Nueva novela: Armaxos Ultradaron


Muy pronto una novela donde la forma de vida predominante en el universo es biomecánica. Una raza de robots pensantes y que pueden tener sentimientos, por lo que no solo son extremadamente avanzados, sino que además están afectos a los conflictos de cualquier sociedad.
Un universo joven, dominado por una raza inexperta y que está en vías de convertirse en algo mucho más avanzado, pero que tendrá que experimentar pasos difíciles como los errores de la sociedad, y la tragedia de las guerras.

Muy pronto la primera temporada de Armaxos: Ultradaron


Pronto más información

La traición de Adán capítulo 1: La conciencia perdida



El otoño se acercaba cada vez más en la ciudad, mientras en un espacio específico, alguien seguía con sus proyectos.
De pronto sonó el teléfono del lugar. Adán tomó el auricular y contestó, pero la llamada se cortó.

—Cielos, como si me sobrara el tiempo.

Colgó y se puso de pie. Adán era un hombre de 24 años que por donde se le viera, parecía un modelo de persona: medía casi un metro ochenta de estatura, y tenía una figura proporcionada y atlética. Era un hombre sumamente atractivo y bien formado, y sabía muy bien quien era y lo que tenía, tanto a decir de su físico como de sus facciones, su mirada de color marrón profunda e hipnótica.
La galería de arte de Carmen Basaure era el lugar en donde trabajaba hacía tres meses, un lugar minimalista y finamente trabajado, pensado para ser la puerta al paraíso del arte en donde se exhibían las obras de su dueña, que por lo demás era una de las más afamadas artistas plásticas de su generación. Adán había conseguido el empleo de asistente personal de la pintora, y a dos días de la inauguración todo estaba en la etapa culmine, cuando es necesario revisar hasta el más mínimo detalle.

—Adán, ven aquí por favor.
—Ahora voy.

Carmen Basaure era una mujer de estatura mediana, de cabello corto entrecano y rasgos severos, seguramente dados por su carácter temperamental que por lo demás era en gran parte lo que la hacía una de las más importantes e influyentes de su generación. Adán fue directamente al taller que estaba en la parte de atrás de la galería. Vestida sencillamente bajo el manchado delantal, la pintora estaba sentada en un piso alto, mirándolo, junto a un atril del que el hombre no podía ver la imagen.

—¿Sabes cuál es el nombre que reciben las personas que toman bajo su propiedad las obras de arte de otras?

Si a Adán le sorprendió esa pregunta ni el más mínimo rastro lo delató. Respondió con la misma tranquilidad y seguridad con la que hablaba normalmente.

—Son usurpadores.
—Exacto. Usurpadores —repitió con una expresión indescifrable en el rostro— eso es lo que son. Pero hay algo más, que seguramente tú desconoces porque no llevas tanto tiempo como yo en éste mundo. Además de los usurpadores, existen los desafortunados, personas que han creído tener una imaginación dotada y que han dado origen a una obra que por casualidad o por destino, ya había sido creada por otro, antes.
Ésta última parte había sido dicha con un tono de voz inquietante, como si en sus palabras la mujer de 52 años quisiera prepararse para decir algo que no quería, pero para lo que estaba condenada.

—Por eso es que los artistas se reúnen y van a convenciones y ese tipo de cosas, no sólo es para viajar y beber whisky caro gratis. Por eso es que los artistas se gastan fortunas en libros de arte, por eso es que pierden tiempo en ir a exposiciones aunque éstas se traten de una arista que ni siquiera trabajen, porque aunque todos sepamos que una obra puede tratarse de un accidente y no de la copia, cuando algo como esto sucede, automáticamente nos convencemos de que hay involucradas malas intenciones.
En ese instante giró el atril. Adán, ya desde antes de trabajar con Carmen y mucho más desde entonces, había estudiado muchísimo y desde luego que había visto  obras de todo tipo, desde las comunes, hasta las más famosas, pero lo que vio en ese momento, aún sin demostrarlo, lo dejó perplejo. La pintura era una obra maestra, una representación fantástica en donde un hombre perfecto se desprendía de las raíces de una tierra que parecía herida y sufriente para elevarse hacia un paraíso hermosísimo. Todo en la pintura, el detalle, los colores que parecían mezclarse entre ellos, la profundidad casi palpable y la unión exquisita entre fantasía y realidad le quitaron el aliento durante unos breves instantes.

—Esta es la principal obra de mi muestra, Adán —dijo Carmen sin quitarle los ojos de encima— es el Regreso al paraíso, pero no puedo exhibirla dentro de dos días, porque acaba de llegarme un mensaje inquietante. Es éste.

Le alcanzó una nota en donde figuraba una fotografía muy mal tomada, en la que sin embargo se podía apreciar una pintura que se parecía mucho al regreso al paraíso, aunque no lo era. Adán entendió de inmediato que Carmen Basaure estaba en una situación muy compleja.

—Sé que parece una locura, pero alguien está tratando de chantajearme. Sólo me han enviado hasta ahora la imagen con un monto: 50.000 dólares. Asumo que pagando esa suma es el único medio para salvar mi exposición, pero no tengo esa suma de dinero. Necesito que me ayudes Adán, si me sacas de éste embrollo, haré por ti lo que quieras.

Esa era una de las oportunidades que no se desperdician. Carmen estaba confiando en el por una razón muy poderosa, porque sabía muy bien que él estaba dispuesto a todo por ganarse su confianza.

— ¿Cómo sabes que se trata específicamente de un chantaje? Dijiste que solo estaba la foto y la cifra, perfectamente podría ser una broma de mal gusto, alguien le tomó la foto a tu pintura y luego te la envía.
—Sé que no es así porque sé quién lo hizo. Esta pintura es un secreto, tú eres la primera persona que la ve, y la segunda que sabe que existe.
—Creo que no entiendo.

Carmen se puso de pie, resuelta a contarle todo.

—Se trata de Bastián Donoso, un antiguo... amante. Cometí el estúpido error de fantasear sobre el cuadro cuando estaba en su compañía.
—Debes haber sido muy elocuente.
—Por supuesto que lo fui. El Regreso al paraíso es la obra de mi vida, todo lo que he hecho hasta ahora es para llegar a ella. Inclusive creí que el propio Bastián era el hombre del cuadro, pero...ya ves que las cosas no siempre son como te las esperas.

Adán ya sospechaba que había algo más.

—Si sabes quién está chantajeándote ¿Por qué no simplemente lo llamas y tratas de resolver el asunto?

Carmen ahogó una risa sarcástica, que en realidad iba dirigida a ella misma.

—Se trata de algo muy antiguo Adán, a Bastián lo conocí hace más de quince años y en unas circunstancias por decir lo menos... extrañas, él no sabía en ese entonces quien era yo.

Adán entornó los ojos.

—No quiero poner en duda lo que dices, pero eres una artista de fama internacional ¿Cómo podría no haber sabido quien eras?
—Porque en primer lugar no fue en éste país, y además en donde lo conocí, en esas circunstancias, no importaban los nombres o las caras, solo importaba lo que sintieras por la persona que estaba contigo, acompañándote. En ese tiempo le conté todo de mí, y aunque no me arrepiento, reconozco que fue un error pintar con palabras algo que aún no estaba siquiera realizado en un boceto. De todas maneras reconozco que hablar con tan extremo detalle me ayudó a clarificar mis ideas. De cualquier forma, no creo que Bastián sepa quién soy ahora, inclusive soy capaz de afirmar que piensa que alguien más copió la idea y por eso está haciendo todo esto.

Adán ya se estaba imaginando los detalles que la artista no ejemplificaba con palabras pero que eran evidentes por su forma de hablar, incluso por la manera en que evadía determinados tópicos que para cualquier otra persona serian dignos de contar en una situación como esa. Carmen era una mujer de apariencia física bastante común, pero su carácter le daba un aspecto especial, al punto que se volvía atractiva de una manera casi sobrenatural; por lo tanto no era difícil imaginarla quince años antes, todavía más vigorosa que ahora, en algún país nórdico, en un pueblito lejos de todo, aún de su fama, enredándose con un hombre joven, atractivo y seductor, que con sus caricias y palabras consiguiera de ella no sólo lo evidente, sino que además algunos bonos extra que mucho tiempo después podrían asegurarle un futuro.

—Además —continuó ella— en la nota que está junto a esto, él se refiere al chantaje como una forma de honrar a la persona que en primer lugar es la creadora de El regreso al paraíso, y aunque obviamente no me puede nombrar porque no sabe quién soy, es evidente que se trata de mí.

Adán frunció el ceño.

—Hay algo que no me queda claro. No entiendo porque no puedes simplemente contactarlo y hablar con él. Seguramente cuando sepa que eres la misma persona, todo terminará.

La pintora hizo un gesto vago con las manos.

—Eso es imposible, sencillamente porque tan pronto como él sepa qué clase de persona fui y soy, dejará de chantajearme para hacer público el duplicado de la obra, con lo que destruirá mi carrera. De momento Adán, lo que me importa es detener el chantaje y realizar la exposición, lo demás lo solucionaré en el camino. ¿Me ayudarás?

Diez minutos más tarde, Adán salía de la galería en su automóvil. En ese momento sonó una llamada de Sofía, su novia; era una mujer encantadora, simpática, bonita, muy dedicada y buena amante, pero él solo estaba con ella para ocupar su tiempo libre, por mucho que ella misma no lo supiera.

— ¿Dónde estás amor?
—Estaba a punto de llamarte —contestó él sin quitar la vista de la vía— no puedo verte ahora, tengo una emergencia en la galería.

Cualquier mujer habría reaccionado ante ese sutil desprecio y pasado de inmediato al modo de combate, pero Sofía no.

— ¿Sucedió algo malo?
—No malo, pero si debo resolver un tema y no sé cuánto tiempo me tome; debe estar resuelto o no podremos inaugurar.
— ¿Puedo ayudar en algo?
—Claro, prepara otro panorama para ti, sal con tu amigas o lo algo, seguramente ellas ya te están recriminando.

Siguió su camino en el automóvil. Ahora necesitaba información, y si se trataba de eso, había solo una persona que podía dársela: Samuel.

Samuel era un tipo realmente extraño, no solo por su apariencia desciudada que era a la vez mezcla de universitario fracasado y científico, sino que principalmente por poseer un carácter brillante, pero a la vez sumiso. Deseaba a Adán en un tan mal disimulado secreto que él le sacaba todo el provecho posible, entregándole a cambio sólo ilusiones absurdas. Esta vez se trataba de un tema importante, porque detener el chantaje del que era víctima Carmen le iba a significar un avance en su carrera y en sus planes, con lo que conseguiría más pronto aún sus objetivos.
Llegó al departamento en poco tiempo, y por supuesto se lo encontró ahí, trabajando en algo en el computador y mirándolo con ojos brillantes.

—Hola Samu.
—Que sorpresa —lo saludó el otro sonriendo— ¿A qué se debe ésta visita?

Adán se sentó a su lado en el escritorio con toda confianza, como si se tratara de su mejor amigo.

—Tengo un problema y eres el único que es capaz de ayudarme, pero te voy a quedar debiendo una.

Cuando estaba con Samuel, Adán sabía que bastaba con utilizar la misma actitud que con las mujeres, bajaba un poco la voz, se acercaba al límite en donde no sabes si es cercanía o coquetería, pero a la vez hablaba con confianza, como si se conocieran de toda la vida. El genio quitó la vista de él.

— ¿Qué es?

El hombre le enseñó el correo electrónico que Carmen había recibido, pero desde luego que omitió los detalles más comprometedores del asunto. Samuel se volcó al computador de inmediato.

—La persona que envió esto no quería que la rastrearan eso está claro —comentó Samuel como si fuera lo más evidente del mundo— pero cometió el error que comete mucha gente en casos como éste y cuando no son expertos. Se creó una cuenta de correo y un usuario falsos, y está claro que lo hizo desde un lugar público, pero previamente había usado su información personal en el mismo sitio, lo que quiere decir que es posible rastrearlo a través de los servidores de publicidad que persiguen a cada usuario en el mundo virtual. Es decir que el servidor tiene memoria, y yo puedo saber a quienes les envió publicidad antes que a ese perfil falso.
— ¿Es decir que puedes encontrarlo?

Samuel sonrió satisfecho.

—Desde luego.

