamente indicaba que además de lavado de dinero, había mucha manipulación de información. Y Magdalena era parte de esa familia.

—Dijiste que siempre tratabas de alejarte de tu familia, eso quiere decir que...
—Era inevitable que se enteraran de mi embarazo —replicó lentamente— pero aun así tenía la posibilidad de mantenerme al margen, pero saber que estaba enferma haría que quisieran quitarme al bebé, y eso no podía permitirlo.

Guardó silencio unos momentos, producto del cansancio que evidentemente le provocaba hablar; Víctor sentía el corazón oprimido.

— ¿Y entonces qué hiciste?
—Tuve que desaparecer —explicó ella— la única forma era desaparecer, aunque por fortuna tenía dinero en mi poder como para hacerlo. Al principio no sabía muy bien qué hacer, pero fui ingenua, porque creí que bastaba con dejar de frecuentar los sitios de siempre y no fue así.
—Entonces tu familia empezó a buscarte.
—Por eso me deshice de mi número, pero eso no era suficiente; gracias al dinero que tenía pude estar trasladándome de un sitio a otro, pero conforme pasaba el tiempo, la enfermedad avanzaba y todo se hacía más complejo. Como comprenderás tuve que abandonar los tratamientos, porque de quedarme o estar pasando regularmente, haría demasiado fácil que me encontraran, y además la enfermedad estaba muy avanzada como para poder hacer algo al respecto.

Víctor trataba de plantearse la situación, pero aunque estaba viendo el estado en que estaba ella, le resultaba difícil imaginarla tratando de ocultarse de su propia familia, enferma y además embarazada.

—Magdalena...  —murmuró lentamente— dijiste que estabas tratando de sacar adelante tu embarazo, pero no me has dicho que sucedió después.
—Llegó un momento en que empecé a sentirme invalidada, todo lo que hacía me significaba un gran esfuerzo, los dolores eran frecuentes y a menudo intensos, y en uno de los esporádicos exámenes que me hice, la doctora me dijo que la situación era extrema, si quería salvar mi vida o al menos prolongarla, tenía que interrumpir el embarazo a como diera lugar.

Entonces eso explicaba en qué había terminado todo; pero antes que pudiera decir algo más, Magdalena se le adelantó, hablando entre sola y con él, pero con mucha más determinación que antes.

—Te parecerá una locura, pero en ese momento, cuando me dijeron que debía detener el embarazo, fue la única vez que sentí auténtico miedo; ese fue el momento en que decidí que mi bebé iba a vivir, que viviría a costa de lo que fuera, y así fue.

Él no dijo nada, pero al escucharla comprendió lo equivocado que estaba al pensar que el bebé no había sobrevivido, y al dejar de pensar y comenzar a ver a su alrededor, descubrió que lo que inicialmente había creído solo eran algunas prendas de ropa apiladas, era mucho más.

—Oh, por Dios...

No pudo evitar la sorpresa; si no hubiera estado aún sujeto de la puerta, seguramente se habría caído de la impresión. Entre las impecables cobijas había un bebé, durmiendo o al menos reposando plácidamente, sin darse cuenta de nada de lo que ocurría a su alrededor.

—Ese...es tu bebé —murmuró sin dar crédito a lo que estaba viendo— es tu hijo...

Después se acercó torpemente, rompiendo al final la distancia que los separaba, y que parecía mucho más que algunos meses, parecía una vida completa, que los hubiera puesto por capricho en el mismo lugar. Sintiendo todavía el cuerpo lívido, Víctor se sentó en la cama junto a ella, e incluso ante su sorpresa, al verla de cerca, entre la apariencia enferma y la piel pálida, y tras las arrugas producidas por la delgadez y los dolores, seguía estando la misma mujer fuerte que él había conocido.

—Se llama Ariel —dijo ella con los ojos brillantes de orgullo— tiene cinco meses.
—Pero —dijo él en voz baja— ¿por qué me llamaste a mi en particular?
—Porque tú eres el padre de mi hijo.

A la sorpresa anterior se le sumó un nuevo golpe; estuvo a punto de decir "no puede ser" pero automáticamente su lado lógico le dijo que si, que mientras estuvieron saliendo, en alguna que otra ocasión no se habían cuidado, lo que hacía perfectamente posible que ese bebé fuera suyo. Y además, sacando una simple cuenta podía hacer calzar las fechas con espantosa facilidad. Pero aún en el estado en que estaba, Magdalena identificó con la rapidez del rayo la desconfianza en sus ojos.

—Magdalena...
—No esperaba que me creyeras —le replicó con entereza— pero para bien o para mal, es la verdad, e incluso hay una prueba de ello. Tiene el mismo lunar rojo en la cadera que tienes tú.

Inconscientemente se llevó la mano al costado. Cuando era niño, lo habían examinado por causa de ese lunar, y el resultado fue que era benigno, no representaba riesgo alguno, pero era hereditario, por lo que cualquier miembro de su familia, en caso de tenerla, podía también tenerlo.

—Magdalena, yo...
—No pensaba decírtelo desde el principio — lo interrumpió ella con fuerza — cuando estuvimos saliendo sé que no nos cuidamos en varias ocasiones, así que simplemente estaba asumiendo mi responsabilidad en el asunto; pero la enfermedad hizo que volviera a pensar muchas cosas, y entre ello, en lo que podía pasarme a mí, pero mucho más importante que eso, lo que pudiera pasarle a mi hijo.

Se detuvo unos momentos, claramente estaba haciendo un gran esfuerzo, pero no estaba dispuesta a detenerse, no todavía.

—Si el embarazo no estaba en mis planes, el cáncer estaba totalmente fuera de control; pero lo hice, y bastante bien creo, pero en el último tiempo entendí que mi tiempo había llegado. Estoy muriendo Víctor, y por eso tuve que llamarte, porque no tengo nadie más a quien recurrir.

A pesar de sentirse abrumado por todo lo que estaba oyendo y presenciando, al ver la mirada en los ojos de Magdalena, Víctor sintió como por un momento se olvidaba de todo, y como asomaba en su ser un nuevo estremecimiento, que no era más que admiración por una mujer indefensa y sola, que en vez de preocuparse por sí misma, estaba luchando como una leona por proteger a su hijo. Entonces rompió definitivamente la distancia que los separaba, y con el máximo de cuidado la tomó en sus brazos y la abrazó, tiernamente, acunando su cuerpo cansado, sintiendo como su propio corazón azotaba su pecho, invadiéndolo tanto de temor como de angustia, haciéndolo temblar con la respiración entrecortada.

—Debiste habérmelo dicho —murmuró conmocionado— yo nunca imaginé que podías estar pasando por algo así. Tal vez no sea el tipo más comprometido del mundo, pero algo habríamos hecho, no debiste pasar por todo esto, no debiste hacerlo tú sola.
—Ahora eso ya no importa.
—Claro que importa. Tú no te lo mereces.
—No estamos para esas cosas —replicó ella lentamente— perdóname Víctor, no quería involucrarte en esto.

Ambos guardaron silencio durante unos instantes, aún abrazados, quietos en medio de esa habitación vacía en un lugar olvidado, abrazados como jamás antes lo habían hecho, con todos los sentimientos a flor de piel, entregados a sus temores y angustias más profundas, que por una fatal coincidencia del destino los volvía a unir en las peores circunstancias posibles. Ella se soltó de él y quedó sentada en la cama, mirándolo fijamente.

—Te llamé porque eres la única persona que queda Víctor, eres el único en quien puedo confiar, y eres su padre. Debo pedirte que te lleves a Ariel.

Eso fue un golpe aún peor que todos los que había sentido antes.

