La traición de Adán capítulo 12: El comienzo del paraíso




Eva llegó al restaurant a las once en punto y se encontró con Adán ya esperándola.

– Es un placer, de nuevo.
– Igual para mi – sonrió ella.

Se quedaron mirando unos segundos; Adán estaba cada vez más fascinado con esa mujer, mientras que ella sentía una atracción muy  fuerte y repentina. ¿Quién era ese hombre que la miraba de ese modo y le resultaba tan atractivo desde el primer contacto? Estaba claro que era guapo y de estupenda figura, pero en él había algo más, tenía una fuerza interna que había llegado desde que lo divisó en la gala, mucho más  ahora que lo tenía en frente, pero no se quedaba ahí, porque a la vez sentía la misma atracción fluyendo desde él y con la misma fuerza, lo que hacía que no se sintiera intimidada ni avergonzada. Era gratificante y a la vez muy extraño. Se sentaron a una mesa al fondo junto a unos mosaicos de cristal.

–La idea de formar una sociedad neutral es interesante –comentó ella mientras les servían espumosos cafés –aunque supongo que sabes que está al borde de la legalidad.
–Nada de lo que hacemos está exento de peligro, pero en particular prefiero tomar la decisión en vez de quedarme mirando la vida pasar.
–Y este proyecto es importante para ti.

Estaba apuntando directo a sus objetivos básicos tras todo eso, era intuitiva y seguramente tenía grandes ambiciones.

–Lo es porque de él depende mi presente, quiero dejar firme este escalón, supongo que también es tu caso en esa constructora.

Era como estar hablando con alguien que la conociera desde siempre, pensó Eva, era estimulante saber que por una vez en la vida no tenía ante sí un baboso.

–Es verdad. ¿Y cuáles son tus objetivos?
–De momento tener un proyecto propio, manejo la administración, también varios conceptos del arte y de logística, así que algo se me puede ocurrir.
–Eso es cierto, yo estoy de paso por la constructora, me sirve mientras me establezco en un  proyecto que esté de acuerdo con mis estudios de Ciencias de negocios.

Adán sonrió; era tan estimulante estar hablando con ella, mucho más de lo que había proyectado desde antes, le resultaba familiar, hablaban en los mismos términos y por si todo eso fuera poco, era evidente que a ella le estaba pasando algo también con él al mismo tiempo que percibía su interés y no se mostraba molesta por eso. ¿Cómo podía pedir algo más en ese momento? No solo se sentía en confianza total con ella, sino que también percibía en su mirada y sus gestos una complicidad que cualquiera solo esperaría tener luego de mucho tiempo de conocerse.
Bebió un trago de café.

–Si estás pensando en hacer proyectos propios, entonces podrías hacerte inversionista de una de las obras de Carmen Basaure, te reportaría beneficios.
–Eso significa que la inauguración sigue en pie.
–Por supuesto Eva, sufrimos un retraso pero nada más que eso, y claramente podemos mover las cosas en nuestro favor para generar aún más beneficios. Como te lo dije antes, la sociedad neutral solo nos trae beneficios.

Eva también bebió algo de café.

–Lo sé, y por eso es que quiero conocer a fondo el proyecto lo más pronto posible, necesito manejar toda la información con urgencia.
–Haré todo lo que necesites – replicó el sonriendo – te aseguro que tendremos excelentes resultados, incluso si quieres puedes acompañarme ahora mismo a la galería.

Pero ella negó con la cabeza mientras bebía más café.

–Sería fabuloso pero no puedo; tengo que estar en quince minutos en terreno para tener una idea clara del proyecto, es la remodelación del Boulevard del centro comercial Plaza Centenario.
–Es una pena, en la tarde tengo un almuerzo y después estoy obligado con asuntos de la galería. ¿Te parece a las ocho?
–Ocho quince – corrigió ella revisando la agenda en su teléfono – así me da tiempo de pasar por el hotel después de la reunión en la constructora.
–Estupendo – replicó el sonriendo – entonces quedamos en esa hora, te paso a buscar al hotel o llegas directo a la galería.

