La última herida Capítulo 10: Personas invisibles



Ver a su hermana sufriendo convulsiones congeló a Matilde durante una eterna milésima de segundo; la mujer se sacudía violentamente sin control, los ojos aparentemente cerrados, el velador de su cuarto volcado, objetos de todo tipo desperdigados por todas partes. La joven reaccionó de manera instintiva a inclinarse para tratar de sujetarla, pero al hacerlo descuidadamente lo primero que recibió fue un manotazo involuntario en la cara.

– ¡Patricia!

El tiempo parecía pasar muy lentamente mientras estaba ocurriendo eso; nuevamente se acercó, ésta vez arrodillándose a horcajadas sobre la mujer y consiguió sujetar sus brazos, aunque los movimientos que realizaba eran tan violentos que parecía que en cualquier momento iba a ser arrojada a un costado.

– ¡Patricia por favor!

Estaba entrando en pánico, pero gritar no iba a servirle de nada. Haciendo uso de toda la fuerza de su cuerpo, presionó el de su hermana y con un mínimo de control, sujetó su cabeza para evitar que siguiera golpeándose contra la superficie del suelo.

– ¡Reacciona por favor!

Sus ojos estaban en blanco y continuaba sacudiéndose con violencia, de modo que Matilde le quitó el pañuelo del cuello y lo enrolló sobre sí mismo; casi le cogió un dedo con los dientes, pero el pañuelo contuvo esas reacciones, sin embargo era muy difícil hacer nada más mientras siguiera teniendo que sujetarla de esa manera. Podía sentir su propia respiración jadeante por el esfuerzo físico y por la angustia tan repentina, y el corazón azotando su pecho enloquecido, tenía la adrenalina a mil y sentía que iba a desmayarse, pero no podía soltarla, tenía que contenerla antes que se hiciera algún daño mayor ¿Cómo iba a pedir ayuda así, sola en la habitación y en el departamento sin soltar  a su hermana a su suerte?
La respuesta llegó por si sola, tan sorpresivamente como había comenzado todo eso, las convulsiones se detuvieron, y fue como si algo se apagara, simplemente se quedó muy quieta, en una posición extraña, con la cabeza ladeada y los ojos entrecerrados sin orientar.
¿Muerta?

– ¡Patricia!

Gritó enloquecida el nombre de su hermana, pero al acercarse comprobó que no estaba muerta, aunque si inconciente: su respiración se había vuelto extrañamente tranquila. Por un momento Matilde no supo cómo reaccionar o qué hacer, pero un instante después el mismo instinto que la había llevado a sujetarla en un principio la hizo levantarse y correr de vuelta a la sala, tenía que alcanzar el celular y llamar a una ambulancia en ese mismo instante.

– ¿Patricia, ocurre algo?

La voz fuera del departamento preguntando por su hermana la descolocó, pero recordó que era Vicente, la cita de ella. No importaba quien fuera, necesitaba ayuda de quien fuera en ese momento. Corrió a abrir.

–Ayúdame por favor.

El hombre que estaba parado fuera era efectivamente alto, fuerte y atractivo como se lo había dicho su hermana. La miró con una expresión muy extraña en el rostro ¿Tendría cara de loca en ese momento?

–Disculpa, escuché unos gritos, yo...
–Ayúdame –lo interrumpió ella angustiada– mi hermana tuvo un ataque o algo parecido, ayúdame a conseguir una ambulancia.

El hombre se la quedó mirando con los ojos muy abiertos durante un segundo, pero todo estaba sucediendo a un ritmo muy lento para Matilde, quien volvió a hablarle con urgencia.

–Por favor, mi hermana está...
– ¿Dónde está? Puedo llevarla en mi auto.

Entró casi junto con ella y la joven le indicó  el cuarto, mientras tomaba el celular y marcaba el número de urgencias. Un segundo después el hombre salía a la sala hablando rápidamente.

–Iré por mi auto.

Salió a toda carrera mientras Matilde volvía a la habitación ¿era normal que estuviera tan quieta? ¿Por qué esas convulsiones, porque de manera tan repentina?

–Buenas tardes, cuál es su urgencia.

El servicio contestaba casi de inmediato. Vicente había dicho que podían llevarla en su automóvil, pero no sabía si debía moverla o no. ¿Qué pasaba si la ambulancia no era tan veloz como la agente que le hablaba?

