La ultima herida capítulo 1: Desayuno y jarabe de fresa



Un espacio puede ser tan agobiante como acogedor sin necesidad de cambiar nada de la estructura, todo depende de la mano que domine.

Esa expresión le pertenecía al profesor Acevedo del instituto, y Matilde la había aplicado a cabalidad en su departamento. Se trataba de un lugar compuesto por sala, cocina y el baño y la habitacion por separado y que ella decoró de la manera más eficiente posible, con los muebles adecuados para que fuera funcional y las chucherías justas para darle un toque personal; aunque esa mañana de Jueves se había esforzado más, y aunque aún no daban las nueve, ya tenía agua a punto de servir, flores en la diminuta mesa de la cocina y el pastel frío de frutas de la pastelería. Estaba revisando unos detalles cuando tocaron el timbre.

–Hola!
–¡Hermana!

Se dieron un efusivo abrazo; Matilde y su hermana Patricia eran muy unidas, y al mismo tiempo muy opuestas tanto en apariencia como en sus ocupaciones. Matilde era más bien delgada de rostro siempre sonrosado, facciones algo redondeadas en donde resaltaban sus ojos oscuros y el cabello lacio castaño, que llevaba mas abajo de los hombros, mientras que Patricia era alta y atlética, de mirada viva y expresión inteligente y vivaz; esa mañana llevaba jeans y zapatillas, y el cabello peinado hacia atrás dejando despejada la frente.

–Que alegría verte hermana, me tienes muy abandonada.
–Hace tiempo que no nos vemos.

Entraron al departamento, y como era su costumbre desde niñas la mayor fue directo a la cocina.

–Es tu culpa –la recriminó la menor cerrando tras si– siempre estás en la unidad atrapando delincuentes.

La otra soltó una risita.

–Matilde, no soy "el hombre de acero" aunque reconozco que hemos tenido bastante trabajo ultimamente. ¿Que es éste aroma? Oh por Dios, encargaste un pastel frío de frutas.

Matilde tronó los dedos en señal de triunfo.

–Para celebrar que por una vez mi hermana viene a tomar desayuno conmigo, es un día especial.

Solo en ese momento recordó que era lo que le parecía extraño.

–Ay no... Olvidé el jarabe de fresa.
–No te preocupes.
¿Como que no? –dijo poniendo los brazos en jarras– no es lo mismo sin el jarabe de fresa, tiene que ser como cuando estábamos en la secundaria y visitabamos a mamá y papá, ella hacía pastel los fines de semana, y aunque no es igual uno comprado tiene que llevar jarabe. Voy a la tienda.
–Está bien, como quieras...

Matilde iba a salir, pero se arrepintió y apuntó a su hermana, acusadora.

–Ni siquiera lo pienses, no hasta que tomemos desayuno.
–Un poquito para tomarle sabor...
–¡No¡ –sonrió– mejor me acompañas.
–Está bien, además así veo un poco el barrio.

Las dos mujeres salieron del edificio conversando animadamente, y se encontraron en la entrada con un hombre joven en tenida deportiva.

–Hola Matilde.
-Germán –saludó ella sonriendo– ella es mi hermana Patricia.
–La belleza es genética –sonrió él saludando– seguro que tu no andas tan sola, ayudala a encontrar un novio.
–¡Oye, estoy escuchando!

El joven se alejó trotando mientras ellas retomaban la caminata.

–Oye tienes vecinos muy guapos, apuesto que por eso te conseguiste un departamento en un primer piso.
–No seas ridícula.
–¿Y es verdad eso que te ves muy sola por aquí?

Una de las características de Patricia, siempre haciendo las preguntas necesarias, nada al azar.

–No se trata de eso, lo que pasa es que entre los estudios y el trabajo no queda mucho tiempo; pero tenemos un grupo muy lindo del instituto, hay un chico que ha estado coqueteando conmigo pero no tengo nada muy claro. ¿Que me dices de ti, o estás predicando y no practicando?

Lo mejor de la relación con su hermana es que tenían confianza absoluta, y que nunca dejaban de tener algo de que hablar.

–Depende de a que te refieres hermanita.

Patricia se había casado tan pronto salir de la secundaria con su novio con el que supuestamente se amarían por la eternidad, pero el matrimonio duró seis meses y se separaron para evitar una tragedia, y en palabras de la propia involucrada, un bebé en sus brazos; lo había superado pronto e ingresado poco después al cuerpo de policía.

–Si me refiero a novio...
–No tengo, pero eso no significa que no pueda escaparme por ahí de vez en cuando, no eres la única que tiene vecinos guapos.
–¿Como que, algún detenido en la jaula de la unidad?