— ¿Qué? ¿Pero por qué, qué quieres decir?
—No puedo negar la realidad, y ahora estoy en un punto en que no puedo seguir; estoy muriendo, y sé que ya no hay nada que pueda hacer. Últimamente había luchado por mantenerme a flote, por darle todo lo que necesitaba y su alimento, pero estoy consciente de que ya no puedo más. No me quedan más fuerzas.

Hizo una nueva pausa, pero en sus ojos seguía estando el mismo fuego, la misma decisión que la había llevado a contactarlo.

—En éstas condiciones ya no puedo hacerme cargo de él; durante éste tiempo he estado cambiando de sitio para que mi familia no me encuentre, pero últimamente ya no tengo energías para desplazarme; es solo cuestión de tiempo para que mi familia o los hombres de mi padre me encuentren, y cuando lo hagan, se quedarán con Ariel.

Ahora lo entendía todo; de alguna manera en ese momento comprendía por qué había contestado la llamada, y por qué estaba ahí.

—No puedo permitir que mi hijo crezca en el mismo mundo en que crecí yo, en medio de la delincuencia, rodeado siempre de peligro, mostrando una imagen que no es, viviendo una vida falsa mientras que alrededor sabes que puede pasar lo peor en cualquier momento. No puedo permitirlo, pero ésta vez la enfermedad me supera, por eso es que te ruego que te hagas cargo de él.

Víctor tomó en sus  manos el bultito que era el bebé. Dentro de las suaves cobijas el pequeño se veía completamente relajado, durmiendo con los ojos semicerrados, abstraído de todo lo que estaba pasando a su alrededor.

—Tiene tus ojos.
—Y tiene tus labios.
—Se ve tan tranquilo — siguió mirándolo con ojos vidriosos — se llama Ariel, ¿verdad?
—Sí, ese era el nombre de mi bisabuelo. Él fue un hombre de mucho esfuerzo, siempre luchó por lograr todo con una vida honrada, y fue el último miembro de mi familia en lograrlo.
—Es decir que lo llamaste así para darle una buena estrella.
—Sí, y creo que la tiene, porque a pesar de todo es sano y fuerte, y además tiene un gran carácter.

El bultito casi no pesaba en sus manos, pero su significado se hacía enorme en sus hombros.

—Magdalena, yo no sé si voy a poder hacerlo...
—Víctor...
—Todo esto es tan repentino, y yo solo soy un hombre, no sé si podré cuidar de otra persona, mucho menos de un niño...
— ¿Puedes sentir el latido de su corazón?

Obligándose a callar, el hombre se quedó con el bebé muy cerca de su cuerpo, y sintió cómo el estómago le daba un vuelo al notar el vigoroso latido del corazón contra su pecho.

—Sí, lo siento.
—Entonces no necesito nada más.
— ¿Qué quieres decir?
—Ser padre no es algo que vaya en la sangre —murmuró ella lentamente— es algo que se siente, y cuando necesites encontrar el camino, él mismo es quien te va a ayudar.

Víctor volvió a mirarla a los ojos; era una extraña mezcla, la esencia de la mujer que había conocido, junto a la fuerza y la decisión de una madre. Pero en ella había algún tipo de paz, una tranquilidad que no se escuchara antes por teléfono, ni tampoco en los minutos que habían hablado.

—Tienes que irte. Sé que mi padre envió gente a buscarme, es solo cuestión de tiempo que me encuentren.
—No, no puedo —exclamó él— no puedo simplemente irme, tengo que llevarte conmigo.
—No seas iluso, no te sería de ninguna ayuda —replicó ella con determinación— además, no quiero que mi hijo vea muerte, ni siquiera la mía. Estaré lista para lo que suceda, solo necesito saber si puedo confiar en ti, si te harás cargo de Ariel.

Víctor sentía que la sangre se le congelaba; no podía pensar con claridad, no podía hacerse la idea de lo que ella estaba insinuando, ni tampoco reaccionar de ninguna manera. Pero ahí, en ese lugar tan frío y seco, no pudo responder de otra manera.

—Lo haré. Me haré cargo de Ariel, te lo prometo.

Ella sólo asintió, y se quedó muy quieta, mirando con nostalgia a su hijo; parecía dormitar, seguramente por el esfuerzo que había hecho. Víctor se acercó a ella con nerviosismo, temiendo lo peor, pero ella seguía ahí, solo descansando, solo con una media sonrisa al saber que dejaba a su hijo con quien esperaba fuera la persona indicada. Él se puso de pie con dificultad, pero volvió a sentarse junto a ella, susurrando muy bajito para no incomodarla.

—Dejaré a Ariel en un lugar seguro, y volveré a buscarte, para que alguien te atienda. Espérame Magdalena.



Próximo capítulo: Única opción

Por ti, eternamente Capítulo 1: Un nuevo inicio




—Tengo que aprovechar éste día, así que más vale que salga de una vez.

Víctor estaba en su cuarto terminando de vestirse cuando pasaba de las once de la mañana; era un hombre joven, de solo 24 años, de alrededor de 1.75 de estatura, atlético  y de cuerpo delgado.
Estaba consciente de no ser el prototipo clásico de belleza masculina, sobre todo en una época en que los músculos estaban de moda; a veces pensaba que en Europa sería una auténtica belleza, pero eso no lo deprimía. Era saludable, de cabello castaño corto que en ese día llevaba húmedo y desordenado, y brillantes y expresivos ojos color miel; sabía muy bien que, aunque físicamente no era nada espectacular, lo suyo iba por el lado de la seducción, en ser interesante, tener conversación, escuchar y por supuesto mirar. Mirar siempre era su principal arma.

— ¿Hola? Javi, ¿Ya están en el centro comercial? Genial, llego en un rato.

Cortó y se dio una última mirada al espejo; ese día tenía libre de su trabajo en la tienda de ropa, y después de dormir un poco hasta tarde, tenía cita con su grupo en el centro comercial, y si las cosas salían como esperaba, probablemente la tarde la tendría ocupada en algo mucho más personal.

—Muy bien Víctor —se dijo admirándose, divertido— y vas de blanco para parecer un palomito desamparado, es lo mejor para que Marina caiga rendida ante ti.

Tomó el celular, se lo guardó en el bolsillo junto con las llaves y salió inmediatamente.

Poco después, Víctor llegó al centro comercial y se reunió con sus amigos.

—Cómo estás Víctor?
—Maquinando algunas cositas Benjamín —sonrió saludando a todos— hoy quiero que sea un día muy especial.

El Boulevard del centro comercial Plaza Centenario era muy visitado por jóvenes en época primaveral, y desde hacía tiempo se había vuelto un sitio para conocer y buscar nuevas conquistas, exactamente a lo que iba Víctor ese día Miércoles.

— ¿Y cuál es tu idea?
—Marina mi querido Benjamín.

El otro dio un silbido.

— ¿La que trabaja en la tienda de electrónicos, la prima de Carlos?
—Sí.
—Estás tratando de volar bastante alto, esa chica es muy quisquillosa.

Pero Víctor no estaba preocupado.

—Es clienta en la tienda de ropa, así que he estado hablando con ella y logré que hablemos de fuera, tengo preparado el camino.

Selina  se acercó y lo saludó cariñosamente.

—Hola. Oye, te tengo malas noticias.
— ¿Qué pasó?
—La señora que tenía en arriendo los departamentos me dijo que sin aval no arrienda, ni aunque sea recomendado mío, y el depa que le queda lo estará arrendando ésta semana.

Víctor se encogió de hombros.

—No importa Selina, pero muchas gracias igual.
—Tendrás que seguir en tu cuarto.