–Mi hermana acaba de sufrir un ataque o algo parecido, está inconciente.
–Comprendo, vamos a ayudarla, necesito su dirección para poder enviar una unidad.
–Calle Bernardo Asturias 615, edificio sur, no sé que hacer, tuvo convulsiones.
–Una ambulancia va en camino en éste momento –replicó rápidamente la mujer del otro lado de la línea– ¿ella se golpeó la cabeza, tiene rastros de sangre en la boca o espuma?
–No lo sé –contestó arrodillándose junto a su hermana– estaba bien, luego sentí un ruido y estaba con convulsiones en el suelo, pero ahora no reacciona, perdió el conocimiento, está muy quieta pero respira, no sé qué es lo que debo hacer...

La mujer replicó con seguridad.

–Escuche, es importante que verifique que la vía aérea no esté obstruida y que la aleje de cualquier cosa con la que pueda golpearse.
–Una persona podría llevarla en su auto...
–No lo haga, si no está absolutamente segura de que no se haya golpeado la cabeza no la mueva hasta que llegue personal especializado. Dígame su nombre.

Las lágrimas habían comenzado a correr por sus mejillas, y ver a su hermana tan increíblemente quieta era tan atemorizante como ver las convulsiones poco antes.

–Matilde.
–Matilde, la ambulancia está muy cerca de su domicilio. Mientras tanto ayúdeme con alguna información ¿Su hermana sufre alguna afección al corazón, algún tipo de mal congénito?
–No –respondió automáticamente– no tiene ningún tipo de enfermedad pero...

¿Tenía que mencionar lo del accidente? No sabía qué hacer, de modo que optó por decirlo de inmediato.

– ¿Hay algo más?
–Ella...ella sufrió quemaduras hace unas semanas, está en tratamiento...
– ¿Qué clase de quemaduras?
–De segundo grado, pero estaba recuperándose, hasta ahora llevaba una vida normal, solo tenía que guardar reposo.
–Comprendo. Matilde, la ambulancia está llegando en éste momento, los paramédicos ya están informados de todos los detalles que usted me informó, por favor ayudelos con toda la información que pueda servir al respecto.


2


La segunda vez en una situación como esa en tan poco tiempo era demoledor, pero a la vez completamente diferente de lo ocurrido después del accidente. En ésta ocasión el traslado fue muy breve, en menos de cinco minutos ya estaban entrando a las brillantes y asépticas instalaciones de la urgencia de una clínica privada; ella misma había registrado algunos números en su celular poco después del accidente, todavía muy angustiada y tratando de tener a su mano alguna forma de prestar ayuda en caso de ser necesario. La camilla fue descargada del vehículo rápidamente e ingresada a una sala adonde un doctor ingresó de inmediato acompañado de algunos asistentes; lo único que no fue distinto es que la dejaron afuera, aunque a diferencia, una mujer joven apareció de la nada y la condujo a una silla y le ofreció un vaso con agua.

–Beba por favor, es un sedante leve.
–No necesito un sedante –dijo con la garganta seca– necesito saber qué es lo que le pasa a mi hermana, porqué es que tuvo esas convulsiones y qué es lo que le va a pasar.
–Por favor mantenga la calma, le aseguro que los doctores van a...

Pero Matilde se puso de pie resueltamente. Temblaba de pies a cabeza, pero no iba a llorar, no mientras no supiera porqué su mundo y el de su hermana estaba otra vez de cabeza. Para su sorpresa el mismo doctor que había visto entrar salió a paso rápido.

– ¿Usted es familiar de la joven que ingresó hace un momento?
–Si, por favor dígame que le sucede.
–Acompáñeme.
–Pero que...
–Acompáñeme por favor.

El hombre le habló con tanta fuerza que no pudo menos que seguirlo a una puerta lateral; al entrar se encontró con una oficina minúscula que no podía ser más que una bodega de archivos antiguos.

–Señorita, ésto es muy grave.
– ¿Que le ocurre a mi hermana?
– ¿Qué es lo que estaban haciendo ustedes dos? –replicó el hombre intensamente– Su hermana podría estar muerta, es un milagro que no lo esté.

La estaba acusando de algo. A Matilde le daba vueltas todo.