Media hora más tarde, Adán estaba en el tercer piso de un edificio del sector acomodado de la capital, frente al número 356. Tocó el timbre, pero nadie contestó. Había pensado presentarse ahí con alguna excusa plausible como ser corredor de seguros o lo que fuera, para poder conocer en principio a la persona que estaba detrás del chantaje y tener más claro cómo actuar, pero si nadie salía a abrir veía como sus planes hacían agua.
No parecía haber gente dentro, tampoco ruido.
Un momento de decisión.
Adán tocó la puerta, y para su sorpresa, la encontró abierta.
Parecía ser una broma.
Nadie había en ese pasillo, ni cámaras en el techo que los observaran, así que arriesgándose a crear una escena, entró. Ahí estaba, en el departamento que claramente era arrendado, con sus cortinas tipo, sus muebles de liquidadora y la decoración que seguramente se quedaría intacta para el siguiente pasajero. Y a un costado de la salita, sobre un atril y medio mal cubierto por una tela barata, estaba el cuadro, y a pesar de estar en un lugar ajeno y sin permiso, a pesar de ser un hombre tan centrado e inteligente, por un  momento Adán Valdovinos se olvidó de todo y quedó mirando la pintura, casi de la misma manera en que lo había hecho con El Regreso al paraíso original. Aunque ésta era como una especia de versión menos perfecta, o si se quiere más apasionada, tenía el mismo concepto de la original, que conseguía mantenerte mirándola fijamente sin saber porque, tal vez la sinfonía de colores, tal vez la descarada burla a la mitología católica que al mismo tiempo parecía un homenaje, o simplemente el enfoque cercano y al mismo tiempo profundo. Nunca una sola visión, nunca un solo cuadro. Ahí, mientras los segundos pasaban inexorablemente, Adán supo que tenía solo dos opciones, y eligió la más peligrosa de las dos: robar la pintura.

Pero desde ese momento las cosas se complicaron.

Había tomado precauciones a la hora de robar la pintura del edificio, y por lo demás no tenía mucha preocupación de que un chantajista quisiera denunciar un robo; aun así entró disimuladamente en la galería de arte, y tras asegurarse de que nadie lo veía, entró con el cuadro directamente al taller de Carmen, donde esperaba sorprenderla con una excelente noticia.
Pero Carmen no estaba en el taller donde se suponía que estaría esperando las primeras noticias.

— ¿Carmen?

Salió por una de las dos puertas del taller, y dejando entreabierto se dirigió a la cafetería, que estaba ubicada a un costado, entre la recepción y el pasillo que guiaba al gran salón de exposición. Tampoco estaba allí.
Regresó al taller a paso lento, tratando de conservar la calma, aunque estaba emocionado internamente por los planes que de pronto se aproximaban para él, pero tan pronto como entró al taller de vuelta, se quedó inmóvil mirando la escena: Carmen estaba tendida en el suelo, desmayada. ¿O muerta?

— ¡Carmen!

Dejó el cuadro a un lado para arrodillarse junto a ella, pero de inmediato se contuvo y reaccionó fríamente. Lentamente se inclinó junto a la artista, procurando no tocar nada, ni a ella, y tocó el pulso en el cuello: casi no había, pero eso quería decir que fuera lo que fuera que había pasado en los últimos segundos en esa galería, no terminaba todavía. Carmen Basaure estaba desmayada, y probablemente a punto de morir.


Próximo capítulo: Adiós a Sofía


Maldita secundaria capítulo 3: Enajenados




Precisamente en ese momento en el patio aparecieron tres compañeros de curso.

—Y al diablo con las apariencias — murmuró Leticia.

Sin embargo Fernando se quedó mirando al trío que se acercaba, y notó algo que llamó su atención.

—Esperen, hay algo raro en esos tres.

Lorena también se dio cuenta.

—Es cierto, se ven como... ay por Dios...

No alcanzó a decir más, y uno de los tres arrojó una piedra de considerable tamaño, que Fernando esquivó por muy poco. Aún los separaban varios metros, pero comenzaron a avanzar a paso mucho más rápido, y por cierto, amenazante.

— ¡Deténganse!

Dani avanzó valientemente con las manos alzadas, pero no hubo reacción, solo le sirvió para sujetar las manos de uno de ellos que intentaba golpearlo.

—Espera por favor.

Ninguno de los tres parecía hacer caso. Sin esperar más, Hernán se enfrentó al más corpulento de los tres, mientras que Fernando, sin tener más alternativa, se enfrentó al tercero de ellos; durante segundos interminables las escaramuzas se expandieron por el patio, hasta que Fernando se descuidó y fue derribado por un golpe.

— ¡Fernando!

Leticia no lo pensó dos veces y se lanzó sobre el enajenado que quedaba libre.

— ¡Ten cuidado!

Sin mucho valor pero decididas, las demás chicas también se unieron a la pelea, Soledad ayudando a Dani y Carolina y Lorena a Leticia, aunque ninguna estaba consiguiendo mucho más que detener momentáneamente a los que los atacaban. El primero en tener éxito fue Hernán, que asestó un puñetazo y derribó a su contrincante; al mismo tiempo, Lorena fue lanzada a un costado.

— ¡No!

Fernando intervino, y levantándose furioso por el golpe que había recibido, lo devolvió a su contrincante, dando cuenta de él. Un poco más allá Dani había caído, pero antes que el joven pudiera golpear a Soledad, Hernán le dio un golpe en la nuca y lo hizo caer. Después de eso ayudó a Dani a volver a su silla.

—Gracias.
— ¿Están todos bien?
—Sí.

Lorena trataba de calmar su respiración, pero en su voz se delataba el nerviosismo.

—Eso es de lo que nos advirtió el señor Del real —dijo atropelladamente— él nos dijo que las personas iban a volverse violentas, y eso es lo que está pasando.
—Parecían enajenados.
—Lo más probable es que lo sean.

Fernando estaba sacudiéndose la ropa.

—Y bastante que lo son, pero ésto está sucediendo mucho más rápido de lo que pensé.
—Concuerdo contigo, pero ¿qué vamos a hacer ahora?

Dani suspiró.

—La verdad no me esperaba algo como ésto ahora, pero no hay mucho que podamos hacer, van a despertar en cualquier momento, así que solo podemos hacer una cosa: irnos a la sala y hacer como si nada.

Carolina suspiró.

—Es la verdad, pero si cuando despierten se acuerdan de algo, vamos a estar metidos en un gran problema.
—Nada menos —reflexionó Dani— pero sea como sea, hay que tener cuidado y no estar en lugares apartados como éste, y estar muy atentos.

Poco después el grupo confirmó que las cosas estaban en orden, por extraño que a ellos mismos les pareciera; ninguno de los tres jóvenes que los habían atacado mostró la más mínima seña de recordar lo que había sucedido. Sin embargo, Dani se sentía intranquilo, pero luchaba interiormente por mantenerse en su centro, y en esos momentos en la sala era el centro de la atención mientras faltaban pocos minutos para que comenzara la siguiente clase.

—...Y entonces él me dice: "pero si tenemos mucha sal, no hay problema"

Risas. En esos momentos uno de los estudiantes de un curso menor apareció agitado y hablando atropelladamente.

— ¡Ocurrió un accidente, la sala de computación está cerrada con todo el curso dentro!

Y sin esperar más siguió su camino hacia la sala que estaba en el mismo edificio, un piso más abajo. Inmediatamente el curso comenzó a salir, seguidos por Dani.

— ¿Por qué se quedan ahí?

Leticia se masajeaba el cuello.

— ¿Qué? Ya tuvimos mucha acción por hoy, la verdad no tengo ganas de ir a chismear.

El joven la miró fijamente.

— ¿Qué? ¿No creerás que...?
—Tenemos que ir a ver.
—Oye no exageres —comentó Hernán— solo es una sala cerrada, deben haber roto la llave.
—Me sorprende mucho que tú digas algo como eso con las revistas que lees.
—De acuerdo, te entiendo, pero si supuestamente hay una fuerza espectral aprisionando el lugar, claramente no la vamos a poder derribar.
—Ya pensaremos en algo, ahora vamos a ver, por favor.

Momentos después el grupo estaba en el pasillo, pero se encontraba abarrotado de curiosos.

—Esto es imposible —dijo Fernando en voz baja— con toda ésta gente dando vueltas no podemos ni acercarnos.
—Se escuchan algunos gritos —comentó Carolina— deben estar asustados si no pueden salir.

En ese momento entre la gente apareció el inspector Vergara. Por alguna extraña razón parecía no prestarle atención a las decenas de estudiantes que abarrotaban el pasillo.

— ¿Que sucedió inspector?

Vergara los miró con el ceño fruncido.

—Al parecer se atascó la cerradura de la sala, no es nada grave y ya se llamó a un cerrajero, pero por lo que pasó en la mañana todo el mundo está sensible a los hechos fuera de lo común.

Se alejó en silencio.

—Es el hijo.
— ¿Qué?

Todos miraron a Lorena.

—He estado pensando en lo que pasó y creo que descubrí lo que pasa: un hecho es la consecuencia del otro. Hace rato nos agredieron, ahora una sala está misteriosamente cerrada.
— ¿Y?
—Si tienes miedo tal vez te querrías encerrar —explicó Carolina entendiendo— tiene mucho sentido.

Fernando se cruzó de brazos.

—Está bien, pongamos que tienen razón y es eso, no veo como nos ayuda a solucionarlo.
—Yo sí. Leí en un libro que se puede calmar a una persona que está teniendo pesadillas si mientras duerme alguien le transmite calma.
—Pero los espíritus no duermen.
—Ese no es el punto Fernando.
— ¡Ya entendí!
—Cállate Dani...

El aludido bajó la voz.

—Es verdad, lo siento. Chicas, tienen toda la razón, tenemos que llegar a esa sala y hablarle, explicarle que ahora todo está bien y que no debe tener miedo.

Fernando suspiró.

—Te diría que es lo más descabellado que he oído, pero no es así. Vamos.

Soledad suspiró. Si las cosas iban a seguir así, entonces les esperaban días muy difíciles. Por lo pronto iba a hablarle a una puerta esperando que eso la hiciera abrirse.



Próximo capítulo: La amistad no existe

La última herida capítulo 35: Jefe de seguridad



El hombre vestía ropa deportiva oscura con un capuchón que tapaba la mayor parte de su cara, y apuntaba el revólver directo al rostro de Matilde; ni Aniara ni Gabriel se movieron.

– ¡Dame las llaves!

Aniara hizo un leve movimiento, lo que hizo que el hombre reaccionara rápidamente y encañonara a Matilde, sujetándola por un brazo al mismo tiempo.

–Ni se te ocurra –dijo con voz amenazante– dame esa arma, y entrégame las llaves de la camioneta.
–Tranquilo –dijo Matilde– no es necesario disparar.

Nadie se movió durante unos instantes. Finalmente Aniara le entregó el arma, mientras Gabriel miraba atónito la escena.

–Las llaves.

Nerviosamente, Matilde buscó en su bolsillo y se las entregó. El hombre la arrojó bruscamente hacia los otros dos y retrocedió, apuntando en todo momento con su arma.

–No traten de hacer ninguna tontería, o se van a arrepentir.

Se alejó rápidamente hacia la camioneta, y en unos segundos el vehículo ya se había alejado ante los ojos de Matilde; cuando volteó, vio que Gabriel había emprendido una carrera a toda velocidad, seguido de Aniara, que poco después dejó de perseguirlo al verlo demasiado lejos. Ambas se reunieron poco después.

–Está en buena forma, lo perdí.
–Así veo.

Durante un momento ninguna de las dos habló. Luego cruzaron una mirada cómplice.


2


La puerta se abrió y Matilde entró, dejando a Aniara esperando fuera; se trataba de un cuarto cerrado y completamente a oscuras; la voz del hombre se dejó escuchar suave y armoniosa a los oídos al fondo del lugar.

–Cuidado con el mueble.

Al fondo del lugar una tenue luz salía de varias pantallas de  ordenador; ante el escritorio un hombre de figura gruesa y grande permanecía sentado, inmóvil.

– ¿Cómo te fue?
–Todo va bien –respondió ella– ahora necesito que hagas lo tuyo.

El hombre asintió y se volcó al ordenador. Matilde se quedó un momento mirando a xxx, pensando en cómo había cambiado en los últimos años; estaba más grueso, no necesariamente gordo, pero si más voluminoso, y ahora usaba el cabello muy corto y una barba como de dos días. Le caía bien, y no habría recurrido a él de no ser por el destino, que quiso que tuvieran una oportunidad de charlar a solas durante la ceremonia fúnebre de Patricia. Benjamín era un buen hombre en general, y su amor por Patricia había sido tan genuino como el de ella por él, pero ambos eran demasiado jóvenes como para que su relación funcionara; al momento de la separación de ellos pensó en él como un hombre inmaduro e ingenuo, lo que probablemente sería el resto de su vida, pero era un buen hombre, y se mostró realmente indignado por lo de Patricia.

–Debí haber estado aquí –le dijo en un momento– debieron matarme a mí en vez de a ella. El mundo es tan injusto y ella sólo hacía bien a todos; ahora todo es peor.

Era una declaración impulsiva e infantil de parte de alguien que además desconocía las reales implicancias del caso de Patricia, pero las lágrimas de xxx habían sido reales, y tan dolidas que fue una nueva amenaza para su temple; a poco estuvo de decirle algún consuelo más allá de lo permitido, pero se controló y mantuvo todo en orden. Pero al mismo tiempo se le ocurrió que él podría ayudarla, ya que tenía acceso a una de las dependencias de la Unidad de prevención de accidentes en ruta, por lo que sus ojos podrían ver cosas que muchos otros no. Nunca hizo preguntas, le bastó para su conciencia saber que lo que fuera que estuviera haciendo servía para hacer justicia en nombre de Patricia, y se comprometió a ayudarla cuando lo llamase, y no revelar jamás la naturaleza de sus actos.