Víctor arrendaba un cuarto en un pasaje interior hacía tiempo; era un lugar relativamente pequeño, tenía baño independiente y una cocina en donde literalmente cabía solo una persona de pie y sin moverse mucho, pero tenía un precio inmejorable y era un lugar bien ubicado. De cualquier manera ya era más grande, tenía algunos ahorros y quería irse a un lugar más grande, además que así podía llevarse a alguna conquista con más facilidad y sin cuidarse de mirones.
Compartir con su grupo de amigos de trabajo se había vuelto una costumbre, todos se conocían y habían trascendido lo estrictamente laboral.

—Si —comentó entre risas— con ésta tenida salgo inmediatamente para la iglesia. Oye pero...

En ese momento sonó su celular; se apartó un momento para escuchar mejor y contestó.

—Hola.
—Víctor, ¿eres tú? Soy Magdalena.

Tan pronto escuchó la voz la reconoció; no podía olvidar ese acento indefinible, esa voz suavemente rasposa, de Magdalena.

— ¿Eres tú Magdalena?

Era una pregunta tonta, ya sabía que era ella, y sonrió tontamente al hablar.

—Víctor, necesito verte.

Al escucharla hablar de nuevo, notó dos cosas: una, que su voz no era lo fresca y natural de antes, y lo otro, algo que nunca había escuchado de ella, miedo.

—Que sorpresa —dijo sin mucha convicción— ha pasado bastante tiempo.
—Víctor, necesito verte —insistió ella pasándose por alto el comentario de él— necesito verte ahora mismo.

Había un tono de urgencia, una desesperación en su hablar, que de inmediatamente lo hizo sentir angustia.

— ¿Qué sucede Magdalena?
—No puedo decírtelo por teléfono, por favor.

Que Magdalena lo llamara ya era extraño, pero que hablara de esa manera volvía todo mucho más complejo; frunció el ceño. Nunca podía decirle que no a una mujer atractiva, y ella estaba entre las primeras cinco.

—Está bien, si es tan urgente, podríamos vernos a la tarde.
—Tiene que ser ahora.

De acuerdo, eso era más raro aún, pero optó por saltarse esa insistencia.

— ¿Dónde estás?
— ¿Te acuerdas de esa plaza donde íbamos a veces?
—Claro, la plaza...
—No lo digas —lo interrumpió súbitamente— no tienes que decirlo por teléfono.
— ¿Pero por qué no?

La voz de ella tomó una nota más apremiante, que lo hizo cortar sus palabras.

—Solo necesito que llegues. Desde esa plaza a veces íbamos a comprar bizcochos a una pastelería, ¿lo recuerdas?
—Sí.
—Ve a ese lugar, y llámame otra vez.
—Está bien pero...

La llamada se cortó. Víctor había conocido a Magdalena hacía un año y cuatro meses en una fiesta, y la química fue instantánea; Magdalena era una mujer de mundo, inteligente, sumamente atractiva y decidida, el tipo de mujer que a él en particular le atraía muchísimo, y si a eso le agregaba que dentro de un grupo de tipos atractivos se había fijado justo en él, el panorama era completo; por desgracia ella tenía una serie de conflictos familiares sobre los que no le gustaba hablar, y terminó por desaparecer de todas partes; inicialmente se sintió bastante ofendido por lo que estaba pasando, pero optó por olvidarse y quedarse con el buen recuerdo. Y ahora lo llamaba con ese tono de urgencia, ¿por qué así, por qué en ese momento?

— ¿Oye a dónde vas?
—Vuelvo al rato —comentó mientras se alejaba— tengo que ver un asunto, después nos vemos.

A él mismo le parecía todo muy extraño, pero mientras la curiosidad crecía, decidió ir para descubrir de qué se trataba, a fin de cuentas era su día de descanso y por lo demás no iba a quedarse con miles de ideas en la cabeza ante una llamada de ese tipo de alguien como ella.

                2

Siguiendo las instrucciones de Magdalena, Víctor llegó a la calle Asturias, y caminó hacia donde Magdalena le había indicado; mientras caminaba, recordó como hace un tiempo, cuando estaban saliendo, se juntaban en la plaza  de ahí caminaban hacia la pastelería, y compraban bizcochos con crema y chocolate. Era la parte inocente, lo más cercano a un noviazgo que tenían, a pesar de que la mayor parte del tiempo estaban en fiestas y desde luego jugueteando en algún motel. Todo eso era muy raro, incluso que de pronto ella decidiera contactarlo por alguna pasión antigua, no tenía sentido, más aún porque ella no era ese tipo de chica; marcó de vuelta el número.

— ¿Magdalena?
— ¿Ya llegaste?
—Sí.
— ¿Puedes ver una antena con el extremo rojo?

Víctor se sintió jugando a las escondidas.

—Este... si, la veo.
—Es en la casa de junto, donde no hay plantas. Solo entra.

Cortó nuevamente, sin esperar respuesta; ya era extraño, no podía evadir el tema, ella realmente se escuchaba extraña, como asustada, ¿qué era lo que estaba sucediendo?  Sin esperar más, el joven avanzó casi cinco cuadras, hasta que se encontró frente a una descuidada casa sin jardín. La puerta estaba entreabierta.

— ¿Magdalena?

No hubo respuesta; siguiendo la instrucción, Víctor entró al lugar, entendiendo cada vez menos, sin comprender cómo es que precisamente alguien como ella estaba en un lugar así, en una casa a maltraer y que a la vista no estaba siendo mantenida. Una vez dentro de la casa se encontró con una sala desprovista de muebles, sin iluminación, aunque por contra de cómo se veía el exterior, estaba limpio, y la única mesa y silla estaban justo en el centro, y a pesar de no haber papel tapiz ni alfombra o suelo, las paredes desnudas y el cemento estaban limpios. Era como un lugar pobre pero decente, pensó con algo de vergüenza por sentirlo de esa manera, sobre todo porque le recordaba al hogar en donde había estado de adolescente.

—No sé qué estoy haciendo aquí...

Se sentía progresivamente más nervioso, aunque claro, ahí no había nada para asustar, solo era un sitio vacío, casi como una casa antes de ser ocupada por primera vez; por supuesto ahí había alguien. Avanzó unos pasos más, y se encontró con un pasillo muy corto, que conducía a dos puertas, una blanca que era evidentemente del baño, y otra oscura de madera que estaba entreabierta.

—Magdalena, soy Víctor...

No dijo nada más, era absurdo sentirse angustiado, de hecho era ridículo estar ahí, pero aunque racionalmente lo sentía, no se detuvo, y entró en la habitación.

—No... no puede ser...

Tan pronto entró en el lugar, fue como si hubiera sido transportado a una escena de una película. Con los sentidos azotados por lo que estaba viendo, el joven retrocedió un paso, sintiendo las piernas frágiles y temblorosas, y tuvo que sujetarse de la puerta para no caerse.

Solo en ese momento, al ver, entendió por qué la voz de ella se escuchaba tan trastornada por teléfono, y de alguna manera comprendió el motivo de su llamada, la razón de su presencia ahí.

— ¿Magdalena... qué te ocurrió?

La escena escapaba por lejos a todo lo que hubiera imaginado en algún momento desde la llamada o en el trayecto; en la habitación, sobre la cama, estaba Magdalena, aunque a decir verdad la persona que estaba viendo no parecía realmente ella, era como un fantasma de la exuberante mujer que tenía en su memoria.

—Oh, no...

Se sentía completamente idiota, no lograba reaccionar ni articular palabra, solo estaba allí mirando a esa mujer, a esa que era y al mismo tiempo no era Magdalena. A pesar de su juventud, se veía extremadamente delgada, su rostro contraído por la delgadez, los ojos hundidos en las cuencas, la piel pálida y sin color, el cabello antes abundante cayendo opaco y sin vida sobre los hombros; tenía sobre el cuerpo un sencillo vestido largo tejido de color blanco piedra, y permanecía muy quieta recostada sobre una cama de una plaza con cobijas en distintos tonos de castaño y violeta.