La mayor puso los ojos en blanco.

–Dios me libre, aunque ganas no me han faltado.
–Cuenta, cuenta –dijo la menor con cara de ansias– debe ser interesante.

El barrio en el que vivía Matilde era sumamente tranquilo, de esos que están en el sector céntrico de la ciudad, pero que han sido desplazados por nuevas joyas arquitectónicas. Los edificios, en su mayoria de departamentos eran ocupados por estudiantes y trabajadores jóvenes que podían permitirse costos medios en lugares unicelulares o de pocos ambientes y no tenían problemas en desplazarse algunas cuadras hasta los medios de transporte o las vías transitadas.

–Bueno, el caso es que fuimos a investigar cuando la vecina llamó alarmada diciendo que alguien se coló en la sede de la universidad, y cuando entramos, encontramos a una pareja ardorosa en una sala.
–No te creo.
–Ella como hábil mujer se cubrió con un atlas del porte de una mesa de comedor, pero el pobre quedó con todo al aire; vieras como me suplicaba que no le dijera a su padre porque lo mataría y su novia lo iba a dejar.
–¿Y estaba bueno?
–¿Bueno? –entornó los ojos– tenía marcados los músculos en sitios donde no sabes que se pueden marcar, y eso que solo pude mirar lo que me permitía el cargo.

–Creo que estoy hablando demasiado, dime un poco de tu trabajo.

Matilde esperaba dejar eso hasta después del desayuno por lo menos, pero no le había resultado desviar la atención.

–No estoy trabajando.
–¿Como que no, que pasó con el centro vacacional?
–Las cosas no se dieron muy bien –replicó quitándole importancia al tema– así que a fin de mes terminé con eso.
–Es decir que llevas diecisiete días sin trabajo –comentó Patricia con el ceño fruncido– debiste decírmelo antes.
–Pero iba a ser para preocuparte, además igual podías venir solo hasta ahora.

Dieron vuelta en la esquina y se aacercaron a un almacén.

–No me culpes.
–No lo estoy haciendo, pero tampoco es tan grave.
–No, pero el crédito empezaste a pagarlo en Marzo, no pueden haberte pagado tanto.

Entraron en un pequeño almacén atendido por un hombre mayor que asintió gentilmente a modo de saludo.

–Buenos días señorita.
–Buenos días, necesito una salsa de fresa, líquida por favor.
–Por supuesto.

Unos momentos después salieron, pero entre las hermanas el ambiente ya no era tan distendido como antes.

–Mira, con lo que me pagaron dejé pagada la cuota de Mayo y aparte para el mes siguiente y tengo cubiertas las cuentas; además no es que no esté haciendo nada.
–¿Es muy dificil el mercado?
–Tengo que presentar una propuesta y analizar muy bien la empresa a la que postule, para no tener problemas después, pero estoy en eso.

La explicación no parecía suficiente para Patricia, pero decidió no presionar más a su hermana por el momento.

–No me deja muy tranquila, pero vamos a hacer ésto: si para el mes siguiente sigues sin trabajo, te meto al café de la unidad uno me importa nada.

Lo dijo medio en broma, pero por las dudas la menor prefirió no seguir con el tema y tomar nota mental. Siguieron el camino de regreso al edificio.

–Ahora que lo recuerdo –comentó Patricia– hay algo que...

Iba a decir algo más, pero súbitamente su rostro se endureció y se quedó mirando fijamente a un punto indeterminado al oriente.

–Eso fue un disparo.
–¿Que? –Matilde había escuchado un sonido lejano, nada en particular– no creo, yo...
–¿Qué hay en esa dirección?

De pronto el tono de voz de su hermana fué duro y seco; no estaba hablando con su hermana, sino con un testigo de algo ¿que estaba sucediendo?

–Yo, este... edificios, creo que hay uno de una repartición pública pero...
–Voy a ir a ver qué pasa –sentenció la mayor comenzando a alejarse– vuelve al departamento.

Pero la menor la detuvo.

–Espera, solo fue un ruido, puede ser otra cosa...
–Vuelve al departamento, es por tu seguridad.
–Pero...
–¡Ahora!