–Esto es lo que está pasando ahora –dijo en voz baja– pero no me has dicho lo que quieres ver exactamente.
–No lo tengo muy claro –replicó ella mirando una de las pantallas de ordenador– pero se supone que debería haber algún movimiento de maquinaria, algo como camiones pesados cerca de un lugar grande, alguna edificación de grandes proporciones.

Los ojos de xxx se desplazaban a gran velocidad de una pantalla a otra, mientras los números diminutos en ellas indicaban la hora: pasaba de las once de la noche.

–Movimiento de máquinas de gran tamaño en la noche no es algo común en la zona más céntrica de la ciudad, pero si tú lo dices, puede suceder.
–Debería estar por suceder.

La espera se hizo un poco larga durante algunos minutos; Aniara seguía afuera, esperando. Matilde sabía cuán duro debía ser todo eso para ella, pero por desgracia era la única opción. Si eso resultaba, tendrían que recurrir a la ayuda solo de una persona más.

–Aquí puede haber algo –dijo xxx de pronto– es extraño.

Matilde se concentró en uno de los monitores: Camiones con grandes acoplados entraban en un terreno cercado y se dirigían hacia un edificio de tres plantas, muy parecido a lo que Patricia en su momento había descrito como las instalaciones de Cuerpos imposibles.

–Son ellos.
–Entonces esto te sirve.
–Es perfecto –replicó ella– no sabes cuánto te lo agradezco.

Benjamín se volteó y la enfrentó. Su mirada era profunda y sincera, quizás de las pocas que seguían pareciéndole confiables.

– ¿Hay algo más que pueda hacer por ti?
–Lo que has hecho es más de lo que crees. Pero necesito que me prometas que...
–Todo esto muere conmigo –se adelantó él esbozando una sonrisa– no me debes explicaciones Matidez, siempre te tuve cariño, y sobre Patricia... solo quisiera haber sido más capaz de cuidarla y de cuidar lo nuestro, no sabes cómo lo he lamentado todo este tiempo.

No habló durante unos eternos segundos. Entonces así era, después de todo ese tiempo, la seguía amando como siempre, quizás más que antes; por un instante sintió como su corazón azotaba su pecho, muestra física del deseo de revelarle toda la verdad, de darle a él y a ella al menos una oportunidad. ¿Por qué no? ¿Por qué no olvidarse de todo, y aprovechar la oportunidad que tenían e intentarlo, juntos de nuevo, al menos como una posibilidad? Seguro que él tenía suficiente amor para intentarlo sin hacer preguntas, pero si abría esa puerta, todo el horror y la muerte volverían a amenazar sus vidas, y con ello también las de quienes los rodeaban. Además su hermana no quería olvidar.

–Eres un hombre increíble, de verdad.
–No pienso lo mismo.
–Lo eres. Ahora lo mejor que puedes hacer por tu vida es ser feliz, o luchar por serlo lo más posible. No te quedes de brazos cruzados; hazlo por su memoria.

Él asintió sin decir nada. Había llegado la hora de ir a otro sitio.

–Tengo que irme.
–Ahora no te voy a volver a ver ¿verdad?
–No lo creo –dijo ella simplemente– pero está bien, fue un gusto volver a verte, y de nuevo gracias por todo.


3


A Manieri le habían descubierto una afección al corazón, y entre eso y su jubilación pasó muy poco tiempo; él también era querido por la familia y por ella misma, por lo que esa noticia fue lamentable y emotiva al igual que su presencia en la ceremonia, pero Matilde no podía dejar de sospechar de él. Sabía que era un policía a la antigua, que había sido mentor de Patricia y un oficial siempre recto, pero la experiencia con Céspedes y las trágicas consecuencias que sobre ella y Cristian habían caído le impedían confiar nuevamente en alguien de alguna institución; tuvieron una larga discusión con su hermana a la hora de iniciar los planes, pero al final tuvo que ceder y confiar en él una parte terriblemente importante y acudir a él. Manieri ni siquiera podía ver a Aniara, ya que como ella dijo, él era de las pocas personas, junto a ella y sus padres, que la descubrirían tan solo al mirarla a los ojos. Así que Matilde dejó pasar el tiempo, y en determinado momento fue a visitarlo para preparar el camino; le sorprendió ver el cambio que su salida de la policía hizo en el viejo oficial, y aunque en un principio lo atribuyó a su enfermedad, él mismo se encargó de dilucidar las dudas.

–Estoy cansado Matilde –le dijo en esa oportunidad– la verdad es que estoy cansado de todo esto. La tragedia que ocurrió con tu hermana, el asesinato de Mayorga, son cosas que me han hecho pensar mucho, más aún ahora que estoy retirado. Hay algo ahí afuera, algo más poderoso que la ley y que la policía, algo que puede hacer lo que queramos con nosotros; ya no son los tiempos donde uno podía luchar contra la delincuencia, donde sabías quiénes eran los malvados. Estos son tiempos donde la maldad es algo más fuerte, que no se ve, son tiempos en donde no hay diferencia entre un ladrón y una empresa o entre una gargantilla y la vida de alguien. Ya no puedo vivir así, no haciendo como si no pasara nada, tratando de salvar esquina tras esquina mientras están pasando cosas monstruosas alrededor y a nadie le importa nada.

Estaba frustrado. Seguro que lo de Patricia había ayudado su buen tanto, pero para el policía también era el resultado de tantos años de ver su trabajo frustrado, de compañeros muertos, de justicia que jamás llega; al escucharlo hablar ella supo que la decisión había sido la correcta, de modo que se aventuró a decirle lo que necesitaba de él, y a mencionar también que en medio de todo ese secreto, ni siquiera él podía estar enterado de los detalles de su plan. Durante una larga conversación en que él le explicó sin palabras concretas que no quería saber de qué se trataba exactamente lo que pretendía hacer, la joven le dijo de la misma manera sus intenciones, como si ambos hubiesen estado haciendo referencia a sueños o fantasías. Cuando se despidieron, ella tenía un manojo de llaves en su bolsillo, y una decisión por tomar, después de la cual no habría regreso.
No, no habría regreso.
El viaje en la camioneta había sido a toda velocidad hacia el lugar donde tenían el vehículo cargado, y de ahí nuevamente a toda máquina para alcanzar a llegar hasta su destino; se trataba de un sencillo camión aljibe, aunque tenía un modificación muy importante, de ahí que hubiese sido tan importante la intervención de Manieri para conseguir lo necesario. Una vez que llegaron descubrieron a los camiones dentro de un inmenso terreno en la zona oriente de la ciudad. Estaba bastante lejos de donde una vez había estado Cuerpos imposibles, pero cumplía con las mismas características: Cercado, en un barrio de alta sociedad, con gran extensión de terreno convertido en un parque y una imponente construcción al centro; fuertes máquinas estaban cargando unas estructuras hacia los enormes containers que esperaban estacionados, tal y como Antonio les había dicho en un momento que era, instalaciones modulares que podían quitarse en el momento en que se requiriera. Y en ese momento, ante la advertencia de Gabriel y sabiendo que era precisamente Matilde quien estaba de por medio, habían decidido retirarse antes de quedar nuevamente expuestos. Seguramente en esos momentos alguien debería estar viajando hacia su nuevo departamento, qué ingenuos al pensar que ella estaría esperándolos indefensa nuevamente.

–Mira, ahí.

Aniara ya estaba preparada, con el arma en la mano; mientras tanto Matilde condujo el vehículo hacia la entrada del lugar.

–Nos vieron.

Una pareja de hombres custodiaban la entrada, sin armas a vista pero probablemente preparados para enfrentar a algún posible intruso pero ¿Quién sospecharía de un vehículo de aseo comunal que se dedica a echar agua a los parques y plazas?
Uno de los hombres se adelantó levantando los brazos para hacer que se detuvieran, pero ya no había vuelta atrás; Aniara disparó a ambos rápidamente, haciéndolos caer, y sin detenerse, el camión entró en el lugar. No tenían mucho tiempo, de modo que la reacción debía ser a toda prisa.

– ¡Hazlo ahora!

Aniara dejó el arma en la guantera y abrió la puerta; no habían podido ensayar esos movimientos, pero por fortuna la mujer se desplazó hacia la parte trasera con toda facilidad mientras el camión continuaba internándose en el sitio. Al mismo tiempo, un hombre apareció armado entre dos camiones, mientras el ruido de los disparos hacía detenerse las máquinas y asomar de los montacargas y cabinas a los conductores. Al verlo, la joven supo automáticamente que era el encargado de seguridad del que Antonio le había hablado a Cristian, Elías Jordán. Si no se encargaban de él, seguramente todo el plan quedaría estropeado.

– ¡Hazlo!

El hombre armado era muy alto, de piel blanca, cabello rubio cortado estilo militar y de cuerpo fuerte; miró en dirección al camión con sus ojos color piedra y levantó el arma sin esperar más, pero Aniara ya estaba lista y abrió la llave del contenedor mientras dirigía el chorro hacia el camión más cercano. Matilde presionó el acelerador un poco más, para permitir que el efecto del líquido cayera sobre la mayor cantidad de vehículos posible antes que tuvieran que escapar; uno de los conductores bajó atropelladamente de su cabina gritando hacia el hombre armado, quien por un momento dudó sobre qué hacer, lo que hizo que no disparara. Sin embargo la distancia que faltaba para que llegaran hasta él era muy escasa, y faltaban aún tres camiones más sin contar lo que pudiera estar dentro de la construcción. El hombre armado corrió hacia el camión levantando el arma, seguramente dispuesto a reventar los neumáticos; Matilde no podía ver a Aniara, pero sabía que en ese momento no estaba mirando realmente, que estar arrojando combustible sobre los camiones que llevaban en su interior parte de la clínica que había destruido su vida estaba siendo un trance del que no podía salir. Con mano firme tomó el arma y asomándola por la ventana, disparó hacia el hombre. Falló. Sin embargo él no pareció alterarse por el tiro que pasó a poca distancia, y continuó su carrera afinando la puntería; tanto él como Matilde dispararon, pero fue el tiro de ella el que dio en el blanco, haciendo que Jordán cayera pesadamente sobre un costado.

– ¡Date prisa!

El grito de la otra atronó por sobre el ruido del motor y los gritos de desconcierto que estaban inundando el lugar; seguramente ella había visto algo que las obligaba a irse lo más rápidamente posible. Matilde esquivó al caído Jordán sin preocuparse de si estaba vivo o no, y presionó el acelerador con más fuerza: alrededor la gente bajaba a toda prisa de los vehículos ante la alerta del que había bajado en primer lugar, y entre ellos, otros hombres vestido de manera similar al jefe de seguridad trataban de poner orden al caos formado. En unos pocos segundos llegaron hasta la construcción, donde Aniara cerró la llave, y arrojó una pequeña botella con una mecha prendida. Lo siguiente fue el infierno.



Próximo capítulo: Dos responsables, una cara

La última herida capítulo 34: Dos videos



–Cierra esa caja.

Ninguna de las dos se movió. Los últimos dos minutos habían sido intensos para las tres personas dentro de la camioneta, pero nada había cambiado, Matilde seguía apuntando mientras Aniara mantenía la caja abierta frente a él.

–Supongo que no te quedan dudas.
–Aleja esa cosa de mi –dijo él con voz ronca– no hagas eso.

El hombre había perdido toda su galantería y frialdad al ver lo que había dentro de la caja; Matilde no podía culparlo, a ella le era muy difícil tan siquiera recordar el contenido, y hasta el momento agradecía que sus despertares luego de las pesadillas fueran silenciosos y no con gritos de espanto, sobre todo cuando sus padres estaban en casa.

–Es suficiente.

Aniara guardó la caja y recuperó el arma, aunque por el estado nervioso en que había quedado Gabriel, no parecía necesario amenazarlo.

– ¿Sabías de esto?
–Uno nunca sabe las cosas que...
–Contesta la pregunta –lo interrumpió Matilde– ¿Lo sabías?

Gabriel se secó el sudor con la manga de la camisa y respiró profundamente, aliviado de ya no tener cerca la caja que le habían mostrado. Luego se recostó en el asiento, respirando fuerte.

–Había escuchado algo pero nunca... demonios.
–Eso es lo que tú también tienes en tu cuerpo Gabriel.

El hombre hizo una mueca, conteniendo las náuseas.

–Está bien, si querías torturarme lo conseguiste, pero nada de esto va a cambiar lo demás ¿o acaso crees que con una pistola y eso vas a poder conseguir algo? Ya sabes que no.