—Creo que esto no te lo esperabas. Hola Víctor.

Su voz era débil, y no tenía que preguntarse por qué, aunque a partir de ese momento empezaban a surgir nuevas incógnitas en su mente.

— ¿Que... qué te ocurrió?
—Estoy condenada a muerte.

No lo dijo con una inflexión especial en la voz, más bien parecía simplemente respondiendo una pregunta; Víctor sintió nuevamente el cuerpo lívido, y se mantuvo sujeto de la puerta, evitando caerse, sin comprender del todo lo que estaba escuchando o viendo. Nada tenía sentido, estar ahí, verla en ese estado, escucharla hablar de ese modo, ¿por qué él mismo estaba ahí, por qué en ese momento?

— ¿De qué estás hablando Magdalena?  Yo... yo no entiendo nada...

Ella se incorporó un poco para quedar semi sentada en la cama, aunque se notaba que hacerlo le llevaba un gran esfuerzo; lo miró directamente, y por un instante pareció que sus ojos estaban llenándose de lágrimas, pero el instante pasó y ella suspiró antes de continuar.

—Víctor, no sabes por lo que he pasado...

Él seguía ahí, en el umbral de la puerta, sujeto al pomo para evitar caer de la impresión, tratando de procesar algo de todo lo que lo estaba bombardeando sin cesar, porque a medida que los instantes pasaban, las preguntas no hacían más que aumentar.

— ¿Qué te pasó?
—Lo que estás viendo de mi —replicó lentamente— es el resultado del cáncer; ésta enfermedad se ha llevado casi toda mi vida.

Cáncer. En su diccionario, la palabra cáncer era sinónimo instantáneo de muerte, y la apariencia de ella cuadraba dramáticamente con ese concepto; pero aún con esa respuesta inicial no ayudaba en nada a entender todo lo demás.

—Cáncer —repitió estúpidamente— pero tú, es decir...

Ella levantó levemente una mano para hacerlo callar.

—Entiendo que debes estar haciéndote muchas preguntas ahora, pero estoy demasiado débil como para contestarlas todas, prefiero contarte las cosas de la forma más clara que pueda.

Víctor guardó silencio, aún sin procesar correctamente lo que estaba presenciando.

—No sé cuándo comenzó exactamente, pero debe haber sido hace tiempo, solo que jamás tuve ningún síntoma, te lo aseguro; quizás algo de cansancio, pero todos nos cansamos alguna vez, eso no era motivo para sentirme preocupada. Las cosas cambiaron cuando descubrí que estaba embarazada.

¿Embarazada? Víctor sintió que la habitación le daba vueltas, solo ellos dos ahí, a lados opuestos, una ampolleta pendiendo solitaria del techo, silencio alrededor.

—Supongo que por lo mismo las cosas se complicaron desde el principio. Cuando comencé a sentirme mal fui a revisarme, y descubrí que tenía  poco más de tres meses de embarazo, pero lo grave vino cuando la doctora me dijo que mis exámenes estaban complicados y me pidió otros más; nunca había tenido problemas de salud, pero sabía que unas tías habían tenido embarazos complicados y en el fondo no le di mayor importancia. En cierto tiempo me notificaron la terrible noticia, un cáncer estaba alojado en mi cuerpo y el diagnóstico era muy malo, tanto así que la doctora dejó todo en mis manos; para cuando tuve el diagnóstico tenía más de cinco meses de concepción, pero lo principal es que el cáncer estaba tan avanzado que ya no se podía realizar ningún tratamiento invasivo sin matarme en el intento, y el embarazo ponía en riesgo tanto mi vida como la de mi bebé. Los dos estábamos condenados.

Entonces eso quería decir que el embarazo había terminado en...

—Y entonces...
—Ninguno de los dos tenía esperanza —explicó ella débilmente— aunque había una posibilidad de prolongar mi vida si detenía el embarazo, pero ni siquiera eso era seguro porque mi enfermedad estaba muy avanzada. Ahí empecé a deteriorarme más rápido, pero no fue el único problema. ¿Recuerdas que te hablé de mi familia?

La familia, claro, esa era otra de las interminables preguntas que se agolpaban en su cabeza.

—Dijiste que no querías tener ningún tipo de contacto con ellos. Pero nunca me dijiste muy bien por qué.

Magdalena tuvo que hacer una pausa por un acceso de dolor; un momento después siguió hablando, pero más débilmente que antes.

—Lo que te dije es cierto, lo que nunca te dije es cuál era la razón principal; mi apellido no es Torre, es De la Torre. El mismo apellido de la familia De la Torre.

Aunque creía que no podía estar más sorprendido, descubrió que sí era posible; el apellido De la Torre era sumamente conocido en el país y sobretodo en la Ciudad. Una familia que desde hacía años gobernaba varios sectores peligrosos, financiando grupos armados, delincuentes y ladrones, sin que nunca se le hubiera probado nada; era casi un mito urbano, una especie de mafia tan bien llevada a cabo, que las autoridades y la policía nunca lograban probar nada de lo que se les acusara.



Próximo capítulo: Todo o nada

La traición de Adán capítulo 15: Confusión



–Adán.

El aludido estaba en la recepción de la galería cuando escuchó la voz de Carmen el Lunes por la mañana. Extraño, pero decidió ir de inmediato.

–Permiso.
–Acércate.

Parecía haber recuperado algo de su aplomo habitual, aunque no del  todo. Junto a ella estaban los dos cuadros cubiertos, entonces quería decir que la espera había terminado.

– ¿Lo lograste verdad?
–Desde luego –replicó ella orgullosa– solo necesitaba encontrar la frecuencia, y ahora lo terminé. Observa.

Descubrió los dos cuadros y Adán se quedó atónito ante ellos; Carmen había conseguido replicar el efecto del segundo cuadro, dándole otra vez al Regreso al paraíso un aspecto irreal. Nuevamente las texturas se mecían suavemente ante  los ojos, otra vez el lienzo se veía igual que una imagen viva, donde la piel del humano parecía respirar y el cielo mismo moverse de manera constante.

–No puedo creerlo...

Pero no era lo mismo. De alguna manera, la artista había conseguido terminar una pintura con la que el efecto era el mismo que el de su predecesora, pero el resultado era completamente diferente; Regreso al paraíso era un festival para la vista, una imagen mágica que despertaba la sensibilidad de quien la viera, y producía calma y armonía interior, mientras que esta nueva segunda pintura hacía que el producto fuese convulso, y que las emociones que despertara fueran la confusión y la angustia. Bello como un cielo cubierto de nubes y relámpagos, tormentoso como estar a merced de aquellas descargas.
¿Qué es lo que había hecho?

– ¿Lo ves? –dijo Carmen llena de entusiasmo– lo conseguí, tengo al fin la fórmula y pude rehacerlo, ¿te das cuenta? Es como si nunca hubiera pasado, como si estuvieras viendo otra vez el mismo resultado.

Adán  desvió un momento del cuadro la mirada y la miró. No estaba bromeando, realmente estaba convencida de que era lo mismo. ¿Acaso no se daba cuenta de lo que estaba pasando? Cerró los ojos y volvió a mirar, pero sucedió lo mismo, otra vez el efecto fue tan atormentado como antes, es decir que la artista si había logrado replicar el estilo y el fondo del cuadro, pero, usando sus propias palabras, plasmándolo en otra frecuencia totalmente distinta de la otra pintura. No terminaba de entender cómo es que lo había hecho, pero si tenía que definir lo que estaba pasando frente a sus ojos, podría decir que el segundo cuadro original había sido hecho por alguien que sentía el más profundo amor, y este que tenía frente a si por alguien que sentía odio o dolor.