Y sin decir más se alejó medio a la carrera hacia el oriente, en dirección adonde había mirado en primer lugar. Para Matilde el sonido muy bien podría haber sido un choque o cualquier otra cosa.
¿Que se suponía que tenía que hacer? Saber que su hermana podía enfrentarse a todo tipo de peligro era muy distinto a verla involucrada, y era primera vez en todos esos años que sucedía. Y aunque seguía escuchando la orden en su cabeza, y la sensatez le decía que debería obedecer, no fue capaz y siguió a la carrera los pasos de su hermana, tratando de darle alcance. ¿Porqué tenía que pasar algo como eso justo el día en que iban a tomar desayuno juntas?
Lamentarse no iba a servirle de nada. Cuando Patricia entró en el cuerpo de policía, ni ella ni su madre estuvieron precisamente de acuerdo, a diferencia de su padre que se mostró encantado con la idea, ya que le parecía un verdadero honor que algún miembro de la familia decidiera servir a la patria; el carácter fuerte de la mayor de las hermanas y su tenacidad fueron vitales a la hora de  conseguir su objetivo, y en muy poco tiempo se convirtió en una oficial destacada y reconocida por todos sus compañeros y superiores. Era como en las noticias, cuando decían: oficial de civil intervino en el hecho, solo que esta vez era su hermana persiguiendo un sonido que podria ser cualquier otra cosa. Algunas cuadras después, Matilde logró dar con el sitio, pero toda la tranquilidad del barrio en donde vivía estaba completamente trastocada.

–Oh por Dios...

Un camión repartidor de gas a domicilio estaba detenido en medio de la calle, casi en diagonal, y con la puerta del copiloto abierta. Fuera de él estaba un hombre que no podía tener más de veintidós años, con la espalda pegada al vehículo y apuntando precariamente con una pistola. A metros de él, un policía de unos cincuenta años apuntaba de regreso, mirándolo fijamente mientras Patricia apuntaba a su vez con su arma de servicio en medio de una atmósfera que podía cortarse. Matilde sintió que se quedaba sin aire.

–Baja el arma muchacho.

La voz del policía era amenazadora, pero en ese momento los movimientos del delincuente lo eran mucho más, daba la impresión que podía escaparse un tiro en cualquier momento.

–¡No!

Estaba asustado, y eso a toda vista hacía más peligroso su actuar.

–Baja esa arma, vas a hacer una tontería.

La voz de Patricia era implacable, tanto que no sonaba como su hermana en esos momentos. Matilde deseó poder decir algo, advertirle o ayudar de algún modo, pero no pudo, se había quedado sin voz mientras miraba impotente una escena que parecía sacada de una película de acción, solo que ahí no había nada espectacular, solo una terrible sensación de peligro. Aún estaba ahí, a solo unos cuantos metros de distancia, mirando impotente: ambos policías se mantenían aún a tiro, desplazándose con movimientos calculados, como si se desplazaran, quizás buscando un mejor angulo o solo para tratar de acercarse.

–No hagas una tontería hijo –exclamó el oficial de mayor edad con tono paternal– vas a provocar otra tragedia, deja esa arma de una vez.

¿Otra tragedia? Eso podía significar que el conductor del camión yacía muerto o herido en el camión o del otro lado donde ella no podía ver. Había otras personas a cierta distancia, mirando atónitos igual que ella. Alguien debía hacer algo.

–¡No¡ –gritó el delincuente sin bajar la pistola– no me van a llevar, no voy a ir a la cárcel de nuevo.

En ese momento todo se volvió un infierno.
Hubo un sonido, y luego algo o alguien empujó a Matilde, arrojandola de espalda contra la pared; el golpe hizo que quedara sin aire en los pulmones y su grito fuera solo una exclamación muda y sorda al tiempo que el impacto dejó en su campo visual una especie de neblina negra sustituyendo todo lo demás.

–Ahh....aahhh...

Cayó violentamente de bruces, aún sin poder reaccionar ni mucho menos entender lo que estaba pasando, sorda y ciega mientras se desplomaba. Pero un segundo después los sentidos volvieron, y el miedo que ya estaba en su interior se convirtió en espanto: había fuego, y gritos por todas partes, pero entre todo, lo que su inconciente reconoció fue el grito desgarrador de Patricia. Intentó levantarse sin éxito, pero entre el esfuerzo consiguió ponerse sobre los codos, solo para ver a la mujer en el suelo, corvada por una especie de convulsión o estertor, antes de quedar tendida y completamente inmóvil.


2


Tuvo que gritar, patear y llorar como una loca, pero logró que los de urgencias la dejaran subir a la ambulancia.

–Escuche, voy a dejarla subir, pero ella está grave, si impide que los demás hagan su trabajo, la dejarán en la calle.

El hombre hablaba en serio cuando se lo dijo, y a pesar de estar angustiada y temerosa, Matilde tuvo que obligarse a controlar sus emociones y dejar que la gente hiciera su trabajo.

–Ella tuvo suerte.