–No entiendo de que...
–Es una sobredosis de fármacos –la cortó él– no me diga que no vio las pastillas, los paramédicos me dijeron que estaban desperdigadas por toda la habitación cuando llegaron al lugar.

¿Fármacos? ¿Pensaba que Patricia y ella eran drogadictas?

– ¿De qué está hablando? –dijo nerviosamente– no son drogas, mi hermana no consume...

Pero el profesional parecía bastante hastiado.

–Escuche, habitualmente veo como mujeres jóvenes y con futuro se arruinan la vida consumiendo distintos tipos de medicamentos, para adelgazar, para mantenerse despiertas, para concentrarse mejor, sé perfectamente qué cosas pueden pasar, ella tenía convulsiones ¿verdad? No pierda tiempo y dígame qué clase de medicamentos estaba consumiendo específicamente.
– ¡Mi hermana no se droga! –chilló Matilde por sobre la voz del doctor– ella jamás ha hecho algo como eso, las pastillas de las que habla son vitaminas, se las recetaron como parte del tratamiento por las quemaduras que tiene.
–Esas quemaduras son antiguas –intervino él con desconfianza– y no se recetan vitaminas por quemaduras superficiales, no vi ninguna muestra de daño en las vías aéreas.
–Es policía –replicó ella a la defensiva– no podría hacerlo, la sacarían de la unidad, le estoy diciendo que no son drogas ni nada por el estilo.

El doctor frunció el ceño, claramente confuso por la información que estaba recibiendo.

– ¿Policía? ¿Cómo se hizo esas quemaduras?
–Hubo un tiroteo y explotó un balón con gas y...
–No puede ser –el semblante del doctor cambió por completo, no había tanta furia en su mirada como confusión– ella es...no puede ser, el estado de esas quemaduras es...

De alguna manera lo había descubierto, o lo sospechaba ¿Que tenía que hacer? Por una parte no debía revelar ningún tipo de información acerca de Cuerpos imposibles, pero estaba en una situación de emergencia y siempre en casos médicos había que aportar toda la información posible. Desde los primeros y sorprendentes resultados del tratamiento no se le había pasado por la mente que pudiera ocurrir algo como eso ¿Debería haberse dirigido a ellos?

–Doctor, por favor –pidió para desviar la atención– dígame que es lo que le está pasando a mi hermana, ayúdela.
– ¿Está completamente segura de que no se trata de drogas?
–Ya le dije que no, por favor no haga ésto, estoy preocupada por ella.
–Debería estarlo –replicó el doctor a su vez– su hermana es la del tiroteo hace un mes, pero el nivel de avance de esas quemaduras... usted le dijo a los paramédicos que habían sido de segundo grado, aproximadamente un quince por ciento del cuerpo, la extensión coincide pero no la recuperación. ¿Qué fue lo que hizo, siguió algún tipo de tratamiento no convencional, que tipo de especialista le recetó esas pastillas?

Eran demasiadas preguntas y todas apuntaban a Cuerpos imposibles. ¿Qué debía hacer? Por primera vez deseó no estar allí, no tener que debatirse entre dar la información que podría ayudar a su hermana y poner en juego el futuro económico de la familia.

–Mi hermana está realizando un tratamiento alternativo, pero nos dijeron que no habían peligros ni efectos secundarios, además todo estaba bien, se estaba recuperando perfectamente.
–No me ha dicho qué clase de profesional le recetó esas pastillas ¿Son solo vitaminas, de que tipo son?

No tenía ningún tipo de respuesta sensata para eso.

–Eso nos dijeron, vitaminas para que se mantenga saludable, las preparaban según su constitución física.
–Si no es una especie de droga entonces los síntomas tienen que ser provocados por algo más –reflexionó el doctor hablando más consigo mismo que con ella– podría ser un cuadro alérgico, pero no puedo determinar nada sin el componente. Necesito una muestra de esas pastillas si no son lo que creo.
–No las tengo aquí ¿Que va a pasar con mi hermana, se va a recuperar?
–No sé que es lo que le está pasando a su hermana si efectivamente no se trata de drogas como me acaba de decir, necesito realizar una serie de exámenes y comprobar los medicamentos que está ingiriendo. Por ahora puedo decirle que está estable.

Estable era muchísimo mejor que el último pronóstico que hicieran de su hermana en una situación similar. Tenía que volver al departamento.