La policía estaba descartada; quizás si Matilde hubiera tenido más claro eso desde un principio, sus acciones no habrían dejado tantos damnificados en el camino. La mirada sincera de Cristian Mayorga seguía viva en su recuerdo.

–Debería alegrarte estar en la posición en que estás, porque eso significa que no estarás en la de la gente de la clínica. Ahora solo tienes dos opciones, me llevas a la clínica sin trucos ni engaños, o jamás llegarás a volver a salir a la calle luego que terminemos con tu cara. Lo que suceda en ese lugar es solo mi asunto.


2


Desde que pusieron en marcha el plan y tuvieron como objetivo llegar a la gente de la clínica a través de la única persona cercana a la modelo que quiso ayudar a su hermana, Matilde se propuso pensar en Patricia como Aniara. Era un anagrama del nombre real de Miranda Arévalo, pensado para llamar la atención de Gabriel cuando lo encontraran, y además para poder mantenerla oculta mientras llevaran a cabo todo el desarrollo, pero para ella también era una especie de homenaje; en todo lo que había ocurrido, algo se mantenía inalterable, y es que no podía pensar en Miranda como una culpable, sino como una víctima. Era extraño, porque solo la había visto dos veces en su vida y apenas por unos momentos, pero al recordar, lo que sentía es que ella había sufrido las consecuencias de estar en el lugar y con las personas equivocadas, igual que ella. Jamás iba a saber a ciencia cierta a qué se refería exactamente con lo que le dijo la primera vez en esa calle, pero lo que encontró en el departamento de Patricia y todo lo sucedido en los meses posteriores hacían que pensara que ella, de alguna manera, había descubierto algo similar, o que por algún accidente esa verdad simplemente cayó en sus manos. Una mujer sola, rodeada de personas que solo querían negociar con ella, en un mundo donde los sentimientos probablemente tendrían poca importancia, seguramente no tuvo oportunidad ante lo que fuera que descubriera. Mientras la camioneta seguía su curso, decidió hacer la pregunta que tanto la inquietaba.

– ¿Qué le sucedía a Miranda la primera vez que la vi?

El hombre estaba más repuesto del mal rato, pero no había vuelto a su centro.

–Estaba alterada.
–Eso pude verlo. Lo que quiero saber es por qué dijo lo que dijo.

Gabriel la miró auténticamente sorprendido.

– ¿Alcanzaron a hablar?
–Sí.
–No lo sabía –dijo él en voz baja– no me di cuenta con el alboroto. Si lo hubiera sospechado, entonces podría haberla detenido antes que le diera los datos de la clínica.
– ¿A qué te refieres?

Por primera vez parecía preocupado, aunque sus emociones parecían constantemente lejos de lo que pasaba al interior del vehículo.

–Ariana era una mujer inestable y débil. Desde que comenzó a trabajar fue manejada por alguien más, siempre las decisiones estuvieron en otras manos, así que cuando llegó a la clínica para tratar una herida en la cadera por una caída, la atendieron sin mayores problemas. Eventualmente estaba tratada, y por su trabajo se hicieron necesarios nuevos tratamientos para hacerla más hermosa, y de pronto se volvió necesaria para la organización, ya que era un rostro conocido y querido por la gente, y ellos siempre necesitan personajes públicos que estén desviando la atención de todos.

Matilde sintió náuseas al pensar en las consecuencias de esos continuos tratamientos.

–Pero algo salió mal.
–A diferencia de lo que pasó con tu hermana, lo de Ariana fue un descuido de un trabajador de la clínica, que permitió que ella terminara en un sitio en donde no debía estar; ella era casi como una niña para algunas cosas, así que cuando vio una puerta abierta, simplemente se dejó llevar, pero el ataque de histeria que sufrió después no fue en la clínica, sino mientras íbamos en mi auto hacia un evento. Se puso como loca y dijo que iba a decir todo lo que había visto, y escapó de mí.
–En ese momento se encontró conmigo.

Él asintió.

–Mientras la seguía la vi cayendo al suelo, y a ti cerca. Lloraba tanto y hablaba tantas incoherencias, que no creí que hubiera dicho algo importante.
–Para mí no lo fue, no estaba en condiciones de pensar en eso.
– ¿Qué dijo?

Matilde no desvió la mirada para encontrar la suya, pero sabía que estaba mirándola.

–Dijo que lo que había visto era horrible.
–Probablemente tenía razón.

Aniara se había mantenido en absoluto silencio tal y como lo habían acordado desde el principio. Matilde sabía que estaba siendo una prueba difícil para ella, pero parte del acuerdo era mantenerla al margen de su propia historia, costase lo que costase.

–Sin embargo, ella después siguió trabajando –dijo ella con voz inexpresiva– hizo eventos, incluso estuvo en el edificio donde se encontró conmigo ¿Estaba drogada?
–Por supuesto que estaba drogada –replicó él– eso es evidente. Después de ese ataque la sometieron a un tratamiento para calmarla, y hacer que se olvidara de todo. No es tan sencillo deshacerse de alguien como ella que de un desconocido, además les servía mucho más viva. Pasaba casi todo el tiempo en otro mundo, por eso es que nadie nunca sospechó que había sido ella quien les entregó la información.

El poder de la organización que dirigía la clínica se tambaleaba cuando una modelo veía más de la cuenta. O cuando una mujer común entraba en contacto con ellos.

–Pero igualmente dejaron que accediéramos a todo eso.
–Cuando sucedió, fue una sorpresa para ellos supongo –repuso el hombre tratando de sonar liviano– según supe, simplemente fue una serie de malentendidos lo que permitió que llegaran tan lejos, pero cuando ya estaba hecho era muy tarde para echar pie atrás, de modo que simplemente se estableció vigilancia.
–Vicente, el empresario que tenía una herida en la espalda, y Antonio, mi amigo.
–Así es. Todas las personas que se han tratado en la clínica tienen a alguien cercano que los vigila, eso es parte de sus protocolos para mantener todo en secreto, por eso es que funciona. Sabes tan bien como yo que luego las cosas se complicaron.
–Y por eso decidieron acabar con todo, matar a mi hermana, a Miranda, al oficial Mayorga y al doctor Medel.
–Solo tu hermana era un peligro real en tanto tuviera la información genética en su cuerpo –replicó el hombre– Antonio estaba en lo cierto cuando te lo dijo.

Antonio les había dicho todo. Y probablemente, dentro de la clínica no hubiera nadie más peligroso para ellas que él.

– ¿Está vivo?
–No lo sé, no supe más de él, y se suponía que tampoco sabría más de ti.
–Pero igual me siguieron.
–Han pasado meses desde que todo eso terminó, hasta donde yo sé, una vigilancia como esa sería por unas seis a ocho semanas como mucho, pero veo que moviste bien tus cartas.

Matilde guardó silencio un momento. Así que sus planes sí habían funcionado bien, todo el esfuerzo por mantenerse oculta y disimular sus acciones había servido. Lo que no tenía claro aún era si había sido buena idea o no grabar esos videos. Ralentó la marcha conforme se acercaban a un nuevo semáforo, mientras según las indicaciones de Gabriel estaban cerca de las nuevas instalaciones de la clínica.

–No había mucho que hacer ¿no crees? –dijo forzando una sonrisa– sabes bien que no había forma de acudir a nadie, mucho menos a la policía. Pero hay algo que no comprendo, si dijiste que Patricia era el único peligro real ¿Por qué matar a los demás?

Gabriel estudió la situación un momento. Estaba claro que quería protegerse, y entendía que mientras hablara, no le harían daño.

–No sé lo suficiente.
–Mientes, estuviste con Ariana, por lo tanto estás involucrado.
–Está bien, lo que quiero decir es que no sé tanto como esperas; que Miranda haya deslizado información sin autorización, pese a estar medicada, indicaba que se había salido definitivamente de control, o que tal vez estaba tratando de buscar una salida, no lo sé. Pero se volvió peligrosa, y fue más oportuno para ellos eliminarla, además serviría para distraer la atención.
– ¿De la muerte del policía o de la amenaza de las acciones de Miranda y mías?
–Un poco de ambas supongo. Todo sucedió casi al mismo tiempo, y supongo que no tengo que detallarlo. Patricia sufrió ese accidente o lo que fuera y detonó todas las alarmas al mismo tiempo que Vicente iba a hacer una ronda de investigación, y lo siguiente que sabíamos es que un policía avisaba que te estaban tratando de ayudar, que Antonio había fracasado y que ese imbécil del doctor había contactado a alguien por su cuenta.

Matilde hizo una pausa. Las miles de conjeturas que había hecho durante ese tiempo incluían cosas como esa, pero no dejaba de ser sorprendente cómo funcionaba esa maquinaria, con una base central desconocida, y cientos de tentáculos en todas direcciones; y al mismo tiempo que era poderosa, tenía en su propia composición algunos puntos débiles que podían ayudarla.

–Es decir que la muerte de mi hermana era una obligación, la de Miranda una necesidad y todas las otras, fuerza mayor.

El hombre rió de manera similar a la que lo había hecho Antonio anteriormente.

–No entiendes el poder de la clínica. Hay demasiada gente adinerada, famosa y poderosa que se ha atendido con ellos como para permitir que tú o quien sea se interponga en su camino.
–Pero habitualmente no asesinan tantas personas.
–No estuviste involucrada en una situación normal, por eso es que movieron tantas piezas. Pero te vuelvo a decir, no hay nada que tú puedas hacer aquí.

Matilde asintió, como si estuviera dándole la razón.

–Hay algo que quiero saber: quién es el líder.
–No lo sé –replicó él como si lo que decía fuera absurdamente obvio– están escondidos, no tienen necesidad de estar presentes cuando pueden recibir el dinero con tranquilidad.
–Pero alguna vez deben haberlo hecho; deben ser doctores o cirujanos, solo personas expertas pueden haber conseguido que esto sea posible.

Gabriel meneó la cabeza.

–Si alguna vez estuvieron presentes, es de antes de mis tiempos.
– ¿Desde cuándo existen?
– ¿Que yo sepa? –dijo él perplejo– lo que uno puede saber es relativo, esto no es una empresa con un sitio web y una gran placa de mármol con su historia. Pero lo que sé es que son aproximadamente veinte años. Más que eso es imposible saber.

Pero un científico no se queda al margen de su trabajo, esa es una deformación profesional de cada uno de ellos. Esa persona o personas estaban ahí, en alguna parte, verificando que todo siguiera el curso que ellos querían. Su hermana había tenido razón en eso.

– ¿Hay algún jefe de seguridad de la clínica, alguien que se encargue de los asuntos como ese? No puedo creer que no

La mirada del hombre se ensombreció. Entonces lo conocía, y era peor de lo que parecía.

–No sé quién es, pero sí puedo decirte esto: cuando se entere de lo que tramas, desearás haber muerto junto a tu hermana.

Matilde detuvo el vehículo e hizo que los demás bajaran. Estaban al lado de un pequeño parque urbano, vacío y solitario en la noche.

–Vamos a cambiar de vehículo, terminaremos el viaje de otra forma.

Caminaron hacia el parque, del cual al otro lado se veía un auto blanco. Nadie dijo nada durante varios segundos, hasta que un grito amenazador hizo que los tres quedaran inmóviles, todas las miradas sobre el cañón de un revólver.



Próximo capítulo: Jefe de seguridad




Maldita secundaria capítulo 2: Si necesitas un héroe, búscalo



Secundaria Santa Sofía del Ángel
2 de Octubre, por la noche.

—Éste lugar es tétrico de noche —comentó Lorena en voz baja— y nunca había entrado así, en éstas condiciones.
—No es gratuito que nos tomáramos todas éstas molestias —explicó Adriano— es necesario venir de noche.

Siguieron caminando en silencio. Por la mañana, cuando él les relató la tragedia que había ocurrido allí seis años antes y como los siete estaban relacionados con eso, los jóvenes le pidieron una prueba de que lo que decía era verdad, aunque en ningún caso se esperaban que el hombre les diera una respuesta positiva; ahora estaban entrando a hurtadillas en los terrenos de la secundaria.

—Fue una mala idea venir aquí —dijo Hernán— todo ésto es una mala idea.
—Tranquilízate —susurró Dani— no nos vamos a desangrar por esperar un poco más.

Siguieron en silencio a través del estacionamiento, hasta llegar a la puerta de la bodega que permanecía cerrada firmemente, y que era terreno prohibido y misterioso para todos los estudiantes menos ahora para ellos. Adriano sacó de uno de sus bolsillos el manojo de llaves, y con cuidado buscó las tres que correspondían a un candado y dos complejas cerraduras; cuando terminó de abrir, el impacto para todos no fue tan grande como en la mañana, pero la destrucción que en ese cuarto quemado había no dejaba de impresionar. Lorena volvió a sentirse estremecida.

—Por favor entren.

Dani se animó en primer lugar, y los otros seis lo siguieron lentamente al interior mientras el hombre mayor encendía las luces.
Con el ceño fruncido y los músculos de la cara contraídos, Del Real alzó la voz nuevamente hacia los jóvenes.