–Estoy sorprendido Carmen.
– ¿Creíste que  no podría?

Si le decía lo que estaba pensando, había una gran posibilidad de que ella se lo tomara mal o que entrara en trance nuevamente, y dadas las circunstancias no podía arriesgarse a algo como eso; en esa situación el silencio sería su mejor aliado.

–Pensé que te tomaría mucho más tiempo.
–Estuve  preocupada al principio –replicó ella– supongo que influyó la forma en que sucedió todo en esa inauguración y lo de antes, pero tan pronto como me tranquilicé el pincel y los colores se movieron por si solos; quiero que la inauguración sea mañana a las diez de la noche.
– ¿Mañana? Tal vez deberías esperar un poco.
– ¿Y para qué? Los medios no estarán interesados para siempre, ahora que aun todos están preguntándose qué diablos pasó, les entregaré la exposición y tendrán muchísimo de que hablar.

Claro que tendrán de que hablar, pensó él, pero no lo dijo.

–De acuerdo, entonces me retiro, tengo que programar todo en tiempo record.
–Confío en ti.

Salió del taller dejando a una orgullosísima Carmen, y fue directo a la recepción; justo cuando menos lo necesitaba, se daba esta situación, y no podía sacarse de la cabeza la misteriosa nota. ¿Quién podía haber descubierto algo? No lo creía posible, sabía que había sepultado todo por completo, pero también existía  la posibilidad de que alguien quisiera tender un caza bobos, pero sea como fuere necesitaba investigarlo con delicadeza y con la inauguración otra vez encima, se vería obligado a posponerlo. Tomó el teléfono para comenzar  nuevamente a gestionar al personal  y a los medios.

Mientras, Pilar había ido a la casa de su amiga Margarita a tomar desayuno, pero ya estaban en el ordenador dedicadas a las labores detectivescas que ella se había propuesto.

–Empecemos por aquí –comentó Margarita– dime exactamente qué fue lo que pasó, palabra por palabra.

Pilar ya sabía que no tenía alternativa, así que comenzó resignada.

–De pronto recibí la llamada de un desconocido – comenzó lentamente – eso fue en la tarde, mientras estaba en el centro comercial. No pude identificar la voz del hombre, pero me dijo con mucha seguridad  que me felicitaba por el excelente negocio que había cerrado y que a partir del día siguiente tendría ya acceso al dinero en mi cuenta personal. Le dije que estaba equivocado de persona porque no sabía de qué me hablaba, y me respondió que estaba todo correcto, recitó mi nombre y el nombre de mi  banco, la referencia de mi cuenta y me repitió que el dinero que se me había pagado estaba depositado y podría disponer de el  a partir del día siguiente.
–Y te cortó.
–Exacto. Mi primera reacción fue pensar que era una pitanza, pero me llamó la atención que tenía muchos datos míos, y por las dudas llamé a mi banco; ahí empezó la pesadilla.

Lo recordaba como si hubiera sido ayer, los ocho meses no habían cambiado nada. Se estremeció.

–Desde el banco me confirmaron el depósito en mi cuenta: sentí mareos al escuchar la cifra, eran muchos millones así de golpe. Pregunté de dónde provenía el depósito, y me dijeron que había sido ingresado en efectivo por un particular, Sergio Carmona, con el motivo de pago por venta realizada. No comprendía que era lo que estaba pasando, así que desde luego llamé a Micaela, pero no me contestó, tenía apagado el teléfono.

Margarita tomaba nota de cada detalle en una bitácora.

– ¿Qué hiciste entonces?
–Fui al antiguo taller de mi madre porque pensé que tal vez ella había hecho algún negocio a mi nombre o algo por el estilo, que quizás era por la cuenta que había puesto a disposición de ella por cualquier cosa o que se hubiera confundido algo, que se yo. Cuando me la encontré –prosiguió con angustia– fue tremendo, estaba enfurecida, jamás la había visto así, parecía que de un momento a otro iba a echarme las manos al cuello; ni siquiera estaba hablando con claridad, pero me gritó que era una traidora, que no quería volver a verme en su vida... me trató de mala hija, incluso dijo que maldecía el día en que me había dado a luz. Le supliqué que me explicara que estaba hablando, y entre sus gritos y sus maldiciones, dijo que jamás me perdonaría por haberla traicionado y vender la colección Cielo a Bernarda Solar.
–Cosa que por supuesto no hiciste. Continúa.
–Yo no sabía nada de eso y se lo dije, pero no me creyó y continuo gritándome que era la peor persona del mundo, y me dijo que no podía ser tan falsa de hablar con ella cuando en ese momento ya tenía el dinero en las manos. Intenté razonar y explicarle que no sabía nada de Cielo y mucho menos del origen del dinero, pero fue inútil. Al final la vi tan enfurecida que opté por irme de allí, y fui al departamento, estaba completamente confundida y no sabía qué hacer.

Las cosas solo empeoraban al recordarlas. Que inocente, que  estúpida.

–Si quieres nos tomamos un descanso.
–No – replicó respirando profundo – ya empecé, no cambia nada que lo diga todo de una vez o por partes. Como te decía, fui al departamento esperando que Micaela me ayudara en algo, estaba al borde de un ataque de nervios, pero eso fue solo para peor, porque ella si estaba allí, solo que ya estaba enterada y además estaba más furiosa que mi madre si eso era posible. De entrada me gritó que era una traidora.

Aún recordaba con claridad los gritos de Micaela por el departamento ¨eres lo peor, no sé cómo pude enamorarme de ti¨  ¨eres una ladrona, eres lo más bajo que he conocido¨

–Yo seguía sin saber qué pasaba y comencé a llorar, le dije que no sabía que pasaba y le expliqué lo de mi madre, esa extraña llamada y todo lo demás, pero fue inútil, Micaela no me escuchaba; le rogué, le supliqué que me escuchara, que me creyera, pero todo fue inútil, ni siquiera escucho mis palabras de amor, había tanta rabia y tanto desprecio que no parecía la misma persona que horas antes me amaba como siempre. Entonces intenté convencerla con argumentos, pero en ese momento me arrojó a la cara la copia de un contrato en donde se acordaba la venta de la colección Cielo a cambio de un enorme monto de dinero, a la propiedad de Galería Cielo, propiedad de Bernarda Solar.

Margarita frunció el ceño.

–Después vas a tener que mostrarme ese documento, pero ahora sigue, sigue.
–Me quedé sin palabras cuando vi mi firma en el contrato, y entonces entendí porque es que ella estaba en ese estado; nuevamente le supliqué que me creyera, que todo eso debía ser un error o algo hecho por un malintencionado, pero no funcionó, Micaela estaba cerrada  en las pruebas que tenía y no podía escuchar nada más; me quitó las llaves y me echó del departamento, me arrojó a la calle y me dijo que no volviera o me arrepentiría, y por cómo se veía, la creí capaz de hacerme algo. No sabía qué hacer ni adonde ir, estaba desesperada y ni mi madre ni Micaela  me querían entender. Creí hacer algo bueno y llamé al abogado de mamá.
–A Izurieta.
–Sí, lo llamé para pedirle consejo, pero él ya estaba enterado y  me dijo que no importaba lo que dijera porque los hechos eran irrefutables, y que si quería podía tomar acciones legales, pero eso pondría en todos los medios lo sucedido, con lo que destruiría la carrera de mi madre.
– Y te aconsejó salir del país.
–En realidad no fue eso –respondió Pilar– me dijo que mientras hablábamos, él estaba cumpliendo órdenes de mi madre y bloqueando mis contactos públicos, para impedir que pudiera trabajar, me estaban destruyendo la vida. Y no me quedó alternativa, saqué algo de dinero de la cuenta que me dejó papá y compré pasajes para salir del país.
–No debiste hacer eso, era como reconocer culpas, pero tampoco tenías a nadie y yo no estaba aquí.