Eva aun no tenía todo el conocimiento de la ciudad después de varios años en el exterior, pero detestaba quedar como la que consigue chofer sin motivo. Bien podía dejar que la llevara en otra ocasión.

–Prefiero llegar directo a la galería.
–Genial, entonces nos vemos a las ocho y quince.

Terminaron el café, y al ponerse de pie estrecharon las manos, pero aunque fue en un principio un gesto protocolar de ambos, sucedió  algo inesperado: al tener contacto físico, una corriente eléctrica pasó de uno a otro, despertando los sentidos de los dos con un estímulo sexual automático. Se quedaron inmóviles, mirándose con intensidad inusitada, transmitiendo por la vista el deseo que estaban experimentando desde ese instante, sin tener nada más que ver que una al otro, sintiendo como las pulsaciones aumentaban de golpe y la respiración se agitaba por el brusco cambio de estado; Adán la habría tomado en ese instante entre sus brazos, quería mantener eternamente el contacto con esa piel, conocer sus formas, palpar la temperatura de su deseo con sus labios, quería hacerle el amor de inmediato y no separarse de ella hasta más allá de los limites, y sentir como fluye de la persona perfecta la más perfecta sensación. Eva no conseguía quitar la mirada de esos profundos ojos que brillaban con deseo desenfrenado, y se sintió abrumada por su propia excitación, por lo imposible del momento en que  sucedía, por lo incorrecto de sentir deseos de quitarle la ropa y tomarlo para sí, porque quería hacerlo suyo, quería excitarlo de todas las formas posibles y sacarlo de los limites conocidos para hacerlo experimentar nuevos placeres hasta enloquecerlo, el mundo no importaría después porque él solo tendría sentidos para ella.
Separaron las manos con dificultad, sin hablar, sabiendo perfectamente lo que estaban pensando, pero recuperando algo de la cordura al romper la conexión directa y entendiendo que no era el lugar ni el momento, que dejarse llevar por ese deseo sería inútil, porque para eso podrían crear un momento perfecto. Aun sin hablar, Eva salió lentamente del café y subió a un taxi, donde dio una vaga indicación, lo importante era salir de allí de inmediato, antes que perdiera por completo la compostura.

– ¿Se siente bien señorita?
–Estoy bien, gracias.

No estaba bien, estaba descolocada por lo que había pasado, a la vez confundida y maravillada, con la temperatura por las nubes y el corazón aun azotándole el pecho; habían quedado de acuerdo en reunirse a la noche en la galería, lo que significaba que estarían solos, y no sabía que iba a ocurrir entonces, no sabía si tendría otra vez las mismas sensaciones o siquiera si podría controlarse; pero no faltaría.
En el café, Adán entro al baño y se mojó la cara, pero el líquido no parecía estar frio o hacer efecto sobre la temperatura de su cuerpo; estaba excitado, mucho más de lo que habría creído, acababa  de pasar por una experiencia nueva y por lo demás muy interesante: había tenido una conexión visual completa con Eva San Román, y en esos momentos en que se tocaron sin poder dejar de mirarse, sintió como el nexo se hacía más y más fuerte, como no eran necesarias las palabras porque ambos sabían exactamente lo que estaban sintiendo y como el deseo los dominaba por completo. Tenía que hacerle el amor, tenía que crear el momento perfecto para que estuvieran a solas, pero también tenía el tiempo en contra porque esa misma noche volverían a verse y no sabía si en una nueva reunión y esa vez solos, podría controlar lo que sentía.
Finalmente llegó la tarde, y a las ocho y quince en punto Eva llego a la galería, donde la esperaba Adán con una sonrisa en los labios.

–Acompáñame.
–Está bien.