–Gracias a Dios, estaba tan preocupada cuando la vi con esas convulsiones.

El doctor abrió la puerta y ambos salieron del lugar.

–No he dicho que  no sea preocupante, mientras no sepamos a qué se debe el estado de su hermana no podemos hacer nada. ¿Cuánto puede tardarse en traer esas pastillas?
–Menos de diez minutos.
–Por favor traigalas –dijo él aún confuso– cuando llegue solicite hablar con el doctor Medel, la atenderé de inmediato.


3


Matilde encontró un taxi y salió disparada de vuelta al departamento de su hermana; por suerte el taxista comprendió que se trataba de una emergencia y se tardó prácticamente lo mismo que la ambulancia en el viaje de ida al centro de urgencias, quedando en el estacionamiento mientras ella llegaba hasta el cuarto de su hermana.
En la puerta del departamento descubrió que había ocurrido algo más mientras ella no estaba.

–No...

Tan pronto abrió la puerta se encontró con un caos: el sofá y los sillones estaban volteados, y había cosas tiradas por el suelo ¿Un robo justo en ese momento? No tenía tiempo para ocuparse de eso, de modo que fue directo a la habitación, pero la intrusión de la que fuera víctima no se quedaba ahí, las cosas del cuarto también estaban revueltas.

– ¿Pero qué es lo que está pasando?

Independiente de lo que claramente había ocurrido, Matilde no pudo menos que notar que además de la violación del domicilio sucedía algo mucho más desconcertante: las pastillas de Patricia no estaban y la caja tampoco.

–No puede ser...

El velador había sido vaciado y el cajón estaba en el suelo al igual que varias cosas arrancadas del armario, pero la caja que mantenía a temperatura las pastillas no estaba, y todas las que viera desperdigadas por el suelo tampoco. Por un momento se quedó mirando el suelo sin comprender lo que pasaba ¿Por qué alguien entraría para llevarse las pastillas de su hermana y en un momento como ese?
Un escalofrío recorrió su espalda.

–Dios mío...

Se devolvió a la sala, donde el equipo de música seguía en su lugar, lo mismo que el televisor, los electrodomésticos de la cocina y hasta los adornos de los muebles. No sabía exactamente qué cosas había en todo el departamento, pero lo que estaba a la vista seguía en el mismo sitio, revuelto o tirado, pero sin remover las cosas de ahí. Solo faltaban las pastillas.
La clínica.
Se le secaba la garganta. Su hermana había sufrido un extraño ataque hacía poco, el doctor la acusaba de consumir algún tipo de sustancia ilícita y un desconocido entraba al departamento en su ausencia y se llevaba las pastillas entregadas en Cuerpos imposibles, pero nada más. Nada de eso tenía sentido, tenía que controlarse, el doctor necesitaba información acerca de lo único que no podía decirle.

– ¿Que voy a hacer?

Estaba sudando frío. En ese mismo momento los doctores podían necesitar esas pastillas para verificar si le produjeron algún daño o una reacción alérgica ¿Podía ocurrir algo así después de tantos días? Según Patricia  cada vez que iba hacían una nueva receta de vitaminas personalizada ¿Acaso agregaron algún componente? Lo más cercano era la oficina donde había comenzado todo eso. Nerviosamente revisó su bolso, iba a salirle un dineral el taxi hasta allá pero era lo único que se le ocurría en ese momento.


4


Tan pronto el taxi se detuvo frente a la puerta del edificio, Matilde bajó rápidamente y corrió a la entrada. Adriana, esa mujer tan encantadora y oportuna la había asistido desde el principio, seguramente le diría que hacer, o tal vez sería necesario trasladarla hasta las mismas instalaciones donde la trataban habitualmente para realizar algún procedimiento en particular.

En el mesón de recepción había un hombre de mediana edad.

–Buenas noches señorita.

Por un momento no reaccionó, había estado desde el principio encontrarse con esa mujer o en su defecto con otra de apariencia similar.

–Buenas noches, necesito hablar con Adriana.
– ¿Adriana? –dijo el hombre– ¿Algún departamento en particular?

Esa era una pregunta extraña.

–No, ella trabaja en esa oficina –señaló la puerta donde había entrado sola la primera vez y con su familia posteriormente– Adriana Vegas.