La mujer se quedó muy seria, tratando de  controlar todo lo que quería decir; a su modo de ver las cosas, las personas que no confían en tus palabras no merecían tu atención, pero sabía que su amiga seguía esperando la aprobación de su madre aún con todo lo pasado, y  la ayudaría en lo que pudiera, aunque por dentro esperaba el momento de ver a esas personas aplastadas por la verdad. Como detestaba la injusticia.

–Ya, mira, tengo todo apuntado, así que nos vamos a poner a investigar. Lo primero, es como se enteró Micaela y tu madre de lo que supuestamente hiciste.
– ¿Y eso por qué?
–Ay mujer, porque alguien tuvo que decírselo, si ellas no estaban enteradas no iban a estar siguiendo tus negocios ni tus cuentas; la persona que les dijo es muy importante, también el tipo que hizo el depósito en tu cuenta.
–Pero esa persona podía ni existir, o podría ser un mandado.
–Eso no importa, más todavía si lo enviaron quiero saber  quién fue. ¿Sabes qué? Tengo la sensación de que Micaela es la clave de esto.

Pilar contuvo la respiración. Aún con la forma en que la había despreciado, no podía creer que ella tuviera tan siquiera algo de culpa.

– ¿Por qué lo dices?
–Por qué ella tenía el contrato. ¿A todo esto, lo tienes?
–Tengo una copia, pero está mecanografiada.
–Da igual. Mira, haremos esto, me das el contrato, yo hago unas investigaciones y tú vas a ir al banco de la dichosa cuenta. Por cierto, el dinero sigue ahí, ¿verdad?
–Jamás lo toqué.
–Eres un ángel. Como te decía, te vas al banco y preguntas por las grabaciones de las cámaras de seguridad del día del depósito, seguro que las tienen, y si no te las quieren mostrar les dices que vas a llamar a tu abogado o lo que sea, deja que crean que hay un delito detrás de todo esto y vas a ver cómo te ayudan.

Pilar suspiró hondó. Ya no iba a echar pie atrás.

Micaela estaba con algo de insomnio, así que sin mucho que hacer por la mañana se fue a la oficina de Esteban para hablar con él. Cuando llego al edificio vió a uno de los trabajadores de la obra saliendo por una puerta lateral.

–Qué extraño...

Sin saber muy bien por qué, quizás guiada por un presentimiento, decidió seguirlo, pero la voz de Esteban la distrajo.

– ¿Oye y tú qué haces aquí?
–Yo –respondió algo turbada– nada, me vine a molestar porque estoy con insomnio.
–Buena idea, así me ayudas con lo que estábamos hablando ayer. Además tenemos que hacer muchas llamadas, por lo menos yo voy a darle algunas instrucciones a mi banco.
–Tienes razón, creo que voy a hacer lo mismo, además que una de las primeras cosas que tuve que hacer al volver fue ir a mi banco porque tenían algunos problemas con mis datos.
– ¿Lo ves? Es mejor prevenir, vamos, necesito un café.

Entraron al edificio conversando, pero la imagen del trabajador le seguía pareciendo extraña; por ahora no diría nada, pretendía aclarar algo por las suyas para luego ver que hacer.

–Tenemos visitas.
– ¿Quién?
–Bernardo Céspedes, el hijo del dueño, ¿te acuerdas?
–Sí. Ay, estaba en la balacera baboseando por tu jefa, quizás viene a despedirnos.
–No lo creo, no hace ese tipo de cosas si no es con altos mandos, creo que Eva es lo más bajo que caerá, pero si está aquí seguro hay reunión de directorio, y estará ella también.
–Diablos, debí haber venido de traje.

Estaban atravesando la recepción directo a uno de los ascensores, cuando Micaela vió como entraba una mujer al edificio y la reconoció de inmediato; alta, de figura imponente, de cabello claro, actitud dominante y segura, caminando por ahí como si fuera su edificio.

– ¿Quién será esa mujer?
–Es Bernarda Solar –respondió Micaela sombríamente– lo que me pregunto es que hace aquí.

Vió como Bernarda saludaba amigablemente a Céspedes y este le devolvía el saludo. Al verlos subir juntos a un ascensor dedujo el resto.

–No puede ser.
– ¿Qué?
–Ella –replicó lentamente– está aquí porque es accionista de esta constructora.

Esteban sonrió incrédulo.

– ¿Qué? No, eso es absurdo Micaela, hace tiempo que no hay acciones a la venta, seguro tiene algún proyecto con nosotros.

Pero Micaela sabía muy bien como actuaba Bernarda Solar.

–No Esteban, ella es accionista o algo peor. Ella no sale de su palacio si no es para apropiarse de algo importante, eso quiere decir que la vamos a ver muy seguido de ahora en adelante.
–Espera, ¿tú la conoces?
–Es una empresaria conocida por absorber todo lo que  quiere para ella. Es dueña de una serie de empresas, y te aseguro que si  está aquí es porque ésta es la próxima.

Esteban no dijo nada, se limitó a ir directo a una secretaria de las antiguas y le hizo las preguntas correctas. Momentos después volvió cargado de noticias.

–Es increíble, acertaste a todo lo que dijiste, esa mujer va a estar en reunión de directorio, pero no pude averiguar más.
– ¿Puedes colarte en la reunión?
–No soy tan importante como para eso, pero ¿Por qué te parece tan importante?
–Me parece más bien preocupante. Pero que esté aquí y no sepamos nada no nos ayuda, tendríamos que encontrar alguna forma de saber más detalles.

A él ya le había picado la curiosidad.

–Espera, creo que puede haber una forma, hay una asistente que me debe un favor, haré que investigue por nosotros mientras entra a llevarles café o algo. ¿Hay algo en particular que queremos saber?

Micaela lo miró fijo.

– ¿Por qué estás haciendo esto?
–Porque es interesante y ya  no tengo mucha confianza en nada después de lo de ayer; confío en tu olfato. Entonces dime.
–Siendo así, solo queremos saber una cosa: que tan grande es la tajada que tomará de esta constructora



Próximo episodio: Errores en cadena

La otra matrix Capítulo 3: Falta de liderazgo



Soulbreaker se vio obligado a levantarse y pensar en una serie de situaciones prácticas antes de llegar a Luna Solire. Con las partes de repuesto que tenía no podía convertirse y descubrió que si bien tenía su memoria intacta, la memoria práctica de su cuerpo, en donde se incluía el registro de imágenes había sido borrado por completo. Buscó en los archivos del cronista y por suerte encontró los registros más recientes, entre los cuales figuraba una imagen suya y el registro de su fallecimiento; hizo escáner de la imagen y esperó a que su cuerpo realizara el proceso correspondiente, pero descubrió que el resultado no era igual al que esperaba y que las partes que conservaba de su cuerpo original habían sufrido unos ligeros cambios. ¡Claro! Estaba muerto, eso significaba que la computadora no podía darle la apariencia de un robot fallecido pero si una muy similar; ese era un protocolo básico para evitar la suplantación, aunque era absurdo que no pudiera recuperar su propia apariencia. Se sintió absurdo al mirarse en el reflejo en la muralla y ver que era una especie de homenaje a sí mismo.

—Homenaje de qué —dijo en voz baja— no soy un héroe y ni siquiera estoy muerto.