Siguieron en silencio, aun sin tocarse, caminando lentamente pero no hacia la galería, sino que a un conjunto de casas a cierta distancia, y que eran utilizadas tanto como set televisivos como para hacer publicidad; el sector estaba cerrado pero no vigilado, de modo que pudieron entrar con toda tranquilidad y caminar por las callecitas de la pequeña ciudad. Así llegaron a una casa, a la que entraron todavía en silencio, todavía sin tocarse.

–Pasa.

Eva pudo ver ante la blanca luz las paredes cubiertas de telas de colores cálidos, los que se mezclaban entre sí, dando al recinto un aspecto interminable, con paredes invisibles y lienzos como un océano de fuego en movimiento constante, con aroma a delicadas fragancias, con una brisa cálida aunque no sofocante que mecía su cuerpo casi al ritmo de una música inexistente. Él estaba decidido, había creado un escenario irreal solo para ella, y ahora la miraba con la misma intensidad que en la mañana, esperando solo la respuesta o la primera reacción. El hombre la miró con infinito deseo, pero aun sin tocarla, extendiendo el momento más allá de la lógica, solo respirando con dificultad mientras su propia temperatura subía sin detenerse.
Eva lo miró sin ocultar el deseo que sentía, no tenía temor a lo desconocido ni se sentía atrapada, desde el momento en que tuvieron el primer contacto supo que eso ocurriría, y también lo quería, pero en ese instante no sabía cómo  comenzar. Iluminado por las luces tenues del artificial atardecer, el hombre se despojó de las ropas en silencio, lentamente y sin ceremonia, hasta quedar completamente desnudo frente a ella, demostrando así su entrega y su pasión, jamás importaría el después, en ese sitio que solo era para los dos solo importaba el presente.

–Ven...

Avanzó un paso, dos, y estuvo entonces a milímetros de tocarla, y ella pudo contemplar su piel bronceada con el calor emanando al compás de los latidos del corazón, atreviéndose entonces a acercarse a un terreno que no por inexplorado le era desconocido; entendía sus movimientos como si antes los hubiera visto mil veces, entendía la respiración porque ella misma llevaba el compás inconscientemente, y sabía la reacción de ambos desde antes de hacerlo. Lo tocó, rozó con las yemas de los dedos el pecho y los hombros, y se estremeció al percibir la temperatura y el deseo en su piel como una señal que segundo y segundo la llamaba.
Adán no pudo esperar más, y en un gesto de total entrega que jamás creyó realizar por voluntad, ahí desnudo en esa habitación se arrodilló a los pies de Eva, abrazándola fervientemente mientras el contacto estremecía a ambos; ella podía sentir la agitada respiración de él en torno a su cadera, así como escuchó su voz no solo por oído sino que también dentro de su mente.

–Tengo que ser tuyo Eva... tienes que hacerme tuyo, o no podré vivir otro día sin ti.