—Muchachos, necesito pedirles que guarden silencio; voy a tratar de comunicarme con mi hijo, pero eso solo resultará si él está dispuesto.

Leticia se llevó las manos a la cara. ¿Por qué tenían que estar en medio de algo así? Ahora pensaba que pedirle una prueba a Adriano había sido una estupidez.
Dani sujetó la mano de Soledad, para infundirle ánimos en un momento como ese, cuando la joven se sentía desfallecer por los nervios.

"Papá..."

Al principio solo pareció un sonido del aire, quizás producto de la imaginación de todos, pero la voz volvió a escucharse, lo que hizo que automáticamente las miradas de los adolescentes fueran a parar a Adriano; al hombre se le veía casi en trance, con la vista perdida, apretando los puños para contener el enorme flujo de emociones que lo embargaba. Fernando contuvo la respiración, sin saber si asombrarse u horrorizarse por lo que estaba sucediendo. ¡Realmente estaban escuchando la voz de un muerto!

—Hijo —murmuró el hombre con voz temblorosa— soy yo, estoy aquí...

La tensión estaba al máximo en esos momentos. Leticia volvió a sentir náuseas, sabía que era una reacción común en ella cuando estaba sometida a mucho stress, pero en ese momento no solo le ocurría eso, también tenía deseos de escapar de ese sitio, correr sin mirar atrás, pero no estaba segura de que su cuerpo le respondiera.

"Papá..."

Fernando sentía lo mismo que en la primera bajada de una montaña rusa: el estómago quedando arriba mientras el cuerpo bajaba, solo que no era nada divertido; la voz se escuchaba alrededor de ellos, de igual modo que los sonidos estéreo de las salas de cine, pero era irreal, porque al mismo tiempo que se escuchaba en todas partes, no estaba en ninguna de ellas, y era como una brisa que circundaba al tiempo que no había viento ni movimiento en el interior de la bodega. Hernán miró en todas direcciones buscando el origen de la voz, pero a la vez comprendía que era inútil, la voz estaba y no estaba, era como algo metido en su cabeza, más suave que los pensamientos, más fuerte que la nada.

—Hijo mío, aquí están las personas que necesitas, son ellos... ellos son los que pueden ayudarte como yo... como yo no puedo...

La voz de Adriano se escuchaba quebrada y lejana, pero los adolescentes no estaban prestándole atención. Lorena estaba saturada de sensaciones, porque a la vez se sentía asustada por lo que estaba viviendo, y tenía mucha compasión por la tragedia que aún vivían padre e hijo. Adriano del Real en ningún momento había mentido, ni siquiera exagerado, estaban en el lugar mismo donde murieron personas, y en esos instantes estaban estableciendo contacto con un espíritu, que por lo que ella sabía, probablemente estaba atrapado entre este mundo y el otro como se los dijera su padre por la mañana.

"Ayúdame"

Dani sintió que se le helaba la sangre; Carolina escuchó esa voz de una manera distinta, no a su alrededor como antes, sino dentro de su cabeza, como un pensamiento o un recuerdo muy potente; Soledad no soltaba la mano de Dani, porque sentía que si lo hacía iba a desmayarse.
De pronto todo concluyó, y la bodega quedó en absoluto silencio, sin que ninguno atinara a moverse o a hacer algo; la sensación y la voz se habían esfumado. Adriano, con la cabeza dándole vueltas y luchando contra su tristeza, se volteó hacia los demás, sin sorprenderse al verlos a todos completamente anonadados.

—Esa es la prueba que me habían pedido. Ya conocen a mi hijo.

Momentos después, los ocho estaban fuera de la bodega que ya estaba cerrada, en medio de la en ese momento vacía playa de estacionamiento. Leticia se llevó las manos a la cabeza.

— ¡Esto es lo peor que nos podía pasar! Y tú Dani diciendo que había que conservar la calma y que no podía pasar nada malo.
—No hablen tan fuerte —intervino Lorena— traten de respirar profundo, hay que calmarse después de lo que vimos.
—Ésto es impresionante —comentó Fernando aún sin salir de su asombro— parece que estuviéramos grabando para el programa ''Personas del ayer'' la voz estaba en mi cabeza, en mi cabeza.
—En la de todos —comentó Dani— yo también lo sentí de la misma forma, jamás había experimentado algo similar.
—Es lo mínimo —agregó Leticia— ¿Qué va a pasar ahora, volaremos por el aire?

Dani respiró profundo, y acercó la silla de ruedas a Adriano, intentando adoptar un tono de voz más conciliador. Tenía el corazón en la mano, pero en ese momento estaba consciente de que la persona que más sufría era él y no ellos siete, por mucho que estuvieran involucrados.

—Señor. ¿Usted siempre se comunica con su hijo?
—No Dani —respondió el hombre en voz baja — solo pasa en algunas ocasiones, y tenía el presentimiento de que ocurriría ahora, por eso los traje hasta acá. Y supongo que también, en cierto modo, Matías quiso manifestarles de alguna manera su presencia.
—Y lo logró con creces —comentó Lorena enjugándose el sudor de la frente— por lo menos yo tenía bastantes dudas, pero después de ésta experiencia, no puedo decir que sea mentira.

Adriano los miró con ojos brillantes.

—Muchachos, sé que todo lo que están viviendo es algo completamente fuera de lo común, y seguramente deben estar odiándome por la verdad en la que los estoy involucrando, pero les prometo que no haría nada de ésto si hubiera alguna alternativa, pero después de éstos seis años, realmente no hay nada más que pueda hacer, y creo que lo que ha ocurrido, la forma en que Matías me expresó que necesitaba su ayuda, la de ustedes en particular, me hace pensar que por fin hay una posibilidad de salvar su alma, y también de proteger a todos.
—No se ponga mal —le aconsejó Dani— entendemos que no está haciendo nada de ésto a propósito. Vamos a hacer todo lo posible por ayudarlos, a los dos.
—Eres muy amable Dani.

Leticia resopló un par de veces antes de hablar.

—Estamos en medio de una película de fantasmas. Oiga, y ya que estamos en ésto, según lo que nos dijo, por aquí empezaron a pasar cosas extrañas, pero siempre serán voces fantasmales ¿O no?
—No estoy muy seguro, no lo creo —respondió algo dubitativo— es decir, guiándome por las cosas que pasaron aquí cuando estaba funcionando el instituto, tendríamos que asumir que no. Las manifestaciones casi siempre pasan inadvertidas desde el punto de vista sobrenatural, pero si van a ocurrir cosas. Lo primero que creo que va a ocurrir son accidentes menores, básicamente cosas triviales que a nadie le parecerán raras, a menos claro que a alguna persona se le ocurriera atar cabos, me refiero a caídas inexplicables, muebles rotos, puertas cerradas y esas cosas, aunque suene absurdo es como en las películas de fantasmas. Lo siguiente que puede pasar es que las manifestaciones suban de nivel, y comiencen a afectar a algunas personas, que creo son las más débiles de carácter o que se encuentren vulnerables, y éstas personas se volverán agresivas, no sé si directamente contra ustedes o contra alguien más, pero eso pasará con casi toda seguridad. Aquí hay dos cosas importantes, la primera de ellas es que la agresividad será evidente porque no es natural, no es como si te enojaras y ya; lo otro es que éste es un estado definitivamente fuera de lo normal, así que aunque les parezca increíble, una vez que pase el efecto, las personas no recordarán nada de lo que haya pasado o que hayan dicho.

Hizo una pausa en la que paseó la mirada por los rostros de cada uno de ellos; resultaba insólito estar hablando de hechos pasados que no podía demostrar.

— ¿Cree que eso será todo?
—Básicamente sí; lo que tendrían que hacer es estar atentos a lo que pueda suceder, y hacer lo posible por evitar que las cosas salgan a la vista.

Eso último hizo que Fernando cayera en un detalle.

— ¿Por qué es tan importante que nadie se entere de lo que está pasando?
— ¿Es una broma? —lo interrumpió Leticia ásperamente— creí que ya había quedado claro que no se puede saber que hay un grupo de espíritus invadiendo la secundaria.
—No estoy preguntando eso Leticia. Lo que me llama la atención es que él nos ha dicho en más de una ocasión que hay que guardar muy bien el secreto.

Adriano asintió.

—Fernando tiene razón. El motivo por el que es necesario guardar el secreto, es que por alguna razón que no he podido identificar, cuando éstos hechos comienzan a ser conocidos por otras personas, las situaciones extraordinarias se vuelven mucho más peligrosas, es por eso que en el pasado cuando ocurrió en primer lugar, terminé por perder el control. Además tienen que tener en cuenta que éstos hechos abarcan los últimos tres meses del año, por lo que ya por éstos momentos deberían comenzar si es que no ha empezado ya.

Comenzaron a caminar hacia el exterior luego de que Adriano cerrara muy bien la bodega.

—Muchachos, quiero agradecerles nuevamente por lo que están haciendo.
—No es que tengamos muchas alternativas —dijo Hernán de mala gana— estamos atrapados.
—Hernán por favor...
—No Dani, tiene razón —intervino Adriano en voz baja— es totalmente comprensible tu molestia Hernán, y te pido disculpas por ello, solo puedo decir que si no tuvieran éste aviso, quizás las cosas serían más difíciles para ustedes y al menos tienen la posibilidad de defenderse y hacer algo en vez de ser solamente víctimas como puede serlo cualquier persona en ésta secundaria. Mientras éste sitio estuvo en mi poder hice lo posible por controlar los sucesos, y muchas veces fallé o no pude contener las consecuencias, pero ahora mismo no puedo hacer mucho más, solo pedirles que me ayuden con lo que está a punto de suceder, y recordarles que deben extremar cualquier medida de precaución. Por otra parte, si necesitan de mi ayuda, ya sea para hablar, o por lo que sea en que pueda asistirlos, quiero que tengan mi número de teléfono, y que podrán encontrarme a cualquier hora, no quiero que crean que estaré desligándome de algo así.

En esos momentos llegaron a la puerta del estacionamiento y salieron sigilosamente. Se despidieron brevemente, y Adriano del Real se alejó caminando lentamente.

— ¿Qué hora es?
—Un cuarto para la una Sole —respondió Dani— y pensar que entramos a las ocho...
—Noo, a las nueve —dijo Leticia con energía— después de todo lo que hemos estado viviendo, lo mínimo que nos merecemos es entrar un poco más tarde; además empezamos con lenguaje, seguro que no hay nada importante.
—Leticia, eso es chantaje.
—No es chantaje, lo leí en un libro —replicó ella sonriendo— si tienes algo con que negociar, hazlo, y así todos salimos ganando, San Luis no puede decirnos nada.
— ¿En qué libro salía algo así?

La joven meneó la cabeza.

—Es uno de ciencia ficción. Uno de los personajes tenía información muy importante y la usaba para negociar y sacaban muchos beneficios.
— ¿Y qué pasaba después?
—Se confiaban y terminaban cayendo en una trampa mortal.

Se hizo un breve silencio y Soledad miró al cielo.

—De antología el consejo. ¿Por qué no dejan de hacer planes absurdos y nos vamos todos a dormir?
— ¿Absurdos? —exclamó Leticia— a ti te podrán parecer absurdos porque vives a tres cuadras de éste sitio.
—Son cuatro, y no es mi culpa que tus padres quieran que hagas un tour por toda la ciudad para estudiar.
—Ya, ya, por favor —intervino Dani— no vamos a llegar a ninguna parte con discusiones como ésta, eso es seguro. Tenemos que tratar de llevar ésta responsabilidad en paz, Adriano del Real ya nos lo dijo y tiene razón.
—Si, si, como sea —murmuró Hernán— si van a ponerse de acuerdo háganlo ya.

Sala de música.
Al día siguiente, nueve cincuenta de la mañana.

—Bien —murmuró Carolina— la verdad es que la cosa no está tan mal considerando que era nada menos que Carvajal quien estaba recibiendo a los atrasados.

La joven sacó de su mochila un bolsito celeste, y de él un espejo pequeño, con el que comenzó a examinar su imagen antes de maquillarse. A su lado se sentó Lorena, con un pequeño bolso y también sacó un espejo.
A un costado de la sala, Dani cobijaba a Soledad, que dormitaba apoyada en su hombro. Cerca de la ventana, Hernán leía en silencio un libro, y más hacia el centro, Leticia cabeceaba mientras Fernando estiraba los brazos luchando por no dormirse.

—Cielos —dijo Leticia— dormité bien éste rato. ¿Qué hora es?
—Nueve cincuenta. Diez minutos más y nos vamos a clases. Debo tener una cara horrible.

Hernán levantó la cara del libro con las cejas levantadas.

—Sí, es cierto, no eres nada sin tu delineador.

Pero Fernando no le prestó atención.

—Anoche aparte no podía dormir, y en la mañana salí tan apurado que ni traje alguna crema para mejorar mi piel.

Leticia comenzó a leer una revista de mecánica automotriz, pero el interés de Hernán estaba creciendo.