Ahora era varios centímetros más alto de lo que era antes, el pecho era más agudo y angular y los rasgos de la cara y cabeza se habían endurecido; después pensó que si bien tendría que acostumbrarse a su nueva apariencia, le sería útil para pasar desapercibido en el lugar al que se dirigía. Tan pronto llegó a la Luna descubrió un nuevo problema: no podía dejar la nave en el aparcamiento interno ya que al estar muerto los créditos se habían borrado del sistema ¿cómo iba a recuperarlos sin ponerse en evidencia? Para eso tendría que ir a Cybertron y hablar con algún técnico o contable, y ni siquiera sabía si eso sería posible en esas circunstancias; se resignó a dejar la cápsula en un sitio exterior y puso la copia de la matrix en una caja de aleación de resistencia térmica que bloquearía las emisiones de energía y luz evitando que alguien descubriera la frecuencia que había en su interior.

Una vez que abandonó la relativa seguridad de la cápsula se encontró cara a cara con Ricochet.

—Hola —lo saludó alegremente.

 Soulbreaker se quedó inmóvil mirándolo y fingió no reconocerlo.

—Disculpa amigo, creo que te confundí con alguien más —comentó Ricochet con liviandad—, no eres de por aquí ¿verdad?
—Jamás había estado en este sitio —respondió Soulbreaker.

El otro le indicó con un gesto que entraran en el antro.

—En ese caso creo que me corresponde hacer una breve visita por el lugar, mira, esta es la barra y el grande que está del otro lado es el que sirve los tragos. Si quieres un consejo, jamás pidas esencia Filtro 5, es una bomba.

Alguien llamó a Ricochet y éste se alejó despidiéndose con un gesto; Soulbreaker se acercó a la barra donde atendía un enorme robot oscuro y mal agestado.

— ¿Cómo va todo? —dijo a modo de saludo.
— ¿Quieres algo para beber?
—Si me das trabajo podría tener dinero para pagarte un trago —respondió—, he viajado mucho y estoy sin uno.

El antro estaba bastante vacío en esos momentos y el grandote le hizo un gesto para que lo acompañara al subterráneo del lugar.

—El jefe va a venir dentro de poco y debo tener todo esto ordenado —comentó indicando las cajas de energon líquido y las distintas infusiones—, si lo ordenas antes de una hora te daré unos cuantos créditos y una provisión para que puedas viajar, pero si te bebes una sola gota de lo que hay dentro de esta bodega te aplastaré y te colocaré como objeto decorativo en el techo de mi bar.

Sin decir más subió la escalera y dejó cerrada la única compuerta del lugar.
Unos minutos después Soulbreaker ya había terminado el trabajo que le encomendaron y tocó a la puerta del pequeño sitio; el grandote que lo había dejado ahí se mostró tan contento que le invitó una buena dosis de energon líquido.

—Tal vez podrías quedarte a trabajar aquí un tiempo, necesito a alguien útil como tú, no soy bueno para ordenar cosas.
—En realidad sólo estoy de paso —dijo Soulbreaker inventando la mentira en ese momento—, estoy en misión a través de los planetas hace bastante tiempo y tenía que reunirme con mis superiores, pero parece que las cosas están muy complicadas en estos tiempos.

El bar en ese momento se encontraba vacío; el grandote adoptó una actitud más seria y e habló en voz baja.

—Soy Eoscill —dijo de forma confidencial—, y voy a decirte algo para que tengas cuidado con lo que haces y lo que preguntas: Los autobots y los decepticons entraron en guerra hace tiempo y en estos momentos las cosas están muy tensas por estos lados; me refiero a Cybertron, cualquier planeta o asteroide poblado que haya en muchos de kilómetros espaciales a la redonda. Lo mejor que puede hacer alguien como tú o como yo es hacer su trabajo y vivir como si nada estuviera pasando, así tal vez evitemos que uno de sus disparos nos vuele la cabeza.
—Pero Ricochet estaba afuera y según lo que me habían contado era parte del contingente autobot de Cybertron desde hace tiempo.
— ¿Ricochet? —Dijo Eoscill— Tiene que ser una broma, ese tipo no sólo es un desertor, es el peor jefe que he tenido.

2

Asteroide mecánico en el espacio. Mientras tanto.

Runflight ingresó un código en el teclado de la entrada del lugar, tras lo cual la compuerta se abrió.
Las luces del lugar estaban tenues y no parecía haber movimiento en el interior; en el único salón que había tras el pasillo de entrada reinaba un silencio absoluto, y al centro, una camilla de intervención mecánica tecnología muy avanzada y conectada a un panel que indicaba el ritmo vital. Sobre la camilla había un robot con graves heridas, inmóvil, con los brazos y piernas conectados a decenas de cables y conectores, y el pecho abierto con la chispa expuesta, tan sólo con unas conexiones mínimas que lo mantenían aún con vida. En el rostro herido y devastado los ojos que aún tenían un destello azul se movieron y enfocaron en él.

—Mi querido amigo —dijo con un tono de voz dulce y suave—, sé que estás sufriendo y me gustaría poder terminar con tu dolor, pero aún no es el momento.

Los ojos del otro brillaron con un poco más de intensidad y se movieron de un lado a otro, inquietos ante esas palabras.

—Sí lo sé —dijo Runflight—, sé que estás sufriendo desde que ese terrible accidente te dejó en este estado, pero no olvides que te prometí que iba a encontrar la forma de salvarte y reconstruir tu cuerpo, y poner a salvo tu chispa que en este momento está tan cerca de la muerte; ahora en el exterior han ocurrido muchas cosas y creo que estoy más cerca que antes de conseguir salvar tu vida, resiste viejo amigo, muy pronto volverás a vivir.

Hizo algunos ajustes en los terminales que mantenían con vida al otro robot y volvió a salir, dejando cerrada y asegurada la puerta; sabía que el sistema que lo mantenía en el límite entre la vida y la muerte era lo más cercano a una de las máquinas de tortura que los decepticons tenían en su poder, pero con las modificaciones que había hecho le permitía mantener y prolongar ese macabro espectáculo de un cadáver viviente sujeto a la vida tan sólo por un par de hilos; en su poder tenía los archivos de respaldo que había podido rescatar de las ruinas de ciudad autobot, y esperaba con ellos reconstruir las últimas horas antes de su llegada con los barredores. Estaba contra el tiempo, tenía que cumplir con la misión por la cual le estaban pagando muchísimos créditos, y tenía que descubrir la huella del autobot que había escapado; el otro había destruido su archivo mental antes de morir, pero eso no sería suficiente para detenerlo. Pasó a modo Jet y volvió a emprender el vuelo.

3


Soulbreaker estaba empezando a pensar que no era buena idea dar reconocer el asunto de la copia de la Matrix y tampoco hablar de encontrar a Hot rod o cualquier autoridad de entre los autobots.

—Escuché que la guerra había terminado.
—Esa maldita guerra nunca va  a terminar mientras quede al menos uno de cada bando, por eso yo no tengo un símbolo que me identifique. ¿Y cuál decías que era tu misión?

No podía dárselas de investigador en esos momentos, o la buena impresión que Eoscill tenía de él podía esfumarse en un instante.

—Trabajo con un grupo de investigadores, mi jefe me envió hace tiempo a buscar muestras de ciertos minerales a lugares lejanos.
— ¿Y dijiste que eran de Cybertron?

Un nombre, necesitaba el nombre de alguien que hubiese muerto en la guerra. Que Primus lo perdonara.

—Sí, trabajo para un destacamento a las órdenes de Perceptor.

Por un momento Eoscill pareció ligeramente conmovido, seguro porque ya sabía de su muerte.

—Entonces creo que estás desempleado.

Se hizo un silencio incómodo, que Soulbreaker decidió no interrumpir; si estaba leyendo bien las señales, el otro estaba sopesando las posibilidades ante un extraño que aparentaba estar fuera de las noticias y, al igual que él, del conflicto. Unos momentos después el autobot tomó la decisión.