Eso no tenía ningún sentido para ella. Estaba en la parte trasera de la ambulancia sentada precariamente, luchando con las lagrimas que inundaban sus ojos mientras los cuatro enfermeros o lo que fueran dedicaban su atención a Patricia, aunque nada de eso era como podía esperarse y todo parecía frenético cuando movían cables y frascos y mencionaban términos complicados continuamente; la máquina que mostraba el ritmo cardíaco enseñaba un repiqueteo irregular ¿eso era bueno o malo? En ningún momento la habían dejado acercarse, pero podía ver con claridad que tenía quemaduras al menos en la cara y el cuello, la zona derecha era una masa de piel quemada y roja, parecía inconciente pero no podía dejar de pensar en lo que estaba sufriendo en esos momentos.

–Llegamos.

Ante el anuncio que el conductor dio a voces, nadie dejó de hacer su trabajo, lo único distinto es que la ambulancia entró en una semi curva sin disminuir la velocidad, y poco después se detuvo; la hicieron bajar, y acto seguido desplegaron las ruedas de la camilla para llevarla al interior, pero un enfermero se interpuso en su camino.

–Déjeme ir con ella –exclamó atropelladamente– soy su hermana, no haré ruido, no haré nada...
–Tiene que quedarse aquí.
–Pero yo...

El hombre la tomó por los hombros, más como una forma de sujetarla que para calmar su ansiedad.

–Escuche, vamos a encargarnos de ayudar a su hermana, pero usted no puede hacer nada aquí adentro. Ahora tiene que sentarse y tranquilizarse, es lo mejor que puede hacer por ella. Voy a traerle un tranquilizante.

La llevó hasta un asiento y la dejó ahí. En ese momento la emoción pudo más, y comenzó a llorar convulsivamente.

–Matilde, hija.

La voz hizo que levantara la vista. ¿Cuánto tiempo llevaba así, cinco, diez minutos? Quien de acercaba por en pasillo era el oficial Cristóbal Manieri, el superior de Patricia. Matilde se puso de pie lentamente y dejó que él la abrazara cariñosamente.

–Tranquila, tranquila...

Manieri era un hombre grande, alto y de complexión recia, de espaldas anchas y brazos fuertes fruto de su juventud en el ejército; aún conservaba parte del atractivo que destacara cuando joven con su mirada de intensos ojos azules y la expresión ya sabia. Había sido uno de los primero en confiar en las capacidades de Patricia, y su admiracion por ella hicieron que se desarrollara una relación paternal.

–Me avisaron tan pronto sucedió.
–Todo ha sido tan repentino –replicó ella sollozando– Patricia está, usted no  vio como estaba...
–Tranquila Matilde, tu hermana tuvo suerte.

Era segunda vez en el día que escuchaba lo mismo y el policía lo identificó en su mirada.

–El otro policía que estaba en el lugar murió.
–¿Murió?
–Si, es una tragedia, conozco a Martínez, su esposa está destrozada. Y no es todo porque el delincuente está crítico ahora mismo.

El policía se acercó a un enfermero que iba pasando.

–Disculpa, necesito saber quien está a cargo del turno.
–El doctor Sarturi.
–Por favor dile que Manieri necesita hablar con él.

Unos momentos después apareció un hombre mayor que saludó brevemente a ambos con una inclinación de cabeza.

–Manieri, buen día, acabo de enterarme de lo de Martínez, es una tragedia.
–Si, lo sé. Escucha, la oficial Andrade llegó hace poco, sabes algo?
–Lo está viendo Acacios, pero vi el cuadro general.

Matilde intervino mientras luchaba con las lágrimas.

–Doctor, soy su hermana, dígame como está ella por favor.

El hombre hizo una muy breve pausa. Llevaba muchos años y había visto de todo en su trabajo, pero nunca podía acostumbrarse a esa expresión, a esos ojos llenos de miedo, angustia y esperanza a la vez, esa alma aferrandose a cualquier tipo de esperanza posible. Pero estaba bien, el día que no le importara, dejaría de ejercer.

–Escuche, su hermana llegó hace muy poco y por lo mismo no puedo darle un diagnostico completo, eso se lo dirán después, pero jamás le miento a mis pacientes; la oficial Andrade sufrió quemaduras graves.
–¿Se va a morir?

No lo decía con conciencia del significado, sino como una forma de tratar de escapar de la peor de las posibilidades.

–Ella recibió atención oportuna, por lo tanto eso está descartado, ahora mi gente debe concentrarse en estabilizarla y evitar cualquier tipo de infección posible. Pero debo ser sincero, las quemaduras son graves, usted debe entender que la persona que conoce, nunca será la misma.
–¿Porque?
–Porque hay una altísima probabilidad de que su rostro quede desfigurado.


Próximo episodio: Sin rostro