— ¿Qué quieres decir con mejorar, sacar el estuche de maquillaje?

Fernando lo miró directamente. No era reacio a los enfrentamientos, y en ese momento no estaba precisamente de ánimo para nada.

—No, me refiero a no tener la cara de puerta de perrera que tienes tú.
—Bah, ni que fueras miss mundo, por último en ellas lo entiendo.

Pero Leticia no.

— ¿Y por qué en ellas si?
—Pues porque son mujeres y las mujeres se maquillan y se sacan las cejas y esas cosas.

La joven dejó la revista.

— ¿Te parece que yo estoy maquillada y esas cosas?
—No...
— ¿Y entonces?
— ¿Entonces que, cual es el punto?

Fernando y Leticia cruzaron miradas cómplices.

—Creo que él tiene un problema de conceptos.
—Si...
— ¿De qué están hablando?
—Pues de que yo soy mujer Hernán por Dios —exclamó ella exaltada— no me digas que no lo habías notado.
—Claro que si niñita, pero eso no tiene nada que ver, es como lo que dicen de las excepciones de las reglas, siempre tiene que haber alguien, o solo mírense ustedes dos.
—Escúchame...

Pero un ruido extraño los interrumpió en el exterior de la sala.

— ¿Qué fue eso? —Murmuró Dani— fue muy raro.
— ¿Que, ah? —balbuceó Soledad incorporándose— ¿Qué pasa?

Lorena y Carolina dejaron la sesión de maquillaje.

—Eso sonó muy feo.
— ¿Que nos importa? —dijo Fernando encogiéndose de hombros— de todos modos Carvajal nos confinó a ésta sala, si salimos se va a enfurecer.

Silencio.

—Oh, no, no creerán que...
— ¿Los fantasmas?

Nuevamente silencio.

—Por Dios, creí que por lo menos nos dejarían un par de días, pero es mejor que vayamos a ver antes que quedarnos aquí.
—Si Carvajal está volando por los cielos a mí no me importaría.
—Mejor vamos a ver —opinó Dani acercándose a la puerta— ésta sala está en un tercer piso, así que desde aquí podemos ver todo lo que pasa en el patio.

El grupo salió apresuradamente al pasillo, y Leticia llegó en primer lugar.

— ¡Oohh!
— ¿Que pasa Leticia?

Fernando también llegó al borde del pasillo y se asombró al ver la escena; en la construcción que los enfrentaba había una joven de primer año, colgando de cabeza de la reja de protección del balcón del segundo piso, enredada en alguna prenda y ante los ojos y gritos de los estudiantes que aumentaban.
Un profesor trataba de llegar hasta la niña a través del pasillo, pero estaba fuera de su alcance.

—Esa niña se va a caer —exclamó Lorena horrorizada— tenemos que hacer algo.
— ¿Tenemos? —preguntó Leticia— oh, ya entendí, un fantasma podría haberla arrojado por el balcón, de acuerdo.

Dani comenzó a desplazarse hacia la bajada.

—No van a poder alcanzarla, está demasiado lejos y estos pisos son muy altos. Se me ocurre una idea, Hernán, Fernando, traigan colchonetas del gimnasio, los demás vengan conmigo.

Momentos después el grupo luchaba por pasar entre un mar de estudiantes que miraban la escena desde el patio; aunque los gritos de Leticia los ayudaban, aún estaban tardando demasiado. Un poco después consiguieron llegar bastante cerca del punto bajo el que la niña colgaba y gritaba desesperada, pero el inspector Arela, un hombre corpulento y de aspecto bonachón los detuvo.

—No se acerquen por favor, necesitamos espacio para poder ayudar ahora.
—Inspector, escúcheme.
—Por favor aléjense.
—No, escúcheme inspector —exclamó Dani— mire hacia allá.

Precisamente el rapado y Fernando aparecieron con colchonetas sobre sus cabezas, y las muchachas comenzaron a apartar a los otros estudiantes, además de que el inspector entendió la idea y los dejó intervenir. Sin embargo el trabajo del inspector y del grupo estaba difícil, ya que los estudiantes estaban sobreexcitados viendo la escena y no escuchaban lo que se les decía. Entre el desorden y el desconcierto, alguien empujó la silla de ruedas y con ella a Dani al suelo.

— ¡Dani!

Paralelamente Hernán arrojó con fuerza una de las colchonetas, que el inspector alcanzó mientras Fernando se abría paso entre el bullicio; sin embargo las cosas se complicaron más cuando la prenda de la que pendía la niña se soltó un poco más, y los gritos aumentaron.

— ¡Aléjense, Dani se cayó! —gritó Soledad luchando por levantar a su amigo— ¡Quítense de aquí, Dani!

Justo a tiempo Fernando llegó bajo la niña, y con ayuda de la colchoneta que llevaba y el inspector, lograron atajar a la muchachita en el preciso instante en que se soltaba finalmente. El inspector Arela tomó a la niña entre sus brazos y la abrazó para consolarla y calmar sus desesperados llantos. Al mismo tiempo, el director San Luis remeció al ambiente cuando su voz se dejó escuchar por sobre el griterío a través de un megáfono.

— ¡Jóvenes! Atención por favor, les habla su director, silencio por favor.

El bullicio decreció.

—Atención a todos. Quiero pedirles que se calmen; ha ocurrido un lamentable accidente, por suerte con buenos resultados. Ahora quiero pedirles a todos y cada uno que vuelvan a sus aulas en calma y que dejen a los docentes ocuparse de todo.

Fernando y Soledad lograron levantar a Dani.

— ¿Estás bien?
—Sí, estoy bien, no fue nada. Volvamos a la sala de música antes que las cosas se nos compliquen más todavía.

Poco después, todos estaban en la sala de Matemáticas, minutos antes del segundo recreo; Fernando y Leticia conversaban sobre lo que había pasado hace poco.

—Que tremendo estar compartiendo con los demás hasta fin de año. ¿Tú crees que lo que sucedió habrá sido solo un accidente o...?
—Shht. Habla más bajo. Pero no lo sé, aunque reconozco que es raro, muy raro.

Mientras tanto Dani intentaba estudiar.

— ¿Por qué la profesora tenía que salir justo ahora? Necesito silencio.
—Dani, ya terminamos los ejercicios.
—Claro que no, porque me quedan cuatro ejercicios para terminar la tarea y quiero descansar un poco.

Soledad lo miró con los ojos entrecerrados, sorprendida de nuevo de las capacidades de su amigo.

—Allá va otra vez el genio, deberías calmarte un poco, acabamos de pasar por una experiencia muy fuerte.

Mientras tanto Jaime, un corpulento joven, encaraba a Leticia y Fernando.

—Les anticipo que ya se sabe.
— ¿Qué cosa?
— ¿Cómo que cosa? Ya todos se dieron cuenta que extrañamente ustedes están cambiando de amistades, los vieron con ese grupo tan raro.

Los otros dos se miraron sorprendidos; ambos sabían que en algún momento iba a suceder, pero hicieron la farsa de no entender de qué les hablaban.

—Estábamos castigados todos juntos, sería bien raro estar separados.
—Yo no lo creo —dijo el otro joven aguzando la vista— porque no solo fue eso, también llegaron como héroes a salvar a la que se cayó por el balcón, y no los castigaron para hacer eso, seguro que no.

Poco después los siete se reunieron en el patio trasero.

—Hay que tener más cuidado — comentó Dani — creo que han habido sospechas de nosotros.

Fernando se cruzó de brazos.

— ¿Qué esperabas? Apenas nos habíamos hablado durante todo el año, y de un día para otro nos mandan juntos a la oficina del director, nos castigan juntos, y aparte vamos todos juntos a salvar a la bendita niña esa.

Hernán se encogió de hombros.

—De todos modos no veo cual es tanta la preocupación.
—Que tú no tengas amigos no significa que los demás tampoco.
—No veo como eso los está ayudando.
—En cualquier caso —intervino Dani bajando los ánimos— lo de no parecer tan unidos ahora es por una razón más importante, para que nadie descubra lo que está pasando, recuerden que Adriano lo dijo.

De pronto, tres compañeros aparecieron en el patio trasero. Los siete quedaron en silencio, asombrados.

—Diablos —murmuró Leticia en voz baja— ahora sí que nada de lo que hemos hecho sirve de nada.

Pero algo no estaba sucediendo como de costumbre. Dani aguzó la vista mientras los otros tres aún no estaban demasiado cerca, y fue el primero en notar que había algo sumamente extraño.

—Esperen, algo no está bien aquí.
— ¿De qué están hablando?
—Miren con atención. No están bien, les sucede algo a esos tres.

Hernán también se fijó en lo que decía Dani. Y entonces lo descubrió: no solo se trataba de la actitud amenazante al caminar, también había algo más, una mirada fuera de lo común, un comportamiento corporal extraño.

—No puede ser —dijo Lorena— ellos son... Dani, creo que éstas personas no son quienes creemos.

Se tapó la boca con las manos al decirlo; estaba viendo y sintiendo algo que había leído en los libros, pero de lo que jamás pensó poder ver.

—Nos están mirando de un modo muy extraño —dijo Soledad con nerviosismo— ¿Qué es lo que quieren aquí?
—No son nuestros compañeros de estudios —dijo Dani resueltamente— muchachos, creo que tenemos una visita del más allá.




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La última herida capítulo 33: Fiesta de gala




El Domingo 13 de Diciembre el centro de eventos del hotel San Martin estaba reservado para una celebración muy especial: se trataba de la fiesta de aniversario de Giovanna Gill y Esteban Lira, un matrimonio parte de la alta sociedad y miembro de distintas sociedades benefactoras; entrados en los setenta, ambos participaban activamente en todo tipo de celebración, y desde luego contaban entre sus amistades a figuras del espectáculo, la música y el mundo del arte, quienes habitualmente se reunían con ellos en diversos eventos. La conmemoración de sus cincuenta años de matrimonio había sido anunciada en todos los medios sociales con meses de anticipación, por lo que los reporteros de sociedad y medios de prensa estaban apostados en la entrada y el hall del hotel, para cubrir la llegada de cada uno de los invitados y analizar los atuendos.
El automóvil en el que llegó la mujer era rentado, conducido por un chofer joven y atractivo contratado para ese fin. El hombre, vestido elegantemente, descendió del vehículo y lo rodeó con paso ligero, a punto para abrir la puerta. La mujer que descendió era morena y alta, de figura delgada y atlética, y llevaba el cabello con un osado corte con flequillo a la izquierda; el vestido corto que llevaba era de fino satén importado, de color púrpura con un entramado hecho de hilo dorado que dibujaba una serie de hojas diminutas al costado izquierdo del cuerpo. El vestido hacía un juego perfecto con las sandalias de tacón alto con cadenas doradas que rodeaban los tobillos, y el elegante collar de eslabones de oro rosa del cual pendía una piedra de obsidiana; los pendientes que llevaba armonizaban el conjunto al ser de brillantes, e iluminaban el rostro maquillado profesionalmente. En la mano derecha, la mujer llevaba una cadena de brillantes engarzados en oro rosa, a juego también con la pequeña cartera de mano. La mujer ofrecía un espectáculo armónico y elegante en su caminar a través de la amplia recepción, mientras saludaba a algunos de los invitados que entraban al tiempo que ella e ignoraba a los medios de prensa; sabía que era probable que se hicieran algunas preguntas acerca de su identidad, pero su presencia no se debía a la fama o el conocimiento público, tenía que ver con otro motivo muy distinto.

–Buenas noches señorita.

El hombre en el umbral del salón donde se realizaba la ceremonia le sonrió cortésmente.

–Buenas noches.
–Si es tan amable, le agradecería que me indicara su nombre.

La mujer lo miró fijamente. Todo estaba en orden.

–Aniara Occebe.

El hombre visó rápidamente la información en su tableta digital.

–Le agradezco. Por favor pase, y si necesita cualquier cosa, solo llámeme, mi nombre es Gerardo.
–Lo recordaré.

Con un simple asentimiento, Aniara entró en el salón donde la música animaba la fiesta y a los invitados. El lugar estaba repleto de lo más destacado de la sociedad en la actualidad, por lo que no le fue difícil reconocer a cantantes, actrices e integrantes de familias de nombre destacado; a decir verdad, de manera corriente no habría reconocido a la mayoría, pero parte del trabajo hecho en los meses anteriores había sido aprender nombres y memorizar rostros, tantos como fuera necesario, y gracias a eso en un momento como ese podría decir con toda tranquilidad no solo el nombre, sino que varios otros datos más.