El hombre se puso de pie sin disimular la sorpresa en su rostro.

– ¿Trabajar en éste lugar? Señorita, creo que está equivocada ¿Está segura de que es en éste edificio?

Matilde se acercó a la puerta mientras el hombre rodeaba el mesón.

–La oficina está en éste lugar, tiene que haberla visto.
–Señorita, eso es una bodega.
–No, es una oficina, vine aquí hace un par de semanas, están tratando a mi hermana.
–Señorita...

Matilde llegó primero que él a la puerta y giró el pomo; del otro lado había cajas y repisas con cosas de todo tipo, desde televisores viejos hasta utensilios de aseo.

–Señorita, haga el favor de salir.

La voz del hombre no era amenazadora, pero sí lo era precavida, quizás qué se estuviera imaginando que era ella. Matilde se sentía completamente mareada.

–Estaba aquí –dijo tontamente– estaba aquí, la oficina de atención, estuve aquí para llevar a mi hermana a la clínica.
– ¿Clínica? –exclamó el conserje con total escepticismo– señorita, éste es un edificio residencial, no hay forma de que haya una clínica aquí.

La joven volteó hacia él luchando con las lágrimas que amenazaban con salir de sus ojos.

–Es una oficina, aquí reciben a los pacientes, me atendió Adriana Vegas de la clínica, no puede ser que no sepan nada de ella.

El hombre la miró como si fuera una loca. Probablemente porque estaba comportándose como una.

–Señorita, éste es un edificio residencial, no hay oficinas ni tiendas ni nada parecido aquí, es mejor que se vaya o tendré que llamar al administrador.
–Llámelo, seguramente él sabe más que usted de eso –replicó ella con voz temblorosa– es aquí, no pueden simplemente haber desaparecido.

El hombre suspiró sin disimulo y se acercó al mesón desde donde tomó un auricular; murmuró unas palabras colgó. Tan solo un instante después apareció un hombre de alrededor de cuarenta años, bien vestido y con cara de sueño.

– ¿Que sucede? Mi nombre es Rodolfo, soy el administrador ¿Qué puedo hacer por usted?
–Necesito encontrar a la persona de esa oficina –señaló acusatoriamente la puerta abierta de la bodega– estuve aquí hace poco con mi familia, reciben a las personas antes de derivarlas a la clínica, no sé por qué ahora no están pero estaban, necesito encontrar...
–Señorita –la cortó el hombre claramente molesto– disculpe, pero nada de lo que está diciendo tiene sentido ¿Clínica? La clínica más cercana está a diez minutos en automóvil.
–No es eso, si usted es el administrador tiene que saberlo ¿Acaso no vio la oficina? Tenían pantallas y archivos, Adriana estaba en ese mesón, es imposible que no lo sepa.

El hombre que se había presentado como Rodolfo le dedicó una mirada evaluadora.

–En éste edificio tenemos cuatro conserjes, dos de día y dos de noche, y ninguno de ellos es mujer. Y le vuelvo a indicar, aquí no hay ninguna clínica ni oficina de nada, es una de las normas de convivencia no desarrollar ningún tipo de negocio en las instalaciones, la mayoría de los edificios de éste sector tiene esa misma regla, por eso es que tienen ésta ubicación y la plusvalía.
– ¡Pero estaba aquí!
–Escuche, no sé de qué está hablando, pero está claro que lo que sea que busca no se encuentra aquí –avanzó hacia la puerta de la bodega y la cerró– ahora le voy a pedir que se vaya o tendré que llamar a la policía y no se tardarán en llegar.

Lo dijo en serio. Matilde no sabía que más hacer en ese momento, no si la oficina y la mujer no estaban y nadie parecía saber nada al respecto; además ¿Cómo demostrar que estaba en lo cierto? Estaba anocheciendo y en donde estaba la oficina había una bodega y las cosas parecían cada vez más difíciles de asimilar.
Entonces un pensamiento atroz se hizo presente.

–No...

La clínica Cuerpos imposibles era su única alternativa, sabía cómo llegar  por lo que le comentara su hermana anteriormente. Tenía que llegar allí y tratar de hablar con alguien.
Siempre y cuando al llegar a ese lugar encontrara lo que se disponía a buscar.
Se sintió horriblemente sola.




Próximo episodio: Caminos cortados