No era una declaración de amor por ella, de hecho no lo dijo con romanticismo, más bien fue la expresión de su necesidad, porque en ese momento Eva lo era todo, y sabía desde su interior que segundo a segundo estaba fundiéndose con su existencia, así que sin esa parte con él no sabía que iba a sucederle: Eva en tanto estaba cayendo en la desesperación, no podía sentir nada más que a él, y aun siendo una actitud insensata e ilógica, no tenía fuerzas ni motivos para seguir negándose, había en el contacto con Adán algo básico, un instinto primitivo que la llevaba hacia él sin retorno.
Finalmente se dejaron llevar por el insólito deseo que estaban experimentando, y siguieron así entre caricias a un sexo salvaje e incontrolable, donde todo era nuevo para los dos, y cada sensación era como una descarga eléctrica que no cesaba, y hacía que con cada caricia desearan más, que con cada gemido el deseo subiera y con cada nueva experiencia quisieran llegar al siguiente nivel; Adán jamás había sentido tal  deseo por ninguna de las mujeres que había tenido, pero  ellas no existían, Eva era la primera que lo hacía salir de control, con ella solo quería entregarse y  darle placer, ser suyo sin querer un final, y al mismo tiempo deseando el fin para comenzar una vez más; casi no habían palabras entre ellos, en medio del silencio del lugar se entendían a la perfección, y Eva descargaba a la vez en él sus deseos y sus ansias, no quería dejar un centímetro de piel siquiera sin tocar, y los minutos se sucedían irrealmente, sin pausas, que deseo tan intenso estaba viviendo, la fantasía más perfecta hecha realidad, el hombre al que nunca había buscado, ahí solo para ella, entregado por completo para su deleite, el hombre que podía conseguir lo que quisiera de ella y que como único deseo quería satisfacerla, y ella misma ansiaba que la noche no terminara jamás, que siguieran conectados en ese banquete para los sentidos que no tenía limite, con él estaba disfrutando experiencias desconocidas, y sintiendo niveles de placer que no creyó poder sentir alguna vez, un placer que era tanto físico como mental, que la llevaba a la entrega sin pensar en después.
Pasaba la medianoche y los dos estaban tendidos en el suelo sobre la suave superficie, agotados luego del clímax, aun conmovidos, sin poder dejar de mirarse, entrelazados y con la mirada fija, sabiendo que se habían dicho cosas únicas sin palabras, y viviendo ahora un tipo de comunicación corporal, donde cada uno sabía que la entrega y el placer habían sido totales. Ahora se hacía extraño hablar.

–Ven a mi departamento.
–Debería estar en el hotel, mañana hay mucho trabajo.
–No quiero que te alejes – dijo él con aprensión – no quiero dejar de verte.

Ella sentía lo mismo. ¿Qué clase de droga había en su piel o en su aroma?

–No voy a alejarme y tú tampoco –dijo en un susurro– ya no nos alejaremos, no es posible.

Le dio un beso y callaron por unos momentos. Si, tenía razón, ahora no existía la distancia física entre ellos porque estaban conectados, Eva en Adán y Adán en Eva, y ahora sabía que eso permanecería, tendrían la conexión física y mental aun estando en sitios diferentes, era la cadena perfecta de la que jamás querría liberarse.

– ¿Tienes sueño?
–No, tengo ganas de comenzar de nuevo.
–No te detengas.

No fue necesario decir más; las caricias reactivaron los deseos de ambos, y lo siguiente fue más y más placer.
A la mañana siguiente Adán llegó a su departamento aun sin poder creer lo que había pasado la noche anterior; aun le parecía sentir las manos de Eva acariciándolo, sus labios quemando su piel momento a momento en una secuencia siempre nueva y fantástica de la que tuvieron que reprimirse cuando despunto el alba. Había vuelto a su centro, tenía claro como de costumbre sus objetivos, pero en su vida había algo nuevo, la existencia de Eva, la mujer que nunca se iría; para cualquier persona una noche de pasión sería seguida por la incertidumbre, pero en este caso sabía que ya estaba hecho el nexo, tenía tanta necesidad de volver a verla como ella a él, y eso era seguro y permanente, sin preguntas, sin cuestionamientos al que o al cómo, solamente siguiendo sus deseos más profundos. Se sirvió un café cuando sonó su teléfono.

–Hola.
–Buenos días Adán – saludó la voz del otro lado – me alegra encontrarte, quisiera tener una reunión de trabajo contigo.

La persona claramente sabía quién era él, pero no le sonaba familiar.

–No sé si tenga tiempo hoy, pero si me das tus datos puedo  ver mi agenda y revisarlo.
–Excelente respuesta; mi nombre es Bernarda Solar, soy la dueña de la galería de arte Cielo, y quiero tener la reunión contigo porque me interesa que trabajemos juntos.

Cielo, la galería en donde estaba la colección de arte que Pilar le había robado a su madre para ofrecerla a la competencia; y Bernarda Solar no solo era la dueña, también era una empresaria muy importante, así que una reunión de trabajo con ella podía ser a lo menos beneficiosa, aunque también un problema. Sonrió.






Próximo episodio: Trampas de seda

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