Tomó una copa al pasar y se humedeció los labios, dando la sensación de beber, aunque no lo hizo ni pretendía hacerlo. Entre todas esas personas, muchos tenían algo en común con ella, por mucho que jamás los hubiera visto en su vida; el dinero empleado en conseguir estar en la exclusiva nómina de invitados a esa celebración iba a valer la pena lo mismo que el traje y los accesorios, solo si podía cumplir con su objetivo. Que resultara tan extraño para ella estar ahí era lo menos importante, mientras pudiera mantenerse atenta y con los sentidos enfocados en lo que era realmente importante.
Entonces lo vio.
El hombre llevaba con elegancia el traje negro listado mientras balanceaba en la mano izquierda una copa que ya estaba hasta la mitad. Alto, fuerte, atractivo, de rasgos perfectos, mirada fuerte y actitud decidida, típico hombre ejecutivo, de mundo y con poder. Aniara lo miró fijamente y le sonrió.

– ¿Cómo estás?

El hombre hizo un breve asentimiento a unas personas que lo acompañaban y se detuvo frente a ella; sonrió seductoramente, seguro que dándose tiempo a reconocerla ¿a cuántas mujeres le habría sonreído de esa manera?

–Contento de estar aquí –replicó él sin perder la sonrisa– es un gusto ver a un matrimonio tan feliz como éste.

Ella desvió fugazmente la mirada hacia el gran listón con el grabado de felicitaciones y volvió a mirarlo a él.

–No todas las parejas llegan tan lejos.

Extendió la mano para saludarlo, a lo que el hombre dio un suave apretón. Ella no fue tan generosa.

–Gabriel Salmudena.

Ambos sonrieron en esa ocasión. Sin soltarle la mano, y solo cuando estuvo completamente segura de tener su atención, ella respondió el saludo.

–Aniara Occebe.

No soltó su mano, por lo que pudo sentir claramente como el hombre tensaba los músculos, la sonrisa repentinamente atravesada por un rayo de incredulidad.

–No digas nada, no es necesario.

Gabriel mantuvo la mirada de ella, pero en sus ojos se reflejó claramente el nerviosismo; hizo un débil intento por soltar la mano, pero la de ella aún estaba fuertemente cerrada.

– ¿Este nombre te trae recuerdos verdad?
– ¿Quién eres?
–Quien eres tú –replicó ella en voz baja– es una pregunta mejor hecha, y lo mejor que puedes hacer es dejar la otra mano a la vista, no vas a usar tu teléfono.

Durante ese par de segundos, la mujer pudo ver que el cerebro del hombre trabajaba a toda máquina; sin dejar de mirarla estaba evaluando la situación y también a ella, y seguramente gracias al apretón de manos sabía ya que no era cualquier persona.

–Si haces alguna tontería, no llegarás viva al final de éste día.
–Ya he estado en esa situación, y sin embargo sigo aquí –replicó ella sonriendo más ampliamente– pero no te preocupes, sé comportarme muy bien. Seré una niña buena si tú eres un niño bueno. Si eres todo un modelo.

El hombre se soltó con un ademán, pero no se movió de donde estaba. Ella comprendió que él estaba esperando entender si había alguien más allí, o si a su alrededor podría encontrar ayuda, o a alguno de sus aliados.

–Escucha, esto es lo que vamos a hacer: me llevarás a la clínica.



2


Matilde tenía estacionada la camioneta a varias cuadras del lugar en donde se ubicaba el hotel San Martin, pero tan pronto recibió la llamada arrancó el motor a toda velocidad; el entrenamiento conduciendo le había servido de mucho, por lo que manejar un vehículo de mayor envergadura que un auto ya no le resultaba complejo. Mientras hacía esto recordó cómo le había costado mantener a sus padres en Río dulce ese fin de semana, cuando hasta el momento habían cumplir con su opción de estar siempre presentes; tuvo que mostrarles los pasajes para demostrar que no solo no iba a estar Un par de minutos después se detuvo, y vio por el retrovisor cómo subía Aniara junto con el hombre al que estaban buscando; al verla, él no dio muestras de reconocerla.

–Nada de lo que están haciendo tiene sentido.
–No estás en posición de dar consejos, Gabriel –replicó la otra mujer lentamente– no ahora que no tienes el control de las cosas a tu alrededor.

Él sonrió.

–Secuestrarme no les dará dinero ni ningún beneficio, están cometiendo un error.
–Sabemos que trabajas para cuerpos imposibles.

Durante un segundo, el hombre no dijo ni hizo nada, excepto pasar rápidamente la mirada de una mujer a otra; no parecía preocupado por el arma que apuntaba a su rostro.

–Eres la hermana de la policía muerta.

La mirada de Matilde relampagueó en el retrovisor, pero no demostró sus sentimientos como fluían en su interior.

–Y tú aparentabas ser un amigo de Ariana de Rebecco.
– ¿Qué es lo que quieres?
–Entrar a la clínica donde se encuentra ahora –respondió ella simplemente– no es algo difícil para ti que oficias de guardia y asesino de ellos. Y el pago por tu trabajo es que conserves tu hermosa apariencia.

Gabriel se quedó mirando al cañón que lo apuntaba, y por primera vez pareció consciente del peligro que corría. Sin embargo mantuvo su frialdad.

–Matarme no te devolverá a tu hermana.
–No quiero matarte –replicó Matilde sin quitar la vista de la vía– pero dejarte desfigurado sería una muy buena recompensa para empezar.
–Quitarme el celular no basta para que tengas el control, ni siquiera esa arma te lo garantiza, simplemente puedo negarme a hablar.

Matilde dejó escapar una risa, que sonó mucho más ácida de lo que esperaba.

–Te amas demasiado a ti mismo como para dejar que te pase algo, o no habrías salido de esa fiesta junto a mi amiga cuando te pidió que vinieras.
–No tuve muchas alternativas.
–Podrías haber gritado pidiendo auxilio por mucho que te apuntara un arma, pero no lo hiciste. Y tampoco vas a arriesgar todo por lo que has luchado, no quieres perder lo que eres.

Un nuevo silencio, y quizás el primer momento en que se mostraba realmente preocupado.

–Está bien, quieres que te lleve a la clínica ¿Qué harás ahí? ¿Dispararle con tu arma? ¿Pedirles que te devuelvan a tu hermana?

La otra mujer, sentada junto a él, le dio un fuerte golpe con la empuñadura del revólver con el que lo apuntaba; Gabriel dio un breve grito de dolor y se retorció en sí mismo, mientras Matilde luchaba por mantenerse entera y tranquila.

–No estamos jugando Gabriel. Sé todo sobre ti, y sé que te aprecias mucho como para hacer algo que te ponga en peligro, estoy segura que eso fue lo que te llevó a ellos en primer lugar ¿Mataste a Ariana?

El hombre se tardó en responder, pero lo hizo una vez que volvió a erguirse, con toda la dignidad que un golpe en la cabeza le permitía.

–No estaba con ella cuando murió.
–Dime si la mataste o no.
–No, no la maté. Pero sabes que ella tuvo la culpa de lo que pasó, ella jamás tendría que haberte dado la información de la clínica, pero Ariana siempre fue demasiado débil.

Las mujeres cruzaron una fugaz mirada.

–Viniendo de ti debe ser un elogio. Supongo que tu trabajo con ella terminó cuando la asesinaron, por eso no estabas en el funeral.

El hombre no respondió.

–Eso pensé –dijo Matilde fríamente– pero si querían desquitarse con alguien, ella era la persona menos indicada, era totalmente inofensiva.

Gabriel sonrió sarcásticamente.

–Las personas inofensivas son una ilusión creada por la sociedad, para esconder cosas mucho más peligrosas de lo que parecen. ¿Quién diría que tú, una mujer completamente inofensiva, tomaría un arma para apuntarme y tratar de cobrar venganza contra la clínica?
–Tu manera de decir las cosas es bastante conveniente para ti, sobre todo ahora que estás con un arma en tu rostro.

Matilde y Gabriel se miraron largamente a través del retrovisor; internamente ella rogaba seguir teniendo el mismo temple que hasta ese momento.

–Tienes razón en que no quiero que me hagan daño, y tampoco quiero sufrir. Los seres humanos nos parecemos en muchas cosas, tu hermana y tú son la muestra de eso.
–Y matarnos era la solución a los problemas que generaron sus tratamientos.
–Qué sencillo para ti pensar eso ¿O no? –retrucó él ácidamente– ustedes son las víctimas y la clínica es el monstruo, no me digas que todavía leen cuentos de hadas.
–Nosotros no les hemos hecho daño alguno.
–Exponer a la clínica es un daño mucho más grande de lo que imaginas, tú no sabes cuál es el real poder de la clínica.

Muchas veces durante los últimos meses, Matilde y su hermana habían pensado en la mayor cantidad de probabilidades acerca de lo que iban a enfrentar; la planeación exigía cuidado y mucho tiempo, pero siempre pensaron que las probabilidades eran principalmente malas, ya que pensar eso es ayudaba a pensar en contingencias. Hacer que alguien como Gabriel, que en realidad tenía tanta importancia dentro del aparato de la clínica como cualquier otro peón, les daría información relevante a la hora de ingresar.

–El poder de la clínica pasa por la gente que la avala, no por lo que hacen. Sus tratamientos no son perfectos y lo sabes.
–Nada de lo que pasó debería haber sucedido en primer lugar, ustedes no están en el mismo círculo que las personas que se tratan en ese sitio; las posibilidades de falla en un tratamiento es mínima, y si tienes un poco de sentido común vas a entender que tu hermana también tuvo la culpa.

Matilde detuvo el vehículo en un semáforo en rojo; por el retrovisor veía como Aniara mantenía el revólver apuntando amenazadoramente al rostro de ese hombre, por fortuna sin delatar sus sentimientos. Ella también debía controlarse. Sin embargo no pudo evitar recordar ese momento, meses atrás, en el departamento de su hermana, cuando encontró entre sus cosas aquello que la hizo gritar de terror; al mismo tiempo descubrió cuál era el tratamiento real, lo que se escondía detrás de la belleza que implantaban en las personas, y supo que eso no podía simplemente quedar así. Sin embargo es imagen seguía vívida en su mente, despertaba con ella cada mañana frente a los ojos, como si estuviera constantemente delante de ella.

–No sabes de lo que hablas. Realmente no sabes de lo que hablas. Aniara, deja que él vea la caja.

Con un movimiento estudiado, la mujer le pasó el arma a Matilde, quien siguió apuntando sin mover el ángulo de disparo. Ante los atentos ojos de Gabriel, la mujer abrió una pequeña caja metálica, cuyo contenido enseñó al hombre.

Un segundo después se escuchó un grito de horror.



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Maldita secundaria capítulo 1: Faltan tres meses: Segunda parte




Poco después, los siete estaban caminando lentamente en la parte delantera de la secundaria, a poca distancia de los estacionamientos.

—El director dijo que teníamos que ir hacia la bodega cerrada.
— ¿Y cómo es que nunca la habíamos visto antes? —preguntó Fernando— ni idea tenía que existía esa bodega.

Leticia resopló.

— ¿Cuantas veces vamos hacia esos lugares? Por acá esta la sala de los profesores, el comedor de los profesores, así que al menos yo no soy fan de hacer éste tipo de visitas.
—Supongo que tienes razón.

Siguieron caminando, hasta que vieron a la persona que los había citado. Adriano del Real era un hombre de alrededor de cincuenta años, de contextura delgada, que lucía el cabello cano bastante corto, y el rostro marcado por numerosas arrugas que lo hacían lucir mayor de lo que era, aunque también tenía una expresión compungida, como lo anticipara San Luis. En absoluto lucía amenazante.

—Buenos días muchachos.
—Buenos días —saludó Dani cortésmente— estamos aquí porque el director nos dijo que necesitaba hablar con nosotros.
—Eso es verdad —respondió Del Real en voz baja— les agradezco que estén aquí, de veras.

Para Leticia la situación ya era demasiado extraña.

—Señor, no queremos ser groseros, pero nosotros no lo conocemos, y todavía no sabemos por qué es que quiere hablarnos. Háganos un favor a todos y diga de una vez qué quiere de nosotros.

Efectivamente, el hombre no se veía para nada amenazante, y de hecho, a Carolina le inspiró algo de tristeza. Del Real respiró hondo.

—No quisiera estar aquí ni molestarlos, pero la verdad es que no tengo alternativa, y ustedes son los únicos que pueden ayudarme... a mí y a toda la secundaria.
— ¿Que trata de decir?
—A pesar de lo que puedan haber escuchado o lo que el propio director les haya dicho, no estoy aquí por razones monetarias ni tampoco he enloquecido; la razón por la que estoy hablando con ustedes es que ésta secundaria corre un grave peligro.

Fernando lo miró con las cejas levantadas.

— ¿Un peligro? Y usted nos viene a salvar.
—No, si pudiera lo haría encantado, pero no puedo. Aunque se trata de mi hijo, no puedo ayudarlo, pero ustedes si pueden, es por eso que vine a pedirles que nos ayuden a todos.

Leticia alzó las manos.

—Espérese un momento, ésto está llegando demasiado lejos. Por lo menos yo no estoy para escuchar ésta clase de tonterías ¿La secundaria en peligro? ¿Ayudar a su hijo? Si su hijo está en algún problema, ayúdelo usted, que para eso es su padre.
—Mi hijo está muerto.