—Sí, creo que tal vez puedo reconsiderar tu oferta de empleo, supongo que sigue viniendo gente al bar. Mi nombre es Heartfire.
—Contratado —dijo el otro aliviado de salir del tema de Perceptor—, pon tu brazo sobre la barra para poder registrarte y transferir créditos.

No había pensado en eso, no bastaba con decir un nombre y quedar con eso, recordaba muy bien que estaba muerto en el sistema. Por suerte Eoscill estaba ingresando los datos en un terminal antiguo, donde bastaba con registrar la información de forma manual.

— ¿Con que Heartfire?
—Sí, tal vez no registre, estuve perdido por los asteroides de vaya a saber dónde.
—Y como si eso le importara a los sistemas, es un milagro que aún funcionen. Ya está.

Recibió la señal y tuvo los primeros créditos como Heartfire. Justo en ese momento entró Ricochet hablando fuerte.

— ¿Nadie trabaja aquí? Espero que tengas listo el inventario Eoscill.
— ¿Y para qué crees que contraté a este chico? —replicó el otro desafiante, aunque no agresivo—, puedes revisar todo lo que quieras.

Ricochet desapareció por la puerta y regresó tan sólo unos momentos después.

—Las ganancias van bien, y todo está ordenado, felicidades. No destruyas nada mientras no estoy.
— ¿Adónde crees que vas?
—Alguien tiene que ir por suministros.
—Y si vas tú, te perderás por meses como la última vez —replicó Eoscill con acidez, al parecer no le intimidaba su superior en el bar—, vamos a hacer algo bien por una vez, tú te quedarás por aquí haciendo alguna cosa, yo me encargaré del bar y Heartfire va a ir por los suministros que faltan a  Traon.

El autobot sólo miraba la escena; la situación no podía ser mejor; Traon era uno de los muchos asteroides comerciales que flotaban por el espacio en las cercanías de Cybertron.

—Está bien, haz lo que quieras, pero si este se va con los créditos, los descontaré de tu salario.

Tomó una botella y salió del lugar.

—Ya escuchaste, toma una carga de créditos y ve a buscar los suministros que necesitamos para las tres semanas que vienen, ya hiciste el inventario así que tienes una idea.

En ese momento entró un grupo que distrajo la atención de Eoscill; Soulbreaker tomó los créditos y salió del lugar.

4

Horas más tarde, Soulbreaker estaba estacionando la cápsula de viaje del bar en una zona discreta en Traon. Estar a tan sólo unos minutos de Cybertron era una excelente oportunidad para averiguar en dónde estaba Hot rod y entregarle la copia de la matrix de liderazgo sin llamar la atención. Inexplicablemente la suerte parecía estar de su lado, al vislumbrar a Ultramagnus a unos metros. Estaba rodeado de una serie de autobots que no había visto antes; se acercó lento, observando la conversación entre el poderoso comandante autobot y lo que, al parecer, era un destacamento de autobots armados hasta las tuercas, y la nave que estaba a su costado era del tipo de batalla.

— ¡Todo esto es una locura!
—Tienen que calmarse muchachos, hay que tomar esto como lo que es.
—Magnus, no puedo creer que tú estés diciendo esto —exclamó uno de ellos—, eres un guerrero, has estado con nosotros en tantas batallas y ahora sólo sigues las instrucciones de Rodimus, nos estamos quedando parados en la mitad del espacio esperando a que esos malditos cons nos aplasten, igual que en la Tierra.

Ultramagnus respondió con voz calmada, aunque segura.

—Rodimus prime es el líder de los autobots, y como tal tiene que tomar decisiones pensando en el bien de todos, no sólo en el destino de una batalla; la orden es esperar, reunir a los autobots que están desperdigados y procurar las mejores condiciones posibles para ellos; si atacamos a algún decepticon ahora, lo que haremos será desatar una nueva guerra y en las condiciones que estamos, sería una masacre.
—Pero…
—Ahora por favor guarden esas armas en su nave, y vayan al punto que les indiqué, o tendré que apresarlos por desacato.

Lo último lo dijo con su típico tono autoritario, que fue suficiente para que los otros obedecieran. Sin embargo parecía cansado y agotado; Soulbreaker se acercó a él mientras la nave levantaba vuelo y le ofreció una botella de una infusión de electrón 9.

—Parece que te hace falta.

Por un momento, el otro lo quedó mirando, como si estuviera a punto de reconocerlo; pero, tal como se lo había imaginado, su nueva configuración hacía que incluso quienes hubiesen visto a Soulbreaker pensaran que era sólo parecido.

—Gracias, no suelo decir esto pero mataba por este elíxir. No te había visto por estos lados.
—Misión de exploración de minerales, vengo de lejos básicamente y siento que llevo siglos fuera de estos enormes pedazos de metal. Soy Heartfire.

El apretón de manos fuerte y decidido transmitía confianza; por suerte el trago, que sabía era su preferido por conversaciones escuchadas desde los túneles, había tendido un puente.

—Lamento decir que no son los mejores días para hacer investigaciones amigo.
—Parece que llevaras el peso de Cybertron sobre tus hombros.

Ese fue un golpe bajo; pero Ultramagnus, tan sensato y sólido como siempre no demostró reacción.

—Los grandes pesos siempre los llevan los líderes, yo sólo soy un soldado.
—Vamos, hasta un explorador como yo, que estuve del otro lado del universo por décadas conoce tu fama, eres el comandante de las huestes, el más fiel amigo y colaborador de nuestro líder Optimus prime.

Magnus no respondió, y sólo en ese momento, Soulbreaker descubrió un detalle que antes había pasado por alto. En el brazo derecho, el autobot tenía una pequeña placa de color rojo con forma triangular, característica de los mensajeros y  carceleros.

—Gracias por el trago, pero debo irme, hay trabajo pendiente.
—Espera un momento ¿Eres un carcelero?
—Estoy trabajando con los autobots como de costumbre.
—No evadas la pregunta. Tú eres uno de los grandes, la leyenda de tu nombre ha atravesado las galaxias, y ahora que estoy de regreso veo que te han degradado ¿Qué fue lo que pasó, cómo es que Cybertron se volvió tan inseguro, por qué Optimus te haría algo así?

Sin darse cuenta, había dejado de fingir ser un desconocido, y comenzó a hacer reproches que eran parte de sus sentimientos desde que volviera  a la vida. Por suerte calló a tiempo.

—Escucha, de verdad parece que hace tiempo no estás por estos lados, pero no creo ser el indicado para contarte todo; sólo puedo recomendar que vayas a las coordenadas que dejé impresas en aquella muralla, donde estarás más seguro que en el espacio.
—Sólo quiero saber qué pasó contigo.
—Asumo las consecuencias de mis actos —explicó en voz baja, herido por lo que estaba diciendo—, y cometí el error de desobedecer al líder de los autobots, a quien juré proteger.
—Pero Optimus…
—Optimus ha muerto, el líder de los autobots es Rodimus prime; escucha muchacho, busca a tu líder de sección en las listas del alojamiento que está indicado, y sigue sus instrucciones. No cometas un error.

Sin decir más se volteó para ir en otra dirección. ¿Qué diablos estaba pasando? Que Rodimus hubiera degradado a Magnus era algo totalmente inesperado.

—Magnus, espera.

El otro se detuvo, sin mirarlo; tenía que saber más, era imperativo descubrir el misterio detrás de su baja y lo que estaba sucediendo en los altos mandos, o el destino de la copia de la matrix estaría en riesgo. Pero antes que pudiera decir algo más, un silbido muy agudo anunció que un misil de larga distancia estaba extremadamente cerca. Un segundo después, la plataforma donde ambos estaban voló en pedazos.



Próximo capítulo: Escape a las estrellas