Leticia se quedó muda de asombro; los demás tampoco supieron cómo reaccionar. Del Real hizo una pausa, evidentemente todo aquello estaba siendo mucho más duro para él que para los jóvenes.

—Comprendo que para ustedes sea difícil de entender de lo que les estoy hablando, y si les explico todo de inmediato se convencerán de que estoy loco, por eso es que le pedí al director que los citara aquí. Hay algo que tienen que ver en ésta bodega.

Carolina comenzó a temblar. Todo eso parecía sacado de una película.

— ¿Qué es lo que quiere de nosotros?
—Por favor síganme.

Extrajo un juego de llaves de su bolsillo, y con ellas abrió uno a uno los varios candados que sellaban la pequeña construcción; en total, la vieja construcción tenía unos cincuenta metros cuadrados, hecha de ladrillo y concreto, y se notaba que era parte de la infraestructura original del sitio. Una vez que abrió la puerta, el hombre entró lentamente, pidiéndoles que entraran también.

—Esto da miedo —susurró Soledad hacia Dani sin reponerse del impacto— ¿Nos irá a hacer algo?
—Ay por favor Sole —la reprendió Dani en voz baja— somos siete y él es uno, tenemos a Hernán, mira, está echando fuego por los ojos, y además ¿qué es lo peor que podría pasar, que tenga un fantasma escondido ahí dentro?

Cuando entraron a la bodega, se encontraron un panorama completamente desolador: el lugar estaba desierto, con las paredes, el techo y el suelo totalmente ennegrecidos por lo que claramente había sido un incendio feroz. Sobre el suelo habían además, restos de diversos objetos esparcidos y pegados al suelo, adornos o libros a medio destruir, fundidos con el concreto, como inventos demenciales. El hombre se quedó parado al centro del lugar, en el que sin embargo no había olor a humo ni nada parecido, claramente lo que hubiese sucedido allí era de tiempos anteriores a la secundaria.

—Aquí —comenzó Del Real en voz baja— fue donde murió mi hijo. Su nombre era Matías.

Soledad ahogó una exclamación de horror.

—No puede ser... nos está diciendo que su hijo... ¿murió aquí?
—Así es —respondió el hombre con la voz cortada por la emoción— pero las cosas son más complicadas de lo que parecen. Hace seis años ocurrió un hecho que cambió las vidas de todos, justo cuando el instituto que estaba aquí estaba pasando por su mejor momento. Mi hijo Matías fue secuestrado por un grupo de delincuentes, los que se escondieron con él aquí y comenzaron a hacer exigencias. Como comprenderán, hice todo lo posible por ayudarlo, pero esos hombres desquiciados estaban pidiendo más dinero del que yo disponía, así que, con las negociaciones de la policía estancadas y mi hijo en peligro, lo arriesgué todo y conseguí más dinero hipotecando éstas instalaciones. Todo parecía a punto de resolverse de la mejor manera, pero sucedió algo inesperado: un accidente en la instalación eléctrica de ésta bodega produjo una chispa, que inició un incendio.

Soledad se llevó las manos a la boca.

—No puede ser...
—El fuego se esparció por la red interna de paredes y techo, con lo que todos quedaron encerrados por las llamas. Nadie pudo hacer nada a tiempo, y tanto los seis delincuentes como mi hijo murieron. Aquí.

Lorena no daba crédito a lo que oía. Pero a la vez, algo en su interior le decía que eso no era todo; el hombre estaba hablando de un conjunto de muertes trágicas, en lo que parecía una secuencia de película de horror más que el relato de un hombre frágil a la vista.

—Señor Del Real... lo... lo lamentamos mucho... de verdad...
—Gracias —replicó el hombre— era necesario que lo supieran, porque lo que está a punto de ocurrir en éstas instalaciones está directamente relacionado con lo que pasó en ésta bodega en donde murió mi hijo. Cuando pasó todo ésto, me refugié en el trabajo del instituto, que era también uno de los grandes sueños de Matías, con lo que descuidé parte de mis obligaciones, producto de la tristeza de su pérdida; en resumidas cuentas, me jugué el instituto, y terminé perdiéndolo, pero aunque se trataba de algo doloroso, hubo una razón más importante por la que me preocupaba perder el control de éste lugar, y es que el año antepasado, a fines de año, comenzaron a ocurrir cosas extrañas. Personas se volvían agresivas sin razón, y sucedían cosas raras como destrucción de material o de objetos. Así se empezó a esparcir el rumor de que ocurrían hechos sobrenaturales, y yo decidí intervenir.

Lorena cerró los ojos. Ya sabía lo que iba a oír.

—Contacté personas entendidas, y en secreto hice investigar éste lugar; el resultado fue estremecedor, porque el espíritu de mi hijo está aquí, en una especie de limbo, dentro de éstas instalaciones, perdido en el miedo que lo invadió antes de morir, y lo peor es que los secuestradores también quedaron vagando por aquí. Por eso es que ocurrían cosas extrañas y sin razón, porque los espíritus de ellos están aquí, encerrados, prisioneros del estado en que quedaron antes de morir, esos hombres en un frenesí de agresión y locura, y mi pobre Matías aterrorizado, encerrado queriendo escapar pero sin lograrlo.

Leticia sintió que la cabeza le daba vueltas.

—Horrorizado por éstas revelaciones, pedí ayuda para el alma de mi hijo, para lograr su descanso y a la vez el de los otros espíritus, pero nada de lo que intentaron las personas que contraté funcionó. Una mujer muy sabia me dijo que estaba desperdiciando mi dinero, porque lo que necesitaba aquí no era un exorcismo, era un medio para encontrar la paz de mi hijo, porque él estaba atrapado por un miedo distinto del miedo a la muerte, y mientras yo no supiera de qué se trataba, jamás podría terminar con todo ésto.

Dani sentía escalofríos solo de imaginar lo que estaba sintiendo ese hombre.

—Lo que me dejaba en un callejón sin salida. Mi hijo había muerto de un modo trágico dentro de éstas paredes, pero su real terror era por otra causa, y esa causa era la que lo mantenía a él y a sus secuestradores atrapados en un punto medio entre éste mundo y el otro, por lo que los extraños sucesos no terminarían fácilmente. Me dediqué entonces a evitar los sucesos lo más que podía, pero no fui capaz de disimular todo, y a la larga el instituto se fue a pique por los rumores, y a eso se sumaron las deudas que me hundieron. Perdí el instituto, y al quedar en poder de la sociedad benefactora que construyó la secundaria, supe que las cosas sólo podían empeorar. Hice todo lo que pude, pero no lo logré, y ahora estamos en ésta situación.

Hernán frunció el ceño.

— ¿Por qué nos llamó a nosotros, por qué nos está contando todo ésto?

Del Real sonrió débilmente.

—Porque mi hijo los necesita. El fue quien me hizo saber quiénes eran las personas que podían ayudarlo.
— ¡Pero si ni siquiera lo conocemos! —estalló Leticia— dígame cómo puede el espíritu de su hijo saber algo de nosotros.
—No lo sé, durante meses he estado buscando alguna razón en particular,  y no la encuentro. Solo sé que él los necesita, y que se ha dado una oportunidad única de poner fin a todo lo malo que sigue aquí.

Carolina habló con un hilo de voz.

—Señor Del Real... ¿qué es lo que quiere que hagamos?
—Las cosas van a ponerse complicadas aquí —explicó el hombre con la voz tensa por el esfuerzo que hacía por mantenerse entero— no sé por qué motivo, pero en torno a éstas fechas comenzarán a ver hechos y actitudes extrañas. No se sorprenderán de reconocer las cosas que les he relatado antes, así que por un lado tienen que estar muy atentos, porque al haber tantas personas, estarán en riesgo. Y lo más importante que he venido a pedirles, es que encuentren la forma de salvar a mi hijo. De alguna manera él necesita de su ayuda, porque sabe que ustedes siete pueden ayudarlo.

Fernando tenía naúseas.

—San Luis sabe ésto. Nos engañó para que viniéramos aquí.
—Soy responsable de eso, no su director —explicó Adriano resueltamente— su director trató de impedir éste encuentro a toda costa, pero cuando él mismo experimentó uno de los primeros sucesos, vio que no tenía salida; por favor no lo culpen a él. Necesito pedirles que me ayuden con ésto, se los pido por Matías, por sus compañeros de secundaria y para que los problemas terminen. Y necesitamos también, que no se lo digan a nadie.

Dani intervino, y por primera vez su voz demostraba inseguridad y temor.

—Señor Del Real... ¿Cómo es que su hijo le hizo saber que nos necesitaba a nosotros en particular?

El hombre lo miró con los ojos brillantes.

—En ocasiones cuando estoy aquí, por las noches, puedo escuchar a mi Matías. Él me lo dijo.

Media hora más tarde, los siete estaban en las afueras de la secundaria, reunidos en la plaza más cercana, en medio de un ambiente de total tensión.

—No puedo creer que estamos tomando todo ésto como una real posibilidad —dijo Leticia— es una completa locura.

Dani estaba al centro de todos con un ordenador portátil sobre las piernas.

—La información en éstos tiempos es sumamente importante —dijo resueltamente— y estuve buscando lo que Del Real nos dijo. Y la verdad es que si vamos a los hechos históricos, todo lo que nos dijo fue exactamente como lo dijo, el secuestro, la prensa, la policía, el incendio y la tragedia.
—Yo había escuchado algo de eso, aunque no soy bueno para las noticias —dijo Fernando— supongo que por eso a la sociedad que puso el dinero para esta secundaria no le fue muy difícil comprar el terreno y eso, dicen que esas cosas hacen que bajen los precios.
—Es increíble —comentó Soledad— quiere decir que estamos en medio de una actividad paranormal. ¿Por qué no simplemente cierran la secundaria y ya?

Dani la miró y suspiró.

—No seas inocente, no habría forma de explicarle a más de doscientas familias que una secundaria que lleva alrededor de un año funcionando va a cerrar. ¿Qué les van a decir? Nadie puede hablar de ésto, y francamente nadie lo creería.
—Comprendo por qué es que Del Real perdió el instituto, está loco —dijo a su vez Fernando— viendo como está ahora que han pasado seis años, seguro que nadie le creía ni lo que rezaba en esos momentos.
—Fernando...
—No lo digo con mal tono —se defendió el otro— pero es la verdad.

Lorena aún estaba superada por las emociones. Independiente de lo que estaba sucediendo, lo que había sentido en ese lugar era completamente escalofriante, mucho más de cualquier otra sensación. A ella no le cabía duda de que estaban sucediendo cosas fuera de lo normal.

—En ese lugar hay una cantidad de energía impresionante.
— ¿Tú crees?
—Tal vez me tomen por loca —dijo resignada a la posibilidad— pero me doy cuenta de ese tipo de cosas. Y jamás había sentido algo parecido. Creo en todo lo que nos dijo ese señor, realmente están pasando cosas muy malas a nuestro alrededor.
—De todas maneras tenemos que tomar una decisión —opinó Dani— le pedimos un tiempo para responderle, pero la verdad es que si estamos en algo así, muy bien puede ser que no tengamos mucho de donde elegir.
—Y ni pensar en un cambio —comentó Carolina— a éstas alturas del año sería imposible.

Fernando forzó una risa breve.

—No me gusta reconocerlo, pero si ésto es verdad, y tenemos muchas pruebas de que si, lo más probable es que no tenemos alternativa. Sobre todo si el viejo cumple con lo que le pedimos de darnos algún tipo de prueba.
—Y yo creo que al final fue peor pedirle pruebas de ésto.
—Solo serán tres meses —ironizó Leticia por su parte— ¿qué tan malo puede ser? solo nos han pedido que ayudemos a un espíritu que sufre a encontrar la paz sin tener absolutamente idea de lo que estamos haciendo, con la amenaza de espíritus agresivos por la secundaria, y sin reprobar los exámenes.

Lorena la miró reprobándola.

—No hables de ese modo, no juegues con éstas cosas.
— ¿Y me puedes decir quien se preocupa de nosotros? Mira en lo que estamos metidos ¡Esto es el colmo!
—Eso no tiene importancia —terció Dani— yo opino que ya que las cosas están así, no hay salidas, de todos modos estamos inmersos en la secundaria y si es así, entonces podemos hacer algo al respecto ¿Que dices Soledad?
—Estoy contigo Dani. Ahora solo tenemos que esperar que Del Real en serio nos demuestre lo que nos ha dicho, pero no sé si quiero que llegue ese momento.
—Tendremos que afrontarlo —comentó Lorena abrazándose a su amiga Carolina para infundirse fuerzas— es lo único que podemos hacer.
—Si pasamos el año va a ser un milagro Fernando.
—Es verdad Leticia. Nos espera el día más largo de la historia.
—Y yo pensé que al menos aquí iba a poder estar tranquilo —masculló Hernán enfurecido— pero no podré estar en paz. Maldita secundaria.



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